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Inocentemente culpable




Relato sobre mis experiencias durante el presidio después de la guerra


Nací el 11 de agosto de 1919 en Oberhausen/Renania, donde mi padre, Julius Lauth, era apoderado (director comercial) de la empresa Babcock- & Wilcox, que estaba establecida ahí y cuyo capital estaba en más del 50% en manos inglesas.

Tras haber terminado el servicio social, fui reclutado en el ejército en 1940, y en primavera fui al frente occidental: me enviaron a París, donde pertenecía a una compañía de noticias especiales que prestaba una asistencia técnica a los centros claves de nuestro ejército. Considerando que ya había aprobado el
Physikum, me cambiaron reglamentariamente al servicio sanitario. En los años siguientes, estuve un tiempo en Alemania (para terminar mis estudios) y un tiempo en el frente, en concreto, de primavera a otoño de 1942 estuve como brigada sanitario en Ucrania, y en invierno y primavera de 1944 como médico auxiliar en el frente entre Leningrado y Pskov, en la zona de Veliki Luki, en la VIII división acorazada, sección 12. A finales de la primavera de 1944, llegué con la tropa, para que ésta se recuperara, al campamento de Wildflecken y al hospital militar de reserva de Hersfeld. Ahí me cambiaron a la I División de infantería, regimiento 57, que en invierno de 1944/45 intervino en la ofensiva de Rundstedt. En enero de 1945 caí prisionero en Luxemburgo, desde donde recorrí 19 campos de prisioneros, hasta que en primavera de 1946 me dieron la libertad en Münster.

Mi intención con este relato no es describir las adversidades y repugnancias, los maltratos y las privaciones de esta época, sino aclarar una circunstancia que tiene la máxima relevancia para enjuiciar el trato de Alemania a cargo de sus enemigos de guerra. Con este fin, tengo que arrancar de más atrás.

Como ya he dicho, nací en una ciudad de trabajadores. Mis amigos de juventud eran hijos de trabajadores. Mi reclutamiento temprano para el servicio social, así como la educación a cargo de mi padre, impidieron lo que se consideraba un desarrollo “propio de mi estado social”. Cuando en 1933 los nacionalsocialistas llegaron al poder, como joven que había vivido las luchas en la calle con los comunistas, en un primer momento quedé fascinado por Hitler e ingresé en el
Jungvolk (que anteriormente se había llamado Stahlhelm-Jugend).
Gracias a sus relaciones comerciales internacionales, mi padre estaba inusualmente bien informado sobre los sucesos en los países extranjeros de occidente, y desde el comienzo me fue informando de las cosas esenciales, igual que también me llevaba a menudo para que le acompañara en sus negociaciones comerciales.

Cuando en junio de 1934 se produjo el “affaire Röhm”, se produjo en mí, juntamente con mi padre, un cambio radical de mentalidad. Los dos juzgamos que ningún gobernante, da igual el puesto que ocupara, tenía la competencia de asesinar a un hombre sin base jurídica. Pero como Hitler se arrogaba este derecho en calidad de canciller del Imperio, no podía ser a mis ojos un canciller legítimo del Imperio alemán.

Habiendo comprendido esto, y esperando que, con esta postura de Hitler, se llegaría a la guerra, tomé (junto con mi padre) las siguientes medidas. Aunque en realidad quería estudiar filosofía, me decidí a estudiar medicina, para, en caso de guerra, cumplir mi servicio de armas pero sin tener que disparar al enemigo. Sólo tras el final de la guerra quería volver a la filosofía. Estos planes me resultaron bien. No presté el juramento a Adolf Hitler como jefe del ejército. Cuando prestamos juramento, yo estaba en una formación en la que era fácil mover los labios sin pronunciar ninguna palabra. Lo que de otro modo podría considerarse jesuitismo, lo hice por motivos de conciencia como defensa en una situación de necesidad, y por tanto en mi conciencia estaba limpio. Así cumplí el servicio militar en el frente, libre de la obligación específicamente nacionalsocialista, pero vinculado a mi pueblo.

De nuevo gracias a mi padre, estaba relativamente bien informado sobre los crímenes de los nacionalsocialistas, pero hube de constatar al mismo tiempo que mis compatriotas no lo estaban. De cuando en cuando se oía hablar de crímenes organizados, pero se creía que éstos sucedían sin un programa elaborado. “El Führer no sabe nada de eso”, era la exclamación que siempre se oía a la vista de tales hechos.
Cuando en 1942 intervine en Ucrania como brigada sanitario, tenía que realizar entre otras tareas transportes de heridos desde el frente (Orel, Voronesh) hasta la frontera del Imperio. Entregábamos los heridos en el sur de Silesia y luego regresábamos a Konotop con los vagones vacíos. En uno de estos viajes, a comienzos de la primavera de 1942, tuve la siguiente vivencia terrible en la zona de Berditshev. En los viajes de regreso, y como no había urgencia, nuestros vagones se estacionaban a menudo en vías muertas, hasta que tuviéramos ocasión de hacer el siguiente enlace conveniente. Una mañana temprano, en el vagón en el que dormíamos yo y mis sanitarios entraron unos disparos de fusil. Salimos apresuradamente del tren y nos parapetamos detrás del andén, creyendo inicialmente que se trataba de un ataque de partisanos. Pero entonces vimos que, en un lugar que había enfrente, unos soldados de la Policía Secreta de Campo (SS) entraban en las casas que había ahí disparando con sus fusiles y arrojando granadas de mano, y haciendo salir a los hombres, llevándolos hasta una fosa en la que los asesinaban. Primero quisimos acudir en ayuda de esos hombres y detener la matanza, pero la Policía Secreta de Campo, ebria de sangre, no sólo nos rechazó, sino que nos amenazó con fusilarnos en el acto por detener a su tropa. No pudimos hacer otra cosa que retirarnos a nuestro tren estacionado. Jamás olvidaré el horror y el malestar y el asco moral de mis camaradas, que tuvo también efectos físicos. Durante días enteros apenas pudimos hablar entre nosotros, y los primeros días casi no comimos nada. Menciono esto para hacer claro con este incidente que la gran mayoría de nuestro pueblo y de nuestros soldados no sabía nada de las crueldades de las SS, y a los vagos rumores que llegaban sobre ellas no se les había prestado hasta entonces ningún crédito. También más tarde, hasta caer prisionero, hube de constatar lo mismo.

Pero para ser fiel la pura verdad, tengo que constatar también lo difícil que les resultaba a las formaciones alemanas que combatían a los partisanos bolcheviques atenerse a lo permitido por el derecho de gentes, sobre todo cuanto que, al fin y al cabo, en algunas cosas éste último no coincide con lo verdaderamente recto. Nuestra población en el interior del Imperio intuía algo, pero reprimió este presentimiento según el lema: “!no puede ser cierto!”

En invierno de 1944, intervine como médico auxiliar en el norte del frente oriental (entre Pskov y Leningrado), donde presencié otro tipo de comportamiento: el de los partisanos locales que (a través de la población) se ponían de acuerdo con nuestra unidad, ya que los daños mutuos eran sumamente desventajosos para ambas partes.

Tras caer prisionero de los americanos en enero de 1945, tuve un destino singular. El primero del servicio de inteligencia que me interrogó, fue un tal profesor Müller, que había escrito un libro en alemán sobre filosofía americana… y que yo había leído, lo que desde luego le alegró mucho, toda vez que, en el curso del interrogatorio, constató que decididamente yo no era nacionalsocialista. Me dio un escrito que luego me condujo por los más diversos campos de prisioneros: Luxemburgo, junto al Maas, París, Kolchester, Ascote y Malton, Londres, Bruselas, sólo por citar éstos. Conocí a fondo a los americanos y al CIC. En total, pasé por 19 campos de prisioneros, hasta que en primavera de 1946 me dieron la libertad.

Ascott era un campo de prisioneros especial, en concreto era un campo de antifascistas que también colaboraban en las emisiones de la BBC para prisioneros de guerra. En este campo había todo tipo de enemigos del nacionalsocialismo, desde los comunistas hasta los nacionalistas alemanes y los legitimistas austríacos. Empleé el tiempo en conocer más de cerca todas estas partes y en estudiar en sus originales sus presupuestos teóricos. En aquella época me familiaricé con las obras de Stalin y de Lenin, que durante el Tercer Reich nos habían estado prohibidas. Pero todo aquello tuvo su fin cuando se halló definitivamente que yo era un cristiano católico convencido.

En esta época, tuve una experiencia que luego también hallé confirmada en los campos siguientes. A los alemanes se nos reprochaba la guerra, también crímenes de guerra, pero jamás –insisto: jamás– la matanza de judíos, aunque, cabría decir, se hubiera sugerido hacer especialmente esta acusación. Desde luego que por parte inglesa se sabía del envío de los judíos a los campos de concentración, pero esto se consideraba una medida (ejecutada a menudo cruelmente) de la que se sabía muy bien que ellos mismos se habían hecho culpables de algo similar (por ejemplo los japoneses en Estados Unidos, o los sionistas en Palestina, a quienes se había encerrado en campos de concentración surafricanos).

Recuerdo en especial un incidente en el campo de Ascott: nos visitó una delegación de la Cámara de los Comunes que en un primer momento trató de acusarnos de la guerra. Entonces se adelantó uno de nuestros presos comunistas, desnudó su pecho, que estaba lleno de cicatrices, y dijo lo siguiente: cuando en los años 30 estuve en un campo de concentración en Alemania, vino una delegación de la Segunda Cámara exactamente igual que ésta, por invitación del régimen de Hitler, para inspeccionar nuestro campo. Las SS habían preparado todo bien en el campo: durante la visita de la delegación incluso habían soltado un rebaño de cerdos gordos, para sugerir lo bien alimentados que estábamos nosotros. Seguidamente, esta delegación emitió un informe sumamente favorable, lo que luego sólo sirvió en nuestro campo para que se nos maltratara peor que antes. “Esto es lo que pensamos de ustedes”, dijo, tras de lo cual esta delegación se retiró avergonzada.

Pero si relato este incidente es por el motivo particular de que tampoco en aquella época nos reprocharon
jamás la matanza de judíos, que es lo que habría resultado más evidente. Más tarde, en un campo de prisioneros londinense, nos pusieron películas que debían mostrarnos cómo entendían Inglaterra y Estados Unidos la guerra contra nosotros. En ellos se enseñaba primero la derrota de Napoleón, y luego la nuestra. El pensamiento principal era: en ambos casos, Inglaterra supo vencer una unificación amenazadora de Europa. En la segunda parte de estas películas se mostraba también la liberación de los campos de concentración alemanes, y los prisioneros hambrientos que en los últimos combates los alemanes habían dejado abandonados en el suelo, donde apenas se podían ayudar a sí mismos. Jamás, jamás se dijo nada en estas películas sobre el exterminio planificado de judíos. Tampoco durante las muchas discusiones en el campo antifascista de Ascott se adujo por parte británica o americana la tesis del exterminio, lo que, en verdad, habría sido lo más inmediato, puesto que varios prisioneros del campo hablaban en la BBC.

¿Por qué aduzco todo esto? Para demostrar que ni siquiera los aliados conocían estas campañas de exterminio. En marzo y abril escuchamos también los discursos de Roosevelt y de los políticos dirigentes ingleses, aparte de los antifascistas famosos como Karl Jaspers y Karl Barth. Jamás se habló del exterminio de judíos.

Como se puede demostrar a partir de publicaciones como la de Henry Picker sobre las conversaciones de mesa de Hitler en el cuartel general del Führer, el propio Hitler tampoco trató jamás este tema, e intencionadamente tampoco invitó al cuartel general a delegaciones de la Gestapo y de Himmler, de modo que todo el equipo quedó sin saber que tal cosa sucedía organizadamente.

En consecuencia, de todos estos hechos hay que deducir
el hecho de que Hitler supo ocultar tan hábilmente el exterminio de los judíos que no sólo era desconocido en su mayor parte para los soldados alemanes en el frente y para la población en la patria, sino también para los extremos dirigentes de los ingleses y americanos.

Este hecho tiene la máxima relevancia: una gran parte, es más, la mayor parte de nuestro pueblo no sabía lo que Hitler y Himmler hacían a espaldas suyas. Les fue ocultado cuidadosamente. Así pues, no se puede acusar a todo el pueblo alemán, y ni siquiera a la mayor parte de él, de haber participado conscientemente en la matanza de judíos. Esto es de la máxima importancia para nuestro pueblo, que en este punto fue engañado. Por tanto, tampoco se puede acusar a “los alemanes”
in cumulo de haber cometido este crimen. No obstante, en un sentido puramente objetivo, tendremos que seguir cargando con la terrible culpa, pues eso ha sucedido. Pero en su conciencia, el alemán puede ver que, mayoritariamente, se ha hecho culpable de modo inconsciente. A diferencia del Imperium Romanum, el Sacro Imperio no era un Imperio, tampoco una Basileia oriental, sino una nación, que sólo en caso especial de necesidad requería la intervención de su protector (el “Kaiser”) cuando lo exigía la solidaridad interior o el ataque desde fuera. Pero por lo demás siguió siendo una comunidad anárquica, que ni siquiera intentos extremos como los del emperador Barbarossa o Wallenstein fueron capaces de reconvertir en un Imperio. En una situación especial de necesidad, Hitler fue elegido por el Reich para hacerse cargo temporalmente de esta protección. Pero él abusó de esta posición cuando, en su condición de cabeza del Imperio y jefe supremo del ejército, sin base jurídica se permitió exterminar a hombres que él consideraba enemigos.
Después de lo que ha ocurrido, nuestro pueblo tiene que aprender a cargar con la culpa sobrevenida y a expiarla en adelante con su comportamiento. Pero puede hacerlo en la conciencia de que, en su mayor parte, se ha hecho inocentemente culpable. Por eso también puede estar orgulloso de todo lo grandioso que ha realizado y de los durísimos sacrificios que ha hecho, bajo el presupuesto de estar sirviendo al Imperio. Juntamente con ello, se nos ha indicado un camino de lo único que puede ser nuestro futuro: el mismo servicio al Sacro Imperio, en una firmeza inconmovible, pero también en la humildad de los que se han hecho culpables, y que en la conciencia de esto luchan desde ahora por la tarea moral de los hombres.



Aclaración a los
Discursos a la nación alemana


Ya que la obra principal de este volumen, los
Discursos a la nación alemana, fue redactada para alemanes y está dirigida a alemanes, permítase al editor una breve aclaración fundamental del pensamiento fundamental del autor por cuanto se refiere a la comprensión de la historia y del destino histórico de los alemanes acuñada por el Imperio de Bismarck, pero que según Fichte fue una comprensión falsa y fatídica.

El título de este libro –y esto tiene un significado determinante– dice:
Discursos a la nación alemana a cargo de Johann Gottlieb Fichte. Con esto, Fichte quería expresar que, en estos discursos, se considera a sí mismo portavoz de los alemanes, en el convencimiento de que en ellos se articula una idea decisiva de esta nación.

Con los triunfos de Napoleón, se estaba dirimiendo en toda su agudeza la cuestión de si el pueblo alemán podía seguir pronunciando y realizando la palabra que se le había encomendado en la historia de la humanidad, o si perecería como un grande de la historia. Es decir, el libro ha sido escrito en una situación de emergencia, en el momento de una crisis existencial. Fichte reúne y articula lo que es capaz de expresar en este momento que le es asignado. “Nos hundimos en las mareas: ¿hemos de dejar de pedir ayuda sólo para no asustar a algún vecino débil de nervios?”, y se podría añadir: ¿sólo para que no aparezca un libro que no se puede clasificar bajo las categorías usuales? Lo que Fichte pronuncia, significa el afloramiento de algo “que hasta entonces no había existido”, el acto de irrupción de la autocomprensión de la propia nación, así como también de los propios presupuestos fundamentales del pensador. En estos
Discursos se realiza por vez primera lo que también en lo sucesivo Fichte hará como “superación de la reflexión por la reflexión misma”, introducida por el conocimiento (que arranca de Los rasgos fundamentales de la época actual) de la esencia de la “historia” a diferencia de la mera narración. Fichte percibe la “ley de la naturaleza espiritual”, el carácter de la historia, como “drama”, es decir, como el desarrollo de unas decisiones a otras decisiones, y como un acto creador que significa “más que toda la infinitud”. Merced a esta historicidad, la vida se convierte, ya como vida terrena en el más acá, en comienzo de una vida espiritual eterna. Hay un “mundo del pensamiento” autónomo en la historia, pensamiento que se pronuncia con actos y palabras en momentos decisivos de la historia, y que con este pronunciamiento determina y modifica la historia.

En esto, la irrupción de lo nuevo no se basa en modo alguno en una “demostración mediante conceptos […], que aunque son capaces de aclarar, no son capaces en modo alguno de dar información sobre
la existencia o el valor reales”, sino que consiste en el conocimiento de que “éstos últimos [existencia y valor reales] sólo pueden acreditarse en sí mismos mediante experiencia inmediata de cada uno”. Fichte se ve forzado a pronunciar esta experiencia de un modo tal que ella se justifica cognoscitivamente a sí misma en cuanto tal en la aclaración conceptual, tanto como conocimiento general como también como comprensión del curso irrepetible de la historia que se desarrolla.

El pensamiento fundamental es que la humanidad, más allá de su existencia natural, sigue una tarea metafísica que la mueve más que el fin natural. En este proceso espiritual, los pueblos particulares, como individuos de un tipo superior, realizan momentos parciales que ellos han extraído del conjunto: los realizan en libertad, tanto positivamente en el progreso como también negativamente en el estancamiento e incluso en la obstrucción y la destrucción. Es más, incluso
dentro de los pueblos particulares se muestra la misma diferencia en aquello que ellos convierten en lo suyo propio.

Para los alemanes, a los ojos de Fichte, el acto
específico de la historia universal es que rechazaron el pensamiento de un Imperio como forma de vida de su nación. Cuando Constantino autorizó el cristianismo como religión del Imperio, surgió el Sacrum Imperium Romanum como forma de vida de la cristiandad que se estaba configurando. Esta cristiandad, en el siglo siguiente, se entendió como Sacrum Imperium Christianum. Pero cuando en el siglo X, el rey de los alemanes recibió en cuanto tal el destino de ser emperador del Sacro Imperio, los alemanes como nación se entendieron y se quisieron como Sacro Imperio, a saber, como poder protector de la verdadera religión (es decir, de la tarea espiritual suprema), hacia fuera y hacia dentro. Históricamente, sabemos cosas más precisas de los alemanes desde la entrada en Italia de los cimbros y los teutones. Los latinos no podían pronunciar bien la palabra “teotisk”, y emplearon su traducción: “germanus”. Esta transferencia de la autodesignación expresa su singularidad entre los pueblos: se consideraban y se percibían como primos y hermanos. Justamente en cuanto tales no querían un Imperator, sino sólo, como mucho en caso de necesidad, un caudillo para resolver tareas particulares. La nación pasó a ser para ellos el marco de esta “anarquía”, que debía posibilitar a cada uno vivir inmediatamente su singularidad espiritual. Aunque, justamente a causa de esta anarquía, dentro de la nación libre se volvieron a desarrollar también señoríos, sin embargo nunca fueron capaces de apoderarse del Imperio en cuanto tal, y junto a ellos prosperaron las ciudades libres ricas inmediatas, de modo que, dentro de toda la nación, la libertad siempre se mantuvo garantizada para los alemanes. Los intentos de volver a transformar todo en un imperio, fracasaron. Ciertamente, a causa de acontecimientos religiosos y políticos de mayor alcance, el marco de constitución de la nación se debilitó tanto que en el año 1806 se llegó a la autodisolución del Sacro Imperio. Justamente este acontecimiento fundamental movió a Fichte en 1807/08 a escribir sus Discursos, en los que lo que importa es el destino histórico fundamental de la nación alemana, de cuya pervivencia viviente está convencido.

La verdadera catástrofe del Imperio la introdujo la asunción del concepto francés de nación, tal como Napoleón la había acuñado en 1797 con su palabra de Francia como la “
Grande Nation”. Se basaba en un orgullo nacional que no se basaba en nada, pero que justamente por ello minusvaloraba a otros pueblos y trataba de dominarlos meramente con el poder. Porque esta nacionalismo ya se había configurado también en Alemania a partir de 1812, poco después de los Discursos, es tanto más apremiante separarlo del pensamiento del Imperio, toda vez que, en lo sucesivo, condujo al indecible final de 1945.

Sin embargo, de la esencia de la sociedad forma parte la estatalidad, siquiera sólo la de las ciudades-Estado. Por eso, la consistencia del Imperio tiene que conseguirse con esta estatalidad. Fichte considera posible que, en caso de necesidad, también un único Estado realice el Imperio, aunque su persistencia se ve entonces constantemente amenazada a causa de ello. Si el Imperio y el Estado coinciden, entonces el Estado, sin perjuicio de sus propias leyes e intereses, tiene que servir de forma continua al Imperio. Los asuntos del Imperio y del Estado hay que mantenerlos separados y conservarlos en una relación recta: una tarea cuya realización incumbe a los alemanes, justamente porque ellos realizan un Imperio en una única nación. Alemania tiene que mostrar y demostrar por sí misma si lleva a cabo esta tarea en esta hora de la historia universal o si sucumbe a ella por falta de voluntad.