Nuestra fe
EINSICHT, año
10, cuaderno 1(mayo 1980), pp. 17-18. Jerrentrup [2150].
Ocho días después de su primera aparición a sus
discípulos, Jesús se les vuelve a aparecer. Tomás no
había estado presente en la primera aparición, y no
quería creer a los otros apóstoles que el Señor realmente
se les había aparecido. El Señor le hizo tocar sus
heridas para que creyera, y entonces Tomás confesó:
“¡Señor mío y Dios mío!” Pero como respuesta
a esta confesión le dijo el Señor: “¿Crees porque
me has visto? ¡Dichosos los que creen sin haber
visto!”
La Vulgata dice: “Dichosos los que no vieron y sin
embargo creyeron.” Esto desvía atención hacia el
pasado, mientras que la versión griega, con el tiempo en
presente, se eleva por encima de todo tiempo determinado.
¿Acaso el Señor estaba pensando en algún caso determinado
en el pasado?
Tomás tiene como sobrenombre “el gemelo”,
porque tenía un hermano gemelo. Pero no se nos dice nada
de un hermano gemelo de Tomás que también hubiera llegado
a la fe. Tomás creyó en el Señor, pero su hermano gemelo,
al parecer, no. Cuando Jesús colgaba en la cruz, a su
izquierda y derecha había otras dos cruces, en las que
agonizaban dos ladrones. También de ellos, uno creyó y
otro no.
Antes de la ejecución, estos dos ladrones no conocían a
Jesús, o al menos no más estrechamente. En cualquier
caso, antes de la ejecución no creían en él. Los
evangelistas relatan que los dos ladrones todavía lo
habían injuriado e insultado desde la cruz. En la
Antigüedad, era usual que el criminal, cuando lo habían
condenado a muerte y era llevado a la ejecución, se
lanzara a soltar injurias, maldiciones y blasfemias,
porque le parecía que ya no tenía nada que perder. No
creían en una vida eterna en sentido propio.
Pero durante las largas y dolorosas horas en el madero de
la cruz, uno de los ladrones ve cómo Jesús no abre su
boca y cómo soporta en silencio el horrible martirio. Las
pocas palabras que dice son palabras de asistencia a su
madre, a la que iba a dejar sola, y oraciones. Y este
ladrón comprendió y creyó. “Nosotros padecemos con
toda razón”, le dice al otro ladrón que se había
mofado de Jesús, “pues recibimos el justo pago de
nuestros actos; pero él no ha hecho nada malo.” Y
le pide a Jesús: “Señor, acuérdate de mí cuando
comiences a reinar.” Siendo judío, por tal reino se
habrá referido al Reino mesiánico, y por eso Jesús en su
respuesta no le habla de él, sino del Paraíso, en el que
estará con él ya ese mismo día.
En este punto, pensemos que el ladrón arrepentido sólo
vio al Señor en sus terribles sufrimientos, desfigurado
por los golpes, cargando a sus espaldas con el travesaño
de la cruz, que para el debilitado por la flagelación era
demasiado pesado y que se le clavaba hondo en los
hombros, la mano derecha encadenada a este travesaño, la
izquierda a la pierna izquierda, de modo que no pudiera
apoyarse con sus manos cuando cayera, golpeado y escupido
por los verdugos, soldados y siervos judíos, injuriado y
ridiculizado por los sumos sacerdotes, los teólogos y el
pueblo que estaba de espectador, abandonado de sus
discípulos, con una corona de espinas en la cabeza que
hiciera burla de él como “rey”, y, por
último, clavado en la cruz y agonizando en la muerte por
asfixia. En verdad que este ladrón no vio nada de la
gloria del transfigurado, y en una medida humana apenas
podía suponer que Él se escaparía de la muerte y
construiría el Reino de Israel.
Pero vio la justicia del Señor, Su incomparable alteza
moral y Su unión con Dios en la situación de abandono más
extremo… y el insulto se ahogó en su boca y creyó.
Tal vez Jesús pensara en este ladrón cuando dijo a Tomás:
“Dichosos los que no vieron y sin embargo
creyeron.” Tomás conocía al Señor de la época de su
actividad pública. Había oído hablar de la
transfiguración de Cristo, del testimonio del Padre del
cielo en Su favor, de la aparición del Señor en Su cuerpo
transfigurado a las mujeres piadosas, a los discípulos de
Emaús, a Pedro y a los apóstoles… y sin embargo no
creía. Para la fe no le bastaba el esplendor de la
justicia de Cristo en Su humillación: para creer exigía
ver también la transfiguración tangible. ¡Cuán por detrás
queda del ladrón arrepentido!
Pero la actitud de ambos es un signo para nosotros en
este tiempo de la muerte de la Iglesia, es decir, del
cuerpo místico del Señor. Era fácil creer cuando la
Iglesia se alzaba en su mayor gloria, y sin embargo, en
la hora de la muerte, todos los seguidores de los
apóstoles traicionaron o negaron al Señor, y en cualquier
caso lo abandonaron. Hoy sólo vemos una Iglesia que
–diciéndolo humanamente– está en las últimas.
Vemos a la Iglesia abandonada, golpeada, humillada,
escarnecida, crucificada, casi exangüe, ahogándose.
Mirándolo humanamente, es un absurdo seguir confesando
infalseada la fe católica. Pero también para nosotros
valen las palabras de Jesús: “¡Dichosos los que
creen sin haber visto!” Pues también nosotros,
igual que el ladrón arrepentido, podemos ver la gloria de
Jesús en Su justicia y humillación, y entender que esta
justicia es más que todo señorío. Y Dios quiera que no
tengamos esperanza sólo en el “restablecimiento del
Reino de Israel”, es decir, en la Iglesia aquí en
la tierra, sino en ser asumidos en Su comunidad en el
Paraíso celeste.
