Reinhard
Lauth, Desarrollo
como autodestrucción. Estudios sobre el problema
fundamental de Rousseau.
Traducción
de Alberto Ciria
IDEOLOGÍA Y
CIENCIA
(1961)
1. El
surgimiento de la ideología desde la ciencia meramente
teórica
Ideología y ciencia: ése es el tema que se ha planteado a
lo largo de las Semanas Universitarias de este año en
Salzburgo, y sobre el que queremos reflexionar y discutir
a lo largo de dos semanas desde los puntos de vista más
diversos. Una conferencia inaugural, como la que se ha
pensado para mí, debería tratar de poner de relieve lo
verdaderamente fundamental, dando con ello el fundamento
y el marco sobre el cual y en el cual se desarrollará el
trabajo científico sucesivo.
La tarea de dar esta conferencia introductoria se me ha
encomendado como filósofo.
Eso no es evidente, pues igualmente podría haberla dado
un teólogo. La filosofía tiene lo vinculante de que, por
una parte, y frente a las ciencias particulares, trata de
conocer el conjunto de la realidad, y por otro lado
elabora presupuestos fundamentales de la religión. Es
decir, el perfilamiento filosófico del problema planteado
determina tanto la investigación de la ciencia particular
como también la declaración religiosa.
Si el tema „ideología y ciencia“ se sopesa en
su espíritu, entonces enseguida se pone de relieve que el
auténtico peso recae sobre el concepto de
„ideología“. No es la ciencia la que aparece
puesta en cuestión aquí –ella aparece más bien como
lo asegurado y como una posesión adquirida desde hace
tiempo y definitivamente firme–, sino la siniestra
aparición de la ideología, que tan obstinadamente
repercute en nuestra vida entera. Pero si eso es
correcto, es algo que hay que examinar primero en una
discusión fundamental. Pero de que
inicialmente se
ve así, de eso no cabe ninguna duda.
Preguntamos primero: ¿qué es la ideología? ¿y cómo pudo
aparecer y adquirir una relevancia tal en el desarrollo
histórico de la humanidad en un tiempo relativamente tan
breve? ¿De dónde ha venido?
Eso que hoy se designa con la palabra
„ideología“ en el sentido en el que debe
tomarse este concepto durante estas semanas según el
convenio común de los conferenciantes, es todavía tan
reciente que en vano se buscará una definición suya en la
mayoría de los diccionarios especializados. La definimos
así: „Ideología es una interpretación aparentemente
científica de la realidad, al servicio de una finalidad
práctico-social que debe legitimarla
retroactivamente.“ En ello, la mencionada finalidad
práctico-social hace una reivindicación en términos de
historia de salvación, y los proclamadores de la
ideología se esfuerzan por hacerse con ciertos grupos
mediante la propaganda, para alcanzar así una eficacia
práctica contundente. Pero por cuanto concierne a la
aparición histórica de la ideología, quiero responder con
unas palabras de Dostoievski acerca de la aparición del
nihilismo, que aquí quiero modificar y referir a la
ideología: „El nihilismo –en lugar de ello yo
digo: „la ideología“– ha aparecido
entre nosotros porque todos nosotros somos
[ideólogos]. Lo único que nos ha
horrorizado ha sido la forma nueva y original de su
manifestación. Fue extraña la conmoción y la preocupación
de nuestros sabios que trataron de investigar de dónde
venían los [ideólogos]: no han venido de ninguna parte,
sino que han estado todo el tiempo con nosotros, entre
nosotros y en nosotros.“ En los siglos V y IV antes
de Cristo aparecieron en una forma preliminar, y se los
llamó sofistas y filósofos. En el siglo XVIII después de
Cristo, se designaron a sí mismos como ilustradores o
filósofos por antonomasia. Hoy los llamamos ideólogos.
Jacobismo, nacional-socialismo y comunismo marxista son
las formas de manifestación más punzantes de una
ideología tal. Han venido a la humanidad como guadañas de
la muerte, y no sólo han traído la muerte a innumerables
millones, sino que también han borrado las estrellas del
cielo y han envenenado las fuentes de la vida. Pero cómo
y en qué sentido han estado entre nosotros y en nosotros,
eso es lo que quiero evidenciar en esta conferencia, no
históricamente, sino sistemáticamente.
Reside en la esencia de la filosofía querer sustituir el
mero post hoc
por un
propter
hoc,
e incluso eliminar en el último la explicación causal en
favor de una explicación esencial. De otro modo, es
demasiado fácil obtener líneas de desarrollo arbitrarias,
tipo „de Lutero a Hitler“, que en verdad no
revelan nada más que el subjetivismo de quien las
construye. Si un fenómeno se ha definido con claridad,
entonces tienen que poder mostrarse sus condiciones de
posibilidad, las únicas desde la cuales es posible
enjuiciar con evidencia. Es decir, aquí las indicaciones
históricas no obedecen a un fin demostrativo, sino sólo a
una aplicación empírica.
La afirmación que pretendo afianzar en esta conferencia
es nada menos que ésta: las causas de la ideología se
encuentran en la ciencia misma, tal como se la concibió
hace dos mil quinientos años, y en sus presupuestos. Se
empezó a hacer ciencia de modo tal y bajo presupuestos
tales que forzosamente tenían que conducir a la
ideología, es decir, que ya la implicaban.
Todos ustedes saben que, lo que llamamos ciencia en el
sentido estricto de la palabra, nació en Grecia a
mediados del primer milenio antes de Cristo. Se dice que
la palabra „filosofía“, con la que
inicialmente se la designó, fue acuñada por Pitágoras.
Pues bien, justamente de este Pitágoras, en su
Vida y
opiniones, Diógenes Laercio cuenta una
parábola que no pierde nada de su significado aun en el
caso de que no proceda del Pitágoras histórico: „Él
comparaba la vida con un festejo ciudadano. Así como ahí
algunos acuden como competidores por el premio, otros
como negociantes, pero los mejores como espectadores,
así, en la vida, unos se presentan como almas esclavas,
ávidas de gloria y lucro, mientras que los filósofos se
presentan como investigadores de la verdad.“
Observen por favor lo que dice Pitágoras: „pero los
mejores como espectadores“.
Que no hemos leído mal y que no hemos topado con una
concepción inusitada de las cosas, nos lo muestra la
gradación de las facultades anímicas, usual en los mismos
filósofos y que incluso subyace a esta parábola,
en Nous
(entendimiento),
Thymos
(voluntad)
y Epithymia
(apetito). Eso
nos lo confirma además Herodoto, el primero, junto con
Heráclito, en cuyos textos conservados se encuentra por
vez primera la palabra „filosofía“. Croisos,
nos cuenta, le dijo a Solón: „He oído que, como
amante de la sabiduría, has recorrido muchos países para
verla.“
Para hacer visible lo monstruoso de esta apreciación,
permítanme oponer ahora a esta declaración de Pitágoras
unas palabras de Charles Péguy sobre sí mismo.
„Todo“, escribe Péguy al final de su vida
acerca de su obra más significativa, „ está allí en
primera persona del plural. He aquí lo que quiero decir.
Nunca, a lo largo de esta larga y magna peregrinación, se
presenta el autor como un historiador, un geógrafo de la
tierra y del cielo, un visitante, un inspector y, para
decir la palabra, un turista: un gran turista, pero un
turista en definitiva. En ningún momento el poeta es aquí
un hombre que realiza una excursión: una gran excursión,
pero una excursión en definitiva. Es nosotros, es uno de
nosotros, con su puesto entre nosotros, humilde como
nosotros, corriente como nosotros, expuesto y en juego
como nosotros en su condición de pecador, pobre como
nosotros y débil [...]. En ningún momento se hace a un
lado para mirar lo que pasa. Porque lo que pasa es él. Y
es estar condenado o salvado.“
Las dos declaraciones desvelan una oposición fundamental.
Uno –Pitágoras, o quien sea, el científico
griego– quiere llegar al conjunto de la realidad
mediante la contemplación de
espectador, mediante la teoría y el
concepto. El otro –Péguy, el cristiano
francés– no se permite ni por un momento el mero
espectar: sino que busca experimentar la verdad
en el
encuentro viviente con Dios. Sé cuál es la objeción
que aquí se sugiere: „Pero, en este caso, Péguy no
es un científico.“ ¿Pero quién lo dice? Él tiene
ciencia: él
sabe,
y sabe algo más esencial y profundo de lo que la ciencia
griega jamás pudo alcanzar. Sabe de un modo diferente a
como la „ciencia“ teórica sabe, y aquí
topamos con una ciencia tal como ya el Antiguo Testamento
la conoce y la entiende.
En esta oposición, se nos desvela que la ciencia no es
nada evidente, que no es nada legitimado sin más, y que
tenemos que ponerla en cuestión en cuanto a sus
presupuestos. Sobre el significado del concepto de
legitimación que acabo de introducir, no serán superfluas
algunas palabras.
Es uno de los méritos más esenciales de la filosofía de
Kant haber separado, con toda la nitidez del
discernimiento conceptual, la pregunta
„quid
iuris?“ de la pregunta
„quid
facti?“, y haber mostrado
que, tratando el „quid
facti?“, no se satisface a
una pregunta filosófica, sino que, además, hay que
responder suficientemente la pregunta
„quid
iuris?“. Por eso no basta con
definir la ciencia. Hay que mostrar también que lo así
definido es posible y que realiza de hecho lo que debe
realizar. También la astrología se puede definir, pero su
ejercicio no se puede legitimar. En ella no puede
llegarse a una auténtica previsión del futuro. Por lo
demás, los motivos que excluyen una legitimación pueden
ser tanto externos como internos, sólo con que las
circunstancias externas estén enlazadas necesariamente
con la constitución interna. La ciencia no es una mera
cosa, sino un acto espiritual, y nos preguntamos si este
acto puede llevarse a cabo de este modo.
Lo específico de la ciencia –aquí tomo filosofía y
ciencia particular todavía indiferenciadas en un concepto
único– es que quiere conocer la verdad. Pero el
concepto que de este conocimiento tienen quienes
practican la ciencia desde la Antigüedad, en un examen
más detenido se evidencia como previamente determinado:
debe ser un espectar, un investigar y un percibir
conceptualmente no comprometidos. „Sócrates no obra
correctamente“, decía la acusación de los
atenienses contra él, „al investigar
las cosas que
existen bajo la tierra y sobre la tierra.“ ¿Tenemos
realmente derecho a excluir sin más que esta acusación,
pese a todo, apuntaba a algo más profundo que a un mero
interés político del momento? Platón nos ha dejado
diálogos tempranos en los que perfila muy claramente lo
que tiene de destructivo el modo como Sócrates ejerce la
ciencia. Nombro sólo el Euthyphron
y el
Ion.
Euthyphron es un diálogo entre un Sócrates, que está ya
bajo acusación, y un sacerdote. Sócrates, en el modo que
le caracteriza, enreda a este sacerdote
–ciertamente, desde el punto de vista de nuestra
religión cristiana, un sacerdote de una religión falsa,
pero, al fin y al cabo, un hombre religioso– en una
investigación, y como en tantos diálogos socráticos, el
apelado, sin hallar el modo correcto de defenderse,
sucumbe penosamente con su posición. Al final, Euthyphron
ya no sabe si algo es piadoso porque los dioses lo aman,
o si los dioses aman algo porque es piadoso. Ha tenido
que conceder que lo que los dioses aman es una
contradicción completa, y Sócrates lo fuerza a la
constatación –que se deduce de sus propias
palabras– de que la religión es un tipo de arte
mercantil entre los hombres y los dioses. Con el
tratamiento formal de su posición de la mano de los
principios de contradicción y de fundamento, tal posición
queda sacudida de tal modo que quien antes la adoptaba,
ya no puede sostenerla. Pero lo que es mucho peor que
estos resultados: Euthyphron ha permitido que Sócrates
reinterpretara su propio hacer religioso de tal modo que,
desde ahora, la religión aparece como un
„saber“
acerca de „cómo se pide algo a los dioses y cómo se
les ofrenda algo“. Sólo una vez roza Euthyphron la
respuesta adecuada que en realidad tendría que darle a
Sócrates: „Ya te he dicho, Sócrates, que es una
tarea demasiado grande concebir exactamente qué sucede
con todo.“ Pero de inmediato vuelve a recaer en el
nivel de la investigación determinado por Sócrates.
Este diálogo puede considerarse paradigmático para la
irrupción de la ciencia, tal como fue concebida en
aquella época, en la vida que hasta entonces no había
sido afectada por aquélla –si se quiere, como nos
aseguran los historiadores, una vida que ya estaba
embarcada en la disolución, pero de cuya realidad más
salvífica Homero, Hesíodo y Sófocles nos han legado un
testimonio que habla por sí mismo. No se dice nada con la
observación de que, al fin y al cabo, en el
Euthyphron
Sócrates destruye
sólo una religión que ya no se entiende a sí misma.
Ciertamente, ése es el enemigo al que se enfrentan
Sócrates y su discípulo Platón. Pero no es el enemigo
frente al que en verdad tenían que resistir, y es
conforme a éste con quien tenemos que medirlos a ellos.
Sabemos cuán despectivamente se pronunció Sócrates en
la Apología
acerca de los
poetas „que no poetizaban por sabiduría [...] sino
[...] por entusiasmo“ ; y al final del
diálogo Ion,
Platón le hace decir sobre el poeta homónimo: „Si
quieres, puedo concederte el privilegio de que seas un
poeta entusiasmado por Dios, pero no uno que pudiera
alabar a Homero sabiendo de lo que habla.“ ¿Qué
hubiera sucedido si por un momento nos imaginamos que, en
lugar de este Ion, hubiera estado Sófocles?
En pasajes tales, Sócrates se muestra del modo más puro
como el fundador paradigmático de aquella postura que
desde entonces se consideró en lo esencial como
científica. Su doctrina es: la verdad reside en el
concepto y se halla mediante investigación. La virtud es
saber, y concretamente saber acerca del bien conocido
conceptualmente. Esta virtud (=saber) es al mismo tiempo
la bienaventuranza suprema.
En desagravio de Sócrates, se ha indicado a menudo que él
mismo reconducía su hacer al oráculo del dios délfico, y
que en situaciones decisivas obedecía a la voz de su
demonio. Estas cosas podrán dignificar al hombre
Sócrates, pero desde el punto de vista de su doctrina
filosófica representan una inconsecuencia. Evidentemente,
los presupuestos necesarios de esta filosofía no están
pensados consecuentemente hasta el fondo, y justamente
por ello Sócrates podía esperar de la ciencia teórica más
de lo que ella es capaz de dar.
Pues su doctrina significa nada menos que una
absolutización de la
teoría, que hasta el día de hoy ha
subyacido, inaclarada en su mayor parte, a los esfuerzos
científicos. Tiene que resultar sorprendente que en los
dos mil quinientos años de historia de la ciencia que han
transcurrido desde entonces, la pregunta por las
condiciones de la ciencia ya no se haya vuelto a plantear
de modo abarcante y ni siquiera se la haya tratado de
resolver en todos sus aspectos. Ya la posición totalmente
heterogénea de la religión, con la que la ciencia chocó
históricamente, podría haber hecho dudar de si ese camino
era tan evidente como pretendía ser. Sobre este tema, no
han faltado voces provenientes del campo de la religión.
Por citar un sólo ejemplo, ¿no ha exclamado un obispo
Gérard von Czanad: „Es el colmo de la insensatez
discutir con siervos sobre Aquel que merece alabanza en
presencia de los ángeles“? Ciertamente, la pregunta
no era tan apremiante para la religión como lo es en
verdad dentro de la ciencia, aunque también el religioso
que practicaba la ciencia tenía que preguntarse si
realmente había escogido el mejor camino. La pregunta
sólo empezó a ponerse candente cuando la ciencia penetró
en la teología amenazando con convertirla en una mala
filosofía. Si la religión se identificó con una teología
pseudo-filosófica, tal como más adelante sucedió con el
protestantismo del siglo XVIII, entonces la religión
quedaba amenazada hasta sus raíces.
En cuanto las objeciones por parte de la religión se
escucharon realmente en el campo de la ciencia y fueron
tenidas en cuenta, la ciencia tuvo que entrar en crisis y
ya no pudo considerarse a sí como algo evidente. El
„Quod vitæ sectabor
iter?“ de Descartes tenía
que plantearse ahora como la pregunta esencial previa a
todo hacer científico. Porque Descartes se planteó esta
pregunta y vio que, cuando emprendemos el camino de la
ciencia, eso es consecuencia de una decisión determinada
y no una necesidad natural, pudo advertir y percibir en
su verdadero significado no sólo que la ciencia no es
para nosotros los hombres un todo terminado de una vez
para siempre (más bien, como al fin y al cabo también se
expresa al menos en la palabra „filosofía“,
es un proceso continuo de búsqueda de este todo), sino
además que el juicio mismo es esencialmente un acto de la
voluntad, que significa una postura voluntaria. Ya Platón
había advertido: „Inicialmente, estamos de acuerdo
en que los filósofos tienen un anhelo constante por el
objeto del saber [...]. Y además, en que tienen un anhelo
por lo mencionado, y no se dejan escapar ninguna parte
suya menor o mayor, más esencial o menos esencial [...].
¿No deberían tener además la siguiente propiedad [...]
[:] la veracidad? No deben querer concederle ningún
acceso a la mentira, sino que tienen que odiarla y amar
la verdad.“ Pero este amor a la verdad no es nada
evidente. ¿Y dónde se consigue? La filosofía socrática
tendría que responder aquí: del conocimiento mismo, pues
virtud es saber. Pero la ciencia humana, al fin y al
cabo, es sólo movimiento desde la incertidumbre hacia
este saber, ¿y qué nos pone en el camino correcto? Así
responde San Buenaventura en justicia: „Estos
filósofos tenían plumas de avestruz, pues sus pasiones no
eran sanas, ni ordenadas, ni rectificadas.“ Y San
Anselmo sabía que a Dios, el objeto supremo de nuestro
conocimiento, sólo podemos buscarlo en el anhelo y
encontrarlo en el amor. En este punto, de nada sirve
objetar que el contemplar desapasionado es, pese a todo,
lo que libera primero de la parcialidad sujeta a impulsos
y lo que redime de los prejuicios precientíficos. Pero la
pregunta es si en el mismo momento en el que tiende a
hacer esto, no vuelve a esclavizar. Lo decisivo es la
actitud desde la que se hace ciencia, y los conocimientos
teóricos se vuelven a referir a la postura de la voluntad
desde la que se investiga científicamente. La historia de
la ciencia es una demostración continua de que fueron
fines prácticos no
reflexionados los que determinaron la
aceptación de ciertos métodos –menciono
especialmente a los inductivos–. Fueron también
tendencias prácticas las que movieron a los hombres a
investigar determinados dominios objetivos desde puntos
de vista arbitrariamente delimitados. Pero los resultados
de estas investigaciones se revirtieron sobre los hombres
en la conducción de su vida, y como su significado no se
había sopesado correctamente, hubieron de determinarlos
de un modo que me esforzaré en poner de relieve en lo que
sigue.
La actitud desde la que se hace ciencia no es en modo
alguno evidente. Sólo porque se olvidó esto hasta tal
punto, pudo producirse el fenómeno que podemos seguir
observando, a saber, que el „científico
puro“, que considera la postura por la objetividad
algo perfectamente evidente, se encuentra con sorpresa y
perplejidad ante un interlocutor para quien esta actitud
es objetivismo reprobable, y la teoría, medio para fines
de la confrontación ideológica. Cabe decir que, hoy, la
postura ideológica ha sorprendido desprevenido al
científico puro, de modo similar a como la teoría
socrática hizo con el hombre de la época precientífica.
Descartes alcanzó a ver más lejos, como se dijo: vio que
el querer recto no sólo es presupuesto del juicio
científico, sino que el juicio mismo es esencial e
inmanentemente un acto de voluntad.
La ciencia consta de juicios y de preguntas que apuntan a
juicios. Este conocimiento no debe invertirse en una
época como la actual, donde ciertos círculos
–igualmente en defensa frente a consecuencias
inevitables de la ciencia teórica absolutizada–
desean transformar la esencia de todo hacer espiritual en
el mero desvelamiento de una problematicidad. En todo
juicio, avanzamos desde la incertidumbre, el
dubium,
hasta la afirmación de conocimiento, la
affirmatio,
aunque la pregunta no puede sino contener un mínimo de
afirmación. En toda pregunta preguntamos por una verdad
segura a partir de una situación en la que todavía no
conocemos. Pero este movimiento se halla esencialmente en
una relación insuprimible y que lo condiciona, a saber,
en una relación con la
verdad. „La luz del alma es
la verdad“,
escribe San Buenaventura. „Esta luz no conoce
crepúsculo. Irradia con tanta fuerza en el alma que ni
siquiera se puede pensar que no existe, ni el hombre
puede pronunciar tal cosa sin contradecirse.“ Y
Descartes, en cierta manera, prosigue: „Pues cuál
sería la razón para asentir con lo que por primera vez
nos enseña qué es la verdad, si no fuéramos capaces de
reconocer que es verdad, es decir, si no conociéramos ya
la verdad.“
Pero esta verdad, que constituye el horizonte necesario
de todo juzgar y que posibilita por vez primera el
juicio, tiene que ser afirmada libremente,
pues de otro modo no existe. No fuerza sin más al
juzgante, sino que le deja libertad para abrirse a su
exigencia o para apartarse de ella. No podemos preguntar
ni juzgar sin el horizonte de la verdad, pero podemos
dejar que nuestra afirmación se justifique desde la
verdad o bien
escoger la
mentira. Es decir, depende del movimiento voluntario del
juzgante si éste se abre a la verdad o si se aferra a
meras pretensiones subjetivas.
Puesto que esto es así, el acto libre de voluntad y
valoración no sólo se adhiere externamente al juicio como
motor, sino que está internamente unido a él. El juicio
que se dirige al conocimiento es una acción espiritual,
un movimiento voluntario hacia la verdad, es
affirmatio,
un afianzarse y dejarse afianzar en la verdad. En la
actitud de la mera teoría no realizamos el pleno acto de
juicio necesario para desvelar la verdad. Conforme a su
intención, el investigador es ahí alguien que sólo se
deja determinar, pero que no se determina a sí mismo:
sólo quiere ser espectador externo, no el propio
actuante, ya sea constatando el fáctum o dejándose guiar
por implicaciones necesarias del fundamento a la
consecuencia y viceversa. Quien se comporta así, no
conoce ninguna otra evidencia que la fáctica o la
apodíctica, pero la evidencia verdaderamente genética le
queda necesariamente oculta. Lo que le resulta en
consecuencia como objeto de conocimiento –aun
presuponiendo un amor externo a la verdad– es sólo
el ser como fáctum o legalidad, no el deber, no el bien,
no la luz (en el sentido filosófico de esta palabra). El
teórico realiza el conocimiento no como respuesta viva a
una exigencia, a una apelación, sino que pretende leer la
verdad en el ser. Por eso, en esta actitud de la teoría
mantenida consecuentemente, lo verdadero se convierte en
fáctum, en el que el bien sólo puede representarse como
un momento del ser fáctico o incluso como aspecto
subjetivo de las cosas. De una facticidad tal no se puede
obtener ningún deber moral con un auténtico contenido de
incondicionalidad, ni tampoco nada de lo que es
constituido o co-constituido por este deber. A partir de
meros indicativos, como Poincaré dijo tan acertadamente,
ni siquiera la manipulación lógica más complejamente
elaborada puede extraer ningún imperativo. Pero eso no
significa sino que a partir de un conocimiento meramente
teórico no puede obtenerse de modo legítimo una
valoración ni una finalidad práctica. Ésta es la
situación en la que encontramos a la ciencia en la época
de Leibniz: el conjunto de la realidad amenaza con ser
reducido a una relación teórica de
fundamento-consecuencia, sólo con que se proceda de modo
consecuente.
El verdadero núcleo del juzgar queda aquí desconocido y
eliminado. Pero el acto de juicio y el contenido de
juicio se corresponden mutuamente. „Aquel
supuesto“ que realizamos en el juicio „está
contenido inmediatamente en esta conclusión“, dice
Fichte, „él mismo es esta conclusión“. Y a la
inversa, hay que añadir, también el propio acto de juicio
se manifiesta a su vez en la realidad que se establece
para el juzgante, y bajo las condiciones mencionadas de
la teoría se manifiesta necesariamente como mera
constatación, como fáctum en un mundo fáctico muerto, en
el que a la actitud hacia la veracidad –una actitud
que, al fin y al cabo, se exige sólo externamente, y que
por tanto, en todo caso, se la puede reemplazar por un
mecanismo– se le ha arrebatado su sentido esencial.
Antes he citado las palabras de Platón según las cuales,
si queremos alcanzar verdaderamente el objeto del saber,
tenemos que captar el conjunto y no dejar fuera ninguna
parte. También aquí el acto del juicio y el contenido del
juicio se corresponden mutuamente. „El comienzo de
la sabiduría“, dice el Antiguo Testamento,
„es: alcanza la sabiduría. Alcanza el conocimiento
al precio de todo cuanto posees.“ La verdad entera
se abre sólo a quien se entrega del todo a ella. ¿Pero
qué me da este querer completo y absoluto? Sólo la
actitud voluntaria recta del amor. Es decir, el amor es
lo único que nos permite encontrar la verdad, y se trata
sobre todo del amor recto. No la apatía: sólo el amor
desvela la verdad. Y no se objete que el amor con su
apasionamiento vuelve ciego. No, no estoy hablando de
este amor. No debemos juzgar sin movimiento anímico, pues
entonces no podemos alcanzar la verdad, sino en el
movimiento anímico que está legitimado por sí mismo.
„El amor del absoluto o Dios es el verdadero
elemento del espíritu racional, el único elemento en el
que encuentra reposo [...]. Como todo lo absoluto, este
amor sólo lo conoce quien lo tiene y quien está
arrebatado por él.“ La verdad sólo podemos
alcanzarla como invocados, „in medio
ecclesiae“, en el acto de la via
religiosa, es decir, en un acto total del movimiento
espiritual, no como espectadores externos impasibles. El
juicio recto sólo puede realizarse en un acto así, y sólo
en éste puede transformarse en conocimiento recto, como
una luz que acompaña y penetra esta vida y que es
penetrada por ella. Si se ve esto, entonces se advierte
que la actitud de la teoría absolutizada tiene que
conducir a la fatalidad. Tendrá que fracasar siempre que
para el conocimiento se exija el amor recto: lo único que
se le podría desvelar de modo adecuado sería un objeto
–suponiendo que lo haya– que no exija un amor
tal. Y así sucedió también: se le desveló la cosa, la
naturaleza, el ser fáctico, la legalidad teórica, y a un
esfuerzo teórico tal le permaneció oculta y desconocida
en su esencia toda vida espiritual: la voluntad, el deber
moral, el bien y la luz. La situación de nuestras
ciencias del espíritu es la imagen fiel de esta
consecuencia, por no hablar de lo que hoy se presenta en
todas partes como „filosofía“ y que consiste
en una absolutización irresponsable de resultados
teóricos perspectivistas.
Quizá podrá objetarse que la situación se ha expuesto
simplificadamente, y se podrá remitir a pasajes donde, en
la ciencia griega y posterior, se habla de uno u otro de
los presupuestos aquí mencionados. Es cierto que hay
tales declaraciones. Es más, algunas las he citado yo
mismo en esta conferencia. Pero también es verdad que ya
no han estado desempeñando una función fundamental en la
concepción de la ciencia determinante para nuestra
sociedad tal como se impuso con y desde Aristóteles. Y, a
modo de réplica, hay que formular la pregunta decisiva:
dónde, en el pasado de la ciencia, se han mencionado
estos presupuestos como condiciones fundantes internas
del saber, y dónde se ha procedido consecuentemente
conforme a ellos. El proceso que el concepto falso de
ciencia introdujo necesariamente no se ha hecho tan
claramente visible porque la humanidad antigua estaba
todavía demasiado enraizada en el mito como para
aventurar consecuentemente, como postura total, una
actitud científica tal como Sócrates la había concebido,
y porque luego se interpuso el cristianismo, en el que, a
lo largo de un milenio, sólo se investigó científicamente
desde el presupuesto y al servicio de la fe. Pero con el
avance del renacimiento el problema se volvió a plantear
en toda su agudeza. El humanista que quería hacer ciencia
en sentido griego dejando a un lado e incluso perdiendo
su fe, ya no tenía ninguna base sustentante para su
propia actitud científica. Si quería obtenerla, sólo
podía buscarla en
la ciencia
–pues, según su propio presupuesto, en ninguna otra
parte se le manifiesta la verdad–, pero
precisamente ahí, a causa de la actitud fundamental
exclusivamente teórica, no podía hallarla. En la medida
en que eso no se percibía ni tampoco podía percibirse, la
modernidad ofrece la imagen de una serie constantemente
renovada de intentos por practicar pese a todo el
tránsito imposible desde el indicativo al imperativo,
para así rectificar definitivamente la actitud teórica.
El camino que se empleó para ello, también puede ponerse
de relieve nudamente de modo conceptual: es el camino a
través del imperativo hipotético. Con base en el hecho de
que el lenguaje y el pensamiento no coinciden, la
relación puramente fáctica de fundamento-consecuencia
puede revestirse lingüísticamente con la forma del
imperativo hipotético. El tipo de reglas que aquí
aparecen, Kant lo designó técnico-práctico. B es la
condición del tránsito de A a C. Si la relación se
invierte, entonces B viene exigido por C para que pueda
darse el tránsito de A hasta él. La ley teórica se
identifica con una práctica, y la práctica, a su vez, con
una teórica. (Por ejemplo, si ha de lograrse la igualdad
de derecho, entonces tienen que suprimirse las
diferencias estamentales. Las diferencias estamentales
tienen que suprimirse para lograr la igualdad de
derecho.)
Aquí, exactamente en este lugar, se produce el
nacimiento de
la ideología. El querer y el deber rectos
„resultan“, como se cree y se pretende haber
visto con evidencia, a partir de la realidad conocida
teóricamente. Eso significa nada menos que la deducción
de todos los valores y exigencias a partir de la realidad
fáctica. Las exigencias son momentos de un desarrollo
teórico-fáctico, y no tienen verdadera autonomía.
Transformemos pues la realidad, decía la Ilustración,
para que la humanidad se haga moral... para que tenga que
hacerse moral.
Esta concepción alcanzó finalmente su forma suprema en la
filosofía de Hegel, en la que la moralidad, declarada
como meramente subjetiva, se entiende como momento no
autónomo en el desarrollo del concepto que viene a sí
mismo, y de este modo es definitivamente depotenciada.
„[...] la visión que la filosofía debe
proporcionar“ es, según Hegel, la de „que el
mundo real es como debe ser“. Las exigencias que
son contrarias a esta realidad, o son subjetivas e
irreales, o son meras compensaciones de unilateralidades
objetivas, o son momentos de desarrollo engendrados
antitéticamente en el proceso de la razón. Si son lo uno
o lo otro, eso lo demuestra la síntesis siguiente
respectiva, es decir, dicho sin tapujos, el éxito
histórico.
Desde luego que una concepción tal significa nada menos
que la negación de toda exigencia absoluta. El criterio
con el que se miden las restantes exigencias hipotéticas
es „lo real“, que para Hegel es idéntico a la
razón. La respuesta acertada a esta posición la anticipó
ya Rousseau, cuando a los que le pedían:
„Proposez ce qui est
faisable!“, les respondía que
ello equivalía a decir: „Proposez de faire ce
qu‘on fait“.
Con la filosofía hegeliana parece haberse conseguido la
deducción de lo que debe ser, y por tanto del querer
recto, a partir de la realidad racional, y puesto que el
desarrollo del espíritu racional, según lo entiende
Hegel, se realiza dialécticamente, la posición de deber
que „resulta“ en cada caso puede declararse
racional en su lugar lógico, social e histórico. Pero eso
abre la puerta para entregarse ciegamente al
„espíritu de la época“ y a sus tendencias, al
querer „progresista“ respectivo del momento,
y para actuar desde él, aun cuando este actuar deba
conducir a través de ríos de sangre a la aniquilación de
toda vida verdadera y de todo ser espiritual.
„Lo que es racional, es
real; y lo que es real, es
racional.“ (Filosofía del
derecho, Prólogo.)
Con esto, la actitud socrática original se ha trocado en
su opuesto por motivos esenciales internos. Ya no es el
saber teórico lo que determina el actuar, sino que un
interés empírico fuertemente irracional e inacreditado se
confecciona una teoría en la que él mismo se establece y
se expone como científicamente justificado. La separación
real entre impulso de vida y conocimiento conduce, por el
otro lado, a una transformación de la visión, de modo que
en lugar de la realidad viva aparece una teoría acerca de
ella. El hombre ideológico ya no ve la vida real, sino
sólo una interpretación.
„Nos hemos desacostumbrado todos de la vida“,
escribe Dostoievski en sus Apuntes del
subsuelo. „Tan divorciados
estamos de la vida que a veces sentimos una especie de
repugnancia ante la „vida real“ y por ello no
toleramos que nos la recuerden. A decir verdad, hemos
llegado al extremo de considerar la „vida
real“ como una carga pesada, casi como una
servidumbre, y todos estamos íntimamente de acuerdo en
que se vive mucho mejor literariamente
[teóricamente].“ „En definitiva, ni siquiera
sabemos dónde habita la „vida real“, ni qué
es, ni por que nombre se la conoce. Déjennos ustedes
solos y sin libros y en seguida nos haremos un lío, nos
extraviaremos. No sabremos qué partido tomar, a qué
agarrarnos, qué amar y qué odiar, qué respetar y qué
despreciar. Hasta encontramos difícil ser seres humanos,
hombres auténticos,
de nuestra propia carne y hueso; nos avergonzamos de
ello, creemos que es ignominioso, e intentamos
convertirnos en una especie nunca vista de hombres
generalizados. Hemos nacido muertos y, durante largo
tiempo, no hemos sido engendramos por padres vivos, cosa
que nos agrada cada vez más. Le estamos tomando gusto.
Pronto inventaremos la manera de nacer de una
idea.“
La forma más odiosa de convertir la vida en una teoría,
es sin duda la depotenciación interpretativa del otro
hombre. El medio para ello es la sospecha ideológica. El
procedimiento consiste invariablemente en que la posición
del otro no se toma como lo que es, sino que se explica
pseudocientíficamente, es decir, que se le supone
teóricamente otra posición. Así „explica“ un
Marx a su adversario a partir del interés de clase de la
explotación, Nietzsche al suyo a partir de instintos de
esclavo, y Freud el querer moral y la religiosidad como
sublimación de una sexualidad reprimida.
Si finalmente se sospecha también de la propia sospecha,
entonces toda posición firme se disuelve en un
relativismo sin fondo: la ideología está contra la
ideología. Éste es el instante en el que el momento, en
verdad irracional, del impulso de vida vuelve a aparecer
desnudo y se desvela como voluntad brutal de poder: la
segunda guerra mundial es el último ejemplo siniestro de
esta desintegración.
2. La
praxis de la ideología: organización
total
Regreso de nuevo al punto de partida de todo, la
concepción insuficiente de la ciencia. He tratado de
mostrar que la ciencia meramente teórica representa la
disgregación del acto espiritual pleno, una detención del
movimiento anímico que tiene que engendrar consecuencias
necesarias tanto en el resultado del juicio como en el
propio juzgante. Quien así se comporta objetiviza la
realidad, adquiere distancia frente a ella y... poder
sobre ella. Es aquel poder peculiar que, nuevamente,
asumió forma paradigmática en Sócrates: en su relación,
incomprensible para los atenienses, para con su propia
muerte, que se distanciaba de la inmediatez vital del
hombre antiguo, dándole una preponderancia inexplicable
por encima de sus conciudadanos. Que el saber es poder,
se le evidenciaba a la juventud ateniense en que el
preguntar socrático llevaba al adversario a una confusión
total, sacándole de su posición y obligándole a
transladarse el nivel de la teoría, quisiera o no. Desde
luego, eso presuponía que el adversario mismo se
encontraba ya en un estado en el que el acto vital en su
unidad estaba desintegrándose. Lo que ahora le salía al
paso era lo único metódicamente concluso y no algo
tentativo sin elección, como sucedía con él mismo.
La relación fundamental en la que la ciencia griega
concibió la relación del espíritu con la realidad, era la
de la formación técnica. Se pensaba que de la realidad
objetivizada se podían extraer sus leyes sin que eso le
afectara a uno mismo, pues, al fin y al cabo, en calidad
de sapiente se está fuera de y por encima del objeto. Lo
que se ha conocido en sus leyes, se lo puede dejar que se
desarrolle legalmente, pues, al fin y al cabo, ya se sabe
lo que se sigue necesariamente de ello. Los comienzos de
la modernidad retoman los resultados de la ciencia griega
y extraen las consecuencias. Cuando el objeto se
construye con medios técnicos, se lo puede dejar trabajar
por sí mismo. Se puede llevar a la sociedad a un
desarrollo necesario si se la organiza científicamente.
Saber es poder. „Organiser
scientifiquement l‘humanité, tel est donc le dernier mot
de la science [...], telle est son audacieuse, mais
légitime prétention.“ Renan, de quien vienen estas
palabras, en sus Dialogues et fragments
philosophiques (1871) trató de mostrar las
consecuencias de esta postura para el futuro. También
Renan supone que la ciencia es capaz de darle a la
sociedad humana un ideal vinculante. „Puesto que,
hasta ahora, la ciencia apenas ha aparecido en otra forma
que en la de la crítica“, escribe en 1848 en
su Avenir de la
Science, „no nos imaginamos
que pueda llegar a ser un poderoso motor de acción. Eso
sucederá en cuanto haya creado en el mundo moral una
convicción igual a la que antiguamente producía la fe
religiosa.“ De este modo la ciencia creará el
progreso social y organizará la humanidad. Pero en esta
vía ve Renan terribles peligros. La naturaleza trabaja,
como ha advertido la ciencia, con un derroche increíble.
No es evidente que hayamos de alcanzar el fin. Al
contrario: es máximamente improbable. Tal vez en la
historia del universo hayan fracasado miles de mundos
iguales al nuestro. Basta con que uno lo logre. Pero la
naturaleza desecha impertérrita lo que ha fracasado: ni
siquiera puede servir como punto de partida para un nuevo
intento. Es decir, la organización de la humanidad pasará
a ser una carrera vertiginosa contra factores que
amenazan con detenerla e incluso con destruirla. No
depende de nuestro arbitrio hasta dónde lleguemos con
nuestras investigaciones e intentos científicos. Tenemos
que radicalizarlos, si es que no queremos fracasar. Según
Renan, se llega necesariamente a un conflicto entre la
naturaleza precientífica y la organización científica.
Este conflicto se libera en dos niveles: en el nivel de
la naturaleza y en el nivel de la sociedad. En el nivel
de la naturaleza existe el peligro de que las reservas
naturales se consuman antes de que los éxitos de la
ciencia pongan en manos de los científicos medios
superiores. Las reservas de energía podrían consumirse,
la base biológica de la humanidad podría desmoronarse
bajo la carga. En el nivel de la sociedad hay que contar
con que la ciencia chocará contra el resto de la
sociedad. Con su desarrollo superior, la ciencia se hará
cada vez más complicada, y por tanto, necesariamente,
pasará a ser propiedad cada vez más exclusiva de unos
pocos hombres.
Puesto que los científicos, por los motivos antes
indicados, tienen que avanzar necesariamente en el camino
de sus investigaciones, si no quieren fracasar, tendrán
que adentrarse todo lo rápidamente que puedan en los
misterios tanto de la materia inorgánica como de la vida
biológica y psíquica. En el futuro llegarán a tener un
día en sus manos „el medio para destruir el
planeta“ , para esclarecer los misterios de la vida
tendrán que practicar „un día la vivisección“
también a los hombres „en una medida amplia“,
pondrán al descubierto los móviles más ocultos del alma y
aprenderán la praxis de la sociedad. „Una
aplicación de los descubrimientos de la fisiología y del
principio de selección sobre una base amplia podría
llevar a crear una raza superior. [...] Eso sería una
especie de dioses o de dévas,
que sobrepasaría en diez veces nuestro valor.“
„Una fábrica de ases, un [nuevo]
Asgaard
podría
reconstruirse en Asia central.“ Frente a estos
hombres superiores, los hombres actuales serían sólo algo
así como animales. (Aquí se advierte la idea
nacionalsocialista.)
La sociedad tiene que caer igualmente en manos de la
ciencia. Pues la organización de la sociedad de masas, la
industria, la guerra, la política, „exigen ciencia,
de modo que incluso los más enemigos al espíritu de la
ciencia se ven obligados“ a servirse de ella. Un
día „sucederá ipso facto
que los dogmas
científicos destruirán a quienes no quieran creer en
ellos“ . „Algunas veces tengo el maligno
sueño de que, un día, un poder podría tener a su
disposición el infierno [...], un infierno real.“
„La guerra se transformaría en un terror
preventivo, los rehenes serían torturados no por ser
culpables, sino para aterrorizar a la población e impedir
que se defienda [...]. En este sentido, un infierno
perfeccionado tendría el valor de muchos
batallones.“ Pero aquí acechan algunos de los
peligros más terribles. No cabe pensar que las grandes
masas puedan aguantar el paso de la ciencia. La distancia
entre el saber y el poder de unos pocos científicos y la
ignorancia del resto de la humanidad se hará cada vez
mayor. Pero si la ciencia tiene que descubrir sus
intenciones en el ámbito de la fisiología y la política,
„la masa de los hombres sencillos, con un instinto
profundo, adivinará a su enemigo“ .
„Probablemente, los momentos más terribles en la
vida del planeta serán cuando la ciencia desvele sus
esperanzas. Entonces puede aparecer un miedo y puede
haber reacciones que destruyan el espíritu.“
El remedio que Renan tiene a la vista se ha hecho entre
tanto clásico: la ciencia tiene que organizar
sistemáticamente el dominio total de la
humanidad. „Un pequeño grupo de
sabios tendrá en sus manos a la humanidad mediante unos
medios que serán su secreto, y de los que la masa no
podrá servirse porque aquéllos presupondrán una dosis
demasiado fuerte de ciencia abstracta.“ Los
científicos podrían influir entonces al resto de la
humanidad, para que ésta acate voluntariamente los pasos
necesarios. „Cuando un día la vivisección se haga
necesaria en una medida amplia para descubrir los
misterios de la naturaleza viva, entonces me imagino
seres que, coronados con flores, se sacrificarán a ello
en un éxtasis de martirio voluntario“ , porque la
ciencia les habrá influido para que hagan eso.
Y así,
la humanidad
tendría que recorrer en todo el camino que la ciencia le
trace. „La aristocracia
[científica] con la que sueño, sería una encarnación de
la razón; sería un Papado verdaderamente
infalible.“
La historia universal es una „jadeante carrera
[...] contra el saber [absoluto]“. Grandes son
los peligros,
tanto para el individuo singular como para el sistema
entero –aun cuando sea un sistema mundial–
de no
convertirse en el punto de tránsito
del desarrollo
racional y de quedar fuera del la marcha del progreso.
Pero el fin merece todo sacrificio: es la divinización de
la humanidad progresista. „En todos los niveles de
su desarrollo, la naturaleza tiene la única preocupación
de conseguir un resultado superior mediante el sacrificio
de individualidades inferiores. ¿Acaso un general o un
hombre de Estado tiene contemplación de las pobres gentes
a las que manda matar?“ Un resultado
que curiosamente
recuerda al de Hegel en su Filosofía de la historia
universal: „La razón no puede
detenerse porque individuos singulares hayan enfermado:
los fines individuales se pierden en lo general.“
„Puede suceder que al individuo se le haga una
injusticia, pero eso no le importa a la historia
universal, a la que los individuos sirven como medio en
su progreso.“ „Los individuos son
sacrificados y abandonados.“ Resultado necesario de
una ciencia que sólo conoce imperativos hipotéticos.
Si Renan se levantara de su tumba y abarcara de un
vistazo la situación de nuestra época –tras dos
guerras mundiales, sólo la última de las cuales costó más
de treinta millones de muertos–, ¿qué nos tendría
que decir? Creo que esto: „Habéis manipulado el
fuego que os hace iguales a los dioses, pero os ha
entrado miedo como a niños en cuanto empezó a arder. Eso
sólo ha de ser un susto momentáneo, si no queréis ser
rechazados. ¡Seguid adelante! Mis profecías empiezan a
cumplirse ya. Con la energía atómica decidís ya el
destino del planeta. Con el psicoanálisis podéis abrir ya
las cámaras más ocultas del individuo. Que no quede
ningún Estado que no trate de organizarse sobre la base
de la ciencia. Los más avanzados disponen ya de una
ciencia social efectiva y de un terreur
intellectelle. Sólo tenéis que
familiarizaros con la realidad nueva y más dura, tenéis
que haceros hombres. A la ciencia no le sirven pioneros
sentimentales. Más allá de la sangre y la destrucción, a
quien no pierde la razón le hace señas la luminosa
culminación.“
¿Qué es lo que expresan estas reflexiones de Renan? Algo
decisivo para la comprensión cabal de la ideología.
El saber teórico
absolutizado
ha capacitado
técnicamente al hombre y lo ha
paralizado
moralmente. La absolutización de la
ciencia conduce necesariamente a anteponerla a la vida y
a que la vida sea configurada desde ella, tanto en aras
de la culminación de la ciencia misma, como también para
guiar la vida sobre un fundamento científico. En este
punto se cierra el anillo: el acto vital del cual nació
la ciencia teórica, regresa en sus consecuencias a sí
mismo. Con la teorización de la realidad se corresponde
una realización de la
teoría: la ciencia total se hace
práctica en la técnica, y regresa a la vida. En la
realización de los „resultados“ científicos,
el error del que surgió la teoría unilateral se convierte
en estrangulamiento
de la vida.
„Cuando, por ejemplo, los medios de la ciencia se
evidencien como insuficientes para la alimentación y ésta
comience a escasear para vivir en el mundo“,
escribe Dostoievski en los „Proyectos“ para
los Demonios
sobre las ideas
de Renan, „entonces se abortará o se devorará a los
recién nacidos. No me extrañaría que sucediera lo uno o
lo otro. Tendrá que suceder así, sobre todo si la ciencia
lo considera correcto. [...] Cuando los alimentos
escaseen y ninguna ciencia pueda conseguir alimento ni
calefacción, mientras que la humanidad se sigue
multiplicando, entonces habrá que detener la
multiplicación. La ciencia dice: „tú no tienes la
culpa de que la naturaleza lo haya dispuesto así, y lo
primero es el impulso de autoconservación, en
consecuencia, hay que quemar a los recién nacidos. [...]
Malthus no estaba tan equivocado con su teoría, sólo que
desde entonces ha transcurrido demasiado poco tiempo.
[...] La quema de niños llegará a ser usual, pues todos
los fundamentos morales en el hombre que está entregado
únicamente a sus propias fuerzas, están condicionados. En mi
opinión, cuando la ciencia haya llevado a la indiferencia
hacia los recién nacidos, la humanidad se embrutecerá.
[...] ¿Puede vivir entonces un hombre civilizado? Sólo
por ligereza el hombre no se plantea esta pregunta en
primer término. [...] Por ligereza y por enojo nos
preocupamos sólo de lo presente, y creemos que eso es
todo lo que se necesita. Mientras tanto, otros discurren
diversas filosofías de la digestión, en el sentido de que
el cristianismo es compatible incluso con el desarrollo
ilimitado de la civilización. [...] Pero, pese a todo,
nosotros sabemos que todo eso es absurdo.“
Me permito citar de nuevo las tesis de Renan:
„El mundo no es más que una serie de sacrificios
humanos.“
„El mal consiste en revolverse contra la
naturaleza.“
„La verdadera forma de adorar a Dios es conocer y
amar lo que es.“
„Obedecer a la naturaleza significa para nosotros
colaborar con la obra divina.“
„[...] colaborar con el engaño que es la base del
universo.“
Y las tesis paralelas de Hegel:
„Puede suceder que al individuo se le haga una
injusticia, pero eso no le importa a la historia
universal, a la que los individuos sirven como medio en
su progreso.“ „[...] los individuos son
sacrificados y abandonados.“
„La visión que debe proporcionar la filosofía es
que el mundo real es como debe ser.“
„Lo que es racional es
real, y lo que es real es
racional.“
A la opinión de que es correcto sacrificar a los
individuos, Hegel la llama la verdadera
„teodicea“,
la „reconciliación del espíritu con lo
negativo“, con „toda la masa del mal
concreto“.
El convencimiento es, pues: en la vida de la razón se
produce la verdadera realidad. La realidad anterior a
1789 ó 1917 es borrada porque no era racional: se degrada
a „prólogo de la
historia“, tal como Engels lo
formuló. La verdad se organiza. Otra última droga química
mejor, otra última conquista técnica, otro análisis
anímico más, otro cambio social, y el paraíso se habrá
alcanzado y la humanidad se hará bienaventurada, es
decir, no sólo dichosa, sino también perfecta. La razón
ha llegado a sí misma. En el cientificismo y comunismo
actuales nos sale al paso esta postura en poderes
existenciales que amenazan con destruir toda verdadera
esencia humana y vida espiritual. Uno recuerda la
profecía de San Pablo en la Segunda Carta a los
Tesalonicenses : „Pues antes de aquel día tiene que
venir la rebelión contra Dios, cuando aparezca el hombre
malvado, el que está condenado a destruir. Éste es el
enemigo que se levanta contra todo lo que lleva el nombre
de Dios o merece ser adorado, y llega incluso a instalar
su trono en el templo de Dios, haciéndose pasar por Dios.
[...] Y se valdrá de toda clase de maldad para engañar a
los que van a la condenación porque no quisieron aceptar
y amar la verdad para recibir la salvación. Por eso, Dios
deja que el error los engañe y que crean en la
mentira.“
Espero haber mostrado dónde se encuentra el error. Cómo
el error de la mera teoría en tanto que error de la
praxis científica se vuelve sobre el hombre, se hace
claro tan pronto como nos preguntamos cuál
es, pues,
el saber
que da el poder
de la predicción y del dominio técnico. Es aquel saber
que solemos llamar inductivo:
un saber que sólo de modo muy impropio merece este
nombre. Descartes lo llamaba moralis sciendi
modus, y lo expulsó fuera del
círculo del saber evidente. En los conocimientos
inductivos, que al fin y al cabo siempre siguen siendo
hipotéticos, tendríamos sólo una ciencia provisional que
bastaría para una conducción externa de la vida, pero de
cuyo modo „difiere de la forma más fuerte el modo
de conocimiento metafísico“ . El mundo de esta
ciencia no es más que una fábula. En este nivel del saber
inductivo, siempre puede predecirse
sólo
el aspecto
fáctico de la realidad, pero no la valoración en la
que se manifestará lo real cuando se lo haya modificado
técnicamente. Las valoraciones no pueden producirse ni
calcularse inductivamente por anticipado, y dado que esto
es así, tampoco las acciones libres de los hombres, junto
con todo lo que es cofundamentado por ellas, pueden
predecirse ni dominarse. Precisamente,
el valor no
se halla encerrado ipso facto en los fines
realizables, sino que los fines son
fines siempre sólo en una valoración –en último
término– absoluta, que es autónoma.
La ideología cree poder realizar de modo
científico-metódico las valoraciones obtenidas desde la
ciencia. Pero, en realidad, ahí ni se han obtenido
valoraciones desde la ciencia,
ni se han
conocido vías para realizar infaliblemente
estas valoraciones aparentes. A su vez, los resultados de
la ciencia meramente teórica, que son extrínsecos a la
realidad viva, sólo pueden aplicarse
externamente a esta realidad, pero jamás
alcanzan su núcleo. Uno nunca se hará bienaventurado con
píldoras. Pese a todas las disposiciones técnicas y
organizativas, en verdad nadie se vuelve mejor ni peor.
Todas las ideologías se mueven en el círculo
de este doble
error que hemos mostrado, sin poder romperlo con su
propias fuerzas. Es „la fuerza activa de la
tentación de que crean a la mentira“.
3. La
superación de la ideología
Si la absolutización de la actitud teórica es el
fundamento para la procedencia de las ideologías, de ahí
se sigue que limitándose a combatir
las ideologías no se ha hecho
nada.
No son las consecuencias ni los síntomas, sino la causa,
el sufrimiento mismo, lo que hay que superar si se quiere
conseguir una curación efectiva. De nada sirve tomar
bajo sospecha de
ideología todas las posiciones
„metafísicas“ históricamente constatables,
desde un punto de vista que ahora más que nunca se
absolutiza como Science des
moeurs o como sociología del saber.
También sería fatídico pretender transformar posturas que
conforme a su esencia no son ideológicas –como por
ejemplo el cristianismo– en posiciones ideológicas,
para enfrentar a las „malas“
ideologías
una
„buena“.
Gracias a Dios, el cristianismo no sólo
no es una ideología, sino que, conforme a su
esencia interna, ni siquiera puede convertirse en
ideología sin dejar de ser lo que es. ¿Qué hacer
entonces? ¿Hemos de renunciar a la
ciencia?
Eso no está implicado en mis presupuestos. No es a la
ciencia a lo que hay que renunciar, sino a una postura
falsa y reducida que demasiado a menudo y durante
demasiado tiempo se ha considerado „la
ciencia“. Y eso sucede cuando la ciencia no se
afirma ya como absolutum,
sino que se la pone en su verdadera relación con lo
absoluto y su manifestación. La
ciencia tiene que concebirse
y
fundamentarse desde sus propias
condiciones, no debe absolutizarse sin
presupuestos. La teoría por sí misma, como toda actividad
separada, es una abstracción: si se absolutiza, entonces
se está independizando una parte que, por tanto, ya no
puede abarcar el conjunto. El desarrollo global del ser
humano exige en efecto abstracciones
y
especializaciones de tal tipo. Podemos darles la
bienvenida o –más correctamente– ver en ellas
una situación de necesidad: es un hecho al que estamos
sujetos. Pero todo depende de en qué
sentido se hacen. La historia
occidental muestra qué posibilidades de nuestro ser
hombres han podido desarrollarse con la concepción de la
ciencia –posibilidades de las que no queremos
prescindir en su conjunto–, pero también muestra la
maldición a la que conduce la absolutización de una
abstracción tal. Si ha de evitarse esto, entonces, al
practicar la ciencia, tenemos que estar siempre ya más allá
de la mera ciencia. Se está tentado de aplicar
también a este hacer las palabras de
Jesús: „Hombre, si sabes lo
que haces, eres bienaventurado; pero si no lo sabes,
entonces vulneras el derecho.“ Jesús nos ha
mostrado con su vida cómo hemos de ser nosotros. No sólo
fue maestro, así como no fue sólo médico, ni sólo
sacerdote, ni sólo alguien que obraba en privado y en
público: fue todo esto en uno, y este uno en cada acción
concreta. Tal como él era, así podemos y debemos ser
nosotros. Pero eso significa que la ciencia
sólo podemos
practicarla desde y en un hacer globalmente
humano, en el cual la
unilateralidad de aquélla ya está superada
conscientemente, y por tanto suprimida. La
teoría
unilateral, el constatar secundario, se
ha hecho inevitable:
en la hora de la historia de la humanidad en la que nos
encontramos, hay que soportarla y padecerla,
y no debe falsearse en una supuesta salvación en la
niebla de una sociedad devenida total. Pero puede ser
constantemente retrotraída, y por tanto superada, a un
acto más original en el que la luz del conocer está aún
unido a la vida que se realiza. Las constataciones
teóricas hay que entenderlas correctamente como
retrorreferencias
a esta
vida
luminosa original. Pero el sentido de
esta vida no se agota en la ciencia, sino que es
infinitamente más. Así, la ciencia captada y realizada de
esta manera, sólo es figura
del acto global
de la vida en un medio
particular, en el que la verdad sólo se
manifiesta si tal medio es referido a los otros medios y
si vive en una unidad viviente con éstos en y desde la
verdad. Permítanme decir que ésta es justamente la idea
que tendría que animar a una universidad católica. En la
postura verdaderamente religiosa, en el modo que aquí se
exige, estamos tan por encima de lo meramente teórico,
que la teoría está retrotraída, externa e internamente, a
un acto vital más abarcante: nuestra relación con
Dios.
Como cristianos, sabemos con San Bernardo que no
podríamos buscar la verdad si no la hubiéramos hallado
ya.
Esta actitud, lejos de suponer un peligro para la
ciencia, es incluso más bien su condición de
existencia. Conduce desde el olvido de
sí que no realiza lo que, pese a todo, ella siempre es ya
necesariamente, hasta la realización del hacer
científico, a partir del único acto desde el cual puede
ser realizada de tal modo que no se suprima a sí misma en
algo extraño y opuesto a ella. Ahí no hay ningún peligro
de que la ciencia renuncie a sí en cuanto tal, pues, al
fin y al cabo, ella está constituida en una
entrega
libre a la verdad misma, la única
que puede legitimar esta entrega. El hacer científico
realizado de este modo implica necesariamente
veracidad,
incluso
y justamente
ahí donde
ésta parece
conducir a un doloroso
conflicto con la verdad anticipada
religiosamente. Pues sólo la verdad hace libre: libre de
no buscar ni querer otra cosa que ella. Esta
relación
total con la verdad como base del
esfuerzo científico es lo único que posibilita aquella
totalidad y completitud del saber que se exige si es que
el saber no debe quedarse en media verdad, es decir, en
mentira. Así se ha conjurado el peligro que
San
Buenaventura veía tan claramente ante sí:
que, aunque lleguemos a una substancia suprema, reposemos
ahí, recayendo así en el error. Este movimiento es lo
único que sucede en aquel orden y movimiento anímico
santo sin el que no son posibles
las valoraciones
rectas. Por último, sólo en esta
actitud es posible que la ciencia se capte a sí misma
correctamente en la filosofía
como
ciencia del
saber.
El misterio más íntimo de la ideología es que pretende
poner a la verdad en su poder, convertir el saber (y el
hacer desde el saber) en lugar de la verdad, es decir,
divinizarse a sí misma. La superación de la ideología
sólo puede consistir en que la verdad
vuelva a
hacerse lugar del
saber, en que la ciencia vuelva a
hacerse obediencia hacia el Único que puede legitimarla.
Eso no significa una supresión de la ciencia. Pero
significa una conversión fundamental de la postura
fundamental científica. Para hacer ciencia de modo
suficiente, el hombre cognoscente tiene que estar
entre ella y
una relación total con Dios. Sólo entonces existe
también la esperanza de que, padeciendo la unilateralidad
de la ciencia, se transite un camino que conduzca desde
la condenación hasta la salvación de un ser indiviso,
infalseado, plenamente viviente.
Midiéndolo conforme a las consecuencias
externas
que esta
conversión conlleva inicialmente, parece ser un
cambio de
poca relevancia ése del cual aquí se afirma
algo tan grande. Pero este acto es lo único que tiene
consigo la promesa de vida.
