Reinhard
Lauth, Desarrollo
como autodestrucción. Estudios sobre el problema
fundamental de Rousseau.
Traducción
de Alberto Ciria
"EL SUEÑO
DE UN HOMBRE RIDÍCULO" COMO CONTRAPOSICIÓN CON ROUSSEAU Y
CON FICHTE
(1981)
Sea dicho ya por anticipado:
en su "narración fantástica" Dostoievski no cita ni a
Rousseau ni a Fichte. Pero el relato de la corrupción del
hombre en la parte V de "El sueño de un hombre ridículo"
ofrece algunos paralelismos tan llamativos con la tesis
de Rousseau sobre la forzosa corrupción de la sociedad
humana, tal como aparece especialmente en sus dos
primeros discursos, y toda la narración de Dostoievski se
dirige tan inequívocamente contra la tesis de la
salvación del hombre por medio de una reflexión absoluta,
que se vuelve acuciante su comparación con las tesis
fundamentales de los dos filósofos citados. Pues también
de esta comparación va a tratarse en las explicaciones
que siguen a continuación. Ella nos puede ayudar a situar
los pensamientos de Dostoievski en el lugar correcto
dentro de la historia de las ideas.
"Siempre se cree haber dicho lo que hacen las Ciencias,
cuando se dice lo que deberían hacer", escribe Rousseau
en los comentarios con que responde a las objeciones del
Rey Stanislas contra su tesis de la corrupción. "La
Ciencia, bella por entero, sublime por entero como es, no
está hecha para el hombre." Y en el segundo discurso,
resume su opinión en la siguiente frase: "Me atrevo casi
a asegurar que el estado de reflexión es un estado
contra
natura, y que el hombre que medita
es un animal depravado."
Recapitulemos brevemente la tesis roussoniana. El hombre,
que a diferencia del animal es un ser perfectible, vivía
en el estado de naturaleza, movido en la misma medida por
el amor de sí como por el amor hacia los otros hombres,
con una entrega feliz y completamente inmediata a las
necesidades inmediatas de la vida y su satisfacción. La
naturaleza, que obraba todo en sus acciones, lo había
atado a la cadena de las necesidades para preservarlo de
ocupaciones ociosas. El hombre sólo comprendía lo que le
era relevante por naturaleza y existía entregado por
entero a las exigencias del momento. Pero ciertas
revoluciones extraordinarias en la naturaleza indujeron
al hombre a hacer uso de su posible libertad y a
reflexionar. Pero con la reflexión aconteció algo
monstruoso: el hombre se hizo capaz de construir imágenes
al margen de la realidad y de convertir la realidad en
imagen. Ahora la imagen puede significar para él más que
la realidad, y la realidad, que él ha degradado a mera
imagen, menos que la imagen. Pero el papel más fatal lo
desempeña la imagen que él se hace de sí mismo. La razón
engendró el amour
propre, que no debe confundirse con
el enteramente natural amour de
soi,
y la reflexión fortaleció este amor convirtiéndolo en la
imagen que el hombre se había forjado de sí mismo. La
opinión sobre sí se volvió más importante para el hombre
que su ser real, y no sólo la opinión sobre sí que se
había formado él,
sino también la opinión de los otros. Parafraseando las
conocidas palabras de la Biblia se podría decir: el
hombre creó una imagen de sí mismo para adorarla.
La reflexión separó al hombre del dominio inmediato y
natural de las necesidades. Le capacitó para considerar
su imagen como más importante que todo lo demás, y para
hacer abstracción de todo aquello que le desagradaba. La
reflexión capacitó también al hombre para establecer
comparaciones, le puso en la mano infinitas
combinaciones, y junto con ellas otros tantos caminos
equivocados en los que poderse extraviar. Finalmente le
enseñó las "Artes", es decir, la dispensación del
rendimiento del organismo propio, haciendo que en su
lugar actuaran mecanismos.
Amor propio, desigualdad, el ansia de satisfacer
necesidades inventadas cada vez más refinadas, creación
de Artes y Ciencias con esta finalidad, acumulación de
riquezas sobre la base de la distinción de la reflexión
entre lo mío y lo tuyo, la creación de un derecho que
debiera proteger la propiedad y, por fin, el
establecimiento de un poder que impusiera coactivamente
este derecho: tales son las consecuencias de semejante
planteamiento.
Con la reflexión se escindió al mismo tiempo la fuerza
original unitaria del hombre, la Virtud. La actividad
artificial apareció junto con la meramente natural, la
comprensión reflexiva junto con la meramente intuitiva.
Esta escisión provocó el debilitamiento de su valor
(Vertu).
Con la actividad artificial el hombre se dispensa de un
rendimiento natural, y lo que no hace, lo acaba
olvidando. "Cuál es la ventaja de tener sin cesar a su
disposición todas sus fuerzas, de estar siempre preparado
para cualquier acontecimiento, y de encontrarse, por así
decir, consigo absolutamente entero siempre", exclama
Rousseau. Pero no sirve de nada. El hombre de la
reflexión, con ayuda de sus Artes y sus Ciencias, en
conjunto es más fuerte que el hombre natural, y le
obliga, justamente porque tiene que tender a conservarse,
a encaminarse a su vez por la vía de la reflexión para
poder sobrevivir.
Junto con el debilitamiento de la Virtud la reflexión
ofrece innumerables caminos equivocados del progreso. El
hombre cultural cae en la alta probabilidad de
extraviarse que se ha abierto de esta manera, con tanta
mayor seguridad cuanto que el amour propre
le conduce por el
camino del gozo, de las riquezas y de la esclavización de
sus semejantes. La cultura conduce a una explotación de
los fundamentos naturales, y finalmente a la
autoaniquilación.
No hay camino posible de retorno a la inocencia original:
"Nunca se ha visto pueblo una vez corrompido, tornar a la
Virtud." El ánimo inicial está quebrantado. Maldad y
debilidad se refuerzan mutuamente. Con la creciente
fuerza de producción de las máquinas se corresponde la
menguante del propio organismo. Los vicios crecientes
conducen a los hombres a establecer remedios contra
ellos, como las leyes y la policía, pero, en lo esencial,
lo que nos motiva a someternos a estas instituciones son
justamente los vicios a los que nos vemos entregados.
Se puede idear un nuevo orden, análogo al orden natural,
en un nivel racional, y Rousseau está convencido de haber
mostrado el modelo de tal orden en el
"Contrat
social", pero duda de su
realización, porque los pueblos que podrían establecer
este contrato están ya demasiado corrompidos. La
humanidad no sólo se ha vuelto cada vez más dependiente
de la cultura autocreada, sino que ya no quiere retornar,
y ni siquiera retardar el proceso de decadencia y
autoaniquilación, lo único que ahora ya sería posible.
El efecto de las Artes y las Ciencias es comparable a
poner un arma en manos de un furioso. El hombre liberado
por la reflexión se explota a sí mismo y a la naturaleza
entera. La destrucción del suelo, de la sustancia que
posibilita la vegetación, tiene que acelerarse en la
medida en que la tierra se cultiva cada vez más y las
naciones comercialmente fuertes consumen cada vez más
abundantemente todo tipo de productos. También en este
dominio, como en el del debilitamiento de las propias
capacidades orgánicas y en el de la desintegración
social, al final sólo queda la destrucción.
Esta tesis histórica de Rousseau, que en suma es
naturalista, fue contradicha por la filosofía
transcendental fundada por Kant y culminada por Fichte,
con la intelección de que el hombre no es un ser
reflexivo de modo accidental, sino substancial. Nosotros
somos por entero reflexión, y a causa de nuestro ser no
podemos ser otra cosa. El hombre no es un acontecimiento
de la naturaleza, sino que la naturaleza es un momento
dentro de la reflexión de la razón finita.
Evidentemente a propósito de la tesis de Rousseau, en
1795 Fichte escribió a Jacobi unas palabras que desde
entonces se han hecho famosas: "¿Para qué sirve pues el
punto de vista especulativo, y con él la filosofía
entera, si no es para la vida? Si la humanidad nunca
hubiera probado de este fruto prohibido, podría
prescindir de toda la filosofía. Pero en ella está
implantado el querer contemplar aquella región más allá
del individuo, no meramente en la luz reflejada, sino
inmediatamente. Y el primero que formuló una pregunta
sobre la existencia de Dios rebasó las fronteras,
conmovió a la humanidad en sus pilares más profundos y la
llevó a una lucha consigo misma que todavía no se ha
dirimido, y que sólo puede dirimirse a través de un
arriesgado avance hasta el punto supremo, desde donde el
[punto de vista] especulativo y el práctico aparecen
unificados. Comenzamos a filosofar por soberbia, y al
hacerlo perdimos la inocencia. Contemplamos nuestra
desnudez, y desde entonces filosofamos por necesidad para
nuestra redención."
Está implantado en el hombre, es decir, pertenece a su
esencia, querer conocer los principios de la realidad por
encima de lo individual que él contempla inmediatamente.
Un estado natural del hombre no puede pensarse sin
contradicción: el hombre es
sólo como razón
en una reflexión cuanto menos incipiente. Lo que llevó al
hombre a una contradicción consigo mismo no fue la imagen
que el hombre se hizo de sí mismo, pues esta imagen él no
la crea sólo accidentalmente, sino que la
es,
sino lo que puso a la base del conocimiento como su
fundamento absoluto, la "pregunta sobre la existencia de
Dios". "[Tal como] se reflexiona, [...] se muestra
esto: yo
lo pienso. Pero
acerca de cómo se muestra esto surge la duda: ¿es también
así? En realidad, el fundamento de este fenómeno es que
el saber que fácticamente se agota en sí mismo no ve otra
cosa, justamente porque está agotado en sí: está ahí
[...] sin duda ni vacilación. Pero tan pronto reflexiona
sobre ello, se manifiesta como saber
[...]. Pero el
saber se anuncia por sí mismo como mero esquema, no
[como] realidad [...]. Toda reflexión destruye la
realidad [...]. Esto se les hizo claro a algunos que
estudiaron [esta cuestión]. [...] Pero ellos no quisieron
dejar escapar la realidad. Por consiguiente [, se
dijeron:] no hay que reflexionar: el reflexionar [...] es
el fundamento [del] nihilismo [...]. Sobre [esta
sabiduría] se construye la filosofía natural [...]. El
Absoluto está ahí donde no se debe
reflexionar.
¿Pero dónde no se debe reflexionar? ¡Cada uno donde
quiera! [...]/
¿Cuál sería entonces el verdadero modo de escapar a este
derrumbamiento de la realidad? El saber se conoce a sí
mismo como mero
esquema: por eso, en alguna parte,
tiene que apoyarse en una pura realidad [...]. Justamente
por eso hay que reflexionar hasta el final.
La reflexión, como aniquiladora de la realidad, lleva en
sí misma su propio remedio: la demostración de la
realidad justamente del propio
saber", y eso significa; de la
realidad de Dios que todo lo fundamenta.
Según Fichte, la reflexión inevitable ha conducido al
hombre a la disolución de sus fundamentos atrapados en
los instintos y de sus exponentes: el dominio y la
autoridad. El resultado de esta reflexión incipiente es
el estadio de la "pecaminosidad completa", en el que cada
uno hace valer sólo su
concepto de la
realidad.
Visto hasta aquí, podría parecer que también Fichte
sostiene la tesis de Rousseau sobre la destructividad de
la reflexión, aunque desde otros presupuestos. Porque
esta reflexión es necesaria y no es un mero acto de
"soberbia", estaríamos condenados por nuestra propia
esencia al solipsismo y al egoísmo junto con sus
consecuencias sociales, y por tanto a la autodestrucción.
El hombre, en el estadio de la pecaminosidad completa, se
dice: "U nas nauka, i tcheres
nee my otyshtchem vnov' Istinu, no primem ee ushe
sosnatelyno" ("[Pero ahora] tenemos la
Ciencia, y con su ayuda encontraremos de nuevo la Verdad,
y justo entonces la aceptaremos conscientemente"),
exactamente igual que en el "Sueño..." de Dostoievski.
Pero el final lógico de esta Ciencia dice:
"nitchego pri mne ne
est'"
("fuera de mí no existía nada"), y por consiguiente:
"vesde
vse ravno" ("todo me es indiferente").
Pero como hemos visto, según Fichte la caída en pecado de
la humanidad no
se produce como
una consecuencia necesaria de la estructura de su esencia
consistente en ser reflexión, sino de un culpable
apartarse de la reflexión radical, fundado en la pereza y
la arbitrariedad. Por el contrario, la reflexión radical
la conduce hasta la intelección de la realidad de Dios
que todo lo fundamenta y lo vivifica. Pues el
conocimiento consecuente e integral no conduce, como en
Hegel, a la inmanencia absoluta del concepto que se
transpasa a sí mismo, esta consecuencia última y extrema
de la reflexión tal como Rousseau la planteó, sino,
mediante la elevación a la autogénesis
[Tathandlung],
hasta la intelección de que incluso el saber absoluto es
solamente manifestación del Dios absoluto, desde el cual
vive el hombre religioso y el hombre moral en tanto que
Dios se le revela en ideas creativas.
Bien entendido que depende de la libertad del hombre el
cumplir este encargo divino. Ninguna "astucia de la
razón" lo guía, o mejor dicho, se guía a sí misma, hasta
el fin. Fichte lo resumió en esta frase lapidaria: "El
tiempo que es totalmente específico de los hombres, las
relaciones humanas, lo hacen sólo los propios hombres, y
no algún poder que se encuentre fuera de ellos."
Curiosamente, en Rousseau quedó en la ambigüedad si la
historia de la decadencia de la cultura es una mera
construcción especulativa para explicar el estado actual
o una narración histórica en sentido propio. En "El sueño
de un hombre ridículo" esta pregunta no se plantea. No
importa en absoluto si la caída en pecado es una
ensoñación o una realidad de la vigilia. "Pues cuando se
ha conocido una vez la verdad, cuando se la ha visto sólo
una vez, se sabe entonces que es la única verdad y que
fuera de ella no puede haber otra, y da igual si se la ha
visto en sueños o despierto." "Pues aquí [en este sueño
del Paraíso y la caída en el pecado] aconteció algo de
tal especie, algo tan terriblemente verdadero, que no
habría podido ser un sueño, un mero
sueño." "El
sentimiento del amor de aquellos hombres inocentes y
bellos hacia mí me quedará para todos los tiempos, y
siento cómo desde la lejanía su amor todavía ahora se
derrama sobre mí." "He visto la verdad. No es que la haya
ideado con mi entendimiento, no, sino que la he visto, la
he visto, y su rostro
viviente ha colmado mi alma para toda
la eternidad. La vi en una plenitud tan completa... ¿Cómo
podría creer ahora que esta verdad no puede existir?"
Tampoco importa cómo y por quién ha sucedido la caída en
pecado. Pues el culpable de nuestra desgracia no fue un
primer hombre que comió del árbol del conocimiento, sino
que, justamente igual que el "hombre ridículo", cada uno
de nosotros ha corrompido a la humanidad. Esto resulta
por vía directa como consecuencia del axioma de
Dostoievski: "Cada uno es culpable por todos y por todo."
El stáret Zosima expresa este pensamiento así:
"Únicamente cuando [el hombre] comprenda que no sólo es
peor que todos los demás en el mundo ahí afuera, sino que
es culpable por todos y por todo, ante todas las
personas, por todos los pecados del hombre, colectivos y
personales, sólo entonces se alcanzará el fin de nuestro
aislamiento y se logrará nuestra unión. Pues tenéis que
saber, estimados amigos, que cada uno de nosotros es
culpable por todos y por todo en la tierra, sin duda
alguna, no sólo de la culpa general de la humanidad, sino
por todos y cada uno de los hombres en particular, en
esta tierra. Este conocimiento es la corona del camino
[...] de todo hombre en toda la tierra. [...] Sólo en
este conocimiento se sumirán nuestros corazones en el
amor infinito, universal, nunca saciado." Desde este
presupuesto se entiende que el mismo "hombre ridículo",
como en una repetición de nuestra historia sobre la
tierra, "los corrompió a todos" justamente él mismo.
Según Rousseau, y por emplear de nuevo la expresión de
Fichte que se refiere a él, fue la soberbia de la
reflexión la que corrompió al hombre. Según Dostoievski,
es la mentira: "Stot atom lshi pronik v
ih serdza' i ponravilsja: satem bystro rodilos'
sladostrastie, porodilo revnost', revnost' -
shestokosk'" ("Pero este átomo de
mentira prendió en sus corazones y les agradó. Entonces
surgió rápidamente el goce sensual, y la voluptuosidad
engendró la envidia, y la envidia crueldad"). Con esta
concepción de la causa de la caída en pecado se recupera
su dimensión ético-religiosa. También la mentira pone una
imagen aparente en lugar de la realidad, pero ella
procede del corazón, no del entendimiento. De modo
plenamente correspondiente, en su suicidio soñado el
hombre ridículo no se apunta con la pistola a la cabeza,
sino al corazón. Dostoievski da también una indicación
acerca de en qué consistía la complacencia en la mentira
originaria, pues los celos (revnost'),
unos celos divinos contrapuestos, aparecen en el "Sueño"
en oposición a los celos egoístas de la caída en pecado:
los celos de que pueda haber en el universo una
repetición de la tierra amada única. "¿Cómo puede haber
una repetición [...]? Yo amo y sólo puedo
amar aquella
tierra que he abandonado, donde han quedado las gotas de
mi sangre derramada." Es decir, en el pecado, el hombre
ha renunciado a este amor incondicional y exclusivo hacia
su tú irremplazable. "¡Ama a los demás como a ti mismo!
Eso es lo más importante, no hace falta más: e
inmediatamente sabrás cómo debes vivir", concluye el
"hombre ridículo". Él no acaba con un amor lejano y
abstracto a la humanidad, sino que termina yendo a la
búsqueda de aquella niñita que en la noche oscura, antes
del sueño de su suicidio, le había suplicado en medio de
una angustia sin sentido.
Las etapas de la caída en pecado en el "Sueño" presentan
un cierto paralelismo con las del discurso de Rousseau.
"Primeramente se trata de subvenir a lo necesario, y
luego a lo superfluo; después vienen las delicias, y
luego las riquezas inmensas, y luego súbditos, y luego
Esclavos." "Si seguimos el proceso de la desigualdad en
esas distintas revoluciones, hallaremos que el
establecimiento de la Ley y del Derecho de propiedad fue
su primer término; la institución de la Magistratura el
segundo; que el tercero y último fue la conversión del
poder legítimo en poder arbitrario."
También en Dostoievski al gozo sensual sucede la lucha,
que por lo demás conduce al mismo tiempo a la confusión
de las lenguas, y a la lucha sucede la división en tuyo y
mío. "Cuando se convirtieron en criminales, inventaron la
justicia y prescribieron códigos." "Cada uno se volvió
tan celoso de su yo, que buscaba por todos los medios
humillar, oprimir y reducir al yo del otro, y sólo en eso
creyó ver su vida. Se desarrolló la esclavitud."
Exactamente igual que Rousseau, Dostoievski ve también
que los hombres pensarán en introducir entre ellos un
orden superior. Con una clara alusión al
"Contrat
social", escribe: "Para ello
vinieron hombres que empezaron a discurrir cómo sería
posible que todos se unificaran de nuevo, que cada uno,
sin dejar de amarse a sí mismo en un grado máximo, al
mismo tiempo no perturbara a ningún otro, y que, de este
modo, todos vivieran juntos como si fueran una única
sociedad unánime y pacífica." Naturalmente, esta solución
está condenada al fracaso.
Pero Dostoievski señala luego posibilidades en las que
Rousseau no había pensado: "Religiones con el culto al no
ser y a la autoaniquilación por el descanso eterno en la
nada", exterminio de los hombres que se han quedado en un
estadio de formación retrasado por orden de una
inteligencia rectora que se cree "omnisciente", la
exigencia de un todo o nada por parte de hombres
soberbios que ya no reconocen ningún vínculo moral, y
finalmente "sacrilegios de toda clase", a los que, si
mediante no puede alcanzarse nada, sucederá el suicidio.
Dostoievski está completamente de acuerdo con Fichte en
la valoración de la mera reflexión bajo estas
condiciones. Al sentimiento de que todo es indiferente le
acompaña la convicción teórica de que, más allá del
reflexionante, no hay nada ni nadie, que todo el mundo,
junto con la conciencia individual, se desvanece como un
fantasma: "Ves stot mir i vse sti
ljudi - ja - to sam odin i est'" ("pues quizá todo este
mundo y toda esta gente sean... únicamente yo mismo"). El
hombre ridículo se toma tan en serio este presupuesto que
va por la calle chocándose con otras personas, pues ellas
no son nada para él. Aunque todavía es capaz de sentir
compasión y vergüenza, estos sentimientos se paralizan en
una falta absoluta de sentido.
A pesar de este extravío, los hombres en su decadencia se
obcecan cada vez más en la idea de que la Ciencia los
salvará. "Tcheres nauku my
otyshtchem vnov Istinu, no primem ee ushe sosnatelno.
Snanie vyshe tchuvstva, sosnanie shisni - vyshe
shisni." ("Con ayuda de la Ciencia
encontraremos de nuevo la Verdad, y justo entonces la
aceptaremos conscientemente. El saber está por encima del
sentimiento; el conocimiento de la vida... por encima de
la vida").
A este mero saber de la reflexión que escinde del
semejante, de la vida y del bien, se le contrapone el
saber paradisíaco, que consiste en la evidencia intuitiva
de la verdad y de un vínculo espiritual inmediato
(soprikosnovenie)
con todo, evidentemente sobre la base de la unidad
viviente con el semejante, con todo ser y con el universo
entero. La intuición intelectual de Fichte,
intellektuelle
Anschauung, aparece aquí ampliada a una
intelección interior en los otros seres,
Einschauung,
sobre la base de una "nasushtchee, shivoe i
bespreryvnoe edinenie s selym
vselennoj" ("Unidad viviente
permanente y a cada momento necesaria con el universo
entero"). Este conocimiento se acrecienta, de modo
análogo a lo que sucede con el conocimiento de Dios en la
tercera meditación de Descartes, hasta la
adoratio.
"Ot
oshtchushtchenija polnoty shnisni mne sahvatyvalo duh i
ja moltcha molilsja na nih." ("A causa de la percepción
pura de esta plenitud de la vida me quedaba sin
respiración, y en silencio los adoraba").
Nuevamente hay que advertir que para Dostoievski no es en
absoluto relevante si la mera reflexión se ha
desarrollado en una separación consciente de aquel
inmediato saber del ser. Para él sólo es esencial que la
reflexión se mantenga en nuestro espíritu en una
vinculación insuprimible con éste. En comparación con
Fichte, resulta llamativo que Dostoievski no le reconozca
a la reflexión una función mediadora positiva en el
camino hacia el verdadero conocimiento. Bien entendido
que el hecho de que a la reflexión no se le reconozca
ninguna función positiva vale sólo para el punto de vista
del hombre ridículo, no para el del propio Dostoievski,
quien justamente lleva a cabo una reflexión propia,
orientada con arreglo a la vida, a sus configuraciones y
a la comprensión de éstas, reflexión que codetermina
esencialmente su punto de vista. En los "Pensamientos
anotados de 1880" escribe sobre sí mismo: "Esos bellacos
se mofan de mí por mi fe en Dios, presuntamente
tosca
y retrógrada.
Esos palurdos jamás han sido capaces de soñar una
negación de Dios tan radical como la que está expuesta en
mi "Gran Inquisidor" y en el capítulo precedente, y a la
cual el libro
entero da la respuesta. [...] Su
estúpida criatura no ha podido soñar jamás con una
violencia de la negación tal como yo la he sufrido. ¡Y
quieren darme lecciones!" La relación entre conocimiento
intuitivo, reflexión y una deducción conforme a la vida,
hay que tratarla por separado. Incluso el hombre ridículo
del relato no se limita a intuir, sino que intenta
dominar su intuición por medio de la reflexión. En
Fichte, la manifestación de la luz (Aufgehen des
Lichtes) se alcanza solamente a
través de la comprensión
de lo
incomprensible; procediendo consecuentemente, la
reflexión se destruye a sí misma negativamente yendo
consecuentemente hasta su final, y de este modo hace
sitio a la posición de la luz, es decir, a la intelección
de la verdad. Para Rousseau la reflexión puede acceder
hasta la verdad al menos en algunos hombres dotados de
talento, aunque ella no está hecha para el hombre. "Para
hacer buen uso de la Ciencia, es preciso reunir grandes
talentos y grandes Virtudes; es, por tanto, lo que se
puede esperar apenas de algunas almas privilegiadas, pero
no debe esperarse de todo un pueblo." Para el hombre
ridículo la reflexión conduce a un callejón sin salida.
En este pasaje llega en sus reflexiones hasta un límite
extremo. Reconoce que para expresar la verdad contemplada
le faltan las palabras más importantes, es más, que ha
perdido el lenguaje. Más aún, no sólo que quizá semejante
verdad ya no pueda comunicarse: "pust, eto nikogda ne
sbudetsja i ne byvat raju (bed eto-to ja
ponimayu!)" ("¡De acuerdo!, [el sueño]
nunca se cumplirá, y el Paraíso no se hará realidad jamás
–¡yo mismo me doy cuenta!"). Pero eso no cambia nada en la
situación metafísica: el Paraíso es más verdadero que
todo conocimiento lógico racional. Es el mismo
conocimiento de la prioridad del pensamiento del valor y
el sentido que Dostoievski anotó hacia el final de su
vida: "Sea demostrado que Cristo se equivocó. Pero mi
sentimiento ardiente me dice: ¡prefiero quedarme en mi
error con Cristo que con vosotros!"
Para el Rousseau de los dos Discursos
el hombre como
ser de reflexión se ha corrompido. Para el filósofo
transcendental Fichte la reflexión abre la posibilidad de
esquivar la trampa que ella puede llegar a ser para sí
misma: mediante la autoaniquilación del concepto ante la
luz. Pero ello implica que el hombre, por su parte,
responda a la exigencia moral que brota para él desde la
razón absoluta. Pero cómo pueda redimirse el mal que
existe en el mundo, eso Fichte no lo pensó. Cristo es
para él la razón manifestada sustancialmente, la
Tathandlung
integral y
culminada.
Como cristiano, a Dostoievski se le plantea en toda su
premura la pregunta por la redención desde el estado de
maldad. El mal no es el estado normal de la humanidad:
desde este supuesto fundamental aborda el problema. Y eso
hay que sostenerlo incluso en vista del hecho
indiscutible de que los hombres caídos, aunque sepan que
sus ideas son irrealizables, no quieren retornar al
estado de inocencia. Pero es otra cosa lo que les abre
una grieta en la siniestra oscuridad de su ser. La misma
carencia de sentido de sus esfuerzos los acaba agotando
finalmente, y en este estado de abatimiento conocen su
sufrimiento, pero en su sufrimiento encuentran un sentido
insospechado. El hombre ridículo, que vive también este
desarrollo, confiesa de sí mismo: "Los amé quizá todavía
más que antes, cuando aún no había en sus rostros ningún
sufrimiento y eran aún tan inocentes y tan bellos. La
tierra que ellos habían profanado se me volvió más
querida que anteriormente el Paraíso, y eso únicamente
porque en ella había aparecido el sufrimiento."
El sufrimiento abre los ojos del alma para el
conocimiento de la culpa propia. El sufrimiento propio
aún se puede soportar estoicamente, pero la compasión
hacia el sufrimiento causado a otros hace conocer la
culpa propia y la imposibilidad de deshacer el pasado.
"Ja
govoril im, tchto vse eto sdelal ja, ja
odin." ("Les dije que de todo esto
el culpable era yo, únicamente yo"). Aquí estamos de
nuevo ante la confesión de la culpa universal y la
posibilidad de asumirla sobre sí. De manera genial, la
narración retorna al estado desde donde comenzó, lo
insoportable de la situación actual; pero ahora la
conciencia está enriquecida con la experiencia del
Paraíso y de la caída en pecado y con el conocimiento de
la culpa propia. Si antes el hombre ridículo quiso darse
muerte porque la indiferencia le era insoportable, ahora
le mortifica el sufrimiento por no poder salvar a los
hombres corrompidos por su culpa propia mediante el
vertimiento de su propia sangre. "El sufrimiento que
traspasaba mi alma se hizo entonces tan grande que mi
corazón se convulsionaba, y yo sentí que mi muerte se
aproximaba, y... y de pronto desperté de mi sueño."
Señalando la imposibilidad de la expiación me parece que
Dostoievski se está refiriendo de modo velado a Cristo y
a su sufrimiento que es expiador sustituyendo al nuestro,
y que al Redentor le fue posible porque, siendo inocente,
pudo hacerse pecado por nosotros y saldar así la culpa.
Si la "narración fantástica" de Dostoievski se considera
en su conjunto, representa una respuesta genial al
discurso de Rousseau sobre el influjo de las Ciencias y
las Artes, una respuesta distinta a la de la filosofía
transcendental alemana, aunque tiene mucho en común con
ésta. El naturalismo, junto con el materialismo que éste
implica, son rechazados
en
bloc.
A ellos se les contrapone aquel "realismo superior" que
no parte de un saber de hechos, sino de un saber del
sentido.
De modo correspondiente, Dostoievski no pretende
establecer una teoría de la historia que compita con la
de Rousseau. Aquí estamos ante una narración fantástica,
no histórica. Dostoievski tampoco necesita de ninguna
deducción transcendental. Un mero "sueño" le capacita ya
para lograr lo mismo, un sueño que podría soñar
cualquiera y para el que no se precisa ser científico ni
filósofo.
Lo decisivo aquí es el descubrimiento de la más profunda
verdad moral, de modo que puede percibirse inmediatamente
como tal en una intuición. En esa medida, la exclamación:
"He visto la verdad; no es que la haya ideado con mi
entendimiento, no, sino que la he visto, la he visto, y
su rostro
viviente (shivoj
obras) ha colmado mi alma para
toda la eternidad" , es la palabra clave no sólo de esta
narración, sino de la filosofía entera del gran escritor.
"Todo lo que está clara y distintamente concebido por
alguien es verdadero, aunque aquel pueda dudar, sin
embargo, si duerme o si vela", escribe Descartes en sus
respuestas a las objeciones de Bourdin; "porque nadie
puede concebir con claridad y distinción nada que no sea
tal como él lo concibe, es decir, que no sea verdadero."
"Pero, puesto que no es propio más que de las personas
(supuestas) sabias", añade, "distinguir entre lo que está
concebido claramente y lo que sólo aparenta y semeja
estarlo, yo no me asombro de que (los cándidos) tome(n)
aquí lo uno por lo otro." Justamente eso mismo dice a su
manera Dostoievski. "¡Eso no fue [...] ningún sueño!
¡Pues aquí aconteció algo de tal especie, algo tan
terriblemente verdadero, que no habría podido ser
meramente soñado!"
Esta verdad,
independientemente de si es soñada o percibida en estado
de vigilia, el sentido supremo de nuestra vida que se nos
revela, no puede contravenirla ningún hecho histórico ni
ningún razonamiento fundado sólo apodícticamente. Fichte
diría: aquí hay una "evidencia genética". El hombre
retornará, desde el laberinto de la reflexión del
entendimiento y desde todo naturalismo y materialismo
superficiales, hasta esta evidencia, hasta ahí donde él
percibe el sentido entero de su vida.
