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Reinhard Lauth, Desarrollo como autodestrucción. Estudios sobre el problema fundamental de Rousseau.
Traducción de Alberto Ciria



¿DESARROLLO COMO AUTODESTRUCCIÓN?

(1988)


En mayo de 1986, en la Academia de las Ciencias de Moscú, en el marco de un congreso sobre el tema „La dialéctica y las ciencias“, el autor de este libro dio una conferencia sobre el „Origen de la dialéctica en la filosofía de Fichte“, seguidamente a la cual, en calidad de último ponente en la discusión final, hizo la siguiente exposición, que causó una honda impresión entre los participantes. Esto le motivó a tomar el tema abordado como objeto de una conferencia que dio en 1988 en el „Congreso de la Sociedad Internacional de Filosofía Dialéctica“ en París. En lo que sigue, la mencionada intervención en la discusión de 1986 se reproduce como introducción a la conferencia que viene después.

Introducción


Al término de esta discusión, estoy a punto de decir algo bastante herético. El tema de nuestro Congreso decía: „La dialéctica y las ciencias“, no solamente: „La dialéctica en las ciencias“, y me sorprende mucho que no se haya hablado en absoluto del tema que, en vista de nuestra situación actual, tendría que haberse tratado, después de todo, con el mayor apremio: el peligro de un desarrollo hacia la autodestrucción. Desde que la energía atómica se ha hecho dominable, ha aparecido una situación totalmente nueva. A partir de ahora, la humanidad tendrá que vivir con la energía atómica y con la bomba atómica. Una vez creada, ya no se la puede erradicar del mundo. Con ello nos hallamos ante el tema de la autodestrucción. La energía atómica liberada y la bomba atómica son el resultado –observen ustedes esto– de la invención científica humana.
En estos días se ha hablado una y otra vez sobre el desarrollo como progreso, como desarrollo superior, como diferenciación, o como se lo quiera haber llamado por lo demás. Nadie –al margen de algunas observaciones del Sr. Röseberg– ha tratado el tema del desarrollo como destrucción, más aún, autodestrucción. Pues bien, existe una teoría filosófica de este tipo de desarrollo, sobre todo en Rousseau y Renan, y en su forma más peligrosa esta teoría dice que el desarrollo superior, junto con la aparente capacitación del hombre que ella proporciona, en verdad es sólo un componente de un desarrollo dialéctico hacia la autodestrucción.
Resulta la alternativa: el desarrollo dialéctico, o bien sucede con necesidad total, o bien sucede de modo que la (verdadera) libertad desempeña en él una función. En el primer caso, nuestra conciencia, sin menoscabo del hecho de que, en calidad de momento de la realidad misma, le corresponde sólo una cierta función en este proceso y a su tiempo produce repercusiones, en último término tiene sólo un mirar impotente. Pero si la libertad desempeña una función en el desarrollo, entonces recae sobre ella la parte esencialmente relevante. La autodestrucción a cargo de la energía atómica no es sólo autodestrucción fáctica, sino también moral, pues, al fin y al cabo, es el hombre, el científico, quien ha creado la disposición sobre la energía atómica y sobre las posibilidades que resultan de ella. La muerte atómica sería al mismo tiempo su obra, es decir, un acontecimiento moral. Al fin y al cabo, la ciencia no es un producto de la naturaleza, sino un producto de la libertad.
Así pues, tenemos que plantearnos fundamentalmente la pregunta: ¿qué hace el hombre en el libre configurar? El Sr. Röseberg ha indicado la urgencia de terminar con la ignorancia o formación a medias de los científicos y técnicos. Ha señalado también el peligro de desobedecer teorías correctas y obedecer teorías falsas. Lo que ha dicho del intelectual, vale
a fortiori también para el hombre normal. Pero eso significa que, en estos días, hemos olvidado por completo uno de los temas más apremiantes: la dialéctica entre conocimiento y delirio, entre disposición racional e irracional, y por cuanto respecta a la última, entre irracionalidad natural y reflexiva. ¿Cómo se comportará el intelectual, cómo se comportará el hombre sencillo frente al peligro de la autodestrucción que se cierne amenazadoramente? ¿Qué reacciones irracionales hay que esperar en vista de la amenaza que ha conjurado una ciencia que no se domina lo suficiente a sí misma?
Es claro que todos los que estamos aquí abogamos por la paz y queremos evitar la autodestrucción. Pero tenemos que tener a la vista la otra posibilidad de que la humanidad se destruya a sí misma. Y planteo la pregunta: si fuera seguro que esto va a suceder, ¿qué postura adoptaríamos entonces? No hablo de la postura que, por así decirlo, adoptaríamos después (suponiendo que todavía existiéramos), sino que hablo de la postura que adoptamos aquí y ahora frente a este final venidero de todo desarrollo en la tierra. ¿No nos opondríamos entonces a la destrucción? Pero entonces, ¿por qué motivo?


Conferencia


Al término del congreso moscovita de la Sociedad Internacional de Filosofía Dialéctica en el año 1986, cuyo tema fue el „Desarrollo“, señalé que, de modo ilegítimo, consideramos el desarrollo con toda evidencia como un desarrollo superior. Eso ya no es en modo alguno legítimo en vista del dominio que la humanidad ha logrado sobre la energía atómica. Puesto que, desde esta capacitación, la disposición sobre una autodestrucción atómica ya no se puede hacer que no sea real, tenemos que vivir con la bomba atómica y contar con la posibilidad, más aún, con la probabilidad de la autodestrucción de la humanidad. Pero para evitar una catástrofe total semejante, sólo podemos hacer algo si y en la medida en que somos libres. Por muy pequeño que pueda ser en verdad nuestro espacio de acción a este respecto, sólo dentro de él podemos emprender con sentido algo para impedir la destrucción. Si todo está determinado, entonces nuestro actuar aparentemente libre sólo es un momento necesario en el curso de las cosas, que no somos capaces de detener con nada. Ahora bien –así se plantea la pregunta decisiva–, si pudiéramos saber por anticipado, con tanta seguridad como si hubiera sucedido ya la destrucción –ya que entonces no tendríamos conciencia–, que esta catástrofe nos sobrevendrá irremediablemente, ¿cesaríamos de oponernos a la destrucción? Con esta pregunta, nuestra época nos ha puesto ante aquel problema que ya Rousseau –que por un lado es el padre de la revolución– vio en todas sus dimensiones y a causa del cual hizo frente a los enciclopedistas. „Siempre se cree haber dicho lo que hacen las Ciencias, cuando se dice lo que deberían hacer“, exclamó Rousseau al rey Stanislas tras sus objeciones. „La Ciencia, bella por entero, sublime por entero como es, no está hecha para el hombre.“ Y en el segundo discurso, resume su fundamentación en la siguiente frase: „Me atrevo casi a asegurar que el estado de reflexión es un estado
contra natura, y que el hombre que medita es un animal depravado.“ Recapitulemos los pasos decisivos de su razonamiento. El hombre, que a diferencia de otros animales es un ser perfectible, en el estado de naturaleza vivía entregado de modo completamente inmediato a los apremios de su vida y a su satisfacción. La naturaleza lo sujetaba a la cadena de las necesidades, a la que lo había atado. Pero unas revoluciones extraordinarias en la naturaleza le movieron a hacer uso de la libertad que se le había dado, y a reflexionar. Pero con ello aconteció algo monstruoso: junto con la realidad, que hasta entonces era lo único, apareció, igual de poderosa, la imagen. Por medio de la abstracción y de la síntesis artificial, fue capaz de sustituir las fuerzas y los poderes de la naturaleza por otros artificiales, según su voluntad. El hombre se convirtió en prevaricador. El papel fatídico lo desempeñó la imagen que se hizo de sí mismo: una imagen que estilizó artísticamente y que pronto significó para él más que la realidad. Haciendo una variación de las palabras bíblicas, podría decirse que el hombre infringió el mandamiento de importancia vital: „No debes hacer ninguna imagen de ti mismo para adorarla“. Con la separación de imagen y realidad, a la fuerza del hombre se le arrebató su unidad e inmediatez inquebrantada, y con ello se debilitó su virtud (Vertu). A partir de ahora, la realidad y la representación de la reflexión están en él necesariamente en discordia. Por aducir unas palabras de Shakespeare, está „aquejado de la palidez del pensamiento“, pero junto con ello, expuesto en mayor medida a la tentación y a sus peligros de abusar de la irreflexión. Pues la capacidad de abstraer y de recomponer ha capacitado técnicamente al hombre para aplicar para sus fines propios las fuerzas de la naturaleza y del prójimo, fines que, por su parte, no tienen por qué ser ya los fines de la naturaleza. „En las operaciones del animal, la naturaleza lo hace todo, mientras que el hombre codetermina las suyas en calidad de agente libre.“ Con ello nos hallamos en un lugar fatídicamente decisivo, y en él, curiosamente vemos a Rousseau inseguro. Eso se debe, como ha mostrado A. Philonenko , a que Rousseau, en la medida en que todavía es enciclopedista, quiere ilustrar de modo naturalista. Pero en la medida en que se mueve en dirección a una explicación transcendental, no puede explicar de modo únicamente naturalista. Pues, ¿cómo determina el hombre, con la libertad que aquí se le abre, su fin último? ¿Cómo se constituye moralmente? Por un lado, la conciencia debe ser una disposición de la naturaleza, sólo que antes no se había despertado; por otro lado, debe ser un „don del cielo“ . El fin específicamente humano que aquí se plantea, ¿es un fin de la naturaleza o un fin sobrenatural? „La razón engendra el amor propio [amour propre]“, explica Rousseau, „y la reflexión lo fortalece“ . Pues si el hombre no sigue la voz de la conciencia, entonces se glorifica a sí mismo. Pues bien, justamente en este punto entra fatídicamente en acción el debilitamiento de la virtud causado por el arranque de la reflexión. La capacitación fáctica gracias a la reflexión posibilita al hombre con amor propio dispensarse de penosas realizaciones propias a costa de otros, sin que en un primer momento advierta que, con ello, debilita y finalmente pierde sus capacidades naturales, que constituían su fuerza en tanto que hombre natural. Se convierte en amo de su prójimo y de la naturaleza, pasando a ser esclavo de su práctica. La habituación a las situaciones que él ha creado contribuye además a convertir su dependencia en un yugo permanente. No sólo se convierte en siervo de su siervo y de su práctica, sino –lo que es mucho peor– en víctima de un desviamiento de la realidad que él mismo ha provocado y que de ahora en adelante se le ha vuelto necesario para la vida. Con ello se ha puesto en marcha una dialéctica que sigue sus propios caminos y que muy pronto el hombre ya no puede invertir. El amor propio hace conocer al hombre que sus vanidosas exigencias ante el semejante puede satisfacerlas tanto más efectivamente cuanto más convenientemente se sirve de su reflexión, cuando acumula riquezas que le proporcionan ocio, cuando las declara propiedad suya y crea una instancia que legitima el derecho a ellas e impone un poder superior que aplica este derecho. Las artes y las ciencias son el instrumento de este desarrollo. „El gusto por las ciencias y las artes resulta [...] de un vicio interno que aquél fortalece [...]. Los progresos de nuestro espíritu en sus conocimientos [...] elevan nuestro orgullo y multiplican nuestras confusiones, de modo que pronto aceleran nuestra miseria. Es más, viene un tiempo en el que el mal se volverá de tal modo que, para detener su crecimiento, nosotros mismos necesitaremos de las causas que lo han engendrado. Habrá que dejar el hierro en la herida que él ha causado, por miedo a que el herido muera al arrancarlo.“ Las leyes que el anhelo perverso se da a sí mismo para retener las pasiones, precisamente a causa de su procedencia son necesariamente más impotentes que lo combatido. De igual modo, tenemos que explotar la naturaleza y alterar artificialmente los alimentos, para satisfacer nuestras exigencias desmedidas; y abortar el fruto del vientre para vivir con mayor comodidad y poder detener la superpoblación. La capacitación científico-técnica de una parte de la humanidad obliga a la otra parte a introducirse en el mismo proceso, si quiere sobrevivir. Antinaturalidad por confiar en remedios insuficientes contra la debilidad y el vicio, aprovecharse de los demás y aislamiento, y finalmente un obstinarse contra la razón: éstas son las etapas por este camino, en el que ya no hay regreso. El desarrollo, que aparentemente camina hacia arriba con la autocapacitación, de hecho desciende hacia una depravación natural y moral cada vez más profunda, y ahora ésta se ha hecho irreversible, ya no puede detenerse, sino sólo demorarse. La humanidad se encuentra ahora de repente ante el conocimiento de que la reflexión conduce necesaria y, en consecuencia, imparablemente hacia la autodestrucción. Para invertir esto, se necesitaría antes que nada de la voluntad correspondiente. Pero: „He mostrado que las ciencias y las artes extenúan el ánimo. [...] Cuando uno se ha acostumbrado a anteponer su vida a su deber, ya no vacilará en anteponerle también las cosas que hacen la vida fácil y agradable.“ Peor aún: „Merced al progreso, [...] los pueblos formados llegan finalmente a hacer ridícula [la virtud] y a despreciarla. Pero cuando una nación ha llegado ya a eso, entonces se puede decir que la corrupción ha alcanzado su punto culminante y ya no cabe esperar ningún remedio.“ Según el convencimiento de Rousseau, ni siquiera una revolución profunda podría modificar nada, ya que ha de tener efectos tan peligrosos como el mal, de modo que hay que contar en toda regla con una acumulación de lo negativo. Bajo estos auspicios, la búsqueda de más verdad y técnica hay que considerarla una tendencia asesina. „¿Qué otro medio condujo con más seguridad de error a error sino la avidez de querer saberlo todo?“ „Lo falso es susceptible de una infinidad de combinaciones, pero la verdad sólo tiene un modo de ser.“ Pero la necesidad de hacerse valer y la comodidad que busca el lujo, tienen todo el motivo para abusar del saber en su provecho. „Aquí, todo desemboca en la ley única del más fuerte, y en consecuencia en un nuevo estado de naturaleza [...] de corrupción excesiva.“ „Los hombres han abierto tantas fuentes de miseria que, aun cuando el azar desvíe una de las corrientes, siguen estando igual de inundados.“ Tampoco aquí se percibe la dialéctica que impera: „en el curso de las cosas hay vínculos ocultos.“ Así pues, el mal que causan las ciencias es con toda certeza incomparablemente mayor que el bien que resulta de ellas. La consecuencia práctica dice: „no se debe entregar armas a violentos.“ No hay duda de que Rousseau hubiera señalado la destrucción atómica, que ahora se ha hecho posible, como el final consecuente del supuesto desarrollo superior.
Si este resultado lo depuramos de sus presupuestos meramente empíricos y lo traducimos a lo transcendental, entonces significa que lo que constituye la esencia de la existencia, la reflexión, tiene como consecuencia necesaria la autodestrucción. Pues bien, a un primera vistazo eso parece contradecirlo la doctrina de la historia de Fichte. Aunque, según ésta, la reflexión conduce a liberarse del instinto de razón y de la autoridad que vincula sobre la base de aquél, esto es sólo para elevarse desde ahí hasta la ciencia y el arte racional, la única base sobre la cual –Fichte estaba profundamente convencido de ello– puede realizarse la vida superior de la humanidad. Pero en este punto, es de un significado esencial no pasar por alto que Fichte está hablando de ciencia en un supuesto transcendental, que se diferencia cualitativamente de toda otra ciencia. Sólo desde el principio fundamental del configurar acreditado en evidencia y en un desarrollo sistemático omnilateral se establece aquel saber que posibilita la forma de vida superior. Por el contrario, el „saber“ parcial no transcendental y asistemático, junto con la práctica parcial que le corresponde, conducen a la catástrofe, porque son inadecuados para la vida. En efecto, tenemos que reflexionar „por necesidad para nuestra redención“ Pero esto sólo sirve de algo si reflexionamos hasta el fondo de modo totalmente consecuente. Pero entonces surge la pregunta: ¿esto no sigue siendo un ideal inalcanzable? La investigación ha pasado casi totalmente por alto que, con motivo de los grandes acontecimientos históricos de su época, la autodisolución del Sacro Imperio y el fracaso de la Revolución francesa, Fichte llegó a los mismos resultados que Rousseau. „Cuando la verdad se ha extirpado del género“, escribe en los diálogos sobre el „Patriotismo“ , „y sólo se vive ya en un mundo nebuloso y autocreado, entonces el puro amor propio tiene que constituirse necesariamente en el único motor de la vida humana. Pero el sentido ciudadano, la moralidad y la religión, desaparecen necesariamente.“ Fichte apunta sobre todo a la corrupción del entendimiento. En calidad de ser reflexionante, el hombre quiere ser racional a toda costa, pero como „el ser no se encuentra tan fácilmente, [...] al menos se quiere ser considerado racional [...]. Al otro, antes se le concederán todos los otros privilegios: el del nacimiento, la posición, las riquezas, que se le conceda de corazón el privilegio del entendimiento y del talento. Y esta envidia será tanto mayor [...] cuanto mayor sea la falta propia de entendimiento.“ Incluso „de entre las clases formadas, al menos el noventa y nueve por ciento son los mayores ignorantes e idiotas.“ En consecuencia, „la más tremenda mayoría de votos decide afirmativamente la verdad de la ciencia aparente“ . La democracia formal cimienta el dominio de esta capa de aislamiento entre la verdadera ciencia y la vida. „Ustedes ven cuál es la igualdad fraterna [...] que resulta de este sistema. Nos degradamos al nivel de todos para elevar a todos a nosotros y consolarnos con todos.“ „La estulticia ha puesto mil resortes en movimiento antes de que el [verdadero] entendimiento haya encontrado uno solo.“
Aquel medio que a primera vista prometía llegar a ser el más fuerte para la irrupción de la ciencia, se evidencia como el más fatídico: la invención de la imprenta y el papel dirigente de los escritores que enlaza con ello. Por los motivos mencionados, estos medios no conducen a la vida sobre la base de la razón, sino que aíslan la vida de la ciencia mediante una capa compacta, que se vuelve impentrable, de pseudo-ciencia (y pseudo-organización), de modo que la humanidad se arruina a causa de realizaciones inapropiadas.
„Y de este modo se evidencia claramente el círculo en [nuestras] expectativas. La misma corrupción que necesita de la medicina, precisamente por ser tal corrupción, es incapaz de ella. Pero si [...] esta medicina es la única, [...] entonces la humanidad tiene que sucumbir sin salvación a causa de sus males, para lo que ahora gana también del todo la reputación.“ Quien, por el contrario, combate como el propio Fichte, se parece „ a un médico que, aunque es capaz de discurrir una medicina en medio de lo incierto, cuando se le detiene a la hora de aplicarla, sólo entonces [se] confiesa la imposibilidad.“ Y aquí encontramos la confesión que resulta infinitamente sorprendente en el caso de Fichte: „Acerca de lo que cabe esperar o de lo que no cabe esperar, no quiero llegar a la claridad ni siquiera consigo mismo, y de entre todos los lugares oscuros que todavía pueda haber en mi saber, éste es, al menos, el único que tolero con buena conciencia, y al que no quiero que se traiga la claridad.“ En este punto de nuestra explicación, se pueden aducir además las reflexiones de Renan en sus
Dialogues et fragments philosophiques de 1876 , que ya contaba con que, en un tiempo previsible, la ciencia encontraría el medio para destruir el planeta. El intento de organizar la humanidad sobre una base científica, con base en la constitución de la naturaleza, de la cual se tiene que partir, pasará a ser forzosamente una carrera jadeante contra factores que tienen que controlarse a tiempo, si es que el experimento no debe fracasar. Justamente por eso, el progreso hay que forzarlo en algunas partes con los medios más radicales. La distancia entre la inteligencia rectora y la gran masa de los hombres que no pueden realizar por sí mismos las difíciles operaciones mentales que se exigen, progresará de modo quasi-geométrico, de modo que el dominio recaerá sólo sobre unos pocos, que determinarán la organización como un nuevo Papado infalible. Su realización, obliga a esta inteligencia rectora a destruir con los medios disponibles a quienes se enfrenten a este progreso. „Algunas veces“, escribe Renan, „tengo el maligno sueño de que, un día, un poder podría tener a su disposición [como medio] el infierno [...], un infierno real.“ Muy pronto se llegará a ver que se avanza más deprisa mediante la transformación psico-física del hombre y mediante el terror preventivo que con los medios convencionales. „Los momentos más peligrosos en la vida de nuestro planeta serán probablemente cuando la ciencia desvele sus fines. Entonces podrán sobrevenir un miedo y unas reacciones que destruyan todo espíritu.“ La masa de los hombres normales „adivinará entonces a su enemigo con un profundo instinto“ Es bastante improbable que nuestra tierra vaya a sobrevivir a estas confrontaciones. Pero merece la pena –ésta es la repugnante conclusión burguesa de Renan– aplicar todos los medios, también los más inhumanos, para realizar el fin. Después de estas explicaciones, volvámonos de nuevo a la tesis fundamental de Rousseau sobre la dialéctica de la destrucción inmanente a la reflexión. A mí me llamaba la atención sobre todo que, la función de la decisión fundamental práctica, Rousseau la deje curiosamente en un segundo plano. Esto se explica, por un lado, por el método que él escoge „de juzgar las cosas sólo conforme a su curso natural“, „como si la voz de Dios no hubiera instruido a los hombres“ . Por otro lado, aunque distingue entre Raison y Réflexion, no las separa suficientemente. Por ejemplo, cuando Rousseau dice: „Así, la primera mirada que el hombre reflexionante dirigió a sí mismo, generó el primer movimiento de orgullo“ , con ello no se explica que la decisión fundamental práctica de la razón determina el curso específico de la reflexión. Dostoievski, que, como he mostrado en otra parte , con su „Sueño de un hombre ridículo“ da una respuesta cifrada a la doctrina roussoniana del desarrollo, puso el dedo exactamente sobre el punto débil indicado, señalando la función decisiva de la mentira vital (losch). Lo mismo dice Fichte a su modo, cuando sustituye la frase con la que Rousseau inaugura la segunda parte de su Discours, y que se ha hecho famosa: „El primero que, después de haber cercado un terreno, se arroga decir: „esto es mío“, y que encuentra a gente que es lo bastante simple como para creerlo, fue en verdad el fundador de la sociedad civil“, con la frase de mucho más alcance: „Y el primero que formuló una pregunta sobre la existencia de Dios“, es decir, que cuestionó a Dios, „rebasó las fronteras, conmovió a la humanidad en sus pilares más profundos y la llevó a una lucha consigo misma que todavía no se ha dirimido, y que sólo puede dirimirse a través de un arriesgado avance hasta el punto supremo, desde donde el [punto de vista] especulativo y el práctico aparecen unificados. Comenzamos a filosofar [es decir, a reflexionar] por soberbia [Dostoievski: losch], y al hacerlo perdimos la inocencia. Contemplamos nuestra desnudez, y desde entonces filosofamos por necesidad para nuestra redención.“ Disputar la verdad vital, la soberbia egoísta que se realiza en esta mentira, eso es la caída en pecado de la humanidad. Este acto de la razón, y sólo él, convierte a la reflexión en instrumento de destrucción. El saber de reflexión es luego el medio meramente técnico-práctico y la herramienta para una intención que no quiere legitimarse a sí misma ni tampoco es capaz de hacerlo. „Cuando se convirtieron en criminales“, escribe Dostoievski, „inventaron la justicia y prescribieron códigos“ ; „empezaron a discurrir cómo sería posible que todos se unificaran de nuevo, que cada uno, sin dejar de amarse a sí mismo en un grado máximo, al mismo tiempo no perturbara a ningún otro“. Para ello se intercambiaron el medio con el fin. El progreso científico –o sea: el progreso de la reflexión– constituye supuestamente la actitud correcta del hombre. „Con la ciencia encontraremos la verdad de nuevo, pero entonces la aceptaremos ya conscientemente.“ Las palabras de la serpiente: „eritis sicut deus scientes bonum et malum“, apuntan a esta confusión entre Raison y Réflexion.
Si se percibe esta perversión y se reconoce el papel verdaderamente determinante de la elección práctica fundamental, entonces se derrumba por un lado la tesis de la necesidad ineludible de la autodestrucción de la reflexión. Fichte lo expresó enfáticamente al final de sus
Discursos a la nación alemana : „No os dejéis volver perezosos [...] por la ignorante sabiduría del tiempo según la cual las épocas se hacen a sí mismas sin ninguna participación humana mediante algún tipo de fuerza desconocida. [...] el tiempo que es totalmente específico de los hombres, las relaciones humanas, lo hacen sólo los propios hombres, y no algún poder que se encuentre fuera de ellos.“ La consecuencia de la decisión fundamental que determina el curso del proceso –en eso coinciden los tres pensadores– es una petulancia arrogante, una soberbia egoísta y una mentira por mor de la competencia. Su instrumento pasa a serlo la reflexión, junto con la praxis que le corresponde. Jacobi en su Allwill, y Dostoievski en sus Demonios, han mostrado consecuentemente cómo este egoísmo abre al hombre a una perversión demoníaca, en concreto mediante la polivalencia, conscientemente querida, de realizar un máximo de potencia, con lo que, en verdad, sucumbe a la autodisolución de la identidad. Por otro lado, con ello se hace claro que esta voluntad se servirá de la ciencia y la técnica progresivas, que vienen dadas con la reflexión, para realizar también fácticamente la autodestrucción. La pervivencia de la humanidad en este planeta ha pasado a ser cuestión de una decisión de unos pocos minutos –¿y en manos de qué hombres?–. Diciéndolo humanamente, la autrodestrucción se ha vuelto probable en grado sumo.

A la luz de la claridad ganada en este punto, puede disolverse la mentira de la Ilustración de que el progreso hace a los hombres ineludiblemente mejores y los eleva. Si sólo fuéramos ciudadanos de este mundo único que supuestamente se desarrolla cada vez más arriba según una ley interna, entonces nuestra finalidad última, con la destrucción que se vuelve evidente, se habría despachado como absurda. Pero, además de eso, somos ciudadanos del reino de la razón, cuyo fin último práctico no depende de la posibilidad de alcanzar fines fácticos, sino que es determinado por la libertad. De todos los pensadores que han pensado sobre la maldición que nos amenaza y que Rousseau nos presenta, Dostoievski es el único que, en su „Sueño de un hombre ridículo“, ha mostrado que y cómo la tarea esencial de nuestro ser racional puede realizarse también en el caso de una decisión fundamental contramoral, e incluso en vista de las consecuencias que irremediablemente resultan de ella. „En el sufrimiento se encierra un sentido.“ El hombre es capaz de perfeccionarse con el sufrimiento que va remitiendo la culpa. Cuando Raskolnikov, al final de su osadía prometeica, yace en el departamento de enfermos de la catorga siberiana y en la lejana puerta del presidio divisa a Sonia, que sacrificándose por él lo ha seguido por amor y ahora lo aguarda, su corazón se ve transpasado: „Recordaba qué tercamente la había atormentado y cómo había lastimado su corazón; recordaba asimismo su carita pálida y enjuta.“ En este momento percibe a fondo y rechaza la sustitución subrepticia de la praxis moral por la razón técnico-práctica. „Ahora sabía con qué amor infinito la resarciría en adelante de todos los sufrimientos que le había causado.“ „Bmesto dialektiki nastupila shin.“ En el lugar de la dialéctica falsa había aparecido la vida.“