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Reinhard Lauth, Ética
Traducción de Alberto Ciria

La voluntad libre (albedrío) en relación con el valor moral



a) Valor y voluntad libre


Lo que hemos tratado hasta ahora, era la esencia del valor moral en sí. Pero la afirmación moral no sólo abarca el valor y su posición (el valorar), sino también el libre querer, que se determina con relación a su orden de valor y se refiere a la realidad, así como el actuar desatado por la voluntad de actuar. Pero la voluntad y la acción no se añaden arbitrariamente desde fuera a la posición de valor, sino que en la conciencia están necesariamente vinculados con la posición de valor.
Una de las determinaciones esenciales del valor práctico en general, y por tanto también del valor moral, es el deber que se da en él. Este deber es, él mismo, voluntad, pero en la conciencia, voluntad que está orientada a la voluntad. Ya hemos tratado la voluntad de sí misma inmanente al valor (III a b; III c; IV c y f). En este pasaje, no se trata de esta voluntad interna que constituye el valor, sino de aquella otra voluntad a la que se orienta el valor con su deber, es decir, aquella voluntad que debe tener el valor como fundamento determinante. El concepto de deber no puede pensarse en la conciencia de otro modo que junto con el concepto, que le corresponde, de una voluntad que puede aceptar o rechazar este deber. Aquí, el concepto de deber conduce necesariamente al concepto de una voluntad libre (de un poder voluntario o de un albedrío), que se relaciona con este deber de tal modo que lo acepta o lo rechaza. Esta libertad resulta necesariamente de la posición de valor en la conciencia.

b) La evidencia de la libertad de voluntad


Sabemos de nuestro albedrío con evidencia fáctica. Sabemos de la voluntad en la conciencia con evidencia apodíctica. La seguridad de la verdad de que la voluntad es libre, sucede en un modo de fundamentación en el que se concluye la verdad de la libre voluntad a partir la evidencia genética inmediata del valor moral, y no al revés. La evidencia perfecta de la libertad de la voluntad se obtiene por la siguiente vía:
El valor ético es, por sí mismo y en su absolutez y categoricidad, inmediatamente evidente de modo genético.
Apodícticamente evidente es que no puede pensarse ninguna conciencia que no sea afirmación de la verdad. Es decir, la conciencia siempre es necesariamente conciencia de la verdad, es decir, del valor moral absoluto.
El valor moral absoluto incluye en sí un deber categórico absoluto. Éste implica un estar orientado al querer.
La conciencia no puede ponerse a sí misma sino como formalmente libre. Pues siempre se pone como conciencia de la verdad, es decir, en referencia a un principio con relación al cual tiene que ponerse necesariamente, pero que sólo puede aceptar o rechazar en libertad. (Esto constituye la esencia de la afirmación de verdad.)
Pero por este lado, la conciencia de esta libertad formal siempre obtiene sólo evidencia apodíctica. Pero el valor moral se refiere a este darse la libertad de modo que, con su deber, se refiere por sí mismo (con evidencia genética) a la libertad formal. Exige que la libertad se decida por él.
Al mismo tiempo, el valor moral, que hasta ahora está puesto como deber categórico en la conciencia, emite de sí un segundo deber hipotético. Lo moralmente bueno debe ser categórico. Pero si la conciencia piensa necesariamente que existe y que lo bueno debe ser en ella, entonces la libertad de la conciencia, a la que al fin y al cabo está orientada el deber categórico del valor moral, tiene que suponerse como libertad que en verdad existe, es decir, tiene que pensarse como verdadero que hay esta libertad de la conciencia, que es la destinataria del deber moral. Es decir, el ser de la libertad de la conciencia, conocido en evidencia apodíctica, se vuelve genéticamente evidente de modo mediato, a través de la referencia que el valor moral entabla desde sí a él. El valor moral exige que la libertad que se le abre (y que hay que pensar como necesariamente abierta) sea una libertad moralmente determinada. Implícitamente, exige que ella sea. „Ella es“, expresándolo en sentido transcendental, significa correctamente: se pone. Debe ponerse como lo que es para sí. La conciencia debe reconocerse a sí misma verdad, debe ponerse como verdadera libertad, como una libertad que debe ser moral.
Por consiguiente, aunque la libertad de la conciencia se conoce ya desde su esencia con evidencia apodíctica, el saber de esta libertad formal sólo obtiene evidencia plenamente válida (mediatamente genética) mediante la referencia (que teórica y dóxicamente hay que pensar como necesaria) del valor moral (genéticamente evidenciado) a ella. Porque esta libertad debe ser moral (y por tanto: debe ser), por eso hay que suponerla como verdadera. El valor moral no engaña. Si exige desde sí libertad moral, entonces está exigiendo algo verdadero y no algo aparente. Es decir, la libertad formal, en tanto que exigida por el valor moral, es verdadera libertad, y libertad verdaderamente convocada a la moralidad y capaz de moralidad.


c) La esencia de la libertad moralmente exigida


La voluntad afectada por el valor moral mediante el deber inmanente a él, puede pensarse de dos modos:
1) Puede ser una voluntad coincidente (o dicho de otro modo: unida), en un único (y eterno) acto de posición, con la voluntad inmanente al valor moral. A una voluntad tal, en la que la voluntad que constituye el valor, junto con la voluntad a la que se dirige el deber, constituye sólo una única voluntad indivisa, la llamo una voluntad absolutamente libre.
2) Pero la voluntad que se manifiesta en el valor moral puede unirse también con la voluntad a la que éste se dirige de tal modo que, el último, en tanto que formalmente libre de modo prioritario, acepta o rechaza la voluntad que se le manifiesta en el valor y que apunta a él sólo en un segundo acto de posición. A una voluntad tal, que se une sintéticamente con la voluntad inmanente al valor, la llamo una voluntad relativamente libre.
La libertad, ya sea absoluta o relativa, sólo puede pensarse como libertad de la afirmación o negación de valor. Sólo en apariencia la libertad formal de la conciencia se resuelve inmediatamente por datos fácticos. De hecho, tiene un motivo por el que prefiere este fáctum a otro. Este motivo no puede residir en la constitución meramente fáctica, pues ésta es, según su esencia, y en tanto que meramente fáctica, libre de valor. Es sólo el valor que nosotros afirmamos y que atribuimos a lo fácticamente dado, lo que nos motiva a escogerlo. Es decir, la primera decisión de la voluntad formalmente libre atañe siempre al valor. (Cfr. también III c.)
De igual modo, es imposible poner el valor en la conciencia sin referencia en términos de deber a la libertad formal. El valor está abierto en la conciencia para la libertad, y la libertad siempre para el valor. Aquí, la libertad formal no puede pensarse como determinada por el valor, pues una determinación tal suprimiría la libertad en tanto que libertad.
La libertad de aceptar o rechazar un valor, no es nada parvo. Sería falso decir minusvalorando que, en vista de lo moralmente debido, ella sólo puede aceptar o rechazar. Hay que juzgar al revés, que la libertad formal es algo extraordinario, porque puede aceptar o rechazar el bien. No cabe pensar una decisión mayor que la que constantemente toma la libertad formal ante el valor moral.
Si la libertad formal afirma el valor moral, entonces no renuncia a sí como libertad, sino que se une como voluntad con la voluntad manifiesta en el valor moral. Ambas se hacen una única voluntad. El valor moral (como por lo demás también todo otro valor) no determina la libertad formal (lo que equivaldría a suprimirla), sino que se une con ella sintéticamente: la buena voluntad es, en este caso, mi voluntad, y al mismo tiempo la voluntad (suprapersonal) inmanente al valor.


d) La jerarquización de los valores a cargo de la voluntad libre


La jerarquía de valores, tal como fue determinada antes (en III c), nunca existe sólo por sí misma en la realidad de la conciencia. Precisamente porque los valores no pueden ponerse sino como abiertos en la conciencia para la libertad formal, la jerarquía de valores sólo puede existir con relación a una libertad que exhorta y responde. Pero la libertad es libre. Sólo ella convierte a los valores en motivos de determinación jerarquizados de un ser racional. En ello, ella puede dejar valer o rechazar el querer que se manifiesta en los valores mismos (y que para la libertad es un deber). Sólo merced al modo como la voluntad libre acepta o rechaza los valores, los prefiere o los pospone, surge una jerarquía real en la conciencia. El libre albedrío puede incluso rechazar el valor moral y elegir lo contramoral (el odio).
En consecuencia, la jerarquía real de valores está determinada:
1) por los valores que: a) se plantean y jerarquizan entre sí como valores propios, y b) en relación con los valores intermedios (y estos últimos entre sí); y
2) por el orden de rango en el que la libre capacidad de elección pone a los valores propios entre sí, y por tanto a los valores intermedios en relación con los valores propios así jerarquizados y entre ellos mismos.
La moralidad real en la esfera del poner valores consiste en que nosotros afirmamos con libre voluntad el valor moral y ponemos aquel orden que aquél exige, es decir, que lo constituimos en supremo fundamento de determinación de la libertad propia y, mediante ésta, de nuestro ser. La inmoralidad, por el contrario, consiste en que, mediante un acto de libre albedrío, rechazamos el valor moral y su exigencia de ser determinante, y nos configuramos un jerarquía de valores a nuestro gusto.


e) Los límites de la libertad relativa frente al valor moral


La libertad de albedrío tiene la posibilidad de ponerse a sí misma un orden de valores que ella determina. Pero ella no tiene toda la libertad.
No depende de la libertad del albedrío si ella se pone en relación con valores. Más bien, ella es necesariamente libertad para valores, es decir, libertad que está abierta para los valores y que, en consecuencia, tiene que posicionarse respecto de ellos. Aun cuando, conforme a su intención, no elige, sin embargo toma posición. Pues la libertad sólo existe realmente como apertura ante valores. Pero los valores no están dados como fáctum del alma, sino sólo como actos anímicos que se realizan en sí (que afirman o niegan, prefieren o posponen). Así pues, donde hay libertad formal, ella es real sólo en la realización de la decisión. Incluso „no querer en absoluto“ significaría, en vista de esta situación, no corresponder voluntariamente a la exigencia del valor moral que la conciencia pone en el acto anímico.
Pero la libre voluntad no sólo está sujeta a su realización, sino que tampoco puede privar al valor moral de su validez absoluta inmanente. No es la libertad la que crea el valor, sino que el ser valor del último se lo crea la voluntad que fundamenta interiormente en el valor. La libertad de albedrío puede rechazar para sí este valor moral, pero no puede privarle de su validez absoluta (de su voluntad interior que se fundamenta y se sostiene). En toda conciencia, eso se evidencia en la voz de la conciencia. Si la libertad elige otro orden de valores que el exigido por el valor moral, entonces la voluntad que se manifiesta en el valor moral contradice la voluntad formalmente libre y el orden de valores creada por ella.
Esta contradicción se manifiesta sobre todo en que el valor moral, en la jerarquía de valores libremente elegida, no puede plantearse de otro modo que en el primer lugar determinante, o de otro modo tiene que quedar fuera de la jerarquía. El valor moral no puede plantearse como un valor propio que a mí me importe como un valor concomitante, pero que sea menos o igual de decisivo (cfr. cap. IV c). Pues el valor moral exige desde sí y absolutamente que ningún otro valor se le anteponga o se le equipare. Si yo lo aceptara a él, entonces su voluntad sería la mía. El valor moral a fortiori no puede establecerse como mero valor intermedio, pues contradice la esencia de lo moral el ser querido sólo hipotéticamente. Tan pronto como la voluntad formalmente libre quiere „lo moral“ en la potencia de un valor concomitante que, en el mejor de los casos, es de igual rango, o de un mero valor intermedio, ya no está queriendo el valor moral. Pues éste excluye esencialmente de sí el no ser querido antes que todos los demás ni categóricamente. De hecho, en los casos mencionados, en lugar del valor moral aparece sólo un sucedáneo. Se podrá conservar el nombre de lo moral, pero no la cosa misma. Lo que se quiere como supuestamente „moral“, es algo totalmente distinto que lo moralmente bueno.
El valor moral sólo puede quererse (o rechazarse) por mor de sí mismo. La voluntad que se resuelve por lo moralmente bueno, no puede ser una voluntad meramente legal. (No hay que confundir con esto el que la libre voluntad pueda querer como configuración fáctica en la realidad algo que, aunque también sea exigido por lo moralmente bueno, sin embargo la libre voluntad no lo quiera por moralidad. Esto se mostrará más tarde.) Del querer el valor moral forma parte que lo moral sea querido en cuanto tal. Pero eso significa que lo moralmente bueno sólo puede quererse como absolutamente prioritario y la jerarquía como en último término determinante.