Versión para imprimir

Reinhard Lauth, Ética
Traducción de Alberto Ciria

El valor ético



a) Planteamiento del problema


Hasta ahora, hemos hablado de aquellos caracteres que muestran todos los valores éticos relevantes para la voluntad, pero no aún de las peculiaridades específicas del valor ético. Ahora nos preguntamos si, tal como presupone el concepto de ética, una posición específica de valor, justamente la posición ética afirmada, puede distinguirse legítima y necesariamente, y con validez general, frente a las demás posiciones de valor dóxicas relevantes para la voluntad, mostrando un carácter esencial especial. Pero eso no ha de mostrarse simplemente como algo que sucede fácticamente. Pues la ética no pregunta por el fáctum, sino que quiere ser ella misma fundamentación de validez en una reflexión conforme a principios (I d). Por eso tenemos que preguntarnos si puede desarrollarse un fundamento de legitimidad según el cual una determinada posición de valor puede distinguirse de las restantes y oponerse a ellas como absolutamente vinculante y con validez universal (no sólo valiendo generalmente). Para mostrar que éste es el caso, hay que concebir reflexivamente el carácter específico de esta determinada posición de valor, concretamente ética.


b) La cualidad del valor ético


El valor especial que aquí queremos evidenciar como el valor ético, tiene en común con los restantes valores el tener una cualidad específica. Lo que se dijo con relación a la cualidad de todos los valores (III a a), vale también para este valor ético. A esta cualidad específica, la llamo amor. El valor del amor es una concreción superior que se desarrolla como totalidad en las concreciones parciales que se encierran en ella. Tales concreciones parciales (por ejemplo la veracidad, la fidelidad, etc., en la concreción superior del amor) no deben confundirse con valores intermedios, que son puestos por la posición absoluta de la concreción superior del valor ético. (Así, por ejemplo, la veracidad es una concreción parcial del amor, no un mero valor intermedio respecto del amor.) Como toda cualidad, también la del valor ético sólo puede conocerse en una introvisión inmediata (vinculada al acto espiritual), pero en cuanto tal no puede determinarse formalmente.
Todas las determinaciones formales vinculadas con esta cualidad específica, aunque son momentos constitutivos legales del valor correspondiente, sin embargo, tomadas únicamente en cuanto tales, no pueden dar el valor en su positividad material.
Se entiende que entre las concreciones parciales del valor moral, justamente porque son momentos de disyunción suyos, no puede haber ninguna contradicción. Tal contradicción significaría que, en tanto que queremos algo como inmanente al valor, no lo queremos. Entonces tendría que ser posible un querer que, siendo querer, sin embargo al mismo tiempo no lo fuera. Pero, evidentemente, esto es imposible.
He dicho que la cualidad específica del valor moral es la que, en el lenguaje coloquial, se llama amor. Ciertamente, con este enunciado se ha dicho poco, con todas las extraordinarias connotaciones de la palabra „amor“. Las siguientes determinaciones formales del valor moral, aunque harán aparecer con más fuerza el único significado aquí posible de „amor“ , sin embargo, por sí mismas, y como se ha dicho antes, no hacen ver la esencia positiva misma del amor, que más bien tiene que intuirse directamente.
Para una delimitación externa del concepto, comentemos primero lo que el amor moral no es:
1) El amor en sentido ético, es toto coelo distinto del „amor“ como propensión natural y simpatía, y no hay que confundirlo con éstas. El amor moral es un acto de la razón, no un proceso de la naturaleza. El amor moral entra en contradicción, no pocas veces, con el llamado amor empírico (la propensión natural y la simpatía). El „amor“ natural no es amor moral, y el amor moral, a menudo, no viene acompañado de ningún amor natural. El amor moral es voluntad de razón, no voluntad de satisfacción de un deseo natural.
2) El amor como valor moral hay que distinguirlo del amar meramente formal, es decir, un afirmar y reconocer sin atender a lo que se ama o se reconoce. Un amar formal tiene lugar en toda posición positiva de valor. El poner valores es necesariamente un afirmar, así como el poner contravalores es necesariamente un negar. Pero por eso, lo que de este modo se afirma formalmente, no necesita ser amor en el significado ético material. Por tanto, la afirmación de que amamos en todos nuestros actos anímicos (de que siempre queremos el bien y no podemos sino afirmarlo siempre), sólo es correcta si se entiende en el sentido de que, en toda posición de un valor positivo (e indirectamente en toda negación, ya que ella presupone una afirmación de valor), afirmamos el valor puesto también moralmente. Pero tal afirmar y amar formales no son aún un amar moral.
Acerca de una determinación interna más concreta del amor moral, hay que considerar:
1) Todo amor moral implica justicia y respeto. Sólo cuando se quiere que a la razón le corresponda lo que debe corresponderle, sólo si se valora la razón como razón, y por tanto se quiere aquella relación de la razón consigo misma (que es por tanto una relación de la razón con la razón) en la que (toda) razón se afirma como razón, sólo entonces se ama.
2) El amor moral sólo es posible como amor del amor, nunca como amor simple. La voluntad de razón es voluntad de razón, pero esta razón, justamente porque es razón, en una potencia ética sólo puede ser voluntad de razón. Es decir, la voluntad de razón, en cuanto tal, no puede sino afirmar la voluntad de razón de la razón. (Este amor del amor, como veremos en lo sucesivo (en X), en la realización moral se esquematiza en el amor interpersonal.)


c) El ser debido del amor moral


Del valor moral, como de todo valor dóxico, es propia la pertinencia. En la medida en que es puesto por el espíritu, al ponerlo, le importa él. Primeramente, también tiene aquel deber que es propio de todos los valores dóxicos: es voluntad, orientada a la voluntad formalmente libre. Pero además, el deber del valor moral tiene caracteres específicos que se apartan de los valores dóxicos restantes.
En el valor moral, importa él con una fuerza suprema y absoluta. Por eso, el valor moral es debido categórica e incondicionalmente. La voluntad que lo constituye inmanentemente está orientada, incondicionalmente y con fuerza absoluta, a sí misma en su cualidad. Por consiguiente, de la voluntad formalmente libre, a la que se orienta, se exige su afirmación incondicional.
Esta incondicionalidad significa que el valor moral no debe ser mediante, como consecuencia de o a causa de otro valor (tampoco de algún otro momento), sino totalmente desde sí y por sí mismo. Esto significa que el valor moral posee gloria (
 en el sentido enérgico de la palabra): es autofundamentante. Toda fundamentación de su ser valor mediante otro, contradiría su esencia. Merced a esta categoricidad, el valor moral posee carácter absoluto, es decir, está suelto de toda relación que lo constituyera en lo que es por sí mismo.
Pero esta autofundamentación (gloria) no es sólo fundamentación de su ser valor, sino también de su deber propio. El valor moral legitima por completo su propio deber. Todo cuestionar su fuerza de validez acierta con que el valor moral es debido, absolutamente y en justicia, por sí mismo. Su deber es absolutamente debido. Esto aporta el carácter específico del valor ético de ser autojustificante, es decir, de estar lleno de alteza (carácter de alteza).
A la categoricidad del valor ético, se la ha llamado también „necesidad ética“. Esta expresión podría inducir a la opinión de que, con ella, debe designarse sólo la necesidad en la que se encuentra puesto el espíritu de no poder poner fácticamente el valor ético sino como absoluto. Pero la voluntad inmanente al valor moral, en la realización de su autofundamentación y su autolegitimación, no queda bajo una necesidad (fáctica) que lo determine. Ésta suprimiría más bien toda categoricidad del valor moral como valor. En esta posición de valor, la voluntad es totalmente desde sí, es decir, es libre. Pone ella misma, y concretamente de modo que guarda relación consigo en una autoafirmación (como amor) que no es suprimida en nada de ella (ni jamás). Es amor eterno, inconmovible e ilimitado, a sí mismo. Con la expresión „necesidad ética“ debe designarse justamente esta libre autoafirmación y autolegitimación.
Ningún otro valor puede privar legítimamente (de iure) al valor moral de esta validez legítima absoluta y suprema, y atribuírsela a sí misma. Ninguno posee una esencia que fuera capaz de suprimir legítimamente esta validez legítima. Aun cuando el albedrío formal –para lo cual tiene el poder, como veremos (cap. V)– determina otro valor como su valor „supremo“ y „absoluto“, el valor que aquél pone de este modo como „absoluto“, no puede privar al valor moral de su alteza verdaderamente absoluta, ni dársela a sí mismo.
Tampoco ningún otro valor es capaz de limitar la fuerza suprema de la afirmación del valor moral de modo que pueda reivindicar una fuerza igual de afirmación. Más bien, el valor ético rechaza legítimamente toda otra (pretendida) exigencia de afirmación (o coafirmación) suprema, la derriba y suprime.
La autofundamentación y autolegitimación absolutas, tienen como consecuencia que el valor ético en cuanto tal jamás puede quererse por mor de otro. El valor ético es voluntad de sí como autofundamentante y supremo, y en consecuencia es un rasgo específico suyo que no pueda ser valor intermedio. Quien quisiera afirmar lo moralmente bueno (sólo) por mor de algo no moral, ipso facto ya no estaría afirmando lo moralmente bueno. Cuando a la voluntad le importa un contenido, este contenido específico de lo moral sólo puede ser querido por mor de sí mismo y con una afirmación absoluta. Así pues, el valor ético, en una jerarquía de valores, sólo puede estar siempre en el lugar supremo, como valor propio supremo, y como un valor que excluye todo mero ser valor intermedio de sí mismo y de valores colaterales de igual rango, o de otro modo se encuentra fuera de esta jerarquía de valores.
Como consecuencia de la autofundamentación legítima de su deber, el valor ético tampoco puede ser un mero fáctum, un dato objetivo. Su ser (concomitante) es el de un deber autofundamentante. El valor moral es espíritu. Por eso, en rigor, no se lo puede designar como bonum (el bien), sino sólo como bonus (el bueno). Merced a su carácter espiritual, el valor moral fundamenta el yo y la persona. Es razón pura, y en cuanto tal, inmanentemente, luminoso y libre.


d) La fuerza absoluta de colmamiento del valor moral

El valor moral no sólo se fundamenta a sí mismo en la medida en que es la fundamentación de su ser y su deber ser. Él es también su autocolmamiento absoluto. Este colmamiento absoluto, es decir, no condicionado por nada más, por mor de ninguna otra cosa, sino completo y que sucede sólo desde sí, lo concibo, junto con la autolegitimación, en el carácter de la alteza. El valor moral no permite que ninguna otra cosa haya que quererla absolutamente por mor de sí misma. Sólo él colma de modo perfecto.
Así pues, en el ser arrebatado por el valor moral, sucede no sólo que lo moralmente bueno sea debido, sino también que colma absolutamente. La autolegitimación absoluta y el colmamiento absoluto se identifican. El valor moral convence mediante su alteza. Nada es capaz de suprimir su fuerza absoluta de colmamiento.
El ser colmante del valor moral no debe equipararse con la bienaventuranza. El valor moral satisface y colma desde su propia esencia interna de valor. Ciertamente, un colmamiento semejante significa también alegría y bienaventuranza. Pero no son la alegría y la bienaventuranza el fundamento de la alteza (que hay que reconocer), sino la esencia propia de lo moral mismo.


e) La evidencia específica del valor moral: la saciencia


Se ha mostrado (III d) que los valores dóxicos se conocen en la introvisión espiritual de un acto anímico. Este acto tiene en ello carácter reflexivo y medial. Esto vale también para el valor moral.
En ello, la introvisión y el acto de voluntad no son dos actos realmente separados, sino momentos de un acto espiritual. Lo específico del valor ético frente a los otros, es que no es sólo fácticamente saciente, sino genéticamente saciente. Eso significa que no somos conscientes del valor moral como de un fáctum, sino que somos inmediatamente conscientes de él como verdadero, concretamente como verdadero en su gloria y su alteza. Su conocimiento es luminosidad de su autofundamentación y autolegitimación como de su ser colmante. Junto con la evidencia de su autogénesis, va la evidencia de su ser.
A esta autoluminosidad, a esta manifestabilidad de la verdad de su bondad, la llamo luz. Así como la luz física es la luminosidad de sí misma, y esta luminosidad no la obtiene de algo distinto, como las cosas que nosotros vemos en la luz, así el valor moral es la luminosidad de la verdad de su autogénesis.
Con la luminosidad de su autogénesis, el valor moral se evidencia como lo absoluto en la manifestación. Es, en saciencia verdadera, autoposición dóxica absoluta. El amor mismo es el garante de su verdad. Quien concibe su esencia, conoce que no puede ser obrado como una confusión y que no puede confundir.
„Lo absoluto en la manifestación“ significa que lo absoluto en su luz interior es la luz del conocimiento en nuestra conciencia. Lo bueno se manifiesta en nosotros en su verdadera esencia. Lo moral no puede pensarse como la manifestación de un absoluto tal cuya naturaleza interior, inaccesible a nosotros, fuera „totalmente distinta“ de lo que ponemos como valor moral. Pues entonces al valor moral le faltaría la luminosidad que tiene. Quien concibe lo moral en su cualidad (y este concebir sólo sucede en un poner), concibe su verdad indubitable: lo moralmente bueno es la manifestación de la verdadera esencia del absoluto. La voluntad inmanente al valor moral es la voluntad de Dios mismo.


f) La reflexividad dóxica específica del valor absoluto: amor del amor


El valor moral es, primeramente y como todo valor, reflexivo en el sentido de que la voluntad que le es inmanente se refiere a su contenido y lo afirma. Evidentemente, esta referencia intencional sucede sólo en una reflexividad simultáneamente teórica, es decir, en la conciencia de sí misma, de su ser dóxico, y en ello de su ser fáctico. Pero este modo de la reflexividad no agota la esencia respectiva del valor moral.
Así como la autoconciencia no es sólo referencia del saber a algo, sino referencia a sí mismo en cuanto saber, así también la voluntad inmanente en el valor moral no se refiere sólo (como toda voluntad de valor) a un contenido (cualidad) en general, sino a un contenido con una distinción especial, a saber, a sí mismo como amor. Eso significa que, lo que aquí se quiere, es a su vez voluntad de valor (amorosa), que quiere esta cualidad específica (el amor). Dicho con otras palabras: la voluntad que aquí afirma amor, no sólo afirma una cualidad simple, sino una cualidad específica, concretamente una que es, ella misma, amor, es decir, que quiere ella misma amor. La voluntad de valor se afirma aquí a sí misma como voluntad de valor: el amor quiere amor, quiere la voluntad específica como la cual es únicamente esta cualidad (del amor). Al contrario, este amor amado, justamente porque es amor, quiere a su vez el amor amoroso. Es decir, aquí la voluntad busca la voluntad de tal modo que la voluntad querida de amor sólo puede ser una voluntad que busque una voluntad de amor. Por eso es muy acertado hablar de una voluntad pura.
Amor del amor es la consecuencia de la autoafirmación específica en el valor moral. Aquí, el contenido afirmado mismo es a su vez esta afirmación, así como, en la autoconciencia, lo conocido mismo es a su vez el saber.