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Reinhard Lauth, Ética
Traducción de Alberto Ciria

El sentido de la manifestación del valor moral en la conciencia: la afirmación categórica de la realidad



a) La aceptación absoluta de la realidad


El valor moral mismo vale absoluta y categóricamente (IV c). Eso significa primeramente: su deber es absolutamente legítimo, este deber debe valer. Además, significa –y éste es el objeto de nuestra explicación actual– que esto que debe ser, debe ser, es decir, el valor absoluto debe ser en su autofundamentarse. En tal medida, la exigencia de deber del valor ético se refiere a su propio ser valor. Pero mediante la relación que el valor absoluto entabla mediante su manifestación en la conciencia con todas las posiciones de esta conciencia (cfr. VI g), el deber del valor moral obtiene aún una nueva significación.
La conciencia es necesaria para sí misma: tiene que ponerse cuando (se) pone. Pero en toda conciencia, el valor moral está puesto como valor absoluto, categórico, saciente. Es decir, la conciencia es necesariamente conciencia del valor moral absoluto. Toda conciencia dice: la verdad debe ser. En tanto que el valor ético está puesto de tal modo en la conciencia, está referido sintéticamente a todas las posiciones de la conciencia. Esta referencia no es en modo alguno una meramente teórica, sino que, a causa de la esencia del valor y de la conciencia, es también una dóxica. El deber del valor moral vale categóricamente. Mediante su manifestación en la conciencia, esta exigencia incondicional se refiere también a las posiciones de la conciencia. Eso significa, como ya hemos advertido (VI g), que todas estas posiciones de la conciencia, y con y en ellas la totalidad de la conciencia misma, deben ser morales. Pero significa aún algo más que, por lo usual, se pasa por alto por completo en la filosofía:
El valor moral es absolutamente autofundamentante y autolegitimante. A causa de ello, es también absolutamente fundamentante para todo lo demás que es o vale verdaderamente. Así pues, es el fundamento de la conciencia y el fundamento de su manifestación en la conciencia, es decir, él mismo pone que se manifieste en la conciencia. Mediante su manifestarse, la conciencia se constituye como exhortada absolutamente a la moralidad. Que está exhortada a la moralidad, significa que debe ser, y que debe ser moralmente. El deber ser moral incluye en sí la exigencia del ser en cuanto tal, como un momento parcial del ser moral. Mediante el deber ser que parte del valor moral, y desde la relación, igualmente puesta por él, a la conciencia y a sus posiciones, resulta por tanto la exigencia encerrada en la exigencia de que la conciencia deba ser moral: la conciencia debe ser.
Por tanto, mediante la relación que el valor moral entabla con la conciencia y sus posiciones, se produce una aceptación dóxica de la conciencia en su ser. La exigencia del valor ético es categórica: no está bajo ninguna condición. Puesto que el valor moral se refiere a sí mismo a la conciencia, se refiere por tanto incondicionalmente a ella. Él quiere que la conciencia sea, y que sea moral, puramente desde sí, no por mor de otra cosa. Lo que se apela en amor y por amor, es aceptado por tanto categórica e incondicionalmente en esta voluntad de amor. El ser de la conciencia es aceptado incondicionalmente por el amor que en ella nace a la vida y se manifiesta.
Pero el ser de la conciencia es libertad. La conciencia, en tanto que conciencia abierta a lo moral, no está determinada, sino que es liberada por el valor moral. Está posibilitada como libertad y para la libertad, una libertad que es enteramente la suya. Sólo como tal conciencia libre puede ser conciencia de lo moralmente bueno. Es decir, la conciencia es aceptada en su ser libre (ser libertad).
La libertad es libertad para la moralidad y para la inmoralidad. Pero la conciencia es afirmada en su ser y en su libertad, para que sea moral por sí misma. Este libre ser moral es exigido categóricamente por el amor. La aceptación incondicional es aceptación de la libertad para la moralidad. El amor, jamás despide a la conciencia de la exigencia encerrada en aquél de que ella sea moral. Nosotros somos queridos en nuestro ser y nuestra libertad como arrebatados y afectados por el amor, para que queramos lo moral por propia libertad.
De la referencia del valor moral con la conciencia, resulta por tanto una afirmación incondicional del ser para la libertad moral y de la libertad para la moralidad. La voluntad moral es el gran sí categórico e incondicional al ser, pero no a un ser indiferente, sino a un ser que realiza amor en libertad. Quien realmente ama, acepta incondicionalmente a aquel a quien ama. Nunca dejará de querer que el moralmente amado sea moralmente amante por propia libertad. Esta aceptación categórica sólo encuentra un límite donde un ser no es capaz de amor, o cuando jamás ama por propia voluntad libre.


b) La exigencia incondicional de la moralidad de toda realidad


Es sólo el lado inverso de la aceptación incondicional, exigida por el valor moral, de la libertad capaz de y apelada al amor, que también se exija que deba ser (o hacerse) incondicionalmente buena. Pues, al fin y al cabo, aceptación significa, como ya se dijo antes, aceptación para la moralidad. El ser de la realidad no se acepta por mor de sí mismo, sino por mor de la moralidad de la realidad. Puesto que la categoricidad del deber moral no permite una condición restrictiva, esta moralidad de la realidad es exigida incondicionalmente.
Pero, frente a una opinión ampliamente difundida, eso significa que no se exige sólo una cierta moralidad limitada, sino una bondad moral ilimitada. La ley moral es una ley máxima: exige que se realice todo lo bueno, y no sólo una parte. Por eso, en todo momento de nuestro ser consciente, se exige la moralidad suprema, toda la aplicación de nuestro querer. De esta exigencia no puede omitirse nada, por motivos esenciales internos del valor moral. Toda la moralidad debe ser, y debe ser en toda realidad. Pues todo lo real debe ser moralmente bueno en toda su amplitud.