Reinhard Lauth, Ética
Traducción de
Alberto Ciria
La
revolución del querer fundamental
a) El
querer empírico está indirectamente orientado al
absoluto
Incluso en el estado del querer empírico, la voluntad,
pese a la discordia que impera en ella, está orientada al
absoluto, concretamente a causa de la realidad efectiva y
la actividad de uno
de los dos rayos
en los que el querer empírico se ha fragmentado. Eso
puede advertirse en múltiples sentidos en el querer
empírico.
También quien quiere empíricamente busca
pleno
cumplimiento en fines no morales. Afirma
el ser, no lo odia. También en el querer empírico, la
libertad debe ser fundamento
de la realidad,
aun cuando aquí deba ser sólo la libertad formal. También
en el querer empírico el deber
de la ley moral
se opone al ser realmente efectivo de la voluntad,
aunque categóricamente
sólo en la
negación de la muerte.
Pero en lo que se opone a este
rayo de la
voluntad, quien quiere empíricamente quiere también la
destrucción. Y aunque, por otro lado, quiere los momentos
positivos del absoluto que se acaban de mostrar, eso es
sólo por mor de su fin empírico, y no como
momentos de lo
moralmente bueno. Quiere vida y
muerte, pero no
busca la plenitud moral
de la vida como
algo que él haya elegido. Y si, al apartarse de la
muerte, al menos se aproxima en su actuar a la verdadera
vida moral, no lo hace por mor de la
moralidad. Expresándolo con una
imagen, sólo se dirige hacia atrás a la verdadera vida,
porque también él quiere cumplimiento, autodeterminación
e incondicionalidad. El cumplimiento exhaustivo de un fin
empírico, y por tanto finito, lo mueve más allá de tal
fin –que era sólo finito–. Tampoco él quiere
ser determinado sólo fácticamente, y queriendo ser libre,
está afirmando en la libertad formal al mismo tiempo un
momento de la libertad moral. Pero la libertad formal no
la quiere porque
sea libertad para
la moralidad. Si finalmente se da una ley empírica y
trata de forzarse a obedecerla, no lo hace sin embargo
reconociendo la categoricidad de la ley, sino por mor de
la vida empírica y porque le amenaza el castigo. No
quiere ser destruido porque quiere cumplirse
empíricamente.
b) El
conocimiento de la mortalidad del querer empírico y la
esperanza indirecta en una revolución de la voluntad
fundamental por la moralidad
A un penetramiento más profundo de la posición del querer
empírico, tiene que manifestarse su mortalidad. Si se
percibe a fondo el antagonismo, que siempre aparece en
figuras nuevas, entre el querer empírico libremente
elegido y el impulso, entonces tampoco puede ocultarse
más la imposibilidad fundamental de salir de esta
discordia, mientras la voluntad permanezca empíricamente
determinada. La vida empírica tiene que considerarse
entonces como desesperadamente cerrada en sí e
incumplible. El volente advierte que, con ello, permanece
encerrado en un mundo de la incumplibilidad. Las derrotas
que el impulso depara al querer libremente elegido, y las
infracciones de la ley empírica, se consideran entonces
como algo normal, que pertenece al estado insuprimible de
la existencia empírica. Se dice: „En nuestra
existencia nos hacemos necesariamente culpables.“
Cuanto más consecuente es el querer empírico, tanto más
rápidamente conduce a su límite absoluto. Aunque éste se
advierte, sin embargo no puede transpasarse con un querer
meramente empírico. El verse insuperablemente impulsado,
el incremento del albedrío que conduce al absurdo, y lo
normal de la vulneración de la ley a causa de lo
insoportable de sus prohibiciones, se perciben como
contrarios al sentido, pero eso no conduce al juicio de
que la verdadera vida sólo puede hallarse en el querer
moral. En los fines empíricos se busca y se intuye un
cumplimiento desconocido; en el incremento del albedrío,
una libertad absoluta; en la ley absolutizada, un deber
categórico y viviente: se buscan y se intuyen, pero no se
hallan. Por eso, el querer empírico, la voluntad de
libertad formal absoluta y la ley empírica, finalmente se
vuelven contra sí mismos. El querer empírico tiene que
pretender su superación en favor de un querer colmante;
la libertad formal tiene que querer liberarse de sí misma
como fáctum; en la ley empírica, se tiene que buscar
fuerza positiva.
Sólo desde la perspectiva de esta situación puede
activarse el conocimiento de que se busca algo que se
encuentra más allá de la fuerza y el poder de lo
empírico. La vida colmante, la libertad completa y la ley
viviente pueden plantearse formalmente en el espacio más
allá de la empiría. Pero espiritualmente sólo se los
puede alcanzar si lo material mismo del valor moral es
conocido y afirmado. En la orientación determinada sólo
empíricamente, pero que desespera de la empiría, el bien
buscado sigue siendo siempre sólo el bien desconocido.
c) La
revolución de la actitud fundamental
El volverse original a fines empíricos significa una
parcialización de la realidad efectiva completa del
valor. Limitarse de este modo a un valor parcial, conduce
necesariamente a la confrontación con lo moralmente
exigido. Por tanto, el volente no puede obstinarse en la
postura de alguien que supuestamente ama, sino que tiene
que rechazar voluntariamente la moralidad como principio
determinante supremo (XVI c). Con ello se realiza una
revolución de su actitud fundamental: al rechazar lo
moralmente bueno, convierte conscientemente lo empírico
en su valor supremo.
Una revolución tal de la actitud, significa que, en vista
del bien y sabiendo de qué se trata, se rechaza el bien.
En un ser racional limitado como el hombre, esta decisión
puede ser sin embargo provisional, porque la bondad moral
no la vivencia realmente en la plenitud de su ser
cualitativo, mientras que un valor empírico lo vivencia
con mayor fuerza. Pero esta provisionalidad no puede
durar. A causa de la exigencia influyente del valor
moral, la discordia entre valores puede llevar a buscar
sus motivos, es decir, a concebir los valores que se
enfrentan en su significado más profundo.
En la media en que el valor moral aparece en la plenitud
de su fuerza realmente efectiva , tiene que despertarse
la evidencia de que nada puede hallarse por encima de él.
Si en vista de esta plenitud realmente efectiva y
conocida, no obstante se rechaza el bien, entonces, para
la voluntad libre, ya no hay motivos que puedan ser
morales para decidirse nuevamente de otro modo. En la
evidencia de lo que es bueno, se rechazaría el bien.
„En la existencia infinita, inconmensurable tanto
en el tiempo como en el espacio, a un determinado ser
espiritual, con su aparición en la tierra, se le ha dado
por una sola vez la posibilidad única de decirse:
„Existo y amo“. Una vez, sólo una vez se le
ha concedido la posibilidad del amor activo,
vivo,
y para eso le ha sido dada la vida terrena, con sus
límites temporales y sus plazos; pues bien, ese ser feliz
ha rechazado el don inestimable, no lo ha apreciado, no
lo ha tomado con cariño, le ha dirigido una mirada
burlona y ha permanecido indiferente.“ Con estas
palabras describe Dostoievski aquella decisión
fundamental que, porque se produce desde la libertad,
siempre permanecerá un mysterium
iniquitatis.
Contra esto no puede objetarse: pero el albedrío es
libre, luego puede volver a decidirse fundamentalmente
por el bien, tal como pudo decidirse por lo contramoral y
contra lo bueno. Pues si nos preguntamos por los motivos
de esta decisión, ellos no pueden hallarse en lo
moralmente bueno –que fue rechazado con
evidencia–, sino sólo en la voluntad propia misma.
Pero un bien elegido meramente por voluntad propia no
puede ser nada moralmente bueno. La voluntad propia sólo
se elegiría a sí misma: lo „moralmente bueno“
sería para ella un medio. Eso no es una decisión por la
moralidad.
De ahí se sigue: una revolución de la actitud fundamental
por lo moral puede haberla sólo desde la moralidad. Si lo
moralmente bueno es rechazado una vez sabiendo lo que
significa, entonces ya no es posible ninguna revolución
por lo moral. Se necesita un increíble encegamiento para
no advertir que aquí se trata para nosotros de la vida o
la muerte espiritual, y para creer que, al fin y al cabo,
dispondríamos a nuestro arbitrio de la posibilidad de una
conversión. Una vez –¿y sabemos cuándo?– que
se ha cerrado la posibilidad, entonces ya estamos
enterrados en la muerte.
d) La
revolución de la actitud fundamental por el
bien
Una revolución de la voluntad fundamental desde la
posición empírica de vuelta hacia lo moralmente bueno,
sólo es posible como reconocimiento del valor moral como
supremo. Conlleva una nueva jerarquización de los
valores.
Ya hemos visto (III d) que los conocimientos dóxicos se
producen sólo en la realización de un acto anímico. Pero
este acto anímico no puede suceder únicamente desde el
sujeto que, antes de su aparición, depende sólo de
valores empíricos. Pues entonces el sujeto habría tenido
ya aquel conocimiento dóxico por el cual modifica su
actitud fundamental, y entonces lo habría cambiado ya
previamente. Por eso, el acto anímico necesario presupone
una nueva experiencia dóxica (de proveniencia en último
término interpersonal). Quien está apresado en la
empiría, tiene que encontrar una manifestación de valor
que lo conduce al acto anímico necesario y, por tanto, a
una nueva decisión de la voluntad.
La manifestación de valor necesaria para la conversión
moral, puede suceder directamente como una manifestación
de moralidad superior, o indirectamente en una
manifestación de una contramoralidad especial, ya que
también la última hace mediatamente claro lo que la
moralidad significa positivamente.
La experiencia dóxica necesaria, está puesta sólo en
realizaciones simultáneamente constitutivas de quien
experimenta. Pero ella sola no opera ninguna decisión.
Pues la voluntad libre, precisamente porque es libre,
puede obstinarse también en su actitud empírica. Pero si
se decide por lo moralmente bueno, entonces eso lo
hace sólo
gracias a la
experiencia interpersonal dóxica que la posibilita.
Se entiende que, en ello, lo moralmente bueno puede
elegirse siempre sólo como fin propio, nunca como medio
para otra cosa. El indicio seguro de que lo último no
ocurre, es que se renuncia a la exigencia
de todas las
consecuencias no morales mediatas que resultan del ser
bueno moral que nos sean deseadas por motivos no morales,
sobre todo al poder (moral y real) que resulta de la
bondad moral.
Si la moralidad se elige por ella misma, entonces se
niega el anterior querer empírico (y todo otro querer
empírico posible), es decir, éste es formalmente odiado.
Este odio formal es amor material: pues la negación de la
negación del amor es amor. Así como el amor del bien se
refiere a todo el bien, la negación del mal se refiere a
todo el mal. Por eso se refiere necesariamente al mal que
cometió en el pasado quien, ahora, ama. A la luz del
bien, es conocido y rechazado
(„arrepentimiento“) como lo que realmente es,
y se trata de eliminar. De ahí resulta la voluntad de
satisfacción (cfr. Cap. XXIV).
Si la vivencia de la maldad especial pasa a ser
fundamento indirecto del conocimiento del bien y de la
conversión a él, entonces el arrepentimiento puede
aparecer primeramente como negación de la propia
depravación. Un arrepentimiento tal es arrepentimiento
por miedo: no se quiere ser depravado. Pero justamente
por ello, en tanto que arrepentimiento moral, implica la
voluntad positiva de pertenecer al reino del bien, no por
otras ventajas o por el ensalzamiento propio, sino por
amor al bien.
El arrepentimiento que conduce a la revolución de la
voluntad fundamental, no se refiere a un querer
particular, sino a la voluntad fundamental misma, que
determinó todo querer particular malo. Esta voluntad
fundamental fue rechazo principial del bien visto.
Significaba que la voluntad propia y los valores
empíricos son preferidos por encima del valor moral.
Representa con ello una ofensa absoluta al bien. Eso se
advierte en el arrepentimiento que conduce a la
conversión, y sólo la circunstancia de que aquel pecado
absoluto está rechazado ya en el arrepentimiento, hace
soportable en general el arrepentimiento.
Se entiende que el rechazo de una determinada actitud
contramoral por otros motivos que no sean morales, y que
ocasionalmente se llama también
„arrepentimiento“,
hay que separarlo por completo del verdadero
arrepentimiento moralmente motivado, y no hay que
mezclarlo conceptualmente con él.
e) La
reconversión a la voluntad moral del
otro
La nueva decisión sucede en la vuelta al querer moral de
aquello por cuya experiencia se hizo posible: este querer
tiene que aceptarse como moral y por su moralidad. La
aceptación, en tanto que voluntaria, no puede agotarse en
la toma de postura valorante, sino que implica la acción
(posible). La conversión moral conduce al amor activo, y
como el amor siempre quiere ser total, el moralmente
renovado tiende a unirse en un amor
completo con un tú amoroso. Pero si y
cómo es posible esto, es el tema que habrá de ocuparnos
en el capítulo siguiente.
