Reinhard Lauth, Ética
Traducción de
Alberto Ciria
La realidad
querida moralmente
a) Ser
valor y realidad efectiva
Ahora es claro por medio de qué concepto fundamental y
derivados suyos referimos el valor moral a la realidad, a
saber, por medio del concepto de sentido y de aquellos
conceptos que emite de sí, por medio de los conceptos de
„fin“ y de „medio“. Ahora,
nuestra atención ha de dirigirse a la
„realidad“ a la que se refiere el concepto de
valor mediante el concepto de sentido.
En primer lugar, aquí hay que tener a la vista la
realidad del valor moral mismo. El valor moral es en sí
mismo un ser que se pone a sí mismo, se exige a sí mismo,
se justifica y se colma a sí mismo. Este ser suyo propio
es puesto, afirmado y justificado por él mismo. A esta
relación la hemos llamado el ser del deber y el ser
debido del deber (existente). Puesto que el valor moral
es en sí como debe ser, tiene él mismo sentido absoluto.
Más allá de sí, el valor moral se refiere también a
aquella realidad que no es él mismo, a una realidad que
puede ser moral, pero que no es en sí el ser moral. Como
sabemos (VIII, c), esta realidad es la voluntad libre. El
valor moral exige que toda voluntad libre sea realmente
(es decir, se haga) voluntad moral. En cuanto a la
exigencia del valor moral, el ser de la voluntad real
libre se distingue frente a todo otro ser porque está
abierto esencialmente al valor moral, y sólo puede
existir como decisión por él. La apertura de la libertad
se realiza sólo sintéticamente junto con la decisión, que
ella posibilita, por el valor moral. La voluntad libre se
pone como un transitar por sí desde su libertad de
elección hasta una decisión determinada. Tiene por tanto
la capacidad de hacerse a sí misma moral o inmoral, una
capacidad de la que transita necesariamente a una
realización, pero a una realización que, merced a ella,
es buena o mala. Es decir, frente a todo lo demás
existente, la voluntad no es un fáctum ni una realidad
efectiva mediata, sino una realidad en la que su ser y su
ser valor se unifican inmediatamente. A una realidad tal
la designamos realidad efectiva.
En la medida en que la voluntad libre realiza ser valor,
pasa a ser ella misma (en tanto que voluntad) objeto de
una relación dóxica del valor moral a ella: ella misma
debe ser (según cap. VII). Esta relación es doble:
primero, la voluntad debe poder ser buena (justamente
para hacerse buena); segundo, debe ser buena mediante y
en su decisión (como realización del valor). La voluntad
es exigida en su potencia como posible voluntad buena
sólo porque puede y debe ser buena. Si de una voluntad
pudiera decirse definitivamente que (en su conjunto) no
quiere ser buena (y eso a lo largo de todo el tiempo en
el que ella se extiende), entonces el ser de una voluntad
semejante no sería exigido. Una voluntad tal,
absolutamente mala, no debe ser, tampoco como voluntad
posible, pues entonces siempre sería sólo una voluntad
mala, o la posibilidad de una voluntad mala.
Pero la voluntad como voluntad moral es debida, tanto en
cuanto voluntad realizada como en cuanto potencial. La
potencia es aquí la condición necesaria de la realización
de valor. Si se exige la última, también se exige lo que
sólo ella posibilita.
Pero eso significa que el valor moral se refiere al
querer moral no sólo exigiendo positivamente que coincida
con él, sino que le da también un contenido: la
afirmación de la voluntad moral posible y real. La
voluntad moral tene que afirmarse a sí misma en cuanto
tal. También tiene que afirmar todas las demás voluntades
capaces de moralidad o morales. Qué sea o pueda ser la
razón moral, debe afirmarlo una voluntad que quiera ser
moral por mor de ella misma.
Al explicar la esencia interna del valor moral (en IV f),
se hizo evidente que la voluntad inmanente a este valor
no busca una cualidad objetiva distinta de él, sino una
cualidad que ella misma es. Así como el valor moral
quiere el valor moral, así la voluntad moral realmente
efectiva quiere la voluntad moral realmente efectiva. El
amor quiere el amor. La voluntad que quiere voluntad pura
quiere voluntad que quiere voluntad pura. En cuanto
voluntad, esta voluntad querida tiene que ser por sí
misma libre.
Este amor moral no podría realizarse suficientemente en
una única voluntad libre realmente efectiva. El amor
moral libre que ella querría, sería su propio amor libre,
y por tanto su producto determinado por ella, no un amor
moral libre que, por su parte, fuera por sí mismo libre.
Eso se debe a que nosotros sólo somos origen en cuanto
origen (es decir, en el objeto de conciencia que
consideramos), pero no origen en sí mismos (como Dios).
Sin un tú ante nosotros verdaderamente autónomo y libre,
podríamos querer amor, pero no performarlo. Es decir, la
moralidad no puede realizarse en mero amor a sí mismo.
Éste es el motivo por el que la realización de lo moral
exigida por el valor moral, exige a su vez necesariamente
la interpersonalidad para poder ser realizada. El valor
moral pasa a ser necesariamente en la realización valor
interpersonal. Amor, respeto, justicia, veracidad, exigen
en la realización una relación mutua entre dos voluntades
libres. La ética es, esencialmente, interpersonal.
Sólo desde la referencia interpersonal y en ella, obtiene
el (recto) amor a sí mismo auténtico valor moral. Pues,
en referencia moral con el prójimo, „yo“ soy
aquel que quiere que éste ame, y yo soy aquel que le ama.
Es decir, yo soy uno que, igual de esencialmente que la
voluntad amorosa del otro, cofundamenta el cierre amoroso
y existe en el amor común. Sólo si me amo en cuanto éste,
me amo moralmente.
Es decir, la moralidad realmente efectiva, ni está
referida sólo al yo propio, ni es sólo altruista. Ni el
otro es afirmado sólo por sí mismo, ni yo sólo por mí
mismo, sino que el otro y yo somos afirmados en el cierre
amoroso. De otro modo, no se podría inteligir por qué la
afirmación de otra persona (tomada aisladamente) ha de
ser moral, mientras que la afirmación de la propia
persona no. Por otro lado, aquí se hace evidente que el
yo propio hay que afirmarlo moralmente tanto como la
persona del otro, pero no el yo propio aislado, sino mi
yo en el cierre amoroso. Aquí se entiende que ni el otro
ni yo podemos ser afirmados sólo como medios del amor o
del cierre amoroso, pues sólo tenemos relevancia moral en
tanto que razón que afirma la razón, y sólo en cuanto tal
podemos ser afirmados moralmente. Es decir, en el cierre
amoroso la razón que afirma razón es afirmada tres veces
en cuanto tal: en el yo, en el tú y en la comunidad, pero
en cada caso sólo en la afirmación de los tres juntos, es
decir, en la síntesis del amor moral. El otro es en tan
poca medida (para mí) como yo (para él) sólo medio para
la realización de la razón. En el amor moral, él tampoco
es jamás para mí, ni yo para él, sólo medio para sus
propios intereses, sino que nosotros dos, como amantes,
juntamente con nuestra unión amorosa, somos fines por
nosotros mismos.
b) Realidad
efectiva de valor y facticidad valiosa
De otro modo que con la realidad de la voluntad libre en
relación con el valor moral, sucede con la mera
facticidad. Lo fáctico en cuanto tal es en sí mismo
indiferente al valor, pues ello no puede realizar en sí
mismo ningún valor moral, es decir, no es exigido por sí
mismo en su ser. (Un cubo no tiene preferencia de valor
frente a una pirámide o a una esfera, y no puede decirse
que ellos deben ser.)
Pero lo „fáctico en sí mismo“ es un momento
abstraído. Lo fáctico no puede ser puramente por sí
mismo, sino en la conciencia. Lo fáctico aparece siempre
sólo en la conciencia y en relación con la voluntad. Pero
por ello, lo fáctico obtiene una relevancia moral
indirecta. Como un aspecto necesario de la autoconciencia
y la voluntad libre, guarda una relación legal con éstas,
así como también con la acción. Lo fáctico es aquello que
obstaculiza y resiste a la conciencia y a su libertad,
por lo que ellas son afectadas y sobre lo que operan.
Según leyes que aquí no hay que desarrollar, sino que hay
que obtener de la ontología transcendental, lo fáctico
aparece como corporalidad propia (tomando aquí la
corporalidad por el aspecto objetivo), como corporalidad
del tú y como esfera común del mundo externo. Esto
fáctico es capaz de diversas configuraciones, y puede ser
formado por seres racionales libres. En sus diversas
formaciones, o bien armoniza con la voluntad de personas
libres, o bien se le opone. Pero, viéndolo moralmente,
debe ser formado conforme a la voluntad de ellas. De la
posibilidad de diversas formaciones que vinculan las
voluntades, surge el valor indirecto de lo fáctico, que,
sin embargo, siempre sigue siendo sólo un valor
intermedio. Una determinada formación de lo fáctico nunca
es exigida moralmente por mor de ella misma, sino por mor
de la realización de la voluntad.
Aunque medios tales se pretenden, sin embargo, las
intenciones de este tipo sólo suceden intercaladas en la
intención que las abarca y que apunta a un fin propio. Se
ha distinguido entre valor intencional y valor
pretendido. El valor (intermedio) pretendido (por
ejemplo, la salud corporal de una persona) tiene que
estar puesto siempre como delegado del valor intencional
(aquí: la realización del amor moral a cargo de esta
persona). No hay un valor propio de la utilidad. Todo lo
útil es útil para algo, y sólo es valioso por mor de este
algo y merced a ello. Lo fáctico posee siempre sólo valor
intermedio, aun cuando se haya convertido en artefacto.
Es más, incluso las instituciones tienen siempre sólo
valor intermedio. Ellas son valiosas (y plenas de
sentido) para personas morales y para su comunidad moral,
por mor de ellas y merced a ellas, y no en sí mismas.
c) La
aceptación incondicional de la realidad efectiva
Hemos advertido (en VII a) que la mera circunstancia de
que el valor moral aparezca en la conciencia y se refiera
a ella con un deber categórico, significa la aceptación
incondicional de la conciencia. El valor moral que
aparece exige una voluntad que quiere, firme e
imperturbablemente, que este ser sea realidad efectiva
moral.
Referido no a la conciencia en general, sino, en sentido
estricto, a la conciencia capaz de moralidad o moralmente
resuelta: esto significa que el amor exige de quien
quiere moralmente que acepte absolutamente a toda
voluntad ajena que se refiere a él o a la cual él se
refiere, como voluntad moral posible o real. Que alguien
ama, significa que ha aceptado incondicionalmente,
conforme a la exigencia desde el valor moral, a otro ser
racional libre en su potencia o en su realidad moral.
Amar significa afirmar al prójimo, sin reserva ni
condición, como persona moral. Si no lo hacemos, no
amamos.
Sin embargo, en la medida en que el otro aún no se ha
resuelto por el amor, sino que sólo es un ser capaz de
amor, sólo podemos amarlo en la esperanza. Inmediatamente
sólo podemos amar la bondad moral real, pero ésta aún no
la posee. Sin embargo, para poder amarlo, tenemos que
anticipar con la esperanza su querer moral. A muchos
hombres podemos amarlos sólo con esta esperanza. La
diferencia entre el amor en esperanza y el amor de lo
realmente moral, casi siempre se pasa por alto.
La voluntad ajena capaz de moralidad es aceptada
absolutamente en la intención moral, pero la facticidad
dada con la voluntad sólo es aceptada mediatamente, si
está enlazada legalmente con la voluntad y si la
posibilita como real. La mera facticidad jamás es amada
en este enlace con la realidad efectiva de la voluntad
por mor de sí misma, sino siempre sólo como constitutivo
(medio). Su valor intermedio lo tiene sólo desde el valor
propio del otro o de la propia persona.
