Versión para imprimir

Reinhard Lauth, Ética
Traducción de Alberto Ciria

El rango de valor de las realidades que constituyen a la persona



a) La relación fáctica de la existencia espiritual con la existencia física


La esencia de la persona consiste en un ser espiritual que está individuado. Las leyes de la conciencia, conllevan en cuanto tales que éste sea sujeto-objetividad. Como ya se ha expuesto (cap. X), esta sujeto-objetividad es necesariamente también sujeto-subjetividad. Toda persona es esencialmente persona en referencia a una persona.
Puesto que la persona, dentro de la referencia fundamental sujeto-objeto, se halla ante un objeto que es él mismo un sujeto-objeto, se encuentra no sólo
en face otra institución, sino también en face una objetividad que ella determina puramente. Eso significa que toda persona concibe necesariamente un objeto material que, a su vez, sólo puede concebirse junto con una materialización de la voluntad propia (en la corporalidad). La consecuencia de esta ley es que las personas que están en un nexo interpersonal concreto tienen corporalidades (dentro de un mundo corporal) y se determinan materialmente de modo recíproco.
Por
corporalidad se entiende aquí aquel límite en el que la espontaneidad guarda una referencia dinámica inmediata con lo que la obstaculiza, ya sea porque la espontaniedad es determinada por el obstáculo, ya sea porque ella determina al obstáculo. En el sentido filosófico aquí empleado, la corporalidad no se identifica con el cuerpo fisiológico, en el que hay partes que sólo guardan una relación mediata con la espontaneidad.
Lo que determina simplemente a una espontaneidad (a través de su corporalidad), se concibe como materia. Esta materia es, en cuanto tal, obstáculo simple, es decir, un obstáculo en el que no se da ninguna referencia intencional a la espontaneidad obstaculizada por ella. La intuición meramente de la materia no da ningún punto de apoyo sobre si nos hallamos ante un mero cuerpo o ante una corporalidad ajena. La materia intuida sólo se entiende como materia determinada que está en un enlace sintético con una intención ajena que opera con y en ella, cuando su intuición puede entenderse
sólo como arreglo arbitrario que apunta a un fin determinado, concretamente a un fin que sólo puede realizarse interpersonalmente, a saber, una libre comprensión del otro que asume en cuanto tal el fin proyectado, pero aún no realizado, para que sea completado a través de la acción.

Es decir, no:

a - b - c - d - e ;

sino:
a - - - - - -- - - Z1 [/Z2]
b - c - d -

Las leyes parciales de esta relación fundamentante hay que desarrollarlas en una doctrina de la interpersonalidad. En este lugar hay que tratar sólo las consecuencias importantes para la doctrina moral.
En tanto que distinguimos la mera materia (meros cuerpos) de materia que acompaña a una intención, nos hallamos tanto ante un mundo externo puramente material como ante un mundo de las corporalidades y signos que son expresión de personas. Para nosotros, las personas están necesariamente encarnadas o son representadas por signos, en tanto que guardan con nosotros una conexión interpersonal concreta.
Para toda persona, la corporalidad es el ámbito de sus posibilidades en referencia al mundo externo: posibilidades de la experiencia externa así como posibilidades del efecto hacia fuera. Es decir, la corporalidad proporciona: a) el objeto en general en la conciencia; b) la posibilidad de la experiencia externa; c) especialmente la conexión interpersonal concreta; y d) la posibilidad de obrar sobre el mundo externo (y, en él, sobre personas).


b) La existencia espiritual de la persona es exigida porque su existencia moral es exigida


Como ya sabemos (cap. VII), el deber del valor moral se refiere, mediante su aparición en la conciencia, a la realidad de la conciencia, y exige su ser moral, pero en este ser moral exige el ser realmente efectivo. La conciencia debe ser porque su ser es condición de posibilidad de la moralidad realmente efectiva. La conciencia es, juntamente, representación, voluntad y acción. Es representación de su querer propio y acto (determinado por la voluntad) de su representar. Es decir, representación y voluntad son implícitamente co-exigidas cuando se exige la existencia de la conciencia.
Pero la conciencia siempre es realmente efectiva sólo en individuos y mediante ellos. Por tanto, con la realidad efectiva de la conciencia, se exige también la realidad efectiva de los individuos. Los individuos, por su parte, sólo pueden existir en referencia a otros individuos (cap. X). Por consiguiente, se exige el representar, el querer y el actuar de conciencias individuales, de las personas.
El ser espiritual de las personas, su representar y su querer, no es exigido por sí mismo, sin atención a su moralidad. Más bien, es exigido como un ser que es libremente para la moralidad y que se realiza en el ser moral. El mero ser fáctico de las personas tiene sólo valor intermedio. Por el contrario, el conocimiento y el querer (libre) tienen
en el ser moral verdadero valor propio. El conocimiento y la voluntad pura son valores parciales en el concreto superior del amor.


c) La existencia física de la persona debe ser porque su existencia espiritual debe ser


Una persona no puede ser sin guardar relación con la materia (XII a), lo que es posibilitado por la constitución de la corporalidad. Es decir, para su existencia, la persona requiere de una corporalidad individual. Puesto que ella debe ser, también debe ser su corporalidad (como medio de realización de la vida espiritual moral). La corporalidad, y concretamente la corporalidad al servicio instrumental, es exigida.
Esto vale, como es inmediatamente evidente, tanto para la persona propia como para la del otro. Para la interpersona, vale adicionalmente que deba ser una conexión apropiada de las personas a través del puente de las corporalidades.
Pero no hay que pasar por alto que la corporalidad, meramente en cuanto tal, no es fin en sí mismo. Tiene sólo valor intermedio para
el ser espiritual que es, o que al menos será, ser moral. La vida corporal sin posible vida espiritual no tiene ningún valor.
Sólo fácticamente estamos vinculados con una materia determinada. Nada justifica el supuesto de que podríamos estar unidos únicamente con esta materia. Es decir, no hay que concluir que, puesto que la corporalidad forma parte necesariamente de nuestra existencia consciente, también esta corporalidad determinada forma parte de ella. Esto se vuelve muy decisivo en un contexto en el que la situación real es de tal modo que el sacrificio de esta corporalidad es exigido para la realización de la moralidad. Esta corporalidad determinada en cuanto tal, juzgada moralmente, jamás es fin concomitante, sino siempre sólo medio, y por eso éticamente posee sólo valor intermedio.