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Reinhard Lauth, Ética
Traducción de Alberto Ciria

La posición de valor



a) Definición del concepto del valor dóxico


En primer lugar, el concepto del valor dóxico, que hemos obtenido ahora mediante una delimitación externa, hay que definirlo internamente y hacerlo claro. Una vez hecho eso, hay que examinar el carácter específico del valor ético.
Como los caracteres esenciales internos del valor dóxico resultan para la reflexión: 1) una determinada cualidad interna; 2) un deber ser; 3) un ser colmante.

aa) La cualidad


De todo valor dóxico es propio una determinada cualidad, que sólo puede percibirse en un intuir interno (intuitus). Como todo lo que el espíritu intuye, también esta cualidad intuida se comprende. Pero se comprende tal como se comprenden las cualidades cuyo carácter principal formal es que, aunque exponen aquello que es contenido de una forma, ellas mismas no pueden ser forma de un contenido. Ellas son el terminus a quo de toda formación. El contenido material específico de un valor, separado del otro valor, sólo se percibe intuyendo. Todos los valores específicos son determinaciones extraídas de la totalidad de posibles posiciones de valor, que excluyen las otras determinaciones específicas de esta totalidad respecto de su ser específico. Los valores específicos se dan siempre de modo sólo claro, pero nunca distinto. Pueden ser diferenciados de otros, pero no construidos a partir de características internas. La forma que corresponde al contenido material determinado, hace comprensibles las cualidades de valor de modo formal y mediato, pero justamente sólo de modo mediato. La forma de ser en la que aparece lo cualitativo, no debe confundirse con esto mismo. Si alguien supiera todas las determinaciones formales de un valor, pero no tuviera ninguna intuición de la materia de él, no podría percibir este valor.
Determinadas cualidades de valor superiores, representan totalidades concretas. Eso significa que se articulan como unidades cualitativas en determinaciones cualitativas de disyunción. Así, por ejemplo, la totalidad cualitativa de valor „amor“, encierra en sí los valores disyuntivos „fidelidad“, „justicia“, „veracidad“, etc. El valor ético en cuanto tal (tomándolo a diferencia del valor estético o jurídico) se evidenciará como una totalidad concreta semejante. Desde luego que, en una totalidad así, los valores de disyunción nunca pueden contradecir el valor total: siempre representan sólo clasificaciones cualitativas de una totalidad concreta. Estos valores de disyunción implican siempre sus valores concomitantes (así, por ejemplo, la fidelidad moral implica la justicia, etc.).
Con la especificidad de lo cualitativo, viene dada la determinación específica de los valores dóxicos. Por el contrario, los caracteres del deber ser y del ser colmante corresponden a todos ellos. Aunque también en estos caracteres últimos constatamos diferencias, éstas no individualizan como las cualidades específicas.
Aunque los valores, en tanto que cualidades, no son formas, sin embargo les corresponde una universalidad, igual que a las cualidades sensibles. Pero esta universalidad es una universalidad concreta. Por eso pueden concebirse también como generalidades.


bb) El deber ser (pertinencia)


En la medida en que los valores han quedado definidos hasta ahora, parecen tener el mismo carácter esencial que las cualidades sensibles, sólo con la diferencia de que son cualidades internas, es decir, que no son intuidas en el espacio, sino sólo en el tiempo. Pero no es así.
Si preguntamos por el motivo por el cual son cualidades „internas“ a diferencia de las „externas“, entonces topamos con una diferencia esencial. Las cualidades externas son lo material de los obstáculos de la espontaneidad. Las cualidades internas son lo material de la espontaneidad misma, es decir, de la voluntad (en el sentido más amplio de la palabra). Las cualidades externas son lo material de lo que se opone a la actividad al querer transitar de posición a posición. Las cualidades internas son lo material de una actividad intencional.
Pero eso significa que los valores dóxicos son cualidades de voluntad. Son lo material de la voluntad misma. La voluntad, tomándola en su significado más amplio, es tendencia, intención, buscar algo. „Voluntad“ significa que importa algo. Este carácter esencial de la voluntad, lo resumo en el término pertinencia. Lo que queremos, nos importa, lo pretendemos, lo buscamos, lo intencionamos, estamos tensados hacia ello, que debe ser. A esto lo llamo pertinencia. Así pues, a diferencia de las sensaciones externas, los valores son pertinentes. Aquí hay que decir especialmente que las cualidades de los valores dóxicos de los que estamos tratando, están dadas sólo como cualidades pertinentes, es decir, sólo en pertinencia. Ahí se pone siempre una materia que importa, que debe ser, que es querida. Frente a ello, la cualidad externa de sensación en su materia (tomándola puramente en cuanto tal, haciendo abstracción de todos los momentos materiales internos vinculadas con ella), es indiferente.
La pertinencia puede ser positiva o negativa. Las cualidades de valor podemos ponerlas como afirmadas o como negadas, como amadas o como odiadas (en el sentido formal de estas palabras), como reconocidas o como rechazadas. Un odiar, rechazar, negar, suceden siempre aquí sólo como consecuencia de un amar, reconocer, afirmar, ya previos (constitutivos) y en otro sentido. Porque determinados valores son positivamente pertinentes, su opuesto lo excluyen no sólo indiferente, sino intencionalmente. Quien, por ejemplo, afirma el amor, pretende el amor, y con la misma voluntad rechaza el no-amor, ya sea éste indiferencia u odio, así como, al contrario, el no-amor pertinente es rechazo voluntario del amor. Justamente porque al espíritu le importa un valor, niega, rechaza que no lo busca o que busca lo contrario de él. Los valores sólo se ponen en una afirmación interior de ellos (que es al mismo tiempo rechazo de su negación o no-afirmación), y los contravalores sólo en su negación interior.
Esencial para esta pertinencia de los valores es que no se los puede pensar como determinación del espíritu. La afirmación y la negación son actos de la voluntad que se posiciona, y en cuanto tales sólo se los puede pensar como autoposición, no como consecuencia, que aparezca necesariamente en el espíritu, de algo distinto. Una mera consecuencia necesaria en el espíritu sería un mero fáctum, no una tendencia. La tendencia, la intención, sólo se la puede pensar como voluntad, es decir, como libre autodeterminación.
Pero valores no son sólo tales autoposiciones libres, sino que lo son también para una libertad. El deber sólo puede pensarse como una voluntad que se orienta a (otra) voluntad. Así como, por un lado, un fáctum no puede ser motivo determinante de la voluntad, sino que eso sólo puede serlo un valor, así, por otro lado, el valor sólo puede pensarse en referencia a una voluntad. Sólo un querer puede deber, y no una mera cosa. A aquel querer al que se orienta la tendencia del valor, lo llamaremos libre albedrío (o diciéndolo más abreviadamente, la libertad, pero no pensándola meramente como el darse posibilidades alternativas, sino como actividad). El deber se orienta a un querer libre, a la libertad. Es voluntad (de tipo material) orientada a una voluntad (de tipo formal). Lo que se pone como valor, se indica como querer. Es decir, la pertinencia de los valores significa al mismo tiempo su propiedad de ser debidos para un libre albedrío.


cc) El ser colmante


Pero el valor no sólo tiene pertinencia, y en esta pertinencia el carácter del deber ser, para la libre voluntad, sino que también es siempre colmante para la voluntad (al menos en algo). Al fin y al cabo, nos importa el valor. Y „él es debido“ significa al mismo tiempo que le falta a la voluntad, que puede colmarla. Este colmamiento no hay que malinterpretarlo como placer, alegría o bienaventuranza. Aunque el placer, la alegría o la bienaventuranza se vinculan siempre con el colmamiento, (al margen de la excepción concreta de los valores hedonistas) no son el fundamento por el cual un valor es colmante, sino que sólo son una consecuencia de que el valor colma. Que el valor colma, significa esencialmente que satisface a la voluntad: en él y mediante él tiene la voluntad lo que ella pretende. Lingüísticamente, esto no puede expresarse mejor que diciendo que la voluntad se colma (en este valor), o que el valor da colmamiento a la voluntad, mientras que, al negar al valor y apartarse de él, la voluntad queda incolmada.
El modo como el valor colma, no hay que malinterpretarlo en el sentido de suponer que la pertinencia se extinga en el colmamiento. ¡En modo alguno! Ella también está presente con la misma fuerza en la totalidad del estar colmado. De otro modo, el valor realizado no sería un valor, ya no sería querido. Pero entonces no habría nada que él colmara. Más bien, el colmar se añade, como propiedad esencial especial del valor, a los caracteres de la pertinencia y de la cualidad.
El modo como los valores colman es, como luego se mostrará, doble. Por una parte, el valor colma ya como valor puesto sólo idealiter, todavía no realiter. El espíritu experimenta este colmamiento ya sólo porque pone positivamente el valor. Por otro lado, en el caso de su realización, este ser colmante del valor se experimenta como colmamiento real en nosotros.


b) Valor principial y valor especial


Si comparamos entre sí varias de nuestras posiciones de valor, hallamos entonces que los valores puestos en ellos no son siempre individualmente distintos en cada caso, sino que a menudo son los mismos, es decir, que nuestros valores se articulan en generalidades.
Somos (temporalmente) conscientes de los valores primeramente como valores concretos en contextos particulares y concretos. Pero eso no significa que por ello sean valores sólo particulares. Una comparación entre las valoraciones de las que hemos llegado a tener conciencia a partir de nuestras posiciones, conduce a la facultad de juicio al resultado de que, a menudo, es siempre el mismo valor el que se ha manifestado en nuestras vivencias particulares de valores. Por eso hacemos abstracción de la referencia al caso concreto y compilamos conceptualmente los valores como universales. Hablamos del honor, de la fidelidad, de la misericordia, y no de valores en cada caso especiales que entren en juego en casos concretos.
Desde luego que, esta compilación en conceptos universales, sólo es posible porque a las manifestaciones concretas de valores les subyace ya una universalidad tal. Mediante su abstracción, nuestra facultad de juicio vuelve a conseguir lo que la imaginación práctica constituyente había elaborado ya en posiciones racionales.
En función de su universalidad, podemos afirmar universalmente (también se ha dicho: idealmente) el valor, como se mostrará en lo que sigue. Este caso hay que distinguirlo de aquel en el que afirmamos particularmente un valor que se manifiesta. Si, por ejemplo, quiero ser veraz, entonces estoy afirmando el valor universalmente („idealmente“). Pero si en una situación determinada me veo exhortado a pronunciarme sobre algo y (sólo) en este caso me decido a responder verazmente, entonces estoy afirmando un valor particular, que aquí me incumbe en concreto, a saber, la veracidad en este caso práctico determinado. Desde luego que la afirmación del valor en tanto que particular y concreto no excluye su afirmación universal, pero tampoco la incluye necesariamente. Que un valor determinado, concreto y relevante en el caso particular, podamos entenderlo como universal, resulta de que el valor es, realmente, de naturaleza universal, y en cuanto tal también se manifiesta en otros casos concretos y particulares.


c) La relación mutua de los valores


Los valores de una misma totalidad, pero también diversas totalidades de valor y valores de diversas totalidades, son concebidos en una conciencia. Eso significa que se refieren unos a otros, pues en una conciencia sólo se concibe lo que se piensa simultáneamente en su unidad con las otras representaciones de la conciencia y en su diversidad respecto de éstas. Por eso es imposible concebir valores diversos y, al mismo tiempo, dejarlos totalmente separados entre sí. Aquí no hay que dejarse confundir por la circunstancia de que la facultad de juicio reflexionante a menudo no ha alcanzado a la imaginación constituyente. Lo que en la facultad de juicio puede aparecer sin transición, en la imaginación siempre está ya, en todo caso, referido recíprocamente. Esto se evidencia sobre todo en la acción. Cuando la situación nos fuerza a actuar, entonces el acto hace manifiesto qué valor estamos afirmando realmente.
La relación en la que los valores se ponen en la conciencia en una referencia mutua es la siguiente:
1) En cuanto a su cualidad, los valores adoptan una determinada posición de totalidad o disyunción. Si son valores de disyunción, entonces son clasificaciones de un valor más abarcante (que adopta la posición de totalidad): en esta medida, son valores colaterales respecto de otros valores de la misma totalidad. Esta relación concierne primeramente sólo a su cualidad, no a su pertinencia o a su fuerza de colmamiento.
2) Con relación a la pertinencia y al deber, hay que decir que los diversos valores revelan una pertinencia mayor o menor, y por consiguiente, una mayor o menor fuerza de deber. Esta medida de la pertinencia y el deber corresponde exactamente a la medida de su ser colmante. La consecuencia de esta relación es que nosotros amamos o –como decimos en ética– preferimos más lo que es más fuertemente pertinente y colmante, y posponemos lo menos pertinente y colmante. (Obsérvese que aquí se habla sólo del puro orden de valores, no del orden de la voluntad del arbitrio que asume los valores.) El ordenamiento de los valores que surge del preferir y posponer, da una jerarquía de valores. Éste es un orden del querer dinámico (de la pertinencia y fuerza de colmamiento), inmanente a los valores, y sólo puede pensarse como dinámico. Consiste en actos de amar más fuertemente (preferir) y de amar más débilmente (posponer) u odiar.
Los valores con carácter de totalidad tienen una preferencia frente a los valores de disyunción en tanto que encierran una mayor plenitud de valor.
Dentro de toda jerarquía de valores, un valor (o en determinados casos excepcionales, algunos valores juntos) ocupa el puesto supremo. (Aquí exceptuamos el caso excepcional en el que dos valores diversos son amados con la misma fuerza.) Todos los demás valores son más débiles que él, pero además, según su fuerza, se asignan entre sí su valor en la jerarquía. Con los valores positivos se corresponden además valores negativos (contravalores) en diversas gradaciones del posponer. (Con la palabra „contravalor“ ha de designarse algo meramente no valioso.) De este modo sucede un ordenamiento dinámico de todos los valores entre sí.
Sólo en conciencias diversas podrían existir conjuntamente sin mediación jerarquías diversas de valores. En una conciencia, según la ley de referencia unitaria de todo lo consciente que hemos mostrado antes, aparecen también en relación mutua y son intermediadas. Por consiguiente, para la misma conciencia no hay diversas jerarquías de valor que rijan simultáneamente, así como tampoco hay para ella varios valores no mediados. La mediación de dos jerarquías de valores provoca que una de ellas, o ambas, se disuelvan en favor de una única jerarquía de valor que resulta de la mediación, y que es, bien una nueva, bien una de las antiguas. También esta mediación sucede dinámicamente, es decir, en actos de amar y odiar, preferir y posponer.
3) Pero la jerarquía de valores construida hasta ahora, la complica un factor posterior que hasta ahora no hemos considerado. Un valor que se asume positivamente y al que se le da un puesto jerárquico determinado, justamente a causa de ello, y según la relación medio-fin, provoca que surjan otros valores (valores consecutivos). Pues lo que se exige como medio (es decir, aquí como constitutivo) de la realización del valor afirmado, obtiene mediante ello un valor de medio. Es decir, todo valor propio engendra una serie de valores intermedios.
Todos los valores propios vinculados en una jerarquía, despiden de sí tales valores consecutivos. Un problema especial que resulta de ello es la jerarquización de estos valores intermedios. Pues, según la ley de la unidad de la conciencia, no son valorados sólo en relación con el valor propio al que inmediatamente pertenecen, sino también en relación con otros valores propios e intermedios. Las leyes de infracción y fomentamiento que aquí operan, son:
a) un valor intermedio 1 (respecto de un valor propio 1) no debe infraccionar con otro valor propio 2;
b) un valor intermedio 1 (respecto de un valor propio 1) no debe infraccionar con otro valor intermedio (2, 3, 4...) (respecto de un valor propio 2, 3, 4 ...);
c) un valor intermedio 1 (respecto de un valor propio 1) no debe infraccionar con otros valores intermedios (1‘, 1‘‘, 1‘‘‘ ...) (respecto del mismo valor propio 1 etc.), sino que, más bien, los valores intermedios mencionados deben fomentarse entre sí y a los valores propios.
Si los valores intermedios son también valores propios en otro sentido (según la relación expuesta en II c), entonces el orden de los valores se complica consecuentemente.
Aquí no tenemos que seguir investigando estas relaciones, puesto que lo dicho basta ya para nuestro propósito. Sólo importa ver que todos los valores mencionados entran juntos en una jerarquía de valores que está determinada por los soles de los valores propios y los planetas y satélites de los valores intermedios. En ello, y para seguir con esta imagen, la fuerza de iluminación indirecta de los planetas o satélites irradiados puede ser mayor que la fuerza de iluminación directa de un sol de menor potencia.


d) Los modos como somos conscientes de los valores


Los valores son posiciones espirituales. En cuanto tales, son posiciones en la conciencia. El modo específico en que somos consciente de ellos, es que la voluntad se intuye en su determinación cualitativa misma. Que los valores lleguen desde allí a la reflexión secundaria y puedan reflexionarse por completo, se entiende según la ley por la cual la intuición primariamente reflexionada nunca está dada sino en la reflexión secundaria iniciada, y según la ley por la que la reflexión secundaria, por principio, siempre está en situación de alcanzar la visión primaria.
Los valores, porque son voluntad, no pueden recibirse de modo pasivo, sino que son emitidos (puestos) por actos dóxicos. La voluntad inmanente por la que el valor se pone en su pertinencia y en su deber, afecta al espíritu restante (a la voluntad como voluntad formal) y causa en la conciencia un sentimiento. Por eso es correcto decir que el espíritu se afecta a sí mismo en la posición de valor. Pero precisamente porque es el mismo espíritu el que pone el valor y el que siente, por eso es también necesario concebir en uno el aspecto activo y el pasivo de este acto, y hablar de un proceso medial. Un rayo de la voluntad global (la voluntad inmanente al valor) alcanza a otro rayo de la misma (el libre albedrío), que de este modo es limitado dinámicamente por él. Este limitación causa una afección, y ésta es sentida. Si se mira sólo a la posición de valor, entonces habrá que hablar de actividad pura. Si se mira sólo al sentimiento que ilumina el ser afectado, se hablará de un pasivo ser afectado. Ambos actos (de los cuales la posición activa de valor es el fundante), y ambas intuiciones (la del acto puro y la del sentimiento), juntos, constituyen todo el estado del espíritu en el acto del poner valor.
La evidencia específica de la posición y de la tenencia de valor, puede designarse con un nombre especial. Y una designación tal se recomienda para distinguirla de la evidencia teórica. Para ello he introducido (también ya en publicaciones anteriores) el término de „saciencia“ (de sacire, „asir“). Son evidentes de un modo específico, distinto que las sensaciones sensibles. Están sólo en el acto del movimiento anímico, que aquí es, al mismo tiempo, voluntad ponente (intuida) y afección (intuida) del albedrío.