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Reinhard Lauth, Ética
Traducción de Alberto Ciria

La negación del amor



a) Amor como mero amor parcial


El valor moral exige ser realizado en la realidad. Es realizado ahí donde se ama. Amor significa, como hemos visto, afirmación y cierre de una afirmación recíproca. Pero no amamos con necesidad. El valor del amor tiene que convertirse
en libertad en valor supremo determinante de nuestro querer. Pero eso conlleva también la posibilidad de que el valor del amor sea rechazado. Aunque también en este caso El valor moral sigue siendo un valor que, en el juzgar dóxico, no puede remitirse a un lugar subordinado en la jerarquía de valores, sin embargo, en el sistema de valores elegido entonces, se plantea otro valor en competencia con el valor moral en lugar del amor como valor (subjetivamente) supremo.
La negación del amor podría ser inmediatamente odio del amor, pero, además del odio, es posible aún otra relación con el amor, en concreto una relación en la que se intenta realizar sólo „una parte del amor“ (excluyendo la otra parte que le pertenece). Pero de hecho, esta „afirmación parcial del amor“ jamás puede seguir siendo afirmación del amor. El amor moral sólo puede aceptarse –o rechazarse–
en su totalidad. Si, por ejemplo, alguien quisiera intentar realizar el amor sólo en y sobre sí mismo, entonces querría ser alguien que quisiera moralmente, pero, según esta intención, el otro no debería ser. El otro no sería querido como alguien que ama moralmente. Pero, como la moralidad de la intención propia consiste precisamente en que se quiera la voluntad moral del otro, tampoco en este caso se quiere la voluntad propia como moral.
Una afirmación parcial del amor puede intentarse también de modo que se afirme únicamente un dominio de valor subordinado. Hemos visto que la existencia, la vida, la conciencia y la libertad, son valiosas por mor de la moralidad. Si estos valores se afirman sólo por mor de ellos mismos, entonces se excluye también la moralidad. Pues ser moral significa, justamente, afirmar aquellos valores sólo como valores intermedios o colaterales, es decir, como valores que sólo son valiosos éticamente a causa del valor moral. Tan pronto como el valor moral se deja aparte y en lugar de él se afirma uno de estos valores como supremo,
ipso facto ya no se quiere moralmente. Pues, simultáneamente, se renuncia a la afirmación del valor moral por encima de todos los demás. No rara vez la causa de tal afirmación de valores sólo subordinados es la confusión de los valores propios con los valores de realización. Un valor de realización apremiante parece ser más valioso que el valor propio del amor mismo. Y así, la voluntad valorante pasa del amor moral a un „amor“ parcial tal.
El amor moral nunca puede ser „amor“ parcial de uno de los tipos descritos. Quien
sólo se quiere a sí (o sólo al otro) como amante, tampoco se quiere a sí (o al otro) como amante, pues está excluyendo un momento constitutivo necesario del amor: la voluntad moral del segundo que hay que querer. Pero sin este momento, su voluntad propia no puede ser moral. La voluntad que quiere ser moral por mor del ensalzamiento propio, no es por consiguiente unificable con la voluntad moral. De igual modo, la voluntad de querer el „amor“ sólo por mor de la libertad, del saber, de la vida o de la existencia, es imposible como voluntad moral.
Así pues, la elección consciente y directa del amor moral no significa en modo alguno que con ella se quiera el ensalzamiento de la reputación de la persona propia (el llamado fariseísmo). Es más, ni siquiera puede significar eso. Más bien, la voluntad de ensalzamiento de la reputación propia
por medio de su moralidad realmente efectiva sería siempre una voluntad inmoral. No es posible en cuanto voluntad moral, pues la moralidad degradada a medio no puede ser moralidad.


b) La voluntad en discordia consigo misma


Pese a la contradicción lógica que encierra en sí el concepto aparente de amor parcial como amor moral, el intento de un amor parcial tal es posible, concretamente porque la voluntad de un ser racional finito puede ramificarse en varios rayos de la voluntad y entrar en discordia consigo misma. En tal caso, se intenta amar, y por tanto amar moralmente, sólo una parte de lo que hay que amar. La voluntad se divide en dos rayos y entra en contradicción consigo misma. La posibilidad de una contradicción tal abre en el campo de lo dóxico-práctico un ámbito totalmente nuevo, con consecuencias específicas para la moralidad.
Si se quisiera pensar los fines de la contradicción práctica como uno único, entonces resultaría que representan algo teóricamente contradictorio, puesto que se excluyen mutuamente. Asimismo, ambos se afirmarían
prácticamente en voluntades parciales diversas.
Como se acaba de mostrar, el amor parcial aparentemente moral siempre es en realidad amor inmoral: su valor y su fin contradicen el valor y el fin del amor moral, y, a causa de la contradicción fundamental que se da ellos, aquéllos no pueden unificarse con los últimos. Pero como la contradicción sólo se realiza en
una voluntad fundamental, aunque es realizable en actos concretos de la toma de postura de la voluntad, jamás es realizable en acciones realmente efectivas concretas (ni en la voluntad de obrar que les subyace). En los actos que inician acciones, la voluntad global se concentra en una. Sólo puede hacerse una cosa. Si la acción atañe directamente al fin valioso, entonces sólo puede realizarse una u otra de las dos voluntades parciales que se contradicen en la toma de postura.
Puesto que la voluntad realmente efectiva se realiza en toda una serie de posiciones, las posiciones que asume pueden cambiarse. Pero como toda decisión de la voluntad se retrorrefiere necesariamente a las que la preceden, todas las decisiones se jerarquizan en la voluntad global
única de la persona que las ha tomado o las toma. En una serie tal de decisiones se toma siempre una decisión que rechaza necesariamente todas las demás o las pone detrás de sí, y que en consecuencia ocupa en esta persona el puesto supremo. A esta decisión última le subyace sólo un sistema de valoración.


c) La negación del amor (el odio)


Si la persona advierte la incompatibilidad de las actitudes que se contradicen en el „amor“ parcial intentado, entonces ve también que o bien tiene que sacrificar el amor verdadero al valor meramente subjetivo-empírico que es sólo amor aparente, o bien tiene que sacrificar éste último al amor. Pero no puede sustraerse a la necesidad de tal decisión. Si el „amor“ parcial intentado es sacrificado a la verdadera moralidad, entonces eso es una decisión por lo moralmente bueno. Pero también se puede afirmar el „amor“ parcial y rechazar la moralidad. Pero tras esta decisión, con el „amor“ parcial ya no se quiere, como antes, una supuesta moralidad, sino que aquél es querido con el claro conocimiento de algo que ya no es amor. En ello, la moralidad es rechazada
en cuanto tal. Este rechazo querido del amor como principio supremo determinante, para aceptar algo no moral, es negación dóxica como odio.
Este odio
material hay que distinguirlo cuidadosamente del odio sólo formal. El odio formal es la negación de un contenido que es detestado en tanto que contravalor de un valor positivo elegido. Una negación formal semejante siempre se pone junto con la afirmación formal. Pues, porque a uno le importa un valor determinado –y en la medida en que le importa–, se rechaza su contrario. Quien ama el amor, odia el odio, y viceversa: quien odia el amor, ama el odio. Una negación formal, y enlazada con ella, una negación formal correspondiente, se produce siempre que se valora y se quiere. El odio (formal) que corresponde al amor moral es odio del odio (material) que niega la moralidad. Un odio tal del odio no es otra cosa que el amor moral mismo en la afirmación de su identidad.
El odio material, por el contrario, es odio contramoral del amor moral. Tiene
dos niveles. En el primer nivel, antes descrito, en un odio tal se niega también la moralidad misma, pero por mor de un valor no moral afirmado. El odio consiste aquí en el rechazo del puesto supremo del sistema de valores. Pero en un caso especial –y éste da el nivel segundo y superior del odio–, la voluntad positiva no moral quiere la destrucción de lo moralmente bueno, y en concreto su destrucción moral, no sólo física. Lo bueno no debe ser lo bueno, hay que privarle de su bondad. Aquí, la negación del bien pasa a ser fin último, y la voluntad, una voluntad inmediatamente contramoral. Tal odio de lo moralmente bueno por mor de ello mismo es una voluntad radicalmente mala. Por eso lo llamo el odio radical.