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Reinhard Lauth, Ética
Traducción de Alberto Ciria


Lo moralmente permitido



a) La polivalencia de los medios


A las propiedades de los medios moralmente relevantes que hemos mostrado hasta ahora, se les suma aún otra que se evidenciará como sumamente importante para lo que sigue. Hay muchos medios que,
en sí mismos, no tienen valor ni contravalor, sino que, en cuanto a la posibilidad, son polivalentes en un sentido moral. Por ejemplo, la misma salud que el moralmente volente pretende como condición previa de su actuar, al moralmente malo le puede servir igualmente para actuar, pero para él es un medio para el mal. Lo correspondiente vale para la conciencia y la libertad morales. „Entendimiento, ingenio, facultad de juicio, y todos los demás talentos del espíritu que pueda haber; o valor, resolución, perseverancia en lo propuesto, en tanto que propiedades del temperamento, en un cierto sentido son sin duda buenos y deseables“, dice Kant, „pero pueden llegar a ser extremadamente malos y perjudiciales si la voluntad que debe hacer uso de estos dones naturales, y cuya constitución peculiar se llama por tanto carácter, no es buena. Con los dones de fortuna sucede exactamente lo mismo. Poder, riqueza, honor, incluso salud y todo el bienestar y el contento, con su estado que recibe el nombre de bienaventuranza, causan orgullo, y mediante éste, a menudo, soberbia, cuando no hay una buena voluntad.“
Pero el mismo medio, en
un caso puede evidenciarse como apropiado para algo que hay que realizar moralmente, y en otro caso como inapropiado. Puede haber casos en los que ordene la limitación de una fuerza o de una potencia cuyo desarrollo es necesario en otros casos de realización moral. Determinante en ello es siempre el estado de la realidad considerado con relación a lo moralmente exigido. Por tanto, los medios aquí tratados no tienen en sí mismos valor ni contravalor moral, sino que sólo obtienen uno tal mediante su relación con fines morales o contramorales. También desde éstos son ordenados o prohibidos. La facultad de juicio los juzga como apropiados o inapropiados e incluso perjudiciales. A la capacidad especial de establecer los medios correctos, la llamamos inteligencia.
Entre los medios de realización de lo moralmente bueno, no se encuentran sólo las facultades espirituales de la conciencia y la voluntad libre (con sus facultades parciales como entendimiento, inteligencia, memoria, fuerza de voluntad, entusiasmo, etc.), que correalizan inmediatamente el valor moral, sino también las facultades y fuerzas físicas de nuestra corporalidad, así como las fuerzas puramente físicas y materiales, y por último, también las configuraciones teleológicas físicas y espirituales, los artefactos y las instituciones. En atención a nuestra existencia en el tiempo, estas fuerzas hay que calcularlas no sólo
in actu, sino también in potentia. Además, en la socialización, nuestra comunidad con otras personas conduce a la integración de fuerzas y facultades espirituales en fuerzas y facultades sociales (forces communes), y a los medios y disposiciones que les corresponden, y que posibilitan y determinan la vida social. También todos estos medios codeterminan la tarea moral específica que se nos plantea, concretamente como medios polivalentes que pueden emplearse tanto para lo moralmente bueno como para lo contramoral.


b) La limitación de nuestras posibilidades


Para modificar la realidad a la que referimos lo moralmente debido, se necesita por nuestra parte de una capacidad de acción, y por parte del mundo externo de su modificabilidad. Ambas son limitadas. Lo que no podemos hacer en absoluto, no se nos debe
mandar. Pero no hay que pasar por alto que la exigencia moral de una realización correspondiente, también en este caso se mantiene. (Una exigencia sólo es impensable cuando se trata de algo que no puede pensarse, por ejemplo algo directamente contradictorio.) Pero esta exigencia moral no se convierte en mandato, justamente porque no se dan posibilidades de actuar. Es decir, puede exigirse moralmente algo que no esté mandado, mientras que no puede mandarse moralmente nada que no sea también exigido.
Pero a este lado de lo que nos resulta fácticamente imposible, queda una esfera de lo que nos es posible, pero una esfera limitada, por una parte, por la medida de nuestras fuerzas y facultades, y por otra parte, por la resistencia del mundo externo. En ello, el mundo externo puede posibilitarnos más de lo que somos capaces de realizar con nuestras fuerzas y facultades. Entonces no somos capaces de realizar todo lo moralmente mandado que es aquí posible. Nuestra impotencia impide que, en todo lo que el mundo externo nos deja libre, avancemos desde la toma de postura de la voluntad hasta la acción moral. La limitación de nuestra facultad sólo nos permite realizar algo de lo que desde fuera se nos da como posible. En este caso,
la ley moral manda hacer una elección. Pues no hacer nada porque no se puede hacer todo, significaría no actuar moralmente. La ley moral exige la realización del valor moral en todo lo real. De aquí resultó el mandato de realizar lo mejor de entre lo que nos resulta posible (XIV c). Es mejor realizar al menos una parte del bien que nos resulte posible, que no hacer nada. Lo mejor es escoger, de entre las posibilidades de realización que se ofrecen, aquella que nos permita realizar lo moral más que en los otros casos, o al menos en la misma medida.


c) El permiso moral de la elección de comportamiento


Así pues, en el caso de posibilidades igual de valiosas, se nos manda una elección entre las acciones que nos son posibles. No elegir y no hacer nada, está prohibido. Pero con ello
se permite también la elección, es decir, se nos deja libre qué elegimos. En el caso de posibilidades igual de buenas, no hay en lo moral ningún motivo que nos determine por cuál de ellas debamos decidirnos. Esto hemos de hacerlo por libre arbitrio. Podemos elegir y llevar a cabo una realización o la otra.
Lo mismo vale en el caso de medios igual de valiosos. También aquí vale, en primer lugar, que debemos servirnos de los medios posibles en la medida en que podamos. Pero como no podemos servirnos al mismo tiempo de todos, debemos elegir. Por tanto, debemos elegir con nuestra mejor voluntad
uno de los medios igual de buenos. Lo que nos determina en una elección tal, es moralmente indiferente si, por lo demás, nuestra voluntad está determinada por la ley moral.
La limitación de nuestra facultad cognoscitiva por un lado, y la impostergabilidad del tener que actuar por otro lado, a menudo nos permite establecer sólo con probabilidad qué medio tenemos que elegir. Por eso, las leyes antes desarrolladas vigen también para estos medios y fines que, para nosotros, sólo son probablemente buenos. La circunstancia de que tenemos que actuar, conduce al permiso por parte de la ley moral, en los casos en los que no podamos alcanzar evidencia, de elegir libremente entre medios y fines que probablemente sean igual de valiosos.
El permiso de la libre elección, también posibilita por otra parte la
libre renuncia a uno de varios proyectos y medios que sean igual de buenos. En lo que sigue (cap. XXI d), este permiso será de una relevancia determinante cuando la ley moral exija de nosotros adoptar una mera posición jurídica frente a personas cuya voluntad no está moralmente determinada o sea moralmente indeterminable. El permiso por parte de la ley moral de renunciar, que aquí advertimos, posibilita una cierta sujeción de nuestras fuerzas y facultades, que moralmente no sería posible si no se nos dejara ninguna libertad.
El permiso de la libre elección de una acción determinada y de la libre renuncia, que se corresponde con aquélla, a otras posibles acciones que, consideradas moralmente, son igual de valiosas que la elegida, no significa que nos esté también permitido o incluso mandado limitar la
toma de postura de nuestra voluntad a lo moral. También lo que no podemos hacer, sin embargo debemos quererlo tomando postura moral. Cuando, por ejemplo, me vinculo de hecho sólo con unos pocos hombres concretamente en el amor, porque mis fuerzas no alcanzan para más, eso no significa que, en mi intención, no deba amar a todos los hombres, también a aquellos con los que no puedo realizar positiva y activamente el amor exigido. La toma de postura de la voluntad puede ser siempre universal, y por tanto debe serlo. Otros seres capaces de razón moral nunca deben sernos indiferentes sólo porque no podamos realizar nada para ellos o junto con ellos. Sobre todo, no podemos adoptar ante ellos ninguna actitud contramoral, así como, con relación a ellos, tampoco debemos hacer jamás nada malo. La limitación de nuestro hacer, al fin y al cabo, no es elegida libremente, sino que nos es forzada por nuestros límites. Si nuestra potencia y nuestra fuerza se amplían, entonces también se amplía nuestra tarea moral.
Al determinar la valencia moral de determinadas realizaciones y medios, hay que considerar todos los momentos que entran en juego. Entre éstos, está también la historicidad. Nuestra propia historia previa y perspectivas de futuro, así como también las de los otros, modifican la bondad de determinadas posibilidades.
En la comparación de valores, hay que incluir también a la persona propia (frente a las otras) tal como alguien que no es idéntico con ella la valoraría moralmente si la juzgara. El valor de la persona propia, en sí misma y en su relación con los demás, hay que calcularlo correctamente. Sobrevalorarla, sería egoísta; infravalorarla, sería falaz e injusto. Ambas cosas están prohibidas moralmente. Por eso, en ciertos casos no está moralmente permitido el sacrificio de la existencia propia o de las fuerzas propias. El hecho de que una valoración justa de nosotros mismos nos sea más difícil que la de otras personas, y que seamos propensos a valorarnos, ya sea demasiado alto por egoísmo, ya sea demasiado bajo como seres morales que no juzgan lo suficiente, no debe hacernos ciegos para ver que de nosotros se exige una valoración justa de nosotros mismos, y que estamos estrictamente sujetos a actuar con arreglo a esta valoración. Sólo nos es permitido renunciar a nuestra existencia o a nuestra potencia cuando el sacrificio de ellas es, como mucho, igual de valioso que el sacrificio de la existencia o de las fuerzas de otro. Y eso debemos hacerlo también, porque nuestra voluntad de este sacrificio significa un valor añadido que, con seguridad, podemos realizar, mientras que del otro podemos esperar con una mera probabilidad una voluntad tal.