Reinhard Lauth, Ética
Traducción de
Alberto Ciria
La
disgregación de la voluntad
contramoral
a) El
surgimiento del impulso
Desde el momento de la decisión de no querer ya lo
moralmente bueno, sino la voluntad propia o valores
meramente empíricos, la voluntad entra en discordia
consigo misma (XVI b). La consecuencia última del querer
contramoral sería su propia autoaniquilación (XVII c). A
ella se le enfrenta, en el conjunto de la voluntad, un
segundo querer que busca la autoconservación. Quien de
este modo está en discorida consigo mismo, quiere lo que
no quiere, y no quiere lo que quiere. La voluntad formal
de una persona en este estado, al elegir un fin de la
acción, sólo puede identificarse con una
de las voluntades
parciales en litigio. Por otra parte, cuando la voluntad
introduce una acción, tiene que formarse una voluntad
unívoca. Forzosamente, en el caso de la elección del fin
de una
voluntad parcial,
con ésta entra en discordia la otra excluida, que se le
enfrenta. La decisión formal de la voluntad no puede
destruir a ésta última, justamente porque el contenido
tomado, aceptado en toda su consecuencia, destruiría la
voluntad misma. Por eso, la voluntad parcial excluida se
sigue manteniendo. Se opone a la voluntad formalmente
aceptada, y en el volente pasa a ser una voluntad
resistente, que se opone al contenido empírico
formalmente: pasa a ser un impulso involuntario.
Por impulso no entiendo otra cosa que una voluntad que
resiste al contenido empírico de una voluntad parcial
elegido formalmente. Frente a este impulso, la voluntad
libre, con el contenido empírico de voluntad que ella ha
tomado, se evidencia como relativamente
impotente. Aunque
el libre albedrío es capaz de resistir el impulso y
excluirlo de la determinación voluntaria, sin embargo no
puede privarle de su relativa independencia. El mover del
impulso es incluso condición de la pervivencia del querer
empírico formalmente propio: sin la resistencia del
impulso, éste último se destruiría.
b) Impulso
y menesterosidad
En este punto de nuestras reflexiones, es muy importante
delimitar conceptualmente de modo nítido el impulso.
Sobre todo, hay que hacer clara la diferencia respecto
del deseo natural, porque fácilmente se lo confunde e
identifica con éste.
Siendo querido lo moral, también es querida su
realización (cap. VII). Con esta realización moral, se
quiere la mera realidad efectiva (como constitutivo).
Para realizar la realidad efectiva de la razón, se
necesita un cuerpo (dentro de un mundo corporal), una
corporalidad (dentro de un mundo orgánico), una
conciencia (dentro del ser consciente) y la libertad del
ser (dentro de la comunidad de seres libres). Se necesita
la cultura espiritual (dentro de un mundo corporal), etc.
Todo lo que es necesario para la realización de la
comunidad personal moral, es querido por una voluntad que
quiere realizar lo moral: es para ella una
verdadera menesterosidad.
Necesitamos de estas cosas para realizar el valor moral
del modo exigido. Por eso, la voluntad de estas
realidades no es ningún impulso.
Por impulso entiendo exclusivamente aquel querer que se
opone, con una relativa autonomía, a un determinado
contenido empírico, elegido por la voluntad formal, a
causa de la ley del antagonismo interno que rige al
querer un contenido tal. Si estamos determinados por un
valor empírico, aunque abarcamos una cierta materia
valiosa con nuestra voluntad libre, sin embargo, a esta
materia, en lugar de que constituya el contenido único y
exclusivo de la totalidad de nuestro querer, se le
enfrenta otro querer no elegido libremente, que por sí
mismo persiste y la contradice. Sólo a esta voluntad que
surge involuntariamente y que, conforme a la ley de
antagonismo, resiste al querer empírico formalmente
elegido, la llamo impulso.
c) Impulso
y voluntad moral
El impulso hay que delimitarlo conceptualmente no sólo
respecto del querer empírico libremente elegido y de la
menesterosidad (condicionada moralmente), sino también
frente al propio querer moral. Lo moralmente bueno se
manifiesta en nuestra conciencia como voluntad. El valor
moral, al fin y al cabo, está puesto sólo en el
movimiento anímico. Pero si la voluntad que elige
libremente excluye a lo moralmente bueno del puesto de
valor supremo en la jerarquía subjetiva de valores,
entonces no puede ponerse en ningún lugar secundario de
esta jerarquía. Entra en discordia con el contenido
empírico superior elegido. Esta discordia es por su parte
voluntad, aun cuando esta voluntad, ciertamente, tampoco
la acepte el albedrío. Pero este querer moral discordante
tampoco se identifica con el impulso. El querer moral no
es un complemento del querer empírico elegido. No cae
bajo la ley del antagonismo de la voluntad. No exige un
querer que se le oponga para no suprimirse a sí mismo. No
busca colmamiento en una esfera de valores parciales o de
voluntades parciales. El impulso, por el contrario,
quiere lo que excluye el querer empíricamente determinado
por mor de otro colmamiento empírico, que, asimismo, no
puede ser querido sin discordia en la voluntad.
Un ejemplo podrá aclarar cómo el impulso y el querer
empírico formalmente propio obran conjuntamente de modo
antagónico. Sea dada una determinada persona A que quiere
gobernar a otra persona B. B debe ser sólo medio para
este fin. Pero entonces B, en una consecuencia última,
sería aniquilado como persona. A ya no gobernaría a una
persona, sino sólo a una cosa. Pero A requiere del
comercio con otra persona
para ser ella
misma persona. Por eso, A quiere ser reconocida
por una
persona en su voluntad de gobierno.
Por tanto, A es movido, contra su voluntad declarada, a
querer a B como persona, pero como una persona que acepte
su voluntad de gobierno. Eso significa que hay un segundo
rayo de la voluntad que priva a A de utilizar a B
sólo
como una cosa. A
se siente movido a poseer a B como una persona que tiene
que reconocerla. Si A no cede a este impulso, entonces su
querer propio es aniquilado. Pero si A, en una nueva
decisión, asume en su voluntad a este fin del impulso,
entonces tratará de determinar a B de modo que B se
determine, de modo formalmente
libre, a servirle sólo como medio.
Pero si B quisiera esto real e inequívocamente, entonces
eso suprimiría su voluntad –y por tanto,
indirectamente, también el querer de A–. Así pues,
contra el fin de A formulado hasta aquí, se eleva a su
vez un impulso: el de querer tener a B como una persona
que renuncie voluntariamente a sí misma como persona y,
sin embargo, siga siendo persona libre. Esto se
contradice. Si se cediera a una
parte del fin del
impulso (suprimirse como persona), entonces no se habría
obedecido al impulso. A se habría quedado en su querer
precedente. Si se obedeciera a la otra parte (seguir
siendo no obstante persona libre), entonces la voluntad
de la otra persona tendría que aceptarse como tal.
Entonces A tendría que someterse.
Pero si A se somete a B, entonces no le está sometido de
modo simplemente mecánico, sino por consentimiento
propio. Pero su voluntad libre tendría que buscar la
destrucción de sí mismo como persona para poder ser mero
medio para B. A esta voluntad se le enfrentaría el
impulso de conservar su voluntad propia. Pero esto sólo
es posible si A se sustrae de la determinación a cargo de
B, para realizarse a sí misma en su contenido empírico.
Es decir, A es movida a revolverse contra B. Si esta
revuelta pasa a ser fin de su querer formal, entonces A
tiene que intentar convertir a B en medio de su fin
empírico. Y así se cierra el anillo de las posiciones
antagónicas, y comienza un nuevo giro de este movimiento
circular. Todo impulso elevado a querer formalmente
propio, engendra un nuevo impulso antagónico, porque la
totalidad de la voluntad no puede querer aniquilarse a sí
misma.
Este círculo del querer empírico formalmente propio y del
impulso correspondiente sólo se rompe si se elige lo
moralmente bueno. Entonces se quiere lo que únicamente
puede ser querido sin contradicción. En el ejemplo
anterior, A quiere entonces la autonomía personal de B,
que quiere autónomamente la autonomía personal de A.
Ambos quieren tanto la autonomía propia como la del otro.
Ambos quieren el cierre de sus voluntades en una
comunicación del amor.
Por consiguiente, el impulso no puede coincidir con la
intención moral, porque es necesariamente antagónico con
el querer empírico formalmente propio y, asumido en la
voluntad libre, tiene que engendrar un nuevo antagonismo.
Se mantiene en una discordia constante con el querer
moral, así como el querer moral con él.
d) La
escisión del albedrío formal del poder global de la
voluntad
La voluntad formal es totalmente libre de abrazar aquel
contenido valioso que quiera abrazar, y de elegir los
fines que le corresponden. Pero no está en su poder
unificar en sí toda la intención de la voluntad. La
elección de un fin de valor empírico como el supremo,
conduce necesariamente a la disociación de la totalidad
de la voluntad, y sólo una parte de lo antagónicamente
intentado puede hacerse contenido del querer formalmente
propio, sólo una
de las
intenciones en discordia puede unirse con el albedrío. En
este acto de posición, la voluntad libre ya no es ponente
de toda
voluntad, como lo
era en el caso del querer moral, sino que, junto con el
querer empírico elegido, en la totalidad de la voluntad
se pone aún otro querer involuntario: el del impulso. La
libertad formal sólo puede ser completamente
fundamentante de la voluntad en el querer los materiales
éticos. Si se decide por valores empíricos, entonces le
queda sólo el ponerse a sí misma como voluntad formal y a
aquella parte de las tendencias que ella abraza. Se halla
impotente ante el surgimiento del impulso, que se produce
según la ley del antagonismo. Lo material del querer
sigue una legalidad propia frente al querer formal, que
no es capaz de hacer nada sobre aquélla. Incluso
un sic
volo, sic iubeo, por muy enérgico que sea,
no puede conceder a la materia elegida ninguna unidad ni
fuerza de colmamiento. Aun cuando parezca que el arbitrio
proclama su fuerza suprema determinando completamente por
sí mismo la materia que abraza, sin embargo, en su
voluntad propia, sólo se manifiesta su impotencia frente
a la totalidad del querer que realmente sucede, en la que
se revela el poder propio de lo material frente al yo
formal. Incluso cambiar de la materia de valor empírica
que se abrazó primero, a una preconizada por el impulso,
no modifica nada esta situación. Tampoco la materia del
impulso anterior puede colmar, porque subyace a la misma
ley. A ella se le tiene que oponer una nueva materia de
impulso, de modo que la voluntad formalmente libre sigue
en la misma impotencia de no poder abrazar la totalidad
de la voluntad.
e) La ley
empírica formal
En vista de sus propias consecuencias, el querer empírico
tiene que ponerse límites, si es que quiere evitar su
autosupresión. Por este motivo, el querer empírico se
pone a sí mismo exigencias. Erige una ley.
Esta ley empírica es diferente de la ley moral en
momentos esenciales. Sólo vige hipotéticamente:
si
se quiere aquella
materia empírica y si
esta voluntad no
debe destruirse a sí, entonces tiene que
omitir el ser
consecuente. No deben suceder determinadas posiciones.
Por eso, la ley empírica está orientada de modo
esencialmente negativo: prohibe ciertas acciones (y la
voluntad de obrar que se corresponde con éstas) por mor
de sus consecuencias destructivas. El contenido positivo
de la ley empírica que resulta indirecta y
concomitantemente de esta prohibición, es asumido sólo
para impedir la destrucción. Por el contrario, el
rechazo, exigido en la misma ley, de la destrucción, debe
valer categóricamente. El motivo por el que se establece
la ley, es el querer empírico. Es decir, esta ley sólo
está fundamentada fácticamente. Por eso tampoco tiene,
como la ley moral, fuerza positiva de colmamiento. El
querer positivo de esta ley viene sólo de lo empírico. La
ley misma no puede conceder ninguna fuerza a este querer.
Pero el querer empírico quiere por sí mismo por encima de
la ley que le pone cadenas. Precisamente por este motivo,
la ley empírica formal, en último término, no puede
cumplirse. Más bien, pasa a ser incluso incentivo y
acicate para rebasar sus límites. La obediencia a esta
ley es sostenida sólo por una actitud formalmente
voluntaria, no por una unidad formal-material de la
voluntad. Que falte el cierre de la voluntad impide que
lo querido colme.
f) La
discrepancia entre albedrío, impulso y ley
empírica
La relativa discrepancia y confrontación entre albedrío,
impulso y ley empírica que se ha mostrado hasta ahora, es
la consecuencia característica del querer orientado
empíricamente, que necesariamente entra en discordia
consigo mismo. Mientras que, en la voluntad moral, la
libertad formal está unida con el querer material y este
querer material formal no tiene él mismo discordia
interna, de modo que la voluntad puede armonizarse
enteramente consigo misma y se quiere lo que se debe, tal
unidad le es vedada al querer contramoral. El impulso
tiene que ponerse contra el albedrío orientado
empíricamente, para que éste no se suprima a sí mismo. La
ley va contra el albedrío y el fin del impulso, para
impedir la autodestrucción de la voluntad. Por otro lado,
la ley, el impulso y el albedrío tienen que coincidir en
parte, pero sólo en
parte. El querer formal se
identifica con el empírico en la medida en que ambos
quieren el ser del querer, y no su no ser. El albedrío
tiene en común con el impulso que, al igual que él,
quiere el cumplimiento de la voluntad. El impulso, igual
que el albedrío y la ley, busca la vida. La ley, igual
que el albedrío y el impulso, niega la destrucción. Pero
todas estas afinidades son siempre sólo parciales, y sólo
pueden ser parciales. El antagonismo interno a la
voluntad, engendra necesariamente, en los momentos de la
voluntad, el opuesto que es incluso necesario para la
conservación de la existencia.
g) La
apariencia de una discordia a causa del querer
moral
Sólo en apariencia el querer moral conduce también
necesariamente a una discordia en la voluntad. Esta
apariencia surge porque el querer contramoral se
considera el estado normal del hombre, y la discordia en
la que este querer tiene que estar con el querer moral,
se toma como una consecuencia del querer moral (que se
suma), mientras que es una consecuencia del querer
contramoral. En este caso, el querer empírico se
considera un dato natural que, en último término, trata
impotentemente de interrumpir lo moral. Se argumenta que
lo natural no puede reprimirse a la larga. En el mejor de
los casos, si se le deja su poder propio en su dominio,
se lo puede poner en una cierta armonía con lo moral.
Una argumentación tal se sirve casi siempre de la mezcla
conceptual de las menesterosidades con los fines
empíricos de la voluntad y del impulso (cfr. cap. XVIII
b). En efecto, las menesterosidades son insuprimibles, si
es que queremos existir. Pero entre las menesterosidades
puras y los fines empíricos hay una gran distancia. Si
estamos tan sujetos a los fines empíricos que nuestro
querer moral renovado entra primeramente en contradicción
con ellos, eso se debe a que,
previamente, nos hemos afianzado con libre voluntad en
fines empíricos y no queremos que se nos aparte de ellos.
El impulso nunca existe „por naturaleza“.
Siempre procede de una resolución de la voluntad
orientada empíricamente. Sin embargo, el impulso es
el complemento
del querer
empírico. Por eso, combatir unilateralmente sólo el
impulso jamás puede conducir al fin, puesto que no se
está considerando la verdadera causa, el querer empírico
en el que está fundamentado el impulso. Pero el
fundamento del querer moral es única y exclusivamente la
voluntad formalmente libre junto con la jerarquía de
valores que ella elige, en la que, a su vez, se
encuentran fundamentadas todas las resoluciones para la
acción. No existe una puerta secreta por la que el
impulso se introduzca en nosotros. El impulso entra,
junto con la libre resolución, por la puerta de delante,
pero ciertamente se escapa por la puerta de detrás. En
esta situación, la voluntad moral ya no es voluntad real,
sino sólo deseo.
