Versión para imprimir

Reinhard Lauth, Ética
Traducción de Alberto Ciria



Satisfacción y cumplimiento moral



a) La exigencia moral de la bondad universal


El valor moral, al manifestarse en la realidad efectiva, aparece con la exigencia de que todo lo real sea bueno. Esta exigencia se refiere a la realidad efectiva en todo tiempo, luego también a lo pasado y a lo futuro. Lo contramoral no debe ser jamás.
Contra ello puede objetarse que es imposible hacer que lo pasado no haya sucedido, luego la ley moral exige algo imposible: pero lo imposible no puede exigirse. Pero lo que ahora es pasado, cuando ocurrió, no tuvo que ser como fue. Sólo merced a una decisión libre se ha hecho lo que es. La ley moral exigía que el querer, en aquel momento en que ocurrió, fuera realidad efectiva moralmente determinada, y esto pudo haberlo sido. En esta medida, la ley moral no exige nada cuyo contrario fuera impensable. Pero lo que es posible de pensar, también puede exigirse. La pregunta es sólo si y cómo puede realizarse esta exigencia, una vez que el mal ha sido querido y se ha hecho acción.


b) La satisfacción


A la exigencia de la realidad efectiva universal de lo moralmente bueno, se le opone el hecho de la contramoralidad del querer y el actuar libre, que contradice esta exigencia y que hace imposible un cumplimiento del sentido, un cumplimiento del sentido que, sin embargo, se exige junto con la manifestación del valor moral que el concepto de sentido encierra en sí. Quien ha vulnerado la moralidad, con su conversión posterior no puede suprimir su contramoralidad anterior, aunque tiene que querer purgarla. La expresión de esta voluntad son el arrepentimiento y la exigencia de restitución.
En último término, con la exigencia de restitución, estamos exigiendo que aquella voluntad anterior no sea mala, sino buena. Pero esta voluntad anterior
es mala, y la voluntad posterior no la hace buena. Por consiguiente, parece que una restitución es imposible. El fáctum discordante de la maldad moral consiste y es en la voluntad, aun cuando ésta la consideremos supratemporalmente, puesta como el querer moral, apartada de la dominancia, pero en cualquier caso realmente efectiva. Tampoco puede olvidarse. La facultad de juicio puede olvidar, pero no la imaginación reproductiva. Si pudiera olvidar, entonces la identidad del yo estaría destruida, y la persona aniquilada. La realidad efectiva del pasado permanece, y nada puede suprimirla.
Pero hay un modo como puede producirse la restitución, concretamente de modo que la voluntad moral sea suprimida por una voluntad cuya bondad pura esté capacitada para una acción tal.
Si sólo deseamos algo malo, entonces, en el auténtico cierre de la voluntad, este deseo está rechazado. Nuestra voluntad real fundamentante de acción no es este deseo, sino algo distinto. Si queremos algo malo (y no sólo lo deseamos), entonces lo bueno lo rechazamos. Pero si nos juntamos con otro yo en una interpersona, entonces decide únicamente la voluntad común, y ya no la particular. Entonces, la voluntad sólo
de una persona ya no es la voluntad común, sino que ésta es la de las dos personas. Pues bien, en el momento en que una persona concreta se decide contra el bien, está queriendo el mal y no el bien. Pero podría haber otro que rechazara su voluntad en tanto que (posible) voluntad común. El querer del individuo se relaciona con la voluntad común de la interpersona como el deseo con la voluntad. Pues una voluntad verdaderamente común en el mal no la hay, sino sólo una comunicación en el bien.
Si quien se ha convertido a la moralidad se enlaza con el querer moral de un tú que lo llama al amor, entonces su decisión común es el rechazo de la decisión meramente individual de
uno de ellos por el mal. Su decisión común es entonces una decisión puramente moral.
Sin embargo, esto exige, por parte de quien acepta al convertido, que cargue conjuntamente con su voluntad, es más, que se identifique con ella. Tiene que cargar también con la voluntad moral rechazada como común a ambos, es decir, como la suya propia. No es que él tenga que querer lo malo: eso suprimiría toda vida moral. Sino que tiene que cargar con la voluntad individual mala en tanto que la suya propia.
Digo: „en tanto que la suya propia“, y no: „como si fuera la suya propia“. El otro no debe decirse: asumo este querer como el mío, pero, en último término, no lo he querido. Sino que tiene que identificarse completamente con el pecado del tú, tiene que asumir este pecado en tanto que pecado común y, por tanto, en tanto que el pecado propio, sin, pese a todo, pecar. En esta identificación, se produce la prevalecencia jerárquica del bien sobre el querer malo. Pero si la voluntad de quien acepta es una voluntad buena pura, sucede aún algo más: siendo libre de culpa, carga con aquella culpa en tanto que propia. Y merced a esta
sobrebondad, la culpa es superada y purgada en ella.
La mera apropiación de aquella culpa sólo significa una participación estéril en la carga del pecado. El mero rechazo significa el rechazo de la culpa, pero no su purgación. Sólo la apropiación puramente amorosa, no debida al individuo del otro, en la voluntad de satisfacción, suprime el mal, lo expía y lo purga. Quien expía hace más que sólo ser él mismo bueno: carga con la maldad del otro en tanto que propia, rechazándola al mismo tiempo.
El acto de satisfacción exige una tremenda humildad por ambas partes. Quien expía por voluntad puramente buena, carga con una culpa sin ser culpable. El hombre que es expiado, acepta el don libre de una moralidad ajena, que con ello pasa a ser la propia. Ambos cargan con el peso del otro, porque los mueve un mismo amor.

c) La aparición de una persona moralmente perfecta como culminación de la moralidad


El amor restituyente exige que en nuestra realidad efectiva se manifieste
una persona puramente moral. Pues ninguna persona sólo parcialmente moral puede expiar, pues tendría que aceptar sólo el bien con una voluntad global, que en parte querría el mal. Ella ya lleva su propia culpa. Ciertamente, también quien ha vuelto a hacerse bueno mediante la revolución de la voluntad fundamental, puede tratar de asumir el pecado del otro como el suyo y expiarlo. Pero sólo puede purgar expiatoriamente aquellos pecados que él mismo rechaza por completo. Pero en la totalidad de su querer, el pecado está parcialmente afirmado. Así pues, no puede expiar completamente, porque no es capaz de ninguna sobrebondad. Por eso, toda moralidad realmente efectiva, si es que no ha de ser imposible, requiere que en ella opere un ser perfectamente moral.
Sólo la aparición de este ser,
la encarnación del bien en una persona, completa la moralidad en la realidad efectiva. Pues, al margen de si la voluntad finita se vuelve al mal o no, sólo el amor perfecto, al menos de una persona, hace posible el amor interpersonal completo. La satisfacción de la culpa sólo es un caso posible de la plena realización del valor moral. El otro sería el de una unificación de dos personas cuya voluntad fuera puramente sin culpa. Pero la realización del bien siempre está dada sólo con la síntesis de la libertad finita con lo material del valor moral y la voluntad inmanente a ella, mediante el sí libre al sí eterno del amor encerrado en el valor moral. Por eso, Jesús y María son la imagen perfecta del amor realmente efectivo.