Versión para imprimir

Reinhard Lauth, Ética
Traducción de Alberto Ciria


Definición de la ética y de la ciencia de la ética.





a) Discusión general de la posibilidad de tal definición conceptual


Ninguna tarea científica puede resolverse de modo determinado y unívoco si previamente no se ha definido con precisión. La primera exigencia de una fundamentación de la ética es, por tanto, una definición conceptual de lo que aquí se llama ética. Hasta hoy, el concepto de la ética no es aún en la filosofía un concepto con validez universal. Más bien, el término „ética“ se emplea para diversos conceptos, aunque estén emparentados entre sí. Así pues, primero hay que definir qué ha de entenderse en lo sucesivo por ética.
Para la ética como una disciplina parcial de la filosofía vale, en cuanto a su definición conceptual, lo mismo que para la definición conceptual de la filosofía misma y de sus otras disciplinas. De los modos de definición conceptual que en sí mismos son posibles: a) la constatación histórica, b) la fijación arbitraria y c) la deducción conceptual, los dos primeros se excluyen. Una constatación histórica del contenido conceptual de la ética presupondría un concepto inductivo completo del significado de la palabra „ética“, como también de todas las formas que se presentan como ética. Pero como hay numerosas definiciones históricas de la ética que ya no nos son accesibles, la realización de tal inducción completa no es posible. Además, su resultado, si se pudiera obtener, sólo permitiría conocer lo que en el curso de los tiempos se ha considerado predominantemente como ética, pero de este modo no se obtendría de ninguna manera una forma conceptual necesaria (inteligida en cuanto tal) dentro del conjunto de los conceptos fundamentales de la razón. Por otros motivos se excluye también el procedimiento de una fijación conceptual arbitraria. Si en el título de este tratado se anuncia una fundamentación de la ética, de modo normal y honesto eso sólo puede significar que se trata de la fundamentación de lo que socialmente se entiende ya (más o menos) por ética. De otro modo, para una cosa nueva y distinta, el autor debería haber escogido también otra designación. Por lo demás, con una mera definición conceptual arbitraria de la ética tampoco se ha hecho nada científicamente.
Si esta definición ha de obtener una relevancia científica, entonces, en lo sucesivo, hay que discutir y aclarar los momentos parciales determinantes del concepto en su relación conceptual recíproca, lo cual conduce al camino de la deducción conceptual, es decir, a aquel procedimiento que aquí resta aún como el tercero. Es decir, por los motivos mencionados, nos vemos remitidos a esta tercera vía.
Al recorrer este camino para la definición de la ética, es esencial que se acredite un concepto racional necesario. Por cuanto respecta a la identificación de este concepto con lo que históricamente se presenta como ética, basta con que el contenido significativo determinado coincida, dentro de ciertos límites, con lo que en la sociedad se entiende por „ética“. No cabe esperar una coincidencia total, y ni siquiera es necesaria una preponderancia cuantitativa de una comprensión semejante, puesto que se trata de un concepto cualitativamente acreditado.
En lo que sigue, la ética se define como la doctrina científica de la moralidad (en tanto que querer el bien). Para demostrar ya aquí desde el principio que con esta definición se da con un contenido significativo extendido de la palabra „ética“, basta con citar a Hans Reiner, el más significativo científico de la ética de Alemania en la actualidad, quien en su obra Die philosophische Ethik (La ética filosófica, Heidelberg, 1964), escribe: „Por „ética“ se entiende hoy por término medio en todas partes la ciencia de la moralidad. En ello, por „moralidad“ se entiende aquel dominio vital que tiene que ver con la diferencia entre bien y mal, así como con las normas generales de nuestro actuar vinculadas con aquélla, y que aparecen como exigencias morales a nosotros.“ (p. 15)

b) Nota sobre la elección del término „ética“


Si en este tratado se da preferencia a la palabra „ética“, eso no debe prejuzgar nada en cuanto a expresiones afines. La elección del término „ética“ la hacemos sólo apoyándonos en el uso lingüístico hay predominante. En otros tiempos se preferían las expresiones „doctrina moral“ y „doctrina de las costumbres“.
significaba, cuando la palabra se empezó a emplear filosóficamente, „la costumbre“, „el carácter“.  designaba la parte de la filosofía que se ocupaba de los fundamentos de la moralidad y del actuar moral. En la lengua latina, esta disciplina se designaba como „philosophia moralis“, refiriéndose a la palabra mos, „la costumbre“. También en la palabra alemana Sittenlehre, „doctrina moral“, se emplea la palabra Sitte, „costumbre“.
Estas circunstancias lingüísticas, en último término no pueden ser determinantes para el uso filosófico-científico. Según parece, se empleaban palabras como „Sitte“, „mos“, „
“, porque para lo que se quería decir especialmente en la disciplina científica de la que nos ocupamos, para lo que también hoy designamos de modo inapropiado en alemán como sittliche Gutheit, „bondad moral“, no se hallaba ninguna expresión más adecuada. Pero la ética, tal como se define en este tratado y como, por lo demás, se entiende en general, no tiene nada que ver con la costumbre, es decir, con un modo de comportamiento (externo) practicado y exigido por la sociedad ante sus miembros e instituciones, sino más bien con la moralidad (y no con las usanzas). Una conducta acostumbrada, bajo ciertas circunstancias, también puede ser inmoral, y un actuar moral, por su parte, puede ir en contra de la costumbre. En lo que sigue, por la palabra „ética“ no se entiende sino lo que se establecerá con la definición del término que seguirá más adelante.
Sin embargo, contra el empleo de la palabra „ética“ en el contexto de lo que sigue, puede objetarse que, en cierto modo, contradice el lenguaje. Pues, como se acaba de exponer, la disciplina que aquí se ha de tratar no se refiere a la costumbre (
), sino a la moralidad. Es también meramente la circunstancia de que los idiomas que son relevantes para el tratamiento del tema no ofrecen ninguna expresión más apropiada para el asunto que hay que desarrollar, junto con el empleo socialmente dominante de la palabra „ética“, lo que nos mueve a quedarnos con esta palabra.
Se puede aducir (como yo mismo hice en exposiciones anteriores ) la palabra
, que ya en la Antigüedad se empleaba con el significado de „voluntad“, „resolución“, con su significado predominante en la época bizantina: „gloria“, „fama“, „loor“. Como mostraré en lo que sigue, la alteza y la gloria son dos caracteres esenciales: la alteza es incluso un rasgo esencial exclusivo de lo moralmente bueno. Con ello, la palabra „“ se emplearía específicamente para designar el valor „práctico“, y especialmente (en sentido estricto) lo moralmente bueno. Un uso semejante se recomienda también a causa del empleo inadecuado de la palabra „práctico“ en la filosofía. La ciencia de lo moralmente bueno significaría entonces, adecuadamente, doxología. En todo caso, aquello que concierne al bien (ya sea lo moralmente bueno o lo que empíricamente se considera bueno), en este tratado se designa con el término „dóxico“. Con ello, debe expresarse también lingüísticamente en la terminología filosófica la diferencia respecto de los conceptos „costumbre“, „moral“, por un lado, y „praxis“, „práctico“, por otro.


c) Deducción conceptual de la ética a partir del concepto de ser espiritual


Frente a los términos „doctrina moral“ y „doctrina de las costumbres“, el término „ética“ tiene el inconveniente de que, con él, se designa tanto la conducta moral misma como la ciencia de la moralidad. Por eso, en lo que sigue, en todos los lugares en que se exija la claridad del concepto, se hablará por un lado de ética, y por otro lado de ciencia de la ética. Aquí ha de deducirse primeramente el concepto de ética, no el de la ciencia de la ética.
Por ética (moral, moralidad) se entiende –y eso lo concederá cualquiera–, una conducta de un ser espiritual, racional. Es decir, la ética tiene que poder deducirse del ser y del comportamiento racional en general como un determinado modo suyo.
La esencia específica de todo ser racional en general es el afirmar. El afirmar consiste en una síntesis de elementos de conciencia en relación con la verdad, que siempre es reivindicada para esta síntesis, pero que sólo en ciertos casos está también asegurada. El afirmar en sí se descompone a su vez, en una primera disyunción, en los modos del representar, querer y actuar (tomando éste último activa y pasivamente, es decir, también como padecimiento consciente voluntario y como mero conducirse). En una segunda disyunción, el afirmar se descompone en los dos modos del afirmar meramente teórico y del afirmar el valor, especialmente el afirmar dóxico-ético. En el caso del afirmar meramente teórico, se pone un ser (ya sea en un caso singular o esencialmente). En el caso del afirmar dóxico, se pone un deber. Las afirmaciones dóxicas hay que determinarlas, primeramente, como posiciones de valor, valoraciones, posicionamientos frente a un valor, decisiones de valor. De estas posiciones de valor forman parte, sin embargo, también aquellas a las que la ética no se refiere, como por ejemplo juicios estéticos o jurídicos. Juicios de valor pasan a ser específicamente juicios dóxicos sólo cuando se refieren a lo que hay que querer y hacer, y a lo que ha de ser conforme a una voluntad tal. Dentro de las afirmaciones dóxicas en sentido amplio se perfila a su vez una clase de afirmaciones que se caracterizan porque surgen con una exigencia especial de validez universal, exigencia que ellas también fundamentan (aparente o efectivamente). Éstas son las afirmaciones específicamente éticas (morales).
Es común a los juicios meramente teóricos y a los juicios dóxicos que enuncian que hay que aceptar algo determinado (y por tanto rechazar su opuesto). Pero, en un caso, la razón teórica debe aceptar algo como fáctum, y en el otro caso, la razón práctica (dóxica) debe aceptar algo como intención voluntaria. El motivo que se aduce para que algo determinado sea indicado para ser aceptado, y para que sea correspondientemente aceptado, puede ser de naturaleza muy diversa. Como fundamento justificado (fundamento de legitimidad) puede valer sólo si es evidentemente verdadero.
Si desde esta disyunción en el afirmar retrocedemos a la misma disyunción, igualmente clasificatoria, en representar, querer y actuar, entonces podemos conocer que el afirmar dóxico se realiza no sólo en el representar, sino también en el querer y el actuar. Querer significa convertir algo en intención, y de modo correspondiente –en los casos posibles– iniciar un actuar. Actuar significa realizar preferentemente una intención (frente a otras intenciones posibles) de un modo determinado. Quien quiere algo y actúa de un modo determinado, lo hace siempre en la realización de un posicionamiento valorante de la voluntad, de un afirmar y negar voluntarios, y por tanto en la forma de un afirmar dóxico éticamente relevante.
La esencia específica de todo ser racional la hemos definido como afirmar. Pero aparte del afirmar, a un ser racional le es posible también el dudar (oscilar) y el preguntar (buscar). Dudar y oscilar (= problematicidad) significan ir de un lado a otro sopesando entre diversas afirmaciones posibles. Preguntar, buscar, significa lo mismo pero con la determinación adicional de que eso sucede con la intención y la exigencia de solucionar la problematicidad en un afirmar firme. Duda y pregunta incluyen ya en sí en cuanto tales un afirmar positivo, a saber: 1) que se sopesa o se pretende una síntesis determinada; 2) que se duda o se pregunta; 3) que la verdad se sopesa o se busca; y 4) que hay verdad. Duda y pregunta representan, por tanto, actos auxiliares del ser espiritual para su acto propiamente esencial, el afirmar, y sólo pueden ser por medio de y con relación a un afirmar. En el ámbito dóxico, la duda significa un oscilar de un lado a otro entre diversas cosas que hay que afirmar o negar voluntariamente, y la pregunta, un buscar (o deliberar) un afirmar positivo dóxico y un actuar práctico correspondiente.
La afirmación en general es necesariamente consciente. Sólo lo que un ser racional pone consciente y voluntariamente, puede designarse afirmación. Lo que vale para la afirmación en general, vale también para la afirmación dóxico-ética: sólo lo que un ser racional pone en su saber y su querer, puede afirmarse dóxica y éticamente de él. Esto vale tanto para el afirmar en tanto que representar y querer como para el afirmar en tanto que acción. Un querer por un motivo real que se encuentre más allá de la conciencia –suponiendo que tal cosa fuera pensable–, no sería ya un querer, sino sólo un proceso objetivo y fáctico. Lo mismo vale para el actuar. Lo que no sucede por un querer consciente, no puede ser un actuar, sino sólo un suceso fáctico.
A partir de las relaciones conceptuales explicadas, resulta la definición conceptual de la ética. Ética es un afirmar. Más específicamente, es un afirmar de tipo dóxico, es decir, de un tipo que se refiere a lo que hay que querer. En cuanto tal afirmar dóxico, la ética se realiza en el representar, querer y actuar. Específica de la ética es su exigencia de validez universal y la legitimación que ella da a esta exigencia.
El modo específico de este afirmar lo resumimos en el término „ética“ („moral“, „moralidad“).
De esta definición positiva se sigue lo que la „ética“ no es:
1) No es un mero dudar o preguntar lo moralmente bueno. Estos actos pueden y tienen que introducirse en la ética con una función auxiliar, pero, tomados en sí mismos (es decir, excluyendo todo afirmar positivo), no representan ninguna „moralidad“.
2) No es un representar meramente teórico. No pone lo que es, sino lo que debe ser. Es afirmación voluntaria, no posición sólo representativa de lo fáctico.
Detengámonos, ya en este punto, en una dificultad fundamental de la ciencia ética: en tanto que algo se afirma con una voluntad de valor, es puesto dóxicamente (es decir, es puesto como algo que debe quererse, que debe ser). Pero este afirmar y negar dóxico siempre es también al mismo tiempo un fáctum, un hecho. Precisamente, no sólo es puesto dóxicamente, sino que también es puesto dóxicamente. Este fáctum es aquí, necesariamente, fáctum de la conciencia, es decir, un fáctum que es consciente. Sin embargo, el saber de ello es, desde el lado meramente fáctico del afirmar dóxico, un fáctum meramente teórico. En tanto que yo quiero algo, sé al mismo tiempo (como un fáctum) que lo quiero. Este saber último, meramente teórico, del fáctum del poner dóxico, no hay que confundirlo con la posición de voluntad en su potencia dóxica. Lo uno no debe ser sustituido por lo otro por medio de un desplazamiento conceptual. En efecto, la proposición „esto debe valer (para la voluntad)“, implica siempre también el mero hecho de que algo se pone como debiendo ser. Pero el lado fáctico no es idéntico al dóxico. Es decir, las afirmaciones éticas siempre pueden leerse de modo doble: según su carácter concomitante como afirmaciones fácticas (de tipo dóxico) o según su enérgico carácter esencial como fundamentaciones dóxicas de valor.
Naturalmente, el fáctum de la fundamentación de validez sólo puede conocerlo quien realiza él mismo la fundamentación de validez en el movimiento anímico, o que al menos lo comprende. De otro modo no hablaría de una fundamentación de validez, sino de un ser que en su carácter específico le resulta totalmente desconocido y que para él es meramente fáctico. Hablaría de la fundamentación de validez como un ciego de los colores.
Esta circunstancia fundamental incluye en sí otras dos:
a) Las afirmaciones dóxicas siempre implican también (según su materia) afirmaciones meramente teóricas (pero no al revés);
b) La ciencia de la ética es ciencia de la propia fundamentación de validez, no sólo del hecho de fundamentar validez (cfr. cap. I d).
3) La ética no es un mero querer fáctico. Considerándolo al margen de su posición fáctica de validez, el querer es un hecho ontológico, y en cuanto tal puede considerarse también científicamente. Pero el tratamiento del querer fáctico no se hace en la ética, sino en la ontología.
4) Además, la ética no es un mero actuar fáctico. También éste es, en tanto que fáctum, objeto de la ontología, de igual modo que el querer tomado fácticamente.
5) La ética no es tampoco un afirmar valor en cualquier sentido de este término. Por ejemplo, el afirmar estético y el afirmar jurídico de valor, no son afirmaciones éticas. Aunque en el curso de nuestra investigación resultará que la ética fundamenta también el derecho (cfr. cap. XXI), sin embargo el mero derecho, y las afirmaciones de derecho fundamentadas en él, sólo están condicionadas éticamente, y, en consecuencia, son sólo condicionalmente éticas. La doctrina del derecho se hace cargo de este condicionamiento sólo en su fundamentación, pero no en sus determinaciones internas. La ética sólo abarca aquel afirmar que concierne a lo que hay que querer y hacer incondicionalmente.
El afirmar valor sólo pasa a ser afirmar específicamente ético cuando no pone algo simplemente como algo que hay que querer, sino que eso también lo fundamenta y lo legitima.
Por consiguiente, la definición de la ética (moral, moralidad) dice:
Ética es un afirmar (en el valorar, querer y actuar) concerniente a lo que hay que querer y que se legitima.


d) Derivación conceptual de la ciencia ética


A diferencia de las palabras „moral“ y „moralidad“, la palabra „ética“ se emplea hoy predominantemente como „ciencia de lo moral (de la ética)“, y no como „moralidad“. Volviéndonos a este significado fundamental, planteamos la pregunta por su esencia como ciencia.
En una ciencia ética, el concepto de ciencia hay que presuponerlo como conocido de otra parte. Desde luego que, quien no tiene un concepto del saber, no puede hacer ningún tipo de enunciados científicos vinculantes. En este punto, sólo puede decirse a modo de resumen lo que es la ciencia.
Sólo concedemos dignidad científica a aquellas representaciones que se acreditan como fundamentadas en la verdad. En ello, pueden acreditarse inmediatamente o por medio de otros enunciados que ya estén asegurados en la evidencia. Pueden mostrarse tres modos de la evidencia : fáctica, apodíctica y genética. En la evidencia fáctica se ve que algo es de hecho o que debe ser; en la evidencia apodíctica, se ve que algo se piensa necesariamente o que se acepta voluntariamente. La evidencia fáctica acredita en la intuición inmediata; la evidencia apodíctica acredita mediante intelección de una conexión necesaria. Pero la demostración de que algo se percibe como siendo o se piensa necesariamente, no elimina de modo suficiente la duda de que, en verdad, podría ser de otro modo a como está puesto o tiene que ponerse en la representación. Esta duda radical la elimina sólo la evidencia genética, que por eso es la única que, en sentido estricto, merece ser considerada como evidencia. Por evidencia genética hay que entender la intelección de una autofundamentación de algo como verdadero. En ella se conoce que algo visto es en verdad como se ve. Por eso, sólo puede aparecer ahí donde algo representado es de tal modo que puede conocerse inmediatamente desde sí, que es como se presenta y que se presenta como es. (Una evidencia genética tal la tenemos sólo en el saber de lo moralmente bueno.)
Pero lo que no es inmediatamente evidente desde sí, puede en muchos casos hacerse evidente mediatamente. De este modo, lo que es evidente de modo fáctico y apodíctico, se acredita mediatamente desde lo genéticamente evidente a través de la conexión que esto último entabla con aquello.
La ética ha de ser ciencia de lo moral. Así pues, su saber, como un modo del saber en general, queda bajo las determinaciones generales del saber. También los enunciados de la ciencia ética son enunciados que tienen que basarse en la evidencia, y finalmente, en la evidencia genética.
La ética como ciencia tiene que ser un afirmar fundamentado en la evidencia. Ya se analizó (en I c) de qué modo puede definirse el afirmar. La complicación especial que conlleva el concepto de la ciencia de lo moral, la ocasiona el que la ciencia moral, como saber, es un afirmar, pero que, al mismo tiempo, en cuanto tal saber, tiene un objeto específico (justamente la ética en el sentido simple de la palabra, la moralidad), que, a su vez, es ya un afirmar (que en este caso concierne al querer). El afirmar de la moralidad simple es afirmar dóxico. ¿Pero de qué tipo es el afirmar en la ciencia de la moralidad? Esa es la pregunta superior que aquí se plantea.
Arriba hemos expuesto que todo saber se basa en la evidencia, y en último término en la evidencia genética. Pero la evidencia genética es evidencia dóxica, pues es el saber del bien, es decir, realización de la autofundamentación y autolegitimación del bien. Es decir, en la ciencia de la ética tenemos que esperar un afirmar dóxico. Pero la ciencia ética no es doctrina del saber en general, sino doctrina de un saber específico, justamente del saber de la moralidad. Como todo saber específico, hay un lado, concretamente el lado del género, desde el cual también este saber obtiene su determinación desde la esencia del saber en general. Pero eso, el saber de la ciencia de la ética lo tiene en común con el saber de otras disciplinas filosóficas, por ejemplo con el saber ontológico. Pero en la ética como disciplina específica, no se pregunta sólo por la fundamentación desde el saber en general, sino también por los modos específicos del saber que le son propios. Por eso, la pregunta más especial aquí es cuál es el modo especial de saber de la ciencia específica que debe ser la ciencia ética.
Como disciplina filosófica, la ciencia ética pregunta por principios, aquí especialmente por los principios de la moralidad. La filosofía en general es conocimiento del conjunto de la realidad en sus principios. La ciencia ética es el conocimiento de la moralidad en sus principios.
Mediante esta determinación, obtenemos primeramente un carácter del saber de la ciencia ética que lo diferencia del saber de la moralidad simple (de la ética). La moralidad afirma también desde un principio, pero no necesita ser reflexivamente consciente del carácter formal de este principio. Juzga desde un principio, pero no en un conocimiento abstracto del carácter (formal) del principio respectivo. Por el contrario, la ciencia ética establece afirmaciones sobre el principio de la moralidad como principio concebido abstractamente. Es decir, la ética como ciencia de la moralidad surge sólo mediante un conocer que ve de modo abstracto y reflexivo, y que comprende, la esencia de la moralidad. Es evidente que este conocimiento sólo es posible mediante la relación intuitiva y concipiente con el acto ético primario de afirmación.
Si se ha comprendido esto, entonces se plantea la pregunta siguiente de si el saber específico de la ciencia de la ética, a su vez, es saber meramente teórico o dóxico. La respuesta tiene que decir: justamente porque el saber secundario de la ciencia ética sólo es posible en una referencia cognoscitiva al afirmar ético primario, mientras que esta referencia cognoscitiva exige en lo intuido la autorrealización del saber ético primario, justamente por ello el saber de la ciencia ética no puede ser un saber meramente teórico, sino que implica él mismo necesariamente el acto dóxico.
La diferencia con el mero afirmar ético es sólo que el acto dóxico, en la ciencia ética, se realiza en el nivel del saber principial del saber. La fundamentación de validez de lo moral es puesta, de modo reflexivo y abstracto, como fundamentación principial de validez en el saber del saber.
Así pues, el saber de la ciencia ética es también saber dóxico. Pero como este saber dóxico (según las exposiciones en I c) implica siempre un saber fáctico, entonces esto vale también para el saber de la ciencia ética: en tanto que saber dóxico, de modo implícito es también necesariamente saber fáctico. Pero esto no lo es sólo de modo implícito, sino también explícito. Pues, dado que su carácter esencial es ser saber del saber, tiene que ser también saber reflexivo de lo fáctico puesto en él. Además, el saber ético simple refiere ya sus posiciones dóxicas a los datos fácticos. El saber superior de la ciencia ética reflexiona a su vez sobre esta referencia en su estructura principial.
De lo dicho, se sigue lo que la ciencia ética no es:

I. Nunca es saber de lo particular, sino siempre sólo saber de lo principial en el ámbito de la moralidad.
II. En tanto que tal ciencia de lo principial, no es:
1) saber del representar fáctico moral. Esta determinación es, para la ciencia filosófica, de una relevancia especial. Históricamente ha aparecido una disciplina que, supuestamente, sólo quiere conocer el fáctum del afirmar moral (en principios). Aun cuando fuera posible un conocimiento principial tal meramente del fáctum de la moralidad, sin embargo tal conocimiento no sería ética (como ciencia), sino ontología (o tal vez sociología) del ser moral. Pero la ética no pregunta por el fáctum de la fundamentación de validez (y sus consecuencias), sino por la fundamentación de la validez. Un conocimiento principial meramente teórico del fáctum de lo moral, tal como ha de producirse en una ontología tal (sociología ), no es posible en el sentido pretendido. Como se mostró arriba (en I c, 2), el conocimiento de lo moral como fáctum presupone un conocimiento dóxico moral. De otro modo, acerca del fáctum específico que se ha hecho objeto de la investigación principial, no puede hacerse ningún enunciado de relevancia cognoscitiva. Pero el sociólogo de la moralidad que quiera hacer enunciados sobre el fáctum de la moral, tiene que entender este hecho mismo. Pero la moralidad se reconoce sólo si se realizan juicios éticos en actos espirituales (en el movimiento anímico). Además, la moralidad sólo se realiza cuando la evidencia genética se realiza. Es decir, sin evidencia genética no hay ningún acto espiritual que ponga lo moralmente debido; sin este acto espiritual, no hay ningún fáctum de lo moral; sin este fáctum, no hay ninguna ciencia del fáctum de lo moral. Así pues, es imposible una ciencia del fáctum principial de la moralidad que se limite a constatar y explicar de modo meramente teórico, sin una realización cognoscitiva dóxica.
2) Asimismo, la ciencia ética no es una ciencia meramente teórica del querer y actuar fácticos. Las razones de ello son las mismas que las indicadas en 1). Pero el representar, el querer y el actuar, desde su lado fáctico y en el contexto del tratamiento de la moralidad como un afirmar fundamentado del bien, pueden pasar a ser objeto parcial de la ciencia ética.
En la ciencia ética, la explicación del lado ontológico del representar, querer y actuar dóxicos (en su carácter fáctico), sucede sólo en el contexto de la fundamentación de validez de lo moralmente bueno y en la discusión de las consecuencias que resultan de ella. Pero en sí misma, toda explicación corresponde a la ontología, es decir, a la doctrina general del ser espiritual. Desgraciadamente, el término „filosofía práctica“, que atraviesa toda la historia de la filosofía, una y otra vez ha movido fuertemente a una confusión en este asunto. La ciencia ética no es filosofía práctica en el sentido de que sea una praxis y no una teoría, ni lo es en el sentido de que su objeto específico sean el actuar y sus principios. Ella es una doctrina del afirmar (en la representación, querer y actuar) relevante para la voluntad, dóxico y que se legitima. Es un tratamiento de la fundamentación principial de validez del afirmar moral y de sus consecuencias. Pero bajo el título „filosofía práctica“ se podría entender también que pretende ser una ontología (meramente teórica) del fáctum del actuar. Pero justamente no es éste el caso.
3) Por último, la ciencia ética tampoco es una lógica del afirmar valor o del afirmar dóxico, no es una axiología. La pregunta gnoseológica por las condiciones lógicas del afirmar dóxico es una pregunta específica: sólo se trata en la ética en la medida en que es de relevancia en el contexto del objeto principal de la ciencia ética, de la fundamentación ética del valor y sus consecuencias.
4) La discusión filosófica del afirmar moral en su conexión sintética con otros momentos constitutivos lógicos y ontológicos, podría considerarse también una tarea específica de la ciencia ética. Así, por ejemplo, momentos dóxicos son constitutivos de la afirmación (tomada aquí en su significación lógica), o de determinados tipos del ente (persona, historia, etc.). Por muy esencial que pueda ser tratar la función constitutiva de momentos dóxicos en ámbitos parciales lógicos u ontológicos, sin embargo eso no representa una tarea específica de la ciencia ética. Las preguntas de este tipo se resuelven o bien en la doctrina de la ciencia (en cuanto a los principios transcendentales fundamentantes) en tanto que la doctrina fundamental superior a todas las disciplinas parciales, o en la lógica u ontología transcendental y en sus ámbitos especiales (en cuanto a su función específica o sintética). Sólo entran en las investigaciones de la ciencia ética en tanto que se ponen en el contexto del tema principal: el conocimiento del afirmar dóxico relevante para la voluntad y que se legitima, y sus consecuencias.