Reinhard Lauth, Ética
Traducción de
Alberto Ciria
Las
condiciones del cierre amoroso renovado en el caso de la
reintegración moral
a) El
perdón
Quien, a través de una revolución de la actitud
fundamental, regresa al amor moral, regresa como una
persona que ha negado e infraccionado a la persona en el
otro. Precisamente porque juzga moralmente, tiene que
rechazar su anterior postura contramoral frente al otro.
La voluntad moral y la exigencia que lo inhabita, se
refieren a la totalidad de la realidad efectiva. No
considera barreras histórico-temporales merced a las
cuales lo real pasado se sustraiga a nuestra disposición.
La voluntad moral no puede dividirse. No puede querer el
bien en un
sentido y en otro
no. Pues entonces ya no sería voluntad moral, sino sólo
arbitraria. La actitud y la conducta pasadas nos las
imputamos por eso como culpa. No decimos sólo que no
debió haber sido. Decimos más: no debe ser.
Si el otro quiere ser moral, no debe aprobar mi actitud
pasada. Aun cuando yo he consumado una conversión, sigo
siendo para él un hombre que fue malo en el pasado.
Puesto que yo, en mi estado actual, soy el mismo e
idéntico conmigo en mi querer y conducta pasados, él no
puede aceptarme en tanto que yo soy malo. Sin embargo, la
voluntad mala está desde ahora jerárquicamente derribada.
Está superada por mi voluntad moral y expulsada del
puesto que determina en último término la valoración.
Pero en cuanto persona global, yo sigo siendo el que fui.
Para el otro sólo puedo seguir siendo una persona que
también quiso el mal. Si debe aceptarme, entonces tiene
que aceptar también mi pasado en mí. Pero la maldad moral
no puede aceptarse en cuanto tal. Es decir, si yo debo
poder ser aceptado por un tú amoroso, entonces tengo que
ser liberado de mi pasado contramoral. Necesito expiación
y perdón. Sólo si mi culpa pasada puede ser remitida, yo
puedo unirme a otro en el amor. Así como yo tengo que
pedir perdón al otro, éste me lo tiene que poder conceder
realmente. Eso no se hace si él lo „concede“
sólo arbitrariamente. El perdón tiene que ser posible y
tiene que estar moralmente indicado. Todo otro tipo de
perdón y reconciliación sería sólo aparente. Pues con el
mal en cuanto mal no hay ninguna reconciliación moral.
Puesto que la ley moral exige la realización completa del
bien, quien ha regresado a la moralidad tiene que
permanecer a la búsqueda de un tú que le ame plenamente,
aunque él mismo no pueda amar plenamente. Quien se ha
hecho culpable exige por moralidad
algo que es más
de lo que él mismo jamás puede hacer. Tiene que estar
dispuesto a aceptar este más, aunque, conforme a la mera
justicia, no le corresponda, es decir, aunque no lo
merezca. Eso presupone humildad. Significa también que
aquel que exige un amor tal, aguarda de otra persona que
lo acepte en su imperfección y se identifique con él. En
tanto que aceptación moral, esta identificación sólo
puede suceder desde unas condiciones que resultan del
principio moral mismo.
b) Amor
como promesa
Ya hemos visto que la voluntad de quien quiere moralmente
debe permanecer orientada siempre en amor a la persona
que ahora quiere el mal, aunque tiene que negarse a
unificar su voluntad con la de éste. Un amor tal sólo
puede producirse en la espera de su conversión. En
consecuencia, corresponde a este amor que quien ama haga
todo lo que esté en su poder y que pueda inducir esta
conversión.
A ello pertenece, primeramente, que quien quiere
moralmente haga saber
a quien ha
rechazado la moralidad que le sigue amando en esperanza,
pero que, también por
amor,
se sustrae a su actual querer inmoral. Amar en esperanza
significa creer en una voluntad global en el otro que es
de tal tipo que, en él, la voluntad moral superará final
y definitivamente a la inmoral. Debemos creer en el bien
en el otro, y hacerle saber que creemos en ello.
Además, quien ama en esperanza, tiene que prometer a
quien ahora odia el bien que se le unificará en un nuevo
amor, si eso ha de hacérsele moralmente posible. Sin
embargo, hay que advertir que esta promesa no debe
malinterpretarse, y que lo que debe darse, no es deseado
por consecuencias colaterales que, en sí mismas, no sean
de naturaleza moral. Sólo la destrucción de la voluntad
propia empíricamente orientada puede despejar el camino
para la unificación amorosa. El bien sólo viene cuando se
le obedece (cuando se le escucha).
Se entiende que la promesa no puede darse con soberbia.
Quien quiere moralmente, quiere el bien, y no la persona
propia (empírica): no quiere ponerse por encima porque no
haya caído en culpa. Su conducta surge de la preocupación
de que el otro viva moralmente.
Por último, quien ama, tiene que querer la remisión del
mal en el otro. Tiene que estar dispuesto, cuando sea
posible, a hacer esta expiación él mismo. Pues amar
significa identificarse en la voluntad propia con la
voluntad del otro. Su querer y mi querer deben ponerse
como algo común a ambos. Quien ama, se identifica con el
pecado del otro, no en el sentido de que lo bendiga y
afirme, sino en el sentido de que lo asume como su culpa
propia, para cargar con ella y expiarla. Quien aún está
apresado en el mal, debe saber que hay un hombre que está
dispuesto a identificarse con su pecado y a purgar su
culpa, si él se convierte.
c) La
reintegración de la voluntad
Con la conversión a la
moralidad, se elimina el motivo del antagonismo en la
voluntad. La voluntad moral, conforme a su esencia, no es
una voluntad en discordia consigo. Por eso tampoco se le
enfrenta un impulso que la obstaculice, ni necesita una
ley empírica que la detenga en su camino hacia la
depravación. Las fuerzas de la voluntad, que en la
actitud empírica se volvían unas contra otras, no tienen
que permanecer fuera de la voluntad moral: pueden
reintegrarse. Por eso, la moralidad no consiste ni en la
represión de una parte de nuestro querer (los impulsos),
ni en una relación de armonía entre el querer moral y el
empírico. La moralidad que se acaba de conseguir consiste
en la disolución completa de todo impulso y en liberarse
de la ley empírica.
Sólo que este proceso se vuelve más difícil de reconocer
porque el ser racional encarnado ha creado disposiciones
orgánicas que sólo progresivamente pueden volver a
desarticularse. También una vez que ha sucedido la
revolución de la voluntad, estas disposiciones siguen
operando, y se necesita del esfuerzo tenaz para
modificarlas. La relativa autonomía de la vida orgánica y
orgánico-espiritual, regresa a la vida puramente
espiritual modificada. Pero en último término, tanto aquí
como en todas partes, es el espíritu quien se construye
el cuerpo. Una vida desde la verdad trae unidad al hombre
entero y lo transforma en una manifestación del amor.
