LAS TRES TENTACIONES DE CRISTO
SAKA-Informationen,
año 10, cuaderno 3 (marzo 1985), pp. 8-11. Jerrentrup
[2190]
“Luego
el Espíritu llevó a Jesús al desierto para que el diablo
le pusiera a prueba. Pasó cuarenta días y cuarenta noches
sin comer, y después sintió hambre. Se acercó el diablo a
Jesús para ponerle a prueba, y le dijo:
- Si de verdad
eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan
en pan.
Pero Jesús le
contestó:
- La Escritura
dice: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de
toda palabra que salga de los labios de Dios.”
Luego el
diablo lo llevó a la santa ciudad de Jerusalén, lo subió
al alero del templo y le dijo:
- Si de verdad
eres el Hijo de Dios, échate abajo, porque la Escritura
dice: “Dios mandará a sus ángeles a que te cuiden.
Te levantarán con sus manos para que no tropieces con
ninguna piedra.”
Jesús le
contestó:
- También dice
la Escritura: “No pongas a prueba al Señor tu
Dios.”
Finalmente el
diablo le llevó a un monte muy alto, y mostrándole todos
los países del mundo y su grandeza, le dijo:
- Yo te daré
todo esto, si te arrodillas y me adoras.
Jesús le
contestó:
- Vete,
Satanás, porque la Escritura dice: “Adora al Señor
tu Dios y sírvele sólo a él.”
Entonces el
diablo se apartó, y unos ángeles acudieron a
servirle.”
El relato de las tentaciones de Cristo en el desierto es
uno de los pasajes del Nuevo Testamento que iluminan
súbitamente el sentido más profundo del acto redentor de
Jesús. Pero por lo general no se entiende bien su
significado. En los últimos tiempos, el motivo de ello ha
sido sobre todo la interpretación de Soloviev.
La situación de partida es que, en el momento de su
bautizo en el Jordán por Juan, Jesús ve cómo el cielo se
abre y de ahí desciende el Espíritu Santo posándose sobre
él, mientras escucha las palabras: “Éste es mi hijo
amado, en quien tengo mi complacencia”. El Espíritu
Santo se queda con él y lo lleva al desierto.
Así pues, Jesús va al desierto en el Espíritu y movido
por el Espíritu. ¿Por qué? Como hombre, está sobrecogido
y totalmente cautivado por esta elección, la cual es en
este momento el objeto de todas sus reflexiones. En la
soledad del desierto encuentra el lugar donde la puede
asumir del todo. Como también experimentamos nosotros en
el caso de vivencias que afectan esencialmente a toda
nuestra naturaleza espiritual y al sentido de su
existencia, todo lo demás se hunde en la irrelevancia. No
tiene necesidad de tomar alimentos, es más, posiblemente
incluso le repugnan.
Todavía en aquella época, como en todo el Antiguo
Testamento, la designación de “Hijo de Dios”
se tomaba en un sentido indeterminado. Podía significar,
del modo más general, que nosotros los hombres, en
condición de criaturas, somos “hijos de
Dios”, o que merced a su elección los israelitas
son hijos de quienes los eligió. Pero, en cualquier caso,
con toda seguridad aquí no hay que entender así esta
designación. Pero tampoco entra aquí en juego el
significado superior con el que, en las anunciaciones
precedentes, se designa especialmente al Mesías como
“hijo de Dios”. Cuando el ángel anuncia a
María la concepción y el nacimiento, dice primero: que el
hijo que ella concebirá y engendrará será llamado hijo
del Altísimo, es decir, hijo de Dios. Eso tuvo que
recordarle a María el anuncio del príncipe de la paz en
Isaías: “Se nos ha regalado un hijo […]. Su
Reino será grande y la paz no tendrá entonces fin.”
Pero aquí, igual que en el segundo Salmo, cuando Dios
dice: “Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy.
Pídeme que te dé las naciones como herencia y hasta el
último rincón del mundo en propiedad, y yo te los
daré”, tanto aquí como allí, la expresión
“Hijo de Dios” podría referirse sólo a la
dignidad mesiánica, no a la auténtica divinidad del
salvador. En la anunciación, María pregunta al ángel cómo
ha de suceder, puesto que no conoce a ningún hombre. Con
ello se está refiriendo a su voto –el primero en la
historia de la humanidad del que escuchamos que ha hecho
una mujer y que Dios ha concedido en honor a Su
santidad– de que tenía y quería permanecer pura. Y
como respuesta a esta entrega plena, el ángel le dice que
el Espíritu Santo vendrá sobre ella y entrará en ella
–de modo análogo a como, en el bautismo, el
Espíritu Santo desciende sobre Jesús y se queda con
él–, que la cubrirá y ella concebirá. Y entonces
desvela por vez primera el misterio que se encierra en el
nombre “Hijo de Dios”: “Por eso, el
niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de
Dios”. Es la filiación en el sentido de la
divinidad. En este sentido entiende también Jesús, tras
la inmersión en las aguas del Jordán, las palabras que
escucha del cielo.
Colmado de esta certeza va Jesús al desierto, y con esta
certeza le ataca el tentador. Podemos preguntar por
anticipado en qué pudo consistir este ataque. La ética
antigua conocía tres vicios fundamentales: la lascivia de
la carne, la avaricia y el orgullo. Es claro de entrada
que Jesús no podía ser llevado a estos vicios en su forma
habitual. El peor pecado es el orgullo: por él cayó
Lucifer. El tentador tenía que apuntar a este orgullo,
pero al orgullo en una potencia espiritual. ¿Pero cómo
podría proceder con Jesús para conseguir esto?
En este punto, uno se encuentra por lo general con
nociones falsas. Así por ejemplo, en la Edad Media se
representaba al tentador como Satanás con todos sus
atributos peculiares, cuando por ejemplo exhorta a Jesús
en el muro exterior del templo a que se arroje. Pero esto
es directamente falso. El tentador no se presenta
abiertamente como Satanás, sino como diabolos (de donde
viene “diablo”), es decir, el confundidor, el
que mezcla todas las cosas, el que incita a confundirlas.
El diablo comienza con una propuesta que parece ser
totalmente legítima y no encerrar nada capcioso.
Después de que en el monte Horeb Dios le hubo comunicado
los diez mandamientos, Moisés se quedó ayunando en
soledad cuarenta días y cuarenta noches, y puso por
escrito la Palabra de Dios. Después de haber recibido
alimentos del cielo en el desierto de Beerseba, con las
fuerzas de la comida que se le había dado Elías recorrió
durante cuarenta días el desierto de Horeb, donde luego
se le apareció Dios. Jesús, el limpio de pecado, el
“cordero”, como lo llamó Juan, no tenía
necesidad de santificarse primero de este modo. En sus
cuarenta días y noches, reflexionó (como hombre) sobre
toda la profundidad de su filiación. Eso lo sabía el
tentador, y le ataca en este pensamiento. Sus tentaciones
comienzan con las palabras: “Si de verdad eres el
Hijo de Dios…”
Jesús no sólo era Dios, sino también verdadero hombre.
Sentía las debilidades del hombre. Después de estos
cuarenta días de sublimación espiritual, tuvo hambre.
“Si eres el Hijo de Dios”, le insinúa el
diablo, “ordena a esta piedra que se convierta en
pan.” ¿Qué parece más obvio y legítimo que eso?
Todo príncipe tiene su anualidad: tanto más derecho a
ella tiene el Hijo de Dios. Justamente en eso consiste la
tentación, el refinado intercambio de conceptos que hace
que aquí parezca que se trata del cumplimiento de un
derecho obvio. Pero en la respuesta de Jesús se ve en qué
medida caviló y pensó a fondo su filiación divina.
Aduciendo en su respuesta unas palabras de las Sagradas
Escrituras, Jesús se refiere a los israelitas durante su
marcha por el desierto. Cuando hubieron de pasar hambre,
murmuraron contra Dios y sospecharon de él que sólo les
había seducido a abandonar los cuencos de carne de Egipto
para ir a morir de hambre en el desierto. Dios les había
concedido después el maná, y en boca de Moisés les había
dicho que les había alimentado para que se dieran cuenta
de que el hombre no vive meramente (podría decirse: en
primer término) de pan, sino de la Palabra de Dios. Jesús
no anticipa a Dios ni a Su santa voluntad. Convencido de
que lo que le alimenta sobre todo y en primer lugar es la
Palabra y el obrar de Dios, aguarda a que el Padre le dé
alimento y bebida en el momento dado.
¿Pero acaso habría sido ilegítimo e incluso presuntuoso
si él mismo, Él, que al fin y al cabo es Dios, Hijo
divino del Padre celestial, se hubiera proporcionado el
pan que necesitaba como hombre? Justamente en eso
consiste aquí la tentación: en que aquí había de tomarse
lo uno por lo otro. El diablo había dicho como
razonamiento: “Si de verdad eres el Hijo de
Dios…”, es decir, lo pone todo en función
del derecho del hijo. Pero la filiación consiste
esencialmente en que el hijo cumpla por completo la
voluntad del padre, y no en que haga valer un derecho.
“Buscad primero el Reino de Dios, y todo lo demás
se os dará por añadidura.” Cortando todo desvío de
lo esencial a lo accesorio, que al fin y al cabo se
convierte tan fácilmente para el hombre en camino hacia
la perdición, rechaza aquella propuesta. Él quiere lo
esencial, y sólo eso. Lo otro se hallará en su momento,
por muy imposible que parezca ser y por muy alejado que
parezca estar.
Las tentaciones del diablo se han visto sobre todo como
tentaciones para los medios equívocos –justamente
para aquellos medios que aparentemente se buscan sólo
como medios, pero en verdad como fin en sí mismos–
con lo que Jesús quiere llevar a los hombres a la
conversión. Eso no es falso, pero es sólo el aspecto
segundo y derivado del asunto. En primer lugar se trata
de que Jesús mismo padece de hambre tras cuarenta días de
ayuno, y anhela el aplacamiento de este hambre. Sin
embargo, con el pueblo sucederá lo mismo, y para el
pueblo se planteará la misma tentación de llamar al Reino
de Dios mientras que en verdad sólo se tiende a la
satisfacción de sus apetitos. En el lago de Genesaret,
cuando después de la milagrosa multiplicación del pan la
multitud quiere hacerle por la fuerza Rey Mesías, Jesús
vuelve a hablar de la necesidad de pan. Quien cree en
Dios, es decir, quien hace la voluntad de Dios, quien la
cumple tan por completo como él, ése recibe o es y tiene
la vida eterna. Él mismo es este pan viviente que, a
diferencia del pan del desierto, el maná, da la vida
imperecedera. Quien come de él, vivirá. Sus palabras son
y aseguran la vida. “No he venido del cielo para
hacer mi voluntad, sino la voluntad de aquel que me ha
enviado.” La tentación del pan, en la que lo que
importa en último término es el pan, es la tentación del
materialismo, de una vida sólo en honor de fines
terrenos.
El tentador sigue camuflado. Es más, adoctrinado por la
respuesta de Jesús, se camufla mucho mejor. Lo lleva a la
Ciudad Santa, al muro del templo, en la esquina del
sureste, donde a los pies del alto muro la montaña
desciende verticalmente al valle del Cedrón. Incluso
cuando hace buen tiempo, apenas es posible jamás estar de
pie en este sitio sin recibir una fuerte corriente de
viento y sin tener miedo de que ya sólo el viento lo tire
a uno. El viento que empuja desviándonos ha sido siempre
la imagen de la seducción al pecado que nos arrastra al
camino incorrecto.
Pero el diablo sabe que con Jesús se encuentra ante una
voluntad inmensurablemente fuerte. Tiene que volver a
poner en juego la tentación en su forma suprema
–espiritual–. Jerusalén es la Ciudad Santa, a
la que día a día acuden en masa los peregrinos para
adorar a Dios en Su templo sagrado. El templo es, como
había dicho Jesús a sus padres, la casa de su padre, a la
que él pertenece. Hasta abajo del muro donde el diablo lo
había conducido, conducía el Patio de columnas de
Salomón, donde los rabíes judíos solían enseñar. La idea
era que aquí Jesús podía revelar a su pueblo con un único
acto su soberano poder milagroso.
Obsérvese en este pasaje que el diablo se menciona
expresamente como quien lo había conducido aquí (mientras
que antes se dijo que el Espíritu Santo condujo a Jesús
al desierto). Recordemos que el diablo sigue siendo
siempre aquí sólo el diabolos, el confundidor, que ahora
sólo oculta más cuidadosamente que antes que él es Satán.
De alguna manera está disfrazado como un ángel de luz.
Jesús había respondido a la primera tentación con unas
palabras de las Escrituras. Pues bien, ahora el
confundidor se sirve él mismo de las Escrituras. Tú estás
bajo la protección del Altísimo, es más, como Su Hijo
amado estás bajo su protección especial, así que, después
de todo, puedes contar con el derecho supremo a Su
milagroso poder salvador. Dios ha dicho: yo te protegeré,
porque tú has reconocido mi nombre; los ángeles te
sostendrán con sus manos.
Y de nuevo entra en juego el desplazamiento casi
inadvertido de los conceptos. ¿Qué parece más obvio sino
que él, que es Hijo de Dios, se sirva del poder milagroso
divino? El pensamiento tentador aparece aquí directamente
como un pensamiento legítimamente teológico, como un qui
pro quo (tomando lo uno por lo otro) en su forma más
sublime. ¿No está hablando aquí el Espíritu Santo mismo
en boca de su profeta David?
Obsérvese lo que está en juego. La exhibición de su
omnipotencia divina debía hacerse más esencial para Jesús
que Su voluntad divina pura. Dirigiéndose al pueblo,
Jesús debía convencer con milagros, no con la bondad de
su palabra. Esta tentación se repite cuando lo sumos
sacerdotes están ante la cruz y le exhortan a salvarse a
sí mismo y a bajar de la cruz por un milagro. Pero
también aquí rechaza Jesús la mera posibilidad de un qui
pro quo tal. Padecerá su muerte hasta el más extremo
abandono de Dios, y de nuevo sólo Dios Padre dará lo
demás por añadidura: a saber, su gloriosa resurrección.
A lo largo de toda la historia universal recorrerá la
humanidad y la Iglesia esta tentación de exigir del Reino
de los Cielos que sea un Reino palmario del poder
milagroso de Dios. Sí, entonces se creería, si el Señor
se mostrara como Señor mediante su poder sobrenatural.
Pero, como dice una frase rusa, “Dios no está en la
fuerza, sino en la verdad”. “Dichosos los que
creen sin haber visto”: ellos confían realmente en
Dios únicamente por Su verdad, y tanto más cuanto más
difícil, e incluso casi imposible, sea creer en la verdad
y vivir desde ella a la vista del poder de Satán en este
mundo.
Por segunda vez responde Jesús con unas palabras de la
ley: “No pongas a prueba al Señor tu Dios.”
“Haz lo que es agradable y bueno ante el rostro de
Dios para que te vaya bien”, dice el espíritu de
Dios en boca de Moisés exactamente en el mismo pasaje. En
sus Evangelios, Jesús quiere que los hombres crean en él
no en último instancia por los milagros, sino en el
conocimiento de que Él es el que es, el todo Santo, que
es bueno únicamente por sí mismo.
Hasta aquí, el pensamiento que aparentemente no era
capcioso estaba como sugerido por Jesús, y la última vez
incluso aparentemente como un pensamiento de las Sagradas
Escrituras. Y las palabras de las Escrituras habían
servido a Jesús para rechazarlo cada vez. Las
posibilidades de intercambiar lo santo con el pecado para
confundirlos están ahora agotadas. El diablo se quitará
la máscara del pensamiento legítimo y se mostrará
abiertamente como Satán.
De nuevo el tentador tienta a Jesús, esta vez sobre un
monte alto, y muestra a Jesús “todos los reinos del
mundo y su gloria”, “en un único
momento”, como añade Lucas. “Todo esto te
daré si postrándote ante mí me adoras.” Según la
tradición, esta montaña muy alta es “el monte de la
tentación” detrás de Jericó. Igual que desde Nebo,
desde ahí pueden abarcarse de un vistazo algunos ámbitos
de dominio, como Judea, Perea, Arabia, etc. pero sería
falso pensar aquí en estos territorios. “Todos los
reinos del mundo” son aquí todos los reinos en el
ámbito humano, angélico y celestial (e incluso,
naturalmente, en el ámbito satánico, aunque esto tiende a
solaparse), donde sólo hay grandeza y gloria. Pero Jesús
sabía: “Tu Reino, oh Dios, es un Reino
eterno.” “Cuídate bien de no olvidar a
Dios”, habían ordenado las Escrituras; “Él te
sacó de la casa de la esclavitud.” Y prosigue con
las palabras con las que Jesús responde a Satán:
“Debes temer al Señor tu Dios, adorarle sólo a Él y
servirle sólo a Él.”
Satán ofrece a Jesús “todos los reinos del
mundo”, in plurali, y no el Reino universal único.
Los judíos conocían muy bien un reino tal. El primer
libro de los Macabeos relata cómo Alejandro Magno
extendió su Imperio hasta los límites de la tierra,
“y la tierra enmudeció ante su presencia”.
Así pues, ciertamente, la tercera tentación no se refiere
a los pequeños ámbitos de gobierno en Palestina. Pero
tampoco sólo los imperios mundiales, sino más bien todos
los reinos del cosmos, el reino por ejemplo de la
belleza, del poder mundial, de la ciencia, o de lo que
sea. Pero ninguno de ellos por sí mismo basta ya para
seducir a Jesús: eso lo sabe Satán, que tiene que
reunirlos y ofrecérselos, aun cuando su coexistencia
simultánea sea contradictoria y en verdad imposible, y
con su unidad suceda lo mismo que con la del imperio
mundial de Alejandro Magno: “Pero al fin cayó
enfermo y presintió que iba a morir […]. Entonces
sus generales tomaron el poder, cada uno en su propia
región, y tras la muerte de Alejandro fueron coronados
como reyes […] y así llenaron de calamidades
la tierra.”
Lo que Satán trata de hacer con esta última oferta, puede
compararse con el intento de Nietzsche, que, después de
todo, pretendió presentarse como el
“Anticristo” (aunque ciertamente queda
ridículamente por detrás de su pretensión). Lo reúne
todo, por muy contradictorio que sea, para arrojarlo
contra la verdad, para la que él mismo sólo muestra el
mismo desprecio irónico que Pilatos. El pensamiento y la
voluntad satánicos se desintegran necesariamente en una
pluralidad. Los diablos que dominan a los posesos de
Gerasa dicen que son legión. Todo lo que parezca poder
enfrentarse a la verdad, todo tomándolo junto, todo el
panteón, todo eso tiene que servir aquí. La suma de las
variedades tiene que reemplazar a lo que falta en cada
caso a la posición individual. ¿Qué importa que todo
reino tenga un defecto o carencia y que los reinos sean
incompatibles e irreconciliables… si a cambio de
ello se los posee a todos a la vez?
Aquí interviene aún otro pensamiento. Al fin y al cabo,
Jesús debe ser puesto como dominador de todos estos
reinos, pero bajo la condición de que honre a Satán y le
adore. “Me han sido encomendados estos reinos, y yo
los doy a quien quiero.” Satán contrapone la idea
del gobierno del Hijo de Dios con la idea del gobierno
del hijo del diablo, igual que Nietzsche se contrapone a
sí y a su Zarathustra al Hijo del hombre. Igual que el
redentor puede decir al final de su estancia terrenal:
“se me ha dado todo el poder en el cielo y en la
tierra”, así promete también Satán a su hijo lo
mismo.
El evangelista Lucas pone la segunda tentación en último
lugar, y esto tiene también su sentido, pues la tentación
de la revelación del poder milagroso puede equipararse
con la tentación de realizar la posibilidad suprema en lo
supremo de todos los reinos. ¿Qué se parece más a la
justicia sino el poder milagroso que ella demuestra en su
soberanía? El intento supremo del mal tiene que ser
presentar su idea de reino como la idea verdaderamente
justa, es decir, por expresarme así, como Dios; demostrar
que su solución, la solución de Satán, es la
verdaderamente justa, es decir, que él, Satán, quiere el
bien. Dostoievski lo ha mostrado muy bien con la idea
diabólica de la solución del Gran Inquisidor. La
compilación en una unidad de todas las aspiraciones que
se contradicen, la realización del “Allwill”,
que Jacobi percibió y desenmascaró, , parece posibilitar
esta “justicia” puesta contra Dios. El
“hijo de la corrupción” (2 Ts 2, 3) se pondrá
contra todo y por encima de todo lo que es llamado Dios o
es venerado legítimamente, y se presentará en la casa de
Dios como aquel que “es Dios”, pero
justamente en aquella falta de unidad y aquella
multiplicidad confundidora y contradictoria que es
peculiar de lo satánico. “Han aparecido muchos
anticristos. Por eso sabemos que es la hora
última”, escribe San Juan en su primera carta.
Rechazando las tentaciones satánicas, Jesús ha hecho
imposible la confusión diabólica. “Buscad primero
el Reino de Dios y su justicia”, es decir, un amor
que sea igual a Su amor, dice su mandamiento, y todo lo
demás que necesitéis dejádselo a Dios, que os lo dará a
su debido tiempo.
El filósofo Immanuel Kant comienza su Fundamentación de
la metafísica de las costumbres con las palabras:
“No hay en ninguna parte del mundo, es más, tampoco
cabe pensar nada fuera de él, que pueda considerarse
bueno sin restricción sino únicamente una voluntad buena.
Entendimiento, ingenio, juicio, o como quieran llamarse
todos los talentos del espíritu, o valentía, resolución,
perseverancia en el propósito, como propiedades del
temperamento, sin duda que en cierto sentido son buenos y
deseables; pero también pueden ser extremadamente
malignos y dañinos si la voluntad que debe hacer uso de
estos dones naturales, y cuya constitución peculiar por
tal motivo se llama carácter, no es buena. Con los dones
de fortuna sucede exactamente lo mismo. Poder, riqueza,
honor, incluso salud y todo el bienestar y el contento
con su estado, bajo el nombre de felicidad, dan ánimo, y
a causa de ello, muy a menudo, también causan petulancia,
siempre que no haya una voluntad buena que corrija su
influjo en el ánimo, y por tanto también sobre todo el
principio.” Con estas palabras, Kant sólo está
formulando filosóficamente lo que Jesús había dicho y
vivido ya en toda su pureza. La ética del mundo antiguo
era de principio a fin eudamónica. En el mejor de los
casos, se era moral para ser feliz. “Quién de
vosotros que tiene un siervo no le dice: sírveme primero
y después podrás comer y beber”, dice Jesús en el
Evangelio de San Lucas. “Así también vosotros,
cuando hayáis hecho todo lo que se os ha ordenado, debéis
decir: […] hemos hecho lo que debíamos
hacer.”
Nosotros somos hombres, y en cuanto tales, y tanto más
tras la caída en pecado, débiles, y sólo con la
asistencia de la gracia divina podemos levantarnos poco a
poco de la caída. Pero lo que importa es que, según el
modelo de Cristo en las tentaciones, cada uno de nosotros
busque primariamente, en último término, el Reino de Dios
y su justicia, y no todo lo demás, que al fin y al cabo
se presenta de todos modos en lugar de aquél. Cuando
Jesús dijo a los discípulos: “Vi caer a Satán como
un rayo del cielo”, estaba hablando de la victoria
que él en su humanidad obtuvo sobre aquél y su aparente
justicia. Tras esta separación entre bien y lo
aparentemente bueno, aquí en esta tierra ya no hay
ninguna posibilidad para Satán de destruir con su
justicia la justicia de Dios. Satán, que ha seducido a
todo el mundo, fue arrojado con sus ángeles a la tierra,
donde todavía reinará de facto durante un tiempo y
perseguirá a los que viven desde la verdad, primero y
sobre todo a la virgen pura y santa madre de Dios María,
de la que sabe que acabará pisándole la cabeza, es decir,
sus excogitationes (invenciones), todo lo que él haya
ideado para seducir. Qué va a suceder después, sobre eso
habla el Apocalipsis.
Volvamos a mirar a las tentaciones desde el punto de
vista de la divinidad de Jesús. En ésta impera la
claridad eterna que el Padre da al Hijo en su amor.
“He salido del Padre y he venido al mundo, pero
ahora abandono el mundo y regreso al Padre.” Con
esta clara voluntad supratemporal, el Hijo ha consumado
su obra: esta voluntad estaba unida a su voluntad humana.
El fin de su venida era salvar las almas –y no
llevarlas a la perdición–. Pero la salvación
consiste en que él vino a cumplir la voluntad del Padre y
a enseñar a los hombres a hacer esto. “He venido en
nombre de mi Padre”, dice el Señor, pero otro
vendrá en su propio nombre. Como precio por el gobierno
de todos los reinos del mundo, Satán exigía que el Señor
le adorara. El yo propio es el principio supremo de este
orgullo. Este absurdo amor propio Jesús lo venció con su
obediencia completa y su humildad. Por eso, al entrar en
Jerusalén puede exclamar: “Ahora es expulsado el
príncipe de este mundo”, pues, como añade el Señor
en sus discursos de despedida, aquél no encuentra en Él
ningún punto de apoyo: el príncipe de este mundo ya ha
sido juzgado por Su acto de amor.
