MI PRÓJIMO
EINSICHT, año
7, cuaderno 5 (diciembre 1977), pp. 216-217. Jerrentrup
[2123].
Todo el mundo
conoce la parábola del samaritano misericordioso que nos
ha llegado transmitida por el evangelista San Lucas.
Quien ha viajado de Jerusalén a Jericó bajando por el
desierto –Jerusalén se encuentra a 1200 metros
sobre el suelo del valle del Jordán, con su clima
subtropical, que a su vez está varios cientos de metros
bajo el nivel del mar–, conoce también el albergue
en el que el samaritano alojó al judío al que unos
ladrones habían asaltado y robado. Es fácil imaginarse
que en aquella maraña de valles desérticos este tipo de
asaltadores podía hacer de las suyas con toda facilidad.
Pero casi todo el mundo pasa por alto lo que a nosotros
debería resultarnos curioso en grado sumo. Esta historia
o parábola, posiblemente verdadera, Jesús la cuenta en
respuesta a la pregunta de un maestro de la ley acerca de
quién es su prójimo. El evangelista añade expresamente
que, con esta pregunta, el maestro de la ley quería
justificarse. Jesús le acababa de decir que para alcanzar
la vida eterna debía cumplir el mandamiento “ama a
tu prójimo como a ti mismo”. Hay que suponer que el
perito se dio cuenta en el acto de lo poco que él cumplía
este mandato. La disculpa cómoda era decir: no acabo de
entender quién es mi prójimo. ¿El que tengo espacialmente
más cerca? ¿El pariente consanguíneo? ¿El compatriota y
circundado? Sobre todo, los fariseos estaban convencidos
de que ellos no tenían para con los no judíos el mismo
deber de amar, y cuando Jesús escoge a un samaritano como
persona para comparar, está contradiciendo este
prejuicio.
Pero todo esto ya no puede resultarnos curioso a
nosotros, hombres de hoy. Sin embargo, otra cosa sucede
con esto: el maestro de la ley pregunta: “¿quién es
mi prójimo?”, pero Jesús concluye su ejemplo con la
pregunta: “¿cuál de aquellos tres te parece que fue
el prójimo del hombre asaltado por los bandidos?”
Después de todo, parece que Jesús no responde a la
pregunta que le hacen, como si entre tanto la hubiera
olvidado, sino que plantea otra pregunta, a saber:
“¿Quién es por sí mismo nuestro prójimo?”
Aquel para quien yo soy su prójimo, no tiene por qué
coincidir necesariamente con aquel que es mi prójimo.
¿Por qué este desplazamiento de la pregunta?
Quien lee atentamente los evangelios, encuentra que
–si se juzga a primera vista– Jesús parece no
responder a la pregunta que le hacen, sino que se pone a
hablar de algo distinto. Esto resulta especialmente
llamativo en el Evangelio de San Juan. Esta circunstancia
exige una reflexión más profunda. El sentido de las
parábolas y narraciones de Jesús no se muestra
directamente a la vista. Para hallarlo, tenemos que
completar pensamientos tácitos con nuestra propia
reflexión. Así pues, ¿por qué en nuestro caso modifica
Jesús la pregunta?
El maestro fariseo de la ley quería saber quién, desde su
punto de vista, es para él el prójimo. Es evidente que
para él era dudoso, o en todo caso que él plantea como
dudoso, qué eso lo que convierte a un hombre determinado,
por delante de otros, en más cercano a nosotros, es más,
en nuestro prójimo. ¿Es la mera circunstancia de que nos
lo acabamos de encontrar en concreto y que por eso nos
recaen determinados deberes para con él? ¿Es la comunidad
de religión?
Jesús responde haciendo que el perito reconozca y juzgue
por sí mismo que el samaritano ha demostrado ser por sí
mismo el prójimo del hombre asaltado. Ciertamente que eso
se produjo gracias al encuentro concreto. Pero no sólo
gracias a eso. El levita y el sacerdote se encontraron
también del mismo modo concreto con el hombre que yacía
herido. Sobre ellos recaían los mismos deberes si
escuchaban la voz de su conciencia, y sin embargo no
demostraron ser (por sí mismos) los prójimos del
asaltado.
Lo que va más allá de la conciencia, los deberes que
resultan especialmente de ser miembros de la misma
religión y del mismo pueblo, no vinculaban positivamente
al samaritano: en este sentido, él debía evitar al judío,
mientras que el sacerdote y el levita, en su condición de
judíos y sobre todo en calidad de religiosos, deberían
haber sido más cercanos al herido que aquél. Pero la
parábola de Jesús muestra también entre otras cosas que,
aunque esto es así según el mandamiento, sin embargo,
según el comportamiento real, a menudo sucede de otro
modo. En virtud del mandamiento deberían haber sido
prójimos, pero a causa de su comportamiento no lo fueron.
A la inversa, el samaritano pone el mandato de la
conciencia por encima de todas las obligaciones meramente
positivas, y ayuda al desasistido.
Pero si la historia nos la imaginamos de otro modo, el
sacerdote y el levita podrían haber prestado la misma
ayuda al asaltado. En este caso, ¿no habrán sido
cercanos, más cercanos, los prójimos para el desasistido,
exactamente igual que lo fue el samaritano? ¿La
diferencia reside entonces sólo en su comportamiento? Si
reflexionamos sobre esta pregunta, tenemos que responder:
en cualquier caso, el samaritano habría hecho más, pues
él no sólo habría obedecido el mandato de la conciencia,
sino que, además, habría roto también la barrera del
mandato meramente positivo. Así pues, habría mostrado más
amor que los otros dos.
Es decir, lo primero que nos quiere hacer ver Jesús es
que quien más amor demuestra, justamente por ello pasa a
ser también el más cercano. En virtud del amor que
dispenso al otro, paso a ser más cercano para él, y en
último término paso a ser su prójimo. Diciéndolo en
general, esto significa que el amor activo crea la
relación de proximidad.
Y ésta es también la respuesta de Jesús a la pregunta del
fariseo: demuestra a tu prójimo, en su situación de
necesidad física y espiritual, tanto amor como puedas. En
la medida en que le dispenses tal amor, te acercas a él y
él a ti, es más, en último término pasas a ser su
prójimo. No te quedes aparte ni plantees una pregunta
meramente teórica, sino crea por ti mismo la relación de
proximidad por la que preguntas teóricamente de forma tan
superflua, pues dicha relación no surge gracias a este
mero preguntar. Las dimensiones del amor nos aproximan y
nos convierten finalmente en prójimos. De nosotros
depende quién sea nuestro prójimo.
Hoy, el saqueado y apaleado hasta quedar medio muerto es
la Iglesia, cuyos enemigos la han dejado así. El
sacerdote y el levita no han venido a prestarle ayuda,
ellos sólo pensaban en salvar su propio pellejo, aunque
tenían el deber más apremiante de asistirla. Con ello han
renunciado a su derecho de ser los prójimos de la
Iglesia. Nosotros los laicos[, en tanto que no
pertenecemos a los reformistas,] no tenemos los mismos
deberes positivos y prioritarios para con la Iglesia,
como los tienen aquéllos. Ahora bien, si nos esforzamos
por la Iglesia y tratamos de ayudarla –por muy
torpemente que lo hagamos–, gracias a ello nos
convertimos en prójimos, es decir, en quienes están
vinculados a ella por amor sin ningún otro deber, también
sin el deber positivo apremiante. En casos
extraordinarios se presenta una situación de necesidad
que puede derogar la ley meramente positiva. Eso es lo
que el Señor quiere hacernos ver. En situaciones tales,
el amor tiene que decirnos lo que debemos hacer, y él
crea también entonces nuevas relaciones de proximidad,
que no son ficticias, sino reales.
