LA
ACTIVIDAD DOCTRINAL DE JESÚS
EINSICHT, año
5, cuaderno 4 (octubre 1975), pp. 204-208. Jerrentrup
[2105]
Cuando leemos a los evangelistas, gracias a sus relatos
llegamos a saber cosas de la actividad doctrinal de
Jesús. Al lector atento le llama la atención que el Señor
se sirve de formas muy diversas de enseñar. El modo más
significativo es sin duda mediante su obrar. Sobre todo
el evangelista Marcos puso este modo de enseñar en el
primer plano de sus relatos, mientras que los otros
evangelistas hacen valer más la actividad doctrinal por
medio de los discursos. Hoy queremos ocuparnos sólo de
estos últimos.
El problema acuciante tras la actividad doctrinal de
Jesús es la cuestión de cómo el saber divino perfecto
puede ponerse en el lenguaje de los hombres. Quien
proceda de la teología de los últimos 200 años, en
realidad tendría que esperar que Jesús expusiera una
teología elaborada hasta el último detalle, digamos que
algo así como hace el apóstol San Pablo en la Carta a los
romanos. Y probablemente, la mayoría de los teólogos
actuales imputan a Jesús como un inconveniente el que no
lo hiciera. Ya los Evangelios tienen que decepcionar a
esta gente: no son tratados teológicos, sino, en lo
esencial, relatos históricos. Ciertamente, tras éstos hay
una teología elevada, pero ésta sólo se expresa
indirectamente, a través del modo como y de lo que Jesús
relata y del contexto en que lo hace. En ello, no siguen
estrictamente la secuencia temporal de los
acontecimientos, sino que van compilando sucesos y
discursos típicos y decisivos, que sólo de un modo lato
se corresponden con el curso meramente temporal de los
acontecimientos. Cuando el evangelista San Lucas dice al
comienzo de su relato que él narra todo (en el orden
correcto), con ello no se refiere a la vigencia estricta
de la mera sucesión temporal, sino a una composición
ordenada de relatos mediante la cual se hace perceptible
lo esencial de la manifestación de Jesús.
Para las enseñanzas de Jesús, los evangelistas
procedieron según el mismo principio: dan fragmentos
típicos de las enseñanzas de Jesús, sueltos en la
secuencia temporal, ordenados más bien según el punto de
vista de que con ello se haga visible el conjunto de las
enseñanzas o partes doctrinales esenciales. Así compila
San Mateo el adoctrinamiento de los discípulos en la
predicación de la montaña; así trae en dos apartados
bastante cerrados los discursos en parábolas de Jesús
ante el pueblo de Galilea y en el templo de Jerusalén
durante la semana decisiva antes de la Pasión. En los
capítulos V y VII-XI, Juan trae las disputas de Jesús con
los judíos, sobre todo los escribas y fariseos en
Jerusalén.
En conjunto, llama la atención que el Señor se sirvió de
formas muy diversas de enseñar, según a quién se dirigía.
Su discurso nunca fue teológico en el sentido de las
escuelas de aquella época: al fin y al cabo, no venía
como los saduceos o los fariseos, como San Pablo, de la
escuela de un determinado maestro de la ley. Al
contrario: él no había estudiado (Jn VII, 15), él era
sólo el hijo de un artesano (Mt XIII, 54), de modo que la
gente se asombraba siempre de cómo podía estar tan
formado. Ya cuando Jesús, al cumplir los doce años,
alcanzó la edad necesaria para poder leer las Escrituras
en la sinagoga, los doctores del templo quedaron
sumamente asombrados por su capacidad de juicio, que se
evidenciaba en la respuesta a sus preguntas. Muchos
judíos y eruditos de entre éstos no querían aceptar tal
erudición que no procedía de la escuela, o creían que
podían disimular sus carencias poniendo con sus preguntas
difíciles a Jesús en el apuro de no saber ninguna
respuesta, o al menos ninguna respuesta sensata. Pero
zozobraron en ello, sobre todo durante la última semana
en Jerusalén, cuando los sabios de los diversos partidos
volvieron a emprender este intento a lo grande y de forma
planificada.
Jesús tenía su saber por su naturaleza divina, no lo
había recibido de hombres, ni siquiera de los redactores
inspirados de las Sagradas Escrituras y sus intérpretes.
Eso se evidencia en que no hablaba como los doctores y
los escribas, sino acompañado de signos de su gloria y de
hechos sobrenaturales. Con la pretensión de ser el Hijo
de Dios, y en cuanto tal la luz y la vida, se
correspondían demostraciones como sanaciones de ciegos y
resurrecciones. Pero también al margen de eso, se
testimonia que su discurso tenía en sí mismo un poder y
una gloria enormes, como no sucede en el caso de ningún
hombre. Cuando los sumos sacerdotes preguntaron a los que
habían enviado a apresar a Jesús: “¿Por qué no lo
habéis entregado?”, éstos respondieron:
“Jamás ningún hombre habló como él.” Ante el
poder de sus palabras retrocedieron una y otra vez los
judíos que querían lapidar a Jesús, los soldados que
debían apresarlo, y los encargados que trataban de
interrogarlo. Justamente por ese motivo no resultó el
apresamiento de Jesús en el templo, donde hubiera podido
hacerse con la mayor facilidad. A estas palabras de
Jesús, San Pedro las llamó “palabras de vida
eterna”.
Ahora bien, ¿de qué forma habló Jesús? Aquí pueden
aislarse de forma relativamente fácil cuatro grupos. A
las gentes de Galilea Jesús les hablaba en una
determinada forma de parábolas (parabolae), narraciones
sencillas con las que se significaba algo más profundo.
Con otra forma de parábolas, sentencias ritmificadas
(maschal), tal como se reproducen sobre todo en el
Evangelio de San Juan, ante los que están familiarizados
con problemas religiosos (los discípulos tanto como los
judíos) Jesús habla parabólicamente, al modo de los
profetas veterotestamentarios, sobre su naturaleza y su
misionado. Ante los discípulos, y sobre todo ante los
apóstoles, habla abiertamente, sin insinuaciones, sobre
sí, sobre su tarea, los mandamientos divinos, su misión,
las cosas venideras, etc.; finalmente, con los escribas y
doctores judíos trata cuestiones teológicamente.
Las parábolas en las que Jesús hablaba al pueblo
sencillo, aunque la mayoría de ellas las conocemos bien
por los Evangelios, a menudo no son nada fáciles de
entender. Pero sobre todo, casi siempre olvidamos que, al
fin y al cabo, Jesús las exponía al pueblo sin su
explicación. La aclaración se la daba sólo a los
discípulos, si es que éstos la requerían especialmente.
Los Evangelios aducen tres motivos por los que Jesús
hablaba en parábolas. El primero es que de esa forma
cumplía una profecía del salmista (Sal LXXVIII, 2). Desde
luego que con ello no sólo se quiere decir que de esa
forma se ha cumplido también la profecía, sino asimismo
que Jesús habló a la manera de los profetas, que
escuchaban de corazón los pensamientos que vienen de Dios
y volvían su oído al maschal (parábola) que se les dice
(Sal IL, 2-5). En consecuencia, Jesús dice la palabra
divina. De ahí también la ritmificación de muchas
declaraciones, es decir, su versión en un lenguaje
elevado, santificado. El segundo motivo es que esta
palabra divina les es dicha a hombres que, en su
endurecimiento de corazón (corazón lleno de grasa, dicen
literalmente las Sagradas Escrituras) no son capaces de
ni quieren recibir la palabra divina en su esplendor sin
velos. No escuchan espiritualmente cuando oyen
físicamente. El salmo IL dice que los hombres en el
bienestar y los honores son necios como el ganado. Están
llenos de la necia confianza de que siempre les irá bien,
cuando en realidad se están dirigiendo al hundimiento y
les está aguardando el scheol (infierno). Al mismo
tiempo, es peligroso hablarles abiertamente, pues se lo
toman a mal. Éste es un motivo adicional para que los
profetas hablen en clave. El tercer motivo que el
Evangelio nombra para el empleo del discurso en parábolas
es que el pueblo sencillo, en parte, no era capaz de
entender la verdad religiosa sin parábolas (se refiere
también a de una manera sin culpa). Por eso Jesús les
anunció la palabra divina “hasta donde podían
comprender” (Mc IV, 33). Aquí no queremos seguir
investigando el empleo de un lenguaje elevado con
palabras y formas de expresión que en parte le resultaban
incomprensibles a un pueblo sencillo, porque en los
Evangelios Jesús apenas se servía de él ante el pueblo.
¿Pero cómo hay que pensar el empleo y la maximización de
las parábolas expuestas en el lenguaje cotidiano?
Si consideramos que Jesús no interpretaba las parábolas
ante el pueblo, entonces aparecen en amplia medida como
narraciones sencillas de la vida diaria, normalmente sin
referencia determinada a un suceso histórico, rara vez
aludiendo a uno tal o designándolo incluso de forma
bastante palmaria. Mediante la apelación que previamente
se había hecho de forma abierta a anunciar la salvación y
llamar a la conversión, siempre era claro que tenían que
tener un sentido religioso referido a la salvación. Pero
a menudo, en las parábolas en cuanto tales eso no viene a
expresarse directamente. La parábola expuesta oculta su
sentido, pero no del todo, pues todo el mundo sabe que el
maestro religioso la emplea en el marco de su misión
referida a los creyentes. Por tanto, tiene que tener un
significado más amplio que no puede agotarse en referirse
por ejemplo a sucesos históricos reales o a situaciones
de la vida diaria. El oyente al que le importa este
significado, que trata de entender la palabra como
palabra de salvación, es decir, “que tiene oídos
para oir”, acabará encontrando este significado. Lo
que se cuenta en la parábola y lo que sucede realmente en
sentido religioso tiene que ser lo mismo en un sentido
transferido.
¿Pero con qué se aclara este sentido más profundo? Aparte
de los discípulos, Jesús no da a los oyentes ninguna otra
ayuda para su comprensión mediante una aclaración. Por
tanto, sólo podía ser el espíritu de Dios el que
descifrara en los oyentes que querían entender el sentido
el significado de fondo de la parábola. (Sólo en casos
excepcionales las parábolas están articuladas de tal modo
que su sentido puede adivinarse también mediante una
agudeza puramente humana (Mt XXI, 45-46).)
Si se considera el desarrollo espiritual de la humanidad
en aquella época –y éste puede considerarse
aproximadamente como el centro exacto del desarrollo
espiritual posible de la humanidad–, lo que
interesaba a la gente eran historias de la vida diaria
(no cuentos ni leyendas), porque trataban algo que
también les ocupaba a ellos en su vida diaria. A esto se
le sumaba el acicate de que el maestro religioso podía
decirles ahí algo que ellos mismos aún no habían
advertido y que podía ser de especial relevancia para el
problema, de nuevo –en un primer momento– en
sentido puramente mundano. La pregunta: ¿cómo considerar
una situación tal?, podía hallar quizá una solución.
Pero al mismo tiempo, los oyentes también sabían que
detrás de eso podía resonar de pronto y hallar expresión
algo totalmente distinto, a saber, un suceso inmediato
divino. Si escuchaban bien, en este sentido se les podía
iluminar algo que les conmoviera y los elevara. Eso no
tenía por qué ser sólo el sentido encerrado en la
parábola merced al cual eso sucedía, sino que también
podía ser el modo como se exponía la historia. Hay un
proverbio que dice que cuando dos dicen lo mismo, no
siempre es lo mismo. Sabemos expresamente que Jesús podía
hablar de una manera como ningún otro hombre. Y ya este
modo de hablar podía operar por sí mismo la conversión
interior y abrir el espíritu a la verdad celestial.
En este punto, quiero citar una narración del fundador
del movimiento jasídico en Europa oriental, Israel Ben
Eliécer, a quien se llamaba Baal Schem-Tow, porque
describe muy bien esta forma de exposición.
“Cuando el rabí Jacob José era todavía rabino en
Zarigod y estaba muy apartado del camino jasídico, un
día, durante una mañana de verano, a la hora a la que se
saca el ganado a los pastos, llegó a su ciudad un hombre
que nadie conocía, el cual se puso con su carro en la
plaza del mercado. Al primero que vio llevando una vaca,
le llamó y comenzó a contarle una historia, y ésta le
gustó tanto a su oyente que no podía irse de ahí. Un
segundo hombre escuchó al pasar un par de palabras, quiso
seguir caminando pero no pudo, se quedó quieto y escuchó.
Pronto se había congregado una multitud en torno al
narrador, que además crecía cada vez más. En medio de
ellos estaba el sirviente de la casa de oraciones, que
estaba de camino a abrirla, pues a las ocho solía rezar
ahí en verano el rabino, y había que abrirla con tiempo
suficiente, a las siete. A las ocho llegó el rabino a la
casa de oraciones y se la encontró cerrada, y como era de
espíritu muy quisquilloso e iracundo, salió rabioso a
buscar al sirviente. Pero de pronto se lo encontró
delante. Pues el hombre de Baal –pues tal era el
narrador– le había hecho una seña para marcharse, y
se había apresurado a abrir la casa de oraciones. El
rabino se dirigió a él enojado y le preguntó por qué
había descuidado su deber y por qué faltaban los hombres
que a esa hora solían estar ya ahí. El encargado explicó
que, al igual que él, todos los que estaban de camino a
la casa de oraciones se habían sentido irresistiblemente
atraídos por la gran historia del narrador. El rabino
colérico se vio obligado a decir sólo la oración matinal,
pero entonces ordenó al sirviente dirigirse al mercado y
traer al desconocido. “¡Le haré apalear!”,
gritó. Entre tanto, el hombre de Baal había terminado su
narración y se había marchado al albergue. Ahí lo
encontró el sirviente de la casa de oraciones, y le
transmitió su encargo.
El hombre de Baal vino enseguida, fumando su pipa, y se
presentó así ante el rabino. “¡Cómo se te ocurre
distraer así a la gente de la oración!”, le gritó.
“Rabí”, contestó tranquilo el hombre de Baal,
“de nada sirve encolerizarse. Dejadme mejor que os
cuente una historia.” “¡Cómo se te
ocurre!”, quiso gritarle el rabino, pero de pronto
lo miró bien por vez primera. Aunque enseguida desvió la
mirada, la palabra se le había quedado atrapada en la
garganta. Apenas había comenzado a narrar el hombre de
Baal, el rabino tuvo que escuchar igual que todos.
“En cierta ocasión, viajé por el país con tres
caballos”, contó el de Baal, “uno rojo, uno
con manchas y uno blanco, y ninguno de los tres podía
relinchar. Entonces me encontré con un campesino que me
gritó: “¡Afloja las riendas!” Así que aflojé
las riendas. Entonces comenzaron los tres a
relinchar.” El rabino callaba consternado.
“Tres”, repitió el de Baal, “rojo, con
manchas y blanco, no relinchan, el campesino sabe por
qué, aflojar las riendas, relinchan.” El rabino
guardaba silencio con la cabeza bajada. “El
campesino da buen consejo”, dijo el de Baal,
“¿entendéis?” “Entiendo, rabí”,
respondió el rabino y rompió a llorar. Lloró y lloró y se
dio cuenta de que hasta ese día no sabía lo que
significaba que un hombre podía llorar. “Hay que
enseñarte”, dijo el de Baal.” (de: M. Buber,
Die Erzählung der Chassidim, Zúrich 1949, pp. 138 ss.)
Es muy probable que este modo de la narración y su
sentido simbólico penetrante intervengan al mismo tiempo
en el alma de que escucha cuando éste se abre a la
palabra divina. En ello, hay que observar que Jesís
escoge un modo totalmente inusual del símil. Casi
siempre, en comparación con lo supremo se escoge lo que
también es extraordinario en un sentido natural: la rosa
de entre las flores, porque es la más hermosa; el color
púrpura como el más exquisito y sublime, etc. Jesús hace
justamente lo contrario: para comparar, escoge las cosas
más sencillas de la vida: el dracma, el trabajo en el
viñedo, la red llena de pescados, el trabajo diario de
los siervos, la semilla que crece, el rebaño de cerdos,
etc. En las cosas y situaciones más sencillas, con sólo
verlas correctamente, reside una fuerza y una alteza
incomparablemente más sublime que en las más especiales,
en tanto que representan lo más elemental, lo que todo lo
sostiene y lo soporta, lo que renueva diariamente la
vida: nuestro pan de cada día. En el Evangelio de San
Mateo, Jesús designa este pan en el Padrenuestro como
supersubstantialis.
Las cosas exquisitas sólo existen para simbolizar en el
lugar que les corresponde los momentos supremos
extraordinarios de esta vida sustentada por las cosas
sencillas: la perla preciosa, el tesoro que de pronto se
descubre en el campo, el vino en el ágape festivo, las
bodas, y similares. De este modo, en estas parábolas todo
tiene su lugar correcto, y el suceso terreno es un
espectáculo (comedia) de la vida celestial y divina (vita
divina).
En el empleo de estas parábolas reside una doctrina muy
esencial también para nosotros en nuestra situación
actual. Los hombres, enredados en las cosas de esta vida
y de este tiempo, no son capaces de percibir el esplendor
de la palabra divina. Este esplendor les cegaría, o mejor
dicho, tendría una frecuencia que rebasaría su umbral de
percepción. Primero tienen que ser conducidos desde
comprensiones de cosas de esta realidad, y a través de
comprensiones tales, hasta la verdad religiosa en su
visibilidad sin velos. Para ello, lo que aparentemente
sólo consta de esta realidad siempre tiene que estar
constituido de tal modo que, desde sí mismo y a través de
sí mismo, remita y conduzca a aquella realidad religiosa.
La verdad científica que se expone o presenta, y que
aparentemente no concierne a la religión, sirve a esta
indicación de camino, y de igual modo una obra de arte,
un informe histórico, una instrucción moral, que en
apariencia no poseen ningún significado religioso.
Jesús ha dicho de sí mismo que es el camino, la verdad y
la vida. De esta manera, la verdad real sobre las cosas
del mundo creado puede ser simultáneamente el camino
hacia la verdad de las cosas divinas, y por tanto, al
mismo tiempo, la verdad misma de estas cosas divinas.
Nuestra tarea como creyentes en Cristo (Christi fideles)
es decir la verdad en las cosas de este mundo de un modo
tal que ello sea el camino hacia la verdad en las cosas
de la realidad divina y esta realidad divina misma en una
presencia velada: velada no para permanecer así, sino
para ser conocida sin velos. Para quien estas cosas
sencillísimas y supuestamente inaparentes, en apariencia
meramente mundanas, no sean demasiado insignificantes,
sino que las sepa presentar con su verdadero peso, ése
está descubriendo un fragmento de la creación, y en él,
un fragmento de la manifestación de lo absoluto.
