El
ungimiento de Betania
EINSICHT, año 3, cuaderno 4/5
(Julio/Agosto 1973), pp. 12-15. Jerrentrup
[2082|.
El último suceso que relata
el evangelista San Juan antes de la entrada de Jesús en
Jerusalén el Domingo de Ramos, con el que comienza su
pasión pública, es el ungimiento de Jesús en Betania por
María de Betania. La Iglesia ha dignificado este relato
haciéndolo leer entre las lecturas de los cuatro relatos
de la Pasión el lunes de Semana Santa. Este ungimiento, y
lo que él significa, puede considerarse, como quiero
mostrar, la última palabra de Jesús del período de sus
enseñanzas públicas antes de la gran confrontacfión
final: el ungimiento de Betania revela el motivo de la
gran apostasía en la Iglesia, muestra la causa por la que
habría de morir el cuerpo de la Iglesia.
María tomó una libra de auténtico aceite de nardo, muy
caro, y ungió los pies de Jesús, que seguidamente secó
con su propio pelo. Judas, que se queja de ello, calcula
el precio de este perfume de nardo en trescientos
denarios, que equivaldrían hoy a 500 marcos. Toda la casa
se llenó del aroma de este perfume.
Entonces Judas alza su voz contra ello y dice:
“¿Por qué este dispendio? ¿Por qué no se ha vendido
este perfume por trescientos denarios para ayudar a los
pobres?” El evangelista San Mateo relata incluso
que esto lo dijeron “los discípulos”,
mientras que San Marcos habla de “algunos”
que dijeron esto con indignación interior.
¿Qué significa esta objeción? Significa que la asistencia
a los pobres y a los necesitados tiene que tener
prioridad sobre el ungimiento litúrgico de Jesús. La
tarea religiosa de la Iglesia debe quedar por detrás de
su tarea social. Aquí tenemos el gran argumento de
nuestros días: el compromiso social de la Iglesia, su
servicio al prójimo, en lugar de su servicio a Dios. San
Marco refiere expresamente que los discípulos que
expusieron este argumento se enojaron con la mujer, lo
cual se podría traducir como: se lanzaron contra ella.
Jesús sale al paso de esta concepción y de los ataques
contra María. Dice: “Dejadla. ¿Por qué la
molestáis? Lo que ha hecho conmigo es bueno, pues a los
pobres siempre los tendréis entre vosotros y podréis
hacerles bien cuando queráis, pero a mí no siempre me
tendréis. Esta mujer ha hecho lo que ha podido: ha
perfumado de antemano mi cuerpo para el día de mi
entierro.” Y luego añade: “Os aseguro que en
cualquier lugar del mundo donde se anuncie el evangelio,
se hablará también de lo que ha hecho esta mujer, y así
será recordada.”
Estas palabras casi siempre se han entendido de forma muy
necia, como una profecía de Jesús de que hasta el día del
Juicio no se logrará terminar con la pobreza en la
tierra. Pero significan algo mucho más profundo: la
pobreza jamás abandonará a la humanidad; acompañará a los
caídos en pecado como la sombra acompaña a las figuras,
mientras perdure el dominio sobre la tierra del príncipe
del mundo, aunque éste ya haya sido derrotado en su
litigio con Dios. La redención de Jesús es una redención
eficaz del pecado hasta el final de esta era del mundo,
pero no es ya una redención de las consecuencias del
pecado, entre las que se encuentra la pobreza. Pero ahora
viene lo decisivo: “¡Pero a mí no siempre me
tendréis!” Esto significa: no es obvio ni forma
parte de la naturaleza del hombre caído que Dios esté con
él. Fr. H. Jacobi dijo una vez que es terrible contemplar
cómo el mundo cree que la verdadera religión y moralidad
viene de la experiencia: viene de lo sobrenatural, y uno
se convence de ella contra
la experiencia; y
por eso no se puede contar con que, una vez que ha sido
destruida, vuelva a venir de la experiencia. Eso es
justamente lo que quiere decir el Señor: que yo esté con
vosotros es un regalo sobrenatural. Servid a Dios
mientras aún sea tiempo y Él esté con vosotros.
¿Pero cuál era, pues, la situación en este momento? Jesús
estaba directamente ante el comienzo de su Pasión, a las
puertas de aquella semana de unas confrontaciones, que
conducirán a que sea matado, con los sumos sacerdotes y
los judíos religiosos de las más diversas tendencias. Él
mismo se les enfrentará en el templo y les dirá que
ellos, que son hijos del Reino, han sido arrojados a las
tinieblas, y que la piedra angular que ellos desecharon
los aplastará.
En este momento vemos a Judas como portavoz “de los
discípulos” (Mt), o al menos de “algunos de
ellos”. Dicho con otras palabras: vemos una Iglesia
–una conferencia episcopal con un portavoz que es
un traidor– que se aparta de Dios y se vuelve al
pueblo (versus
populum), y que convierte en primer
punto de su programa la solidaridad social. La misma
Iglesia se enoja interiormente con María, que unge al
Señor, y se lanza contra ella.
Pero en este mismo momento vemos también otra Iglesia: la
que emplea lo más valioso que pudo conseguir para honrar
a Cristo, que muere por ella; una Iglesia que rocía Sus
pies con lágrimas y las seca con su pelo. Esta Iglesia
hace lo único que es capaz de hacer en esta situación:
unge el cuerpo del Señor asesinado para Su entierro,
administra a Su cuerpo el servicio de la unción de
enfermos para Su final terrenal.
Esta Iglesia que se sabe en un compromiso social huirá
del monte de los olivos cuando se acerque el enemigo,
negará al Señor en los apóstoles y lo traicionará en
Judas. La Iglesia que por encima de todo sirve al Señor
litúrgicamente, aguantará con María bajo la cruz hasta
que todo esté consumado, y esperará en la tumba de Cristo
con el primer rayo matutino del día de la resurrección.
Hace todo lo que puede hacer en esta situación: el Señor
mismo lo confirma con Su juicio. ¿Qué podría hacer
físicamente contra la violencia brutal del mundo, contra
el odio espiritual de los sacerdotes judíos y contra la
Iglesia enojada que se lanza contra ella y que se concibe
primariamente como comprometida socialmente, en cuyo
portavoz se erigió Judas, el traidor?
¿Pero era al menos lo social lo que les importaba? Las
Sagradas Escrituras dan una respuesta muy clara:
“Pero Judas no dijo esto porque le importaran los
pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo
la bolsa del dinero, robaba del que ahí ponían.”
Eso significa con toda claridad y sin posibilidad de
alterar nada en ello: el Espíritu Santo nos dice que esta
preocupación social es un pretexto hipócrita para
apropiarse de lo que se ha sacrificado para la obra de
Jesús. Es más, Mateo y Marco relatan expresamente que en
este momento en que Judas se dio cuenta de que Jesús
empleaba el dinero para el servicio divino,
se marchó y fue a ver a los sumos sacerdotes para hacer
la propuesta de revelarles a cambio de un pago el lugar
donde estaba Jesús. Si no pueden apoderarse
subrepticiamente del dinero dentro de la Iglesia,
entonces dan el paso a la traición abierta del Señor en
el tabernáculo, para recibir el dinero del mundo y de un
odio a Dios que sólo estaba esperando a esta traición. La
simonía (Hch 8, 18) no sólo consiste en la compra de
ministerios religiosos: simonía es también transpasar los
bienes religiosos de la Iglesia –y sobre todo el
bien supremo– a sus enemigos, para conseguir algo
de ellos. Ésta es la situación de los que estrangulan a
la Iglesia para conseguir el aplauso del mundo.
El aroma del aceite de nardo llenó toda la casa.
Representa el buen olor del santo servicio divino que
cumple la Iglesia, la santa convicción en la nube de
gracia sin la cual la religión muere, y que es la fuente
de la que se nutre todo verdadero amor a los pobres.
“Una cosa es necesaria”, había dicho antes
Jesús a Marta, y María escogió eso: la recepción de la
palabra divina. La última acción hacia este huésped
divino, lo último de lo que aún es capaz la Iglesia que
se ha mantenido fiel, es el ungimiento del cuerpo de su
sacrificio, la digna consagración del cuerpo de Cristo.
El Señor mismo advierte a los discípulos que en su cólera
pretenden impedir la acción de María (illi molesti
esse)
de actuar contra este servicio e interrumpirlo. La
Iglesia verdadera y fiel servirá al Señor hasta su
muerte, y ni siquiera todo el reino del infierno podrá
prevalecer sobre ella e impedirlo.
¿Y cómo es que se ha pasado tan completamente por alto
que, refiriéndose a este servicio de la Iglesia fiel
hasta el final, el Señor dice algo que guarda relación
directa con la santa consagración? Al final de la
palabras de su intervención dijo Jesús: “Haced esto
en conmemoración mía.” Aquí dice: “Os aseguro
que en cualquier lugar del mundo donde se anuncie el
Evangelio, se hablará también de lo que ha hecho esta
mujer, y así será recordada.” Esto significa que el
Evangelio no puede proclamarse jamás sin hacer este
servicio fiel de la consagración. Junto con la intención
recta de la consagración ha desaparecido también el
espíritu del verdadero Evangelio. Pese a las palabras
aparentemente casi iguales que las de las verdaderas
Sagradas Escrituras, la Biblia de los herejes es,
literalmente, un libro totalmente muerto. Junto con el
verdadero servicio sacramental divino –como se le
llama en la jerga reformista– desaparece también el
verdadero servicio verbal divino.
“Y así será recordada.” Por desgracia, estas
palabras no pueden traducirse de modo completamente
adecuado. Eso no significa que la gente se acordará de
alguna forma de ella: significa que ella se presentará en
una presencia viviente. Muy atinadamente, la antigua
Iglesia vio en María el símbolo de sí misma. La
consagración del cuerpo a cargo de María está
indisociablemente vinculada con que el Señor se hace real
de forma viva en las substancias transformadas del pan y
del vino.
El hundimiento de la Iglesia viene de todos aquellos
obispos y sacerdotes que, seducidos por el lema de Judas,
han escrito en sus banderas lo social en lugar del
servicio divino. Se apoderan de y niegan a la humanidad
el pan espiritual, insistiendo en que el pan corporal es
lo más importante y en que su oficio consiste en
preocuparse de este pan terreno. ¡Pero qué digo! Ni
siquiera el pan: el
dinero, la “ganancia”
obtenida de haber vendido lo santo. Es decir, el
contravalor abstracto de “todo lo demás”. Dan
a los hombres “todo lo demás”, salvo lo único
que realmente necesitan: Dios. En realidad, lo único que
les importa son ellos mismos: quieren poseer y disponer
sobre la substancia divina en su forma convertible en
todo lo demás. Por eso se lanzan contra el verdadero
servicio divino y tratan de oprimirlo. Si por ellos
fuera, el cuerpo del Señor sería profanado hasta el
último final, hasta su entierro pagano.
La Iglesia, por el contrario, sirve al cuerpo del
Señor; sirve hasta lo último que
le es posible: lo unge para la muerte. Por eso, con el
primer rayo del amanecer, aguarda con esperanza ante la
tumba, porque ni siquiera Su muerte puede apartarla de su
voluntad de servirle sacramentalmente. Y por eso a quien
primero se apareció el Señor fue a la hermana espiritual
de María: María Magdalena.
