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Música sacra

EINSICHT, año 1, cuaderno 8 (Noviembre 1971), pp. 11-18. Jerrentrup [2064|.


Desde 1967, quien vaya a Jerusalén puede asistir sin ninguna dificultad a la oración del sabbat de los antiguos creyentes judíos en el Muro de las lamentaciones. Si es un observador atento, hará una constatación inhabitual y en sumo grado sorprendente. Para dar a conocer en lo posible esta circunstancia, quiero relatar mis experiencias propias:

Una tarde de sabbat (viernes por la tarde) llegué finalmente por las estrechas callejuelas del casco viejo a la plaza que hay frente al Muro de las lamentaciones, una plaza que sólo existe desde hace unos pocos meses, cuando derribaron las casas del casco viejo colindantes con el Muro, para dejar al menos un cierto espacio a la tremenda afluencia de orantes. En el crepúsculo vespertino y al resplandor de la luna, cuyos cuernos resplandecían en el cielo claro, vi una multitud que se movía mezclándose confusamente, dividida en hombres que rezaban en la parte izquierda y mujeres en la parte derecha. Con la confusión de las voces individuales que rezaban las oraciones mezclándose unas con otras, se compadecía la heterogeneidad de actitudes. Unos estaban de pie en silencio y sólo de cuando en cuando prorrumpían en apelaciones; otros rezaban sin interrupción y a media voz, aunque siempre se unían en la pronunciación de la palabra “baruch”; a su vez, otros leían absortos para sí mismos las Sagradas Escrituras. Como nosotros llevábamos las cabezas cubiertas por respeto al lugar religioso, nos tomaron también por judíos. Un antiguo creyente con barba larga y ojos oscuros se dirigió a nosotros con la palabra: “¿Mari?” (es decir, “oración vespertina”: ¿Quieren rezar con nosotros la oración vespertina?”) Sólo entonces nos dimos cuenta de que casi por todo el lugar se habían formado grupos de al menos diez hombres que rezaban. Sólo quedaban muy pocos que estuvieran solos. Observé cómo el grupo del judío que nos había hablado completaba finalmente su número. Y entonces vino la gran sorpresa. No empezaron la oración tal como lo habríamos esperado los hombres de nuestra época. Cada uno empezó a rezar
para sí mismo, sin atender siquiera a quien estaba rezando a su lado. Las voces se mezclaban confusamente entre sí, de cuando en cuando sobresalía uno u otro de entre la media voz del resto de los rezos con una llamada fuerte a Dios, para luego volver a sumergirse en seguida entre las otras. Rezaban, pero cada uno para sí mismo. Pero una hora después, la oración de muchos se hallaba sumida en un poderoso ritmo común. La oración, que ahora sonaba como la de uno solo, restallaba oleada tras oleada contra el Muro y hacia Dios.

¿Cómo hay que explicar eso? Hay que explicarlo desde la constitución misma de la oración que mueve a estos creyentes: cuando reces –así podría formularse su intención– debes
dirigir tu alma por completo y únicamente a Dios; no debes tener en mente nada más, ni tus asuntos propios ni tampoco lo que hace tu vecino de al lado; tu espíritu debe quedar orientado íntegramente al cielo. Sólo si tus palabras proceden del corazón entero y se dirigen al corazón entero estarás rezando realmente, en lugar de estar haciendo meras flexiones con los labios.

La consecuencia de esta constitución es que la oración debe pronunciarse exclusivamente volviéndonos hacia Dios (
versus Deum); que está prohibido estar pendiente de si el vecino también reza o si uno está rezando de igual modo que él, y que en la oración se está conversando únicamente con Dios. Esta actitud de oración es la causa de que, para quien no está rezando, la oración común resulte la mayoría de las veces un griterío confuso. De aquí viene la expresión: “Esto parece una escuela de judíos.” Si se llega realmente a la unanimidad de la oración, entonces ésta en ningún caso debe ser inducida intencionadamente, sino que más bien se considera señal de la presencia y eficiencia de la (nube de) gracia (shejina) de Dios. Es el espíritu de Dios el que une las muchas oraciones en una. Y su venida es una gracia en la que se puede tener esperanza, pero que no es obvia ni puede ser forzada mediante el actuar humano. En cierta ocasión, el maestro jasídico Dow Bär de Mesritsch caracterizó la actitud espiritual necesaria para la oración con estas palabras: “Quiero enseñaros el mejor modo de decir la doctrina. Uno no debe sentirse ya a sí mismo, no debe ser nada más que un oído que escucha lo que el mundo de la palabra dice en uno. Pero en cuanto se empiece a oír el propio discurso, hay que interrumpirlo.” Observemos aún que incluso el mandato de juntarse para la oración ritual en grupos de al menos diez personas viene sólo del tiempo del exilio, y tenía como finalidad impedir la dispersión religiosa completa. En la época de la Antigua Alianza se rezaba esencialmente solo.

Hagamos ahora un salto y volvámonos a Jesucristo y a lo que Él, que es el sol de la justicia y que debe ser en todo nuestro modelo supremo, nos dice sobre el modo recto de rezar. Ahí encontramos algo que al pensamiento modernista tiene que parecerle sumamente paradójico:
Jesús reza siempre para sí mismo; es más, nos recomienda que recemos para nosotros mismos. Cuando los discípulos van a Él con las palabras: “¡Señor, enséñanos a orar!”, eso no significa en modo alguno que los congregue en torno a sí y rece con ellos. Sino que Él responde (Lc XI, 2): “Cuando recéis, decid…” Pero de Él mismo, siempre que se relatan sus momentos de oración, se dice: “subió Jesús al monte para orar a solas”, “Jesús se levantó y salió de la ciudad para ir a orar a un lugar apartado”, “estaba en un lugar solitario y rezaba”, “se apartó de ellos y rezó”, “se alejó a un tiro de piedra y se puso a rezar”. Y Él mismo dio la prescripción en el sermón de la montaña: “Pero tú, cuando reces, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora en secreto a tu Padre.” El cuarto simboliza aquí que debemos rezar vueltos exclusivamente a Dios y viéndolo totalmente encerrados a toda relación exterior. Frente a esta sobrecogedora circunstancia de la oración en solitario sólo hay en apariencia un único pasaje en el Evangelio de San Mateo XXVI, 30, donde se relata que, después de la Última Cena, los apóstoles se fueron al Monte de los Olivos recitando los Salmos.

Si ahora recapitulamos sobre la experiencia en el Muro de las lamentaciones y tratamos de poner mentalmente en conexión la actitud y la doctrina de Jesús con lo que ahí vimos, nos damos cuenta de que los antiguos creyentes judíos piensan y practican únicamente lo que también Jesús hizo y enseñó: cuando rezan, se apartan de
todo lo externo y se dirigen plenamente, con todo el corazón, todo el espíritu y toda el alma a Dios. Por eso, cada uno reza por separado para sí mismo, aun cuando en la oración estén juntos. El Espíritu de Dios es lo único que los armoniza y hace unánimes. “Y que Dios, que es quien da constancia y consuelo, os ayude a vivir en armonía unos con otros, conforme al ejemplo de Cristo Jesús, para que todos juntos, a una sola voz, alabéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.” (Ro XV, 5-6)
¿Qué es la oración? Es un pronunciamiento sumido en respeto y amoroso ante Dios. Se entiende que esta oración
no puede tener como finalidad esencial el ser entendido. Quien así juzga, está confundiendo la oración con adoctrinamiento (lectura). Acabamos de escuchar lo que ordenaba el rabino jasídico: “en cuanto se empiece a oír el propio discurso, hay que interrumpirlo”. El amante que le dice a su amada: “te amo”, no detiene su concentración en el acto de decirlo ni presta atención al modo como lo dice: toda su mente está abandonada a la expresión del amor a su amada. Quien dijera estas palabras prestando atención al modo como lo dice y practicando ejercicios de comprensión de lo que dice y de cómo lo dice, ciertamente no estaría pronunciando ninguna palabra de amor. Por eso dice San Pablo: “No sabemos orar como es debido, pero el Espíritu mismo ruega a Dios por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. Y Dios, que examina los corazones, sabe qué quiere decir el Espíritu, porque el Espíritu ruega conforme a la voluntad de Dios por los del pueblo santo.” (Ro VIII, 26-27)

Por eso Jesús rezaba solo, mientras que cuando adoctrinaba a los discípulos los juntaba. Y si, para cumplir la prescripción de la ley, después de la comida pascual rezaron juntos el Aleluya, es seguro que lo hicieron en la misma forma como los antiguos creyentes en el Muro de las lamentaciones: cada uno para sí mismo vuelto por completo a Dios, aun cuando estuviera al lado de y junto con otros.

Pero qué tiene que ver esto con la
música, se preguntará uno. Mucho, como veremos ahora. La oración de los tiempos antiguos tenemos que concebirla como una especie de recitación –hablar interiormente era algo prácticamente desconocido–: un peculiar medio entre el lenguaje y el canto, como todavía conocemos por algunas formas musicales muy antiguas. En la India he escuchado recitar el rigveda de esta manera. Según los testimonios de la historia de la música, los salmos tampoco se rezaban de otra manera. Si había varios unidos en la oración, las voces se mezclaban sin llegar a armonizarse del todo. No había intervenciones comunes. (Las obras a capella de Palestrina dan todavía una imagen fiel de estos flujos de oración, aunque una imagen ya configurada artísticamente.) Sólo en el caso ideal se llegaba a la unanimidad completa en la oración, con una poderosa elevación de la plegaria que era causada por el Espíritu de Dios. Precisamente en estos casos, a causa de la elevación espiritual, dominaba el elemento musical frente a lo meramente lingüístico. Con mayor frecuencia tenía que producirse una unanimidad y una monofonía tales en aquellos orantes que en su modo de vida estaban vueltos por completo a la religión, y que estaban habituados a la oración en común y a estar animados por un mismo espíritu. La oración monacal habrá presentado especialmente esta forma suprema. La expresión musical suprema de esta monofonía es la coral gregoriana, que, ya sólo porque en ella quedó fijada esta unanimidad exigida pero no manipulable, hay que considerar un punto culminante del desarrollo religioso musical. Por el mismo motivo, tampoco es casual que el elemento musical se liberara aquí primero de lo meramente lingüístico. Sólo que el recitado, o mejor dicho, el canto de esta coral, hay que concebirlo de forma algo distinta a como habitualmente se lo escucha hoy. En los antiguos monasterios románicos, o en el fanar de Constantinopla, todavía puede vivenciarse el modo como se rezaba antes. Las voces no se afinaban, ni con mucho, con tanta precisión matemática como lo exige la actual sensibilidad musical. Pero en la oración las personas se unían porque estaban entregadas a lo mismo. La coral gregoriana, con la que se corresponde en el este la antigua liturgia griega, puede designarse como la música de Dios, igual que las Sagradas Escrituras son la palabra de Dios. Otra doctrina jasídica puede desvelarnos el espíritu que animaba este rezo. “El rabí Moshe de Cobrinto contaba: “Mi maestro, el rabí Mordejai de Lekovitz, me enseñó a rezar. Me instruyó: “Quien pronuncia la palabra “Señor” con la intención de decir la palabra al mundo, no está hablando. Sino que en el momento en que dice “Señor”, que sólo tenga la intención de entregarse por entero al Señor, que su alma se abandone al Señor, y que no pronuncie la palabra al mundo; y que le baste con haber podido decir: “Señor”. Ésta es la esencia de la oración.”

Es evidente que esta forma suprema del rezo, que resultaba de manera orgánica,
no podía convertirse en el caso normal. Cuando se alcanzaba este nivel, había sólo dos posibilidades: o bien había que regresar a la mezcla confusa y sin coordinación de rezos, o bien –una posibilidad que resultó más tarde– rezar unos junto a otros en silencio completo. Pero si no se quería renunciar al rezo común y bien ordenado, entonces esto sólo podían realizarlo quienes, gracias a su vida religiosa bien ordenada, alcanzaban a menudo esta forma suprema. Por eso, el rezo común durante la Santa Misa, y también en otras ocasiones –por lo demás ya en la Antigua Alianza durante el sacrificio–, recayó sobre un grupo privilegiado: los clérigos o los cantores consagrados. La Schola cantorum se separó del resto de los creyentes.

Pero tampoco en la
Schola se podía esperar con toda seguridad la forma suprema del rezo unánime e inmanipulado. Pero para asegurar la forma suprema de la oración litúrgica que ya era conocida y ansiada, se halló una solución que habría de relevancia esencial para el desarrollo posterior de la musica sacra. Permítaseme dar una prueba del pensamiento decisivo que hay tras este desarrollo de nuevo con los testimonios judíos, que en esta controvertida cuestión quedan fuera de toda sospecha: “Se cuenta que, en una ocasión, se llevó ante el tribunal celestial la queja de que la mayoría de los judíos rezaba sin dirigir su alma a Dios. Y porque efectivamente era así, se autorizó que en la tierra se coronara un rey que hubiera de prohibir a los judíos rezar en común. Pero entonces alzaron su voz varios ángeles que no querían permitirlo. Entonces se decidió consultar a las almas de los zaddikim (santos maestros), que residían en el mundo superior. Sin embargo, ellos aprobaron también la prohibición. Pero cuando se llegó al rabí Shelomo de Karlin, éste conmovió al mundo con la tormenta de su oración, y dijo: “Yo soy rezo. Asumo sobre mí rezar en lugar de todo Israel.” Y la prohibición no se llevó a cabo.”

Asumo sobre mí rezar en lugar de todo Israel”: éstas son las palabras de la narración decisivas para nuestra cuestión. La Schola cantorum asume sobre sí la oración del verdadero rezo común en representación de toda la comunidad, porque esta comunidad carece de la orientación del alma que se exige y no puede rezar unánimemente en común. Y dentro de la Schola y para la Schola, aquel que escribe la música litúrgica asume sobre sí rezar en representación de la Iglesia entera. El desarrollo de la música litúrgica desde el gregoriano hasta la nueva forma suprema de la polifonía a capella en el Renacimiento, e incluso hasta la actualidad, sólo se puede entender si se comprende que el compositor, que en el momento de la configuración creadora está colmado del Espíritu de Dios en la oración, está rezando en representación de todo el pueblo cristiano. “Cuando un hombre canta y no puede elevar su voz [en una verdadera oración], y viene otro a cantar con él y eleva su voz, entonces también éste puede elevar la voz del primero. Éste es el misterio de la adhesión de un espíritu a otro.” El pueblo que no puede rezar debe ser elevado a la oración por medio del verdadero rezo de los clérigos, por medio de la verdadera oración de los compositores y cantantes religiosos.

Por eso, debe entenderse que la música litúrgica
sólo es realmente canto religioso si se compone rezando y si se canta rezando. Por este motivo, uno de los más grandes músicos de iglesia litúrgicos del Renacimiento, Vitoria, jamás se permitió ni una sola vez poner música a un texto mundano. Se rechazó componer música para uso litúrgico desde una sensibilidad mundana, aun cuando presuntamente fuera compuesta con tal fin. Éste es el caso de las obras de Gabrieli. Por lo demás, para esta forma de música sagrada no es esencial si en ella se emplean sólo voces humanas o también instrumentos. Aunque se consideren las voces humanas más nobles que los instrumentos, en la Antigua Alianza también estaban permitidos éstos para funciones sagradas. De todo lo dicho se desprende también que la iglesia y el servicio divino son el único espacio lícito para la ejecución de auténtica música sagrada. Su ejecución en una sala de conciertos o su retransmisión radiofónica es el análogo a trasladar a un museo pinturas que fueron creadas para una iglesia o incluso para un determinado espacio mundano. El museo y la sala de conciertos son los tanatorios de estas obras de arte, y en verdad que hacía falta la perversión de los tiempos modernos para escribir obras tales para el museo o la sala de conciertos.

Así pues, la verdadera ejecución de música sagrada durante festividades religiosas permite a toda la comunidad participar de la forma suprema del rezo. Los celebrantes, la
Schola, o el coro con la orquesta, rezan en representación de toda la comunidad, que de esta manera es elevada en la oración. ¿Quién de nosotros no ha asistido ya a santas misas en las que el motete festivo, cuando el coro ejecutaba un verso gradual o la oración del Offertorium mientras uno podía rezar en silencio, lo elevaba de la forma más poderosa? Mozart escribe que apenas había nada que le conmoviera tanto como el canto del Agnus Dei mientras él mismo se dirigía a recibir la santa comunión rezando en silencio.

Ciertamente, ni siquiera la más perfecta ejecución orante de música eclesiástica puede alcanzar al
rezo silente: pues el rezo supremo es elevación espiritual sin palabras ni sonido. Pero la música religiosa se acerca mucho a este rezo silente. Pues justamente porque en ella la música está por encima de la palabra, esta música religiosa extrae al espíritu de la oración de su cuerpo, la palabra, y lo comunica. “El Espíritu Santo es la percepción inmediata de la belleza, el conocimiento profético de la armonía, y por consiguiente la obstinada búsqueda de ella”, escribió Dostoievski en los esbozos de Los hermanos Karamázov. Esta percepción inmediata de la belleza y este conocimiento de la armonía se producen en la música sagrada, y elevan el corazón de quien la escucha durante la celebración eclesiástica, igual que la acción del sacerdote que celebra dignamente la santa misa es por sí misma un rezo de una forma mucho más completa que todas las palabras que pronuncie al hacerlo, e igual que –si se me permite aducir aún una comparación– la muerte de Cristo en la cruz dice infinitamente más que toda explicación teológica de ella.
Desgraciadamente, queda por hablar todavía de una tercera forma de (aquí no puedo decir “música sagrada”, sino:) música con una presunta función eclesiástica y religiosa, que se opone a las dos que hemos mostrado y de la que hoy se afirma de la manera más arrogante que es la única verdadera liturgia. La reforma condujo al pensamiento de que no hay ningún sacerdocio especial, y de que todos los poderes plenos sagrados residen en último término en la comunidad. Esta forma de pensar condujo consecuentemente a la abolición del estado clerical, y por tanto también de la
Schola en el auténtica sentido del cristianismo antiguo. Llevándolo a sus últimas consecuencias, esto significa que quien lleva a cabo el oficio sagrado no es la Schola, ni unos lectores especialmente consagrados para el servicio litúrgico, sino la propia comunidad. En consecuencia, quien reza también todas las oraciones es la comunidad en su conjunto, y no ya el sacerdote o los lectores a modo de representación. Pero en un “rezo” semejante, la atención no puede estar dirigida ya por entero a Dios, sino que se queda al mismo tiempo –y por desgracia muy a menudo exclusivamente– en la comunidad.
En la forma en que se reza y se canta en las iglesias protestantes, y en la forma en que recientemente lo hacen los reformistas en las iglesias católicas, ya no se puede rezar verdaderamente. Por nuestra tibieza religiosa sufrimos un castigo mucho peor que el que se contaba antes en la narración jasídica: no se nos prohíbe desde fuera rezar en comunidad, sino que se nos imposibilita desde dentro, por la presunta Iglesia misma, rezar verdaderamente durante la santa celebración, y al cabo ya simplemente en la iglesia. El espacio para la oración silente, que al fin y al cabo es una forma de rezo común mucho más sublime que todas las demás, se va reduciendo progresivamente y, al cabo, se lo hace desaparecer por completo. Durante el servicio divino, el protestante y el reformista ya no pueden arrodillarse ni rezar para sí mismos, sino que todo rezo es oración comunitaria, que les obliga a hacerlo de tal manera que se les vuelve imposible rezar. Tienen que esperar y estar atentos a que la comunidad diga una cierta “oración”, y ellos tienen que hablar y cantar con ella, sin importar cómo se encuentren ellos ni cómo quieran rezar. Entre ellos y Dios siempre está la comunidad y sus quehaceres. Y cuando se acaba el servicio divino, se cierra la iglesia. Por eso, tampoco es casual, sino que va asociado de un modo muy lógico con esta forma de presunta liturgia, que ya no se celebre vuelto a Dios (
versus Deum), sino versus populum: la vivencia comunitaria les es mucho más importante que estar vuelto a Dios sin obstáculos. Es más, los reformistas más progresistas afirman ya que Dios sólo sale al encuentro del hombre actual en la comunidad. Hablar en el coro hablado –algo totalmente distinto al rezo común de los antiguos creyentes según se describió antes–, y cantar hasta el final unas canciones que se van leyendo de un libro, son las formas características de esta “liturgia”. El coro se elimina, y sus funciones las asume la propia comunidad. La canción, que conforme a su estructura no está abierta a lo eterno sino que se cierra en sí misma, y que por consiguiente no es sacral, ocupa el lugar del coro gregoriano. Lutero llamaba a eso una “purificación evangélica”. Al cabo, los reformistas eliminan del todo la música artística eclesiástica. La comunidad misma puede hacerlo.

Qué significa en realidad esta forma de rezar, pueden aclarárnoslo de nuevo unas palabras jasídicas: “En cierta ocasión, el día de la fiesta de las expiaciones, […] los orantes reunidos estaban recitando los Salmos con un griterío confuso. El Rabí Pinchas [de Korez] se volvió a la comunidad y les dijo: “¿Por qué os esforzáis tanto? Vosotros mismos os dais cuenta de que vuestras palabras no llegan hasta arriba. ¿Y por qué es así? A quien miente durante todo el año, se le forma una boca mendaz. Y de una boca mendaz, ¿cómo habrían de salir palabras verdaderas que lleguen hasta arriba? Yo, que os hablo, sé qué es lo que sucede. […] Así pues, creedme: tenéis que proponeros no decir mentiras, y entonces se os formará una boca veraz, cuyas palabras verdaderas se elevarán al cielo.”

Al menos, los judíos de los que se habla aquí eran lo suficientemente honestos como para no fingir que estaban rezando realmente en común: en conformidad con la postura de su corazón, rezaban de forma confusa. El hombre moderno ha perfeccionado la mentira de forma totalmente distinta: simula el rezo comunitario con el coro hablado o cantando de un libro las canciones de iglesia. Miente también en la forma. El motivo de que tal rezo comunitario se haya vuelto imposible, lo aduce correctamente la narración jasídica:
una actitud falsa no da un rezo verdadero. La comunidad que no se ha santificado convenientemente, tampoco puede rezar válidamente: miente. Su pseudo-rezo sólo es un atender a sí mismo y una manifestación, pero no un verdadero pronunciamiento ante Dios.

¿Qué resulta de todo lo expuesto? Los ejemplos históricos que hemos aducido sólo deben documentar lo dicho, pero no demostrarlo. Lo que ha sucedido o sucede
de facto, por sí mismo jamás puede legitimar de jure. El pensamiento decisivo y en sí mismo evidente es que el verdadero rezo significa volverse completa y exclusivamente a Dios. Esta vuelta a Dios tiene que llevarse a cabo en todo casi, si es que el servicio divino no debe degenerar en una forma vacía.

Por este motivo, la prioridad suprema habrá que concederla siempre a la santa misa en silencio. Desde que los hombres aprendieron a rezar en silencio, pueden rezar juntos y unos al lado de otros, en común y sin embargo vueltos únicamente a Dios. Después de todo, la asistencia externa y silente a la santa misa representa una forma mucho más sublime de comunidad que rezar y cantar con arreglo a intervenciones obligadas y con una afinación externa. Aquélla asistencia silente es la única que posibilita la
participatio spiritualis activa que exige la verdadera concelebración de la eucaristía. Al fin y al cabo, quien reza vuelto a Dios en silencio sabe que está al lado de aquellos que también rezan de forma verdadera. Sólo como ejemplo, recuerdo el rezo durante las santas misas en la Capilla de la Gracia de Altötting.

Pero aparte de esta posibilidad, no se querrá renunciar a la santa misa festiva con rezo en voz alta y coros. Ésta es, sobre todo, la expresión adecuada de las fiestas supremas de la santa Iglesia, del domingo en la semana y de los días festivos de la Iglesia. Pero si se reza en común y en voz alta, entonces es una exigencia necesaria que la declamación sea también realmente rezo.
El coro no debe limitarse a hacer música, sino que tiene que adorar. La música sagrada debe ser expresión de la elevación común a Dios en Su Espíritu. Eso presupone que sólo se ejecuten aquellas obras que fueron compuestas con un espíritu religioso. Por eso, en su “Legislación de la música eclesiástica”, Pío X exhortó con apremio a tener la mayor precaución con que “aquellas obras que se ajustan al estilo moderno no introduzcan nada mundano en la Iglesia, que no aludan a motivos mundanos, ni imiten en su forma externa canciones mundanas”. Hay que exigir además que el coro y la comunidad estén unidos en un mismo rezo, aun cuando la comunidad externamente guarde silencio. Eso lo garantiza en primer lugar que sólo puedan cantarse los textos sagrados autorizados, pero luego también el hecho de que el coro no se conciba como mero ofrecimiento musical, sino que cante rezando.

Con la unidad del rezo se corresponde la
unidad de la palabra, y eso es el lenguaje sacral especial y peculiar de la Iglesia, que une entre sí a los creyentes de todas las lenguas y los eleva por encima de la cotidianeidad. Permítaseme recurrir todavía una última vez a una doctrina judía: “Se preguntó al Rabí Pinchas de Korez: “¿Cómo hay que entender que antes de la construcción de la torre los hombres tuvieran una única lengua y que luego, cuando Dios los confundió, cada grupo humano recibiera su lengua propia? ¿Cómo fue posible que cada pueblo tuviera de pronto en lugar de la lengua común una lengua especial y se entendiera en ella?” El Rabí Pinchas explicó: “Antes de la construcción de la torre, todos los pueblos tenían en común la lengua sagrada, pero además de ella cada uno tenía la suya propia. Por eso se dice: “Todos los países de la tierra tenían una lengua”, la sagrada, “y algunos dialectos, es decir, los lenguajes particulares de los pueblos que eran adicionales a aquella lengua común. Cada pueblo hablaba entre sí con su lenguaje particular, y con otros pueblos hablaba en aquella lengua común. Lo que hizo Dios al castigarlos, fue quitarles la lengua sagrada.”” Por eso dice el Papa Pío XII en su encíclica “Mediator Dei”: “El uso de la lengua latina, tal como tiene validez en una gran parte de la Iglesia, es un signo hermoso y reconocible por todos de la unidad” y “una verdadera defensa contra toda corrupción de la doctrina verdadera”.

La comunidad actual no puede llevar a cabo el verdadero rezo rezado en común y en voz alta. Por eso, a la música sacra y al coro les siguen correspondiendo funciones esenciales y decisivas. Si no se quiere renunciar a la forma festiva suprema del servicio divino, no se puede prescindir del coro. La autonomización de la música pura respecto de la mera palabra es justamente lo que posibilita la unidad de la participación en el verdadero rezo para la
Schola y la comunidad. Por eso, el artículo 114 de la “Constitución sobre la liturgia sagrada” del Concilio Vaticano II exige con razón: “Que se custodie y cuide con el máximo cuidado el tesoro de la música eclesiástica. Los coros de cantores deben ser fomentados con apremio.”