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El hijo pródigo
EINSICHT, año 3, cuaderno 1 (Abril 1973), pp. 23-26. Jerrentrup [2979|.


I. El hijo


Todo el mundo conoce la parábola del hijo pródigo, pero casi nadie ha pensado más profundamente sobre ella. La opinión habitual es que él pecó porque, después de haberse hecho pagar la herencia, dilapidó esta fortuna llevando una vida de lujo. Pero la culpa del hijo pródigo no se encuentra ahí: se encuentra en un lugar anterior, y es ahí donde hay que buscar la clave de toda su historia posterior.
Toda la catástrofe acontece ya en el momento en que exige al padre: “¡Dame la parte de la herencia que me corresponde!”
Nadie puede tomar por sí mismo el honor, sino que el honor le adviene a aquel a quien Dios se lo da. No somos
nosotros quienes hemos elegido a nuestro Señor, sino que Él nos ha elegido (Jn XV, 16). Tampoco podemos tomar simplemente por nosotros mismos nuestra parte de autoridad, es más, ni siquiera podemos exigirla, sino que dicha parte nos la tiene que entregar quien la posee legítimamente. Pero el hijo de este hombre piensa de otro modo: él exige “su parte”, suponiendo que le pertenece. En el fondo, esto es lo mismo que si la toma con violencia. En cualquier caso, lo hace con la mentalidad de que se considera a sí mismo legitimado para apropiarse de esta fortuna del padre.

En nada se reconoce con tanta seguridad al verdadero cristiano católico sino en que él jamás se arroga por sí mismo este derecho de autoridad. Más bien, esto es el espíritu de la rebelión. No es el hijo quien ha atesorado esta fortuna, sino el padre, y éste es quien posee la autoridad. Él tiene fortuna y autoridad si no estuvo poseído a su vez del espíritu del arrogamiento: las tiene no porque se las hubiera apropiado con violencia, sino porque le correspondieron legítimamente. Pero en último término el señor es sólo uno: Dios.

Toda fortuna legítima, toda autoridad verdadera que se acredite a sí misma, viene de Dios, y pertenece a Dios como propiedad Suya. El hombre a quien Dios se las confía, en este punto está representando a Dios y está administrando Su propiedad. Quien se apropia por sí mismo de una fortuna y de una autoridad tales, es más, quien tan sólo se siente legitimado para ello, atenta inmediata o mediatamente contra la propiedad de Dios y contra la autoridad de Dios.

De este modo, el padre representa a Dios para el hijo en la familia, el maestro para el discípulo, el sacerdote para los creyentes. No sois vosotros quienes me habéis elegido, sino que yo os he elegido a vosotros, dice el Señor. Pero el hijo pródigo se arroga la decisión sobre la propiedad del padre y usurpa su autoridad. Con ello está determinando quién es la autoridad y quién administra la fortuna. “¿Cuál es el derecho general de elección?”, preguntó Léon Bloy, y respondió: “Que los hijos elijan quién debe ser padre en la familia.” Ellos decretan qué debe suceder con la fortuna, ellos eligen quién es su padre. Y esto es, exactamente, prevaricación en las cosas de Dios.

Para hacer totalmente clara la monstruosidad de este suceso, quiero expresarlo aún más drásticamente: en el fondo, los hijos quieren decretar y disponer sobre el hecho de que y el modo como el padre los engendra. El que entienda qué crimen tan tremendo es esto –precisamente la arrogancia de querer ser como Dios–, entenderá también lo que sucedió en la historia del hijo pródigo.

“No te está permitido destapar la desnudez de tu padre”, ha dicho el Espíritu Santo. Jam, que lo hizo, recibió la maldición de tener que ser el último siervo de sus hermanos, es decir, de quienes honraron al padre en su debilidad. En
Los hermanos Karamázov, Dostoievski mostró con un apremio máximo que en ningún caso tenemos el derecho de tocar la autoridad y la propiedad de nuestro padre, aunque éste sea un Fiódor Karamázov. Aun cuando las acciones del padre hagan que en nosotros se plantee la atormentadora pregunta: “¿Para qué vive un hombre como éste?”, en el hecho de que Dimitri advierta eso y actúe en consecuencia, en eso vio Dostoievski la única postura que puede salvar la humanidad. Nuestro engendramiento carnal, y más aún nuestro engendramiento espiritual, es un misterio terrible, cuyo acceso nos está vedado categóricamente por nuestra condición de criaturas. Quien quiera entrar por sí mismo en este santuario, quien quiera disponer sobre él, quiere lo que quiere Satán: ser como Dios.

Transcurre sólo un tiempo muy breve, sólo unos pocos días, hasta que el hijo se marcha lejos del padre, a una región lejana. Una circunstancia significativa. ¡Después de haberlos congregado a todos! ¿Qué significa esto? También la mujer que al final acaba encontrando el dracma perdido reúne a sus vecinas y amigas por la alegría de volver a tener el dinero. ¿Tiene el hijo pródigo esta misma alegría? No, se trata de una alegría distinta. Él se alegra de tener finalmente en su posesión y a su disposición lo que hasta ahora era sólo del padre. Llama a “todos” para que participen de esta alegría y le confirmen en su arrogamiento. Es la mayoría democrática de electores la que legaliza la sublevación. El hijo necesita esta aprobación para sentirse confirmado, pues también él siente de alguna manera que le falta la autoridad real que tiene el padre, de modo que busca un sustituto aparente para ella.

Se marcha
muy lejos del padre. Esto simboliza la tremenda distancia que, por causa de su propia decisión, le separa del padre desde el momento de su arrogamiento. Tampoco el padre puede verlo ahí. Tiene la fortuna, también tiene la autoridad aparente que consigue gracias a ella. Sería penoso que la autoridad auténtica del padre le recordara que él no la tiene, y que está disponiendo sobre algo para lo que no tiene ningún derecho de disposición. Piensa que, en último término, tampoco necesita del padre: puede hacer por sí mismo lo que podía hacer el padre.

“Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”, dijo Cristo. El hijo pródigo buscó primero “todo lo demás”, pues creía que el Reino de Dios ya se le dará por añadidura. Pero en eso consiste el terrible encegamiento. No sólo pierde el Reino de Dios y su justicia, sino también todo lo demás.

¿Qué habría tenido que hacer? No tendría que haberse tomado por sí mismo la autoridad con fines de ganancia personal, sino que debería haber servido a la justicia del Reino de Dios. Entonces habría ido asumiendo la obra y le habría advenido la autoridad, no como botín de un arrogamiento, sino como un poder que hay que asumir con responsabilidad. Disponer sobre una riqueza, desempeñar un cargo, significa cargar con una responsabilidad. ¡Cargar! Pues para un ser que no es substancialmente autoridad y riqueza –como lo es Dios– la responsabilidad es una carga; pero una carga leve en comparación con la carga de una autoridad arrogada que uno trata de asegurarse. Esta dignidad le habría advenido de Dios, y justamente por ello todos los demás, quieran que no, tendrían que haberla reconocido como legítima ante el foro de su conciencia. Y ciertamente, “todo lo demás” habría venido simultáneamente junto con esta dignidad. Pero con las tres tentaciones en el desierto al norte del Jordán, Jesús nos mostró cómo se comporta el hombre moral en relación con esto. El diablo empleaba aquellas palabras de Dios que habían colmado por completo el espíritu de Jesús cuando fue bautizado y cuando los cielos dijeron: “Si eres el Hijo de Dios…” Entonces, le susurró el diablo, puedes disponer soberanamente sobre el pan, entonces te corresponde pese a todo
como un derecho que Dios, el Padre, te ayude de manera milagrosa, y entonces puedes gobernar también sobre todos los reinos del mundo. Sin embargo, tienes que adorarme a mí, el diablo, es decir, tienes que tomar como valor máximo la autosoberanía (por delante de Dios). Jesús lo rechaza: él quiere exclusivamente la justicia del Reino de Dios, no quiere disponer autosoberanamente sobre todo lo demás. Es el Padre quien lo glorifica. Eso no significa que en su finalidad última él no incluya también el pan, la fuerza milagrosa de Dios que se manifiesta y el gobierno regio sobre toda la tierra, pero ellos no son el motivo de su voluntad: ésa es la diferencia.

El hijo perdido quería “todo lo demás”: ya sólo por causa de este querer pierde la justicia del Reino. Donde la mentalidad jurídica está perturbada en sus principios, ya no puede realizarse ninguna justicia ni puede haber ninguna armonía. Él habrá considerado esta justicia como algo accesorio para “todo lo demás”, o como algo muy obvio. Pero hubo de aprender algo muy distinto.

Lo primero que hace con la riqueza apropiada es vivir lujosamente. “Lo derrochó todo”, dicen las Sagradas Escrituras. Postura de nuestro hombre moderno, que llama a su sociedad con orgullo “sociedad de consumo”. Otros la han creado, para él es obvio que todo eso existe para él: consume. Lo que ha surgido por una auténtica justicia y fidelidad a la obra, tiene que estar naturalmente a su disposición, y lo consume, sin notar siquiera lo que ha costado física y moralmente. El hermano mayor es incluso más explícito: dice que el hijo pródigo “ha malgastado tu dinero, con prostitutas,
cum meretricibus, con mujeres que sacan ganancia del amor. El hijo pródigo busca el placer por el placer, porque ha revocado la justicia. Lo encuentra en la pornografía. Pero ya no encuentra amor auténtico, sino sólo su sustituto a cambio de dinero. La substancia de su vida se consume incesantemente, porque, sin la justicia, no sólo ya no puede ampliarla, sino que sin ella ni siquiera conserva lo que todo hombre busca en último término en virtud de su naturaleza racional: amor.

Pero con el consumo incontrolado, el hijo pródigo cae en la miseria. En este mundo nada se da de balde. Quien no hace acopio, dispersa, y nadie ni nada hace acopio en su lugar. Viene el hambre, la “crisis económica”, y con ella la miseria. No quiso servir al Señor, ahora cae bajo el señorío económico de otra persona. “Fue a pedirle trabajo a uno del lugar, dice el Señor. Despreció a su padre, y ahora va a buscar al extraño, a un hombre del lugar, que por su parte es exactamente el representante de otro, a saber: del Señor de este mundo.

Éste lo manda a sus campos a cuidar cerdos. El Estado, la sociedad sin Dios, esclavizan al hombre, que no obstante es en cuanto a su procedencia hijo de Dios, llevándolo a la miseria más extrema, lo degradan hasta lo más sucio. Después de haberse desprendido de Dios, quiso deleitarse con lo sucio, y ahora tiene que servir a los cerdos y ni siquiera puede consumir lo que éstos comen. Nuestra sociedad del bienestar, antaño cristiana, se acordará de estas palabras, suponiendo que todavía sea capaz de acordarse de algo.

Pero el hijo pródigo recuerda que en la casa de su padre incluso los trabajadores tienen pan bueno en abundancia: pan, es decir, lo que necesitan para una vida sana y un trabajo honesto, no algarrobas, aunque tampoco pasteles. Les es dado por añadidura lo que el esfuerzo por la justicia del Reino de Dios trae consigo.

En este momento, observemos el paralelismo con la mujer cananea que suplicó con tanta insistencia a Jesús en la región de Tiro y Sidón. También ella suplica poder comer al menos de las migajas que los hijos de la casa dan a los perros. El Señor se vio conmovido por su fe. La observó y no la despachó, como pretendían los discípulos enojados por su insistente premiosidad, sino que finalmente dejó que se acercara a él y la escuchó, porque su fe era grande.

Aquí, sólo con que se le permita hacerlo, la mujer pagana quiere comer del pan de la justicia que cae para los perros, es decir, los impulsos adiestrados y aprovechables. Allí, el hijo rebelde de Dios quiere devorar las algarrobas destinadas a los cerdos, es decir, a los impulsos desatados e impuros, para aplacar su hambre terrible, pero ni siquiera eso le es concedido.

En esta miseria extrema, el hijo pródigo se convierte. Pero esta conversión hay que entenderla bien. Lo que provoca la conversión no es el pensamiento de que los trabajadores de la casa de su padre tiene pan en abundancia, como si fuera un pensamiento que busca “mejores condiciones de vida”. Eso no sería más que otro tipo de materialismo. Es el pensamiento de que pecó contra el padre cuando
exigió su parte, y que por eso ni siquiera vale lo que un trabajador, que al fin y al cabo actúa sin ninguna pretensión de riqueza y autoridad. Ahora estaría dispuesto a servir sin exigencias en el Reino de Dios.

¿Quién no reconoce en la figura del hijo pródigo a la cristiandad? ¿No se habían opuesto los judíos con todo su poder a que el Reino de Dios le fuera dado también a los paganos? ¿No habían dicho que estos paganos no conservarían la fe pura con la exclusividad incondicional que ellos tenían? Pero el Señor los adoptó como hijos e incluso les dio la parte de la herencia cuando la pidieron. ¿Qué ha hecho la cristiandad? Ha
dispuesto sobre ella. Empezando con los reyes que buscaron su propia autoridad y su propio gobierno, y no los del Señor (salvo unas pocas excepciones), hasta la moderna soberanía “popular” que sólo conoce intereses económicos y que se está construyendo su propio campo de concentración universal. La riqueza de Dios está dilapidada, y ya no queda nadie que realice a título de representante la autoridad de Dios.


II. El hermano mayor


Por la alegría de que su hijo perdido se hubiera convertido y hubiera regresado, el padre mandó matar un becerro, y ordenó que prepararan una fiesta y que tocaran música. Entonces llegó a casa el hijo mayor, que venía de trabajar en el campo, y se enojó porque todo eso se hiciera por un derrochador y lujurioso, y se lo reprochó al padre.

Este hermano mayor –esto casi siempre se pasa por alto– también había recibido ya su herencia. Se dice expresamente que el padre había repartido la riqueza
entre ellos. Ya sea porque el hijo menor recibió el dinero líquido, ya sea porque la riqueza fue repartida por igual pero el hijo menor vendió en seguida su parte de las tierras, en cualquier caso la otra parte –la casa, el terreno y el suelo– pertenece al hermano mayor, que se quedó en casa. Pero por el reproche que hace al padre por la fiesta organizada en honor de su hermano, vemos que, a pesar de ello, hasta entonces evidentemente no había dispuesto sobre su parte de la herencia: “Jamás me has dado ni siquiera un cabrito para hacer fiesta con mis amigos.” Y el padre le dice en su respuesta: “Todo lo mío es tuyo.”

Es decir, este hijo escogió quedarse así en casa del padre, permaneciendo de este modo bajo su autoridad. No era él, sino el padre quien seguía disponiendo sobre su propiedad. Él quería obedecer en todo. Es significativo que el padre trató también a este hijo
conforme a su voluntad, igual que al hijo menor. Porque el hijo mayor quiso permanecer en la obediencia, el padre le sigue ordenando lo que tiene que hacer en el campo. Y el hijo se gloría de que jamás contravino un mandato del padre.

Pero también este hijo tiene sólo la relación recta con la autoridad del padre. Aunque le obedece externamente, en su interior critica lo que el padre ha dispuesto, y con motivo de la fiesta por su hermano formula en voz alta esta crítica. Así pues, también él se ha apropiado de la autoridad. Seguramente se sintió plenamente legitimado para ello, después de que el propio padre, al fin y al cabo, le hubiera adjudicado los bienes familiares como herencia. ¿No le había puesto el propio padre como heredero y señor, y en verdad no le daba esto el poder de disposición, aun cuando por piedad se sometiera externamente a las órdenes del padre?

Este hijo no pensó que no fue él quien había conseguido los bienes, sino el padre, es decir, que después de todo, cuando decretaba en casa lo que había que hacer, en cualquier caso sólo estaba disponiendo sobre aquello que había conseguido
el padre. Si el padre lo puso en su herencia, podía en efecto disponer sobre ella, pero no contra la voluntad del padre.

Pero que en realidad piensa de otro modo, lo vemos en el rechazo que experimenta hacia lo que el padre había ordenado, la fiesta por su hermano, y en los reproches que hace al padre: haber dado para esta fiesta lo mejor que había en casa. Lo hace refiriéndose a su mérito de haber servido ya durante tantos años al padre (aunque él era ya el propietario) y de haber obedecido siempre sus ordenanzas. Es decir, al menos en su pensamiento está decretando lo que el padre tiene que hacer. También él está
disponiendo sobre la autoridad que legítimamente corresponde sólo al padre.

Esta postura Jesús nos la ha mostrado en grados. Nos muestra también a los arrendadores que habían arrendado el viñedo y que ya no quieren pagar el arriendo al verdadero propietario, es más, que quieren adueñarse del viñedo, aun cuando tengan que matar al hijo.

Lo que se muestra en el caso de este hijo mayor es la revuelta interior, la revolución conservadora, si la puedo llamar así. Se obedece para ganarse la autoridad sobre todo. Se obedece con vistas a la usurpación. Ésta es la tentación a la que en todos los tiempos están expuestos los hijos que permanecieron fieles a la casa, y a la que la mayoría sucumbe. De esta actitud resulta todo el drama que se ha desarrollado y se desarrolla entre el Dios hecho hombre y su pueblo elegido, especialmente sus sacerdotes. “
La maison est à moi, c’est à vous d’y sortir!”: ésta es la eterna llamada de Tartufo contra el señor legítimo, a quien, pese a todo, agradece todo lo que él tiene y es en la casa.

En los tiempos de Jesús, los que adoptaban esta actitud eran los judíos, especialmente los maestros de la ley, los ancianos y los fariseos. Le decían a Jesús que eran hijos de Abraham y que no necesitaban ser liberados. “¿Acaso somos ciegos nosotros, los maestros de la ley?”, preguntaron a Jesús, que les respondió: “Si fuerais ciegos, seríais sin pecado. Pero vosotros decís: “¡Vemos!” Por eso quedan vuestros pecados.” Ellos se ponen por encima del Hijo de Dios: “Es mejor que perezca este hombre que el pueblo entero se subleve.” En la terrible confrontación en el templo en la Semana Santa, Jesús les dice: el Reino se os arrebatará a vosotros, asesinos, y seréis expulsados del viñedo, pero el viñedo se les dará a otros que son mejores que vosotros, aunque sean recaudadores de impuestos y prostitutas que han reencontrado el camino. Pero esto sólo sirvió como un motivo más para que los judíos odiaran a Jesús. Esta propiedad, que en su opinión se habían merecido y para cuya disposición estaban plenamente legitimados, ¿debía pertenecer también a otros –los paganos– que sólo habían dilapidado y derrochado? Eso no debía suceder. Velaban con celo por su pretensión de exclusividad.

Hay unas palabras terribles del Señor sobre este pueblo de Dios y estos sacerdotes: que
toda la sangre que se ha derramado de los justos, desde Abel hasta Zacarías, es decir, desde el primero hasta el último de los casos que se relatan en el Antiguo Testamento, vendrá sobre ellos, porque ellos tienen la culpa. ¿Pero acaso no hay muchos justos que han sido matados por paganos y poderes mundanos?, se preguntará. ¿Por qué entonces los culpables tienen que ser exclusivamente los sumos sacerdotes y los maestros de la ley judíos, los fariseos y los ancianos? La respuesta tiene que decir: porque justamente ellos, que han sido elegidos para hacer posible la venida de Dios a este mundo, la impiden, proporcionando con ello a los poderes mundanos y paganos aquel poder que les posibilita la matanza de los inocentes.

En la noche del Jueves Santo, cuando en la prisión del sanedrín Jesús fue bajado al foso de los prisioneros, el “estómago de la tierra”, y él estaba ahí aguardando la condena al amanecer, ¿en qué habrá pensado? ¿Cómo se había llegado a ello? Porque los siervos escogidos de Dios habían ocupado Su lugar y disponían sobre Su propiedad. Los judíos, y entre ellos especialmente los caudillos religiosos, fueron quienes traicionaron la redención. Ellos cerraron el Reino de los cielos en lugar de abrirlo, y al no entrar ellos mismos, impiden también que puedan entrar los demás.

El hijo mayor es el hijo de aquella otra parábola que al mandato del padre dice sí, pero luego no lo ejecuta.

Esta “revolución conservadora” se ha repetido en nuestros días. Los que se quedaron en la Iglesia y aparentemente sólo querían lo que el Señor ordenó, se han puesto por encima del Señor y han puesto su voluntad propia en lugar de la voluntad divina. Disponen sobre Su propiedad. Decretan lo que hay que creer. Determinan qué palabras tuvo que decir el Señor cuando instauró su don más glorioso, el santísimo sacramento del altar. Sustituyen la palabra divina por su interpretación, haciéndola así ineficaz. Son infieles al santo bien cuya administración se les ha encomendado. Y con todo ello, se siguen haciendo pasar siempre por los “fieles administradores” de su Señor. Golpean a sus compañeros siervos que no reforman y cambian funciones como hacen ellos, y comen y beben con los borrachos de este mundo porque ya no creen que el Señor mismo va a venir. Han apartado la
palabra verdadera, y creen que ahora son ellos los dueños del viñedo. Ya no quieren ninguna redención.

Dios viene a Su propiedad, y los suyos no lo reciben, le niegan que siga disponiendo sobre ella, quieren matarlo, para que, definitivamente, sólo ellos puedan disponer sobre la propiedad a su arbitrio. „Vete y no vuelvas más... no vuelvas nunca... ¡Nunca, nunca!“, dice el Gran Inquisidor de Dostoievski a Cristo. “¿Por qué has venido a estorbarnos?”: exactamente las palabras de los diablos que hablan desde los posesos.

Cuando la madre de Dios indicó en Lourdes a Bernadette que besara a diario la tierra –el polvo del que estamos hechos y al que regresaremos– en expiación de nuestros pecados, estaba apuntando a la verdadera humildad católica, que es indispensable para no caer en la revolución progresista o conservadora, en el espíritu del arrogamiento de autoridad. Como los fariseos quieren presentar sus decretos como la verdadera autoridad religiosa, tienen que calumniar la autoridad de Cristo diciendo que viene de Belcebú. Pecan contra el Espíritu Santo: un pecado que no es perdonado.

La “revolución conservadora” es tanto más peligrosa cuando que se hace bajo la máscara de la obediencia y de la autorización por parte de Dios. El anticristo se establece en el templo de Dios. Convirtiendo lo santo en mal, pasa a ser las puertas del infierno que amenazan con prevalecer sobre la Iglesia. El Señor tampoco dice nada de una conversión, como en el caso del hermano menor. Éste sólo se había apropiado, había intercambiado y dilapidado su parte de los bienes del padre. Aquél lo falseó en su esencia interna, siendo infiel a lo santo mismo.

La soberbia diabólica nos acecha a cada uno de nosotros. Ser católico, ser
hijo de Dios, significa permanecer humildes y no contravenir ninguna autoridad que venga de Dios. Lo que convierte en pecador contra el Espíritu Santo es ya la soberbia interior que se arroga de los derechos del Señor y del padre. Satán actúa en todas partes, pero también el espíritu de Dios sopla donde quiera, y sólo es activo en aquellos que le aman.


III. El padre


Advertir la forma de actuar del padre y los motivos que la determinan es la tarea más difícil para la interpretación de la parábola del hijo pródigo. Ya he señalado el sorprendente hecho de que el padre, respondiendo a la exigencia del hijo, reparte la riqueza entre los dos hijos, es decir, que da su herencia ya en vida. Pero en lo sucesivo, el padre dispuso sobre la propiedad del hijo mayor cuando mandó matar el becerro y organizar una fiesta para el hijo que regresaba lleno de arrepentimiento.

En primer lugar, uno se pregunta sorprendido por qué el padre, que, después de todo, en función de su querer moral está capacitado de forma totalmente distinta que los hijos a administrar los bienes y la riqueza, los reparte, renunciando así jurídicamente al derecho de seguir disponiendo sobre ellos. ¿Acaso no sabía cuál era la actitud de sus hijos? A partir de la mera circunstancia de que el hijo menor exigía su parte de la herencia, ¿no podía ver ya que no haría nada bueno con ella?

En esta parábola no se dice nada sobre ello. Pero también aquí se puede hallar la solución investigando atentamente otras parábolas de Jesús. En la parábola del hombre que arrienda su viñedo a viñadores, ese hombre les envía también a su hijo a recoger la ganancia de la cosecha que se le debía entregar una vez que los viñadores habían maltratado y matado ya a los siervos que había mandado hasta entonces, arriesgando con ello que también mataran al hijo. Así pues, ¿no tenía que contar también con ello?

Desde luego que ambas parábolas no quieren decir que el padre o el propietario del viñedo fueran demasiado necios o demasiado débiles como para controlar a tiempo el infortunio. ¡Todo lo contrario! Presuponen una firmeza de voluntad, la introducción de un riesgo, una imperturbabilidad y una prudencia a largo plazo que son muy inusuales y casi sobrepasan la medida humana. ¿Pero qué significa entonces el modo de actuar del padre o del propietario del viñedo?
Significa que Dios nos trata por completo como a seres libres. Entrega su propiedad –hasta la vida de Su hijo– a la disposición arbitraria de los hombres, de sus hijos. Dios nos creó como seres libres, aunque sabía que pecaríamos. Con el don de la libertad –que es realmente don
de la libertad–, nos dio la disposición exclusiva sobre nuestras decisiones y resoluciones; y como una libertad que no es capaz de actuar no es ninguna libertad, nos dio también un poder de disposición sobre un ámbito suficientemente grande de la realidad. Pero sobre nuestras decisiones y sobre este ámbito, según la voluntad de quien nos lo dio, disponemos realmente nosotros. Hemos comenzado a jugar una partida, y esta partida la jugaremos totalmente solos hasta el final, según la voluntad de quien nos dio la posibilidad de este juego junto con sus oportunidades.

La historia universal será en su resultado el resultante lógico de lo que el hombre ha hecho en su libertad con esta realidad. Si hay una circunstancia que tendría que provocar nuestro máximo asombro, es que Dios ha intervenido en este curso sólo con un mínimo increíble de actos milagrosos. La humanidad tendrá que presentar a Dios nuestro Señor para arreglar cuentas el resultado de sus obras el día en que el Señor regrese al cabo de un tiempo muy largo, y así también cada uno de nosotros.

La parábola de los talentos o de las minas puede iluminarnos aquí otras cosas esenciales. También esta parábola casi siempre se entiende mal. A saber, en general se supone que el hombre que se marchó muy lejos para recibir la dignidad real sólo prestó a sus siervos el dinero, confundiéndose a causa de la expresión de Mateo de que uno de los siervos enterró en la tierra “el dinero de su señor”. No es el dinero que debe a su señor, sino el dinero que recibió de su señor, pero que en efecto, en un sentido anterior y absoluto, sigue siendo pese a todo dinero de su señor. Cuando el señor regresa, como Lucas dice con especial claridad, manda llamar a sus siervos “para saber cuánto había ganado cada uno” (Lc XIX, 15). Les había dado el dinero. Quería ver lo que habían ganado para tomar un criterio para calcular la responsabilidad política que quería darles en su reino. Sólo así se hace comprensible la respuesta del mal siervo de que no negoció con la mina porque sabía que su señor era un hombre severo y duro que les quita simplemente a los otros su propiedad cuando le place. Con ello quiere decir que el mismo señor que le ha dado el dinero, es al mismo tiempo también el gobernador absoluto en el reino. Pero en consecuencia, el siervo tenía que contar con que el señor podría volver a quitarle en cualquier momento lo que le pertenecía, y por eso no se esforzó en absoluto. Si el señor le hubiera dado el dinero sólo en administración o sólo se lo hubiera prestado, esta respuesta no tendría ningún sentido.
Es decir, Dios quiere ver lo que
nosotros, a quienes ha dado su propiedad, hacemos de ella con nuestra libertad en cuanto tal. Deja que dispongamos nosotros solos sobre ella durante todo el tiempo que está ausente. Sin embargo, pese a ello sigue siendo el señor absoluto de nosotros y de nuestra propiedad. Pero cuando al final se arreglen las cuentas, el modo como hayamos negociado será la medida para lo que se haga de nosotros en las “moradas eternas”.

La parábola de los talentos da aún otra enseñanza importante: ahí se dice que el señor le dio a cada uno
secundum propriam virtutem, según sus fuerzas propias (personales y morales). La riqueza objetiva adjudicada corresponde a la riqueza subjetiva del que la recibe. Si esto se aplica a los dos hijos en nuestra parábola, entonces eso significa que también el hijo mayor y el menor recibieron la herencia que correspondía a sus fuerzas morales. Si podemos presuponer que el hijo menor recibió como herencia el dinero, y que el hijo mayor recibió la propiedad de los suelos, entonces de aquí resulta ya algo muy significativo: uno quería (y le correspondía) lo permanente, lo inmodificable (“los inmuebles”, como todavía se dice hoy), y el otro quería (y le correspondía) lo intercambiable (“lo convertible”, “the cash”). Uno –tuvo que decirse el padre– perseveraría en lo que recibía; el otro trataría de cambiarlo. El dinero es el contravalor abstracto indiferente de diversos bienes objetivos, por medio del cual todo lo cambiable puede también intercambiarse… salvo lo incambiable, y eso es la actitud moral y el amor. Por eso, el hijo pródigo puede proporcionarse también “todo lo demás” a cambio de su dinero –al menos mientras quede dinero–, sólo que su corazón deja de amar en tanto que intercambia los bienes crecidos desde la justicia (de Dios) por lo injusto, y en tanto que, a partir de ese momento, le falta el amor de otro que responda a su propio amor. El hermano mayor –como de antemano sabía el padre– perseveraría en los bienes heredados, y no los modificaría en ninguna otra cosa. Pero también él heredó sólo los bienes, no la actitud moral del padre. Dependería de su libertad si los bienes iban a seguir siendo bienes morales, o si pasarían a ser bienes en los que ya sólo estaría el título de herencia divina, pero que ya no serían bienes del rey, sino sólo los bienes de quien se ha declarado a sí mismo soberano convirtiéndolos en bienes propios.

Pero hay más: el padre no sólo les da a ambos los bienes deseados y que corresponden a sus riquezas propias, sino que también se los da en
el modo como ellos mismos lo desean. Uno quiere poseerlos del todo para sí mismo sin supervisión ni posibilidad de intromisión por parte del padre, el otro quiere que el padre siga disponiendo sobre ellos, aunque ya no sean propiedad del padre, sino la suya. Unicuique secundum propriam virtutem. Dios hace que su sol salga sobre malvados y justos. A quien quiere dilapidar su herencia, Dios se la da para que la derroche, y en el caso de quien quiera que Él siga determinando sobre ella, dispone en adelante sobre lo regalado. Dios acepta nuestra voluntad libre y sus decisiones, pero lo que nos ha regalado sigue siendo nuestra propiedad según Su voluntad, aun cuando queramos que Dios disponga sobre ella y que el Señor corresponda a esta voluntad nuestra.

Sin embargo, esta ley tiene una excepción, aunque sólo una, como nos enseña nuestra parábola. A saber, tenemos que presuponer que el padre previó claramente que el hermano mayor no aprobaría que el padre mandara matar el becerro para el hermano que regresa. Y sin embargo, el padre dispone aquí sobre la propiedad de su hijo en un caso en que éste –como se aprecia–
no quiere que el padre lo haga. En este caso, Dios se aparta de la libre voluntad. ¿Por qué? ¿Cómo hay que entender y explicar esta desviación del principio que por lo demás se sigue estrictamente?

El caso que constituye la excepción es el perdón de los pecados y la reconciliación. El evangelista introduce las tres parábolas, cuya culminación es la del hijo pródigo, diciendo que el señor las expuso a los fariseos y teólogos eruditos que habían murmurado contra el hecho de que él recibía a los pecadores. Así pues, en último término estas parábolas deben explicar qué significa este recibimiento del pecador arrepentido.

Así como la libre voluntad sería impotente si no pudiera realizar sus decisiones en un ámbito de la realidad, así también el perdón de los pecados y la reconciliación serían impotentes si no se realizaran en un acto real. Este acto, esta acción, es el recibimiento del hijo: el padre se apresura a salir a su encuentro, le recibe con besos y abrazos, manda que le vistan con una estola, que le pongan un anillo en la mano y zapatos en los pies, revistiéndole así de nuevo del poder legítimo. Manda que maten el becerro y que toquen música, mientras celebra con él el banquete de la reconciliación. Esta investidura, esta comunión es la realidad en la que se lleva a cabo la reconciliación con el hijo pecador. Y aquí, el padre dispone sobre los bienes del hijo mayor como sobre
su propia propiedad absoluta.

Si pensamos para qué existían (y existen) los bienes del padre, advertimos que existían para que pudiera realizarse una verdadera vida salva. Servían y sirven exclusivamente a la realización de la justicia y del amor. Los siervos recibían a diario el pan bueno que necesitaban cada día. En este espacio vital, el padre podía no sólo alimentarse a sí y a su familia, sino fundarla y conservarla: un bien dichoso en el que se realizaba la vida moral querida por Dios. Ésta es la finalidad de los bienes, pero no aquel abuso que uno y otro hijo practican o desean practicar con ellos. Si esta finalidad verdadera vuelve a hacerse posible, entonces los bienes tienen que corresponder a ella. Pero, por un lado, esta finalidad sólo se vuelve a hacer posible por la voluntad libre del hombre que regresa de su pecado y se arrepiente. En este momento, y sólo en éste, el señor se presenta como el propietario verdadero y absoluto de todas las cosas, y dispone sobre ellas sin tener en cuenta el desagrado de los propietarios que han recibido los bienes. En verdad, esto era lo único que tenía que temer aquel siervo que enterró la mina de su señor, porque contaba –y no sin razón– con que éste podría volver a disponer de pronto sobre ella como su propietario absoluto. Si no quiero que Dios disponga sobre su propiedad (que ahora es la mía) cuando Él quiera, entonces tampoco quiero que se realice el amor de Dios. Pero no hay ningún título jurídico que pueda despojar al mundo de Dios de su verdadera determinación, y donde esta verdadera determinación pueda realizarse, también lo hará merced a Su voluntad omnipotente. La propiedad regalada no vendría realmente de Dios si no hubiera sido heredada
de Dios, si no estuviera y se mantuviera orientada esencialmente al bien, y si no cumpliera su finalidad.

Los bienes que el hermano mayor había heredado y que no quiso modificar, son estos bienes orientados a la realización de la vida divina. Están determinados esencialmente a la realización de la reconciliación. Que esta realización se produzca, depende de que el hombre se aparte voluntariamente del pecado y se vuelva al padre pidiendo perdón. Si se cumple esta condición, entonces el señor los ha empleado también de un modo absoluto y soberano para su finalidad real. Les son quitados a quienes se consideran ya los propietarios autosoberanos de la Iglesia, y son devueltos a su verdadera determinación. Con ello, aquéllos no sólo pierden unos bienes objetivos, sino algo mucho más esencial: el medio de la realización del bien espiritual, del amor.

Quien no puede perdonar, tampoco acepta ningún perdón, y en consecuencia su Dios es un Dios jansenista, que no perdona. Pero quien humildemente acepta en su pecado el perdón de Dios (y vuelve a aceptarlo una y otra vez), colma el cielo de una alegría mayor que la que impera por noventa y nueve justos que no necesitan el perdón, porque en este perdón de Dios se realiza la sobrebondad y el hombre se consigue por sí mismo con su humildad la estola de la gloria.

En esta relación de amor hacia nosotros, Dios llega terriblemente lejos: entrega incluso a Su único hijo –como muestra la parábola de los arrendadores malvados–, es decir, se entrega a sí mismo para nuestra posesión. El hombre puede en tan poca medida como Dios quiere disponer sobre la voluntad libre del otro, y en este caso, sobre la voluntad de Dios; pero puede exterminar a Dios en esta tierra del reino de la vida, de la realidad, matándolo corporalmente. Jesús fue crucificado, y hoy se crucifica a su cuerpo místico, la Iglesia, y se la mata. Pero Dios arreglará cuentas con los hombres como gobernante absoluto, volverá a tomar su propiedad y a disponer que sirva a la realización de Su amor en la eterna comunión con aquellos de sus hijos que han reencontrado el camino hacia Él, el Padre.