El hijo
pródigo
EINSICHT, año 3, cuaderno 1
(Abril 1973), pp. 23-26. Jerrentrup
[2979|.
I. El hijo
Todo el mundo conoce la
parábola del hijo pródigo, pero casi nadie ha pensado más
profundamente sobre ella. La opinión habitual es que él
pecó porque, después de haberse hecho pagar la herencia,
dilapidó esta fortuna llevando una vida de lujo. Pero la
culpa del hijo pródigo no se encuentra ahí: se encuentra
en un lugar anterior, y es ahí donde hay que buscar la
clave de toda su historia posterior.
Toda la catástrofe acontece ya en el momento en que exige
al padre: “¡Dame la parte de la herencia que me
corresponde!”
Nadie puede tomar por sí mismo el honor, sino que el
honor le adviene a aquel a quien Dios se lo da. No
somos nosotros
quienes hemos
elegido a nuestro Señor, sino que Él
nos ha elegido
(Jn XV, 16). Tampoco podemos tomar simplemente por
nosotros mismos nuestra parte de autoridad, es más, ni
siquiera podemos exigirla, sino que dicha parte nos la
tiene que entregar quien la posee legítimamente. Pero el
hijo de este hombre piensa de otro modo: él
exige
“su
parte”,
suponiendo que le pertenece.
En el fondo, esto es lo mismo que si la toma con
violencia. En cualquier caso, lo hace con la mentalidad
de que se considera a sí mismo legitimado para apropiarse
de esta fortuna del padre.
En nada se reconoce con tanta seguridad al verdadero
cristiano católico sino en que él jamás se arroga por sí
mismo este derecho de autoridad. Más bien, esto es el
espíritu de la rebelión. No es el hijo quien ha atesorado
esta fortuna, sino el padre, y éste es quien posee la
autoridad. Él tiene fortuna y autoridad si no estuvo
poseído a su vez del espíritu del arrogamiento: las tiene
no porque se las hubiera apropiado con violencia, sino
porque le correspondieron legítimamente. Pero en último
término el señor es sólo uno: Dios.
Toda fortuna legítima, toda autoridad verdadera que se
acredite a sí misma, viene de Dios, y pertenece a Dios
como propiedad Suya. El hombre a quien Dios se las
confía, en este punto está representando a Dios y está
administrando Su propiedad. Quien se apropia por sí mismo
de una fortuna y de una autoridad tales, es más, quien
tan sólo se siente legitimado para ello, atenta inmediata
o mediatamente contra la propiedad de Dios y contra la
autoridad de Dios.
De este modo, el padre representa a Dios para el hijo en
la familia, el maestro para el discípulo, el sacerdote
para los creyentes. No sois vosotros quienes me habéis
elegido, sino que yo os he elegido a vosotros, dice el
Señor. Pero el hijo pródigo se arroga la decisión sobre
la propiedad del padre y usurpa su autoridad. Con ello
está determinando quién es la autoridad y quién
administra la fortuna. “¿Cuál es el derecho general
de elección?”, preguntó Léon Bloy, y respondió:
“Que los hijos elijan quién debe ser padre en la
familia.” Ellos decretan qué debe suceder con la
fortuna, ellos eligen quién es su padre. Y esto es,
exactamente, prevaricación en las cosas de Dios.
Para hacer totalmente clara la monstruosidad de este
suceso, quiero expresarlo aún más drásticamente: en el
fondo, los hijos quieren decretar y disponer sobre el
hecho de que y el modo como el padre los engendra. El que
entienda qué crimen tan tremendo es esto
–precisamente la arrogancia de querer ser como
Dios–, entenderá también lo que sucedió en la
historia del hijo pródigo.
“No te está permitido destapar la desnudez de tu
padre”, ha dicho el Espíritu Santo. Jam, que lo
hizo, recibió la maldición de tener que ser el último
siervo de sus hermanos, es decir, de quienes honraron al
padre en su debilidad. En Los hermanos
Karamázov, Dostoievski mostró con un
apremio máximo que en ningún
caso tenemos el
derecho de tocar la autoridad y la propiedad de nuestro
padre, aunque éste sea un Fiódor Karamázov. Aun cuando
las acciones del padre hagan que en nosotros se plantee
la atormentadora pregunta: “¿Para qué vive un
hombre como éste?”, en el hecho de que Dimitri
advierta eso y actúe en consecuencia, en eso vio
Dostoievski la única postura que puede salvar la
humanidad. Nuestro engendramiento carnal, y más aún
nuestro engendramiento espiritual, es un misterio
terrible, cuyo acceso nos está vedado categóricamente por
nuestra condición de criaturas. Quien quiera entrar por
sí mismo en este santuario, quien quiera disponer sobre
él, quiere lo que quiere Satán: ser como Dios.
Transcurre sólo un tiempo muy breve, sólo unos pocos
días, hasta que el hijo se marcha lejos del padre, a una
región lejana. Una circunstancia significativa. ¡Después
de haberlos congregado a todos! ¿Qué significa esto?
También la mujer que al final acaba encontrando el dracma
perdido reúne a sus vecinas y amigas por la alegría de
volver a tener el dinero. ¿Tiene el hijo pródigo esta
misma alegría? No, se trata de una alegría distinta. Él
se alegra de tener finalmente en su posesión y a su
disposición lo que hasta ahora era sólo del padre. Llama
a “todos” para que participen de esta alegría
y le confirmen en su arrogamiento. Es la mayoría
democrática de electores la que legaliza la sublevación.
El hijo necesita esta aprobación para sentirse
confirmado, pues también él siente de alguna manera que
le falta la autoridad real que tiene el padre, de modo
que busca un sustituto aparente para ella.
Se marcha muy lejos
del padre. Esto
simboliza la tremenda distancia que, por causa de su
propia decisión, le separa del padre desde el momento de
su arrogamiento. Tampoco el padre puede verlo ahí. Tiene
la fortuna, también tiene la autoridad aparente que
consigue gracias a ella. Sería penoso que la autoridad
auténtica del padre le recordara que él no la tiene, y
que está disponiendo sobre algo para lo que no tiene
ningún derecho de disposición. Piensa que, en último
término, tampoco necesita del padre: puede hacer por sí
mismo lo que podía hacer el padre.
“Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y
todo lo demás se os dará por añadidura”, dijo
Cristo. El hijo pródigo buscó primero “todo lo
demás”, pues creía que el Reino de Dios ya se le
dará por añadidura. Pero en eso consiste el terrible
encegamiento. No sólo pierde el Reino de Dios y su
justicia, sino también todo lo demás.
¿Qué habría tenido que hacer? No tendría que haberse
tomado por sí mismo la autoridad con fines de ganancia
personal, sino que debería haber servido a la justicia
del Reino de Dios. Entonces habría ido asumiendo la obra
y le habría advenido la autoridad, no como botín de un
arrogamiento, sino como un poder que hay que asumir con
responsabilidad. Disponer sobre una riqueza, desempeñar
un cargo, significa cargar con una responsabilidad.
¡Cargar! Pues para un ser que no es substancialmente
autoridad y riqueza –como lo es Dios– la
responsabilidad es una carga; pero una carga leve en
comparación con la carga de una autoridad arrogada que
uno trata de asegurarse. Esta dignidad le habría advenido
de Dios, y justamente por ello todos los demás, quieran
que no, tendrían que haberla reconocido como legítima
ante el foro de su conciencia. Y ciertamente, “todo
lo demás” habría venido simultáneamente junto con
esta dignidad. Pero con las tres tentaciones en el
desierto al norte del Jordán, Jesús nos mostró cómo se
comporta el hombre moral en relación con esto. El diablo
empleaba aquellas palabras de Dios que habían colmado por
completo el espíritu de Jesús cuando fue bautizado y
cuando los cielos dijeron: “Si eres el Hijo de
Dios…” Entonces, le susurró el diablo,
puedes disponer soberanamente sobre el pan, entonces te
corresponde pese a todo como un
derecho que Dios, el Padre, te ayude
de manera milagrosa, y entonces puedes gobernar también
sobre todos los reinos del mundo. Sin embargo, tienes que
adorarme a mí, el diablo, es decir, tienes que tomar como
valor máximo la autosoberanía (por delante de Dios).
Jesús lo rechaza: él quiere exclusivamente la justicia
del Reino de Dios, no quiere disponer autosoberanamente
sobre todo lo demás. Es el Padre quien lo glorifica. Eso
no significa que en su finalidad última él no incluya
también el pan, la fuerza milagrosa de Dios que se
manifiesta y el gobierno regio sobre toda la tierra, pero
ellos no son el motivo de su voluntad: ésa es la
diferencia.
El hijo perdido quería “todo lo demás”: ya
sólo por causa de este querer pierde la justicia del
Reino. Donde la mentalidad jurídica está perturbada en
sus principios, ya no puede realizarse ninguna justicia
ni puede haber ninguna armonía. Él habrá considerado esta
justicia como algo accesorio para “todo lo
demás”, o como algo muy obvio. Pero hubo de
aprender algo muy distinto.
Lo primero que hace con la riqueza apropiada es vivir
lujosamente. “Lo derrochó todo”, dicen las
Sagradas Escrituras. Postura de nuestro hombre moderno,
que llama a su sociedad con orgullo “sociedad de
consumo”. Otros la han creado, para él es obvio que
todo eso existe para él: consume. Lo que ha surgido por
una auténtica justicia y fidelidad a la obra, tiene que
estar naturalmente a su disposición, y lo consume, sin
notar siquiera lo que ha costado física y moralmente. El
hermano mayor es incluso más explícito: dice que el hijo
pródigo “ha malgastado tu dinero, con
prostitutas, cum
meretricibus, con mujeres que sacan
ganancia del amor. El hijo pródigo busca el placer por el
placer, porque ha revocado la justicia. Lo encuentra en
la pornografía. Pero ya no encuentra amor auténtico, sino
sólo su sustituto a cambio de
dinero. La substancia de su vida se
consume incesantemente, porque, sin la justicia, no sólo
ya no puede ampliarla, sino que sin ella ni siquiera
conserva lo que todo hombre busca en último término en
virtud de su naturaleza racional: amor.
Pero con el consumo incontrolado, el hijo pródigo cae en
la miseria. En este mundo nada se da de balde. Quien no
hace acopio, dispersa, y nadie ni nada hace acopio en su
lugar. Viene el hambre, la “crisis
económica”, y con ella la miseria. No quiso servir
al Señor, ahora cae bajo el señorío económico de otra
persona. “Fue a pedirle trabajo a uno del lugar,
dice el Señor. Despreció a su padre, y ahora va a buscar
al extraño, a un hombre del lugar, que por su parte es
exactamente el representante de otro, a saber: del Señor
de este mundo.
Éste lo manda a sus campos a cuidar cerdos. El Estado, la
sociedad sin Dios, esclavizan al hombre, que no obstante
es en cuanto a su procedencia hijo de Dios, llevándolo a
la miseria más extrema, lo degradan hasta lo más sucio.
Después de haberse desprendido de Dios, quiso deleitarse
con lo sucio, y ahora tiene que servir a los cerdos y ni
siquiera puede consumir lo que éstos comen. Nuestra
sociedad del bienestar, antaño cristiana, se acordará de
estas palabras, suponiendo que todavía sea capaz de
acordarse de algo.
Pero el hijo pródigo recuerda que en la casa de su padre
incluso los trabajadores tienen pan bueno en abundancia:
pan, es decir, lo que necesitan para una vida sana y un
trabajo honesto, no algarrobas, aunque tampoco pasteles.
Les es dado por añadidura lo que el esfuerzo por la
justicia del Reino de Dios trae consigo.
En este momento, observemos el paralelismo con la mujer
cananea que suplicó con tanta insistencia a Jesús en la
región de Tiro y Sidón. También ella suplica poder comer
al menos de las migajas que los hijos de la casa dan a
los perros. El Señor se vio conmovido por su fe. La
observó y no la despachó, como pretendían los discípulos
enojados por su insistente premiosidad, sino que
finalmente dejó que se acercara a él y la escuchó, porque
su fe era grande.
Aquí, sólo con que se le permita hacerlo, la mujer pagana
quiere comer del pan de la justicia que cae para los
perros, es decir, los impulsos adiestrados y
aprovechables. Allí, el hijo rebelde de Dios quiere
devorar las algarrobas destinadas a los cerdos, es decir,
a los impulsos desatados e impuros, para aplacar su
hambre terrible, pero ni siquiera eso le es concedido.
En esta miseria extrema, el hijo pródigo se convierte.
Pero esta conversión hay que entenderla bien. Lo que
provoca la conversión no es el pensamiento de que los
trabajadores de la casa de su padre tiene pan en
abundancia, como si fuera un pensamiento que busca
“mejores condiciones de vida”. Eso no sería
más que otro tipo de materialismo. Es el pensamiento de
que pecó contra el padre cuando exigió
su parte, y que
por eso ni siquiera vale lo que un trabajador, que al fin
y al cabo actúa sin ninguna pretensión de riqueza y
autoridad. Ahora estaría dispuesto a servir sin
exigencias en el Reino de Dios.
¿Quién no reconoce en la figura del hijo pródigo a la
cristiandad? ¿No se habían opuesto los judíos con todo su
poder a que el Reino de Dios le fuera dado también a los
paganos? ¿No habían dicho que estos paganos no
conservarían la fe pura con la exclusividad incondicional
que ellos tenían? Pero el Señor los adoptó como hijos e
incluso les dio la parte de la herencia cuando la
pidieron. ¿Qué ha hecho la cristiandad? Ha
dispuesto
sobre ella.
Empezando con los reyes que buscaron su propia
autoridad
y su
propio gobierno, y no los del Señor
(salvo unas pocas excepciones), hasta la moderna
soberanía “popular” que sólo conoce intereses
económicos y que se está construyendo su propio campo de
concentración universal. La riqueza de Dios está
dilapidada, y ya no queda nadie que realice a título de
representante la autoridad de Dios.
II. El hermano mayor
Por la alegría de que su hijo perdido se hubiera
convertido y hubiera regresado, el padre mandó matar un
becerro, y ordenó que prepararan una fiesta y que tocaran
música. Entonces llegó a casa el hijo mayor, que venía de
trabajar en el campo, y se enojó porque todo eso se
hiciera por un derrochador y lujurioso, y se lo reprochó
al padre.
Este hermano mayor –esto casi siempre se pasa por
alto– también había recibido ya su herencia. Se
dice expresamente que el padre había repartido la
riqueza entre
ellos. Ya sea porque el hijo menor
recibió el dinero líquido, ya sea porque la riqueza fue
repartida por igual pero el hijo menor vendió en seguida
su parte de las tierras, en cualquier caso la otra parte
–la casa, el terreno y el suelo– pertenece al
hermano mayor, que se quedó en casa. Pero por el reproche
que hace al padre por la fiesta organizada en honor de su
hermano, vemos que, a pesar de ello, hasta entonces
evidentemente no había dispuesto sobre su parte de la
herencia: “Jamás me has dado ni siquiera un cabrito
para hacer fiesta con mis amigos.” Y el padre le
dice en su respuesta: “Todo lo mío es tuyo.”
Es decir, este hijo escogió quedarse así en casa del
padre, permaneciendo de este modo bajo su autoridad. No
era él, sino el padre quien seguía disponiendo sobre su
propiedad. Él quería obedecer en todo. Es significativo
que el padre trató también a este hijo
conforme a su
voluntad, igual que al hijo menor.
Porque el hijo mayor quiso permanecer en la obediencia,
el padre le sigue ordenando lo que tiene que hacer en el
campo. Y el hijo se gloría de que jamás contravino un
mandato del padre.
Pero también este hijo tiene sólo la relación recta con
la autoridad del padre. Aunque le obedece externamente,
en su interior critica lo que el padre ha dispuesto, y
con motivo de la fiesta por su hermano formula en voz
alta esta crítica. Así pues, también él se ha apropiado
de la autoridad. Seguramente se sintió plenamente
legitimado para ello, después de que el propio padre, al
fin y al cabo, le hubiera adjudicado los bienes
familiares como herencia. ¿No le había puesto el propio
padre como heredero y señor, y en verdad no le daba esto
el poder de disposición, aun cuando por piedad se
sometiera externamente a las órdenes del padre?
Este hijo no pensó que no fue él quien había conseguido
los bienes, sino el padre, es decir, que después de todo,
cuando decretaba en casa lo que había que hacer, en
cualquier caso sólo estaba disponiendo sobre aquello que
había conseguido el
padre. Si el padre lo puso en su
herencia, podía en efecto disponer sobre ella, pero no
contra la voluntad del padre.
Pero que en realidad piensa de otro modo, lo vemos en el
rechazo que experimenta hacia lo que el padre había
ordenado, la fiesta por su hermano, y en los reproches
que hace al padre: haber dado para esta fiesta lo mejor
que había en casa. Lo hace refiriéndose a su mérito de
haber servido ya durante tantos años al padre (aunque él
era ya el propietario) y de haber obedecido siempre sus
ordenanzas. Es decir, al menos en su pensamiento está
decretando lo que el padre tiene que hacer. También él
está disponiendo
sobre la
autoridad que legítimamente corresponde sólo al padre.
Esta postura Jesús nos la ha mostrado en grados. Nos
muestra también a los arrendadores que habían arrendado
el viñedo y que ya no quieren pagar el arriendo al
verdadero propietario, es más, que quieren adueñarse del
viñedo, aun cuando tengan que matar al hijo.
Lo que se muestra en el caso de este hijo mayor es la
revuelta interior, la revolución conservadora, si la
puedo llamar así. Se obedece para ganarse la autoridad
sobre todo. Se obedece con vistas a la usurpación. Ésta
es la tentación a la que en todos los tiempos están
expuestos los hijos que permanecieron fieles a la casa, y
a la que la mayoría sucumbe. De esta actitud resulta todo
el drama que se ha desarrollado y se desarrolla entre el
Dios hecho hombre y su pueblo elegido, especialmente sus
sacerdotes. “La maison est à moi,
c’est à vous d’y
sortir!”: ésta es la eterna
llamada de Tartufo contra el señor legítimo, a quien,
pese a todo, agradece todo lo que él tiene y es en la
casa.
En los tiempos de Jesús, los que adoptaban esta actitud
eran los judíos, especialmente los maestros de la ley,
los ancianos y los fariseos. Le decían a Jesús que eran
hijos de Abraham y que no necesitaban ser liberados.
“¿Acaso somos ciegos nosotros, los maestros de la
ley?”, preguntaron a Jesús, que les respondió:
“Si fuerais ciegos, seríais sin pecado. Pero
vosotros decís: “¡Vemos!” Por eso quedan
vuestros pecados.” Ellos se ponen por encima del
Hijo de Dios: “Es mejor que perezca este hombre que
el pueblo entero se subleve.” En la terrible
confrontación en el templo en la Semana Santa, Jesús les
dice: el Reino se os arrebatará a vosotros, asesinos, y
seréis expulsados del viñedo, pero el viñedo se les dará
a otros que son mejores que vosotros, aunque sean
recaudadores de impuestos y prostitutas que han
reencontrado el camino. Pero esto sólo sirvió como un
motivo más para que los judíos odiaran a Jesús. Esta
propiedad, que en su opinión se habían merecido y para
cuya disposición estaban plenamente legitimados, ¿debía
pertenecer también a otros –los paganos– que
sólo habían dilapidado y derrochado? Eso no debía
suceder. Velaban con celo por su pretensión de
exclusividad.
Hay unas palabras terribles del Señor sobre este pueblo
de Dios y estos sacerdotes: que toda
la sangre que se
ha derramado de los justos, desde Abel hasta Zacarías, es
decir, desde el primero hasta el último de los casos que
se relatan en el Antiguo Testamento, vendrá sobre ellos,
porque ellos
tienen la culpa.
¿Pero acaso no hay muchos justos que han sido matados por
paganos y poderes mundanos?, se preguntará. ¿Por qué
entonces los culpables tienen que ser exclusivamente los
sumos sacerdotes y los maestros de la ley judíos, los
fariseos y los ancianos? La respuesta tiene que decir:
porque justamente ellos, que han sido elegidos para hacer
posible la venida de Dios a este mundo, la impiden,
proporcionando con ello a los poderes mundanos y paganos
aquel poder que les posibilita la matanza de los
inocentes.
En la noche del Jueves Santo, cuando en la prisión del
sanedrín Jesús fue bajado al foso de los prisioneros, el
“estómago de la tierra”, y él estaba ahí
aguardando la condena al amanecer, ¿en qué habrá pensado?
¿Cómo se había llegado a ello? Porque los siervos
escogidos de Dios habían ocupado Su lugar y disponían
sobre Su propiedad. Los judíos, y entre ellos
especialmente los caudillos religiosos, fueron quienes
traicionaron la redención. Ellos cerraron el Reino de los
cielos en lugar de abrirlo, y al no entrar ellos mismos,
impiden también que puedan entrar los demás.
El hijo mayor es el hijo de aquella otra parábola que al
mandato del padre dice sí, pero luego no lo ejecuta.
Esta “revolución conservadora” se ha repetido
en nuestros días. Los que se quedaron en la Iglesia y
aparentemente sólo querían lo que el Señor ordenó, se han
puesto por encima del Señor y han puesto su voluntad
propia en lugar de la voluntad divina. Disponen sobre Su
propiedad. Decretan lo que hay que creer. Determinan qué
palabras tuvo que decir el Señor cuando instauró su don
más glorioso, el santísimo sacramento del altar.
Sustituyen la palabra divina por su interpretación,
haciéndola así ineficaz. Son infieles al santo bien cuya
administración se les ha encomendado. Y con todo ello, se
siguen haciendo pasar siempre por los “fieles
administradores” de su Señor. Golpean a sus
compañeros siervos que no reforman y cambian funciones
como hacen ellos, y comen y beben con los borrachos de
este mundo porque ya no creen que el Señor mismo va a
venir. Han apartado la palabra
verdadera, y
creen que ahora son ellos los dueños del viñedo. Ya no
quieren ninguna redención.
Dios viene a Su propiedad, y los suyos no lo reciben, le
niegan que siga disponiendo sobre ella, quieren matarlo,
para que, definitivamente, sólo ellos puedan disponer
sobre la propiedad a su arbitrio. „Vete y no
vuelvas más... no vuelvas nunca... ¡Nunca, nunca!“,
dice el Gran Inquisidor de Dostoievski a Cristo.
“¿Por qué has venido a estorbarnos?”:
exactamente las palabras de los diablos que hablan desde
los posesos.
Cuando la madre de Dios indicó en Lourdes a Bernadette
que besara a diario la tierra –el polvo del que
estamos hechos y al que regresaremos– en expiación
de nuestros pecados, estaba apuntando a la verdadera
humildad católica, que es indispensable para no caer en
la revolución progresista o conservadora, en el espíritu
del arrogamiento de autoridad. Como los fariseos quieren
presentar sus decretos como la verdadera autoridad
religiosa, tienen que calumniar la autoridad de Cristo
diciendo que viene de Belcebú. Pecan contra el Espíritu
Santo: un pecado que no es perdonado.
La “revolución conservadora” es tanto más
peligrosa cuando que se hace bajo la máscara de la
obediencia y de la autorización por parte de Dios. El
anticristo se establece en el templo de Dios.
Convirtiendo lo santo en mal, pasa a ser las puertas del
infierno que amenazan con prevalecer sobre la Iglesia. El
Señor tampoco dice nada de una conversión, como en el
caso del hermano menor. Éste sólo se había apropiado,
había intercambiado y dilapidado su parte de los bienes
del padre. Aquél lo falseó en su esencia interna, siendo
infiel a lo santo mismo.
La soberbia diabólica nos acecha a cada uno de nosotros.
Ser católico, ser hijo
de Dios,
significa permanecer humildes y no contravenir ninguna
autoridad que venga de Dios. Lo que convierte en pecador
contra el Espíritu Santo es ya la soberbia interior que
se arroga de los derechos del Señor y del padre. Satán
actúa en todas partes, pero también el espíritu de Dios
sopla donde quiera, y sólo es activo en aquellos que le
aman.
III. El padre
Advertir la forma de actuar del padre y los motivos que
la determinan es la tarea más difícil para la
interpretación de la parábola del hijo pródigo. Ya he
señalado el sorprendente hecho de que el padre,
respondiendo a la exigencia del hijo, reparte la riqueza
entre los dos hijos, es decir, que da su herencia ya en
vida. Pero en lo sucesivo, el padre dispuso sobre la
propiedad del hijo mayor cuando mandó matar el becerro y
organizar una fiesta para el hijo que regresaba lleno de
arrepentimiento.
En primer lugar, uno se pregunta sorprendido por qué el
padre, que, después de todo, en función de su querer
moral está capacitado de forma totalmente distinta que
los hijos a administrar los bienes y la riqueza, los
reparte, renunciando así jurídicamente al derecho de
seguir disponiendo sobre ellos. ¿Acaso no sabía cuál era
la actitud de sus hijos? A partir de la mera
circunstancia de que el hijo menor exigía su parte de la
herencia, ¿no podía ver ya que no haría nada bueno con
ella?
En esta parábola no se dice nada sobre ello. Pero también
aquí se puede hallar la solución investigando atentamente
otras parábolas de Jesús. En la parábola del hombre que
arrienda su viñedo a viñadores, ese hombre les envía
también a su hijo a recoger la ganancia de la cosecha que
se le debía entregar una vez que los viñadores habían
maltratado y matado ya a los siervos que había mandado
hasta entonces, arriesgando con ello que también mataran
al hijo. Así pues, ¿no tenía que contar también con ello?
Desde luego que ambas parábolas no quieren decir que el
padre o el propietario del viñedo fueran demasiado necios
o demasiado débiles como para controlar a tiempo el
infortunio. ¡Todo lo contrario! Presuponen una firmeza de
voluntad, la introducción de un riesgo, una
imperturbabilidad y una prudencia a largo plazo que son
muy inusuales y casi sobrepasan la medida humana. ¿Pero
qué significa entonces el modo de actuar del padre o del
propietario del viñedo?
Significa que Dios nos trata por completo como a seres
libres. Entrega su propiedad –hasta la vida de Su
hijo– a la disposición arbitraria de los hombres,
de sus hijos. Dios nos creó como seres libres, aunque
sabía que pecaríamos. Con el don de la libertad
–que es realmente don de la
libertad–, nos dio la
disposición exclusiva sobre nuestras decisiones y
resoluciones; y como una libertad que no es capaz de
actuar no es ninguna libertad, nos dio también un poder
de disposición sobre un ámbito suficientemente grande de
la realidad. Pero sobre nuestras decisiones y sobre este
ámbito, según la voluntad de quien nos lo dio, disponemos
realmente nosotros. Hemos comenzado a jugar una partida,
y esta partida la jugaremos totalmente solos hasta el
final, según la voluntad de quien nos dio la posibilidad
de este juego junto con sus oportunidades.
La historia universal será en su resultado el resultante
lógico de lo que el hombre ha hecho en su libertad con
esta realidad. Si hay una circunstancia que tendría que
provocar nuestro máximo asombro, es que Dios ha
intervenido en este curso sólo con un mínimo increíble de
actos milagrosos. La humanidad tendrá que presentar a
Dios nuestro Señor para arreglar cuentas el resultado de
sus obras el día en que el Señor regrese al cabo de un
tiempo muy largo, y así también cada uno de nosotros.
La parábola de los talentos o de las minas puede
iluminarnos aquí otras cosas esenciales. También esta
parábola casi siempre se entiende mal. A saber, en
general se supone que el hombre que se marchó muy lejos
para recibir la dignidad real sólo prestó a sus siervos
el dinero, confundiéndose a causa de la expresión de
Mateo de que uno de los siervos enterró en la tierra
“el dinero de su señor”. No es el dinero que
debe a su señor, sino el dinero que recibió de su señor,
pero que en efecto, en un sentido anterior y absoluto,
sigue siendo pese a todo dinero de su señor. Cuando el
señor regresa, como Lucas dice con especial claridad,
manda llamar a sus siervos “para saber cuánto había
ganado cada uno” (Lc XIX, 15). Les había dado el
dinero. Quería ver lo que habían ganado para tomar un
criterio para calcular la responsabilidad política que
quería darles en su reino. Sólo así se hace comprensible
la respuesta del mal siervo de que no negoció con la mina
porque sabía que su señor era un hombre severo y duro que
les quita simplemente a los otros su propiedad cuando le
place. Con ello quiere decir que el mismo señor que le ha
dado el dinero, es al mismo tiempo también el gobernador
absoluto en el reino. Pero en consecuencia, el siervo
tenía que contar con que el señor podría volver a
quitarle en cualquier momento lo que le pertenecía, y por
eso no se esforzó en absoluto. Si el señor le hubiera
dado el dinero sólo en administración o sólo se lo
hubiera prestado, esta respuesta no tendría ningún
sentido.
Es decir, Dios quiere ver lo que nosotros,
a quienes ha dado su propiedad, hacemos de ella con
nuestra libertad en cuanto tal. Deja que dispongamos
nosotros solos sobre ella durante todo el tiempo que está
ausente. Sin embargo, pese a ello sigue siendo el señor
absoluto de nosotros y de nuestra propiedad. Pero cuando
al final se arreglen las cuentas, el modo como hayamos
negociado será la medida para lo que se haga de nosotros
en las “moradas eternas”.
La parábola de los talentos da aún otra enseñanza
importante: ahí se dice que el señor le dio a cada
uno secundum propriam
virtutem, según sus fuerzas propias
(personales y morales). La riqueza objetiva adjudicada
corresponde a la riqueza subjetiva del que la recibe. Si
esto se aplica a los dos hijos en nuestra parábola,
entonces eso significa que también el hijo mayor y el
menor recibieron la herencia que correspondía a sus
fuerzas morales. Si podemos presuponer que el hijo menor
recibió como herencia el dinero, y que el hijo mayor
recibió la propiedad de los suelos, entonces de aquí
resulta ya algo muy significativo: uno quería (y le
correspondía) lo permanente, lo inmodificable (“los
inmuebles”, como todavía se dice hoy), y el otro
quería (y le correspondía) lo intercambiable (“lo
convertible”, “the
cash”). Uno –tuvo que
decirse el padre– perseveraría en lo que recibía;
el otro trataría de cambiarlo. El dinero es el
contravalor abstracto indiferente de diversos bienes
objetivos, por medio del cual todo lo cambiable puede
también intercambiarse… salvo lo incambiable, y
eso es la actitud moral y el amor. Por eso, el hijo
pródigo puede proporcionarse también “todo lo
demás” a cambio de su dinero –al menos
mientras quede dinero–, sólo que su corazón deja de
amar en tanto que intercambia los bienes crecidos desde
la justicia (de Dios) por lo injusto, y en tanto que, a
partir de ese momento, le falta el amor de otro que
responda a su propio amor. El hermano mayor –como
de antemano sabía el padre– perseveraría en los
bienes heredados, y no los modificaría en ninguna otra
cosa. Pero también él heredó sólo los bienes, no la
actitud moral del padre. Dependería de su libertad si los
bienes iban a seguir siendo bienes morales, o si pasarían
a ser bienes en los que ya sólo estaría el título de
herencia divina, pero que ya no serían bienes del rey,
sino sólo los bienes de quien se ha declarado a sí mismo
soberano convirtiéndolos en bienes propios.
Pero hay más: el padre no sólo les da a ambos los bienes
deseados y que corresponden a sus riquezas propias, sino
que también se los da en el modo como
ellos mismos lo
desean. Uno quiere poseerlos del todo para sí mismo sin
supervisión ni posibilidad de intromisión por parte del
padre, el otro quiere que el padre siga disponiendo sobre
ellos, aunque ya no sean propiedad del padre, sino la
suya. Unicuique secundum
propriam virtutem. Dios hace que su sol salga
sobre malvados y justos. A quien quiere dilapidar su
herencia, Dios se la da para que la derroche, y en el
caso de quien quiera que Él siga determinando sobre ella,
dispone en adelante sobre lo regalado. Dios acepta
nuestra voluntad libre y sus decisiones, pero lo que nos
ha regalado sigue siendo nuestra propiedad según Su
voluntad, aun cuando queramos que Dios disponga sobre
ella y que el Señor corresponda a esta voluntad nuestra.
Sin embargo, esta ley tiene una excepción, aunque sólo
una, como nos enseña nuestra parábola. A saber, tenemos
que presuponer que el padre previó claramente que el
hermano mayor no aprobaría que el padre mandara matar el
becerro para el hermano que regresa. Y sin embargo, el
padre dispone aquí sobre la propiedad de su hijo en un
caso en que éste –como se aprecia–
no
quiere que el padre lo haga. En este
caso, Dios se aparta de la libre voluntad. ¿Por qué?
¿Cómo hay que entender y explicar esta desviación del
principio que por lo demás se sigue estrictamente?
El caso que constituye la excepción es el perdón de los
pecados y la reconciliación. El evangelista introduce las
tres parábolas, cuya culminación es la del hijo pródigo,
diciendo que el señor las expuso a los fariseos y
teólogos eruditos que habían murmurado contra el hecho de
que él recibía a los pecadores. Así pues, en último
término estas parábolas deben explicar qué significa este
recibimiento del pecador arrepentido.
Así como la libre voluntad sería impotente si no pudiera
realizar sus decisiones en un ámbito de la realidad, así
también el perdón de los pecados y la reconciliación
serían impotentes si no se realizaran en un acto real.
Este acto, esta acción, es el recibimiento del hijo: el
padre se apresura a salir a su encuentro, le recibe con
besos y abrazos, manda que le vistan con una estola, que
le pongan un anillo en la mano y zapatos en los pies,
revistiéndole así de nuevo del poder legítimo. Manda que
maten el becerro y que toquen música, mientras celebra
con él el banquete de la reconciliación. Esta
investidura, esta comunión es la realidad en la que se
lleva a cabo la reconciliación con el hijo pecador. Y
aquí, el padre dispone sobre los bienes del hijo mayor
como sobre su propia propiedad
absoluta.
Si pensamos para qué existían (y existen) los bienes del
padre, advertimos que existían para que pudiera
realizarse una verdadera vida salva. Servían y sirven
exclusivamente a la realización de la justicia y del
amor. Los siervos recibían a diario el pan bueno que
necesitaban cada día. En este espacio vital, el padre
podía no sólo alimentarse a sí y a su familia, sino
fundarla y conservarla: un bien dichoso en el que se
realizaba la vida moral querida por Dios. Ésta es la
finalidad de los bienes, pero no aquel abuso que uno y
otro hijo practican o desean practicar con ellos. Si esta
finalidad verdadera vuelve a hacerse posible, entonces
los bienes tienen que corresponder a ella. Pero, por un
lado, esta finalidad sólo se vuelve a hacer posible por
la voluntad libre del hombre que regresa de su pecado y
se arrepiente. En este momento, y sólo en éste, el señor
se presenta como el propietario verdadero y absoluto de
todas las cosas, y dispone sobre ellas sin tener en
cuenta el desagrado de los propietarios que han recibido
los bienes. En verdad, esto era lo único que tenía que
temer aquel siervo que enterró la mina de su señor,
porque contaba –y no sin razón– con que éste
podría volver a disponer de pronto sobre ella como su
propietario absoluto. Si no quiero que Dios disponga
sobre su propiedad (que ahora es la mía) cuando Él
quiera, entonces tampoco quiero que se realice el amor de
Dios. Pero no hay ningún título jurídico que pueda
despojar al mundo de Dios de su verdadera determinación,
y donde esta verdadera determinación pueda realizarse,
también lo hará merced a Su voluntad omnipotente. La
propiedad regalada no vendría realmente de Dios si no
hubiera sido heredada de
Dios,
si no estuviera y se mantuviera orientada esencialmente
al bien, y si no cumpliera su finalidad.
Los bienes que el hermano mayor había heredado y que no
quiso modificar, son estos bienes orientados a la
realización de la vida divina. Están determinados
esencialmente a la realización de la reconciliación. Que
esta realización se produzca, depende de que el hombre se
aparte voluntariamente del pecado y se vuelva al padre
pidiendo perdón. Si se cumple esta condición, entonces el
señor los ha empleado también de un modo absoluto y
soberano para su finalidad real. Les son quitados a
quienes se consideran ya los propietarios autosoberanos
de la Iglesia, y son devueltos a su verdadera
determinación. Con ello, aquéllos no sólo pierden unos
bienes objetivos, sino algo mucho más esencial: el medio
de la realización del bien espiritual, del amor.
Quien no puede perdonar, tampoco acepta ningún perdón, y
en consecuencia su Dios es un Dios jansenista, que no
perdona. Pero quien humildemente acepta en su pecado el
perdón de Dios (y vuelve a aceptarlo una y otra vez),
colma el cielo de una alegría mayor que la que impera por
noventa y nueve justos que no necesitan el perdón, porque
en este perdón de Dios se realiza la sobrebondad y el
hombre se consigue por sí mismo con su humildad la estola
de la gloria.
En esta relación de amor hacia nosotros, Dios llega
terriblemente lejos: entrega incluso a Su único hijo
–como muestra la parábola de los arrendadores
malvados–, es decir, se entrega a sí mismo para
nuestra posesión. El hombre puede en tan poca medida como
Dios quiere disponer sobre la voluntad libre del otro, y
en este caso, sobre la voluntad de Dios; pero puede
exterminar a Dios en esta tierra del reino de la vida, de
la realidad, matándolo corporalmente. Jesús fue
crucificado, y hoy se crucifica a su cuerpo místico, la
Iglesia, y se la mata. Pero Dios arreglará cuentas con
los hombres como gobernante absoluto, volverá a tomar su
propiedad y a disponer que sirva a la realización de Su
amor en la eterna comunión con aquellos de sus hijos que
han reencontrado el camino hacia Él, el Padre.
