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Reinhard Lauth, La filosofía de Dostoievski expuesta sistemáticamente
Traducción de Alberto Ciria


LO SÁTANICO Y LO PARADISIACO EN EL HOMBRE



Para el hombre existe la posibilidad de alcanzar, merced a un desarrollo extremo, modos de ser que comienzan a exceder lo normalmente humano. Cuanto más consecuentemente se concibe la vida, tanto más rápidamente se acerca el ser humano a estos modos de ser. La existencia actual sobre la tierra es, durante el tiempo limitado de esa vida, una existencia de transición que apremia a otros estados que transcienden lo humano.

Una de estas posibilidades es el ser satánico. Hoy día ha venido a ser de nuevo tan usual en amplios círculos hablar de demonios y de sus actos que es importante perfilar con especial cuidado la concepción que Dostoievski tenía de lo satánico, a la que tan gustosamente se apela (ya el título de su gran novela
Los demonios induce a ello). Dostoievski no fue simplemente un creyente en los demonios. También aquí siguió concienzudamente su experiencia psíquica interior y llegó sólo hasta donde ella le condujo. Él conocía las objeciones de los filósofos de la ilustración contra la existencia de seres demoníacos. Voltaire se burló de la cola y de los cuernos del diablo. Pero con ello sólo tocó los símbolos de la superstición popular y no decidió en cambio nada acerca de la existencia de poderes personales malignos. Mucho más grave es si el pensamiento de Feuerbach sobre de la construcción de Dios se aplica también a la idea de poderes demoníacos. Si fuera así, entonces también el hombre creó al demonio exteriorizando los rasgos más bajos de su ser, y en tal caso habría que pensar qué abismos del mal existen en el hombre que se manifiestan de este modo.

Dostoievski tomó de la religión cristiana la creencia en la existencia de demonios. Muy claramente hace decir al obispo Tihón en
Los demonios: “Sin duda que existen los demonios, pero la idea que se tiene de ellos puede ser muy diferente.” No se trata de representaciones alegóricas, sino que existen realmente demonios personales, le corrobora Stavrogin. Junto a Dios, una fuerza satánica gobierna a la humanidad hasta el fin de los tiempos, se dice en El idiota. Sin embargo, sólo cabe hablar de “los demonios”, pues ellos son legión, una pluralidad. Dostoievski encabezó su novela Los demonios con el relato de la expulsión de los demonios en Gerasa (Lucas VIII, 26-37). La aparición de lo demoníaco guarda vinculación con la escisión: sólo puede suceder como “legión”, como pluralidad, que no obstante provoca luego un efecto unánime, de modo que en un sentido derivado se puede hablar de un “espíritu”.

Dostoievski ha mostrado la eficiencia de los poderes demoníacos sólo ahí donde los observó: en la persona humana caída y escindida. La eficiencia de lo satánico se encuentra en el hombre desde el principio, pero sólo en un estadio avanzado se manifiesta en forma personificada. Lo satánico opera desde la caída en pecado en la humanidad y en el hombre. Parte de los pecados de la caída consistió precisamente en la equiparación con Dios del propio Yo escindido. El saber consciente era al mismo tiempo conocimiento de la separación del propio ser respecto de los otros seres y de Dios. También Berdiaev recogió este pensamiento cuando escribió: “La conciencia es la unidad del Yo, pero a un tiempo también su indiscernibilidad respecto del no-Yo.” Pero el conocimiento también fue para los hombres al mismo tiempo conocimiento de valores, conocimiento del bien y del mal; con ello se produjo el desplazamiento de los valores al propio Yo, es decir, el pensamiento de la igualdad con Dios. La posición del Yo pasó a ser separación de Dios y de los demás seres, cambiando el acento del ser y del valor al Yo.

“Si quieres”, dice la emanación personificada de lo demoníaco que se le aparece a Iván Karamázov, “tú y yo tenemos la misma filosofía [...]:
Je pense, donc je suis, esto lo sé con toda certeza; todo lo demás que me rodea, todos estos mundos, Dios y hasta el mismo diablo, de todo esto no se me ha demostrado si existe por sí mismo (suschestvuet li ono samo po sebe) o si es sólo una emanación (emanatsia) de mi “Yo” temporal e individual [...] (vremenno i edinolichno).” Con la posición de la propia persona como una unidad socialmente escindida, la existencia de los otros seres no sólo se vuelve dudosa, sino también indiferente, es decir, sin valor para este Yo. Al final de un proceso tal se encuentra una imagen del mundo solipsista en la que ya sólo existe el Yo y su mundo de representaciones. “Sí, y hasta puedo decir”, se dice el hombre ridículo antes de suicidarse, “que ahora, de algún modo, el mundo fue creado sólo para mí, y si me pego un tiro el mundo deja de existir, al menos para mí. Totalmente al margen de quizá después de mí tampoco exista ya nada para nadie y que tan pronto como mi conciencia se apague el mundo entero desaparecerá como una visión (prisrak), como un mero atributo de mi conocimiento (kak prinadleschnosct lisch odnovo moevo sosnania) y se esfumará (uprasdnistsja): pues quizá todo este mundo y todos estos hombres no son otra cosa que yo mismo.” Se llega por tanto a un idealismo consecuente en el que el mundo, incluidos los demás seres humanos, se considera sólo como una posición del Yo individual.

Lo que aquí se está cumpliendo como conocimiento filosófico es sólo un proceso paralelo, relativamente raro, a los procesos en el inconsciente de la persona socialmente escindida. El alma del hombre que se ha separado de Dios y de los demás hombres no puede ni quiere tomar en serio a los demás seres. Los desvaloriza en beneficio de sí mismo, y con esta desvaloraización se vuelve indiferente. Pero con ello tampoco toma su propia existencia en todo su significado. Sólo conoce ya su propia voluntad, sus deseos, sus intereses, su salvación. Al comienzo, la escisión viene acompañada de un acrecentamiento de la fuerza. Puesto que no existe ni Dios ni un deber moral vinculante, ni otros seres dotados de un valor y un significado que se correspondan con los del Yo, el hombre, con un orgullo titánico, se sublima en un hombre-dios y en un legislador de la realidad que le asigna los valores. Se pone en lugar del Dios aniquilado. Pero en esta autosublimación llevada hasta el exceso se encierra la causa de la caída. Se llega a un conflicto cada vez más agudo entre la propia naturaleza, que encierra en sí impulsos destructores, lo “común” en el hombre, y la dimensión del presuntamente semejante a Dios. El infringimiento de la ley moral se venga con la pérdida del autorrespeto. Ahí donde se emprende la desvalorización de todos los valores, finalmente no queda ningún valor que se tome en serio. Si se gana clara conciencia de la propia insuficiencia, entonces se pierde también paulatinamente la autoglorificación, y el alma vuelve a hundirse en el aburrimiento y en la indiferencia, pues ya no queda nada a lo que pueda asignar un valor. Pero sin valor y sin ideales se apaga en impulso de vivir. Es la situación de aquellos que llegan a suicidarse porque “todo se les ha hecho indiferente”. Pero si no se reconoce la propia insuficiencia y si los propios defectos se niegan contra la mejor voluntad de una parte del alma, entonces se llega al desplazamiento de la naturaleza que se confiesa abiertamente como vulgar, un desplazamiento que en el inconsciente se hace cada vez más fuerte hasta que, finalmente, tras una escisión interna, reaparece como “otro”, como una personificación de lo satánico que es percibida como independiente de la propia personalidad. Esta es la única experiencia de lo satánico que tuvo Dostoievski. Satán es un Yo escindido que aparece en la superficie de la conciencia, un alter-ego.

El Mefistófeles del Fausto de Goethe dice de sí que es

“una parte de aquella fuerza
que siempre quiere lo malo y siempre hace lo bueno”.

En esta definición se refleja el optimismo de la época de la Ilustración, que vio en el mal, en último término, un elemento del orden existencial que se ordena al bien y lo impulsa. Ahora bien, si según la visión de Dostoievski el objetivo del mal es siempre la maldad, por otro lado también es característico del mal que oculte su propósito y encubra su ser con una mentira. Para tener éxito, el mal está obligado a presentarse bajo la máscara del bien y de lo valioso. Por eso dice el Mefistófeles de Dostoievski en
Los hermanos Karamázov: “Yo soy quizá el único hombre en toda la naturaleza que ama la verdad y quiere sinceramente el bien.” Sólo bajo esta máscara puede el mal ocupar su gobierno sobre el bien y corromper el alma. Sin embargo, el objetivo del mal es, de hecho, “muerte y destrucción”, es decir, aniquilación a la que, no pudiendo provocarla totalmente sólo por sí mismo, quiere obligar a Dios. Pero los hombres deben ser guiados a este objetivo sin que lo adviertan.

Una vez que ha aparecido el satánico yo escindido, comienza en el alma humana una atormentadora lucha contra él. Pues el nuevo se presenta como suprapoderoso, mientras que, al mismo tiempo, al espíritu le atormenta la duda de si se trata de un fenómeno realmente independiente o de un engendro del yo. En ocasiones, las tendencias satánicas se transfieren también a una persona externa. Entonces no se produce la aparición de un yo escindido, sino que el alma es sojuzgada bajo esta persona externa y sus objetivos malvados. El otro consigue un poder peculiar sobre nuestra propia persona. Algo de esto debió haber experimentado Dostoievski con Speschnev en 1848/49. También la relación de los nihilistas con Piotr Verhovenski en
Los demonios da a conocer este poder peculiar que el mal puede conseguir sobre otras personas. El mayor poder lo representa precisamente lo inconcebible y dudoso de estas relaciones. El satánico yo escindido, o la persona externa a la que se transfiere lo satánico del yo propio, se evidencia como más consecuente en la lógica de los hechos, y por tanto como irresistible. Pero si el ser escindido pudiera determinarse sin equivocidad, entonces uno podría liberarse de él.10a
Pero no está completamente escindido, sino que penetra como componente parcial toda el alma propia. Es una parte componente de la equivocidad propia (
mnogostoponnost), y por tanto no logra eliminarla como ser externo. En esta forma de manifestarse, el mal socava la existencia de aquel a quien se le manifiesta, paralizándole con la sensación de que se trata de su existencia propia. Es un producto escindido, y sin embargo, al mismo tiempo, nuestro yo, que por ello es, realmente, un alter ego (alter ego y ego). A causa de esta forma equívoca de existencia, se convierte en un “fantasma de la vida que ha perdido todo comienzo y todo final”. Y a causa de la identificación con el mal, el resto de la naturaleza todavía buena del alma se destruye. En uno se extiende cada vez más la fe de que las convicciones en valores que todavía nos parecen propios son engañosas. Un cinismo mordaz lo socava todo, paraliza la voluntad con la indiferencia, y conduce a un estancamiento de la personalidad. En este estancamiento, los impulsos inferiores y perversos comienzan a propagarse: voluptuosidad, envidia, cinismo, resentimiento, jactancia. El ángel caído, que se presentó con un ropaje resplandeciente como fuego, se ha convertido en un miserable “parásito”, que va conservando su impulso vital con los vicios, hasta que finalmente perece. Se evidencia que el mal, que se presentó como “más terrible e inteligente”, fue sólo una ficción romántica tras de la cual se ocultaba el impulso desnudo a la destrucción, al que el propio ser tiene que sucumbir.

No se puede llegar al no-ser, porque el no-ser no existe para las almas. Pero se puede llegar a una separación máxima del resto de la realidad y de Dios. La esencia del “infierno” consiste en querer esta separación y esta escisión. El infierno es el sufrimiento por no poder amar. Tras su muerte, el alma llega a conocer toda la verdad, pero entonces, para ella, es demasiado tarde para amar. El tormento anímico de conocer el sentido global sin poder participar del amor universal es el mayor tormento que puede existir. Sólo en la humildad puede haber un alivio y pueden terminarse finalmente los tormentos de los condenados.

¿Hay un castigo eterno en el infierno? Dostoievski siempre se asustó de esta intuición. Buscó hasta el final una salida a esta solución. En
Los hermanos Karamázov aporta varios cuentos populares que muestran que también el pueblo sentía el infierno eterno como un problema difícil. Hay una historia en la que, después de su muerte en la cruz, Cristo salvó a todos los pecadores del infierno, y tras su segunda venida vuelve a descender al infierno para liberar a las almas de él. Este cuento se opone a la descripción de Dante, donde los dolores de los condenados aumentaron a causa de la muerte de Cristo, y tras el Juicio Final volverán a agudizarse de nuevo. En otro cuento popular, la Madre de Dios recorre el infierno y luego, junto con todos los santos, reza a Dios hasta que finalmente Él libera de los tormentos a las almas de los condenados todos los años desde el Viernes Santo hasta Pentecostés.

Pero si, por otro lado, Dostoievski se tomó tan en serio el pensamiento del infierno eterno, fue porque el pecador, si mira con arrepentimiento a sus pecados, se asigna a sí mismo el infierno eterno por sus malas acciones. Justamente el pecador es quien siente la necesidad del infierno. Dentro de nosotros hay una voz que, en vista de nuestros pecados, nos dice que, pese a toda la eternidad de los tormentos, no podremos expiarlos por completo. Pero esta consideración es unilateral, como nos muestra el enjuiciamiento de los pecados de otros hombres. Pues a ninguno de los otros pecadores, por muy enorme que sea la cantidad de pecados con los que carga, le adjudicaríamos en justicia un castigo eterno. De este modo, también Dostoievski pensaba que para el alma individual no puede haber un castigo eterno. Pues jamás habrá vivido ningún hombre que no pueda recordar haber hecho una acción amorosa: todo hombre ha dado alguna vez “una cebollita”. Esta acción amorosa resultará ser el ancla salvífica para el alma. Y aunque tuviera que superar un camino casi infinito de dificultades hasta lograr participar del amor eterno, pese a todo puede recorrer este camino y llegar a su fin. Hasta para el alma más vacía de amor, hay un camino por la humildad que lleva hasta Dios. Por eso también es eficiente la oración por los condenados, pues toda transmisión de amor les ayuda, y la gracia de Dios es capaz de redimir los tormentos de las almas.

“También este fuego se apagará”, escribe Dostoievski en los esbozos para
Los hermanos Karamázov, “pues sentirán alegría porque se les ha perdonado”. Si en el texto definitivo de su última novela eliminó este pasaje, quizá fuera por consideración hacia la doctrina de la Iglesia. (¿O quizá estuvo aquí también por un tiempo bajo la influencia de Fedorov?) La redención de Dios puede lo imposible, puede extirpar la culpa infinita. “La redención libera del karma, de la pervivencia kármica del pasado en el futuro infinito”, escribe N. Berdiaev.

En Dostoievski se encuentra un razonamiento que alude a la noción hindú del karma. Pero esta noción de una repercusión kármica de los hechos y pensamientos, Dostoievski la asocia con la libertad del hombre. “¿Quién tiene la culpa de que uno se transforme en un demonio?”, pregunta en los esbozos para
Los demonios. Ahí señala que todo lo que sucede, tiene repercusiones. “Esto es (…) un hecho, un resultado, exactamente igual a como en todo lo que sucede en la tierra lo uno se deriva de lo otro.” Por otro lado, a partir de toda su filosofía resulta claro que la “culpa” reside sin duda en el hombre que puede decidir libremente.

Si el alma se desarrolla en la dirección opuesta, se aproxima a lo paradisíaco. Con ello, se asemeja a un ser que ella misma poseyó antes de su caída. El alma tiene nostalgia de este ser, y los pueblos se nutren de la esperanza en el paraíso. Dostoievski comparte las esperanzas utópicas que florecían en el siglo XIX: “La edad de oro es el más inverosímil de los sueños que los hombres hayan soñado jamás, pero los hombres han entregado toda su vida y todas sus fuerzas por él, por el murieron y fueron mortificados los profetas, sin él los pueblos no quieren vivir, pero tampoco pueden morir.” Los ilustrados propagaron el optimismo en el progreso, hasta que, finalmente,
Saint-Simon pudo desplazar la Edad de oro desde su pasado mítico hasta el futuro, al cual debe conducir el socialismo. Pero el socialismo piensa sólo en una satisfacción de las necesidades materiales, en un paraíso puramente terreno. La tragedia del hombre moderno consiste en haber olvidado dónde reside el paraíso, de modo que la experiencia de él ha desaparecido. Los hombres son desdichados porque han olvidado el paraíso. “El hombre es desdichado porque no sabe que es feliz”, se dice en la filosofía de Kirillov. No basta con darle al hombre un concepto o una noción teórica del paraíso, sino que tiene que experimentarlo vitalmente. En “El sueño de un hombre ridículo”, Dostoievski insiste expresamente en el carácter experiencial del conocimiento del paraíso. “He visto la verdad. No es que la haya inventado con mi entendimiento, no sino que la he visto, y su rostro viviente ha colmado mi alma por toda la eternidad. ¡La vi en una plenitud tan consumada! ¿Cómo debo creer que esta verdad no pueda existir para los hombres?”

¿Cómo se llega a esta experiencia? No es del tipo sensitivo, sino que es una experiencia interior, que se produce cuando algo de lo paradisíaco inconsciente refulge y viene a la conciencia o a la conciencia superior. El paraíso no se encuentra en alguna parte fuera de nosotros donde tuviéramos que ir a buscarlo, ni tampoco puede construirse solamente gracias a condiciones externas, sino que reside oculto en nosotros, en el inconsciente. Pero no es nada mágico, sino el núcleo del hombre original, aquel centro esencial que hay en él y que todavía conserva o ha recuperado la bondad original. Pero eso es un centro moral. La experiencia plena de lo paradisíaco la hacemos sólo en un estado de conciencia superior, en la visión. La opinión de
Lubac de que “su éxtasis se configura en el nivel de la vida sensible (au niveau de la vie sensible)” me parece que es falsa. Si cuando dice esto Lubac está pensando en que la conciencia superior revela imágenes sensibles, entonces tendría que considerar que la visión de muchos místicos cristianos procede también de la experiencia –lo que, después de todo, no quiere conceder–. De Lubac pasa por alto que lo intuido sensiblemente es sólo motivo para las sensaciones depuradas de sensibilidad.

En la tierra, para la mayoría de los hombres resulta incomprensible cómo pueda existir un estado permanente de paraíso. Pues, durante su estado actual, el ser humano sólo puede soportar la visión sólo durante momentos muy breves. Pero el estado futuro se puede presentir e intuir. Por otro lado, el instante más breve del conocimiento supraconsciente basta para hacer que el hombre esté dispuesto a cualquier esfuerzo con tal de alcanzar de nuevo este estado final. A cambio de él, el hombre soportaría todo sufrimiento y todo tormento.

Pero es un pensamiento muy particular –que dejó muy perplejo a Dostoievski, hasta el punto de que lo repite en varios pasajes– que los hombre serían capaces de realizar el paraíso muy rápidamente. Bastaría con que el hombre tuviera la voluntad de ello. “Sólo con quererlo, mañana surgirá realmente para mí, y ya para toda mi vida.” Es el pensamiento de una metanoia repentina (
μετανοια), que podría realizarse igual que antes de Cristo se realizó en quienes fueron salvados por él. Si no nos damos cuenta de la verdad y de la existencia de la realidad paradisíaca, es sólo a causa de nuestra ceguera y perversión ateas. Pero basta con tener la firme voluntad de concebirla y de quererla, “y en el acto se alzará en toda su belleza.” También la naturaleza en torno a nosotros, y que –como aún veremos– es sin pecado, nos rodea sin que seamos capaz de verla sin velos en su belleza paradisíaca. El paraíso está en nosotros y en torno a nosotros, y bastaría un único destello de conocimiento puro y de amor puro para hacer que se transforme en una realidad visible para nosotros. Este destello se prende cuando asumimos sobre nosotros la culpa universal y nos arrepentimos y expiamos nuestros pecados, pues sólo de esta forma nos ponemos en una relación pura con la realidad y con Dios. “¡Qué fácil sería: en un día, en una única hora, todo se transformaría!” “Esta capacidad está dentro de cada uno de nosotros, pero tan profundamente escondida (sapriastanaia) que desde hace ya tiempo parece increíble.” Por qué se no llega a este cambio repentino, Dostoievski no fue capaz de decirlo. Sabía perfectamente que el amor completo es un presupuesto para este nuevo estado. Pero para el hombre parece ser algo muy difícil, aunque aparentemente sea tan fácil, aportar la voluntad del paraíso, porque no toman conciencia suficientemente fuerte de la posibilidad del ser paradisíaco, y junto con ésta, de forma simultánea (forzosamente de forma simultánea), el estado de la carga de culpa y de la oscuridad en la que se encuentran ahora. Lo paradisíaco se ilumina desde la oscuridad del ser culpable, y la oscuridad se vuelve insoportable ante el esplendor de la falta de pecado. Hasta ahora, sólo los santos han sido capaces de cumplir la verdad, y en ellos reside la esperanza de la humanidad. El nuevo estado se traspasará en su momento desde ellos a toda la humanidad.