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JOHANNES DE KRONSTADT, STÁRET DE RUSIA
SAKA-Informationen, año 10, cuaderno 3 (marzo 1985), pp. 8-11. Jerrentrup [2172]
Recensión del libro de Alla Selawry, Johannes von Kronstadt, Starez Rußlands. Con testimonios propios y pruebas documentales. Traducción, recopilación y textos complementarios de Alla Selawry. Basilea, editorial die Pforte, 1981. 222 páginas.



El stáret [Un stáret (en ruso, “anciano”), es un monje, sacerdote o eremita experimentado en la vida espiritual. Su autoridad no es oficial, sino moral. El starsismo se remonta al monacato griego.] Johannes Iljitsch Sergiev de Kronstadt es uno de los grandes santos de la Iglesia católicas, que hasta la publicación de esta primera biografía suya en lengua alemana era demasiado poco conocido entre nosotros. Quien conoció y pasó tiempo junto al Pater Pio de Pietrelcina, reencontrará aquí la mayoría de los fenómenos que iban asociados con el obrador de milagros y paciente soportador de sufrimientos. Fue la circunstancia de que el Padre Johannes falleciera sólo una década antes de la revolución rusa la que hizo que no llegara a ser tan conocido entre nosotros. El estruendo de la revolución, los disparos de los comandos de ejecución y los gritos de los asesinados acallaron su voz tranquila y bondadosa.
El Padre Johannes procede de la zona alta del norte de Rusia, de la colonia de Sura en Archangelsk, no lejos del Mar Blanco. Ahí nació el 19 de octubre de 1829 como hijo de un cantor de iglesia, y fue bautizado ya la misma noche según el nombre del santo Johannes de Rilsk. Sólo a costa de grandes sacrificios pudieron los padres llevar al niño a la escuela popular y luego, en condición de becado, al seminario teológico de San Petersburgo. Cuando termina sus estudios en 1851 como el mejor de la promoción, Johannes recibe un puesto como escribiente, a cargo del Estado, en la Academia Sacerdotal de la misma ciudad. Al mismo tiempo encuentra tiempo para leer en su silencioso cuarto los escritos de los padres de la Iglesia y de los santos ascetas, pero sobre todo la Filocalía, que le muestran el camino a Dios.
En 1855, Johannes Iljitsch termina como candidato sus estudios de teología en la Academia. Antes de ordenarse sacerdote se casa, según costumbre de la Iglesia oriental, con la hija de un sacerdote de Kronstadt. Luego sigue el 12 de diciembre de 1855 la consagración sacerdotal. Seguidamente, el Padre Johannes llega a la catedral de San Andreas en Kronstadt, que será durante muchas décadas el lugar de su bendito trabajo. Ahí es párroco su suegro. Kronstadt, a 30 kilómetros de Petersburgo, con sus 30.000 habitantes era ya en aquella época una ciudad marcadamente portuaria e industrial con los problemas característicos de una ciudad semejante, y así vemos aquí, en el sacerdote y luego párroco de San Andreas, a una gran naturaleza religiosa del estilo de los starsí rusos en una confrontación inmediata con las circunstancias de la época industrial, que luego empujarán a Rusia primeramente al comunismo. (Todavía hoy se siguen desconociendo las dimensiones de la transformación industrial que tuvo lugar en Rusia antes de 1917. Ya Leskov describe en algunas de sus narraciones sus consecuencias en el campo.)
El sector de la actividad del Padre Johannes que obedece de modo característico a las circunstancias de Kronstadt, es el de la asistencia a los necesitados. Construye con donaciones una “Casa de la laboriosidad”, que con una planificación muy amplia viene no sólo en ayuda de los acosados por la miseria con limosnas (asilo nocturno, comedor, asilo), sino que también inaugura nuevos centros de trabajo (talleres) y posibilidades de formación (escuela popular gratuita, lecciones de formación, escuela dominical y nocturna). Un puesto médico de urgencias gratuito está abierto a todos. Desde luego que con esta obra social tan amplia va unida una asistencia religiosa intensa (hogar del peregrino, clases de religión, misas). Qué dimensiones asumió la obra de ayuda social, puede aclararlo un único hecho de entre muchos: “En el año 1902 la cocina repartió 172.550 comidas.”
Evidentemente, esta ayuda a los necesitados representa sólo el ámbito externo de la laboriosidad del Padre Johannes. A ésta hay que sumar también la defensa frente al ateísmo contemporáneo y la lucha contra el hundimiento en la inmoralidad y la avaricia. En 1905 escribió el stáret Johannes:
“Hoy todos están enfebrecidos por la libertad y han alcanzado también una libertad exterior completa: la libertad de fe, la libertad política, la libertad en el arte y en la ciencia, en el trabajo y en la vida familiar. Pero la mayoría malinterpreta la esencia misma de la libertad y la conciben de modo sólo negativo, como motivo para complacerse a sí mismos y a sus antojos. Estos fanáticos de la libertad, ¿han concebido también aquella libertad verdadera, racional, salvífica, para la que Dios los creó […]? ¿Aquella libertad que Cristo trajo de nuevo a los hombres: […] la libertad de dejar voluntariamente todo lo malo? Justamente esta libertad auténtica, vital y divina la hemos perdido. En lugar de ella conseguimos y defendemos una libertad aparente absurda y perniciosa de hacer escarnio de todo lo santo, de pisarlo y derribarlo.” (pp. 187/88). “¡Rusia!”, exclama en otro pasaje, “¡deja de confiar en tu entendimiento ciego y entenebrecido y de seguir el absurdo consejo de tu ídolo Tolstoi!” (p. 186) El Padre Johannes veía claramente que Rusia se precipitaba en la catástrofe.
Desde luego que en el centro de su obra está lo puramente religioso. “El servicio divino en la tierra es sólo una preparación para el servicio celestial. Quien sirve corporalmente a Dios, tiene que servirle sobre todo en el espíritu y en la verdad, con corazón puro. No sólo con palabras, sino con actos. Nuestra esencia misma –razón, corazón y voluntad– lo exige. No penséis que nuestra fe no es para nosotros vivificante y que nosotros servimos hipócritamente a Dios. […] No. Nosotros sabemos por experiencia qué significan para nosotros Dios y sus sacramentos, la madre de Dios y los santos. A menudo vemos en nosotros mismos su obrar vivificante. Esto lo digo sinceramente, con conciencia plena de la verdad de estas palabras. “ (p. 71)
La gran fuente de fuerzas para su ser y para su obrar casi sobrehumano es para el Padre Johannes el santo sacrificio y la liturgia. “Me extingo, muero espiritualmente si no celebro durante varios días; y me inflamo, revivo en corazón y alma en cuanto celebro.” (p. 77)
“Yo mismo necesito la comunión diaria, y considero una gran privación el no recibirla.” (p. 156) De ella, de su oración interior y de sus esfuerzos morales le vienen al stáret Johannes su fuerza milagrosa y sus dones visionarios. Un estudiante relata en una biografía que publicó en 1903 la impresión que el santo causaba también sobre escépticos:
“Me vi arrastrado por la muchedumbre y empujado hacia el Padre Johannes, aunque en aquella época estaba muy lejos de la Iglesia. Mi fe se había extinguido casi por completo a causa de un estudio sistemático de escritos ateos. Entonces lo vi, rodeado de la multitud. Con una fe que mueve montañas, le llevaban enfermos; las madres le alcanzaban sus hijos. Los toma rápidamente en sus brazos, los besa y los bendice. Uno se siente trasladado al tiempo de los Evangelios.” (p. 151)
Dicho brevemente, uno encuentra todos los fenómenos que el genial escritor ruso Dostoievski describió en su novela Los hermanos Karamázov con el personaje del stáret Zosima y su trato con los creyentes e incrédulos.
De los numerosos milagros y acciones amorosas del stáret, destaquemos sólo dos. Conducen al Padre Johannes a uno que es paralítico desde hace dos años. Como siempre, primero reza con gran devoción a Dios junto a su cama. “Entonces se levanta tranquilo, se dirige al enfermo que yace inmóvil y pone su mano en su cabeza. “Levántate y recemos juntos”, dice suavemente. Estas palabras suenan tan apremiantes, que el enfermo trata de obedecer. “No me puedo mover”, dice claramente para su propio asombro (hasta entonces sólo podía balbucear). Entonces el Padre Johannes vuelve a poner su mano sobre él y le repite: “Levántate y recemos juntos.” Y en efecto, el que desde hace dos años estaba paralítico se levanta y se arrodilla junto al Padre Johannes, que comienza a rezar en voz alta. Cuando han terminado de orar, el Padre Johannes bendice al enfermo, que le mira hondamente conmovido, y le ayuda a volver a la cama. “Para Dios todo es posible”, dice con profunda convicción, “sólo hace falta creer, sólo hace falta rezar.” Al cabo de pocas semanas, el paralítico ha sanado.” (p. 91)
Este otro acontecimiento debe darnos una imagen de las cargas anímicas que su obrar bendito le acarreaba al Padre Johannes.
Un día, el stáret entra en el cuarto comunitario. “Los hombres se apelotonan junto a él y se quejan de su sufrimiento. “¿Y qué quieres tú, amigo mío?”, dice el Padre Johannes a un joven de Kaliuga. “Estoy perdido”, gime éste, y relata entre lágrimas que su madre, una bebedora, le ha maldecido cuando él le negó dinero para licor. Poco después ella murió: “Desde entonces no hallo reposo. Un peso enorme me oprime el corazón. No me deja en paz con ningún trabajo, no puedo poner la cabeza en nada. Mi mujer me abandonó, dejándome un hijito de un año. Yo mismo no sé qué es lo que me pasa. Ayúdame, padrecito, pues si no estoy perdido. A veces siento que tendría que poner fin a mi vida. Pero es terrible perder el alma por toda la eternidad.” Dos lágrimas claras como el cristal resbalan por las mejillas del Padre Johannes. Había estado escuchando con los ojos cerrados, mientras rezaba. “Oh, tú pobre”, repite con profunda compasión. Entonces mira atenta, penetrantemente al suplicante, y dice firmemente: “Escucha, tomo tu maldición sobre mí. Deja de sufrir por ello. El Señor nuestro Dios tomó sobre sí la maldición de todos. Quiero pedirle a Él que también tenga piedad de mí, pues desde ahora cargaré con tu maldición. Pero tú ten paz.” “Padrecito, querido, siento lo que estás diciendo.” El hombre cayó de rodillas liberado.” (p. 67)
Con esta biografía y traducción, Alla Selawry ha hecho un valiosísimo regalo a los lectores de habla alemana. Precisamente este tipo de modelos son necesarios, y hoy más que nunca. Todavía habría sido de desear un capítulo sobre los discípulos del stáret, como el arzobispo Johannes Shajovskoi, a quien conozco personalmente y venero, y que también ha escrito en muchas ocasiones sobre su maestro. Quizá también habría sido bueno haber escrito algo más sobre las dificultades y tentaciones con las que tuvo que luchar en sí mismo el Padre Johannes. A ningún hombre le son ahorradas, y una hagiografía tiene que evitar sobre todo dar la impresión de que el santo no fue también un hombre al que, como a todos, nada humano le es ajeno. “La fuerza se perfecciona en la debilidad”, dice el Espíritu Santo en boca del apóstol Pablo. Sólo mirando hacia arriba desde sus abismos pueden medirse las dimensiones de la santificación.