Edad
dorada, utopía, Apocalipsis,
Reino de Dios en la obra de F. M.
Dostoievski
Padre Nicolai Artemov
Los cuatro conceptos de edad dorada (referida al pasado)
y utopía (referida al futuro) y de Apocalipsis y Reino de
Dios (que trazan una vertical), configuran una cruz cuyo
centro lo constituye la celebración litúrgica. Mediante
un análisis estructural de la obra de Dostoievski con
base en estos cuatro conceptos, Nicolai Artemov pone de
relieve las equivalencias entre la estructura compositiva
de las grandes novelas del ruso y la ordenación del año
litúrgico ortodoxo.
Diese vier Begriffe: vergangenheitsbezogenes Goldenes
Zeitalter, zukunftsbezogene Utopie, und eine Vertikale
ziehende Apokalypse und Gottesreich, stellen ein Kreuz
dar, dessen Zentrum die liturgische Feier bildet. Durch
eine auf diese vier Begriffe fußende homoiothetische
Strukturanalyse der Werke Dostojewskijs stellt Nicolai
Artemov die Entsprechungen zwischen des Aufbaus von
Dostojewskijs grossen Romanen und der Einordnung des
orthodoxen Kirchenjahres heraus.
1.
Introducción
Previamente, una cita: „El socialismo se ha hecho
pasar por Cristo, por ideal, pero si Cristo está aquí o
allá... no crean ustedes al Apocalipsis“: así puede
leerse en el libro de F. M. Dostoievski,
Una cuestión
embarazosa. Artículos, crónicas (F. M. Dostojewskij,
Eine
verfängliche Frage. Aufsätze,
Feuilletons, Aufbau-Verlag, Berlín,
Weimar 1988, p. 648).
¿Cómo comienzo ahora mi conferencia en este congreso
sobre „Apocalipsis en la obra de
Dostoievski“?, me acababa de preguntar, aquí
sentado en el auditorio, cuando en las manos de mi vecino
veo el susodicho volumen, de una época en la que todavía
se alzaba el „muro protector del socialismo
[ateo]“. Me puse a hojear el libro, que hasta
entonces yo no conocía, y lo abrí por la página con la
cita anterior. Así me fue regalado el comienzo de mi
conferencia, y ya estamos in mediis
rebus.
¿Qué significa esto? „No crean ustedes al
Apocalipsis...“ ¿Precisamente Dostoievski debe
exhortarnos a eso? Esto es demasiado intrigante, y
necesitamos un poco de crítica textual. Pues Dostoievski
no escribió eso, o al menos no lo escribió así. Errar es
de humanos, y los científicos son también sólo hombres.
Los editores de la primera edición científica de los
cuadernos de apuntes de Dostoievski, donde éste puso
brevemente „Apocalipsis“, completaron la
frase –entre corchetes, se entiende–, y para
el añadido escogieron el dativo:
„zdes‘ Christos ili
tam ... Ne ver‘te Apokalips[isu]“
(Literaturnoe
nasledstvo, vol. 83,
Neizdannyj
Dostoevskij, M. 1971, p. 250). Con ello
quedó establecida la referencia ilegítima con „no
creáis“. Este error minúsculo pasó a la edición en
treinta volúmenes de la Academia de las Ciencias
(1972-1988, vol. 20, p. 193). El traductor quitó los
corchetes: después de todo, el libro alemán no debía ser
una edición crítica, y hay que creer a los científicos...
Pero con nuestro autor, el muy discutido, algo así
resulta mal.
Como es sabido, Dostoievski se confrontó intensamente con
el socialismo. En este esbozo para el artículo (que no se
publicó jamás) sobre „Socialismo y
cristianismo“ (1864), con las palabras „no
creáis“ remite a la perspectiva apocalíptica de las
palabras precedentes, que a su vez remiten al discurso
del Señor sobre el fin de los tiempos en el Evangelio de
San Mateo: si se os dice que Cristo está aquí (en el
desierto) o allí (en los aposentos, es decir, escondido),
„no lo creáis“ (Mt 24, 26).
A lo que no hay que creer, según Dostoievski, no es el
Apocalipsis, sino a la inversa, a quienes confunden
presentándose con el nombre de Cristo pero reduciéndolo a
lo terreno –sin la revelación ni la escatología del
propio Cristo–. No hemos de creer a los
pseudo-cristianos, al socialismo, al anticristo. Ésta es
la perspectiva apocalíptica de Dostoievski, y por eso
pone él, en correspondencia, su abreviatura
„Apokalips“.
2.
Aquí no ha de tratarse de los diversos pasajes en la obra
de Dostoievski en los que él habla de la edad dorada, de
la utopía o del Apocalipsis. Más bien, en la brevedad que
tenemos impuesta, esto debe ser un viaje de
descubrimiento por la obra de Dostoievski, donde, en
último término (ya lo anticipo), la liturgia se
evidenciará como centro de la obra de Dostoievski, y al
mismo tiempo como centro del retículo que constituyen los
conceptos del tema de la conferencia: la edad dorada
(visión del pasado) con la utopía (visión de futuro) en
la horizontal, y el Apocalipsis con el Reino de Dios como
vertical. Pero en el centro, la liturgia divina.
Aquí, la obra periodística y la obra literaria de
Dostoievski hay que concebirlas como una unidad. Por eso,
como ilustración, podríamos tomar también cualquier otra
novela, pero, si las cinco grandes novelas de Dostoievski
son como cinco dedos, tomamos simplemente el corazón,
los Demonios
(Besy).
Si el centro del retículo alumbra correctamente, entonces
también cualquier otra entrada es igual de buena, porque
dicho centro sigue siendo centro en todas partes.
Los caracteres místicos de Dostoievski se destacan de
modo sobresaliente en sus reflexiones subyacientes, en
los artículos publicados y en los esbozos no publicados.
En los Demonios,
Piotr Verhovenski, en el lugar mismo, explica al
„príncipe“ Stavrogin, el apóstol superior del
anticristo, que tiene la intención de proclamarlo como
„el escondido“. Además, hay una declaración
de amor de Verhovenski al „príncipe“: lo ama
como a su „ídolo“, porque, aunque es
nihilista, ama la belleza, y, en calidad de sufriente,
Stavrogin es la „belleza“ misma, orgulloso
„como un Dios que no busca nada para sí“, con
la „aureola del sacrificio“, alguien
„que se esconde“ (10; 323; 325 s.). Así pues,
Stavrogin debe constituirse en un quasi-Cristo,
„aquí“ o „allí“. Stavrogin
rechaza la oferta de Verhovenski. Él va mucho más allá de
la sublevación del último: Stavrogin vive el
apocalipsis.
Stavrogin, este antihéroe de los Demonios
que nos sirve
como punto de arranque, es una figura muy misteriosa,
ambivalente, en el centro del retículo de la novela.
Todas las otras figuras dan vueltas en torno de él, es
más, lo circundan. En la novela, a Stavrogin se le
compara con una araña. Descansa como la araña crucera en
el centro de la red de los acontecimientos. La palabra
griega stavros,
que queda tras el nombre de este „príncipe“,
significa realmente „cruz“. Pero con ello
sólo se ha tocado un aspecto. El oído ruso puede percibir
también el otro sonido: rog,
„cuerno“, y stav,
„devenido“, „surgido“, o incluso:
„erigido“, „alzado“. ¿No es
Stavrogin el llamado a cargar con la cruz, pero que se ha
convertido en punto de referencia de todos los demonios
que se levantan en la novela, porque ha alzado el cuerno
contra Dios? Stavrogin mismo es el último que quiere todo
eso. Se niega. No quiere llegar a ser el señor de los
demonios (este enunciado tiene sentido en su
ambivalencia). No quiere convertirse en el mártir que
sostiene a Dios, similar a Cristo, testigo de Cristo
merced al sacrificio auténtico. Pero a causa de esta
irresolución, de la falta de una voluntad decidida, por
mucho que lo quiera, no logra escapar de los
acontecimientos que le rodean. Para él son atinadas las
palabras del Apocalipsis citadas en la novela:
„pero porque eres tibio y no eres ni frío ni
caliente, estoy para vomitarte de mi boca.“ (Ap. 3,
16)
En medio de demonismo que le rodea, el
„príncipe“ Stavrogin guarda también una
oposición directa con el príncipe L. Myschkin, de la
novela precedente de Dostoievski El
idiota. Como antihéroe es también
el anti-idiota: reflexión hasta el suicidio. En su
libro La visión del mundo de
Dostoievski, N. Berdiaev llama a
Stavrogin un „volcán apagado“. Pero hay más:
el apocalipsis de Stavrogin es el juicio, la crisis.
Tiene visiones. En una ocasión, su madre lo descubre
sentado y mirando como hipnotizado un punto en el rincón.
Llena de miedo, la madre se retira. El lector nunca llega
a saber qué
es lo que ve
Stavrogin, ni quién
lo impulsa al
suicidio, a colgarse del travesaño de la puerta.
Dostoievski planeaba hacérselo accesible al lector. A
causa de un desarrollo peculiar con el texto de la novela
no se llegó a ello. Y por el mismo motivo, ninguno de los
personajes de la novela sigue realmente el rastro del
„príncipe“, que resulta tanto más misterioso.
El único que lo logró, se encuentra fuera de la novela.
En la superficie, esto es una curiosidad histórica que
afecta precisamente a esta novela de Dostoievski, pero
mirándolo más detenidamente se evidencia como algo
constitutivo del método de Dostoievski, y por eso tenemos
que examinar más detenidamente esta particularidad. El
capítulo central de la novela, que debía seguir
inmediatamente a la „predicación“ antes
citada, lindante con la demencia, del terrorista y
apóstol de la revolución Piotr Verhovenski, jamás se
publicó en vida de Dostoievski. El capítulo „Con
Tihón“ (U
Tichona) trata del encuentro de
Stavrogin con Tihón (un obispo retirado, como Tihón de
Zadonsk, a quien Dostoievski veneraba mucho y que en 1861
fue hecho santo). Entre otras cosas, el capítulo contiene
la „confesión“ de Stavrogin, muy
significativa para la comprensión de su persona. En ella
se habla de la seducción de un niño. La niña seducida,
llamada Matriosha, se enamora de Stavrogin y luego se
ahorca. Stavrogin se evidencia como un traidor. Hay dos
momentos sumamente importantes en los que no intercede
por Matriosha. En este capítulo central, la cita anterior
del Apocalipsis acerca del „tibio“ está
fijamente asociada a Stavrogin. Todo eso quedó sin
publicar, porque M. Katkov, el editor de la
revista Russkij
vestnik, que publicaba la obra como
una novela por entregas, a causa de la censura, exigió
del autor, si no ya renunciar al motivo de la seducción
de la niña, sí al menos que ella fuera mayor. Dostoievski
condescendió, elevando gradualmente la edad de Matriosha,
en dos redacciones posteriores del capítulo, de 7 años a
„unos 14“. Primeramente, el capítulo no
apareció en el lugar originalmente previsto, en el centro
de la novela, sino que debía aparecer más tarde, es
decir, mucho más atrás en el texto, pero tampoco esta
esperanza se cumplió. Finalmente, Dostoievski renunció
del todo a su publicación. También en la primera
publicación posterior de sus obras (en cinco volúmenes),
el autor eliminó el capítulo. Con ello, el centro de la
novela quedó definitivamente fuera de la novela. Pero la
cuestión de si está justificado entonces considerar el
capítulo „Con Tihón“ como parte de la novela,
no se plantea de este modo si abordamos el problema desde
la perspectiva de la unidad de la obra de Dostoievski. En
el curso posterior de nuestra investigación se hará claro
qué sucede con este tipo de „centro más
allá“, es decir, con lo indecible.
3.
Como se ha dicho, los personajes actuantes, con sus
razonamientos y sus citas, van más allá de la obra
respectiva. El entramado de connotaciones alcanza no sólo
cosas conocidas, como las Sagradas Escrituras u otras
obras literarias, sino también la obra periodística de
Dostoievski, es decir, el autor introduce con un objetivo
elementos de ella en la dimensión artística de su obra.
Un ejemplo sobresaliente de esto nos lo proporciona
nuevamente Stavrogin. En una conversación nocturna
–casi mística–, su interlocutor Shatov
pronuncia de pronto la palabra „liebre“
(zajac).
Como la „liebre“ parece fuera de todo
contexto racional, en un primer momento Stavrogin se
queda sorprendido, y Shatov le recuerda que, una vez, él
mismo acuñó esta expresión: para hacer un guiso de
liebre, se necesita primero tener una liebre. A la
pregunta de Stavrogin, Shatov aclara que eso es una
„expresión vil“ del propio Stavrogin para el
pensamiento: para creer en Dios, hace falta Dios (10,
200).
En realidad, no fue Stavrogin, sino el propio Dostoievski
quien, en un artículo del año 1862, es decir, 8 años
antes, emplea la formulación: „Para hacer un guiso
de liebre, primero se necesita tener una liebre.“
Por lo demás, este pensamiento, en el Santo Tihón de
Zadonsk, dice así: „Es imposible conocer a Dios sin
Dios“ (Boga bez Boga
poznat‘ nevozmozna). Stavrogin
„recuerda“ de inmediato „su“
expresión, pero en la breve polémica subyaciente con
Shatov, Stavrogin le da un giro, de modo que la
conversación, que inicialmente es ideológica, y en la
que, aunque Shatov habla de los „ríos de fuente
viva“ aludiendo al Apocalipsis (10, 198), sin
embargo sigue siendo abstracta, repentinamente se
transforma en un diálogo con una dimensión puramente
personal. ¿Por qué este giro? Desde la propia novela,
esto sólo se desprende insuficientemente. En este pasaje,
a Shatov le importa evidentemente lo más profundo de la
persona de Stavrogin, su ser-persona en sí mismo. Para
Shatov, esto parece ser más importante que su propia
existencia. El atajo que Dostoievski practica con una
indicación que en última instancia tampoco queda
descifrada, refuerza enormemente la atmósfera de misterio
de los sucesos en la novela, pero de la novela misma (de
modo inmanente a la obra) no puede obtenerse una
respuesta satisfactoria para este giro. Para una
respuesta totalmente válida necesitamos premiosamente
„la liebre“. Como se ha dicho, la indicación
nos conduce a un artículo que Dostoievski publicó en el
año 1862, en la revista Vremja,
editada por los hermanos M. M. y F. M.
Dostoievski: Apuntes de invierno sobre
impresiones de verano (Zimnie zametki o letnich
vpecatlenijach). No es casual que
Dostoievski se remonte hasta este artículo: para nuestro
autor, este artículo tiene una significación
extraordinaria. Aquí se encuentra la clave –a la
que apenas se ha atendido en la investigación– no
sólo de la obra periodística de Dostoievski, sino también
de sus obras literarias.
Dicho artículo se halla al comienzo de la polémica de
Dostoievski contra Europa occidental y el socialismo, una
polémica cuyo nuevo punto culminante será
Demonios.
El motivo histórico para la novela, las acciones del
terrorista Netschaev, para nuestro autor no son más que
una consecuencia lógica del „egoísmo
racional“ propagado por N. G. Tschernischevski a
comienzos de los años 60, como en el artículo „El
principio antropológico en la filosofía“ (1861) y
en la novela ¿Qué hacer? Narraciones
del hombre nuevo (1863). Tschernischevski
popularizó el pensamiento de L. Feuerbach y de los
socialistas utópicos, en especial la idea de Charles
Fourier de los falansterios, las comunas socialistas.
Dostoievski conocía muy bien a este último, así como a E.
Cabet y Saint-Simon (Le Nouveau
Jérusalème). Dostoievski conoció este
pensamiento a mediados de los años 40, en los círculos de
Petrachevski y Belinski. Además, guardaba conexión con un
círculo secreto, en los que había planteamientos para
acciones terroristas. Dostoievski estaba iniciado. Para
fortuna suya –y también nuestra– esto no lo
supo el juez de la investigación que se ocupó del círculo
de Petrachevski. El autor elaboró sus experiencias en la
exposición de la actividad terrorista en
Demonios.
Pero más importante es que Dostoievski, condenado a
muerte, se enterara de su indulto sólo en el sitio de la
ejecución, el 22 de diciembre de 1849, y que, desde
entonces, la vida, la muerte y la resurrección se le
abrieran de un modo totalmente nuevo. Todavía en la
cárcel, antes de la condena, le había pedido a su hermano
Myschka la Biblia, que lo acompañó también de camino a
Siberia (28.1, 158 ss. y carta del 22 de diciembre de
1849, 28.1, 162). Tras haber sido expulsado, en el
destierro, vuelve a pedirle a su hermano, entre otras
cosas, escritos de los santos padres de la Iglesia (28.1,
179; carta del 27 de marzo de 1854).
En su segunda fase creadora, que precipita en las
publicaciones de los años 1860-1881, Dostoievski pone en
obra la visión del mundo recién ganada, que no conduce
sólo a la mencionada confrontación con el socialismo
utópico, sino más bien a una nueva valoración de la
Europa occidental con los fenómenos de la revolución, en
especial de la francesa, de la burguesía y del
industrialismo. La época de trabajos forzados la elabora
en los Apuntes de la casa de los
muertos (Zapiski iz mertvogo
doma); y su primer viaje a Europa
occidental, en los Apuntes de invierno sobre
impresiones de verano.
A Occidente, con su perspectiva burguesa, socialista, o
también industrial-tecnificada, Dostoievski le opone la
ortodoxia. Esto lo hace de modo periodístico-literario. Y
en este contexto, la „liebre“ no aparece en
modo alguno como indicación a Dios o a la idea de Dios,
sino en relación con el tercer concepto de la tríada
revolucionaria: „libertad, igualdad,
fraternidad“. Tras una confrontación crítica con la
visión burguesa de los dos primeros conceptos y una
respuesta socialista a ella que ha expuesto, aquí se dice
que, tras el fracaso de la libertad y de la igualdad, el
socialista, por así decirlo, empuja la maldición hacia
delante, pero trata de explicar la fraternidad y de darle
una buena presentación en forma del „egoísmo
racional“. En Dostoievski, no es que tales
explicaciones estén condenadas al fracaso, sino que son,
más bien, el
fracaso
mismo. En el
esbozo tardío de artículo que hemos citado ya al
comienzo, „Socialismo y cristianismo“, se
formula: „Hay algo superior al dios vientre [cfr.
Fil 3, 19]. Es decir, ser señor y soberano de sí mismo,
ser por encima de su yo,
sacrificar este yo,
darlo a todos. En esta idea hay algo tremendamente
hermoso, precioso, con carácter de destino e incluso
inexplicable. Sí: inexplicable.“ (ibíd., p. 647)
Para nuestro autor, el intento de explicación es ya una
recaída en la „persona propia“, con lo que se
le quita al sacrificio, a la renuncia a sí mismo, la
dimensión decisiva: la irrupción al amor. Eso es por lo
que más tarde dirá el príncipe Myschkin („el
idiota“): „La belleza salvará al
mundo.“ Dostoievski no se refiere a algún tipo de
belleza indeterminada, sino al ideal de belleza
últimamente válido, la persona perfecta, Dios hecho
hombre en Cristo.
En este sentido, Cristo no está ni „aquí“ ni
„allí“. Para llegar a Él, según Dostoievski,
hay que llegar a la „belleza del ideal“, a
saber, „al convencimiento, que es menos racional
que a cargo del hombre entero
(es decir, a la
convicción más inmediata), de que la suprema disposición
sobre sí mismo consiste incluso en sacrificarse.“
(ibíd., p. 64. Traducido más correctamente: „en
sacrificar incluso a sí mismo“, cfr. 20, 194.)
El sentido extremadamente fino de Dostoievski para la
problemática del poder, para las diversas formas de
ejercicio del poder, que son las que en amplia medida dan
la tensión a sus obras, viene de esta visión: es
indispensable el rechazo de todo egoísmo, de todo
provecho propio, no sólo en el ámbito material, sino
justamente en el ámbito espiritual. Por eso Dostoievski
choca una y otra vez con la paradoja de la renuncia
completa y perfecta a toda remuneración. Pero una
remuneración tal la hay también en la satisfacción del
ejercicio de poder sobre sí
mismo, en toda re-flexión, en todo
„replegarse“ (M. Buber). El
„actus
purus“ así concebido no debe
contener el más mínimo destello de algo propio. En
„Socialismo y cristianismo“, Dostoievski
trata de formular así la nueva dimensión del amor
obtenida en la humildad perfecta: „Es más, incluso
con una actitud completamente de rechazo frente al
pensamiento de una remuneración, de un salario, él
considera tal pensamiento algo absurdo, y sólo aceptaría
una recompensa por amor al donante, o sólo porque siente
que, después, aún amará más al donante (la Nueva
Jerusalén, abrazos, ramas verdes).“ (ibíd., p.
647.) La perspectiva de esta Nueva Jerusalén se opone
directamente a la Nouveau
Jérusalème del socialista utópico
Saint-Simon, es decir, de una manera que es peculiar de
nuestro autor, aquí se funden los pasajes respectivos del
Apocalipsis (Ap. 7, 9 y 21, 10-22, 50) con los cantos de
Pascua y del Domingo de Ramos de la Iglesia ortodoxa
(cfr. 24, 202).
Esta liberación completa de la mentira de la vida en el
sacrificio verdadero con la paradoja del
autoenajenamiento, en „Socialismo y
cristianismo“ Dostoievski la designa como „la
norma“, que aquí formula de este modo: „las
personas singulares desarrolladas conscientemente hasta
el grado supremo están también unificadas hasta el grado
supremo en el nombre de la belleza del ideal“ (p.
648). En los Apuntes de invierno sobre
impresiones de verano, donde el principio se
expresa en formulaciones casi idénticas, designa esta
„norma“ como „ley natural“
(zakon
prirody), y dice concisamente:
„esto atrae normalmente a los hombres“
(k
etomu tjanet normal‘no
celoveka, 5, 79).
El concepto de ley natural, por aquel entonces altamente
moderno, Dostoievski lo refuncionaliza aquí
polémicamente. No se trata de la comprensión habitual de
la naturaleza despersonalizada sin Dios, sino de Cristo,
que es la expresión suprema de la personificación. Pero
en la persona única de Cristo, según la doctrina de los
Padres de la Iglesia, están unidas dos naturalezas (en la
Iglesia ortodoxa, esto se expresa en la señal de la cruz
recogiendo dos dedos de la mano derecha –el meñique
y el anular–, al tiempo que se juntan los otros
tres, como símbolo de la Trinidad). La naturaleza humana
del Hijo de Dios es el echaton
(es decir, lo que
concluye ante Dios, lo último) de toda la humanidad, tal
como Dostoievski lo formula en la anotación de diario del
16 de abril de 1864 en el lecho mortal de su primera
mujer. Cristo como „ideal del hombre en la
carne“, al que el hombre,
como se dice aquí, „tiende por ley natural“.
En el echaton,
„en el punto de la consecución del fin“, como
Dostoievski lo formula aquí, el hombre experimenta y
advierte „con toda la fuerza de su
naturaleza“ que el empleo supremo de la propia
persona en el sacrificio entero incumbe „a todos y
a cada uno“. Los extremos opuestos del
„yo“ y de „todos“, que
„están mutuamente destruidos uno para el
otro“, alcanzan en este momento el „fin
supremo“ de la evolución respectivamente propia:
„Eto-to i est‘ ras
Christov“, „esto es el
Paraíso“, se dice aquí, y Dostoievski añadió la
palabra „Cristo“ como una determinación más
concreta (20, 172). Esta síntesis sólo se alcanza cuando
el hombre, „según las leyes de la naturaleza, es
renacido definitivamente en una nueva naturaleza“.
„Cristo ha entrado del todo en la humanidad, y el
hombre tiende a ser reconfigurado en el
Yo
de Cristo como su
ideal propio.“ Cuando lo ha alcanzado, ve también a
todos los demás en ello... y Dostoievski exclama:
„Sinteticeskaja natura
Christa izumitel‘ na“, „la naturaleza
sintética de Cristo es milagrosa“. (20, 174.)
Se ve claramente la contradicción interna del término
„naturaleza“ utilizado de este modo: si el
hombre se transciende de modo que „apenas puede
llamarse ya hombre“ (20, 173), y luego, „si
el hombre ya no es hombre“, entonces, se pregunta
Dostoievski, „¿cuál será, pues, su
naturaleza?“ (20, 174). Como conclusión, se dice:
„Por tanto, el hombre sobre la tierra tiende a un
ideal opuesto
a su
naturaleza.“ (20, 175) Así como, en este apunte, de
ahí se deduce la „vida infinita“, también en
el esbozo de artículo „Socialismo y
cristianismo“ se obtiene la misma conclusión en una
especie de triple paso dialéctico: „El estado
original de la sociedad era el patriarcal. El estado
medio, el estado de transición, es la civilización [con
su ley de la reflexión y del egoísmo]. El cristianismo es
el nivel tercero y último del hombre, pero aquí termina
el desarrollo, se alcanza el ideal, de modo puramente
lógico ya sólo porque en la naturaleza todo concuerda
matemáticamente; en consecuencia –y aquí no puede
haber ironía ni burla– existe la
vida
futura.“ (ibíd., p. 648, con
una pequeña mejora en la traducción según 20, 194)
4.
La consideración sería incompleta si el
echaton
concebido de este
modo apareciera como meramente futuro. Pero ya en
los Apuntes de invierno sobre
impresiones de verano no es ése el caso. La
síntesis de „yo“ y „todos“
emplazada en la eternidad puede, es más, tiene que
realizarse ya en el aquí y ahora, en la medida en que
corresponde a la naturaleza comunitario-sintética
–contradiciendo la naturaleza individualizante y
sublevante–. Éste es el desarrollo que Shatov
espera y suplica de Stavrogin en los Demonios.
El potencial de esta posibilidad en Stavrogin es al mismo
tiempo lo que excita desorbitadamente el impulso
desintegrador del nihilista Verhovenski, sublevador y
demoníaco.
En sus Apuntes de invierno sobre
impresiones de verano, Dostoievski expuso de modo
periodístico-literario esta otra estructura temporal,
desarrollando su propia variación de la formación de la
comunidad, apoyándose pero también oponiéndose al
Contrat
social del padre de la revolución
francesa, Jean-Jacques Rousseau. En este pasaje se dice
que la generalidad, para desarrollarse en sun plenitud,
tiene que venir al individuo y sacrificarse a éste, para
que se desarrolle en su plenitud. Pero en Dostoievski se
sigue enseguida también la inversión: en realidad, este
yo individual tiene previamente (prezde
vsego) que entregarse sin
condiciones a la generalidad. La
„contradicción“ está bien disimulada, es
fácil pasarla por alto. En realidad, aquí se exige el
primado de cada lado, y por ambas partes. No hay un
„previamente“. Lo que en Rousseau queda
monocausalmente pendiente por parte de los individuos que
buscan el provecho, en Dostoievski es policausal, en
correspondencia plena con el principio de la libertad de
los personajes actuantes en su obra, que M. Bachtin ha
investigado como „polifonía“. En modo alguno
surge aquí una libertad sin ética, como algunos
supusieron en la disputa filológica en torno a las tesis
de Bachtin, sino, al contrario, la libertad sólo se
obtiene a partir de esta ética personalista (¡no
individualista!). La disolución de la contradicción
consiste, como ya podemos advertir fácilmente, en la
„naturaleza sintética de Cristo“, en la que
„yo“ y „todos“ están
orgánicamente vinculados. El primado del amor de Dios
(según Dostoievski es la „naturaleza de
Dios“: „la síntesis plena del ser entero
“ [20, 174]) se desarrolla tanto en la encarnación
de Cristo como ahí donde se da el primado bilateral del
amor del yo
a
todos
y del amor
de todos
al
yo
individual. Por
un lado, aquí se manifiesta la lógica de toda la epístola
primera de Juan (especialmente 1 Jn 4, 7-19), y por otro
lado la del evangelio de San Juan con el mandamiento de
amor de Cristo cuando ofrece el cáliz de la resurrección.
Dostoievski no tiene miedo de volver a desarrollar aquí
en forma de diálogo la „simultaneidad“
ontológica, que para él es importante, de la entrega de
ambas partes: yo y todos, antes de volverlo todo de golpe
a lo doloroso: „Por tanto, se entiende que ya no
hace falta dividir, todo se distribuirá por sí mismo.
Amaos unos a otros, y todo eso se os dará por añadidura.
¡Bah, eso ya me resulta una fina utopía, señores míos!
[...] ¿Qué piensan ustedes? Es una utopía o no?“
(5, 80). La primera mitad de la confluencia de dos citas
evangélicas que son contrastadas con el concepto de
„utopía“, la constituye el
nuevo
mandamiento de
amor de Cristo en las palabras eucarísticas del evangelio
juánico: „Que os améis los unos a los otros. Así
como yo os amo, debéis también amaros los unos a los
otros.“ (Jn 13, 24; 15, 12-13, con la entrega de la
vida „por sus amigos“.) La segunda mitad
resulta del pasaje: „Buscad primero el Reino de
Dios y Su justicia, y todo lo demás se os dará por
añadidura“ (Mt 6, 33, apartándose directamente de
los paganos). Dicho con otras palabras, no nos hallamos
ante ninguna utopía, sino ante la dimensión eclesiástica,
desde la predicación de la montaña hasta la eucaristía,
la cruz, y además, en la dimensión temporal que expone
Dostoievski, la resurrección. En este contexto, los
conceptos „carne y sangre“ y „para
todos“, que se aplican muchas veces, aparecen como
reminiscencias perceptibles del centro de la liturgia
ortodoxa, tanto respecto de las palabras de intervención
(anamnesia) como del ofrecimiento (anáfora y epíclesis):
„Te ofrecemos lo Tuyo de lo Tuyo, según todo y para
todo“ [en la Iglesia eslava:
„o vsech, i za
vsja“; en Dostoievski:
„za vsech [...] za vsech
[...] za sebja [...] otdat‘ ee vsju vsem, ctob i
drugie vse“, 5, 79]. So capa de
polémica con el Contrat
Social de Rousseau, Dostoievski nos
va introduciendo delicada e inaparentemente en el centro
de la liturgia.
Con esto se corresponde también que, poco después, en
sus Apuntes,
Dostoievski añade al tema de la „fraternidad“
la lectura evangélica del bautismo, y se pronuncia sobre
el „renacimiento“ de toda la humanidad (20,
202, vozrodit).
La dimensión del bautismo, indicada en los
Apuntes de
invierno sobre impresiones de
verano, tampoco debería pasarla por
alto el lector atento: mencionar la
„naturaleza“ (priroda,
natura)
está estrechamente enlazado con el pensamiento de que la
„idea“ de tal fraternidad no abstracta tiene
„que transitar primero a la carne y a la sangre
para hacerse realidad“, y que semejante „ser
renacido“ (pererozdenie),
en relación con un pueblo entero, requiere
„milenios“. Este tipo de fraternidad es
imposible establecerla artificialmente, sino que
„sucede [se hace] por sí misma, es regalada, se
encuentra en la naturaleza“ (5, 79), tiene que
„estar presente en la naturaleza“, como lo
repite Dostoievski dos veces en la página siguiente. Con
el bautismo, esta naturaleza le es regalada al hombre, es
introducida en el hombre.
En este pasaje, Dostoievski emplea cuatro veces el verbo
„atraer“. Haría falta una naturaleza que
„sea capaz de fraternidad, una naturaleza que crea
en la fraternidad, que sea atraída por sí misma a la
fraternidad“ (5, 81). La ocurrencia de la
„liebre“ (zajac)
que se necesita premiosamente, en este pasaje no se
orienta simplemente –como en Shatov– al
concepto de „Dios“, sino exactamente a esta
„naturaleza“. Desde luego, eso no contradice
la interpretación de Shatov, en la medida en que se
refiere a la naturaleza de Cristo. Mediante la
unificación con la naturaleza humana de Cristo, del Dios
hecho hombre, e incluyendo la comunión, se realiza la
configuración de Cristo dentro del hombre, y „eso
se hace por sí mismo“ (desde luego no sin la
aprobación del hombre). La comunidad con la naturaleza de
Cristo es aquello con lo que el Padre „atrae“
(Jn 6, 44) o con lo que el Hijo „atrae“ con
su cruz (Jn 12, 32), de modo que, desde el Padre, se
funda la fraternidad viviente en la filiación. „Una
personalidad fuertemente desarrollada que está
completamente segura de su derecho a ser persona y no
tiene ningún miedo por sí misma“, según
Dostoievski, no puede emplearse para nada más que para
„entregarse por completo para todos, para que
también todos los demás lleguen a ser personalidades
tales autónomas y dichosas. De un desarrollo tal de la
personalidad, procede la disposición (cfr. Jn 15, 13 y
10, 16b-18) „de entregar voluntariamente su vida
por todos, subir por todos a la cruz, a la hoguera“
(aliteración con asonancia, con un tratamiento distinto
de la tónica „e“: krest/koster).
¡De qué modo tan inmediato se ajusta esto a la hoguera
del Gran Inquisidor preparada para Cristo
(Los
hermanos Karamázov), a los abismos de su
pensamiento de poder y a su ataque contra las palabras de
Cristo de que haya „un rebaño, un pastor“ (Jn
10, 16 ss.)!
El peligro de tener el más mínimo estímulo de un
pensamiento de provecho propio, Dostoievski lo designa
aquí „el pelito más fino“; si este
„pelito“ entra en curso, entonces todo se
desmorona (5, 79 s.). Por tanto, el „pelito“
es la contrarréplica de la „liebre“, una
expresión de la naturaleza pecaminosa y, según la lectura
apostólica en el bautismo ortodoxo, de aquel
„hombre viejo que fue crucificado con Cristo para
que fuera destruido el cuerpo pecaminoso“ (Ro 6,
6). Es decir, si se mezcla el „pelito“
–como una especie de paja en el ojo propio que
rápidamente se convierte en una viga–, entonces se
cierra la nueva dimensión de la resurrección, del
verdadero arrepentimiento, de la conversión renovadora. A
la luz del Reino de Dios se le opone, con el
„pelito“ respectivo, el egoísmo, el provecho
propio de la búsqueda de poder, del orgullo, del miedo,
etc., o dicho con otras palabras: la fuerza y el poder y
el reino de la tinieblas. Entre el „pelito“ y
la „liebre“ se desarrolla con las variaciones
más dúctiles la dinámica de la obra de Dostoievski. Según
refiere P. Annenkov en sus Memorias,
el compañero escritor I. S. Turguenev expresó esto en
cierta ocasión con la siguiente fórmula sobresaliente: si
un tigre entra en la habitación, el hombre se pone pálido
y salta de la ventana, pero no en el caso de Dostoievski:
en este caso, el hombre se pone rojo y... ¡se queda!
Desde nuestra perspectiva, el „pelito“ del
orgullo entra en conflicto con el miedo natural, lo
trueca en cólera (ponerse rojo), y el hombre se enfrenta
al reto. Pero, como resulta de la exposición anterior, el
orgullo encierra un miedo aún más profundo que es opuesto
al amor. Eso culmina en la „confesión“ de
Stavrogin, „que no conoce el temor“, pero que
de hecho es movido por el paroxismo del miedo, con las
siguientes palabras: „el fuerte miedo expulsa el
odio y el deseo de venganza“ (11, 17), un
antievangelio verdaderamente satánico en comparación con
San Juan: „Donde hay amor no hay temor. Al
contrario, el amor perfecto echa fuera el temor.“
(1 Jn 4, 18)
La autoconfirmación del individuo („pelito“)
contiene una mentira de más alcance y mayor profundidad,
que tiene que ser desenmascarada en cada caso por el
propio individuo. Eso sucede en el marco de unas
„reflexiones“ retadoras, coléricas y movidas
por el miedo, que se suceden vertiginosamente. De este
modo, los caracteres de Dostoievski entran en círculos
cada vez nuevos y más profundos, hasta que finalmente
(expuesto del modo más palmario en Raskólnikov, Stavrogin
e Iván Karamázov) el diablo mismo se muestra como aquel
que conduce el alma por este camino y la encadena, para
mostrarle al final su mueca. Finalmente se manifiesta la
incapacidad o imposibilidad de distinguir entre la
conciencia propia y el demonio. La distinción sólo puede
introducirla entonces otro, el „tú“ (Tihón en
el caso de Stavrogin, Aliosha en el caso de Iván
Karamázov), con quien también se abre la categoría de
„todos“ en Cristo (liturgia y resurrección).
Pero si esto se acepta o no, sigue siendo siempre una
cuestión irresuelta. A Iván Karamázov lo sacan gritando
de la sala del juzgado, Stavrogin huye de la celda de
Tihón con una maldición en los labios, y el Gran
Inquisidor abre finalmente la puerta del calabozo, pero
sólo para desembarazarse de Cristo. La ambivalencia
permanece.
Pero si es claro cómo las dos categorías (liebre/pelito)
están continuamente presentes en todos los niveles de la
obra, entonces podemos quedarnos en cualquiera de los
niveles. Así, pese a todo, el capítulo „En
Tihón“, en el que confluyen todos los hilos de la
novela, está contenido en toda su validez en el personaje
de Stavrogin, aun cuando no encuentre sitio en la novela.
El centro de nuestro „retículo“, donde la
„liebre“ y el „pelito“ están
enfrentados, donde Dios y el demonio luchan en el corazón
del hombre (14, 100 Dimitri Karamázov), está siempre
fuera de la obra, si bien al mismo tiempo omnipresente en
ella. Dostoievski es plenamente consciente de esta
función. Eso se muestra en otra categoría de su método, a
saber, el „distanciamiento“, que aquí
queremos señalar sólo brevemente. La confrontación por
antonomasia entre el Hijo de Dios y el diablo se tematiza
en su obra en „El Gran Inquisidor“. Pero
tiene que resultar claro que éste es sólo un
„poema“, cuyo autor es Iván Karamázov (o
bien, en último término, el diablo mismo). La
construcción puede esbozarse así: 1) en el diálogo entre
el autor (Dostoievski) y el lector, el autor se distancia
del narrador de la novela; 2) éste último, a su vez,
presenta un diálogo entre dos hermanos, Aliosha e Iván,
en el que Iván se distancia del Gran Inquisidor y su
punto de vista; 3) el Gran Inquisidor está en diálogo con
„Cristo“, pero no es en modo alguno seguro
quién es el interlocutor, o si existe en general un
interlocutor real; 4) en este „diálogo“, el
Gran Inquisidor expone entusiasmado su visión de un
diálogo (entre el Hijo de Dios y Satán), pero su
interpretación es un distanciamiento mediante un
falseamiento palmario de: 5) el diálogo real expuesto en
el Evangelio, la tentación en el desierto. Este último
diálogo 5) (Evangelio), en el nivel más profundo y más
allá de la consideración inmanente de la obra, está por
encima del diálogo 1) entre el autor y el lector. El
nivel más profundo de referencia se evidencia al mismo
tiempo como el supremo. Con esto se cierra el círculo:
autor, lector y todos los personajes actuantes en la
novela están igual de legitimados con vistas al conjunto
abarcante de la Iglesia, en tanto que revelación
presente y viva
de la Palabra de
Dios.
Igualdad de legitimación y libertad (polifonía) resultan
del criterio de verdad que determina estructuralmente la
obra, y al que se subordina el punto de vista respectivo
(autor, lector, personajes), ya sea sobre Dios o sobre el
adversario. Ése es el motivo por el que, en toda obra de
Dostoievski, topamos una y otra vez con una puerta tal a
lo indecible, que es juicio, crisis, y de un modo propio
apocalipsis. Y, ya sea „liebre“ o
„pelito“, la puerta está abierta. Sin
embargo, esta puerta tiene siempre también un umbral. En
ocasiones, los personajes de Dostoievski atraviesan este
umbral sin advertirlo, o se dan la vuelta, o se deslizan
por él, o palidecen y se quedan inmóviles. O se cuelgan
del umbral, tras la puerta, que entonces ya no puede
abrirse (Stavrogin, Matriosha).
La vertical de nuestro „retículo“
(apocalipsis, liturgia, Reino de Dios), no es un eje
temporal, como la horizontal (edad dorada, utopía). Las
categorías del apocalipsis son las de la revelación del
Reino de Dios, que a su vez se revela en la liturgia del
cordero de Cristo. Pero también la horizontal es sólo en
apariencia un eje temporal, ya que, en último término, en
ella se trata de realidades espirituales. El
distanciamiento permite advertir, en figuras del pasado y
del futuro, reproducciones abiertas que representan
realidades espirituales verdaderas, es decir, que están
ordenadas a lo supratemporal y supraespacial. Pero sin
distanciamiento, el asunto queda en la inmanencia (como
la discusión sobre el socialismo), y entonces la visión
del pasado y la del futuro se evidencian como
falseamiento. Nuestro autor se ocupa intensamente de
estas tendencias de falsificación en el corazón del
hombre.
5.
En el eje temporal, la utopía aparece como algo puramente
futuro. Pero aquí no sólo hay perspectivas luminosas,
sino también turbias. Ya en los Apuntes de invierno sobre
impresiones de verano, Dostoievski designa el
modelo socialista como „hormiguero“ (5, 81).
Por cuanto respecta al pasado, inicialmente no se trata
de una „edad dorada“, sino de la perspectiva
sociológica de Rousseau vuelta al pasado (cfr.
Contrat
Social, Discours sur
l‘inégalité). Pero Dostoievski no deja
al „homme de la nature et de
la vérité“ de Rousseau en un
pasado idealizado, sino que lo descubre en la naturaleza
del burgués como un contemporáneo poco agradable, al que
ningún „egoísmo racional“ puede ayudarle
éticamente. La espontaneidad del egoísmo sin reflexión se
muestra repugnante en su autocomplacencia. Dos años
después, en Época,
la revista sucesora de los hermanos Dostoievski, en
los Apuntes del
subsuelo de Dostoievski, un
contemporáneo hiperreflexionante malintencionado, el
„hombre del subsuelo“, da vueltas en torno a
este tema.
En la descripción del viaje estival a París que escribió
en el invierno, Dostoievski se mofa del socialismo
utópico, pone el futuro fantástico en el terreno de la
realidad social. Pero de otro modo sucede si la
perspectiva de futuro de Europa occidental la vuelca al
presente sobre el transfondo del industrialismo. En el
capítulo „Baal“, Dostoievski ve el triunfo
del „orden burgués en su grado supremo“ en el
Palacio de cristal de la Exposición mundial en Londres.
Aquí, una „fuerza“ increíblemente terrible y
poderosa, por medio del „pensamiento
gigantesco“, fusiona a los hombres de todo el mundo
en „un ejército“ (en sentido anticristiano).
Un silencio „festivo“,
„victorioso“, „orgulloso“, se
tiende sobre todo y marca el carácter definitivo de lo
conseguido como ideal. „Eso es una imagen bíblica,
algo acerca de Babilonia, alguna profecía del
Apocalipsis, que se realiza ostensiblemente. Se siente
que se necesita mucha resistencia y mucha protesta
espiritual centenaria para no ceder, para no sucumbir a
la impresión, para no adorar el hecho ni idolatrar Baal,
es decir, no tomar lo existente como el propio
ideal.“ (5, 70) La tiniebla y el silencio, un
sojuzgamiento mudo dominan (en las repeticiones verbales
de Dostoievski) la imagen de esta construcción de la
torre babilónica que provoca horror, que él funde sin
solución de continuidad con el Apocalipsis. Dostoievski
se permite repetir cinco veces en seis líneas la palabra
„orgullo“: „Pero si ustedes vieran qué
orgulloso es este espíritu poderoso (mogucij
duch)
que ha creado esta colosal decoración, y qué orgullosa
certeza tiene este espíritu de que esto es su victoria y
su triunfo, entonces ustedes se aterrarían de su orgullo,
de su obstinación y ceguera, se aterrarían también por
aquellos sobre los que este espíritu soberbio pende
[nositsja,
cfr. Gn 1, 1] y domina [carit;
cfr. Carstvo
= el reino]. En
vista de algo tamañamente colosal, de semejante orgullo
gigantesco [...]“ Desde aquí se tienden numerosos
hilos a la obra completa de Dostoievski, hasta la
„prostituta de Babilonia“ del Apocalipsis, de
la que en su momento hablará el Gran Inquisidor en
Los hermanos
Karamázov.
Un año después, en la novela ¿Qué hacer?
(1863), el
Crystal
Palace de la Exposición mundial de
Londres resultó para el socialista ruso N.
Tschernischevski digna de un sueño. Enseguida Dostoievski
retomó el tema, y, con base en esta misma experiencia en
Londres, en su sumamente dinámica y polémica obra
Apuntes del
subsuelo (Zapiski iz
podpol‘ja, 1864), Dostoievski volvió a
declarar el Palacio de cristal una pesadilla, y se volvió
contra el ideal del „hormiguero“
deshumanizado. Vuelto contra Tschernischevski, siguió
pensando. Pero la censura sirvió de acicate a nuestro
autor no ya en los Demonios,
sino ya aquí, y por eso se vio enardecido a escribir:
„Svin‘i
censora“, „estos cerdos
censores, ahí donde despotricaba contra todo y a veces
parecía que hablaba blasfemamente, eso me lo han dejado,
pero donde, de todo eso, deducía la necesidad de la fe y
de Cristo, eso lo han prohibido.“ (28.2, 73.) La
furibunda voz del hombre del subsuelo, de este
paradigmático primer antihéroe de Dostoievski, pasó a una
pura crítica negativa, en la que lo peculiar del autor
había sido sacado fuera de la obra. Sin embargo, para una
mirada sensata, Cristo está presente.
La polémica de Dostoievski contra el socialismo se basa
aquí, por un lado, en que es indispensable la libertad,
que inicialmente parece ser defendida sólo en su sentido
negativo; pero mirándolo más detenidamente, puede
reconocerse su relación positiva de tensión hacia el
sacrificio. Por otro lado, Dostoievski formula aquí la
relación existencial del hombre con el final, de modo
similar a como hace en los Apuntes de invierno sobre
impresiones de verano, en el capítulo
„Baal“, y mucho más tarde también el Gran
Inquisidor habla sobre la misma dialéctica: la tendencia
humana a un fin está emparejada con la negación de un
final. Ser alcanzable y ser inalcanzable: ambos aspectos
son imprescindibles para el ideal. La dialéctica del
hombre del subsuelo, tomándola en sí misma, permanece
inmanente al mundo, y con ello concentra la antinomia de
la tendencia al final y la negación del final. Desde
luego, aquí se trata de las categorías de vida y muerte,
de sublevación y nihilismo. De este modo, Dostoievski
toca la misma estructura temporal, puesto que el ideal
verdadero no puede ser inmanente al mundo ni estar
subordinado al tiempo, aunque sea activo en el tiempo
(„atrae“ al hombre); y de este modo también
se confirma aquí, aunque, en verdad, en cierto modo
apofánticamente: la verdadera finalidad y el final (en
griego telos)
no pueden concebirse sin la categoría de la vida eterna.
Si Dostoievski defiende aquí sin miedo, con todo el poder
de su palabra y el brillo de su análisis, la más profunda
libertad primordial del hombre, es porque el verdadero
autosacrificio (y en último término amor) se evidencia
impensable e imposible sin esta libertad. O dicho de otro
modo: porque esta libertad del Dios del amor
–Cristo– es querida y se quiere, aun cuando
en la praxis se invierta constantemente en su inverso
(pecado). Pero una satisfacción sustitutoria y la
mediocridad hay que expulsarlas fuera de esta dinámica
primordial humana, porque es el hombre entero lo que es
exigido y permanece exigido. Y eso lo hace muy claro el
hombre del subsuelo, aun cuando este „hombre
entero“, a causa de su contradictoriedad, no sea
visible en ello. En todo caso, se puede intuir a Cristo
como clave de esta dialéctica.
Después de todo lo dicho hasta ahora, es claro que
Cristo, los sacramentos y la Iglesia determinan las obras
de Dostoievski en sus niveles más profundos, y en modo
alguno, es más, en ninguna parte son simplemente
accesorios secundarios: las citas del Evangelio o
–y a menudo también simultáneamente– de los
oficios divinos son puertas conscientemente abiertas a lo
eterno y a enunciados supremos, que hay que tomar en
serio y que conducen más allá, y que apuntan al núcleo
transladando la obra a un contexto ampliado (sitio en la
vida). Este contexto, que para el propio Dostoievski era
muy vivo, hoy es en amplia medida desconocido.
Dostoievski procede además con mucha delicadeza. Muy a
menudo son sólo leves alusiones, a veces sólo una única
palabra.
6.
Fue Shatov quien nos ha conducido a la
„liebre“ de Stavrogin, y por tanto también al
„pelito“: a la dinámica de la personalidad
que culmina en el sacrificio. En sus explicaciones,
aparece primeramente como ideólogo. Pero si en la novela
los dos suicidas Stavrogin y Kirillov encarnan la idea de
la libertad, y el activista Piotr Verhovenski, así como
el ideólogo Shigaliov, operan en el terreno de la
igualdad, Shatov realiza la personalidad en el sentido de
los Apuntes de invierno sobre
impresiones de verano, saliéndose de la ideología
y sacrificándose, entregándose por entero a la vida.
Shatov no logra elevar la libertad de Stavrogin a la
soberanía de la cruz voluntaria. Pero la mujer de Shatov,
que retorna a él inesperadamente, viene embarazada y
engendra el hijo de Stavrogin: Shatov se crucifica y lo
reconoce como su propio hijo (10, 451 s.). Precisamente
en función de esta dinámica, en los Demonios
Shatov no sólo
pasa a ser víctima, sino mártir, es decir, testigo de
Cristo (en griego: martys).
Es un signo muy profundo que los revolucionarios
arrastren el cuerpo de Shatov asesinado hasta el tercer
(!) estanque y lo arrojen al agua (10, 460). Shatov es
bautizado en su tumba de agua, es „enterrado en el
bautismo“ (cfr. la lectura apostólica sobre el
sacramento del bautismo: Ro 6, 3-11). El pensamiento que
fundamenta el asesinato de Shatov, que su sangre debe
fusionar las „células revolucionarias“, es
una inversión palmaria del pensamiento del sacrificio y
la comunión. Pero Stavrogin y su decisión sigue siendo el
centro de la novela.
Sólo ahora puede entrar a actuar la „edad
dorada“, que hasta ahora hemos dejado inactiva. La
„edad dorada“ es la designación privada de
Stavrogin para el cuadro de Acis y
Galatea de Claude Lorrain en la
Galería de Dresde. ÉL contempló repetidas veces este
cuadro, y también tres días antes del sueño que describe
en su „Confesión“ y que tuvo durante un
atardecer en una pequeña localidad alemana (11, 21 s.),
Stavrogin sedujo a la niña Matriosha con un sol
resplandeciente. Pero el suicidio de ella lo deja para el
crepúsculo. Una función importante la desempeñan los
„rayos oblicuos“ del „sol poniente que
llama“, tanto en el sueño y cuando Stavrogin
despierta como en su recuerdo de los minutos en los que
Matriosha se ahorca. Al „panorama mágico“ de
un „archipiélago griego“ se le suman las
palabras de la „mitología“ de la „cuna
de la humanidad europea“, del „paraíso
terreno“ de belleza e inocencia. Stavrogin
interpreta el sueño con los colores de la mística pagana.
Pero la imagen del pasado es sólo la refracción de la
realidad del sueño en la psicología del ruso
occidentalista y decadente. En Acis y
Galatea, la pareja humana de
enamorados queda iluminada en el centro del cuadro por la
luz del sol poniente, pero el resto del cuadro está ya
sumergido en las tinieblas, y detrás de la montaña
–apenas distinguiéndose en la oscuridad–
acecha un terrible cíclope que los amantes no ven. No es
de extrañar que también el sueño de Stavrogin esté
condenado a desaparecer, aun cuando el que sueña no
exprese esta realidad del cuadro.
Stavrogin despierta cubierto de lágrimas, porque el amor
le resplandece, esta luz solar que se derrama sobre la
humanidad y también sobre él mismo. Al despertar, un
sentimiento de dicha hasta entonces totalmente
desconocido transpasa dolorosamente su corazón.
Stavrogin, que aún está inmerso en lo soñado, trata de
evocar conscientemente su sueño. Pero en la luz clara que
también sigue percibiendo cuando cierra los ojos, ve un
pequeño punto. Este punto comienza a adoptar una forma.
En el mismo instante, Stavrogin tiene ante los ojos
aquella diminuta „araña roja“ que había
observado inactivo mientras Matriosha se ahorcaba.
La capacidad extrema de Stavrogin para la reflexión es
puesta de relieve una y otra vez en su
„Confesión“. La „pequeña araña“
no es otra cosa que la forma plástica del
„pelito“. Pero en el lenguaje de los iconos,
es el querubín rojo de seis alas que, tras la expulsión
del Paraíso, le cierra al hombre la entrada al árbol de
la vida. Las imágenes mítico-paganas no deberían
confundir a nadie, pues Dostoievski aplica el
distanciamiento: por muy desconocida que fuera hasta
ahora para Shatov la plenitud del sentimiento repentino
de dicha, así de desconocido le era también el contenido
de su sueño –„no sé exactamente qué es lo que
soñé“ (11, 21)–. Si no tomamos en
consideración este distanciamiento, entonces la
interpretación del cuadro erraría el auténtico encuentro
personal que está detrás de él.
¿Qué
o a
quién
ha visto
Stavrogin? A partir de todo lo que sabemos, ha visto la
naturaleza propia bautizada, la „verdadera
gloria“ (orthe
doxa)
de Cristo.
Sin entrar en detalles, hay que citar aquí que, en su
siguiente novela, Dostoievski aprovechó este sueño
(impublicado). En El
adolescente, Versilov, un representante
decadente de la inteligencia rusa, vuelca el sueño de la
„edad dorada“ hacia el futuro, como una
especie de milenio sin Cristo: el cuadro de Claude
Lorrain es apostrofado de „último día de la
humanidad“. Como a Versilov no le basta con
alcanzar una armonía terrena perfecta, se inventa un
final adicional: Cristo tiene que manifestarse, la
humanidad tiene que tender las manos y decir:
„¿Cómo habéis podido olvidarlo?“. Entonces
sonará el „himno de la nueva y última
resurrección“ (13, 378 s.).
Pero aún más importante para una comprensión más profunda
de esta „edad dorada“ en la obra de
Dostoievski es el Sueño de un hombre
ridículo, en el que Dostoievski
elabora la conversión de un petersburgués ateo propio de
la inteligencia rusa en una obra de arte autónoma y
concentrada en este tema. Esto requeriría una
interpretación propia, que rebasaría nuestro marco. El
„hombre ridículo“ se dispara en el corazón,
es enterrado, resucita tras haber vagado sin rumbo un
cierto tiempo, y es transportado por una especie de ser
luminoso (ángel custodio) a otro planeta donde viven
hombres inocentes. Aquí no se trata de un alejamiento
temporal, sino espacial, pero, por lo demás, la
descripción de la humanidad que vive en armonía se
corresponde con la descripción de Stavrogin, pero
desarrollándola más. El petersburgués que vive en medio
de hombres dichosos, se recrea en esta bienaventuranza,
pero, de un modo que le resulta desconocido (quizá sólo
con la expresión de su rostro), transfiere su propio
estado egoísta a los habitantes del planeta, que entonces
se vuelven malvados y cínicos, orgullosos, guerreantes e
ideologizados. Gustosamente se deparan su existencia
tenebrosa y apocalíptica, su Armaggedon.
Estos hombres se ríen de la disposición del hombre
ridículo a sacrificarse por ellos y por su salvación. Su
voluntad de dejarse golpear en la cruz y su ridículo lo
devuelven de golpe (sin distancia alguna) a la realidad.
En la claridad del día, el „hombre ridículo“
comienza su nueva vida. Ahora ama a todos los hombres y
lleva en su corazón una luminosa paciencia, porque sabe
que la fuente del mal está en él mismo. Su enlazamiento
interno con la humanidad lejana, toda la historia de
ella, tanto la bienaventuranza como la caída en pecado y
las consecuencias de ella, viven en su corazón como un
todo indiviso. Su predicación es la del
„mandamiento nuevo“, que es a su vez
„el viejo mandamiento“ (cfr. 1 Jn 2, 7-8).
Sigue siendo „ridículo“.
Ya de entrada, el „hombre ridículo“ se
distancia consecuentemente del contenido de su
exposición. No se trata en modo alguno de una utopía de
una humanidad dichosa. A los detalles de la exposición
podría haberles dado también otra forma, como él mismo
dice. Se trata sólo de que „ha visto la
verdad“. El criterio de verdad consiste en que esto
totalmente heterogéneo, que se condensa también en el
conocimiento completo de su pecaminosidad propia, él
jamás podría haberlo inventado por sí mismo. Tras la
„humanidad“ soñada (Cristo-naturaleza) está
el encuentro personal con el „tú“ del
Dios-hombre. Si, considerando críticamente el
distanciamiento, se incluye también el contenido del
sueño, entonces puede demostrarse que aquí se trata del
descubrimiento vivo de todo lo que a un cristiano
ortodoxo le es administrado en el bautismo.
Permítaseme aquí una pequeña anotación personal sobre
este tema. Cuando, en 1992, di una conferencia sobre
el Sueño de un hombre
ridículo en el Museo Dostoievski de
San Petersburgo, no sólo expuse mis resultados, sino que
también mencioné que el autor data „el disparo al
corazón“ en la noche del 3 de noviembre. Desde
luego, esto tenía que tener un sentido que a mí me
resultaba oculto, aunque me esforcé todo lo que puede en
averiguar algún significado eclesiástico de esta fecha.
Al finalizar la conferencia, el director del Museo,
Gennadi Ukrainsiki (hoy es sacerdote), me
„regaló“ la solución: el 3 de noviembre fue
el día del bautismo de Dostoievski. De este modo, el
análisis literario-estructural se confirmó
biográficamente de modo inesperado.
La perspectiva del bautismo, que comprende el entierro y
la resurrección en Cristo, está tras la caída, la
plegaria y toda conversión (también la conversión
negada). En Dostoievski hay un polo opuesto de la
conversión, en cierto modo la antiplegaria. En su segunda
traición, al contemplar la „araña pequeña“ en
la hoja de geranio, Dostoievski cae en un olvido de sí
que dura unos veinte minutos. Como se evidencia más
tarde, durante este tiempo no sólo no es consciente
de ningún
suceso, sino que,
desde esta antiplegaria, lo que sucede más tarde le
parece como si ya lo hubiera sabido, como si ya en el
momento de haberse abstraído hubiera conocido lo que iba
a suceder. De hecho, estaba contenido ahí, en tanto que,
en los héroes de Dostoievski, esto es lo contrario del
„tiempo litúrgico“, que unifica
sacramentalmente todos los hilos de la vida en su
conjunto. La concentración en el mal crea un vaciamiento
tal que, a partir de entonces, la fuerza de lo satánico
suscita la apariencia de enlace entre los acontecimientos
e imágenes posteriores (sean del tipo que sean, por
ejemplo el rostro de Matriosha amenazando con el puño,
que visita a Stavrogin a diario a partir de su sueño).
De modo consecuente, el diálogo entre Tihón y Stavrogin
que precede a la lectura de la „Confesión“,
gira en torno a la fe eclesiástica en la existencia de
demonios. En cuanto a su visión luminosa, Stavrogin queda
el límite entre el verdadero conocimiento de Cristo en la
conversión (como en El sueño de un hombre
ridículo) y el encegamiento satánico
que, en el lenguaje de los padres de la Iglesia, se llama
„prelest“.
En Los
hermanos Karamázov, al lado del Gran
Inquisidor, el monje Ferapont se encuentra también en
este encegamiento (14, 304, igualmente „con el sol
poniente“). Esta fuerza satánica se expone en el
templo del cuerpo de un hombre (1 Co 6, 19-20, cfr. 3,
16-17) como totalmente autónoma, igual que el Anticristo,
„el enemigo que se levanta contra todo lo que lleva
el nombre de Dios o merece ser adorado, y llega incluso a
instalar su trono en el templo de Dios, haciéndose pasar
por Dios“ (2 Ts 2, 4).
Precipitarse en la inmanencia del mundo como en un
„agujero negro“ tiene su propia lógica, que
se muestra en los caracteres extremos (Kirillov en
los Demonios
como
antirredentor). En Raskólnikov (Crimen y
castigo), Dostoievski muestra lo
„mecánico“ de este proceso: „como si
alguien lo hubiera agarrado de la mano y tirara de él por
detrás [!], sin poder volverse, ciego, con una fuerza
antinatural, sin contestación. Como si un borde de su
ropa hubiera quedado prendido en el engranaje de una
máquina y ésta le arrastrara hacia sí“ (6, 58). El
vaciamiento gradual se evidencia en una creciente falta
de fuerzas. Finalmente, sigue la instalación de la nueva
fuerza satánica en el momento del asesinato de la
usurera, al levantar y hacer caer el hacha (6, 60-63).
¿Quién está detrás de este proceso? No cabe duda.
Raskólnikov mismo lo dice poco antes:
„Ne rassudok, tak
bes.“ „Si no el
entendimiento, entonces el demonio.“
Si, en la búsqueda del centro, se recorren los círculos
concéntricos que, en la construcción de
Crimen y
castigo, Dostoievski traza en torno
al pensamiento de asesinato, su origen se encuentra
entonces sorprendentemente en el panorama de San
Petersburgo (cfr. la crónica de Dostoievski de diciembre
de 1860: Visiones oníricas de San
Petersburgo en verso y prosa, 19, 68-72). La referencia a
la „colosal decoración“ del „espíritu
poderoso“ (v. arriba) es clara: „Un frío
inexplicable le soplaba siempre desde este magnífico
panorama. Esta fantástica visión siempre estuvo llena
para él del espíritu mudo y sordo.“ (6, 90, cfr. 7,
39 s.) La puerta para la comprensión y para el nivel que
queda por encima del autor y del lector, la abren las
palabras evangélicas del „espíritu mudo y
sordo“ (Mc 9, 25; cfr. también El idiota
8, 352).
Por cuanto respecta al „soplido“ de este
espíritu, antes del bautismo ortodoxo se hace una triple
renuncia explícita al espíritu de Satán y la triple
confirmación de ella, que cierran las palabras del
sacerdote: „¡Sopla y escúpelo!“ Una vez que
se ha hecho esto, sigue la triple lectura de la confesión
de fe. En Raskólnikov sucede aquí justamente lo
contrario. Y una función de señal la cumple aquí la
palabra repetida „pristal‘no“,
„fija“, que describe no sólo la mirada de
Raskólnikov en este pasaje, sino también la de Stavrogin
(cfr. arriba) y la de muchos otros héroes. Este
contemplar fija, atentamente, como cautivado, intentando
ver por detrás del decorado, del fenómeno o la visión,
transpasarla con la mirada, es un ser arrastrado a su
modo, con lo que, la mirada al panorama, que en
Raskólnikov se ha convertido ya en costumbre, contiene el
soplo de la muerte, de lo demoníaco. A una mirada
similarmente „fija“ a la limosna caritativa
que se acaba de recibir „por amor de Cristo“,
a la moneda de dos kopeks (¡dos en uno!) sostenida en la
mano, le sigue arrojar el donativo, tomando mucho impulso
con el brazo, a las aguas del Neva (antibautismo). Con
ello, Raskólnikov ha rechazado al Cristo vivo en la
comunidad litúrgico-eucarística, „como si con una
tijera hubiera cortado en este minuto todo lazo con todos
y con todo“. Este „minuto“ tiene el
valor de una eternidad, como los veinte minutos de la
meditación de Stavrogin sobre la araña. Pero al mismo
tiempo vemos también la indicación de la liturgia eterna
en las palabras: „con todos y con todo“,
„ot vsech i
vsego“ (cfr. doblemente en
la liturgia: „o vsech i za
vsja“, y
„i vsech i
vsja“). No es casualidad
que, tras haber arrojado la moneda al agua, siga la
anotación de que Raskólnikov vuelve a encontrarse en casa
después de seis horas de haber estado dando vueltas sin
poder recordar nada.
La conversión de Raskólnikov a la verdad sucede como
„sentimiento completo, nuevo, pleno“ (6,
405). En medio del cruce, cae de rodillas ante todo el
pueblo, del que entonces se oye una voz que dice que él
se dirige a „Jerusalén“. Desde luego que no
es un florilegio retórico cuando en la página siguiente
se habla del „cáliz“ y también de la (nueva)
„falta de fuerzas“ de Raskólnikov.
Si en el sueño aparece el interior de la persona
individual como humanidad global, también, a la inversa,
la persona individual es la humanidad global en la
relación recíproca de yo y todos que ya conocemos. Los
sueños de Raskólnikov (como antes en El sueño de un hombre
ridículo), le muestran en su delirio
una enfermedad que contagia a toda la humanidad, que es
provocada por una especie de „triquinas“,
pero que en realidad eran „espíritus con
entendimiento y voluntad“. Esta posesión conduce a
terribles imágenes apocalípticas del final de la historia
humana (6, 419). Tras haber sanado de su enfermedad, le
aflige el recuerdo de estos sueños. El triple paso
dialéctico que ya conocemos de Socialismo y
cristianismo, Dostoievski lo toma aquí
para la novela, pero lo muestra en su simultaneidad: la
libertad del eón de „Abraham y sus rebaños“
en los „campamentos“ en la lejanía, es
caracterizada como situada al sol al otro lado del río,
mientras que el estado anterior de Raskólnikov, en el que
no puede abrirse para Sonia (su anterior ángel),
corresponde al estado individualista y sublevador de la
„civilización“. Pero ahora se abre de pronto
la nueva y tercera perspectiva: „De pronto algo, en
cierta manera, le arrebató y, en cierta manera, le arrojó
a los pies de Sonia“ (6, 421. Con la repetición del
„en cierta manera“ -kak
by-
el autor muestra que, en realidad, se trata de otra cosa.
Cfr. sobre esto la aparición del ángel en Ap 22, 8). En
lugar de la vieja Jerusalén, y sobre todo, en lugar de
la Nouveau
Jérusalème de Saint-Simon, a la que ya
se aludió en la novela (6, 201 cfr. 7, 380), esta nueva
Jerusalén se evidencia como una realidad cordial del
apocalipsis aquí, en la amplitud del brillante río
siberiano („un río limpio de agua de la vida, claro
como el cristal“ [Ap 22, 1], cfr. arriba las
palabras de Shatov). En las líneas siguientes repiquetean
estos conceptos: „infinito“,
„resucitar“, „futuro renovado“,
„vida nueva“, etc.
„En lugar de la dialéctica“ –ésta es la
conclusión de nuestro autor– „había comenzado
la vida“ (6, 421). El desarrollo posterior, anota
Dostoievski, sólo se realizará poco a poco.
7.
Perspectiva
A propósito del menor de los hermanos Karamázov,
Dostoievski expone la transformación de un „héroe
indeterminado“ („Prólogo del autor“) en
un héroe que renace fortalecido de la experiencia de una
gran tentación, uno que realiza gradualmente su
determinación en la fraternidad. Aliosha, un novicio, es
enviado a la vida mundana (apóstol) por Zosima, su padre
espiritual. Incluso tendrá que casarse conforme a la
predicción de Zosima. En el capítulo central de la
novela, escuchamos con los oídos de Aliosha la lectura
evangélica que siempre se lee en el sacramento de la
boda. ¡Pero esto sucede junto al ataúd de Zosima! En
lugar del buen olor que muchos esperaban que emanaría del
fallecido lleno de Espíritu Santo, su cuerpo
corrompiéndose apesta. Zosima causa así un
„enojo“ (14, 298, „soblazn“,
cfr. 1 Cr 1, 23). Sobre el santo recae
„deshonra“ y „escarnio“ (p. 14,
307), de modo análogo al „escándalo“ de la
cruz. En relación con esta incitación, sólo hay un
personaje en la novela, justamente Aliosha, el hijo
espiritual, que es salvado de la tentación y levantado.
En este capítulo, Aliosha se sumerge en la dimensión
litúrgico-eucarística de la resurrección. No faltan
indicaciones al canon pascual de la Iglesia ortodoxa
(cfr. también los Diarios).
Más tarde dice Aliosha –„con fe firme en sus
palabras“–: „alguien visitó mi alma en
aquella hora“. El centro de la retícula es aquí el
hombre litúrgico: „Es como si los hilos de todos
esos innumerables mundos de Dios se hubieran concentrado
de una vez en su alma.“ El corazón de Aliosha se
convierte realmente en un centro de la creación en Dios.
La liturgia se hace perceptible: la exclamación
„por toda la eternidad“ suena tres veces,
también la fórmula litúrgica que conocemos está presente:
„Tenía un anhelo de perdonar, a todos y por todo, y
pedir perdón, no para sí, sino por todos, por todo y por
cada uno.“ En el encuentro pascual con Zosima se
superan los límites del espacio y del tiempo, el Reino de
Dios toma morada en Aliosha: „Algo parecido a una
idea“ (14, 238). Con la palabra „idea“,
Dostoievski rebaja conscientemente el asunto, para luego
hacer valer plenamente lo auténtico con el casi
intraducible verbo „vocarjalas“.
Se trata del „Carstvo“,
del Reino que toma el dominio y se entroniza en Aliosha.
En ruso, no puede pasarse por alto la reminiscencia del
verso final del Salmo 145 (146), que se canta
festivamente al comienzo de la liturgia:
„Vocaritsja Gospod‘
vo vek“, „el Señor
reinará por siempre“. Lo que es arrebatado en
Aliosha no es la razón o el entendimiento: eso apenas
cabría aguardarlo en Dostoievski, pero la inhabitación
tampoco sucede en el corazón, sino en el
„um“,
esa capacidad cognoscitiva suprema, sintética, del alma,
que los padres de la Iglesia llaman en griego
„nous“,
y para el que en alemán no hay ningún concepto
específico. Dostoievski sigue la doctrina de los padres
de la Iglesia del „carstvennyj
um“ (nous
basilikos). San Juan de Damasco, cuyo
nombre, por lo demás, se cita junto con el de San Isaac
el Sirio en los trabajos preliminares de la novela (15,
203 ss.), escribe en su Exposición exacta de la
fe ortodoxa que el Espíritu Santo
arrebata el „Nous“
del hombre, que transfiere por entero el efecto del
espíritu al alma y al cuerpo.
Aquí ni siquiera pueden indicarse los innumerables
detalles entretejidos de la dimensión eclesiástica de
esta culminación de todas las obras de Dostoievski. ¿Pero
qué es lo que estos detalles eclesiásticos nos revelan en
última instancia?
De esto damos un ejemplo aquí a modo de perspectiva: en
los Apuntes de la casa de los
muertos, Dostoievski menciona a un
„parricida“ que „para su padre
sexagenario era algo así como un hijo perdido“ (4,
15). Esta imagen le acompañó desde entonces, aunque
Dostoievski no creía que el prisionero que había conocido
fuera culpable. En sus cuadernos de apuntes para la
novela, Dostoievski llama al hermano mayor por su nombre,
„Ilinski“. No hay duda de que la parábola del
„hijo perdido“ está presente en
Los hermanos
Karamázov. No es casualidad que el
hermano mediano, Iván, introduzca el tema evangélico del
„hijo pedido“ en el preludio a su „Gran
Inquisidor“ (14, 218 s.). Mucha tensión hay cuando
Aliosha se ve exhortado a interpretar el verso 5 del
Salmo 136 (137 en la numeración occidental). En su
interpretación se pone de manifiesto la vivencia anterior
de Aliosha, su experiencia espiritual (14, 507 s.). Pero
no es eso lo que ha de interesarnos. Es un hecho que, en
el año litúrgico, precisamente en el „Domingo del
hijo perdido“ previo al comienzo del gran tiempo de
ayuno prepascual, este Salmo ocupa un puesto
sobresaliente en la vigilia nocturna y es cantado
festivamente. En todo el año litúrgico esto sucede una
segunda vez: una semana después, y ya no más. Pues bien,
si el hermano mayor era evidentemente el „hijo
perdido“ de la parábola, mientras que Aliosha está
asociado con otra parte del oficio divino del „hijo
perdido“, entonces es legítimo preguntar por Iván
Karamázov.
El resultado es bastante sorprendente y, por cuanto yo
sé, jamás se ha publicado antes: Iván cita la lectura
apostólica de la liturgia. Lo soberbio en ello es que no
sea Iván el primero que emplea la cita, sino otros
personajes en la novela, e incluso el propio Iván sólo la
emplea entre comillas: queda como una cita. Antes de
pronunciarla, Iván se pone „de algún modo
terriblemente pálido“. Eso les sucede a los
personajes de Dostoievski casi siempre que entran en
contacto con el nivel místico-sacramental del verdadero
temor de Dios. Pero Iván insiste: „De la fórmula
„todo está permitido“ no renegaré; pero tú sí
renegarás de mí por eso, ¿verdad?, ¿verdad?“ No,
Aliosha no reniega. Pero el beso fraterno de Aliosha,
junto con la reproducción del beso de Judas y del beso de
Satán (cfr. el poema de Puschkin
„Podrazanije
ital‘janskomu“), así como el beso de
Cristo que en la narración recién contada el Gran
Inquisidor recibe de Cristo, es introducido en el
torbellino de ambivalencia literaria merced a la
exclamación de Iván: „¡Plagio literario!“
(14, 240). Pero aquí hay un asidero, el que luego entrará
en el alma de Aliosha: es el Espíritu Santo que le
„visita“ (cfr. oración introductoria
ortodoxa: „Santo visita y sana“). El descenso
del Espíritu transforma el espacio y hace que el espíritu
humano, el corazón y el cuerpo se conviertan en Su
templo. El Espíritu penetra y ordena todo tiempo, ordena
también el año litúrgico, introduce en la libertad. De
ninguna otra cosa se habla sino de esta libertad llena de
Dios y plena de gracia, en la fórmula no de Iván, sino de
San Pablo, que se proclama en la Iglesia el
„domingo del hijo perdido“. Y así como el
canto del Salmo 136 (=137) se repite el domingo
siguiente, también al final de la semana del „hijo
perdido“, el sábado, se repiten las palabras
„todo está permitido“, de otro pasaje de la
misma carta a los corintios (1 Co 6, 12 y 10, 23).
¿Acaso Iván ha cometido sólo un „plagio
literario“? ¿No se sigue de aquí el parricidio?
Pero también Aliosha el novicio es un
„parricida“, también a él le arrebató el
pensamiento de asesinato cuando oyó mal las palabras de
su padre espiritual Zosima, porque vivía aún en el
dominio de las sombras de la muerte cuando Zosima le
anunció su despedida (14, 71 s.). El estado pecaminoso de
Aliosha empuja la dinámica de la novela hasta el
asesinato del padre carnal no en menor medida que el
desenfrenado Dimitri.
En la dimensión litúrgico-eucarística del contexto
eclesiástico que aquí, al fin y al cabo, sólo ha podido
indicarse, se abren perspectivas totalmente nuevas para
el análisis literario: si „todo está
permitido“ no es porque no exista Dios, como
pretende Iván, sino porque existe la libertad del
Espíritu Santo que habita en el hombre. Surge así una
nueva armonía global que penetra y ordena de modo nuevo
la novela entera. De esta nueva armonía global para la
obra completa de Dostoievski es de lo que se trata cuando
Aliosha, pleno de la verdad y libertad del apostólico
„todo está permitido“, se sale ahora de la
Iglesia –con paso firme a través el umbral–
bajo el firmamento estrellado, y se sumerge en la
liturgia cósmica.
En el Apocalipsis dice Cristo: „Mira, yo estoy
llamando a la puerta: si alguien oye mi voz y abre la
puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos.“ (Ap
3, 20)
