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¿QUE NOS DICE DOSTOIEVSKI HOY?

La siguiente conferencia la leí por invitación de varios amigos rusos el 15 de marzo de 1989 en la Gran Sala del Instituto de Filosofía de la Academia de las Ciencias de la URRS, Volchonka 14, ante un auditorio de unos trescientos cincuenta oyentes. Entre los participantes del muy vivo debate que siguió estaban, entre otros, S. S. Averintsev, A. A. Galaktinov, A. W. Michailov, P. V. Palievski y A. W. Gulyga. Seguidamente a la conferencia se fundó la Sociedad filosófico-literaria „Dostoievski“, el Literaturno-filosofskoe Obschtschestvo imeni F. M. Dostoevskovo, con sede en Moscú, de la que fui nombrado miembro primero y honorífico. Esta sociedad se ha impuesto como fin el estudio y la difusión de la filosofía rusa, como cuyo máximo representante considera a Dostoievski. De las cerca de cien preguntas, en parte muy directas, que me hicieron tras la conferencia en forma de papeletas, como es usual en Rusia, aquella tarde del 15 de marzo, por desgracia, sólo puede responder una parte, y a otra parte di más tarde contestación escrita, que fue leída en la siguiente velada del congreso. He de expresar mi especial agradecimiento a mi amigo Arseni V. Guylga, a quien también cabe considerar el motor decisivo de la nueva sociedad.

El tema, así formulado, tiene un doble sentido. ¿Estamos preguntando por lo que nos diría Dostoievski a nosotros, contemporáneos, si hablara con nosotros? ¿O preguntamos por lo que Dostoievski tiene que decirnos a nosotros, contemporáneos, con nuestro horizonte y nuestros problemas? Quiero intentar abordar el tema en los dos sentidos, unificar ambas cuestiones en una.
Hace ahora ya algo más de un siglo que el gran poeta y pensador ha muerto. En este siglo han ocurrido masacres inconcebibles y la autocapacitación técnica ha puesto en manos del hombre la disposición sobre la existencia futura de nuestro planeta. Al mismo tiempo, en este período de tiempo los derechos humanos y la justicia social se han desarrollado en una medida hasta ahora desconocida. Aun cuando todavía estamos ocupados con algunos problemas irresueltos de la democracia y del comunismo, no hemos de pasar por alto este hecho positivo.
En primer lugar acerca de los excesos criminales: durante la revolución francesa, únicamente en Francia, con una población total de veintiocho millones de habitantes, un millón ochocientas mil personas fueron víctimas del crimen político, a menudo en la forma más brutal, ¡y sin contar los caídos en la guerra! Lo que después sucedió en Méjico, en Rusia, en Alemania y en China es bien sabido de todos. Se podría estar tentado de cargar estas atrocidades a la cuenta de la democracia o del socialismo, o bien a la reacción frente a éstos. Pero aquí nos sale al paso Dostoievski y nos exclama: ¡eso sería equivocado! Estos excesos hay que cargarlos a la cuenta del ateísmo.
A Dostoievski hay que hacerle la justicia de reconocer que nadie predijo como él las terribles barbaries del último siglo. En este sentido,
Los demonios sigue siendo la novela clave de nuestro siglo. Hemos de constatar con horror que el visionario, quien repetidas veces dijera que tendrían que caer cien millones de cabezas , realmente no se ha quedado a la zaga de la realidad. También le era claro lo que el ateísmo llevaría a cabo: „una máquina muerta“ que ahogaría toda vida, un mundo gris e insoportable en el que, al parecer, todo está regulado por la política y la economía. Y que precisamente a causa de esta „regulación“ se provocarían unos problemas que la humanidad, con toda probabilidad, no sería capaz de resolver. Pensemos en las reflexiones de Dostoievski sobre las visiones futuristas de Malthus y de Renan.
Este ateísmo destructor –Dostoievski también advirtió claramente esto– ha surgido de una vehemente animadversión inmediata contra Cristo y Su Reino. Rechaza el pensamiento más profundo de Cristo, la aceptación humilde de la culpa universal, y en lugar de ello busca el dominio ilimitado del hombre. Ateísmo lo ha habido en todos los tiempos. Lo que hay que reflexionar es sólo que en la forma de una fe fanática y cargada de resentimiento, que es la que aquí hay que tratar, ha aparecido por vez primera en el mundo cristiano y lo ha destruido en su mayor parte.
Si se reflexiona sobre las causas de este fenómeno, son esencialmente dos las que el visionario ha tenido fijamente a la vista. Habiéndose hecho realidad en la naturaleza humana de Cristo la voluntad perfectamente santa, Jesucristo ha liberado a la humanidad de la condenación sin excepción por el pecado. „Los discípulos de Cristo [...] dieron testimonio con los martirios más crueles de qué bienaventuranza es portar en sí esta corporalidad, imitar la perfección de esta figura y creer en su corporalidad.“ Pero con el triunfo del cristianismo surgió entre los tibios y los resentidos la ilusa convicción de que todos nosotros estamos redimidos, y, a la vez que esto, una frivolidad por lo demás del todo incomprensible, tal como por ejemplo se expresa hoy en la fórmula falseada de la transubstanciación de la sangre de Cristo derramada para el perdón „de todos“. En este suelo podían florecer la
gaia scientia y un naturalismo iluso y sin escrúpulos para el que la verdadera realidad de Cristo era algo odioso. Dostoievski dio forma a este fenómeno en su versión más maligna con Nikolai Vsevolodovich Stavrogin, la figura central de Los demonios, tal como, por lo demás, ya había hecho anteriormente Jacobi con su Allwill , un hombre que en su ociosidad acomodada se entrega a los experimentos y crímenes más atroces para hacerse señor de todas las posibilidades de este mundo, aun de las más contradictorias. El final forzoso de semejante engendro del mal más extremo es, como nos ha mostrado Dostoievski, que aquél pierde toda identidad y que, pese a disponer de una fuerza inmensurable, es ya incapaz de toda voluntad determinada. Y junto con él, todos los que de él han surgido.
Ahora bien, observemos que Piotr Verhovenski es sólo uno de los hijos de esta existencia satánica. Conforme a la diabólica receta maquinada por Weishaupt del encadenamiento a un círculo secreto , que en Rusia se transmitió a los nihilistas, Verhovenski lleva a cabo una forma técnica y prácticamente consumada de manipulación y dominio de los miembros de su sociedad secreta. El punto capital es que esta sociedad opera de modo omnipotente en el ámbito de lo personal y de lo social, pero ella misma no carga ahí con ninguna responsabilidad. Habiéndonos enseñado de forma concreta el funcionamiento de este círculo secreto y sus planes, Dostoievski predijo proféticamente algo que, desde entonces, se ha convertido en una terrible realidad y que tenemos en una memoria aún tan próxima que no necesito decir más sobre ello.
Y pese a todo, el terror metódicamente organizado del nihilismo no es, según Dostoievski, la forma más terrible del ateísmo anticristiano. El sistema de Piotr Verhovenski es sólo una de las excogitaciones de Stavrogin, pero es precisamente en éste último en quien el mal opera en su forma más extrema. La concepción de la equi-valencia indiferente de todas las visiones del mundo y religiones, en su versión exclusiva como masonería y en su versión vulgar como ecumenismo, que nos ha llegado del mundo anglosajón y que hoy es propagada sobre todo por América, es el equivalente de la actitud de Stavrogin. Ramsay, uno de los patriarcas de la masonería, dijo a comienzos del siglo XVIII que la propagación del convencimiento en la equivalencia y la indiferencia de todas las religiones es el medio más seguro para hacer desaparecer toda convicción religiosa. De modo consecuente, él mismo quiso hacerse católico como medio para este fin.
Quien quiere serlo todo („Allwill“) para determinarlo todo („Vsevolodóvich“) tiene que tratar de unificarlo todo en sí, también lo contradictorio („todos los reinos de este mundo“), para disponer sobre ello. Pero como esto es imposible, nos muestra Dostoievski, esta polivalencia conduce necesariamente a la pérdida de toda univocidad e identidad, y en realidad al vacío completo y, así, a la nada. Si, como hace el Gran Inquisidor, se conduce a las masas ahí una vez que se ha logrado „ bajar el cielo a la tierra“ , entonces se obtiene un medio cómodo para guiarlas, y en la medida en que este infierno viene revestido de confort, la ilusión de la satisfacción es capaz de cegar por mucho tiempo.
Pero el ateísmo ante el que hoy nos encontramos, sin menoscabo de que haya surgido de aquellas motivaciones, ¿no es el resultado de la ciencia? ¡Los enciclopedistas lo habían establecido con éxito como tal! ¿Pero cómo lo hicieron? También ellos estaban de acuerdo sólo en una negación cargada de odio de la religión cristiana, pero no en lo que querían poner en lugar de ella. Primero había que disuadir al hombre de su ser fundamental para poder endosarle algo diferente. Que la voluntad de una realización completa de la verdad es constitutiva del hombre, tal como, habiéndolo heredado de Descartes , también hicieron evidente los filósofos conductores de la filosofía clásica alemana, fue ocultado, y en su lugar se malinterpretó al hombre como un mero ser movido por la naturaleza y dotado formalmente de razón.
„Una razón y una ciencia“ semejantes, responde Dostoievski, „en la vida de los pueblos, tanto ahora como en el pasado, siempre han cumplido sólo una misión subordinada y de segundo rango, y eso harán hasta el fin del mundo. Pero a los pueblos los forma y los mueve una fuera enteramente distinta, una fuerza imperativa y coercitiva cuyo origen no obstante sigue siendo desconocido e inexplicable. Es la fuerza del deseo inaplacable de llegar hasta el final, pero que al mismo tiempo también se preserva siempre del fin. Es la fuerza de la confirmación permanente e incansable del ser y de la negación de la muerte. Es el espíritu de las aguas de la vida eternamente manantes, [...] con cuyo secamiento amenaza tan terriblemente el Apocalipsis. Es el impulso estético, como lo llaman los artistas, el impulso moral, como lo llaman los filósofos. Yo digo simplemente: es la búsqueda de Dios.“ Esta intención fundamental que quiere realizar la verdad, y concretamente toda la verdad, es lo único que diferencia al hombre del animal y lo constituye en hombre. Su resultado consumado es, según Dostoievski, Jesucristo.
Dostoievski sabía muy bien que esta búsqueda de Dios tiene que parecer algo iluso y que puede juntarse con muchas presunciones. No es casualidad que tuviera a Cervantes por el más grande de todos los escritores, quien sin misericordia enredaba a su Don Quijote en locuras de las que se mofan los „cuerdos“, pero quien al final lo muestra admirablemente como más sensato que todos esos „cuerdos“, de modo que, en el umbral de la muerte, puede llamarlo „el bueno“. Pues lo que lo eleva por encima de todos los errores e ilusiones es su seriedad moral inconmovible. Ustedes saben que Dostoievski trató de presentar a un hombre así en Myschkin, y que hubo de experimentar en ese empeño cuán infinitamente difícil es eso, de modo que no fue capaz de lograrlo.
Este ideal efectivo puede alumbrarse todavía a propósito de otro hecho. „Recuerda“, le dice en un momento decisivo el Padre Paísi a Aliosha, „que la ciencia profana, convertida en una gran fuerza, se ha aplicado a examinar, especialmente durante este siglo, todo lo celestial que se nos ha legado en los libros sagrados, y que después de un cruel análisis [es decir, según sus convicciones] a los sabios de este mundo no les ha quedado nada de lo que antes era sagrado, absolutamente nada. Pero han hecho el análisis por partes y han perdido de vista el conjunto, de modo que llega a sorprender hasta qué punto han sido ciegos. El conjunto se alza ante sus propios ojos inmutable, tal como era antes, y las puertas del infierno nada pueden contra él. [...] Pues incluso quienes abjuran del cristianismo y se rebelan contra él son, en el fondo, imagen del propio Cristo, lo siguen siendo, pues hasta hoy ni la sabiduría suya ni el calor de sus corazones han sido capaces de crear una imagen del hombre más elevada y digna que la imagen señalada por Cristo en otro tiempo. Las tentativas que en este sentido se han realizado sólo han dado lugar a monstruosidades.“ Una simple comparación con lo que ha aportado la crítica del Corán o la investigación de las enseñanzas rabínicas llenaría volúmenes. Jesús queda absolutamente solo aquel que pudo unificar en sí mismo los títulos mesiánicos, y sobre todo el título supremo de „hijo de Dios“, sin contradicción ni mentira.
La caída de la escolástica en una representación de Dios meramente racional fue lo que hizo posible la tesis de Feuerbach de que no es Dios quien ha creado al hombre, sino el hombre quien ha creado a Dios. Dostoievski le ha salido al paso con una pregunta muy sencilla, pero esclarecedora: por consiguiente, ¿el hombre ha creado también al diablo? Hay que plantear esta pregunta sobre el transfondo del deshonramiento demoníaco del hombre durante los últimos cien años para comprender todo su peso. Lo que ahí se manifestado a través del hombre es más que meramente el hombre como ser natural. El hombre que maquina y prepara el infierno para el hombre es expresión y manifestación de lo satánico. Y lo análogo vale,
mutatis mutandis, para los santos a través de los cuales Dios se hace visible.
Hacer ver justamente esto, que el corazón del hombre es el escenario de la lucha entre Dios y el demonio, fue el propósito del escritor. En esos fenómenos se evidencia lo que él dice de la crisis en el
Ana Karenina de Tolstoi, a saber, „que hay una verdad de la vida, la más real de todas y la más ineludible de todas, en la que hay que creer, y que toda nuestra vida y todos nuestros empeños, tanto los más banales y perjudiciales como aquellos que a menudo tenemos por los más supremos, la mayoría de las veces son sólo mezquinas y fantasiosas vanidades que ante el momento de la verdad de la vida sucumben y desaparecen incluso sin defenderse. Lo principal fue indicar que este momento es real, aunque rara vez aparezca en toda su claridad luminosa e incluso en ciertas vidas quizá ni siquiera llegue a aparecer. El escritor ha encontrado este momento y nos lo ha mostrado en toda su terrible verdad. Ha demostrado que esta verdad existe realmente, no sólo para la fe y la esperanza, no sólo en ideal, sino perceptiblemente, ante nuestros ojos. [...] Fue muy necesario recordar al lector ruso esta verdad eterna: ¡cuántos la habían olvidado ya!“
Pero para comprender eso hay que razonar de manera no sólo intelectual, sino que, al igual que Puschkin, Gogol, Leskov o el propio Dostoievski, hay que ser capaz de atender a los latidos más ocultos y profundos del corazón humano, que a menudo no son capaces de expresarse a sí mismos como los anhelos últimos del pueblo y como cuya voz, precisamente por eso, ha sido vocado el poeta y el visionario. ¡Pensemos sólo en lo que Leskov hizo perceptible en su Pavlin, o el propio Dostoievski sobre todo en figuras como Sonia o María Timofeievna!
Dostoievski contrapuso al ateísmo anticristiano la verdad de Cristo, en una comprensión que jamás se había alcanzado en ninguna otra parte. Pero esto no significa simplemente que él aceptara esta verdad en su manifestación eclesiástica, tal como se le presentaba. En
Crimen y castigo esta verdad viene expresada en la violencia catárquica del drama, pero en esta novela la Iglesia casi no desempeña ningún papel; y aunque Dostoievski conocía bien el mundo específicamente eclesiástico, según propia confesión halló dificultades para introducir en su mundo poético con el personaje de Tihón una figura eclesiástica. Estas dificultades duraron todavía hasta Los hermanos Karamázov. Esto tiene motivos más profundos que los meramente estéticos.
Así pues, aquí siempre existe el peligro de que el acto eclesiástico cumplido de modo meramente formal ocupe el lugar de la realización inmediata. Cuando Stavrogin entrega su confesión a Tihón, dice el obispo: „Usted se ha dirigido al tribunal de la Iglesia entera, aunque usted no cree en la Iglesia: ¿lo he entendido bien?“ Lo decisivo es el cumplimiento religioso real; quien lo alcanza, reconoce
ipso facto el Espíritu Santo. Habiendo comprendido esto y haciendo que sus personajes actuaran de modo correspondiente, Dostoievski siguió un camino totalmente inusual en la literatura universal de su tiempo, que sólo gracias a él se hizo ejemplar para las épocas posteriores.
Dostoievski vio todavía otros motivos. Con el triunfo del cristianismo sobre el poder mundial de la Roma pagana y con su declaración como religión oficial, la Iglesia se vio forzada a encontrar su nuevo puesto en la sociedad. Reconoció el sistema de gobierno mundanal y conservó al Estado como protector hacia afuera y hacia dentro. Pero en el curso de los siglos eso tuvo como consecuencia que la Iglesia defendiera el derecho de gobierno de los emperadores y de la nobleza, y por último también ahí donde ello significaba opresión y explotación de los oprimidos. La Iglesia ha tenido que expiar esta falta. Estuvo muy lejos de abogar por la justicia social.
Pero hay que ver también otro aspecto del vínculo de la Iglesia con el sistema de gobierno terrenal. A saber, a causa de esto al Estado se le asignó una tarea que excedía su función jurídico-política: la de ser protector y baluarte mundano de la cristiandad. En el Imperio romano oriental eso siempre fue así hasta su destrucción, mientras que en Occidente, tras la destrucción del puesto hegemónico de España en el siglo XVI, surgió con Inglaterra un poder mundial que no obedecía a ninguna idea, sino sólo a su propio provecho. A eso le había precedido ya que, con la entrada de los normandos en la historia, con excepción de Bizancio se renunciara al principio de que el Estado sólo puede ser Estado de la cristiandad. Se conquistaron y sometieron territorios en los que vivían pueblos no cristianos. Sólo en combinación con la desacralización que antes señalamos se hizo posible que en los dominios cristianos aparecieran Estados que se concebían como puros fines en sí mismos, y que sin reparar en vínculos espirituales perseguían sin escrúpulos sus fines de poder político. En Rusia, Iósif Volokolamski negó la responsabilidad del Zar ante la Iglesia, Pedro disolvió el patriarcado e hizo de los intereses eclesiásticos asunto de un departamento estatal. La Iglesia se halló con ello ante una encrucijada: o complacer a los gobernantes sin oponer resistencia, o, como los raskolniki, plantarse contra los abusos del Estado no cristiano.
Pero hay que constatar con Dostoievski que la Iglesia en el este no sucumbió a la tentación de constituirse a su vez en un poder mundano dominante, tal como en Occidente lo ha pretendido la Iglesia católico-romana, y en parte también ha hecho. En esta medida Roma ha caído en la tentación de poder; y los revolucionarios franceses, según Dostoievski, sólo transformaron el principio de poder, de modo que, considerándolo desde el cristianismo –y así lo hizo Dostoievski– la confrontación decisiva que se libra hoy es entre el principio ateo y anticristiano y el que se ha conservado como puramente cristiano.
En la confrontación actual entre el judaísmo y el Islam en Tierra Santa y en el terremoto espiritual que se extiende a lo largo de la frontera entre el Islam y los territorios cristianos –o al menos antiguamente cristianos–, desde Afganistán hasta Kosovo, no es difícil reconocer que el escritor ha seguido teniendo razón, que estas convicciones alcanzan más profundamente y operan más permanentemente que todos los factores políticos y económicos. En los proyectos para
Los demonios anotó: „La guerra futura [estallará] a causa de dos religiones“: quiere decirse la ortodoxia y el ateísmo «romano». „Rusia y Europa tal vez llegarán a convencerse indirectamente de que no luchan por la fe [respectiva], cuando en realidad se tratará únicamente de esta fe“.
Por desgracia, la profecía de Dostoievski concerniente a la Iglesia romana, aunque durante el largo período de los Papas Pío pareciera lo contrario, se ha cumplido en gran medida. Por vía de la reforma de la doctrina de Cristo se ha hecho infiel. Hoy asistimos al espectáculo histórico de que la Iglesia romana, tan suprapoderosa desde la caída de Constantinopla, ha apostasiado , mientras que la ortodoxia resurge con su núcleo incólume de una opresión y persecución de dos siglos y vuelve a florecer. ¿Quién sino Dostoievski ha previsto esto? No necesito citar sus palabras sobre Roma: son de todos conocidas.
Por cuanto respecta a la ortodoxia, escribió aún en 1881, el año de su muerte: „Nuestro pueblo es en su gran masa ortodoxo y vive sólo de la idea religiosa; ni siquiera necesita hacerse consciente de esta idea. En el fondo no hay otra idea más que ésta: de ella le llega todo.“ Y esto tiene que decirse aunque el pueblo esté espiritualmente enfermo, aunque mucho en él no parta de esta idea y en múltiples aspectos reinen „instintos oscuros, bárbaros y criminales“.
Con la Rusia enferma de un ateísmo penetrado desde Occidente sucede lo que cuenta el evangelista San Lucas: „Y había allí un hato de muchos cerdos que pacían en el monte; y le rogaron que los dejase entrar en ellos; y los dejó. Y salidos los demonios del hombre, entraron en los cerdos; y el hato se arrojó por un despeñadero en el lago y se ahogó. Y los pastores, como vieron lo que había acontecido, huyeron, y yendo dieron aviso en la ciudad y por las heredades. Y salieron a ver lo que había acontecido; y vinieron a Jesús, y hallaron sentado al hombre de quien habían salido los demonios, vestido y en su juicio a los pues de Jesús.“ Justamente esto sucede también en Rusia: „Los demonios salieron del hombre ruso y entraron en una manada de cerdos, los Netschaievs, Serno-Soloievitsch, etc. Éstos se han ahogado o se ahogarán de seguro, pero el hombre curado del que salieron los demonios está sentado a los pies de Jesús. Así tiene que ser.“
Pasemos a un último motivo esencial por el que el verdadero ser cristiano no siempre coincide con la praxis eclesiástica. Con el cumplimiento en Cristo de las antiguas profecías, la Iglesia fue llevada a la concepción de que la revelación positiva había terminado con los apóstoles. Con ello, la Iglesia se hizo forzosa y predominantemente jerárquica. El profetismo se descuidó y se degradó hasta la insignificancia, aunque el apostolado de sus discípulos Jesús lo entendía esencialmente como un apostolado de profetas. La función más importante de los profetas en Israel y fuera de Israel -pues según la concepción de ambos Testamentos también hay profetas fuera de Israel-, la función más importante de la profecía era expresar el significado más profundo del desarrollo histórico que se realiza y poner al pueblo ante la pregunta decisiva –y no la mera predicción de acontecimientos futuros–. Si queremos dejar al margen la función muy parcial del magisterio eclesiástico, este género de profecías se ha perdido a causa de la disposición señalada.
En términos generales esto continuó así mientras la Iglesia floreció bajo la protección mundanal. Pero siempre que la cristiandad caía en un gran peligro, esto se evidenciaba como una carencia a duras penas soportable. Quiero recordar sólo las profecías que surgieron de inmediato en los tiempos de Juana de Arco en Francia o del raskol en Rusia. En la Iglesia católica de Occidente, junto con las apariciones marianas en La Salette, Lourdes y Fátima, frente a una fuerte oposición jerárquica surgió incluso una nueva guía profética oficiosa con la función correcta de interpretar los requerimientos fundamentales de la época y de mostrar el camino verdadero hacia su solución. Señalemos sólo al margen que en estas revelaciones se atribuye un papel decisivo a la „conversión de Rusia“.
Cierto que Dostoievski nunca lamentó la carencia de profecías en la ortodoxia, pero él hizo algo mucho más esencial: él mismo, con su palabra ha venido a ser más que un escritor y un poeta, a saber, un profeta, igual que Isaías o Sófocles en la antigüedad. De modo similar vemos surgir al mismo tiempo en Occidente a pensadores como Barbey d‘Aurevilly, Hello, Bloy y Péguy, que no pueden ser entendidos de otro modo. „La muerte de Dostoievski hizo un silencio absoluto por todo París“, escribió Bloy ; y Péguy le llamó „el primer hombre de Dios“ de nuestros días. Si Puschkin, Gogol y Leskov, con toda su grandeza no fueron más que escritores, con Dostoievski fue llamada a la existencia una dimensión enteramente nueva.
Su interpretación gira en torno a la confrontación con el ateísmo anticristiano de nuestros días. „Cuando haya poco alimento y ninguna ciencia pueda proporcionar alimentos ni combustibles mientras que la humanidad se sigue multiplicando, entonces habrá que detener esta multiplicación. La ciencia [atea] dice: «tú no tienes la culpa de que la naturaleza lo haya dispuesto de esta manera», y pone en primer lugar el impulso de autoconservación. En consecuencia hay que quemar a los recién nacidos“, y, podría añadirse, hay que progresar hasta la eutanasia, el exterminio masivo de grupos indeseados, la aniquilación de pueblos enteros, etc. „¿Y ayudará entonces la ciencia a tiempo, aun cuando pueda ayudar?“ El cristianismo, por el contrario, „jamás acatará el orden que manda quemar a los recién nacidos.“ Aquí nos hallamos ante una alternativa: hay que decidirse por una vía o por la otra.
Desde la violencia de la disposición sobre la energía atómica la destrucción de nuestro planeta se ha hecho cosa de una decisión de pocos minutos. Pero esta fatalidad que constantemente pende sobre nosotros, a pesar de acontecimientos tales como el accidente del reactor de Tschernobyl, apenas la advierte nadie de modo concreto. La cuestión es: ¿nos oponemos a la destrucción atómica sólo con planteamientos técnico-prácticos o por motivos primariamente morales? Para un hombre de las convicciones de Dostoievski la pregunta significa: „Al hombre civilizado, ¿le es posible creer? Sólo por trivialidad no pone el hombre esta pregunta en primer plano, aunque por lo demás haya muchos que se ocupen de ella, que escriban y hablen sobre ella. [...] Otros se construyen diversas filosofías fáciles de digerir, en el sentido de que toman el cristianismo identificándolo con [el convencimiento en] el progreso infinito [y automático] de la civilización.“ O se cree que la catástrofe podría impedirse mediante dispositivos técnico-prácticos suficientemente discurridos.
Este tipo de postura se insinúa tanto más cuanto que, con la desaparición de la convicción cristiana, ha prevalecido una concepción del mal cada vez más trivial. ¡Piénsese sólo en cómo entiende Kant el „mal radical“! Dostoievski fue el primero que, frente a esto, reconoció el mal en su pretensión satánica, directamente contraria a la moral y enemiga de Dios, y nos lo presentó de modo viviente en unas figuras poéticas arrebatadoras. A él le era bien claro „que [...] ningún triunfo del «cuarto estado», ninguna erradicación de la pobreza, ninguna organización del trabajo“, por muy importantes que sean todas estas tareas, „preservará o preservaría a la humanidad de la inmoralidad, ni en consecuencia de la culpa y del delito“, porque „el mal enraíza en el hombre más profundamente de lo que creen aquellos que presumen de médicos“. Sólo desde su ahondada comprensión puede captarse en su verdadera magnitud el mal satánico, que desde la destrucción de la convicción cristiana se ha manifestado de modo tan terrible.
Al fin y al cabo, el antagonismo entre cristianismo y fe en el progreso no significa que el cristianismo no valore en nada los logros históricos o que los rechace. Especialmente como escritor político, Dostoievski enfatizó insistentemente la necesidad de resolver las tareas civilizadoras y advirtió sobre todo con gran preocupación el vacío que en este sentido había abierto en Rusia. El era muy consciente de esta gran tarea de la humanidad.
Pero todo depende de
con qué espíritu se afronte esta tarea y se trate de resolverla. Según el escritor, éste sólo puede ser el moral y religioso. En su „Discurso a Puschkin“, que en cierta manera es su testamento, exclamó con este poeta: „¡Humíllate, hombre orgulloso, depón sobre todo tu soberbia!“ La actitud modificada con la que hay que afrontar la tarea social Dostoievski la designó hacia al final de su vida como „socialismo cristiano“.
Pero acerca de cómo deba mostrarse positivamente la propia actitud moral-religiosa –sin tener en cuenta su relación con las cuestiones técnico-prácticas–, partiendo de ideas específicas de la Iglesia oriental y de las más profundas intuiciones de Puschkin y de la literatura rusa, el pensador ha dicho una palabra de significación para la historia universal, la palabra con la que Rusia ha aportado algo incomparable al tesoro de las ideas espirituales de la humanidad. El la vio en prestación moral ilimitada, en la disposición para expiar el mal cometido. Queriendo cargar humildemente no sólo con nuestra propia culpa, sino con la culpa universal
como la nuestra propia, y expiarla con el amor activo, cumplimos la ley de Cristo. „Si todos están tan encolerizados que ya no puedes hablar con ellos, sírveles entonces en silencio y humildad y no pierdas jamás la esperanza. Y aunque todos se aparten de ti y te rechacen con violencia, y aunque te quedes completamente solo, póstrate a la tierra, bésala y riégala con tus lágrimas [...]. Sé creyente hasta el final, aun cuando suceda que todos en la tierra se aparten del sendero verdadero [...]; ofrécele al Señor también entonces tu sacrificio y alábale, tú, el único que Le ha sido fiel. ¡Pero con que sólo uno se una a ti, entonces también estará con vosotros el mundo entero, el mundo entero del amor viviente!“
Cuando Raskolnikov, al final de su osadía prometeica, yace en el departamento de enfermos de la catorga siberiana y en la lejana puerta del presidio divisa a Sonia, que sacrificándose por él lo ha seguido por amor y ahora lo aguarda, su corazón se ve transpasado: „Recordaba qué tercamente la había atormentado y cómo había lastimado su corazón; recordaba asimismo su carita pálida y enjuta.“ En este momento percibe a fondo y rechaza la sustitución subrepticia de la praxis moral por la técnica, y comprende y asiente al modo humilde como Sonia carga también con la culpa de él. „Ahora sabía con qué amor infinito la resarciría en adelante de todos los sufrimientos que le había causado [...]. En el lugar de la dialéctica había aparecido la vida.“
La postura moral y religiosa que Dostoievski anunció atestigua su independencia respecto de todo lo fáctico no claudicando ni siquiera en vista de la desesperación de la catástrofe y de la supremacía total del mal. Jesús consumó su obra de amor en la cruz, incluso en el momento en que gritó: „Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?“ Pues Dios, como dice Alexander Nevski, no está con el poder, sino en la verdad.