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Reinhard Lauth, La filosofía de Dostoievski expuesta sistemáticamente
Traducción de Alberto Ciria

DIOS


La piedra angular de la filosofía positiva de Dostoievski la constituye su idea de Dios.
Dios existe: este juicio mantiene y constituye su filosofía positiva. ¿Qué le condujo a este convencimiento? ¿Cómo lo fundamenta? Las reflexiones que le llevaron a la idea de Dios se pueden clasificar en seis grupos: la experiencia histórica de la existencia de Cristo; la experiencia vital de los niños, del pueblo, de los santos; el “contacto con otros mundos”; la experiencia interior de la conciencia superior; la deducción del pensamiento del sentido; y finalmente: reflexiones lógico-ontológicas le llevaron a Dios.

a) Cristo


Dostoievski vio en Jesucrito al hombre moralmente perfecto y completamente bello (en sentido espiritual). Ya en el tiempo de su juventud, pusieron en el corazón de Dostoievski la imagen ideal de Cristo. Su padre mandó venir a casa a un diácono que tenía un gran talento para narrar, y éste enseñó pronto al niño la Historia Sagrada. Al niño le dieron un libro titulado:
Las ciento cuatro historias del Antiguo y del Nuevo Testamento, el cual le causó una impresión tan honda que de adulto, con cuarenta y nueve años, en 1870, se compró un libro semejante que luego conservaría toda su vida. Las impresiones que Dostoievski tuvo en su juventud las conservó toda su vida. Aunque en la época en que estuvo influido por Belinski y los partidarios de Petrachev disminuyó su religiosidad, incluso en ese tiempo el ideal de Cristo se mantuvo para él inconmovible, y él lo defendió frente a todos los ataques y críticas del gran adversario. “Siempre que hablo de Cristo, como hago ahora”, decía una vez Belinski a un amigo, “se cambia su rostro de “Dostoievski”, como si quisiera empezar ya a llorar… Pero créame usted, hombre ingenuo, entonces volvía a atacarme, y créame que si su Cristo volviera a nacer en nuestra época resultaría ser el hombre más inaparente y normal; desaparecía, en vista de la ciencia actual y de los actuales líderes de la humanidad.” Frente a esta concepción de Belinski, Dostoievski mantuvo que Cristo fue una persona de una perfección moral jamás alcanzada. “Este hombre fue el supremo en todo el mundo. […] No hubo semejante antes ni después de él, jamás.” “No hay nada más bello, más profundo, más simpático, más racional, más intrépido y más perfecto que Cristo; y no sólo no hay nada semejante, sino que me digo con celoso amor que tampoco puede haberlo”, escribió después de su época de presidio a la esposa de Visin. Cristo es el ideal jamás alcanzado de belleza y bondad. Incluso Renan reconoció la belleza extraordinaria e insuperada de Cristo, aunque su Vie de Jésus sea por lo demás un libro de incredulidad. Siguiendo la tradición de la Iglesia oriental, Dostoievski vio la belleza de Cristo en su forma más perfecta en la transfiguración del monte Tabor, y después en el Cristo resucitado. La luz del monte Tabor tiene una gran importancia en la Iglesia oriental (y por lo demás también en la occidental). De los grandes santos se cuenta en parte que esta luz iluminaba desde ellos y mediante ellos. Así por ejemplo, hay un relato acerca de san Serafín de Sarov, donde se narra que, en el bosque invernal y nevado, un visitante le preguntó al santo por la esencia del Espíritu Santo, y entonces el santo le concedió el don de vislumbrar esta luz en él. De la luz “sobrenatural” de la visión y de la teoría escuchamos que debe de ser idéntica a aquella luz del monte Tabor. No sólo es una luz externa y sensible, sino sobre todo un aclaración del alma.
La moralidad de Cristo fue tan grande que también repercutía como penetrante belleza externa de la figura y del rostro. Y era la belleza suprema, que es idéntica al ser moral: la belleza espiritual. “Lo bello es el ideal”, escribió Dostoievski el 1 de enero de 1868 a su sobrina Sofía Alexandrovna Ivanov, “pero ni entre nosotros ni en la civilizada Europa el ideal está fijado. En todo el mundo sólo hay una única figura positivamente bella: Cristo. Esta belleza infinita es sin duda un milagro eterno (todo el Evangelio de San Juan está colmado de este pensamiento: Juan ve el milagro en la encarnación, en la manifestación de lo bello). […] Sólo quiero mencionar que, de entre todas las figuras bellas en las literaturas cristianas, la que más perfecta me parece es la de Dostoievski.”
Evdokimoff piensa que la representación de Cristo en la narración “El gran inquisidor” parte sólo del lado estético de la figura de Cristo. Con ello, esta imagen de Cristo quedaría cerca de la de Renan. R. Guardini considera el Cristo de esta leyenda una imagen falsa de su autor, Iván Karamázov, puesto que éste se muestra incapaz de transformar el mundo en el sentido de su anuncio del Reino de Dios. Berdiaev, por el contrario, ve este leyenda una confrontación de la doctrina que Dostoievski afirmaba y que cabe conciliar con la de Cristo, con la libertad meónica (del griego me on) y la libertad aparente del nihilismo. Recientemente, de Lubac ha señalado con razón que el propio Dostoievski no pensaba que el Cristo de la leyenda de Iván estuviera deformado, puesto que, en boca de Aliosha Karamázov, caracteriza la narración como un “canto de alabanza a Jesús”. Parece que las interpretaciones de Dostoievski divergen en este pasaje.
La moralidad de Cristo, que él fue el primer hombre en realizar en sí miso, le dio la posibilidad de anunciarla como ley. Toda la ley de Cristo consiste en la exhortación a amar. Aunque esta ley es nativa en el hombre, éste sólo tomó conciencia de ella en toda su extensión gracias a Cristo. Con su vida y su muerte, Cristo enseñó a la humanidad por vez primera el comportamiento moral puro. Con su vida y su muerte se abrió por vez primera para la humanidad un nivel nuevo. De este modo, las ideas morales suprema le vienen a cada hombre sólo de Cristo.
¿En qué consistía la nueva moralidad de Cristo, que excedía todo lo precedente? Cristo superó completamente su yo, entregándolo del todo y sin reservas a todos y a cada uno. Tenía en sí el amor supremo, el amor que hay que llamar gracia y que le dio la fuerza para superar y extirpar el abismo de los pecados y la desesperación por el pecado en los hombres. Quiso e hizo el bien a los hombres, sin construir nada sobre los tormentos o la sangre de ningún ser. Sobre todo amaba a los niños, porque en ellos resplandece todavía la pureza del paraíso, pero luego, por el contrario, amaba también a los grandes pecadores, también y sobre todo en sus pecados, porque ellos necesitaban más amor que todos los demás. Su primer milagro fue para traer la alegría a los hombres, pues, amándolos, también quería hacerlos dichosos.Su amor era tan grande que ni siquiera el amor supremo de otros hombres, como por ejemplo se muestra en los santos, puede alcanzar al suyo. Amaba de una forma que ni siquiera somos capaces de formarnos una noción de ese amor. Y al mismo tiempo era totalmente humilde, él, que quiso ser siervo de todos y que se equiparó a los hombres, pudiendo haberse puesto infinitamente por encima de ellos. Dostoievski apreciaba mucho el poema de
Tiutchev que habla de la humildad de Cristo:

“Postrado por la carga de la cruz,
el Rey del cielo,
en forma de siervo,
te ha recorrido bendiciéndote,
tierra maternal.”

Él, que siendo inocente asumió sobre sí los pecados de toda la humanidad en una muerte dolorosa y deshonrosa, fue libre de odio y lleno de perdón universal. Pero también fue veraz, en presencia suya la justicia penetraba las almas y las forzaba ineludiblemente a la verdad. Este efecto se realizaba sin palabras, un efecto que le convirtió en escándalo para unos y en renacimiento para otros.
Cristo enseñó a los hombres a superar el sufrimiento, no eludiéndolo, sino asumiéndolo en expiación de sus pecados. Enseñó a quienes siendo inocentes sufren que con este sufrimiento, si lo asumen sobre sí, consiguen lo supremo para la humanidad, y que con este sufrimiento pueden expiar los pecados de su prójimo.
Con su muerte, dio a la humanidad la prueba práctica de que es posible realizar el ideal humano supremo bajo las condiciones de la existencia terrena. Con él, el “Verbo” se hizo carne y el ideal se realizó en la carne. El hombre puede decidirse en libertad a esta realización. Cristo desaprobó la coerción en la realización de lo moral, y reprochó estímulos no morales para el actuar moral (tales como el pan, los milagros, etc.).
Hizo que la humanidad vislumbrara en sí lo divino, el amor (gracia) y la verdad de Dios. Consumó la obra de la revelación poniendo así a la humanidad para todos los tiempos, mediante la unión consigo mismo, en unión inmediata con Dios.
Abrió a los hombres los ojos para que vieran que están determinados para un ser que excede el actual. Que tienen que buscar a este ser, el Reino de los cielos o de Dios, no sólo en las circunstancias externas y en las condiciones materiales, sino sobre todo en sí mismos. Les mostró que sólo están enturbiados por el pecado, pero que pueden volver a hacerse completamente puros, que el paraíso está en ellos y que las llaves las tienen ellos. Cuando
Nietzsche dijo: “El cristianismo debería haber establecido la inocencia del hombre como artículo de fe, y entonces los hombres se habrían convertido en dioses”, con esta inversión de la doctrina de fe protestante demuestra no conocer la tarea del cristiano de convertir la posibilidad del Reino de los cielos en una realidad mediante el perfeccionamiento moral.
Cristo superó la ley de la caducidad y del sometimiento al tiempo. Pudo volver a despertar a Lázaro y al discípulo de Naim de entre los muertos, y él mismo resucitó. Con la consumación moral se vence el sometimiento a un destino.
Per hominem Christum tendis ad Deum Christum”, dijo San Agustín en sus Sermones. Ése fue el camino de Dostoievski. Partió del hombre Cristo, y hubo de conocer paso a paso su divinidad. Sólo partiendo del hombre Cristo pudo llegar a conocer su tremendo logro, gracias al cual llegó a ser la personalidad con el mayor logro histórico. Nada de su logro fue para él fácil ni obvio porque se viera apoyado por la omnipotencia de la divinidad, sino que veía a Cristo, quien sólo con las fuerzas del hombre realizó lo grandioso y liberó a la humanidad.
De este modo, Cristo se erigió en modelo supremo para los hombres, que ni fueron ni serán capaces, ni con su sabiduría ni con su amor, “de dar al hombre y a su dignidad otro modelo superior. […] Lo que se intentó en esa dirección, resultaron ser únicamente abortos.” Si se quiere llevar a la humanidad a aceptar otro ideal que el cristiano, entonces hay que mostrarle una persona que realice este ideal y que supere al hombre Cristo. Pero nadie hasta ahora ha sido capaz de hacerlo. “¡Muéstrenme a sus justos que puedan reemplazar a Cristo!”, le grita Dostoievski al liberal
Gradovski. En una carta a Strajov del año 1871 y en una carta a Maikov del 28 de agosto de 1867 Dostoievski comenta que los liberales y socialistas sólo ofrecen la imagen de una vanidad repugnante y de un orgullo frívolo. Incluso Nietzsche tuvo que conceder en La voluntad de poder que a los nihilistas “les han fallado todos los intentos de inventarse tipos superiores”, y podría haber añadido que también a él mismo.
Gracias al cumplimiento irrestricto de la moralidad y la consumación del ser de la persona humana, Cristo es la realización del ideal humano global. En su ser, la naturaleza humana halla su satisfacción esencial. El estado de la síntesis universal se alcanza mediante su ser. “La naturaleza sintética de Cristo es asombrosa. Pero ella es la naturaleza de Dios; en consecuencia, Cristo es la imagen especular de Dios en la tierra.”
Ahora bien, el acceso a la divinidad de Cristo Dostoievski lo encuentra de una forma especial. Sabemos cómo murió Cristo. Dostoievski captó esta muerte en todo su horror natural. Dos veces, en
El idiota y en Los demonios, habla de ello con hondísimo estremecimiento. En vista del cadáver de Cristo horriblemente deformado, y de su rostro, que los hombres escarnecieron y al que escupieron, formula la pregunta: ¿puede tener el ser un sentido, si lo más perfecto que, según la medida humana, es capaz de engendrar y portar, vuelve a destruirlo, y si es ciego para su valor e insensible para la justicia vulnerada? Con ello no sólo se habría destruido un ser perfecto, que sólo puede ser la finalidad última de lo que sucede en el universo, sino que también la doctrina de Cristo y su mandamiento moral serían entonces imposibles, y Cristo habría muerto por un error. Si Cristo no resucitó, si no fue Dios, entonces no puede ser “ni el redentor ni la fuente de vida”. Entonces no habría quedado demostrado que es posible la realización de un ser moral superior, y la humanidad tendría que decirse que si situación sobre la tierra es desesperada.
Pues bien, Dostoievski contrapone el pensamiento del sentido y del valor al conocimiento real de la ley del devenir y el perecer, y dice: “Si alguien me hubiera demostrado que Cristo está fuera de la verdad, y si realmente se hubiera establecido que la verdad está fuera de Cristo, entonces habría preferido quedarme con Cristo antes que con la verdad”, y: “¡Quede demostrado que Cristo se equivocó! Pero mi sentimiento ardiente me dice que mejor me quedo con mi error con Cristo que con vosotros.” Aquí no se trata de empecinamiento ni de un partidismo ciego de Dostoievski, sino que estas palabras significan nada menos que esto:
Dostoievski concede por principio al pensamiento del sentido y del valor (tomando aquí el pensamiento en el sentido más amplio del término) una prioridad sobre la experiencia empírica.
Por su parte, con el cumplimiento del ser hombre, Cristo “entró por completo en la humanidad”. Con ello, Dostoievski quiere decir sobre todo que con la revelación, tal como Cristo la trajo en su propio ser, la humanidad ha sido transformada en su conjunto. La “ley” del amor y del apremio espiritual al perfeccionamiento en la síntesis con Dios ha sido despertada en aquélla. Pero Cristo se realiza de modo especial en su Iglesia (como “comunidad de los santos”) y en el pueblo, que ve en él su ideal único y supremo. Nuevamente dice
Tiutchev:

“El empeño orgulloso de pueblos extranjeros
no entiende ni aprecia
el dolor íntimo y el resplandor
de su humilde desnudez.”

Cuando haya llegado el tiempo, su pueblo volverá a proclamar a Cristo por todo el mundo y a propagar su ideal. En la medida de su perfeccionamiento moral, el hombre se transforma en el yo de Cristo. Cristo vive en él. Dostoievski trató de mostrar esto en la figura del príncipe Myschkin en
El idiota. Una vez que este apremio y esta sed de Cristo se ha despertado en él, todo hombre tiende a Cristo. Sólo a causa de una voluntad radicalmente mala puede no tender a Cristo. Todos los hombres son versiones incompletas de este hombre perfecto Cristo, que llegará a ser plenamente en ellos cuando alcancen la perfección. Mientras todavía quede en ellos un único rasgo humano puro, sigue resplandeciendo en ellos algo de Cristo, incluso en aquellos que se burlan de él y lo rechazan. Pero no sólo los hombres: también la naturaleza entera tiende a él, no porque sea pecadora –ella no participa del pecado–, sino porque también ella queda bajo la repercusión de la caída en pecado y porque sus fuerzas cósmicas, lo concipiente y lo creador, están separadas y tienden a la reunificación. Pero Dios no obra en la naturaleza sólo a través de los hombres, como afirmaba Fedorov (bajo el influjo de Fichte), sino que Cristo está con la naturaleza antes que nosotros (ranshe nashego).
El ser sólo fue engendrado para que este acontecimiento, la existencia y el hecho de Cristo, pudiera hacerse realidad. En él, y por medio del sufrimiento expiatorio y de la resurrección que vence el tiempo y la muerte, lo existente se consuma y se aclara en el ser perfecto en Dios y con Dios.


b) Los niños. El pueblo. Los santos

Pero Dostoievski llega al conocimiento de Dios no sólo desde el fenómeno histórico de Cristo, sino también desde la experiencia del presente. En la vida, casi a cada hombre le es dada la posibilidad de entrar en contacto con seres cuya alma es tan pura que, en ella, se hace visible lo divino. Almas así, Dostoievski las encontraba sobre todo en los niños, en el pueblo y en los santos.
Es como si los niños fueran otras criaturas y tuvieran otra naturaleza que los hombres. Hasta aproximadamente el séptimo año de vida los separa de los adultos todo un mundo. Parece que Dostoievski hablaba de sí mismo cuando decía de Aliosha que amaba sobre todo a los niños de tres años, pero que también le gustaban mucho los niños de diez y once años. Como psicólogo del alma infantil, sólo
Ch. Dickens está a su altura. Por ejemplo, los niños saben reír muy bien, mientras que en la risa de los adultos casi siempre se mezcla un rasgo delator de estulticia, vulgaridad, ridiculez o mal gusto. Los niños viven sin preocupaciones, no están aún bajo la preocupación y el miedo vital que tienen los adultos. “Se alegran cuando sale el sol, no sienten la miseria, son como pajaritos, sus vocecitas suenan como las campanitas.” La impresión que causan en los maduras es también especial en tanto que les ponen en situación de poder sentir en todo momento amor hacia ellos. En ellos no hay nada moral ni estéticamente repugnante. Incluso a niños que en su aspecto externo sean feos, suponiendo que los haya, y sucios, se les puede amar en seguida.
La causa de este fenómeno es que, en su alma, los niños son aún inocentes. En ellos amamos la inocencia, la falta de pecado y la pureza. Sus corazones están llenos de amor inocente.
39a Con ello son hasta cierto punto imágenes inconscientes de Cristo, de una manera más inmediata que los adultos, en los que la semejanza está deformada. Según las palabras de Cristo, el Reino de los cielos está en el niño. Su pureza y su belleza es un resplandor de la perfección original del hombre en el estado paradisíaco. Pues por aquel entonces los hombres eran aún “hijos de su sol, ¡oh, qué bellos eran! Jamás había visto en nuestra tierra una belleza semejante en el hombre”. En la risa de los niños hay algo así como un rayo de la luz del ser paradisíaco. El amor de los niños a los adultos es para éstos como un perdón de sus pecados. Pero, con el crecimiento, también para los niños comienza el tiempo en el que se separan del estado paradisíaco. Se producen en sus vidas momentos en los que su alma está colmada del presentimiento de algo nuevo y desconocido, de modo que no saben si alegrarse o afligirse, y con dolor vuelven la mirada hacia la tierra perdida de la infancia. Entonces comienza a germinar también en el alma de los niños la simiente del mal, y desde entonces tienen que luchar por la conservación o la recuperación de su pureza.
En opinión de Dostoievski, los adultos casi siempre valoran mal la inteligencia del niño. Al comienzo de la edad escolar, la mayoría de los niños tiene ya un sentimiento asombrosamente profundo para lo moral, un juicio tan inverosímilmente seguro en asuntos morales, sobre todo cuando son testigos de injusticias y odios, que esto significa una demostración segura del hecho de que el saber moral es innato. A un niño de esta edad se le puede decir la verdad completa en todas las cosas, y no se le debe mentir. Es asombroso que haya tantos padres que no entiendan a sus propios hijos. Los niños comprenden muy bien cuándo se les está ocultando algo y cuando se les tiene por tontos. En cuestiones difíciles de conducta moral y de conducción de la vida, a menudo los niños pueden dar un consejo muy bueno. En cierto sentido, el niño sabe incluso más que el adulto, porque la voz de la moralidad todavía no se ha corrompido en él. De esta forma, nuestra alma puede sanar moralmente gracias al contacto con los niños. “Viven para conmovernos, para purificar nuestros corazones y para adoctrinarnos.” Dan también a nuestra alma una dicha profunda, tal como los adultos sólo son capaces de dar en raros casos excepcionales. Incluso en los tiempos más difíciles son para sus padres una fuente de dicha, de modo que éstos incluso soportan a gusto privaciones para darles una alegría. “Se dice que tener niños es difícil. ¡Cómo es eso posible! ¡Si los niños son una dicha del cielo! […] Los amo terriblemente.” De la vida de Dostoievski se conoce cuánto amor sentía hacia su primer hijo, y cuánto le hizo sufrir su muerte prematura.
Los recuerdos que el hombre guarda de la época de su infancia tienen la mayor importancia para su vida. Incluso en condiciones familiares malas, sólo con que se le haya demostrado un poco de amor, el niño se llevará para toda la vida recuerdos queridos de su juventud y su casa paterna. A pesar de la severidad y de la ambición de su padre, Dostoievski recordaba con alegría su casa paterna. Más tarde escribiría: “Ahora pienso muy a menudo sobre ello, y me pregunto: ¿qué impresiones de la infancia se llevará la mayoría de la juventud actual para el resto de su vida?” Para un niño tiene que ser muy difícil conseguir una relación armónica y una unión amorosa con el mundo y con el pueblo si sus padres, quizá desde hace ya varias generaciones, se han alienado del pueblo y han perdido la fe. Las costumbres de la casa paterna repercuten en el niño. En el
Eugenio Oneguin de Puschkin, a Tatiana sólo los recuerdos de su infancia la salvan de la desesperación por su vida fallida.
Hemos de amar y respetar a los niños, así lo mandó ya Cristo. Es un gran pecado de la sociedad moderna que, con su constitución social, ya los niños de nueve años sean llevados a trabajar en las fábricas, donde, encerrados en un cuarto de trabajo oscuro, tienen que hacer trabajos desmedidamente duros y son corrompidos por los adultos. El niño necesita la vida libre en el paisaje, en la luz clara del sol, debe jugar y ver el ejemplo luminoso del amor por parte de los adultos. “¡Levantaos y predicad esto! ¡Deprisa, deprisa!”
En este punto, recordemos de nuevo el sueño místico de Dimitri Karamázov en el que unas madres elevan a lo alto con sus brazos consumidos a sus hijos que lloran de hambre y frío. ¡El niño no debe llorar! El mayor delito, en que la humanidad incurre una y otra vez, es afligir a los niños inocentes y hacerse culpable de su lloro. Todo hombre tiene que confesarse conjuntamente culpable de este lloro. “Hay tantos de ellos, hay cientos de ellos, y todos nosotros somos culpables por todos (
bse sa bsej binobati), por todos los niñitos. Hay niños grandes y pequeños. Todos son “niñitos”.” Con estas palabras, Dostoievski apunta a que también en los adultos se sigue conservando algo de su pureza infantil, y que por tanto, en un sentido más amplio, también ellos pertenecen al Reino de los niños. Si nosotros aprendemos a descubrir y a ver lo infantil en ellos, entonces nos resultará más fácil experimentar amor y sentirnos unidos a ellos. Por el contrario, con la maldad los hombres siembran “semillas malas” y las ponen en el alma del niño, que por su parte las conserva como recuerdos inconscientes, hasta que, bajo ciertas influencias, son llevadas a desarrollarse.
Curiosamente, en torno a Dostoievski se ha levantado todo un mito según el cual él se había propuesto mostrar a la humanidad el camino de regreso a un “estado infrahumano de infancia y de inocencia” (
de Lubac). También St. Fumet habla de que Dostoievski estaba poseído como por una “tentación irresistible” de esta tendencia a regresar a la infantilidad inconsciente. “A uno le gusta regresar a sus orígenes.” El origen de esta afirmación se puede reconocer con bastante facilidad: está en Nietzsche. Según parece, éste revisó su imagen de Cristo bajo la influencia de El idiota de Dostoievski, trazando la imagen de un hombre infantil e inocente que no resiste al mal y que vislumbra el Reino de los cielos en la actual dicha del corazón. Pero Nietzsche entendió mal a Dostoievski tomando su imagen de Cristo unilateralmente del carácter de Myschkin. A. Gide compartió esta concepción de Nietzsche, reinterpretando el Reino de los cielos en la versión de Kirillov de la bienaventuranza del aquí y el ahora. A su vez, los investigadores modernos franceses de Dostoievski están influidos por Gide. Nada justifica para determinar la concepción dostoievskiana del hombre perfecto partiendo exclusivamente de la figura del príncipe Myschkin. Pues aunque Dostoievski también tuviera en mente el modelo de Cristo cuando creó a Myschkin, sin embargo hay que considerar que Dostoievski tenía plena conciencia de la diferencia entre Cristo y Myschkin. Como prueba de ello, un apunte de sus esbozos del 21 de marzo de 1868: “Si las figuras de don Quijote y de Pickwick están logradas y le resultan simpáticas al lector como hombres virtuosos, entonces eso se ha conseguido haciendo que resulten tipos extraños. Aunque el héroe de la novela, el príncipe, no sea un tipo extraño, sin embargo tiene otro rasgo simpático: es inocente.” Pero bien entendido que la inocencia de Myschkin, igual que la rareza de don Quijote, hace que éste le resulte simpático al lector porque tal inocencia es un aspecto “imperfecto” y desamparado del hombre Myschkin, que en los demás sentidos obedece a un ideal de hombre. Además hay que considerar que, introduciendo la imagen de Holbein del Cristo muerto, se está contraponiendo a la figura de Myschkin un Cristo totalmente distinto. Y finalmente, aun partiendo únicamente de la novela El idiota, habría que aducir a todos los personajes de esta novela para explicar todo el significado de Myschkin. Su figura sólo resulta totalmente plástica en la relación con y en sus repercusiones sobre todos los personajes de la novela. “Cuando Jesús exige que seamos como niños, no está defendiendo el infantilismo, sino la conservación del ser viviente y creador”, escribe H. W. Siedel, y ésa fue también la intención de Dostoievski. La indicación que gusta hacerse a “El sueño de un hombre ridículo” sobre el paraíso y la infantilidad del hombre no refuta nada, porque aquí se trataba sólo de la edad de oro perdida y de la primera juventud de la humanidad. En oposición a estos pasajes, tómese por ejemplo el carácter de “Netnoshka Nesvanova” o de Iliosha en Los hermanos Karamázov para entender que Dostoievski no tenía en mente lo infantil, sino la pureza moral y la apertura de los niños, y su idealismo.
Con especial reverencia hablaba también Dostoievski del nacimiento, que él consideraba un “misterio grande y sagrado”. Este misterio le colmaba de la más profunda alegría. Ésta surgía de la reflexión de que, con el nacimiento, un nuevo espíritu ve la luz del mundo tan inmensurablemente querido a los hombres, y comienza una existencia infinita, se enciende un nuevo pensamiento y un nuevo amor. Al nacimiento corporal, como un suceso necesario para la continuación de la humanidad en el tiempo, Dostoievski le suma el nacimiento aún más importante del espíritu, que con ello ha venido a ser testigo inmortal y partícipe de la creación de Dios. El nacimiento del alma es un acto que, de una forma misteriosa, guarda conexión con el renacimiento (metanoia) del alma del pecador arrepentido. Con el nacimiento y renacimiento, el alma es dispuesta para el paraíso. “Tan grande como es la alegría de una madre cuando ve la primer sonrisa de su hijo, así es la alegría de Dios cuando ve desde el cielo que un pecador se presenta ante Él en una oración desde todo su corazón.” Estas palabras de una sencilla mujer del pueblo dan una parábola perfecta del acontecimiento espiritual del nacimiento y del renacimiento.
Añadamos a modo de nota que Dostoievski, igual que
Péguy, no hace ninguna diferencia entre nacimiento y creación, como hace N. Berdiaev. Más bien, él ve lo común de ambos actos. Cabe preguntar si, con la separación de ambos conceptos, la creación no estará obteniendo un sentido exteriorizante que la asemeja al concepto de producción.
Una función similar a los niños desempeña el pueblo para el conocimiento empírico de Dios que tiene Dostoievski. Según sus propias indicaciones, regresó a Dios a través del pueblo. Hay que poner en claro que aquí actuaron dos momentos distintos. Por un lado, advirtió que el constituyente esencial del pueblo ruso era la idea de la ortodoxia. Pero como entonces comenzó a respetar y a amar al pueblo, quiso también creer en aquello en lo que el pueblo creía. El relato sobre la transformación espiritual de Raskolnikov en la catorga contiene también evidentemente elementos autobiográficos. Cuando Raskolnikov estudió ahí atentamente por vez primera el Nuevo Testamento, se pregunta: “¿No podrían sus convicciones ser ahora también las mías? Al menos sus sentimientos, sus impulsos…” Pero esto es sólo el camino secundario. Lo primariamente decisivo para Dostoievski fue que en el pueblo halló un cristianismo vivido y realizado inmediatamente, cuya profundidad le conmovió. En las acciones y palabras de los prisioneros hablaba en momentos inesperados una convicción hondamente cristiana. En el presidio escuchó hablar también de la vida de hombres cristianos fuera en el pueblo. En él se despertaron recuerdos de vivencias con el pueblo del tiempo de su juventud. (La narración del campesino Marei.) En largas cavilaciones, Dostoievski contrapuso en su noción a estos hombres con los de la inteligencia peterburguesa, llegando al conocimiento de que en el pueblo había hombres de una altura moral infinitamente superior, con quienes los hombres formados no podían equiparar como semejante a ninguno de los suyos. El ser cristiano inmediatamente realizado en el pueblo recondujo a Dostoievski a Cristo y a Dios.
Cuando Dostoievski regresó de Siberia, se esforzó por aprender más cosas de la vida de tales hombres moralmente elevados del pueblo. Su atención se dirigió especialmente a los relatos de los peregrinos y santos rusos. Ya a comienzos de los años sesenta dio con los relatos de la vida de los santos y los starsí, con la famosa
Vida de peregrinos, y sobre todo con la biografía del obispo ruso Tichon Sadonski. Pero sólo en torno a 1870 el efecto de estos estudios es tan grande que se hace perceptible en una obra. En Los demonios se emprende el primer intento de introducir a un santo como personaje actuante. Ahí, el santo Tichon todavía está perfilado con fidelidad histórica. Ya para la novela La vida de un gran pecador estaba prevista la figura de un monje a la que Dostoievski dio el nombre de Tichon y que debía tener los rasgos del obispo Tichon Sadonski. A partir de entonces, en toda novela pueden encontrarse hombres religiosos como personajes actuantes, que asumen en la obra un espacio cada vez más amplio: el peregrino Makar Ivanovich en El adolescente se introduce, y el stáret Zosima en Los hermanos Karamazov, del cual se introduce un libro separado que contiene su vida. Pero no sólo monjes, peregrinos y santos, sino que a Dostoievski quizá lo cautivaron aún más hombres simples y sencillos del pueblo en los que se mostraba la religiosidad. Las dos Sonias de El adolescente y Crimen y castigo, Markel y el conductor Andrei de Los hermanos Karamazov, la “tierna” y otros muchos son hombres de fe interior, o que poseen una serie de rasgos esenciales cristianos. Otro grupo de hombres cautivó igualmente a Dostoievski a causa de su pureza moral, y los llamaba buscadores de la verdad o, cuando alcanzaban su fin, hombres universales. El Blas de la obra homónima de Nekrasov le dio el tipo primordial de estos caracteres. También entre los artículos periodísticos de Dostoievski se encuentra un relato sobre el trabajo de un médico alemán, llamado Hindenburg, que se sacrificaba en amorosa asistencia por los enfermos y los pobres, y en cuya tumba se congregó toda la ciudad y también sacerdotes de todas las confesiones, para demostrarle su agradecimiento, su amor y su aflicción. Para cambiar el mundo sólo hace falta un número relativamente pequeño de estos hombres universales, que marchan por delante con su ejemplo personal y que tratan de realizar la ley del amor. Sólo es difícil mostrar a estos hombres que “toda cifra grande se compone de unidades”. No deben desanimarse por el pensamiento de que son sólo unos pocos y que están solos. “No hay ningún motivo para esperar hasta que todos, o por lo menos muchos, se hayan vuelto tan buenos como ellos: sólo se necesitan unos pocos de estos hombres para salvar al mundo, tan fuertes y poderosos son ellos. Pero si esto es así, ¿cómo no tener esperanza?”
La misma pregunta por la relevancia de la cifra la plantea Dostoievski en relación con los santos. Hasta ahora sólo ha habido unos pocos santos, tan pocos que apenas se es capaz de descubrirlos cuando se considera el curso de la historia. Si una gran idea tiene tan pocos partidarios (a la hora de actuar), ¿de qué puede servir para la humanidad?, se preguntará uno. Pero no se trata de la utilidad, sino de la verdad. Nadie puede decir cuántos cristianos puros se necesitan para que el ideal cristiano no muera en el pueblo ni desaparezca la esperanza de un universal cambio universal. En
Los hermanos Karamazov, Dostoievski señala que, como mucho, pueden ser diez mil hombres fuertes y grandes los que aproximadamente realizaron el ideal cristiano. “¿”Pero” qué sucede con los millones y miles de millones que no sienten en sí la fuerza para rechazar el pan terrenal a cambio del pan celestial?” ¿Deben representar éstos sólo el porcentaje necesario para posibilitar la existencia de los santos? El pensamiento del reino puramente terreno nace justamente de la desesperación por el destino de todos los hombres innumerables que no pueden llegar a la beatitud. “¿Qué ley han infringido los débiles si no podido soportar lo que soportaron los fuertes? ¿Son las debilidades del alma culpables de que les falte fuerza para alcanzar bienes tan terribles?” […] ¿Has venido tú, “Cristo”, sólo a los elegidos y para ellos?”
Esta pregunta está formulada desde una concepción falsa de la esencia de lo santo. Los santos se conciben como personas independientes de un carácter sobrehumano, separadas del resto de la humanidad, que conquistan la salvación eterna mientras que la masa de los hombres se dirige impotente a la muerte. Pero en realidad, mediante la síntesis del amor, los santos están unidos del modo más íntimo con toda la humanidad. No tienen nada propio, sino que todo sus méritos son méritos de toda la humanidad pecadora. No se han hecho santos por un “egoísmo transcendente”, para conseguir un puesto por encima de los hombres, sino por amor a Dios y a los hombres y para cumplir este amor y el encargo que de él surge. La tarea de los santos es:

1) Conservar fielmente la imagen de Cristo, iluminando desde ella en la soledad y el abandono. Desde los primeros apóstoles, mártires y padres, se traza a lo largo de la historia una cadena ininterrumpida de santos que culminaron esta tarea. Qué grande fue a menudo su obra, quneue la ciencia mundana no quiera darse cuenta, puede advertirse en el caso de los starsi.
2) En calidad de seres singulares, dar de forma totalmente inesperada un ejemplo de amor cristiano y activo, iluminando con ello a los hombres. De este modo reconducen a los hombres por el camino de la comunidad fraterna. Evidentemente, hasta ahora sólo ha sido necesario que toda época tenga sus hombres que dan tal ejemplo, para que no muera el gran pensamiento que ellos transmiten a los hombres.
3) Prepararse y mantenerse dispuestos para el momento en que la historia universal entre en una nueva fase, para luego, cuando la humanidad se desespere por todas las demás ideas, proclamar con fuerza a Cristo y a su Evangelio, y ofrecer su imagen pura a la humanidad que vacila. Dostoievski estaba convencido de que “algo nuevo se acerca al mundo y hay que estar preparado”, es decir, que es inminente el momento en que los monjes obrarán en el mundo.
4) Conservar viva la esperanza en el pueblo. Pues el pueblo suspira por una consumación tal como se les concederá a los monjes tras una larga porfía, y necesita el ejemplo visible de que esta consumación es posible para no perder la esperanza de que también él, pese a todos sus pecados, alcanzará esta altura moral.

Gracias a las leyendas de los santos, el pueblo tiene un saber vivo de su existencia y de su finalidad. En la Rusia de aquella época, gustaban especialmente las biografías de San Alexis y de Santa María de Egipto, así como los relatos de la vida y las doctrinas de los eremitas y los starsí.
No por asco del mundo –pues el cristianismo no es enemigo de la vida–, no por egoísmo personal, como afirma
Comte, para salvar su alma sin pensar en el prójimo, sino por amor a todos y a todo marchan los monjes a los monasterios y a la escita y se entregan a los ejercicios.
El camino a la libertad ética pasa por la oración. Ésta no es un formalismo vacío, sino que serena el corazón. Cuando se habla sinceramente, en el hombre que reza despunta en cada caso un nuevo pensamiento, y aquél cobra nuevo ánimo. La oración es también un magnífico medio educador. Además, en el alma de cada hombre hay una necesidad espiritual. Si Dios no existiera, “¿a quién cantaría el hombre su canto de alabanza?” Desde el nivel inferior de la praxis, la oración se eleva hasta su forma superior, la teoría, donde pasa a ser una intuición supraconsciente de lo divino. En las enseñanzas del stáret Zosima se dice: “Siempre que busques la soledad, acuérdate de rezar. Acostúmbrate a postrarte en la tierra y a besarla. Besa la tierra y ámala sin cesar e insaciablemente, ama a todos, ámalo todo. Busca este arrobamiento y este éxtasis. Riega la tierra con las lágrimas de tu alegría, ama estas lágrimas tuyas y no te avergüences de tu arrobo, sino que debes considerarlo algo elevado y sagrado, pues es un don de Dios, e incluso un don grande, que no le es dado a muchos, sino sólo a los elegidos.”
El rezo, como oración de alabanza y agradecimiento, es un trato inmediato e íntimo con Dios. Como oración de petición y expiación no debe hacerse sólo para uno mismo, sino siempre también, y a menudo predominantemente, por los pecados y las aflicciones de toda la humanidad. Dostoievski recomienda la oración diaria,
que no debe dejarse postergar por nada. La oración por otras personas, vivos y muertos, es eficiente y Dios la escucha. Esto vale también para la oración que se hace por los condenados en el infierno, como enfatiza Dostoievski en oposición a la doctrina de ciertos círculos eclesiásticos.
Las oraciones que Dostoievski dejó apuntadas en su obra son tan profundas e instructivas para su visión del mundo y de Dios que quiero aducirlas aquí brevemente. “Salva a todos aquellos, Señor, que no tienen a nadie que rece por ellos.” A cada hora hay almas innumerables que abandonan la existencia terrenal y se presentan ante el juicio de Dios. Pero a menudo han abandonado la tierra como seres solitarios, sin que nadie sepa siquiera que han muerto, o sin que eso preocupe a nadie. Aflicción y duelo acometerán a un alma así porque nadie reza por ella, porque ningún amor la une con otros hombres. “Y de pronto, quizá desde el otro extremo de la tierra se eleva al Señor tu oración por la paz del alma de alguien así, aunque tú ni siquiera le hayas conocido ni él te conociera a ti. Y tanto se conmueve entonces su alma, cuando se presenta con temor y temblor ante el Señor, porque también hay alguien que rece por ella, porque también en la tierra ha quedado un ser humano que le ama.” Así reza en
El idiota Lebedev por el alma de Dubarry, porque quizá nadie ha rezado por ella desde su muerte y ni siquiera nadie pensó en rezar por ella.
Otra oración es para aquellos que no quieren rezar, para los ateos, los confundidos, los materialistas, etc. No hay que odiar ni a los malvados ni a los buenos de entre ellos, y hay que reconocer que entre ellos hay muchos buenos. Esta oración no debe rezarse por orgullo, sino en la conciencia de la falta de fe propia y de la confusión en uno mismo, y con el sincero conocimiento interior de que quien reza es peor que ellos. Hay además una oración que se dirige a todos los hombres que están en tentación. “Señor, ten piedad de todos ellos […], protégelos, son desdichados y los mueve el arrebato, y guíalos por el camino recto. En Ti están los caminos, condúcelos a ellos y sálvalos. Tú eres el amor. También a todos enviarás alegría.” Pero la oración sirve sobre todo a aquellos que están cargados con los peores pecados. Aquí, la humanidad tiene que preocuparse de su salvación con grandes esfuerzos de la oración y con sacrificios de actos amorosos. Tenemos que rezar por los suicidas, por los grandes delincuentes y pecadores. Si no los hemos conocido y sin embargo sollozamos por sus pecados, esta oración repercutirá en Dios. “¡Señor, endereza Tú mismo su destino y salva a todos los que no están dispuestos a hacer penitencia!” Aunque la Iglesia proclama que es pecado rezar por los condenados en el infierno (¿por falta de fe en el purgatorio?), y aunque la Iglesia parece rechazarlos fuera de ella, hay que rezar por ellos. “Cristo no se enojará nunca por exceso de amor. En mi fuero interno, toda mi vida he rogado por ellos […], y también ahora rezo cada día.”
Pero junto a estas oraciones por los hombres amenazados, pecadores y condenados, en Dostoievski hay también oraciones luminosas y alegres. Mencionemos aquí sólo una de éstas, la oración del peregrino Makar Ivánovich en vista de la belleza de la naturaleza: “Todo está encerrado en Ti, Señor, y también yo estoy encerrado en Ti y Tú me asumes.” Desde las oraciones de este tipo habla la honda experiencia mística de Dios de Dostoievski, que concebía la vida como realizándose en Dios.
Junto con la oración, como segundo gran medio para conseguir la libertad ética aparece el “ayuno”, es decir, la superación de los apetitos materiales. Los apetitos son sujetados para que siempre y en todo momento, también en la mayor tentación, permanezcan sometidos a la voluntad: éste es el objetivo. En los monasterios y en la vida en la escita, este ayuno se ha convertido en un ejercicio sistemático y metódico, en el que se empieza con pequeñas privaciones para ir alcanzando, con una lenta intensificación, la independencia completa. Muchos hombres que por lo demás tienen una magnífica vida ética fracasan en este ámbito. Por eso se ven seriamente impedidos para defender su idea y asumir privaciones y dolores que exigen un largo tiempo de paciente perseverancia. Dostoievski habla de un conocido que en la cárcel estuvo a punto de traicionar su idea porque no podía privarse del tabaco. Como todo amor real es un acto amoroso duradero, el dominio de los apetitos tiene la mayor importancia.
Pero la corona de la autosuperación se ve en el aprendizaje de la obediencia completa. Con ella se supera el orgullo y la voluntad propia, que habiendo conseguido el objetivo del dominio de los apetitos sensibles incluso puede incrementarse si no se tiene cuidado de superarla. La voluntad propia es el último y supremo refugio del mal en el hombre, y por eso es también el más difícil de vencer. El camino de la obediencia lo recorren sobre todo los starsí que se consagran a la vida en la escita, y sus discípulos, que tienen que cumplir sin protestar los mandatos de su maestro. Es posible que el mundo juzgue negativamente esta disposición, y que la considere reaccionaria, pero sólo con la obediencia se consigue la liberación de la voluntad propia.
De este modo, los monjes que han hecho esta escuela con éxito, han pasado a ser hijos de la libertad y del amor. Muchos se cansan en este camino, y se convierten entonces en enemigos especialmente peligrosos de Cristo. Pues cuando se han visto las leyes de Dios, aumenta también la visión de lo satánico. Los grandes santos contemplan con plena libertad dos abismos: el que hay por encima de ellos y el que hay por debajo. Tienen la fuerza de recorrer también el otro camino, pero se han decidido por Dios. Sólo han venido a ser santos por el modelo de Cristo y bajo su repercusión. Son caracteres de una belleza espiritual y de una fuerza moral infinitas, que han salido del pueblo y que fueron santificados por Cristo, de modo que Cristo resplandece desde ellos, y sirven al pueblo de una luz que conduce a Dios.
Por medio de todos estos seres, de los niños, de los caracteres sencillos pero moralmente perfectos que hay en el pueblo, y de los santos, nosotros los hombres entramos en contacto con almas que han “alcanzado” un grado de pureza moral, de belleza y veracidad espiritual que nos excede con mucho. En su prolongación, esta línea conduce a Cristo, cuyo ideal transpasa al pueblo (ruso), vivifica a los santos y se encarna de forma inconsciente en los niños. En la medida de su santificación se aproximan al ser de Cristo, y su persona se hace cada vez más transparente para Cristo. Con todas estas experiencias se nos señala una realización superior del valor, en cuya dirección tenemos que buscar a Dios. Con todo hombre moralmente puro y espiritualmente hermoso, se nos demuestra la existencia de un ser superior que nuestra conciencia no corrompida conoce y reconoce sin dudar en su altura moral. Esta existencia moral nos permite intuir un ser que guarda en sí toda perfección y todo amor: Dios, y despierta un apremio y una sed ardientes hacia este ser divino.


c) El “contacto con otros mundos”


Pero Dostoievski todavía conoce un acceso más inmediato a Dios, que él designa con las palabras “contacto con otros mundos” (soprikosnovenie miram inim; “soprokosnovenie = contacto mutuo, punto de contacto”). En ninguna otra parte que aquí se puede captar mejor el componente oriental, asiático, del pensamiento de Dostoievski. Acerca del significado de este “contacto con otros mundos”, encontramos un pasaje en
de Lubac donde éste dice que se trata de una relación con un punto que se halla “más allá de toda llamada realidad psicológica”. De Lubac se muestra aquí influido por la imagen de Dostoievski de Thurneysen, a quien también cita en este pasaje, y que dice: “Aquella naturaleza superior de la que incesantemente habla no es una realidad dada, no es un “mundo superior”, ni es una realidad psíquica inconsciente. Pues eso que es presupuesto, fundamento y determinación de todo lo demás, no puede a su vez ser algo determinado o determinable, así como el punto al que apunta la perspectiva tampoco puede ser un punto real que se encuentre en el interior del cuadro.” Creo que esta definición sólo puede admitirse si se toma el concepto de lo “psicológico” en un sentido estricto, como después de todo se sugiere con el añadido de la palabra “llamada” (“dite”). Por lo demás, de Lubac y Thurneysen juntan también el objeto de la visión y del “contacto con otros mundos”. Pero en realidad se da una cierta diversidad, como mostraremos enseguida. ¡Examinemos atentamente los textos!
En primer lugar, se dice que en cada hombre se da la conciencia de estar en contacto con otros mundos, aunque a menudo sólo en forma de un oscuro presentimiento. Esta conciencia le es dada al hombre. Pero enseguida se acentúa cuando el hombre se aproxima al límite de su existencia terrenal, es decir, en la enfermedad y en la agonía. “Cuanto más enfermo esté “el hombre”, tanto más existen para él puntos de contacto con el otro mundo, hasta que, cuando finalmente muere, transita directamente al otro mundo.” A partir de este pasaje de
Crimen y castigo se podría deducir que con ello se está refiriendo a lo que normalmente se llama el “más allá”. Pero con ello se quiere decir algo más y también algo distinto. Acerca del “contacto con otros mundos” se encuentran en Los hermanos Karamázov tres indicaciones:

1) Existe un vínculo viviente (shibaia sbias) entre nuestra existencia y los “otros mundos”. Todo guarda una conexión mutua.
2) Todo se toca mutuamente (
bse soprokasaetsia).
3) Todo acto concreto puede repercutir en cualquier otro ser en todo el universo (
b odnom meste tronesh, b drugom kontse mira otdaestsia).

Si partimos de la segunda indicación, entonces se aprecia enseguida que no puede tratarse de un contacto físico, sino sólo de uno psíquico. Por “contacto”, Dostoievski entiende aquí una comunicación inmediata, similar a la que se observa en la telepatía. Todos los seres guardan una comunicación psíquica inmediata, sólo que, naturalmente, el grado de conciencia de este contacto es distinto, y también es distinto el grado de intensidad del cual depende a su vez, hasta un cierto punto, el grado de conciencia. La conexión no se da sólo con todas las almas vivientes, sino también y justamente también con las del más allá, es decir, con las almas de los fallecidos, y con Dios. El mejor modo de llegar a una noción adecuada de lo que Dostoievski entiende por “contacto con otros mundos”, es partiendo del concepto de Leibniz de la “armonía preestablecida”. Sin embargo, para Dostoievski las almas no son “sin ventanas”, sino que guardan una conexión universal mediante la cual pueden encontrar en sí, sin ayuda de la experiencia externa, el acceso a todo, con tal de que su conciencia sea adecuada a las conexiones. Mediante la conexión inmediata con todo, el alma encuentra un cosmos dentro de sí misma. Es decir, lo que en Leibniz lleva a cabo la armonía preestablecida, en Dostoievski lo hace la conexión universal. Todo acto particular del hombre y todo suceso en el universo encuentra una repercusión, por muy pequeña que sea, en el alma y en el universo, y nuevamente se trata de una repercusión directa, no a través del rodeo físico. Es el antiguo pensamiento de Plotino de la simpatía. El grado de intensidad del contacto depende del estado respectivo de la naturaleza (después de morir, el contacto y la conciencia del contacto se acentúan) y del ser moral. Merced a éste último, la conexión pasa a ser una conexión amorosa.
Con el pensamiento de la conexión de las almas con los muertos, Dostoievski no partió del espiritismo, que consideraba un engaño. En su opinión, no hay “pruebas materiales” de aquel mundo, y buscarlas revela ya una noción materialista del alma. Sino que también aquí parte de una experiencia interior: la intuición del alma humana. En Los
hermanos Karamázov, el moribundo Iliusha le dice a su padre: “Cuando hayan tapado mi tumba, desmigaja sobre ella una corteza de pan, para que los gorrioncitos vengan volando; yo oiré que vienen volando, y me alegraré de no estar tan solo.” Aunque ahí se refleje también una creencia popular, para Dostoievski no es en modo alguno un pensamiento poético meramente literario, sino que él estaba convencido de que en eso se expresa la intuición de que el alma del fallecido está en contacto con los seres terrenos. En “El sueño de un hombre ridículo”, en la descripción del primer hombre del paraíso se dice: “Se podría creer que seguían en contacto con sus muertos incluso después del fallecimiento (oni soprikasalis etshe s umerwhimi sboimi), y que la muerte no rompía su unión terrena. Apenas me entendían cuando les preguntaba por la vida eterna, pero, al parecer, tan firmemente convencidos estaban de ella que para ellos no podía quedar ya ninguna duda. No tenían templos, pero en ellos había una unión viva con el universo: no tenían fe, pero en cambio sí tenían el saber convencido (tberdoe snanie) de que, cuando su alegría terrena hubiera alcanzado el umbral de la naturaleza terrena, se entablaría para ellos, tanto para los vivos como para los fallecidos, un contacto mucho mayor con el universo.” Dostoievski no se pronunció acerca de si el contacto con las almas de los muertos puede entrar en la conciencia lúcida. Pero en Los hermanos Karamázov se encuentra un pasaje donde parece defender la opinión de que los santos influyen en el mundo, y de que las almas de los hombres ayudan a preservar del crimen. Ésta es la vivencia de Dimitri Karamázov en el momento en que quiere matar al padre. Pero aquí, como en tantos otros casos, Dostoievski deja que el lector decida de si se trata sólo de una repercusión de las palabras de Aliosha y de la postración de rodillas de Zosima ante sus sufrimientos futuros, o de una influencia psíquica directa e inmediata. “No sé si fueron las lágrimas de alguien, si mi madre rezó a Dios, si un espíritu luminoso me besó en aquel momento: no lo sé. Pero el diablo fue vencido.” También Aliosha Karamázov experimenta una influencia similar del fallecido stárez que tampoco se puede determinar en cuanto a su objetividad.
Además de con los muertos, existe un contacto y una comunicación psíquica con el universo (
soprikosnovenie s tselim bselennoi), con los “innumerables mundos de Dios”. Esta intuición la despierta la contemplación del cielo estrellado, que en la tierra rusa es a menudo sobrecogedora a causa del aire límpido, un cielo estrellado que en la llanura nocturna aparece sobre el horizonte como una semiesfera desciende sobre el espectador. En la vivencia de Aliosha Karamázov, esta intuición pasa a ser una conciencia clara. Tiene la experiencia de que los puntos de contacto con los demás mundos innumerables se vuelven simultáneamente perceptibles en su alma, y le parece que algo “desciende” a su alma. También en la descripción de los hombres del paraíso en “El sueño de un hombre ridículo” se señala que guardan conexión con las estrellas.
Finalmente, por encima de todas estas relaciones, “el hombre tiene desde su nacimiento un contacto inmediato con Dios” (
chelovek s kolibeli sboei bil pod neposredstbenim soobtscheeniem s Bogom). También esta relación se piensa como una relación psíquica inmediata. Acaso esta experiencia encuentre su expresión más hermosa en las palabras del moribundo stáret Zosima: “Mi vida se acaba, lo sé y lo siento, pero también siento con cada día que declina cómo mi vida confluye hacia esta tierra con un nueva vida infinita y desconocida, pero que ya empieza a germinar, cuyo presentimiento sacia de arrobo mi alma temblorosa y palpitante, ilumina mi espíritu y hace llorar de alegría a mi corazón.”
Para la existencia de esta intuición que se basa en una comunicación psíquica inmediata, Dostoievski tiene una explicación particular. “Las raíces de nuestros pensamientos y sentimientos no están aquí, sino en otros mundos.” Por eso dicen los filósofos que la esencia de las cosas no puede captarse en la tierra. Por tal motivo tampoco muchas veces podemos concebir muchos de las más poderosas sensaciones e impulsos del ser humano. ¿Cómo hay que entender esto? Nuestros sentimientos, es decir, la manera como sentimos cuando nos hallamos ante un objeto totalmente determinado, nos vienen dados. El matiz de los sentimientos y también el examen de los sentimientos procede a menudo del inconsciente, y se nutre de fuentes pre-personales, supraconscientes y anamnésicas. Es posible que Dostoievski pensara en la anamnesia, pero no en el sentido de que recordemos una existencia anterior. Sino que él se refiere a una “rememoración”, o mejor dicho, un hacernos conscientes de matices de sentimientos, de pensamientos y de nociones que ya nos insufló Dios. Están puestos en nosotros como los elementos de conciencia, que obedecen a las imágenes primordiales, de las formas lógicas de nuestro pensamiento, de los plexos nocionales individuales o míticos y de los matices de los sentimientos, pero sobre todo de las verdades morales. Nuestra alma inconsciente posee todo un tesoro de experiencias primordiales y de conocimientos primordiales, dotados con los cuales nos dirigimos a descifrar la realidad. En cuanto a su esencia, para los elementos aprióricos en sentido amplio no hay en nuestro pensamiento ninguna explicación. Pero cabe suponer que en nuestros sentimientos se revelan aspectos objetuales de la esencia de las cosas.
“Dios tomó semillas de otros mundos y las sembró en esta tierra, y creció su jardín, y germinó todo lo que pudo germinar. Pero lo que germinó vive y está vivo sólo porque toma conciencia de estar en contacto con otros mundos misteriosos. Pero si este sentimiento se debilita en ti o incluso llega a perecer, entonces muere también lo que había germinado en ti.” Tomemos toda la parábola de manera tan sencilla e inmediata como nos sea posible. Los sentimientos e ideas están dispuestos en nosotros a modo de simientes, es decir, sin desarrollar. Se desarrollan, es decir, cobran su fuerza, su substancia, del suelo, es decir, de “otros mundos”, de la realidad metafísica de Dios y del ser paradisíaco. Pero también se desarrollan hacia arriba como tallos hojas y flores, es decir, se hacen conscientes y se acuñan en las experiencias de nuestro mundo. Además: “
Le germe est ce où il y a le moins de matière consacré à la mémoire (terrestre)” (Ch. Péguy, Note conjointe, p. 120). Pero el desarrollo es también endurecimiento y rigidez, y el pensamiento y la sensación desarrollados sólo pueden escapar de este endurecimiento si al menos están penetrados de la intuición de que guardan un contacto inmediato con “otros mundos”, aunque dicho contacto no sea claramente consciente, y si se nutren de estas raíces que ha hundido en los “otros mundos”. Si esta intuición se apaga, entonces los sentimientos se atrofian y degeneran, y el hombre cobra animadversión a la vida y llega a odiar la existencia. También los conceptos morales se atrofian y degeneran entonces.
De este modo, las almas de este mundo guardan una misteriosa conexión intuyente con el conjunto de la realidad, con las otras almas y con Dios y los mundos de Dios. Podemos y tenemos que admitir que nuestros sentimientos nos revelan algo de aquellos mundos. Todo lo que hay en el más acá, también lo habrá, en una forma transformada, en el más allá. Como una vez dijo
Goethe, tenemos que ver en la naturaleza un estado misterioso de nuestra interioridad sublimada. A través de los sentimientos que las cosas despiertan en nosotros, las cosas revelan también ahora una parte de su verdadera naturaleza. La luz que aquí nos transmiten la belleza de las cosas y sus propiedades perceptibles, allí será verdad revelada.
En cierto sentido, se puede decir que el alma se crea su mundo. Pero si se separa del conjunto de la realidad, si suprime el vínculo, queda atrapada en sus pensamientos y sentimientos que entonces se han vuelto absurdos. En
Crimen y castigo, para Svidrigailov, a quien sólo mueve la voluptuosidad, el más allá es un espacio estrecho, “negro de hollín, con arañas en todos los rincones… ¡y ésa es la eternidad!” Pero si el alma entra en una relación amorosa cada vez más estrecha con Dios y con el universo, entonces la conexión llena de intuición se convierte en una comunidad amorosa cada vez más consciente. Los sentimientos se purifican y se hacen cada vez más luminosos y llenos de sentido, hasta que su misterio le es revelado al alma al transpasar el umbral de la muerte.


d) De la esencia de Dios


¿Qué dice Dostoievski sobre la esencia misma de Dios? Volvamos a echar un vistazo a todos los accesos a Dios y a la posición que ocupa Dios en el mundo del pensamiento de Dostoievski. Tenemos que tener en cuenta los siguientes resultados:

1) En el hombre existe una aspiración que no puede satisfacer ninguna otra realidad sino Dios. Es la voluntad de vida, que no es sólo ni primariamente una voluntad individual de vida, sino una voluntad común de vida, una sed de cumplimiento de un estado anhelado de perfección y un apremio a manifestar amor que se dirige a todos los seres. Esta voluntad de vida o voluntad de amor sólo puede encontrar su pleno cumplimiento en una persona llena de amor correspondiente, y en último término en ninguna persona finita, sino sólo en una persona infinita, perfecta, y siempre amorosa y digna de amar: en Dios. Quien lucha contra Dios, quien se rebela contra él, se revela al mismo tiempo contra su propia voluntad de vida.
2) En el hombre se encuentra un saber de la ley moral, y una noción de un sentido perfecto de la existencia. El sentido presupone un autor del sentido. Por tanto, si en vista de la realidad se decide que tiene sentido, entonces tiene que haber un autor de ese sentido, y a este autor lo llamamos Dios. El sentido perfecto tiene que responder al menos a todas las condiciones que el pensamiento humano asocia ya con él. El sentido de Dios no puede ser insuficiente, ni puede ser menor que el supremo pensamiento humano del sentido. Por eso, si existe un sentido perfecto del ser, Dios será el autor de un sentido que abarca en sí lo más perfecto que seamos capaces de pensar, e incluso que lo rebasa. En consecuencia, Dios tampoco puede ser menos valioso que el valor más alto que seamos capaces de pensar. O bien responde al ideal supremo e incluso lo rebasa, o bien no es Dios.
3) La existencia terrena está sujeta a leyes que la vuelven absurda para el pensamiento y el conocimiento humano. El sentido parcial que se pueda encontrar en ellos corresponde sólo a las leyes inferiores del sentido, mientras que, frente a las leyes superiores, la existencia resulta ser indiferente, e incluso destruye continuamente valores superiores (para nuestra experiencia). Por eso, justamente desde el pensamiento del sentido, el hombre se ve inducido a acusar a Dios y a condenarlo. Sólo se puede hallar una salida a esta postura si se admite que, en su sentido superior, la existencia sigue siendo incomprensible para nosotros, puesto que no podemos ver del todo que también en la existencia del delito, del sufrimiento y del mal se encierra un sentido perfecto que nosotros no percibimos, o que sólo percibimos en parte. La consecuencia de esto es que el sentido de Dios no es el sentido humano, sino que lo sobrepasa. La justicia de Dios excede toda justicia humana, de modo que no somos capaces de concebirla: tenemos que acatarla. “Inescrutables son los caminos por los que Dios encuentra al hombre.”
4) Pero para que no sucumbamos a la desesperación a causa de la imposibilidad de concebir el sentido de la historia mundial, Dios nos ha dado una noción viva de lo que debemos hacer. El ser humano está obligado a actuar conforme a la ley moral, en la medida en que pueda inteligirla. Debe comportarse tal como Dios lo espera desde su supremo pensamiento del sentido y del valor. Como acto moral perfecto se evidencia el amor a todo y a todos. Con un amor creciente el alma se purifica, se colma de alegría y se vuelve capaz de intuir a Dios, es decir, de entrar en una unión consciente e inmediata mediante la visión y mediante el “contacto” con Él. Dios se confirma al hombre mediante la experiencia de Dios. La esencia de Dios nos resplandece también desde todos los hombres morales, según el grado de su perfección, y de una manera perfecta en Cristo, que es la imagen reflejada de Dios en la tierra. A través de Cristo podemos amar a Dios como persona individual y viviente, y tenemos la certeza de que, bajo las condiciones de nuestra existencia carnal, podemos alcanzar la finalidad suprema de la ley moral y de la voluntad de vida.

Voltaire dijo una vez que si no existiera Dios habría que inventarlo. Pero con estas palabras triviales expresó una verdad profunda. Pues Dios es realmente indispensable para el ser de los hombres, y ya por eso hay que aceptar que existe. Sin embargo, esto es sólo un criterio negativamente pragmático para su existencia. Dios es el único ser a quien el hombre puede amar eternamente, porque realmente guarda en sí todo el ideal y porque es el único ser capaz de un amor de correspondencia perfecto. Si Dios no existiera, el hombre no podría hallar ninguna finalidad para su amor, no podría agradecer nada a nadie ni alabar a nadie. Cuanto más ama el hombre, cuanto más es colmada su vida del amor activo, tanto más firmemente cree en Dios. Pues no puede haber ningún amor que no esté colmado del pensamiento en un fundamento infinitamente amoroso y digno de amar de este ser: Dios. Pero sin amor, la vida no es otra cosa que un tormento que el hombre no soporta. Así pues, la humanidad no puede vivir sin Dios, y si Dios no existiera, la humanidad no podría saberlo sin perecer. Pero sí es posible un cierto período de incredulidad, que por otra parte nunca es completa.
Quien maldice a Dios, se maldice a sí mismo, porque Dios, amor y vida guardan una unión mutua inseparable. Quien lo hace, se retira cada vez más del ser y de la unión con lo existente, y se enreda en un sufrimiento terrible, como un sediento en el desierto que para aplacar su sed comienza a sorber su propia sangre. Por el contrario, el mayor sufrimiento hay que soportarlo en la conciencia de la existencia de Dios y de su amor. “¿Qué sería yo sin Dios?”, pregunta en
Crimen y castigo una Sonia Marmeladova apesadumbrada por un sufrimiento insoportable, que sólo se mantiene en pie en la conciencia del amor infinito de Dios. Dios hace todo por el hombre, también y justamente cuando parece que deja que se hunda en el sufrimiento y el mal. Todo viene de Dios, todo vive y sucede comprendido en Dios. Dios siempre está presente también en el hombre que tiende al bien, aun cuando éste no lo sepa ni lo advierta, y le acompaña ocultamente. Todos los hombres y todos los seres son desde Dios y guardan una conexión inmediata con Él.
La existencia de Dios hay que considerarla (por analogía) la de una persona infinita, y no la de un espíritu derramado sobre y en toda la creación. Él es el creador del universo y de todos sus seres. Dios creó al hombre con la doble encomendación de amar y de conocer. Él enciende en nosotros el fuego de su amor y el apremio y la sed de este amor, y quiere que el hombre se cumpla a sí mismo amando y conociendo. A causa del amor que hay en el hombre, Dios no permitirá que se apague, una vez que ha encendido su conciencia. Nada de lo creado se apaga, todo fue creado con sentido y será eterno, aunque, desde luego, se transforme en un ser superior. El misterio de los tiempos y los plazos de esta creación que se desarrolla sólo lo conoce Dios.
También en los seres no humanos, en los animales y en las plantas, y en los seres no vivos, Dios ha puesto la tendencia hacia Él. A los animales les dio una especie de nivel previo de la conciencia, un presagio del pensamiento. Tras la caída en pecado, Dios se entregó a sí mismo, asumió la forma de siervo y recorrió la tierra, cargó sobre sí con el sufrimiento y la culpa de los hombres, y los redimió. A través de Cristo, Dios se regaló al mundo, y en él, hizo que el mundo tocara al mismo tiempo su finalidad.
Dios maldijo el pecado. La existencia del pecado es en su sentido incomprensible para el hombre. Pero Dios no maldice al hombre pecador, sino que, en su amor infinito, siempre está a su lado si aquél está dispuesto a volverse de nuevo a Él. Dios llama a sí a todos los hombres, también a los peores pecadores. Sólo cuando el hombre no escucha esta llamada y se resiste a ella se depara a sí mismo el infierno, el cual, sin embargo, sólo es eterno si el hombre lo quiere para sí. La alegría por un pecador arrepentido es incomprensiblemente grande. Dios perdona todo pecado, por muy grande o terrible que haya sido, sólo con que el hombre no cese en su sincero arrepentimiento. Dios es infinitamente más amoroso que cualquier hombre.
Sin embargo, Dios es también el juez severo, y es terrible caer en sus manos vivas. Su justicia rebasa todo lo terreno, de modo que no somos capaces de comprenderla. Sería falso pensar por eso que Dios es cruel o incluso malo. Sólo para nuestra capacidad de concebir no hay identidad entre su justicia y su amor. Dios es el omnisciente y el veraz, que no miente ni mentirá. Él conoce de antemano el destino definitivo de los hombres y de todos los seres.
Dios es la belleza infinita, que es idéntica al ser perfecto. Pero nada se aproxima más a la esencia de Dios que la definición de que él es amor (gracia). Si de alguna manera nos imaginamos que su amor es menor al que un hombre es capaz siquiera sólo de concebir, entonces estamos aún muy lejos de la verdadera idea de Dios. Su amor es inagotable y ningún pecado humano puede extenuarlo. Nos ama a cada uno de nosotros con un amor que rebasa toda posible representación, incluso cuando pecamos y en nuestro pecado.
Cuando Dios, en su inescrutable designio, creó el mundo, previó también la caída en pecado, el sufrimiento, la muerte y el pecado. Y sin embargo, dijo de su creación que era buena. El sentido de Dios rebasa el pensamiento humano del sentido de tal modo que no somos capaces de concebirlo. Pero Dios ha puesto en nosotros la ley moral, para que seamos dichosos cumpliéndola. Con ello, nos ha mostrado un camino claro. Pues Dios es la alegría, y quiere la bienaventuranza de los hombres. En la síntesis universal del amor y de la alegría, nuestra alma, si se ha hecho digna de ello mediante la purificación, se enlazará con todos los demás seres y con Dios. Sin perder su personalidad, en el inmensurable mundo divino del amor contemplará cara a cara a Dios, que la despertó al amor y al conocimiento amoroso.
Aquí sólo podemos exponer el concepto
filosófico que Dostoievski tenía de Dios, en el que, como se aprecia, entran de forma muy fuerte doctrinas cristiano-ortodoxas de fe. Una exposición de la religión de Dostoievski tendría que arrancar de más lejos y abarcar más. Nos conformamos con haber conducido, a partir del aspecto filosófico, hasta aquel lugar donde la iluminación de la fe es tan fuerte que el tratamiento filosófico pierde su legitimidad. Que unas palabras de Dostoievski nos señalen la nueva tierra que abre la fe del alma: “Si no tuviéramos una autoridad en la fe y en Cristo, nos extraviaríamos en todo.”