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LOS DEMONIOS
DE DOSTOIEVSKI COMO EXPLICACION HOMEOTÉTICA DEL NIHILISMO

(2002)


En 1880 anotó Dostoievski sobre el tema del „nihilismo“: „El nihilismo ha aparecido entre nosotros porque
todos nosotros somos nihilistas“. Para explicar cómo hay que entender esto tenemos que arrancar de más atrás.
Cuando hace un tiempo se aprobó definitivamente la moneda del euro, en la televisión se veía una cinta corredera sobre la que discurrían monedas de euros. Esto era una imagen de gran fuerza simbólica de aquello bajo lo cual se ha unificado Europa: el dinero. Ahora bien, pertenece a la esencia del dinero el ser, frente a las mercancías concretas, su contravalor abstracto
equivalente. Quien tiene dinero, cuando gasta una cierta suma posee algo concreto, pero que puede ser cualquier cosa. A su vez, en virtud de este valor abstracto, a aquel que sólo posee mercancía concreta el dinero lo vuelve dependiente de él, porque con dinero se puede manipular y por tanto ganar más fácilmente que con meros bienes de cambio.
Esta situación de dominio le ha brindado al dinero la posición que antiguamente había tenido el cristianismo, y representa, así lo afirmo, el nihilismo que nos gobierna a todos nosotros. Para advertir esto hay que distinguir entre el valor propio, que determina a la conciencia, y el valor de realización, que en el caso señalado representa de modo abstracto y general el dinero. Habiéndose olvidado cada vez más el valor propio, el valor de realización ha pasado a ocupar cada vez más el puesto
del valor por antonomasia.
Con el comienzo de la modernidad sucedió en la cristiandad la gran apostasía del Dios único y de Su santa voluntad. Se abrió la puerta a una nueva forma de politeísmo, pero se evitó oportunamente su nombre. En la filosofía superior, aquella que aparece como un sistema total, este retroceso se anunció primero en Spinoza. En su sistema, que sólo conoce un haz de atributos en lo infinitamente infinito, llamado Dios o naturaleza, los Eloha se convierten de nuevo en Elohim: un número finito de infinitudes que caen todas ellas de igual modo bajo una necesidad férrea. Aquí, la transformación en la representación de Dios todavía estaba hábilmente solapada, pero en lo sucesivo se avanzó paulatinamente hacia una elevación de la naturaleza como principio primigenio. Por cuanto concierne al ámbito germánico quiero traer a la memoria sólo a Herder y a Goethe. Jacobi, que introdujo por vez primera en la controversia el término clave „nihilismo“, destapó el progreso del spinozismo, que se iba deslizando ocultamente, y se enfrentó a él con todas las fuerzas espirituales de que disponía. Hallándose ya embarcado en una controversia pública con Mendelssohn sobre esta cuestión, experimentó, en una concreta proximidad a Goethe, su amigo de juventud, adónde tenía que conducir un spinozismo aplicado en la práctica de manera consecuente. El filósofo de Düsseldorf lo mostró de modo ejemplar en una
creación poética: el Allwill.
En ello, el nombre de Allwill es ya la palabra para el asunto: Allwill lo quiere todo simultáneamente, quiere realizar en sí mismo y en su vida lo irreconciliable. Se entrega conscientemente a su naturaleza, aceptada sin censura como „buena“, „la cual exige que [él] deje despertarse en sí toda capacidad, que haga palpitar en sí toda fuerza de la humanidad“. „Él arriesga su
todo en la consecución de cada fin [...]. Si alguien quiere conseguir algo de él, entonces consigue de él nada menos que su vida entera.“ „Actúa como un poseso, a quien apenas en ningún caso le es permitido obrar según arbitrio. Un carácter terrible. ¡Y qué engañoso, cuando hace propios la belleza y el bien tan sólo por propio placer!“ Lucía, a quien él arrastra a la perdición, le escribe en su última carta: „A quien le conoce a usted a fondo, a menudo tiene que parecerle asombroso que usted no se haya convertido ni en un ángel de la virtud ni en un satanás del vicio. Lo absurdo de su ser contradice todo concepto. Sensualidad desatada y contención estoica; ternura femenina, el delirio más extremo y el coraje más frío y la fidelidad más firme; pensamiento de tigre y corazón de cordero; presente en todas partes, pero jamás en un sitio; todo, pero jamás algo.“ La mezcla de lo heterogéneo y lo contrario conduce finalmente a Allwill a que „la intuición, la contemplación y la sensación de todos los tipos ya sólo son devorados incesantemente y pierden para sí todo poder y derechos naturales, a causa de una autorreflexión crecida hasta la máxima habilidad, a causa de la presencia del espíritu y de la contención interior, que jamás abandonan a los héroes de este género, ni siquiera en la más agria congoja de la pasión. El hombre entero, en su dimensión moral, se ha convertido en Poesía, y puede sucederle que pierda toda verdad y ya no quede en él ninguna fibra honrada. La consumación de este estado es un auténtico misticismo de la animadversión a la ley y un quietismo de la inmoralidad.“
Con el hallazgo de este carácter, Jacobi elaboró preconfigurándolo el rasgo específico del nuevo politeísmo: los Allwill no son lo que son merced a influjos externos, sino que quieren con toda conciencia ser polivalentes y operar con este polifacetismo para así potenciar su vida.
A una versión ejemplar tal de una determinada posición espiritual en una forma concreta y en la figuración que resulta de ésta, la llamo una homeotesis. Después del planteamiento de Rousseau en la
Nouvelle Héloise, en la modernidad le fue concedido a Jacobi expresar paradigmáticamente un principio decisivo tanto de modo puro en su carácter de principio como también en lo concreto, es decir, a la vez en filosofía y en poesía. Necesariamente resulta que una idea efectiva captada de esta manera tenga también su correspondencia en la historia general, cosa que por lo demás Jacobi también pone de relieve en los „Desahogos de un pensador solitario“, incluidos en el Allwill y que pertenecen por entero al desarrollo global de la realidad de Allwill, concretamente a propósito de la ejecución de Luis XVI, que él interpreta desde Lear y desde Edipo. Ahí se habla también del „demonio convertido en legión“.
A la concepción del
Allwill y a la explicación de lo que significa el spinozismo les siguió en 1799 la carta de Jacobi a Fichte. Aquí no podemos detenernos en ella en detalle. En otro lugar he demostrado que Jacobi confunde ahí la posición de Fichte, que en verdad parece otra, con la de Schelling, y que en esta medida está combatiendo a Schelling. Para entender este rechazo hay que atender a lo que había sucedido por medio de Schelling: si el spinozismo fue a un tiempo un naturalismo encubierto, este naturalismo aparece abiertamente por vez primera en la concepción schellinguiana de la identidad. El pensamiento principal era que, en el conjunto de la realidad, al camino del espíritu hacia el desarrollo de la naturaleza le corresponde en equivalencia un proceso que discurre en sentido contrario de la naturaleza hacia el desarrollo del espíritu. En una determinada etapa del desarrollo de la naturaleza, ésta se transforma en conciencia. El desarrollo en su conjunto discurre no obstante en una única dirección: el camino específico de la inteligencia es sólo la continuación del proceso que ya ha comenzado en la naturaleza, y está por tanto fundado naturalmente. Con esta doctrina de la identidad entró en escena a comienzos del siglo XIX muy puntualmente el materialismo, aunque aparentemente sólo como momento parcial. Jacobi lo advirtió en seguida, así como que esto significaba un paso lógico más allá de Spinoza. „Poco faltó para que una transfiguración tal [...] se hubiera dado ya con Spinoza. Su substancia, que subyace de igual modo tanto al ser extenso como al ser pensante enlazando inseparablemente a ambos, no es otra cosa que [...] la propia identidad absoluta del objeto y el sujeto, [...] la materia única de dos seres completamente diferentes.“ No es casual ni deja de tener las más graves consecuencias para la moral que esta filosofía sea una doctrina de la indiferencia. Arrojarse al gozo de la naturaleza y a la completa liberación de la voluntad de motivos sensibles son para Schelling, que tomó este pensamiento de Hölderlin, algo equivalente, es decir, de igual valor, indiferente. Aquí, „en el lugar del Dios viviente se ha puesto una generalidad“ suprema totalmente heterogénea. „Bien por el hombre que siente constantemente la presencia de Dios [...]. Quien con mano pervertidora osa tocar la santa [...] sencillez de esta fe es un enemigo de la humanidad.“
Es obvio que Jacobi captó a fondo la conexión entre la polivalencia intencional de Allwill y de Goethe y el indiferentismo moral de Hölderlin y de Schelling. Habiendo recorrido la otra mitad, con la que se había equiparado el tránsito de la naturaleza al espíritu, hubo de llegarse, a través de Schopenhauer, al materialismo. Aquí habría que mostrar además –pero no dispongo de tiempo para ello– cómo los sistemas que en apariencia reúnen el recorrido de la naturaleza y el recorrido del espíritu en un único recorrido de tipo superior –como hace Hegel con el desarrollo del concepto o Marx con la consumación del género– no pueden rebasar en ningún caso el marco de la indiferencia puesto por Schelling.
Tras estos preliminares vayamos a Dostoievski. Es posible que conociera el
Allwill; la concordancia incluso en consecuencias lejanas es demasiado llamativa como para que se haya de creer en una coincidencia meramente casual. Pero tal filiación histórica no está demostrada. Pero aún en caso negativo, de tanto más peso es la coincidencia en la interpretación del fenómeno. Pues si Dostoievski no conoció la novela de Jacobi, entonces la interpretación del nihilismo característica de ambos pensadores se ha producido dos veces, la una con independencia de la otra.
En primer lugar hay que apreciar las circunstancias históricas. Fue justamente aquella carta a Fichte de 1799 donde Jacobi tachó la doctrina de la indiferencia de „nihilismo“, introduciendo con ello en el debate una palabra de graves consecuencias. En Rusia, la filosofía y la poesía de Jacobi las conocieron primero los eslavófilos, pero más adelante también Turguenev se orientó en Jacobi para la concepción de su novela
Padres e hijos. Pero eso sucedió en un momento en el que en Rusia había aparecido ya el movimiento político del „nihilismo“. Decisivo para su surgimiento fue el „Catecismo de la revolución“ de Netschaiev. Pero las ideas expuestas y las concepciones tácticas que hay ahí no son pensamientos originales de Netschaiev; más bien él se basó en un genial concepto táctico cuyo creador fue Weißhaupt y que ya a finales del siglo XVIII había conocido una considerable aplicación práctica en la Liga de los iluminados. La estrategia de los iluminados consistía en tratar de que los miembros de la liga secreta ocuparan los puestos directivos en el Estado y en la sociedad para de este modo conquistar los puestos de mando del poder político. Con ello debía prepararse una nueva forma superior y anárquica de convivencia humana. La Liga llegó a poder operar gracias a una organización rígida y refinadamente ideada. Con una serie de medidas sus miembros eran puestos en una situación de dependencia casi inquebrantable. De cada miembro se exigía una autoinculpación por escrito, la realización de actividades criminales, servicios de espionaje sistemático e informes escritos mensuales sobre actividades dirigidos a superiores desconocidos. Los miembros eran fusionados en grupos pequeños que sólo conocían a su superior, de modo que la orden no podía ser destruida en su totalidad a causa de una traición. Este concepto práctico Netschaiev lo radicalizó en un doble aspecto: amplió la criminalización a asesinatos políticos que había que cometer a instancias de la orden y limitó el objetivo de la „Liga de los nihilistas“ exclusivamente a la destrucción de la sociedad establecida, puesto que la explicación del fin positivo requeriría demasiado tiempo. A través de la destrucción total se constituiría ya enteramente por sí misma una insospechada forma de vida nueva y superior. Como muestran en Los demonios todos los sucesos que se refieren a esto, Dostoievski conocía con exactitud este programa y en la novela expuso los incidentes como una aplicación de estas reglas e ideas.
Ahora bien, lo que hay que advertir en la concepción de Dostoievski es que este nihilismo político no lo considerara sin más como
el nihilismo en general, sino que lo reconoció como una de las formas posibles del nihilismo filosófico. Piotr Verhovenski es sólo una de las personas inspiradas por el nihilismo de Stavrogin, que trata de realizar sólo una de las formas posibles de este pensamiento.
Con esto llego al segundo término específico con el que he caracterizado la interpretación dostoievskiana del nihilismo. Su obra es una explicación de esta idea. La máxima fuerza de Dostoievski reside en el poder de su configuración
poética, por detrás de la cual queda incluso su potencia artística, que pese a todo también es a su vez considerable. La tarea del escritor es percibir en toda su profundidad una idea decisiva y determinadora de la humanidad, para luego realizarla de modo concreto en una historia global en la que los personajes concretos se mueven como planetas y lunas en relación con el cuerpo central. La exposición de una idea tal obtiene una significación enteramente especial cuando aquélla aparece como nueva en la humanidad, y éste fue justamente el caso con la idea del nihilismo.
En el desarrollo concreto, esta idea se cristaliza en toda su profundidad en una figura central: en el caso de
Los demonios, en Stavrogin. A su vez Stavrogin genera satélites, como Verhovenski, Shatov, Kirillov, etc.; luego, igual que lunas, constela relaciones de lo femenino hacia él: así ocurre en el caso de Matriosha, María Timofeievna, la esposa de Shatov, Lisa y Dasha. De modo mediato, los pensamientos y las acciones de estos personajes se entrelazan con arreglo a la ley de la cual arrancan, en concreto la relación con Stavrogin. Del conjunto de todo esto resulta la historia de la novela en su desarrollo consecuente. Esto es lo que he tratado de designar con el término „explicación“.
En la configuración de Dostoievski, Stavrogin es la manifestación
consecuente de la actitud de polivalencia, que antes caracterizamos, en su desarrollo esencial correspondiente. Cierto que el antiguo politeísmo consistía también en que se estaba sujeto a muchas fuerzas irreconciliables, y en su entramado se trataba de conquistar el poder supremo por medio de ellas, pero esto sucedía siempre en forma conductora de un dejarse arrastrar por estas fuerzas. El politeísmo moderno, por el contrario, parte del pensamiento de la libre manipulación de estas fuerzas. „Saber es poder“, según expuso uno de sus representantes, el filósofo de la inducción, en su formulación más concisa: Bacon.
Si este saber fuera meramente teórico sería del todo indiferente, si es que nuestra intencionalidad, nuestro querer, no estuvieran referidos legalmente a lo que existe de una forma que, en último término, está determinada por éstos mismos. Pero por eso el resultado de cualquier inducción queda determinado por nuestras intenciones; y de ahí, en caso de un control insuficiente, surge la ideología, es decir, una concepción en último término sólo hipotética al servicio de unas pretensiones no acreditadas y por su parte tampoco legitimadas que, precisamente bajo el presupuesto del politeísmo, tienen que ser irreconciliables y contradictorias. Pero lo esencial de la actitud moderna consiste en no ceñirse a los resultados de la inducción, sino en que, para conseguirlos y con ayuda de ellos, se experimenta y se manipula la realidad. Como no se puede ocultar la hipoteticidad fundamental de los presupuestos teóricos, supuestos meramente arbitrarios obtienen en cierto modo el mismo rango que aquéllos, y más aún las diversas intenciones prácticas, aquí incluso no acreditadas, con las que ahora se experimenta sobre una base igualmente hipotética y que se manipulan con una maestría semejante a la de los iluminados.
Stavrogin es la figura central de
Los demonios, es decir, de la „legión“ generada por él. Aparece –y esto es de una importancia infinita– en un mundo sin padre. Su educador sólo es capaz de transmitirle un mundo irreal de ilusiones románticas. Midamos toda la distancia respecto de la conciencia de la Antigua y de la Nueva Alianza, así como también respecto del Islam, donde la omnipresencia y la voluntad de Dios lo determina todo. Stavrogin dispone de nobleza, de formación, de posición y de una riqueza incalculable, esto es, como antes dijimos, de la posibilidad de innumerables realizaciones arbitrarias. La naturaleza le ha dotado de una inteligencia desacostumbrada y dispone de una „fuerza sin límite“, unida a una osadía extraordinaria. La pregunta es qué puede resultar de ahí en nuestro mundo moderno bajo el supuesto de la falta de padre y de la „ausencia de ley“.
La cuestión de la relación con el padre ocupó en lo fundamental a Dostoievski, así como a muchos de los grandes escritores de la modernidad. El último que logró realizar concreta y poéticamente la imagen positiva del padre fue Ariosto con el emperador Carlo Magno en su
Orlando furioso. Dostoievski lucha con este problema hasta el final de su vida. Versilov y Fiódor Karamázov son intentos por esta vía.
En
Los demonios aparecen diversas soluciones sustitutorias para resolver este problema: así, Stavrogin, al igual que el zar Dimitri –quien, tal como lo ha concebido correctamente Puschkin, engaña conscientemente, y no es sólo alguien que se tiene erróneamente por el zar–, debe convertirse en el caudillo secreto y rodeado de misterio del movimiento revolucionario, para sujetar a las masas descontroladas. Pero él siempre puede ser sólo usurpador, nunca señor legítimo. Por otro lado, en un último arranque religioso destella por un momento la posibilidad del starsismo.
Tras una primera fase juvenil todavía indeterminada y oscura, Stavrogin se desarrolla rápidamente en una dirección determinada y previsible. En primer lugar, con las posibilidades que tiene dadas da rienda suelta a su fuerza inusitada y a su „sensibilidad animal“. Se comenta que „el joven comenzó de improviso a vivir escandalosamente. [...] se hablaba de cierto desenfreno salvaje, de personas atropelladas por los caballos que montaba, de su conducta brutal con una dama de la buena sociedad con quien había estado en relaciones y a quien después había insultado públicamente. Algo repugnante había, sin duda, en este asunto. Como si ello no fuera bastante, se afirmaba que era un matón que insultaba y provocaba a la gente por el mero gusto de insultar. [...] Pronto llegó la cruel noticia de que [...] se había batido en duelo dos veces, en rápida sucesión, que en ambas había sido el culpable, que había dado muerte en el acto a uno de sus adversarios y mutilado al otro“. Gracias a sus relaciones como oficial de escolta consigue con esfuerzo que sólo se le degrade a soldado raso, pero merced a su valentía pronto vuelve a ser ascendido.
Todo esto todavía puede conceptuarse como las acciones disparatadas del príncipe Henry (en el
Falstaff de Shakespeare). Pero el desarrollo de Stavrogin llega decididamente más lejos. Sondea sistemáticamente lo que puede permitirse frente a la sociedad; se abre paso rápidamente a las posiciones espirituales determinantes de la humanidad. Llega a saberse „que ha viajado por toda Europa, que había estado incluso en Egipto y en Jerusalén; después se había embarcado en una expedición científica a Islandia. Luego se dijo que había estudiado un invierno entero en una universidad alemana“. En Génova participa en una posición no insignificante en los planes de acción de la internacional.
Pero en ninguna parte alcanza una convicción sustentante. „Jamás perderé la razón“, dice más tarde, „y nunca podré creer en una idea en la medida en que cree [Kirillov]“. Y éste dice de él: „Cuando Stavrogin cree, no cree que crea. Pero cuando no cree, no cree que no crea.“ Fichte expresó esto una vez así: en nuestra época toda idea espiritual tiene ya sólo un significado simbólico; ya no es una fuerza que determina inmediatamente la vida, sino que degenera en una actitud ajena que se aprende y se imita. Y en el prólogo del
Allwill escribió Jacobi: „Lo que tiene la hipótesis de inverosímil, se ve compensado con esto: no deber creer según un auténtico entendimiento; y: no creerlo según un auténtico entendimiento casi resulta por sí mismo a causa de lo inverosímil de la hipótesis.“
Desde luego que esto repercute en el modo como Stavrogin conduce su vida. Debilitado como Hamlet por esta pérdida de una base fija, ya no puede encontrar ningún principio vital determinante. Ha perdido la conciencia del carácter absoluto de la exigencia moral –dicho en términos religiosos: la voluntad de Dios–, más aún, él se ha despojado intencionadamente de ella: „Realmente hay que ser un gran hombre para poder mantenerse firme incluso contra el entendimiento sano“, dice de sí mismo.
Simultáneamente con esta „liberación“, Stavrogin se conquista todas las posibilidades sociales que hay abiertas. En caso de necesidad representa una actitud noble y perfecta, pero, a la inversa, se adentra de modo inesperado para todos en la sociedad más depravada. „Se averiguó que andaba en extraña compañía, relacionado con la gente maleante de la capital, con funcionarios andrajosos, con militares retirados que vivían de limosna, con borrachos; que visitaba a sus miserables familias, que pasaba días y noches en oscuros tugurios y en sabe Dios qué guaridas, que se rebajaba y envilecía y que, por lo visto, se complacía en ello“. Aquí encontramos pues la misma actitud polivalente tanto hacia una determinada actitud espiritual como respecto de una sociedad determinada. En la célula revolucionaria se encuentra tan perfectamente en casa como entre los más altos aristócratas conservadores de Petersburgo.
Nada es capaz de darle un suelo firme, porque él tampoco lo quiere. Las consecuencias son una indiferencia completa frente a los requerimientos sociales, un odio que piensa en la destrucción, y finalmente el escarnio. El matrimonio en el submundo petersburgués con María Timofeievna, la „idiota inválida y coja“, igual que los planes de bigamia, nacen en él como reto a la sociedad, como cuando en el club arrastra repentinamente al terrateniente Gagarin tirándole de la nariz o cuando en una conversación confidencial con el gobernador le muerde la oreja. Sus ideas conductoras para la destrucción total de la sociedad establecida se las ha inyectado a Piotr Verhovenski, al cual dominan de modo totalmente exclusivo y quien las pone en práctica sin titubeos. „Escuche, Stavrogin“, le expone a éste en cierta manera sus propias ideas, „todo prurito de educación es ya un prurito aristocrático. En cuanto un hombre se enamora o funda una familia siente ya el deseo de propiedad privada. Nosotros acabaremos con este deseo; recurriremos a la embriaguez, la calumnia, la delación; recurriremos a la depravación más extremada; estrangularemos a todo ingenio ya en su infancia. Reduciremos todo a un común denominador, e impondremos la igualdad completa“. „El maestro que se ríe con los niños sobre el Dios de ellos y sobre su cuna es ya uno de los nuestros. El abogado que defiende al asesino instruido porque tiene más cultura que sus víctimas y tuvo que matarlas necesariamente para agenciarse dinero es ya uno de los nuestros. Los escolares que matan a un campesino por el escalofrío de matar son de los nuestros. [...] ¿Se da cuenta de la mucha gente que vamos a captar con unas cuantas ideas fabricadas al por mayor? [...] el crimen [...] ya no es demencia, sino sentido común, casi un deber y, cuanto menos, una noble protesta. [...] Ahora son indispensables una o dos generaciones de libertinaje. De libertinaje monstruoso, procaz, del género que hace de un hombre un bellaco asqueroso, cobarde, cruel y egoísta. ¡Eso es lo que se necesita! Y además un poco de „sangre fresca“, para irnos acostumbrando.“ Repetidamente aparecen en esta novela las palabras de los „cien millones de cabezas“ que hay que cortar, palabras que en nuestro siglo se han cumplido de modo tan terrible. „Proclamamos la destrucción“, exclama entusiasmado Piotr Verhovenski, „porque es una idea fascinante“. „Y en esos mismos grupos [de cinco] le encontraré a usted individuos tan dispuestos a todo que se alegrarán de enzarzarse a tiros y hasta lo tendrán a mucha honra. [...] Rusia se verá sumida en las tinieblas, la tierra llorará por sus antiguos dioses.“
Al comienzo he comentado cómo el dinero representa el contravalor abstracto frente a bienes concretos muy diversos. Permite una disposición mucho más voluble sobre lo concreto, de lo cual, pese a todo, es supuestamente su equivalente. Con base en él se desarrolla el comercio, es decir, operaciones en último término abstractas y que transcienden todo lo concreto. Pero con ello, al mismo tiempo, ante el dinero los bienes concretos se vuelven indiferentes, equi-valentes; para aquel que los considera sólo desde el dinero pierden todo valor específico. La consecuencia es nuestra actual –no comunidad de valores, sino:– comunidad de valores arbitrarios, que comercia con todo, pero absolutamente con todo.
Pero el programa revolucionario de Verhovenski es sólo un único ejemplo del camino posterior que Stavrogin ha emprendido: él manipula esta realidad de valores arbitrarios, experimenta con ella. Insufla a sus adeptos ideas que para él ya no tienen valor propio alguno para ver qué resulta de ellas. Kirillov es en cierta manera el resultado de su magisterio científico, Piotr Verhovenski el de su esbozo de un programa revolucionario, Shatov el de una eslavofilia instrumentalizada. Mientras que sus portadores creados de este modo „devoran“ estas ideas, para Stavrogin jamás pueden llegar a ser ya convicciones. Observa con el interés de un investigador científico qué es lo que resulta de sus experimentos.
De la misma manera se ensaya Stavrogin también con las mujeres. Se casa con María Timofeievna, que vegeta en los ambientes depravados de la gran ciudad: „El pensamiento de la boda de Stavrogin con esta criatura desdichada“, confiesa, „hacía vibrar mis nervios“. Más adelante, en Suiza, cuando vuelve a moverse en la alta sociedad, le arrebata „el deseo rabioso de una bigamia“, que se intensifica hasta una „pasión desencadenada“, aunque sabe que no puede amar a Lisa, a quien desea como esposa. Hacer pública luego esta bigamia acentúa aún la delectación. Al mismo tiempo la mujer de su discípulo Shatov espera un hijo suyo. Aparte de esto, todavía se reserva la relación con Daria, la hermana de Shatov, que le ama y a quien él llama irónicamente „su enfermera“, y por eso impide que se case con otro. Finalmente, por una única noche de amor a la que la ha inducido seduciéndola, destruye la vida de Lisa, la señorita romántica de la alta sociedad.
Una madre ideal tal como Jacobi la ha configurado en la Sylli del
Allwill, una muchacha capaz de un amor verdadero y moral como la Tatiana de Puschkin, son imposibles en el mundo de Stavrogin. Su relación con la mujer consiste en el asesinato de la naturaleza femenina.
La manipulación de todas las ideas y relaciones humanas conduce en su resultado a un completo inmoralismo. Su sentido para la consecuencia estricta conduce a que Stavrogin avanza hasta el resultado último del politeísmo que él practica no a través de un rodeo, sino por el camino directo. Aquellas engreídas palabras de Kant de que se comprometía a construir a partir de auténticos demonios una república que funcione, „sólo con tal de que sean racionales“, jamás fueron tan vergonzantemente castigadas. Stavrogin
es precisamente altamente „racional“, en tanto que sólo apura el goce de su propia vida. El rodeo a través de la realización de una revolución, de la coronación como zar y de modos semejantes, queda excluido para él. „Si Dios no existe todo está permitido“, y entonces el ser racional hace de su vida y con su vida lo que es posible. Un Lenin o un Nietzsche, por ejemplo, serían para él, como lo es el decabrista Lunin, „gallinas lastimeras“. Él no es un soñador, tampoco un soñador social. „El mal era en él [...] frío y tranquilo, o si me puedo expresar así, racional, y por tanto lo más deplorable y lo más terrible que pueda haber jamás“.
Tras haber deshonrado a la pequeña Matriosha y haberla empujado al suicidio, el temperamento moral de Stavrogin cristaliza definitivamente: „Aunque en mi interior sentía mi propia infamia, no me avergonzaba de ella. Mientras estaba sentado tomando el té y charlando, por vez primera en mi vida me formulé para mí mismo, con toda su fuerza, el conocimiento de que para mí no existen el bien ni el mal, de que yo había perdido el sentido para tal distinción, e incluso que no hay en general ni bien ni mal (esta idea me resultó agradable) y que todas esas cosas no son más que un prejuicio.“ „Aún soy capaz,“ confiesa en su carta de despedida a Daria antes del suicidio, „igual que lo he sido siempre, de desear hacer un acto bueno, y en ello experimento placer; pero al mismo tiempo también quiero algo malo, y en ello también experimento placer. Pero tanto un sentimiento como otro son siempre demasiado pequeños y demasiado débiles“, a saber, para constituirse en la base sustentante de su vida. En todo es conscientemente el „falso zar“.
Fue Hölderlin quien en 1796 inspiró a Schelling la idea de la indiferencia entre posiciones absolutas que se contradicen. Según él, el hedonismo ilimitado y la realización de una libertad independiente de la naturaleza son posiciones absolutas equivalentes. Sin dejarse confundir por el ornato estético, Dostoievski captó a fondo lo que ha de resultar de ahí en caso de una ambivalencia consciente y deseada: la voluntad de libertad moral, al cabo, será motivada simultáneamente por impulsos hedonistas, y arrojarse al placer será un acto determinado por la libre voluntad. Al lenguaje le falta una palabra para designar la desfachatez moral, impertinente y abismal de Stavrogin. Con desdén absoluto de la santa voluntad de Dios y su mandamiento, se permite ser y hacer todo lo que quiere.
Lo que quiere... Dostoievski ha mostrado aquí una posibilidad extrema que ni Goethe, ni Hölderlin, ni Schelling y ni siquiera Jacobi alcanzaron, porque ellos no conocieron lo verdaderamente religioso ni, por consiguiente, su realidad concreta. Dostoievski ha dado a Stavrogin este sentido para lo religioso, y por eso la antítesis al hedonismo naturalista no se llama libertad, sino santidad. Y Stavrogin lleva su ambivalencia intencional hasta la esfera de la pureza religiosa: en la novela se concretiza en su relación con María Timofeievna. Lo que él trata de llevar a cabo en y con ella en una ambivalencia experimentadora, Dostoievski lo designa con una expresión difícil de entender: „
nravstvennoe sladostrastie“, que literalmente se traduce como „voluptuosidad moral“. Es el intento de abusar y de pervertir, todavía en el ser moral, lo moral como objeto de deleite. Desde luego que lo verdaderamente religioso él no puede ni aniquilarlo en cuanto tal ni tampoco despojarlo de su alteza: desde la muerte de Jesús en la cruz eso es imposible. Pero aquí se trata de las consecuencias para el propio Stavrogin. María Timofeievna lo cala a fondo, lo desenmascara y lo condena: „El falso Dimitri fue maldecido en siete catedrales“.
Este anatema no le sobreviene desde fuera, sino que se realiza en todo su destino. El experimento con todas sus posibilidades le conduce hasta su última consecuencia: la pérdida de la identidad. Después de todo, para poder decidirse definitivamente por una de las posibilidades que él se mantiene abiertas, tendría que poder hallar una base sólida en algo: pero precisamente eso ya no lo puede, porque en virtud del simbolismo que él ha querido
todo ha cobrado un valor arbitrario, y en consecuencia ninguna posición es capaz de escapar ya de este hundimiento en la indiferencia.
Stavrogin no es superficial ni es „racional“ como el demonio que suponía Kant. El asunto no puede desembocar por tanto en la situación que se da hoy día en los Estados Unidos, donde de manera predominante sólo se quieren adoptar actitudes temporales y relativas que ya no conducen a ninguna identidad:
ethics, en lugar de la exigencia inapelablemente categórica de la conciencia. Su „animadversión a la ley“, junto con la consecuencia inapelable característica de él con la que sigue sus propios planteamientos, conducen a que ya no pueda hallar identidad alguna. La indiferencia devora a la identidad. Pues esta identidad tendría que ser también una identidad práctica, e incluso de manera prioritaria. Pero para la voluntad moral no hay ningún „tanto... como“: ella excluye toda „identidad“ hölderliniana semejante. En el mismo momento en que Stavrogin pierde el amor de Lisa, Piotr Verhovenski le apremia a asumir definitivamente el papel de caudillo en la lucha revolucionaria, pero todo lo que aquél puede decir es: „Vuelva usted mañana, quiero ver si para entonces he sido capaz de resolver algo“. Sin menoscabo de una fuerza de voluntad inconmensurable y de una inteligencia genial, su capacidad de decisión se apaga: como Verhovenski dice de él, es una barca podrida que sólo sirve ya para el desguace.
Como muy tarde en el actuar, todo hombre tiene que hacerse inequívoco, en tanto que se decide por
este actuar y le otorga la preferencia frente a todo otro actuar posible. Pero cuando todo se ha vuelto indiferente y ambivalente y se ha conmensurado con su contrario, entonces un hombre así pierde su capacidad de acción. Puesto que ya no es capaz de mantener un valor inequívoco, tampoco es capaz de decidirse realmente por nada.
No es casualidad que al comienzo de
Los demonios aparezca el poema de Stephan Trofimóvich sobre la visión de la construcción de la torre de Babel por fin terminada. El empeño por conquistar el cielo de esta manera resulta de modo consecuente de la recaída en el politeísmo. Fracasa a causa de la confusión de las lenguas, es decir, a causa de intenciones antagónicas insalvables. En Bab-el (es decir, la „escalera hacia Dios“) acontece exactamente lo contrario de la preparación de la casa de Dios (Beth-el) entre nosotros. La pérdida de toda univocidad es de suyo el anatema que se promulga a sí mismo y que cae sobre todo aquel que ha perdido la veneración ante la exigencia absoluta de Dios y que repudia y aún escarnece consciente y voluntariamente la voz inequívoca de la conciencia moral.