¿Quién fue
Mahoma según el Corán?
I
A los lectores musulmanes de
mi libro quiero asegurarles desde el principio que
considero el Corán como el escrito de una
revelación
enviada
verdaderamente por Dios a Mahoma, y que considero al
propio Mahoma como el último profeta (el sello de los
profetas) en la línea ismaelita.
Mi libro fue redactado inicialmente para lectores
críticos y científicos, a quienes tenía que guiar paso a
paso con argumentos concluyentes hasta el convencimiento
expreso, para hallar su aceptación. De este modo, en la
prosecución de los capítulos sólo puede poner de relieve
al auténtico profeta en la medida en que me lo hacía
posible la marcha de las explicaciones. Pero yo escribía
con la finalidad de que la verdad del enunciado
profético y su posición para la
historia de la salvación se hiciera evidentemente
indiscutible, y pienso que lo logré.
Con base en todas mis investigaciones y reflexiones,
parto de que el recitador del Corán fue un profeta
verdaderamente inspirado por Dios, la misma persona que
recibió el Corán por inspiración y que o se procuró ella
misma su redacción, o mandó escribirlo a adictos suyos.
(Ciertamente, en el sancionamiento otomano del texto
pudieron producirse modificaciones y añadidos de poca
relevancia.)
Este profeta vivió en torno al año 600 después de Cristo,
en los últimos decenios del siglo VI y en los primeros
del siglo VII en Centroarabia, en la zona de las ciudades
de la Meca y Yatrib. Anunció las revelaciones que le
había comunicado Dios y, con base en ellas, fundó una
comunidad de fe que hacia el final de su vida se propagó
mediante anunciamiento, negociaciones y guerra en Arabia,
sobre todo en el norte de la península.
No hay motivos suficientes para negar que esta persona
fue Mahoma. Ciertamente, esto no significa que todo lo
que se ha relatado de él después de su muerte haya que
considerarlo como históricamente garantizado. El modo más
seguro de proceder es planteando inicialmente como hecho
fiable sólo lo que está testimoniado en el propio Corán,
y así lo hago en mi libro. A partir de ahí, pueden
enlazarse y revisarse críticamente los relatos
extracoránicos sobre la persona de Mahoma con lo indagado
a partir del Corán.
¿Quién fue según el Corán el autor (nadeq) del Corán? En
cuanto a su pertenencia a un pueblo, era árabe: escribe
en árabe y subraya que, en calidad de miembro de este
pueblo, ha salido como profeta para éste. Por cuanto
respecta a su religión, puede decirse con seguridad que
no fue judío. Ya en una de las primeras suras se refiere
con repugnancia a la masacre de los cristianos a cargo de
los judíos en Najrán (sura LXXXV). Tampoco fue un
cristiano, aunque experimentara influencias cristianas.
Entre los cristianos, a quienes por lo demás designa
siempre como nasara (aunque según su biografía conocía
muy bien el nombre de “cristianos”),
distingue dos grupos: a quienes consideraban a Jesús como
“Hijo de Dios” y como “unido a
Dios” (Persona divina), como recaídos en el error:
rechaza a éstos y a sus maestros; pero a quienes no han
sucumbido a tal error les certifica que confiesan y
practican la única religión verdadera, el Islam (igual
que el verdadero israelita y el musulmán), y que su
“Evangelio” es una parte auténtica del
conjunto de la revelación divina. (Sin embargo, de la
sura deducimos que sólo conocía un único Evangelio,
concretamente el de los hebreos (el de San Mateo), y éste
en idioma hebreo y
en la traducción
árabe.)
En su religión, Mahoma era monoteísta estricto. Su vida
la dedicó, aparte de a la proclamación del Corán, a
combatir lo que se ha dado en llamar politeísmo
insuficiente, a saber, a los mushrikun, que asocian y
equiparan algo a la grandeza única de Dios: primero entre
los árabes, y en los dos últimos períodos de la
revelación que le fue comunicada también entre los judíos
y los cristianos (en la medida en que éstos últimos eran
efectivamente mushrikun). Entre los árabes que él combate
por infieles, hay que distinguir entre los paganos
contemporáneos y los que volvían a desviarse de la fe del
Corán. A los primeros Mahoma trataba de convertirlos, y
los últimos trataba de desenmascararlos y, o bien
llevarlos a la conversión, o bien excluirlos de los
monoteístas. Como se deduce del conjunto del Corán, a los
paganos no hay que imaginárselos como si no tuvieran
ninguna concepción de un Dios supremo (por encima de los
dioses equiparados a él). Cuando se les pregunta en
serio, una y otra vez testimonian que también creen en el
“Dios supremo”, pero justamente como en uno
que en su divinidad es asociado con otros seres (dioses,
ángeles, hombres, etc.). Podría decirse que son
ismaelitas degradados.
En suma, Mahoma como persona privada aparece en el Corán
como acuñado culturalmente por la Arabia adquisita
–en lo sucesivo lo llamaré un adquisito–, que
aunque no vivió en el territorio de esta Arabia adquisita
ni tampoco en la parte del país dominada por los persas,
sin embargo tenía su mismo nivel cultural. Eso concierne
a Mahoma como persona de la vida diaria. En la
inspiración, este mismo hombre se evidencia como
ismaelita puro. Sólo hace falta separar la revelación
estrictamente divina de aquellas otras proclamaciones del
profeta que se refieren a decretos ejecutivos que Dios
dejó a su arbitrio.
Aquí se dejará sin resolver la cuestión de la distinción
de la pertenencia estricta a la estirpe de los
“ismaelitas” (como ellos se llamaban a sí
mismos), los “agarenos”, etc., de la
pertenencia en función de la base de convencimiento de la
fe monoteísta. La población de la Meca era de procedencia
muy diversa, y Mahoma creció entre conciudadanos
heterogéneos tales.
En calidad de ismaelita, Mahoma, igual que el propio
Ismael, se veía a sí mismo como semilla de Abraham, y en
cuanto tal, como estando en una alianza formal (de
circuncisión) con Dios. Ismael era el hermano de Isaac,
y, en consecuencia, los ismaelitas se sentían
inicialmente como compañeros de estirpe y de alianza de
los israelitas descendientes de Isaac. Así pues, para
Mahoma como ismaelita era obvio que la auténtica
revelación comunicada a los israelitas también era
revelación determinante para los ismaelitas
y para
él (separando siempre los
decretos ejecutivos de proveniencia humana que hemos
mencionado). Pero de igual modo, para Mahoma son también
profetas las figuras de la línea ismaelita, como Houd,
Salih o Chuaib. A la inversa, es consciente de que los
israelitas no conocieron ni reconocieron a los profetas
ismaelitas.
En un primer momento, a un lector del Corán le puede
parecer que Mahoma sólo conoce un acontecer homogéneo en
la historia de la religión: a ritmo periódico, a las
revelaciones proféticas les sucede una apostasía de la fe
monoteísta, a la que sigue luego un Juicio de Dios. Si
sólo fuera así, entonces Mahoma sólo conocería una
historia cíclica. Pero no es así: más bien, a lo largo de
esta cadena de vuelta profética a Dios y de apartamiento
ateo o apostásico, sucede un desarrollo
específico y
singular, que encuentra su final
(provisional) en la profecía y actividad del propio
Mahoma. La singularidad resulta del acto de creación de
Dios, de la historicidad del hombre, y aquí,
especialmente, de la alianza perdurable de Abraham con
Dios y del gran Juicio que hay al final de la historia
universal. Dentro
de este marco
encontramos la cadena de profetas, desde Noé hasta el
propio Mahoma, el sello de los profetas. Un
acontecimiento singular en el desarrollo global
correspondiente es que Dios sellara una alianza con
Abraham a la que pertenecen tanto los ismaelitas como los
israelitas.
Gracias a la comunidad en la alianza, la historia de
Israel y de Ismael es una historia que se sale del
desarrollo del resto de la humanidad: la historia de los
hanafiyah. Dentro
de ella, y sin
que el profeta Mahoma tenga una conciencia reflexiva de
ello, ambas líneas muestran un contenido de fe diferente.
Ismael, expulsado al desierto antes del sacrificio de
Isaac, no conoce el sacrificio de Abraham e Isaac, y por
tanto se basa en la fe de Abraham (milla Ibrahim)
antes
de este sacrificio. Israel, por
el contrario, sabe de este sacrificio, pero no alcanza a
reconocer toda su significación y no transmite lo
suficiente el pensamiento del sacrificio.
La diferencia que Mahoma percibe claramente en el
desarrollo de los ismaelitas y los israelitas es que, en
la fe israelita, se ha producido una modificación.
Grosso
modo,
ésta se manifiesta en la escisión de Israel (en el
sentido estricto de la palabra) de Judea, que condujo a
la destrucción de Samaría, pero también al estrechamiento
espiritual del judaísmo. A partir de esta modificación,
Mahoma considera la comunidad de los ismaelitas con los
israelitas como ya inexistente. Los israelitas redujeron
inautorizadamente la fe de Abraham, la mezclaron con
elementos extraños, volviéndose con ello mushrikun. De la
mano de ello fue el apartamiento interior de los profetas
y de su doctrina específica (redentora), así como,
finalmente, la desaparición de ellos. El trágico final de
este desarrollo es que Israel no sólo rechaza a los
profetas verdaderos que Dios le envió: Sajarja, Juan y
Jesús, sino que incluso asesina a Juan y a Isa. (Mahoma
no advierte que el motivo más profundo es una asociación
de tipo enteramente peculiar, a saber, la de la sinagoga
con la verdadera religión abrahamita.) Pero justamente
estos profetas, porque eran profetas verdaderos, vuelven
a ser, sin influencia del judaísmo, profetas de Ismael,
porque en ellos no se encuentra ningún falseamiento de
fe. Es decir, para Mahoma, la cadena de los profetas
nunca fue interrumpida. Sin embargo, en relación con su
concepción de Isa, del Masih y de la palabra de Dios,
muchos cristianos se hicieron a su vez posteriormente
mushrikun: tomaron a Isa como “hijo de Dios”
(en el sentido físico de “engendrado por
Dios”), equiparándolo blasfemamente a Dios.
Sólo en los dos últimos períodos Mahoma topó seriamente
con el problema religioso de las dos religiones de
revelación: judaísmo y cristianismo. Para él, ambas son
religiones de escritura: la Tora y el Evangelio son
revelación auténtica de Dios, a saber, del libro
celestial, cuyas copias terrenas son aquéllos. En tal
medida, judíos y cristianos reconocen las Sagradas
Escrituras y son verdaderos creyentes, cuya relación con
los creyentes islámicos representa entonces un problema
que se puede resolver positivamente. Pero los mushrikun
de entre ellos hay que considerarlos y tratarlos de nuevo
como infieles. La fe de quienes no son mushrikun es la
misma que la del Islam (por cuanto respecta a la estricta
revelación divina, mientras que en las leyes de
aplicación aquéllos son distintos de éste y también entre
sí).
Es de la máxima importancia que Mahoma también conozca
sus límites dentro
del ministerio de
revelación y que los designe claramente. En el ámbito
temático, estos límites se refieren sobre todo a la
voluntad de Dios. Aunque la reconoce muchas veces en los
procesos de la historia israelita e ismaelita, sin
embargo esto es sólo un fragmento de la
voluntad global
de Dios, que atañe a toda la creación, y dentro de ésta,
no sólo a los hombres, sino también a los ángeles.
“No os digo: “Tengo las despensas de
Dios”, pues no sé lo desconocido; no os digo:
“Yo soy
un ángel”;
no digo a quienes vuestros ojos desprecian
que
Dios no les dará
ningún bien. Dios conoce a la perfección lo que hay en
sus almas. Si se lo
dijese, entonces estaría entre los
injustos.” (Sura XI, 31) En particular, Mahoma no
es capaz de desvelar el misterio de la caída del ángel.
“No tengo conocimiento de lo que
ocurrió en el Consejo Altísimo (es
decir, de los ángeles) cuando sus miembros
se
querellaron.” (XXXVIII 68)
Pero esto significa, en otras palabras, que Mahoma no
recibió ninguna iluminación sobre la constitución
fundamental de la creación. Constata la caída en pecado,
pero no puede explicarla de modo comprensible. Por lo
demás, es digno de consideración que, según él, la caída
en pecado de los ángeles no sucedió antes
de la creación
del hombre, sino por causa de
ella.
Dios creó al hombre de barro y exigió a los ángeles, que
son espíritus de fuego, que le demostraran a Su obra la
veneración debida. Un
ángel (Iblis =
diabolos) se negó, y Dios lo expulsó por ello del
ejército de los ángeles. Pidió a Dios poder tentar al
menos como ángel caído a los hombres hasta el final de
los tiempos, para que los injustos apostasiaran, y Dios
se lo concedió. Nuevamente, como él mismo declara,
Mahoma no
es capaz de
explicar por qué Dios permitió esto. Se ve que la
constitución fundamental de la creación es también un
misterio para él, y que para aclararlo no bastan sus
dones proféticas.
Pero Mahoma conoce a Dios como el que determina el
destino del hombre en su desarrollo (a diferencia de
Moisés), y ve que Dios guía a quien se abre por entero a
él, ciertamente que por caminos que no son cognoscibles
inicialmente, pero sí en su prosecución.
Del ámbito de su revelación forma parte la singularidad
de Dios y todo lo que viene dado con ello: nuestro
hallarnos ante este Dios omnipotente, ante su rostro;
nuestra responsabilidad ante él en relación con su ser
dóxico; la posibilidad y la realidad de la caída en
pecado y la posibilidad que de ahí resulta de culpa y
expiación. Mahoma dice una vez en la sura XXI:
“Sólo se me ha revelado que vuestro Dios es un Dios
único.” (v. 108) Todos los demás mandamientos, Su
veneración suprema, el rechazo tajante de toda
asociación, el deber de culto, resultan del primer
mandamiento. Un momento del todo esencial que se
establece en este ámbito es la interpretación de la
historia. Aquí hay que decir primeramente que Mahoma,
como todos los hebreos, entiende de modo distinto a los
paganos lo que es la historia, y no sólo lo que ella es
en cuanto historia de la salvación, sino también la
historia profana en la medida en que ella es revelación
de salvación. Por tomar sólo un ejemplo: su
interpretación de la acción histórica de Alejandro (sura
XVIII) es una de las más geniales de la historia
universal. Un rasgo principal de la historia es que,
desde Adán y Abraham, los hombres en su mayoría se han
apartado una y otra vez del camino de la salvación, que
Dios selló una alianza formal con Abraham, cuyas
obligaciones fueron constantemente desatendidas, tras de
lo cual Dios envió cada vez profetas para exhortar a la
conversión a los que están en la alianza, para
prevenirles del Juicio amenazante y para reconducirlos
por el camino de la justicia. Mahoma ve su intensa
anunciación del Juicio en este contexto histórico. Sólo
cuando sus esfuerzos por el despertar religioso se ven
coronados por un gran éxito, es decir, al final del
tercer período de la Meca (según la división de Göldeke),
la dirección y guía en la guerra santa se constituye en
el peso pesado de su anunciación. Ciertamente, siempre
dijo que no sabía el día ni la hora del Juicio. “Si
se alejan, di: Os he advertido por igual. Yo no sé si
está cerca o lejos lo prometido.” (XXI, 109)
“Te preguntan como si tú conocieses la hora.
Responde: Su conocimiento está junto a Dios. Nadie sino
Él la revelará en su momento.” (VII, 187)
“Entre los enviados no son ninguna novedad.
[…] Sólo digo lo que se me ha inspirado. Sólo
soy un amonestador explícito.” (XLVI, 9)
Mahoma delimita claramente el ámbito de sus tareas como
proclamador de una revelación: “Yo no soy más que
un advertidor y un albriciador para las gentes que
creen.” (VII, 188) Transmite la iluminación
profética que se le ha comunicado (XVI, 35, 88; XI, 14).
No se le ha encomendado ninguna vigilancia sobre los
creyentes: “Si se apartan, has de saber que no te
hemos enviado como protector suyo. No te incumbe más que
transmitir el mensaje profético.” (XLII, 48)
Tampoco tiene ninguna misión de defender a los
destinatarios de la revelación: “No te hemos
colocado sobre ellos como su guardián, pues tú no eres su
procurador.” (VI, 107) El encargo de Jesús de salir
a buscar a los hijos perdidos de la casa de Israel y
después a todos los pueblos, y de concederles salud y
salvación, redención de los pecados y la entrada en el
Reino de los Cielos, no es el suyo. No tiene enviados
(apóstoles) a su lado a quienes haya dado poderes plenos.
II
Parto del supuesto de que las suras del Corán tienen como
autor un redactor (nadeq) único. (Exceptuando sólo
la fatiha
(sura I), a la
que el propio Corán remite como una oración asumida.)
Es posible que durante o después de su redacción escrita
las suras experimentaran pequeñas modificaciones o
intercalados. (El propio redactor habla de que hizo
posteriormente determinadas modificaciones (X, 15).) Se
plantea la pregunta por de qué tipo pudieron ser éstas.
Distingo estrictamente entre las revelaciones que
“Dios comunicó” al redactor y las
instrucciones y leyes de aplicación que él mismo da en el
contexto de la revelación, o incluso claramente separadas
de él. Estas prescripciones son decretos del
hombre Mahoma, encomendados a él por
Dios, pero distintos de las revelaciones inmediatamente
divinas. Aquí me parece posible que prescripciones de
este tipo se añadieran posteriormente, tras la muerte del
redactor, o bien que fueran modificadas. Pero esto no
afecta al corpus
de la revelación
propiamente religiosa, y éste es el que importa
esencialmente en mis explicaciones.
Salta a la vista la unidad de la revelación auténtica
comunicada, inmediata, divina. De todo lo que nos ha
llegado transmitido de la época del Corán o
posteriormente, sabemos que ninguna otra persona sino
Mahoma fue capaz de proclamaciones proféticas semejantes.
Una vez asegurada así la unidad del nadeq, se plantea la
pregunta de quién fue él. Primeramente hay que decir: el
contenido de estas revelaciones sólo puede compararse con
el contenido de las más granes profecías en la historia.
La concepción de Dios que tiene el Corán es mayor que la
de la mayoría de los demás profetas dentro y fuera de la
línea abrahamita, y sólo la superan la de Abraham y la de
Jesús: ésta última, según propia confesión del recitador.
Como resulta de la comparación, nos hallamos ante una de
las mayores profecías en la historia de la humanidad. El
recitador del Corán es consciente de ello. Si uno mismo
no es destinatario de la revelación, hay que juzgar en
función de la comparación.
Las revelaciones del Corán se refieren del modo más
estrecho a las revelaciones anteriores de los profetas
israelitas, ismaelitas y cristianos, y guardan una
relación armónica con ellas. El redactor (nadeq) conoce a
sus predecesores y sus arrebatos. El conocimiento que el
Corán tiene de la Biblia es abrumador. En ningún otro
profeta puede constatarse uno que se le pueda comparar.
No debe molestar que el recitador diverja en algunos
pasajes de la versión transmitida en el Antiguo y en el
Nuevo Testamento. Con toda evidencia se basa también en
la tradición de los ismaelitas y “lee en el libro
celestial”.
El propio Mahoma distingue entre profetas y sabios
(maestros de la sabiduría) y las pocas personas que
fueron más que profetas, es decir, de un tipo superior a
él mismo: Abraham y Jesús. (¡También éstos fueron
profetas, pero justamente también más que eso!) Afirma de
sí mismo que es un profeta con el encargo determinado de
un mero profeta. Pero también reivindica el papel de
un nuevo
legislador
(legislador de los decretos ejecutivos) y de un caudillo
religioso (igual que Moisés), papel este último que ha
recaído sobre él, como resulta evidente desde el propio
Corán (cfr. las suras medínicas). Tanto más sorprendente
resulta que el nadeq no quiera ver su misión profética
limitada a esta tarea de caudillo religioso. Con ello se
diferencia de Moisés, y en esto lo supera. (No es casual
que en la sura XVIII encontremos a Moisés duramente
criticado, mientras que Abraham y Jesús no fueron
sometidos a una crítica tal.) Pero esto significa que el
recitador del Corán atibuyó a Abraham y a Jesús un rango
superior que a sí mismo. (Sólo critica
a los
intérpretes de Jesús que en su opinión
habían abreviado o invertido su mensaje.) Después de un
examen minucioso, hay que decir que esta autovaloración
es atinada.
Pues bien, ¿cómo se llamaba el proclamador de estas suras
114 y 115? Miremos primero al testimonio que da de sí
mismo. En las suras medínicas se llama a sí mismo
“Mahoma”; en la sura XLVII se llama
“destinatario de la revelación”; en la sura
III se llama “profeta”, igual que en la sura
XXXIII, sólo que ahí se llama adicionalmente “sello
de los profetas”. Según la sura LXI, 6, Jesús lo
anunció como el “Ahmad” (periklytos,
Paráclito, glorioso).
III
Investiguemos en primer lugar qué lugar se asigna a sí
mismo el profeta en su vida civil. Inicialmente se ve
como ciudadano de su ciudad. Qué otra cosa es éste sino
un mortal “como nosotros”, dice la gente con
razón (XXI, 3); “[Dice Dios:] No les dimos [a los
profetas] un cuerpo que no comiese el alimento ni fueron
inmortales.“ (XXI, 8) Este profeta come y bebe,
toma comidas como cualquier otro, y se da vueltas por los
mercados (XXV, 7). Por lo demás, también los profetas
anteriores a Mahoma fueron así (XXV, 20). Mahoma no tiene
poder sobre los servidores de Dios (XVII, 65). Dios le
encarga que les diga a sus conciudadanos: “Soy un
mortal igual que vosotros.” (XVIII, 110) Sus
conciudadanos dicen de él como profeta: “¿Por qué
no se ha hecho descender este Corán a un hombre
importante de una de estas dos ciudades [es decir, de La
Meca y Medina]?” (XLIII, 31).
Los ciudadanos de estas dos ciudades eran adquisitos de
la Arabia romanizada o helenizada. Permítaseme que los
llame así, en atención a la Arabia adquirida
(“Arabia adquisita”) en 106 por Trajano. En
aquella época, el emperador había
“anexionado” la tierra de los nabateos a las
provincias que ya eran romanas a lo largo del
Mediterráneo. Los nabateos pasaron a ser ciudadanos
romanos. En los siglos siguientes, también bajo el
dominio bizantino, el cultivamiento de los árabes se
amplió gradualmente. En un primer momento hubo árabes
aislados de la tierra limítrofe al este que pasaron a
desempeñar servicios romanos; a partir de ellos, se
constituyeron luego formaciones enteras. Las estirpes
árabes más allá de la provincia romana entraron en
contacto con ésta, y en parte se hicieron aliados. Con
ello, la cultura grecorromana penetró también en el
interior de Arabia, al menos en el oeste y en el sur de
la península. Sabemos por investigaciones y también por
viajeros que visitaron el interior de Arabia Saudita que,
en siglo VI después de Cristo, amplios territorios de
Arabia occidental estaban cristianizados (y eran
monofisitas), como testimonian las ruinas que han quedado
de iglesias. El país pasó a ser también zona de huida de
los judíos tras la destrucción de Jerusalén en el año 70
después de Cristo. Pero al margen de ellos, los
ciudadanos del país, en cuanto a su postura fundamental,
desde tiempos remotos eran ismaelitas: también los
beduinos. Pero su fe proveniente de Abraham se había
mezclado de muchas formas con el politeísmo.
La población de Arabia era una mezcla de politeístas
puros y de quienes, aun siendo politeístas, creían al
mismo tiempo en el Dios único y supremo. En el Corán se
expresa muchas veces, cuando Mahoma pregunta a los
mushrikun por el Dios supremo. Sus respuestas revelan
entonces que estaban convencidos de la existencia del
Dios supremo, pero que, de modo inconsecuente, adoraban
simultáneamente a otros dioses. Eso testimonia que la fe
ismaelita se había propagado predominantemente por toda
Arabia.
Se ha supuesto, e incluso se ha llegado a afirmar, que
Mahoma había sido inicialmente un rabino judío. Pero eso
puede excluirse con toda seguridad. “Antes de
recibir el Corán no recitaste ningún libro”, le
dice Dios”, “ni lo escribiste con la diestra.
De este modo, los adversarios quedan en la duda.”
(XXIX, 48)
Ya en una de las suras más tempranas (LXXXV) Mahoma
condena la abominable persecución de los cristianos por
parte de los judíos en Nachrán. En la sura XXX lamenta
que los persas hayan tomado Jerusalén, pero predice que
al cabo de algunos años tendrán que volver a abandonarlo.
“Entonces se alegrarán los creyentes del auxilio de
Dios.” (XXX, 1-5)
Al igual que los profetas anteriores, Mahoma fue tomado y
escogido por Dios de entre
su pueblo (II,
151; VII, 69), tal como Moisés lo había profetizado para
el futuro lejano (Deut. XVIII, 15). En el Corán se dice
que, cuando Mahoma quedó huérfano, Dios lo guió con mano
segura en esta situación.
Pero en todas estas declaraciones, el presupuesto
decisivo es que Mahoma está inspirado por Dios.
“Dios no ha hablado a ningún hombre si no es por
inspiración o desde detrás de un velo, o mandándole un
mensajero, a quien se le ha revelado, por voluntad de
Dios, lo que Él quiere.” (XLII, 51)
“¡Mi Señor sea alabado! ¿Soy yo más que un mortal,
que un enviado? ¿Qué les ha impedido a los hombres creer
cuando les ha llegado el emisario, sino es el haber
dicho: “¿Dios ha mandado como enviado a un
mortal?” Ellos preferirían ver a un ángel.”
(XVII, 93-94)
“¿Qué otra cosa les incumbe a los profetas sino
transmitir con toda claridad el mensaje profético?”
(XVI, 35)
En su condición de profeta, Mahoma se tomó con toda
seriedad la verdad. “¿Quién es más injusto que
aquel que inventa contra Dios la mentira, o dice:
“Se me ha inspirado”, cuando no se le ha
inspirado nada, y quien dice: “Haré descender algo
parecido a lo que Dios hizo descender”? (VI, 93)
La pregunta que aquí se plantea a continuación es para
qué sucede una revelación tal. La respuesta clara dice:
el profeta no recibe esta revelación sólo para sí mismo,
sino para transmitirla.
“¿Qué otra cosa les incumbe a los profetas sino
transmitir con toda claridad el mensaje profético?”
(XVI, 35)
“Te hemos hecho descender el Libro como aclaración
de toda cosa y como guía, misericordia y albricia para
quienes se someten.” (XVI, 89)
La revelación recibida debe ser una “llamada a todo
el mundo”, en la que se exige que éste se rija
conforme a sus instrucciones (VI, 90), aunque el profeta
(iluminado por Dios) sabe que sólo instruye con éxito a
aquellos “que temen a su Señor en su misterio y
cumplen con la plegaria” (XXXV, 18). Dios le manda
decir: “Que un delito tal, si yo encontrara algo,
recaiga sobre mí. De eso de lo que me acusáis no tengo la
culpa.” (XI, 85) Los apelados intentaron varias
veces que Mahoma dijera más de lo que él había recibido
por inspiración, pero él siempre rechazó esto
estrictamente.
Ahora bien, en su obrar es esencial que Mahoma se
ve dentro de la
sucesión de otros profetas, como uno
en la cadena de los profetas que aparecieron antes que
él. Hasta Moisés, estos profetas anunciaron (sólo)
la Palabra
de Dios. Sólo
desde y con Moisés anuncian el Libro
que Moisés
recibió de Dios en el Sinaí. Desde entonces, los
receptores de la revelación aparecieron en su conjunto
como confirmadores del Libro celestial, aunque, desde
luego, no siempre sólo como tales. Con su Evangelio, Isa
fue mucho más allá de esta tarea, y Mahoma proclama
también la obra
de Isa, igual que
la obra
de Abraham. En
cualquier caso, el contenido de la revelación es para él,
igual que para todos los profetas desde Moisés, lo que
está en el Libro celestial.
En ello, el “Libro” (kitab) se lo entiende
así: el Pentateuco es sólo la revelación de lo que está
en el Libro celeste, cuyos mandamientos fundamentales
escribió el propio Dios, y que luego, por así decirlo,
Moisés leyó cuando proclamaba él mismo la revelación. En
esto, las Escrituras hay que entenderlas como un proceso
vivo: por así decirlo, se escriben a sí mismas, y así
también en el receptor de la revelación que las lee (que
las “recibe” leyendo). En ello, la lectura
del Libro celestial es clara para el lector sólo de modo
aproximado, y por eso Mahoma puede aparecer como
aclarador, es más, como mejorador del Libro revelado de
Moisés. “El Libro de Moisés fue promulgado antes
que éste como guía y misericordia. Éste [el Corán] es un
Libro que confirma, en lengua árabe, a los anteriores
[libros de revelación], escrito para advertir a quienes
son injustos y albriciar a los benefactores.”
(XLVI, 12) Nadie sino Dios ha inventado el Corán: éste es
la confirmación de lo que había anteriormente (como
revelación depositada en libros), confirmación
del
“Libro que
ha dado el Señor de los mundos y que no contiene ninguna
duda” (X, 37).
Pero, en este punto, hay que tener en cuenta que, en el
proceso de la revelación, la declaración del libro
es inicialmente y en un
primer momento declaración de la
Palabra. Mahoma habla
como receptor de
la revelación, antes de que lo hablado –ya por él
mismo, ya por otro a quien él dicta– haya sido
escrito. Pero hay también otro sentido en el cual la
revelación es aquí inicialmente una revelación de la
Palabra: en muchos casos, Mahoma no lee la comunicación
celestial, sino que primero la escucha.
Y el “Corán” es un libro del cual se
recita
y se
expone.
Ahora bien, en el Corán hay una declaración que revela
que Mahoma recibió la revelación sin duda
en la forma
peculiar de la inspiración. Escribe: “¿Desearé,
prescindiendo de Dios, a otro juez, si Él es quien os
hizo descender el Libro en detalle? Aquellos a quienes
les dimos el Libro saben en que éste ha descendido
procedente de tu Señor con la verdad. ¡No estés entre
quienes dudan! ¡Cúmplanse las palabras de tu Señor en
toda verdad (sidq) y en justicia! No hay quien altere sus
palabras.” En este sendido, y en ningún otro, la
declaración de Mahoma hace que sus lectores tengan que
confesar: “él ha estudiado (d-s-r)”
(queriendo decir: él es ,
sin salirse de ella) (VI, 114-115).
En sus suras, el profeta reproduce procesos y
revelaciones históricas de los tiempos anteriores en
forma de paráfrasis. Evidentemente, se basa no sólo en
revelaciones escriturísticas
del Antiguo y del
Nuevo Testamento, sino igualmente en la tradición de
revelación oral
de los
ismaelitas. Advirtió muy bien las discrepancias (en
conjunto insignificantes) en ambas partes, pero respecto
a ellas insiste en que una de las tareas que Dios le
encomendó es proclamar la versión fiel que él reconocía.
En ello, habrá circunstancias accidentales que podrán
quedar sin aclarar incluso par el receptor de la
revelación, con tal de que ello no falsee el sentido de
lo relatado. Con motivo de la narración de los encerrados
en el
ragim (Éfeso) escribe Mahoma:
“Unos dirán: “Eran tres. El cuarto era su
perro”; otros dirán: “Eran cinco. El sexto
era su perro”, opinando en lo que desconocen. Otros
dirán: “Eran siete. El octavo era su perro.”
Di: “Mi Señor sabe perfectamente el número. No lo
conocen sino pocos.” No discutas, pues, con ellos
sino de modo superficial y no interrogues a ninguno de
ellos sobre esto.” (XVIII, 22). Así pues, detalles
tales pueden quedar sin aclarar también desde el punto de
vista de la revelación, con tal de que el sentido
religioso de la homeotesis ilumine por completo. Dios le
dice al profeta: Te hemos hecho descender el Libro
únicamente para que les aclares [a los receptores de la
revelación] aquello en lo que discrepan,” (XVI, 64)
Pero también en las visiones Dios revela circunstancias
que iluminan un proceso o un misterio que nadie sabía
anteriormente (XI, 49). Así, por ejemplo, discrepando del
relato bíblico, Mahoma narra que Noé tuvo otro hijo que
no quiso subirse al arca, porque pensaba que podría
escalar a la cima de una montaña desde la que se salvaría
del diluvio, pero que se ahogó. No se puede aclarar si
esto le fue revelado por vez primera a Mahoma o si lo
confirma una variante de la tradición ismaelita.
IV
El territorio geográfico de Mahoma es la zona de Medina y
La Meca, aproximadamente en el centro de la península
arábiga por la parte occidental, no directamente al lado
del mar, sino en la ruta occidental que va del norte al
sur. Como los planos de la Antigüedad no muestran la
ciudad de La Meca, se puede suponer que la ciudad no
surgió hasta la Edad Media, en el punto de contacto entre
el norte y el sur de Arabia. Los profetas conocían muy
bien el puerto de Didda, situado ante La Meca. A este
puerto llegaban las mercancías que eran transportadas por
el Nilo desde el Mediterráneo, y que a partir de un
determinado punto del río eran transportadas por vía
directa a través del desierto hasta el Mar Rojo.
El Nilo es el río determinante del África oriental.
Discurre del sur al norte. En sentido opuesto fluyen en
la tierra de las dos corrientes el Éufrates y el Tigres,
los ríos determinantes de Oriente próximo. El Nilo
desemboca en el Mediterráneo, los ríos Éufrates y Tigres
en el Golfo Pérsico. El Mar Rojo y el Golfo Pérsico cabe
considerarlos bahías marítimas del Océano Índico.
El Mar Rojo, a su vez, se bifurca en su extremo norte en
las dos bahías de Suez y de Aylat, y rodea por el lado
occidental, meridional y oriental la península del Sinaí,
que está situada ante el desierto arábigo como una
especie de fuelle. Especial interés tenía la bahía de
Suez, porque ahí casi se juntaban el Mar Rojo y el
Mediterráneo.
Éste es, al mismo tiempo, el sitio de tránsito de Egipto
a Palestina. Para la geografía de Oriente próximo y para
sus repercusiones tiene la mayor relevancia que desde
Transjordania por una parte, y por otra parte desde el
ámbito cultural situado al oeste ante el Éufrates, se
extienda un desierto de las máximas dimensiones pero sólo
escasamente poblado, que por lo demás encuentra su
continuación en el interior de Arabia, hasta el Océano
Índico. (Éste es el territorio donde hay que buscar a los
ismaelitas.) Ahí, como también en el centro de Arabia,
había pocas vías de caravanas que enlazaran el oeste de
Arabia con su costa oriental, las cuales, sin embargo,
tenían una gran importancia para el comercio entre el
oeste y el este. Pero el tráfico por ellas no bastaba par
hacer llegar a los “árabes” que vivían en el
interior del desierto una cultura digna de mención.
En cualquier caso, el desierto del Norte de Arabia se
extendía como una cuña mortal entre Mesopotamia y Egipto,
que forzó a que Palestina pasara a ser la vía exclusiva
de enlace cultural entre el Nilo y el Éufrates/Tigres.
Precisamente en esta vía de enlace el Mediterráneo
oriental llega a las costas de Cilicia, Siria, Líbano, la
tierra de los filisteos y el delta del Nilo. Lo que
llegaba a Oriente próximo por vía marítima y lo que se
llevaba por vía terrestre desde la tierra de las dos
corrientes hasta Egipto, aquí se encontraba y se mezclaba
o se enemistaba.
Ciertamente, había aún otro acceso a Mesopotamia, a
través del Helesponto y del paso por Georgia y el
nordeste de Armenia hasta la parte septentrional de la
tierra de las dos corrientes. Si se observa al mismo
tiempo las dos vías entre el oeste y el este, entonces
todo ello circunscribe el “Paraíso”, es
decir, la zona fontanal de los cuatro ríos del Éufrates,
Tigres, Halis y Araxes. Según las Sagradas Escrituras,
los hombres llegaron desde este Paraíso hasta Mesopotamia
y construyeron ahí la ciudad “santa” entre
las cordilleras elamita y siria, con su templo y su torre
del templo (Babilonia con el Cigurato).
Palestina en su conjunto es el país de enlace entre
África y Mesopotamia. En ella se encuentra, entre la
costa mediterránea y el estrecho del Jordán, la meseta a
la que Abraham emigró y que luego fue patria de los
israelitas. Tres rutas principales recorren Palestina de
sur a norte: la ruta en la costa marítima a lo largo del
territorio de los filisteos (hamitas); la ruta a través
de la meseta (Sijem-Betel-Jerusalén-Ebrón-Bersabé), con
continuación a través del desierto Sur hasta el Sinaí; y
la ruta a través del estrecho del Jordán con una
continuación (“Araba”), tanto hacia el Sinaí
como hacia Ailat. Otra vía principal discurre en
Transjordania y lleva desde Siria hasta el interior del
Sinaí, Ailat y luego hasta Jatrib. Al este de estas
últimas vías se encuentra el interior de Arabia.
Con Palestina linda el mediterráneo oriental (la patria
de los jafetitas). Palestina es, pues, la zona donde se
juntan las tres culturas de Mesopotamia, Jonia y Egipto.
Por cuanto respecta a Arabia, el desierto de la península
del Sinaí se abre al interior de Arabia, y por tanto hay
que incluirlo ahí.
Como el interior de Arabia es zona desértica, las líneas
de enlace principales discurren a lo largo de los bordes
de Arabia. El norte de Arabia se extiende al oeste hasta
Jatrib y La Meca. Desde Jatrib se sigue descendiendo
hasta el sur de Arabia (la Arabia felix), y a su vez,
siguiendo desde ahí hacia el norte, hasta La Meca, que es
el verdadero punto de enlace de estas dos partes de
Arabia. Por otra parte, tanto desde Jatrib como desde
Ailat hay vías de enlace con el extremo sur de la tierra
de las dos corrientes, y desde ahí hasta Elam y Persia.
Otra vía de enlace a través del desierto llevaba hasta
Sohar, en el Golfo Pérsico, donde los barcos llevaban
luego hasta el sur de Persia y hasta la tierra del Indo.
La Arabia felix se encuentra en el Mar Rojo, que ahí es
relativamente estrecho, ante Etiopía, y entre uno y otro
lado se daban conexiones intensas, que también utilizó
Mahoma. Eso significaba que la Arabia del sur estaba
influenciada fuertemente por un lado por el sur de
Egipto, y por otro lado por Nubia. La Arabia felix forma
parte de los territorios que lindan con el Océano Índico.
Desde la desembocadura del Indo hasta Put había ricos
enlaces y centros culturales: Mojenjo Daro, Ur en
Mesopotamia, Sohar en el territorio de Oman, Jadramaut,
el Yemen, Eritrea y Nubia, están unidos no sólo
geográfica, sino también culturalmente. Es el territorio
a lo largo de las costas del Océano Índico, que hay que
considerar análogamente como la zona mediterránea de
Javán, Palestina, el norte de Egipto y la Cirenaica. Las
vías de enlace decisivas entre las dos zonas eran el Nilo
y el Mar Rojo. Mahoma conocía muy bien todo este
entramado.
El punto más occidental que Mahoma cita en el Corán es el
oasis de Siva, al oeste de Egipto. Este oasis es para él
el lugar “donde se pone el sol”. El
territorio más oriental que él menciona es India, hasta
la zona en la primero se construyó un muro contra el
norte.
Al norte de este muro, también al norte de la tierra de
las cuatro corrientes, es decir, el Paraíso, se encuentra
Magog (que Mahoma conocía), en el que vivían pueblos
extremadamente salvajes e incultivados. Desde la más
remota Antigüedad, en la historia ha habido una y otra
vez irrupciones de estos pueblos hacia el sur, con
consecuencias devastadoras. Desde el punto de vista de la
Antigüedad, no cabe pensar en un cultivamiento de estos
magog. (En el Juicio Final irrumpirán en toda su masa
hacia el sur.) Cabe preguntarse si los pueblos más allá
de Tarsis y de Irlanda hay que incluirlos también entre
estos pueblos nórdicos salvajes, pero de ello no se dice
nada en el Corán.
Se pensaba que el Nilo nacía en el noroeste de África y
que luego se giraba hacia el norte trazando un gran arco
a través de Etiopía. Por consiguiente, para la humanidad
en el Oriente próximo del siglo VI, no existía una África
central ni una África del sur. Asimismo, tampoco se sabía
que más allá de la India existía el gran Imperio chino.
V
La imagen de la historia que tiene Mahoma, tal como se
pone de relieve en el Corán, es casi exclusivamente la
imagen de la Historia Sagrada y de las personas que
desempeñan en ella una función esencial. Eso no es
extrañar, ya que el Corán mismo es un libro sagrado y
trata de santos. (El pensamiento de fondo es que lo
mundano en cuanto tal, tomándolo en general, es
irrelevante.)
Tanto más significativo es que, en esta historia, se
trate profusamente una única
figura mundana, a
saber, Du-l-Qarnayn, es decir, Alejandro Magno. La
comprensión de Mahoma de este personaje y de su
valoración se ha juzgado en general como excepcional. (De
ahí se deduce que también su comprensión del resto de la
historia profana tenía un nivel correspondiente.)
Dios proveyó a Alejandro de una sobreabundancia de
gracias y favores. Conquistó toda la tierra cultivada sin
perder una única batalla. Partió primero hacia el oeste,
llegando hasta el oasis de Siva. (En aquella época
todavía se creía que la fuente del Nilo se hallaba
todavía más al oeste, y no se sabía nada del África del
sur.) Ahí se tomó la decisión sobre el sentido y la
finalidad de su conquista del mundo.
“Nosotros [Dios] dijimos: “¡D-l-Quarnayn! O
castigas a éstos o te mostrarás benevolente hacia
ellos.” (XVIII, 88)
“Estos hombres” son, evidentemente,
los
occidentales y
orientales que no pertenecían a los pueblos macedónicos
ni griegos. Dios le da a Alejandro la posibilidad de
decidir sobre su rango fundamental dentro de la
humanidad, y al mismo tiempo le sugiere castigar a los
injustos y de darles a quienes servían convenientemente a
Dios unas leyes que pudieran seguir fácilmente. Dicho con
otras palabras: según Mahoma, la acción decisiva de
Alejandro no fue haber vencido al mundo entero, sino que
equiparara a los orientales con los griegos. Y de hecho,
esta decisión fue a los ojos de los griegos un acto
reprobable. Después de todo, su maestro Aristóteles se
enojó enardecidamente por ello.
Desde el extremo más occidental, Alejandro se giró a la
dirección opuesta llegando hasta el extremo oeste, la
zona donde sale el sol, donde halló un pueblo (los
hindúes) que no sabía protegerse (suficientemente) del
sol. Pero Alejandro prosiguió todavía su camino y se
encontró con un pueblo que apenas era capaz de entender
el lenguaje. Estas gentes relataron que, más allá del
límite de su país, vivían “Gog y Magog”, que
una y otra vez propagaban la destrucción por la tierra.
Le pidieron que, a cambio de un tributo, levantara una
muralla fronteriza para protegerse de esos pueblos.
Alejandro mandó construir los bloques de bronce y
construyó la muralla fronteriza.
Evidentemente, con eso se alude a la “muralla
china”, que, como es sabido, se fue construyendo
paso a paso contra los mongoles un siglo después de la
presencia de Alejandro en Asia central. El pensamiento de
Mahoma es, evidentemente, que la idea concreta de esta
muralla la concibió primero Alejandro, y que, en
consecuencia, él comenzó con la construcción de tal
muralla. En la sura XVIII, en la que se relata esto,
Mahoma añade expresamente que Dios dijo que esta barrera
debía mantenerse hasta la catástrofe del fin de los
tiempos.
Que a Alejandro se le mencione y se le valore de este
modo, nos fuerza a suponer que Mahoma le atribuye una
relevancia religiosa. Su acto
fue un acto
religioso, implícitamente de lo que se expresa en él. Ya
que el nombre árabe para Alejandro menciona los dos
cuernos de carnero del ídolo como cuyo hijo él fue
declarado en el oasis de Siva, es seguro que el profeta
lo considera un politeísta. Pero como en lo que Dios le
encomendó y dejó a su decisión Alejandro se decidió por
la igualdad de todos los hombres, con este acto obedeció
a la voluntad del Dios uno.
La mención de “Gog y Magog” revela además
otra cosa fundamental. Según la imagen que tiene Mahoma
de la historia, más allá de los pueblos con cultura al
norte de la tierra existe un pueblo (o estirpes) con
carácter fundamentalmente distinto que el de los pueblos
cultivados. Mahoma enlaza aquí con la vieja noción,
testimoniada por ejemplo por Ezequiel (XVIII), o mejor
dicho, con el saber acerca de este tipo de pueblos. La
irrupción de los “escitas” en los territorios
culturizados, especialmente en las zonas de Oriente
próximo, era conocida. (Basta con pensar en que la ciudad
a las puertas de la llanura de Jezreel por el lado del
Jordán, en tiempos de Jesús se llamaba
“Escitópolis”). Repetidas veces hicieron los
escitas irrupciones desde el norte, exterminando,
expoliando y dominando luego a su manera a los
territorios cultivados por los que pasaban. Hasta qué
punto este hecho era importante para los pueblos
cultivados, se ve por ejemplo en que los dos reyes persas
más poderosos, Ciros y Darío, emprendieron cruzadas en el
norte para vencer a los escitas (masagetas, etc.), como
el mayor peligro para su Imperio, o al menos para
amedrentarlos y rechazarlos. En plena correspondencia con
la noción bíblica, también Mahoma aguarda una irrupción
masiva de estos “magog” en el tiempo último
del Juicio Final. Desde esta perspectiva, nosotros los
contemporáneos incluiríamos entre estos magog también a
los pueblos turcos y a los normandos.
Los dos pueblos con cultura más desarrollada en Oriente
próximo son para Mahoma Mesopotamia y Egipto. Desde su
punto de vista, ambos están influidos por los persas. Que
los egipcios tengan “magos” y que Faraón los
emplee contra Moisés y Aarón, se debe al influjo persa.
Al fin y al cabo, Egipto había sido conquistado por
Cambises, y durante varios siglos había estado bajo
influjo persa. También el hecho de que en varios pasajes
del Corán Mahoma mencione juntos a Amán –del libro
de Ester– y a Faraón, puede explicarse porque, con
Ciros, también Mesopotamia había caído bajo dominio
persa, y en tiempos de Mahoma Mesopotamia volvía a ser
tierra de dominio persa. De este modo, frente a la Roma
de su época, Persia es para él un Imperio de mushrikun.
“[Los demonios de los infieles] enseñaron a los
hombres la magia negra y lo que, en Babilonia, se había
hecho descender a los dos ángeles [caídos] Harut y
Marut.” (II, 102)
Harut y Marut son los Hauratat y Amertat de la religión
de Zoroastro.
En comparación con Mesopotamia, Egitpo es para Mahoma
(coincidiendo también aquí con las Sagradas Escrituras)
el país para el que lo más esencial es el bienestar
terrenal.
“Has dado [dice Moisés a Dios] a Faraón y a sus
consejeros joyas y bienes de la vida de este mundo, para
que se aparten de su camino, ¡oh, Señor!” (II, 88)
Por cuanto respecta al sur de Arabia, Mahoma (también
coincidiendo con el Antiguo Testamento) es consciente de
que su cultura es bastante distinta a la del norte y el
centro de la península. La Arabia felix es la tierra de
las grandes riquezas, del oro, del incienso y de la
mirra. La reina de Saba representa lo más granado de esta
cultura, pero su sabiduría no es capaz de resistir a la
de Salomón, y por eso se le somete. La cultura del sur de
Arabia llega hasta la África vecina, hasta Eritrea y
Etiopía, que mantenían estrechas conexiones con La Meca y
Medina. Cuando algunos discípulos de Mahoma fueron
amenazados en La Meca, él mandó a algunos de ellos al
exilio en Etiopía, para esperar ahí a que las
circunstancias cambiaran radicalmente.
El Imperio de los romanos, en calidad de cristiano, es
para Mahoma un Imperio de la religión escriturística.
Aunque los cristianos de la Roma oriental son en su
mayoría mushrikun, porque equiparan a Jesús con Dios y lo
consideran engendrado por Dios, sin embargo, para Mahoma,
no todos los cristianos son mushrikun semejantes, sino
que muchos son verdaderos nasara, que no aceptan ninguna
asociación tal. Así sucede que, por ejemplo en la sura
XVIII, a los que durmieron un letargo temporal en la
caverna de Éfeso Mahoma los considera sin más hijos de la
religión verdadera. En el Corán se pueden encontrar
pasajes donde Mahoma incluye a los nazarenos lisa y
llanamente entre los verdaderos creyentes
(“musulmanes”). Los cristianos que eran
mushrikun, él los conocía sobre todo como procedentes del
sur de Arabia (Najrán). Junto al profeta, el Corán conoce
sabios, como al Khadit, Ahikar, Job y Luqman.
VI
Volvámonos ahora a la auténtica Historia
Sagrada,
y al modo como Mahoma la concibe. El hombre ha sido
creado por Dios, quien también lo hizo una pareja. La
creación del hombre fue luego motivo de la caída en
pecado de los ángeles, cuyo Dios (Iblis) les permitió
tentar a los hombres durante todo el tiempo de su
historia, para probar así su firmeza en la fe. Mahoma
insiste expresamente en que sus dones proféticas
no
bastan para poder juzgar esta caída
del ángel. La pecaminosidad de la creación es para él un
hecho fáctico dado, y se basa en la autorización o en la
providencia en los designios de Dios, que él no es capaz
de juzgar.
A partir de Adán, Mahoma reconoce una cadena de profetas
que recorre la historia de la salvación y que encuentra
su final en él mismo, como el sello de los profetas.
Obsérvese que el concepto de profeta (nabib), él lo
concibe en sentido más amplio que las Sagradas
Escrituras, que sólo conocen profetas en sentido estricto
a partir de Moisés, aunque ciertamente, a su vez, emplean
también esta designación para las grandes personalidades
religiosas antes de
Moisés.
Antes de Abraham, Idris (¿Enoch?) y Noé son para él los
profetas más importantes. Si los profetas que el Antiguo
Testamento no menciona: Hud, Salé y Chuaib, hay que
situarlos antes o después de Abraham, no queda claro. En
cualquier caso, su memoria se conserva en la tradición
ismaelita.
Abraham es para Mahoma el hanif sin error, el que selló
con Dios la alianza en su simiente que impera sobre los
hijos de Abraham, mientras ellos no rompan por sí mismos
esta alianza y se hagan apóstatas. Por el sello de la
alianza de Dios con él, Abraham es más
que profeta.
Es digno de notar que Mahoma no hace ninguna crítica a
Abraham, es más, que ni siquiera la permite. Pues, en
contraposición con esto, en el Corán (sura XVIII)
encontramos una crítica fundamental a Moisés. Isaac, por
decir aún esto, consintió voluntariamente en ser
sacrificado, y por eso hay que ponerlo al lado de
Abraham. La rama israelita de la alianza no parte de
forma continuada desde Abraham, sino sólo desde
Jacob-Israel.
Los intérpretes del Corán casi han pasado por alto que
Mahoma critica fundamentalmente a Moisés en la sura
XVIII. Moisés parte con su criado (¿Josué?) para ver la
“confluencia” de los dos mares (del
Mediterráneo y del Mar Rojo. La “confluencia”
es el lugar donde ambos mares sólo están separados por un
estrecho cerrojo de tierra.) Cuando Moisés y Josué llegan
ahí tras haber caminado durante varios años, al
contemplar la confluencia se olvidan de un pez que Josué
había pescado y que debía servir de comida a los
extenuados. El pez se escapa sin que se den cuenta y se
escurre de regreso al mar.
Si podemos suponer que el pez representa homeotéticamente
a Jesús, entonces, durante la contemplación de la
“confluencia”, a Moisés y a su criado se les
escapó lo más importante para la unificación, a saber,
Jesús. Tuvieron que regresar porque no habían prestado
atención a aquel a quien en último término estaban
buscando. (v. 60-64)
Esta narración enlaza inmediatamente con una segunda.
Moisés se encuentra con un sabio (¿profeta?), que según
la tradición musulmanta tenía por nombre al Khadir, a
quien Dios había dotado de la máxima sabiduría. Moisés
pregunta a al Khadir si podría seguirle para que le
enseñara. Al Khadir predice a Moisés que no tendrá la
paciencia para aprender de él, ya que, lo que él haya de
hacer, en un primer momento Moisés no lo entenderá. El
sabio le da permiso a Moisés, pero le exige que, cuando
vea lo que él
va a hacer, no le
haga preguntas. Pero Moisés olvida todas las veces esta
prohibición, y entonces al Khadir le instruye sobre el
sentido de su acción.
Los tres sucesos son éstos: al Khadir y Moisés viajan en
un barco de pescadores pobres, que se ganan la vida con
él. Al Khadir hace un agujero en el barco, de modo que ya
no es de todo impermeable y sólo puede seguir navegando
muy hundido en el agua. Moisés encuentra
“repugnante” esta acción, y se lo dice al
sabio. Pero al final resulta que el sabio había previsto
que un rey poderoso vendría con su flota y que
confiscaría todos los barcos que pudieran navegar. Para
guardar a los pescadores de la confiscación, abrió la
brecha en el casco de su nave.
Después, al Khadir y Moisés se encuentran con un hombre
joven, a quien el sabio mata. Moisés encuentra esta
acción “condenable”. Pero resulta que este
joven tenía dos padres creyentes que él quería apartar de
la fe y hacer que se rebelaran. Per al Khadir quería que
esto no sucediera y que, en lugar de este joven, los
padres tuvieran otro que les sirviera con una conciencia
pura.
En el tercer suceso, al Khadir y Moisés llegan a un lugar
donde no les dan de comer. En ese lugar llegan a un
edificio con un muro que amenaza con desmoronarse. Al
Khadir apuntala el muro, sin que nadie del lugar le
recompense por ello. El motivo de esta acción
desinteresada de al Khadir fue que bajo el muro se
encontraba un tesoro que, por voluntad de su padre
fallecido, que había sido zadik, piadoso, debían de
acabar encontrando dos huérfanos cuando se hicieran
mayores.
Estas tres parábolas deben mostrar que Moisés no tenía
ninguna comprensión de al analempsis,
con la que Dios conduce a sus elegidos. Moisés no tiene
la paciencia para aguardar a que, con el tiempo, entienda
que ciertos acontecimientos suceden según los designios
divinos.
¿Qué significan estas tres historias de Moisés?
Ciertamente, Moisés fue el que abrió el camino de Israel
desde la esclavitud en Egipto hasta la tierra prometida,
y es el legislador de su pueblo. Pero en el primer caso,
se limita a cumplir el encargo de Dios que había recibido
en el Sinaí, y cuyo objetivo era el cumplimiento de la
promesa de Dios a Abraham (Gn XV). Pero Moisés no
entiende que Dios le ordena estos actos dentro del
conjunto de sus designios. Al contrario, critica a aquel
que (por indicación de Dios) realiza acciones que sirven
justamente a estos planes divinos. En el segundo caso, en
el lugar de la maravillosa visión de la
“confluencia”, Moisés olvida la comida
(divina), cuya ingestión causa la confluencia (de Ismael
e Israel) y que, por tanto, hubiera coronado con el éxito
esta vivencia. En tan poca medida une Moisés a Israel con
Ismael, que, más bien, por medio de la legislación hace
que su escisión siga existiendo.
En el Corán, a Moisés se le nombra varios cientos de
veces, y sus actos son revestidos de modo continuado de
significación religiosa. No obstante –y esto es
decisivo–, no conoce ni actúa en la perfección de
Abraham (a quien sólo se nombra unas ochenta veces).
Según el Corán, Abraham, Moisés y Jesús se encuentran
entre los profetas que fueron más que profetas: Abraham
por medio de la alianza,
Jesús por medio de su Palabra,
la Palabra
de Dios. En
calidad de legislador, Moisés también es más que sólo
profeta, pero su legislación sólo significa una
adaptación de la determinación fundamental religiosa de
Abraham al pueblo que Israel había llegado a ser entre
tanto. Con ello se hace claro que Mahoma pone a Abraham y
a Jesús por encima de Moisés. En ellos, en contraposición
con Moisés, no hay nada que criticar.
Es interesante la alta valoración de los
profetas
en el Corán. El
profeta (nabib) es una personalidad enviada e inspirada
por Dios, que advierte a un pueblo o a una comunidad de
una catástrofe inminente, y que exige obediencia a su
palabra como hombre de Dios, pero que por lo general no
encuentra ninguna fe, por lo que su mensaje es
despreciado. El presupuesto de ello es que el pueblo
respectivo crea en Dios, pero que, en medio de la vida
cotidiana, haya olvidado o desprecie la unicidad de Dios
y la obediencia que se le debe. Por lo general, Dios
salva al profeta mismo del hundimiento en la catástrofe.
En algunos pasajes del Corán se tiene la impresión de
que, con ello, en la historia de la salvación sólo se
repite siempre lo mismo. Pero éste no es el caso, ya sólo
porque, por encima del profeta, se encuentran el miembro
originario de la alianza, el legislador y la Palabra
hecha carne (el Masih). Pero también el margen de ello,
Mahoma ve muy bien el transcurso irrepetible de la
historia de la humanidad y de la salvación. Desde la
alianza de Abraham con Dios, discurre un proceso de
desarrollo irrepetible, en el que la legislación y la
mesianidad fueron los actos fundamentales decisivos que
se sucedieron. Mahoma mismo actúa como legislador de su
pueblo, los árabe-ismaelitas. Jesús es rechazado por los
judíos, ellos matan (en su opinión) al Masih, pero con
ello también se excluyen a sí mismos de la comunidad de
la “gente del libro”, y ya no participan de
la verdad divina, sino que más bien falsean y modifican
el mensaje divino y sucumben al paganismo. A esta parte
de los israelitas, Mahoma la llama los judaístas, que él
conoce de su propia época. (De modo similar a ellos,
vuelven a hacerse mushrikun aquellos cristianos que ven a
Dios en Jesús –junto con el Dios único y
todopoderoso–.)
Mahoma distingue minuciosamente entre profetas y
sacerdotes.
De este modo, Melquisedec y Aarón son para él en primer
término sacerdotes. A David y Salomón se los valora
predominantemente como reyes
de Israel, pero
no como profetas. Su mérito es haber unido bajo su cetro
a Israel y a Judea.
De entre los profetas postsalomónicos, el Corán destaca
sobre todo a los que ejercieron su ministerio profético
no sólo en Israel, sino también en los territorios
colindantes, es decir, entre los arameos y los edomitas,
etc.: Elías, Eliseo, Jonás, etc. Como en el caso de
Moisés, también Jonás es profeta entre los
paganos (asirios). Los siguientes
profetas judíos no merecen ninguna atención en el Corán,
y de este modo falta la línea redentora hasta Zacarías.
Juan el Bautista y Jesús son, por el contrario,
verdaderos profetas, aunque no fueran reconocidos por los
judíos: forman parte de la línea de salvación del
desarrollo ismaelita,
y son el miembro que falta entre los antiguos profetas y
el propio Mahoma, que ve en sí al último profeta,
“el sello de los profetas”.
Un puesto totalmente singular se atribuye en el Corán a
María. En tanto que madre virgen, es de alguna manera una
unidad con Jesús, su hijo. Como se sabe, es la única
mujer a quien se menciona por su nombre en el Corán como
una gran personalidad religiosa. Según la noción
fundamental que Mahoma tenía de la mujer, no podía
aparecer como maestra, sino que ella obra
a través de
su acto femenino: concepción, parto,
sufrimiento en el calvario de Jesús.
Mahoma lleva a cabo una peculiar homeotesis de María con
Miriam, la hermana de Moisés, porque ve una cierta
afinidad. Por causa de María se menciona a Imran y a
Jacobed (a ésta última sin mencionarla por su nombre).
(Parece que Mahoma comparó su posición y la de Chadidja
entre los Qoraich con la de los hijos de Imran: así como
Miriam es la hermana de Aarón, así es Chadidka su
pariente carnal.)
VII
Una función especial recayó sobre Mahoma cuando, a causa
de la libre visita de la casa de Dios en La Meca, se vio
envuelto en negociaciones y luchas, y en general
en luchas de fe
durante los
últimos años. Más allá de su ministerio profético, pasó a
ser un pionero
de la fe recta, y
en cuanto tal tuvo que tomar decisiones y dar ordenes o
recomendaciones frente a determinados modos de conducta
de los mushrikun, de modo similar a Moisés desde la
salida de los israelitas de Egipto y las luchas con los
amalecitas.
Su postura fundamental se la encuentra muy claramente
definida al comienzo de la sura IX. Mahoma había sellado
un contrato con los politeístas por una duración de
cuatro meses, tiempo durante el cual las dos partes
debían poder visitar y utilizar la Kaaba. Si se compara
históricamente las órdenes a sus creyentes y las
condiciones bajo las que pone el alto el fuego y la
dirección de la guerra, entonces hay que designarlas como
llamativamente humanas. Es más, parece incluso que el
profeta sentía remordimientos de conciencia por haber
respetado tanto los derechos de los politeístas.
Posiblemente, a partir de aquí se explica que en la sura
IX falten los usuales versos introductorias: Bismi
Allahuh, etc.
¡Pensemos que se trata de situaciones al comienzo del
siglo VII! De los relatos de los historiadores sabemos
que las luchas entre los romanos o griegos y sus aliados
árabes por un lado, y por otro lado los árabes de las
zonas interiores que operaban como poblados
independientes, se libraron bajo condiciones muy duras.
En comparación con ellas, los decretos de combate de
Mahoma dan la impresión de ser mucho más considerados.
Pensemos sólo en lo que en esta misma época sucedía en la
Francia merovingia y en las luchas entre bizantinos y
persas. Enseguida se advierte que Mahoma era un adquisito
en el sentido pleno de la palabra. Con Justiniano y sus
sucesores, la cultura grecorromana había avanzado
poderosamente hacia el interior de Arabia. Como mucho,
podría criticarse la instrucción en el verso 5:
“Cuando terminen los meses sagrados, matad a los
mushrikun donde los encontréis. ¡Apresadlos! ¡Sitiadlos!
¡Preparadles toda clase de emboscadas!”
Pero, evidentemente, estas instrucciones están pensadas
bajo la condición de “si los mushrikun os atacan
por su parte por causa de vuestra fe”. Las
restricciones que el profeta mismo hace para el caso de
la situación de combate, pueden leerse en la sura IX, y
esto le reporta honor a Mahoma. Es seguro que sufrió
mucho bajo el conflicto de intereses y de mandato entre
el puro ministerio de profeta y su misión de caudillo en
la guerra religiosa, y por encima de todo sufrió porque
tenía que defender sus decisiones ante el rostro de Dios.
¡Y cómo enseguida después de su muerte la propagación de
la fe pura se empleó como medio de estrategia y objetivos
políticos (igual que la Iglesia cristiana se convirtió en
Iglesia del Imperio)!
Durante este ministerio de la dirección de los creyentes
en la guerra religiosa, Dios concedió al profeta una
gracia hasta entonces desconocida: en la lucha abierta,
el apoyo de Dios les vino en ayuda a él y a sus tropas de
una manera concretamente experimentable, en forma de
sakina (sejina), es decir, fuerzas celestiales que
luchaban con ellos y les concedían un refuerzo especial,
también ante enemigos muy superiores en número y en
medios. Aquí se trata de una forma activa
de la
“inspiración”, con cuya versión
doctrinaria
el profeta estaba
familiarizado desde hacía muchos años.
En esta situación, Mahoma toma una conciencia mucho más
intensa que antes de su pecaminosidad.
En la sura 48, 2 habla de “sus primeros primeros y
últimos”, que Dios le perdonó visiblemente, para
hacerle conseguir una gran victoria.
Varias de las suras medínicas, las del último período, se
ocupan de problemas que le surgieron con las mujeres con
las que se había casado tras la muerte de Chadidja. Es
difícil hacerse una imagen precisa sólo a partir de los
textos coránicos. Pero, en lo fundamental, hay que
advertir que la poligamia pasó a ser para él objeto de
muchas preocupaciones sólo después
de Chadidja, a
quien él fue totalmente fiel. Según la tradición
histórica (Ibn Hichâm, al Bukhâri), el sacerdote ebionita
Waraka bautizó
cristianamente a Mahoma y a su esposa
Chadidja. Pero cuando comenzaron las cruzadas por la
propagación de la fe y Mahoma volvió a casarse varias
veces, Waraka ya había muerto. Básicamente, no hay nada
que objetar a esta poligamia, porque, a diferencia de en
el cristianismo católico, a Mahoma como ismaelita (igual
que a los israelitas) no le estaba prohibida.
Para finalizar, hay que volver a insistir enérgicamente
en que hay que distinguir entre Mahoma como ciudadano de
su ciudad y también como caudillo de tropas y Mahoma como
profeta. Como profeta, no es él el que habla, decide y
ordena, sino Dios. La palabra profética no es
su
propiedad, sino
la de Dios, que él sólo tiene que administrar fielmente.
En Dt 12-14 dice Moisés a los israelitas:
“Locutus est
Dominus ad vos de medio ignis. Vocem
verborum eius audistis […] et ostendit vobis
pactum suum, quod praecepit ut faceretis, et decem verba
quae scripsit in duabus tabulis lapideis.
Mihique
mandavit in illo tempore ut docerem
vos caeremonias et iudicia, quae facere deberetis in
terra, qua possessuri estis.”
VIII
Muchas veces no se ha advertido (o no lo suficientemente)
que Mahoma tuvo una relación marcadamente crítica con las
Sagradas Escrituras, tal como ellas estaban a su
disposición. Como es obvio, se ocupó constantemente y de
modo intenso de la Tora y de los Evangelios. Lo que del
resultado de sus estudios pasaba luego a la revelación
expresa, dependía ciertamente de Dios.
Cuando Mahoma habla usualmente de que el receptor de la
revelación lee del Libro Sagrado que está abierto en el
cielo, eso hay que entenderlo en su sentido profundo. En
los Discursos a la nación
alemana, Fichte escribió una vez que
el lenguaje se habla a sí mismo y que se configura a sí
mismo en esta autoexpresión. Todo el pueblo habla su
lenguaje, en un hablar constante y procesual. En este
hablar, las palabras se configuran creadoramente, se
acuñan, y en el desarrollo continuado alcanzan su sentido
más profundo. De modo análogo hay que entender también el
“leer del Libro celeste”. En un sentido
transferido, puede decirse también aquí que el Libro se
escribe a sí mismo: las Sagradas Escrituras se escriben a
sí mismas en la lectura sagrada y en la redacción de la
revelación recibida. La diferencia con la palabra
consiste en que la escritura fija
especialmente la
forma lingüística, es decir, que la convierte en
bien visible
permanente de los creyentes. Esta
fijación permanente tiene lugar justamente en el proceso
de revelación. El receptor de la revelación está bajo la
inspiración del Espíritu Santo (ruh): no es él el que
fija la palabra, sino el Espíritu (o su mediador, como en
el caso del ángel Djibril). Como mucho, el receptor de la
revelación podría modificar
posteriormente,
en el estado habitual, el escrito recibido, lo que el
propio Mahoma hizo ocasionalmente (mejora de la
redacción). El propio Mahoma dice que de cuando en cuando
“pone una aleya en lugar de otra aleya” (XVI,
101). Pero es obvio que revisó la redacción de sus
revelaciones, eliminando las imprecisiones que se
hubieran filtrado. “No abrogamos una aleya ni la
hacemos olvidar sin dar otra mejor o igual.” (II,
106) El profeta también podría haber inventado algo y
ponerlo luego en el texto, pero eso se lo impide su
relación excepcional con Dios.
Pero algo totalmente distinto es el modo como, según
Mahoma, los creyentes
del Libro tratan
y pueden tratar las Sagradas Escrituras reveladas. Mahoma
lo ejemplifica con los judíos rabínicos. Si se examinan
sus escritos, se encuentra una serie de graves
alteraciones:
1)
Se modifican o se cambian conscientemente palabras o
pasajes (II, 75; VII, 162).
2) Se les da conscientemente a las palabras de la
revelación un sentido diferente (V, 13, 41; IV, 46).
3) En la explicación adicional u oral, se invierte el
sentido de las palabras sagradas. (Para este caso, el
profeta tiene la atinada imagen de que la lengua de los
intérpretes se enrosca en el rollo de las Escrituras y lo
deforma.
Pero
las falsificaciones llegan aún más lejos:
4)
Se hace olvidar conscientemente una parte de las Sagradas
Escrituras (V, 13, 14). Aquí se apunta también a ciertos
cristianos.
5) O –cuando las Sagradas Escrituras están ya en
manos de los creyentes– se silencian pasajes de las
Escrituras que acusan a los falseadores (II, 76). (Sura
II, 76: “¿Informaréis a los creyentes de aquello
que Dios os ha revelado, para que os argumenten con ello
delante de vuestro Señor?”, preguntan los
falseadores a sus compañeros.)
6) Se hace todo lo posible para ocultar a los creyentes
una parte de las explicaciones de las Sagradas Escrituras
(V, 15; II, 77).
7) Se expone algo como presunta revelación (VI, 93; IV,
46).
8) En ciertos casos, se presentan conscientemente
invenciones propias como contenido de la revelación (III,
78).
9) Y finalmente, las Sagradas Escrituras se exponen y se
entienden como engendradas por la Iglesia (umma) y no por
Dios.
IX
Para concluir, hay que decir que Mahoma, tal como se
expresa en el Corán, en cuanto a su pertenencia a una
estirpe no era ningún ismaelita: él pertenecía a los
Quoraich. Desde el punto de vista civilizatorio, era
marcadamente un adquisito, y vivió en su ciudad natal La
Meca, o posteriormente en Medina, entre ciudadanos que en
su mayor parte eran igualmente adquisitos.
Sin embargo, en las revelaciones divinas que le fueron
participadas a Mahoma, evidencia ser un ismaelita
estricto. Lo que le mueve son los mismos mandamientos
divinos I-III, con la misma exclusividad de la exigencia
que ya se dio en Abraham, Agar e Ismael.
En sus anuncios, es nueva la introducción de la ley y de
las Escrituras en la religión ismaelita, según el modelo
de Moisés. Con ello puso a los ismaelitas en el mismo
nivel histórico que los israelitas. Pero lo significativo
de su actitud fundamental es también que evita las
peligrosas unilateralidades de los israelitas o de los
judíos en la defensa y preconización de la ley y de las
Escrituras. La consecuencia fue que consideró la Tora y
el Evangelio como Escrituras Sagradas, pero que se apartó
del fariseísmo o de lo maestros específicamente
judeo-rabínicos.
Todo esto no es nada inusual. En el estado de recepción
de la revelación, el receptor se encuentra en un nivel
espiritual más profundo que en el habitual estado
burgués. En él se expresa la convicción religiosa
fundamental que sostiene a los árabes.
X
Según todo lo explicado, se plantea una última pregunta
suprema: ¿a qué se debe que aquella inspiración superior
del espíritu ismaelita puro se produjera justamente en
aquel momento histórico? Quizá las siguientes reflexiones
puedan ayudar a resolver la pregunta.
A causa de la expulsión de Agar y de su hijo, los
ismaelitas vivían en el desierto interior que se extiende
desde Sinaí, a lo largo de Transjordania, hasta el límite
occidental de Mesopotamia. Los grandes cambios históricos
en Mesopotamia (Asur, Babilonia, dominio persa,
helenismo) y en Egipto apenas afectaron a los ismaelitas.
Pero con la construcción de la Arabia adquisita, la
cultura heleno-romano-bizantina penetró gradualmente cada
vez más en la Arabia interior, es decir, también hacia el
territorio donde vivían los ismaelitas (agarenos). Es
significativo que en este contexto Teodoreto vuelva a
relatar de ellos cosas concretas por vez primera.
Pero a eso se suma que, con Jesús, la situación religiosa
en Oriente próximo y a partir de ahí se modificó
fundamentalmente. Como consecuencia del apostolado de San
Pablo, cristianismo y paganismo se fundieron uno con
otro, o mejor dicho, lucharon una contra otro y trataron
de imponerse. Desde el momento en que el emperador
Constantino autorizó oficialmente el cristianismo en el
Imperio romano, se desarrolló un proceso de cohabitación
que en el siglo VI llegó a una configuración permanente.
Justamente en esta época, la cultura de la Arabia
adquisita había penetrado tan marcadamente hasta el
interior de Arabia septentrional y occidental, que en las
ciudades hallamos una población igualmente adquisita. A
causa de la circunstancia de que el interior de Arabia no
pertenecía ni a Roma ni a Persia, en esta época
encontramos en las ciudades una religiosidad muy
mezclada: judíos, sabateos, cristianos de diversa
denominación, henoteístas con cuño politeísta, y
finalmente también los paganos puros.
Precisamente esta circunstancia significa un reto para el
pensamiento ismaelita acorazado en las profundidades del
alma.
Todas estas convicciones religiosas que entonces cubrían
Arabia suponían un ataque a la fe pura.
Pero la convicción religiosa es el fundamento de la
existencia de los árabes. Se entiende que con el
afloramiento del Islam, y originalmente con la aparición
de la revelación en Mahoma, esta convicción fundamental
regresara a la conciencia plena, y que reaccionara
poderosamente contra el amalgama religioso, pero también
contra la Roma cultural (bizantina).
Es conocida la tremenda modificación que esto provocó y
causó en el ecumenismo global. Para el mundo aún pagano
(desde Mauritania hasta Indonesia, desde Saba hasta los
Urales septentrionales), el monoteísmo superior venció al
politeísmo. Pero simultáneamente a este desarrollo, la
cultura adquisita penetraba en los territorios que se
iban haciendo musulmanes, y en los siglos siguientes
alcanzó un nivel tan elevado como la bizantina, pero
superior a la europea.
El misionado religioso y el cultivamiento musulmán iban
unidos, naturalmente que en un nivel diferente según cuál
fuera el receptor.
En su conjunto, en el Islam se libró una lucha análoga a
en el cristianismo: el poder estatal se conquistó la
supremacía sobre la vida religiosa. Sin embargo, como en
muchas partes el Islam no había llegado a tener relación
con el Estado romano, en su territorio surgieron sólo
califatos, que en lo sucesivo fueron aún superados por la
supremacía otomana sobre todos los territorios
cristianos. Toda Arabia sucumbió a este dominio, que en
apariencia era auténticamente religioso, pero que en
realidad significó un sometimiento centenario, y que en
algunos restos todavía perdura hoy día.
