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En el desierto



texto griego

I


Juan Bautista, cuando anunció la venida de aquel que ha de bautizar en fuego y Espíritu Santo, comenzó su predicación „en el desierto“ (Mt III, 1). Esto fue su propia decisión, guiada por Dios. El ángel Gabriel sólo había anunciado a su padre que aquél ya no bebería „vino ni licor“ (Lc I, 15), es decir, que será un nazir, un consagrado de Dios, y que iluminará „a los que viven en la más profunda oscuridad“ (Lc I, 79). Eligiendo Juan el desierto como lugar de su llamada, expresó indirectamente que el fariseísmo ya no podía ser el punto de partida de la renovación religiosa. Se puede decir que emigró de „Israel“. Pero no fue a los países de los paganos, a la „diáspora“, sino al „desierto“. Sólo allí podía concentrarse y meditar, y sólo allí podía esperar encontrar a aquellos que, como él, esperaban oír „la voz de aquel que llama“. El desierto es al mismo tiempo el punto final del éxodo espiritual y el lugar de la renovación espiritual incipiente.
Respecto de la historia de la humanidad, esto significaba que le era imposible ir a los paganos, al dominio de la corrupción extrema. Respecto de la historia de la salvación, eso significaba que ni siquiera podía permanecer en la
 pervertida y comenzar a obrar allí. Se había sido expulsado por ella misma, tan corrompida estaba, y sólo fuera de ella podía uno concentrarse y levantarse en el lugar de la verdad. E igual que él serían aquellos que él pudiera alcanzar con su palabra y llevarlos a la vida.
Agar había ido al desierto, igual que Juan. Aunque se le había expulsado al desierto, ella había
aceptado esta expulsión, y de este modo el desierto se hizo para ella un claustrum, al que ella e Ismael eran mandados por voluntad de Dios. (Deus perclusit eos.) Y también en esto es un modelo previo de María, que ya antes de la aparición del ángel, por propia voluntad, „no conoció a ningún hombre“ (Lc I, 34). Ella quería estar así enteramente preparada para Dios, y precisamente en atención a ello Dios la eligió como madre de Su Hijo. Su clausura conscientemente elegida es un signo de la pureza de su concepción (, Mt XIX, 12).
Por los hallazgos en Qumran, sabemos que en el desierto se habían separado de los fariseos grupos enteros de personas, los esenios. A hombres de este círculo, que estaban en posesión de los llamados rollos del templo, Herodes el Grande los trajo para la reconstrucción del templo e hizo que se establecieran en Jerusalén, en la montaña de Sion. (Por eso en este lado está la „Puerta de los esenios“.) María, que según los apócrifos era una virgen del templo, donde Sajarja cuidaba de ella, pertenecía según sus convicciones a estos círculos. Fue la primera mujer que había prometido no conocer hombre alguno para estar dispuesta por entero para Dios.
De los esenios y de los discípulos de Juan surgió en lo sucesivo el monacato, cuyo verdadero sentido original se puede comprender de modo especialmente certero en este punto. Estos monasterios no son viñedos en el floreciente viñedo de Dios, tampoco son centros de una floreciente
cultura religiosa, como más tarde en la Europa barroca, sino que son centros de recogimiento de una voluntad religiosa integral a causa de la falta de una tal en la Iglesia. En su caso extremo son eremitorios, monai. De monasterios y eremitorios de este tipo salió en el Imperio bizantino la lucha contra las herejías que brotaban en la joven Iglesia. Estos monasterios pasaron a ser antídotos contra el espíritu (de Sara) que germinaba en la Iglesia. Certeramente señaló María en el mensaje de La Salette que los monasterios de aquella época habían sucumbido al espíritu de Asmodes, y que con ello se destruyeron a sí mismos como verdaderos monasterios. Agar puede considerarse como madre primigenia de los monai y los claustra. En el desierto, ella e Ismael conservaron la fe pura en Dios, sin el menor falseamiento. Dios mismo les había asignado esta tarea cuando indicó a Abraham que obedeciera a la exigencia de Sara. De este modo, Ismael quedó inmunizado frente a la tentación de usurpación en el Reino de Dios, y al mismo tiempo fue formado para la máxima firmeza religiosa en la fe en la unicidad de Dios, y en la obediencia que se debe a El.
Recordando esto, y a diferencia de Pablo y de los primeros antioquianos, Juan Bautista advirtió que aquí, „en el desierto“, se tenía que comenzar con la metanoia.


II

En Juan había surgido de nuevo el espíritu del profeta Elías (Mt XVII, 12). Elías, después de que, a través del juicio de Dios que le habían exigido, hubiera matado en Israel a los profetas de Baal, y de que el rey Ahab y su mujer pagana Jezabel mandaran apresarlo para ejecutarlo, había huido primeramente sin un destino. Pero he aquí que sus pies lo llevan a Beerseba. Allí despidió a su criado y avanzó en el desierto el trecho de un día. Allí se sentó bajo una retama y pidió con toda su alma morir. Dijo: „¡Basta ya, Señor! ¡Quítame la vida, pues yo no soy mejor que mis padres!“ (1 R XIX, 4) Se tumbó en el suelo y se quedó dormido a la sombra de la retama. Pero un ángel del Señor le tocó y le dijo: „Levántate y come.“ Y vio que junto a su cabeza había un pan cocido y una jarra de agua. Comió y bebió y se volvió a dormir. El ángel del Señor volvió a él, le tocó y le dijo: „Levántate y come, porque de otro modo el viaje sería demasiado largo para ti.“ Elías se levantó, comió y bebió, y con las fuerzas de esta comida caminó cuarenta días y cuarenta noches, hasta que llegó al monte Horeb. Allí se metió en la cueva en la que Moisés había buscado protección cuando Dios pasó ante él. „Pero el Señor se dirigió a él, y le dijo: „¿Qué haces aquí, Elías?““ El respondió que sentía mucho celo por El, porque los hijos de Israel habían roto su pacto con Dios. Sólo él había quedado fiel, y por eso le buscaban para matarlo. „El Señor le dijo: „Sal fuera y quédate de pie ante mí, sobre la montaña.““ Cuando Dios hubo pasado en una terrible tormenta y luego su espíritu soplaba como una suave brisa, Elías salió a la puerta de la cueva y recibió las indicaciones de Dios de lo que a partir de entonces debía hacer para y en Israel.
Compárense estos sucesos con la marcha de Agar al desierto, después de que hubo sido expulsada junto con Ismael. Tampoco ella tenía agua, y Dios se la indicó de modo milagroso. También Dios le preguntó: „¿Qué haces?“, y sobrenaturalmente fortalecida caminó hacia Parán al pie del Horeb.
En la necesidad religiosa más extrema sucede aquí el regreso al monte Sinaí, igual que, por lo demás, también Moisés había conducido al pueblo israelita tras la marcha por el mar de juncos al monte Horeb. Allí, en lo más interior de Arabia, sucede el fortalecimiento: en el caso de Agar, la indicación de guiar a Ismael con mano firme; en el caso de Elías, continuar en Israel su confesión del Dios uno.
En la transfiguración en el monte Tabor se aparecen a Jesús las dos grandes figuras que habían buscado en el Horeb una firmeza decisiva: Moisés y Elías. Y Jesús habló con ellos sobre el camino a la muerte que habría de recorrer. El modelo previo más antiguo de estos fortalecimientos es Agar, que había huido de Beerseba hacia el Horeb a través del desierto Sin, y que luego, instruida por Dios, educó a Ismael para la defensa del Dios uno.


III


Vayamos a Jesús. Jesús, tras décadas de una vida religiosa oculta, vino a Betania en el Jordán para recibir el bautismo de Juan. Betania se halla justamente „en el desierto“ en el que también vivían las comunidades de esenios, aunque ciertamente al otro lado del Jordán. Es el país de Gad. Este país lo habían colonizado los descendientes de uno de los hijos de Jacob: estaba abierto hacia el interior de Arabia.
Según el primer libro de las Crónicas, cap. V (vv. 18 ss.), los hijos de Gad, junto con los hijos de Rubén y Manasés, que habían tomado su morada en Transjordania, en la época del rey Jotam (ca. 740 antes de Cristo), estaban en lucha con los hagaritas, que vivían limitando con ellos al este. Los vencieron, tomaron ricos botines y se „instalaron en su lugar“, lo que debe de significar que ocuparon una parte de la zona desértica habitada por ellos –como relata la crónica, „hasta el exilio“ en Babilonia–. Este hecho histórico ilumina por un momento la relación limítrofe entre los israelitas e ismaelitas de aquella época en el país de Gad.
Hacia aquel desierto envió también el espíritu de Dios a Jesús, después de que en el bautismo el cielo se hubiera abierto sobre él. Los cuarenta días en los que Jesús fue tentado, recuerdan sobre todo la marcha del pueblo de Israel por la península del Sinaí tras haber partido de Egipto. En este desierto, Jesús venció las más extremas tentaciones a él, el Hijo de Dios. También después de haberse ganado los primeros apóstoles de entre el círculo de los discípulos de Juan, regresó (tras una breve estancia en Galilea y Jerusalén) al Jordán, e hizo que sus primeros apóstoles administraran allí el bautismo de Juan, hasta que Juan fue apresado por Herodes y encarcelado en la fortaleza de Macairo. Esta intervención violenta en el movimiento profético de Jesús movió a Jesús a comenzar su obra de salvación en (la despreciada) Galilea. Es decir, al igual que Juan, el primer lugar en el que Jesús llamó a la conversión fue el desierto.
Cuando Herodes el Tetrarca, por amor a su sobrina adúltera, ejecutó a Juan, la obra de Jesús en Galilea estaba en su punto culminante. (Dio de comer a cinco mil.) Los apóstoles enviados regresaban en ese momento a él de su primer trabajo misional, felices por su éxito. La masa de los que buscaban ayuda era más grande que nunca. Al calibrar el revés que el movimiento mesiánico había recibido por la ejecución de su fundador, maduró en Jesús la visión de que estaba condenada al fracaso, y de que ya sólo era capaz de vencer en la coronación de su hundimiento. De ahí su anuncio repentino y totalmente inesperado del comienzo de su camino de Pasión tras la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo.
Y de nuevo, al cabo de unas pocas semanas, Jesús va „al desierto“, al desierto exterior de Betania más allá del Jordán, al desierto interior de la preparación para su muerte sacrificial en la cruz. Herodes había decapitado a Juan y andaba ya al acecho de Jesús. El bien organizado fariseísmo había concebido el plan de matarlo. Era claro que todo regreso a Galilea o toda actividad en Jerusalén tenía que acarrearle a Jesús la muerte. Cuando, después de que su amigo Lázaro hubiera muerto, se decide sin embargo a ir a Betania al monte de los Olivos, dijo el apóstol Tomás: „Vayamos también nosotros, para morir con él.“ (Jn XI, 16)


IV


¿Por qué volvió Jesús precisamente „al desierto“? Había advertido que no podía obrar en Galilea, ni mucho menos en Judea, sin ser importunado. Cuando regresó ahí, tuvo que contar con su apresamiento o con su muerte. Es decir, Jesús, igual que Elías y Juan, estaba obligado a ir al desierto a causa de la situación religiosa. En su último avance hacia Jerusalén sus enemigos fariseos lo rodearon para obligarle a confesar claramente su filiación divina, y para en tal caso lapidarlo. (Jn X, 22-39)
En el desierto al otro lado del Jordán, Jesús se preparó para la culminación de su obra de redención. La multitud, cuyo vocal era Bartimeo, saludó el camino real del „Hijo de David“. Desde el desierto, Jesús recorrió su camino sacrificial hasta la muerte en la cruz.


V


Es claro que al final de su vida Jesús estaba completamente en el desierto: los „religiosos“, tanto los fariseos como los sumos sacerdotes, planeaban su muerte; Herodes pensaba en apresarlo como a Juan, y a proceder con él de modo similar; Pilato era lo suficientemente corrupto como para que se le pudiera dar a Jesús para su ejecución como contrapartida por el reconocimiento del gobierno de Tiberio. Al pueblo en su conjunto le interesaban tanto sus fines zelóticos que, para liberar al revolucionario Barrabás, gritó para complacencia de los „religiosos“: „¡Crucificadlo!“ Así pues, la expulsión religiosa y política de Jesús era completa.
Así pues, como puede apreciarse, la
ekkleisis y el eremitorio se corresponden mutuamente. El desierto es al mismo tiempo el lugar de la exclusión y el lugar del recogimiento supremo: (Mt XXIV, 15). De este modo, el desierto pasa a ser el lugar de la respuesta profundizada al ataque del mundo fuera o dentro de la Iglesia.


VI



No se llega a conocer el camino de Jesús si no se comprende claramente que se dirigió
conscientemente a su muerte desde Cesarea de Filipo, es más, ya desde el momento en que supo de la ejecución de Juan Bautista. Su entrada en Jerusalén era para él el camino a la muerte segura, a su autosacrificio hasta el abandono final de Dios antes de su muerte. La muerte de Jesús fue un acto de autosacrificio del que floreció la redención.
La fe en Dios del Islam ha avanzado hoy mucho en la misma dirección por el camino de su martirio. Tendríamos que disponer de medios insospechados de gritar a los oídos de nuestros contemporáneos para hacerles comprender a
esos hombres que, en lo existencial y lo religioso, son progresivamente oprimidos de modo que, en su desesperación, lleguen a la decisión de dirigirse a una muerte totalmente segura para dar testimonio de Allah con su muerte. En tal medida, siguen el camino de Jesús.
Pero es imposible meramente „entender“ esto: la voluntad propia tendría pues que haber llegado a una disposición tal. Nosotros, que no nos hallamos en esta situación, no tenemos ningún derecho a enjuiciar semejante acto de suicidio. Sólo podemos poner la mano sobre nuestra boca y testimoniar tácitamente nuestro compungimiento y vergüenza. Con el acto de suicidio, Ismael responde a la supravaloración reacia a Dios del demoníaco autoensalzamiento moderno.
Ismael es el testigo de la rectitud de Dios, y en ésta, de la justicia en sentido estricto. De este modo, su autosacrificio asume la forma del atentado. En el atentado se hace acto sacrificial. Pero su último sentido religioso no consiste en que aniquile la injusticia, sino más bien en que es realizado inmediatamente en la voluntad de Dios. „No existo para odiar, sino para amar“ : y
este a c t o , realizado con este espíritu, une al musulmán con el cristiano que sigue a Jesús a la muerte con Su actitud. Aquí, Isaac e Ismael se conocen mutuamente.

„El es Dios. No hay Dios sino El. El conoce lo desconocido y el testimonio. El es el Clemente, el Misericordioso.
El es Dios. No hay dios sino El. El es el Rey, el Santísimo, el Pacificador, el Creyente, el Presente, el Poderoso, el Terrible, el Soberbio. ¡Gloria a Dios por encima de lo que le asocian!
El es Dios, el Creador, el Innovador, el Formador. Posee los nombres más hermosos. Lo que hay en los cielos y en la tierra canta su loor. El es el Poderoso, el Sabio.“
(Sura LIX, 22-24)

Al final de mis explicaciones, séame permitido expresar el espíritu en el que las he escrito con palabras del propio Corán:

„En quienes dicen: „Nosotros somos cristianos“, encontrarás a los más próximos, en amor, para quienes creen, y eso porque entre ellos hay sacerdotes y monjes y no se enorgullecen.
Cuando oyen lo que se hizo descender al Enviado, Mahoma, ves a sus ojos derramar lágrimas, porque saben la verdad. Dicen: „Señor nuestro, creemos; inscríbenos con los testimonios.““
(Sura V, 82-84)

Mi agradecimiento al Dr. Christoph Heger y a los coranólogos amigos suyos, con quienes pude comunicarme constantemente mientras escribí este libro.
De igual modo, estoy en deuda de gratitud, que gustosamente reconozco, con Frère Bruno Bonnet-Eymard, quien me descubrió por vez primera la profundidad religiosa del Corán.