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Ekkleisis Abrahae

Lema: Mt XIX, 12


I


En la Sura XVIII del Corán se encuentra un pasaje notable, una parábola del viñedo, que puede ayudarnos a comprender el sacrificio de Isaac en su verdadero significado. Leamos primero el texto:

„Ponles en parábola [dice Dios al profeta] dos hombres. A uno de ellos le dimos dos jardines repletos de viña, a los que rodeamos de palmerales, y entre ambos pusimos sembradío.“
[Interrumpo aquí la reproducción del pasaje para anotar que parece que el texto está contaminado en este lugar. Originalmente tendría que haber dicho: „ A cada uno de ellos le dimos un jardín“; pues sólo así parece tener un sentido la parábola en su desarrollo. Leamos, pues, otra vez:]
„Ponles en parábola [dice Dios al profeta] dos hombres. A cada uno de ellos le dimos un jardín repleto de viña, que rodeamos de palmerales, y entre ambos pusimos sembradío.
Ambos jardines daban su cosecha, y el dueño no fue perjudicado en nada.
E hicimos correr a su través un río,
y el dueño tenía los frutos. Este dijo a su compañero, dirigiéndole la palabra: „Yo soy más rico que tú y más poderoso en clan.“
Luego penetró en su jardín, y siendo injusto consigo mismo, exclamó: „No creo que este jardín se arruine jamás.
No creo que la Hora exista, pero si fuese conducido a mi Señor, realmente, no encontraría mejor lugar de retorno que este jardín.“
Su compañero, dirigiéndole la palabra, le dijo: „¿Serás ingrato con Aquél que te ha creado del polvo y luego te sacó de la esperma y te modeló como hombre?
Yo digo: El es mi Señor. No asocio a nadie a mi Señor.
Si cuando entraste en tu jardín hubieses dicho: „¡Venga lo que Dios quiera!“ ¡No hay fuerza sino en tu Dios!“ Si tú ves que yo tengo menos riquezas e hijos que tú,
es posible, en cambio, que mi Señor me dé algo mejor que tu jardín y que me envíe contra éste rayos del cielo y amanezca siendo suelo pelado,
o es posible que su agua se filtre en la tierra y no puedas encontrarla.“
Todo eso ocurrió, y sus frutos fueron aniquilados. El dueño empezó entonces a retorcerse las manos arrepintiéndose de lo que había gastado en el viñedo. Las emparradas, que protegían los sarmientos, estaban destruidas., y empezó a decir: „¡Ojalá no hubiese asociado a nadie a mi Señor!“
Fuera de Dios no hubo grupo alguno cuyos miembros le defendiesen, y no fue defendido.
Allí, el día de la Resurrección, al verdadero Dios pertenecerá la protección. El es el mejor en la recompensa y el mejor como fin.“
(Sura XVIII, 31-42)

Evidentemente, esta parábola del viñedo, como también entre los profetas israelitas, atañe al „Reino de Dios“, y ha de enseñar que la comunidad religiosa aquí en la tierra jamás ha de considerarse una posesión propia, y que uno peca gravísimamente si la equipara con el Reino de los Cielos.


II


Para entender el sacrificio de Isaac como el acto supremo de Abraham, primeramente y antes que nada tenemos que poner en claro que desde la introducción de la circuncisión y desde el pacto vinculado con ésta no nos hallamos ya ante una familia en una comprensión interhumana, sino ante una
comunidad sobrenatural , que en lo sucesivo llamaré „Iglesia“, aunque, naturalmente, no hay que asociar esta palabra con la concepción específicamente cristiana. La palabra „Iglesia“; en griego kyriake, si se la toma puramente como tal, es incluso muy certera. Aquí la Iglesia es el conjunto de los llamados (ekklesia), es decir, de aquellos que pertenecen al Señor. Y todos los sucesos, decisiones y acciones que tienen lugar en ella, en tanto que suceden en la Iglesia, hay que considerarlos correspondientes a lo religioso. Cierto que queda también la familia natural, pero ella es desde ahora una familia santa, así como más tarde será un pueblo santo (sacrata plebs). En tanto que, en esta familia, Sara odia a Ismael, nos hallamos desde ahora ante un odio espiritual y religioso, y es éste el que tenemos que considerar preferentemente. Sólo en segunda instancia es también internamente un odio familiar.
Pues bien, desde el momento en que Sara exige la expulsión de Agar y de Ismael, el relato del Génesis está separado del sacrificio de Isaac, por así decirlo, por un acto que falta. Falta ahí un miembro intermedio, que nosotros tenemos que reemplazar mediante nuestra propia reflexión.


III


A partir del momento en que nació Isaac, el estado de la Iglesia podría y debería haber sido pacífico, y ello esperaba también Abraham, puesto que no podía verse ningún motivo legítimo para que Sara, que al fin y al cabo había recibido al hijo suyo y de Abraham, y además con una indicación por parte de Dios de que le iba a asignar un papel especial en la realización del plan de salvación, hubiera podido estar insatisfecha. Pero
alto sub cinere...
Qué es lo que buscaba Sara cuando se dirigió abruptamente a Abraham con la exigencia de que expulsara a „esta criada“ y a „su hijo“, se expresa en la palabra „heredero“ (
heres). Cuando Abraham se lamentaba de que le fuera a heredar su criado, Dios le había dicho: „Tu heredero va a ser tu propio hijo, y no un extraño.“ (XV, 4) Pero en estas palabras de Dios se deja del todo abierto si se está hablando de una herencia terrena o espiritual. Pero si, como cabe suponer, Dios se había referido a ambas, entonces, tras la alianza de circuncisión, ya no podía ser incierto que la herencia mundana tenía que servir a la espiritual.


IV


Pero cuando se presenta con su exigencia, Sara se refería sin duda a la herencia mundana (riqueza, multiplicación de la estirpe, posesión de tierra, dominio sobre otros pueblos); pues si se hubiera referido a la herencia espiritual, entonces ésta habría sido después de todo la
sedaka, la justicia, y la justicia exigía precisamente que Ismael y Agar permanecieran en la Iglesia. Pero precisamente Sara no quería esto. Agar había regresado de su huida para servir a Abraham, de quien, desde que Dios se le había aparecido, sabía que estaba llamado por Dios, Pero esto significa precisamente que había regresado para servir a la misión espiritual: servir a ella sirviendo a Sara. No se volvió a sublevar: no podía volverse a sublevar, después de haber visto en la „fuente del Dios vivo y vidente“.
Es decir, Sara exigió que Ismael y Agar fueran expulsados de la comunidad de los llamados, aunque desde el regreso de Agar y su relato tenía que saber que Agar había sido aceptada por Dios igual que Ismael, que El incluso le había dado su (nuevo) nombre (
antes de la circuncisión). Por consiguiente, Sara quería ser en su hijo Isaac la dueña de la herencia entendida terrenamente. Isaac debería –y esto significaba en verdad: ella quería– ser el único dueño de la parte de la herencia.
En su primera epístola, exhorta Pedro: „No cuidéis del rebaño como cuidan los dueños de la herencia, sino como modelos del rebaño“, no „k
ata kyrieuontes ton kleron alla typoi ginomenoi tou poimniou“ (V, 3). Como modelo del rebaño, Sara tendría que haber sido una buena pastora, y eso significa que tendría que haber protegido a Ismael y a Agar en la „Iglesia“. Pero Sara era orgullosa y colérica. Jesús dirá más tarde: „Bienaventurados los humildes, porque ellos heredarán la tierra.“


V


Sara se refería en verdad a la herencia mundana, pero al mismo tiempo estaba convencida de que estaba pensando sólo en la herencia eclesiástica. En el relato del Génesis no se dice nada acerca de que ella hubiera discutido la convicción de Abraham. Justamente porque ella no diferenciaba su finalidad de la finalidad de la justicia perfecta, podía pensar que su finalidad era (aún) eclesiástica. En esta concrescencia tenía que ver Abraham con la religiosidad de ella. Pero si Sara se hubiera sublevado abierta y conscientemente contra la finalidad eclesiástica, entonces la situación habría sido distinta. Pero de este modo pretendía ella, sin ningún tipo de escrúpulos, querer, decidir y actuar en sentido eclesiástico.
Hay un pasaje en el Evangelio de San Mateo que los teólogos consideran que no se puede explicar unívocamente. Juan Bautista había mandado a sus discípulos que fueran a Jesús a preguntarle „si él era quien había de venir o si debían esperar a otro“ (XI, 2). En su respuesta, Jesús se remite a los efectos sanadores de su anuncio, pero tampoco dice positivamente que él sea el Mesías. La pregunta de Juan se ha interpretado generalmente en el sentido de que en la prisión le habían venido dudas de si Jesús, de quien había oído a través de sus discípulos que contravenía los mandamientos del sábado y de la pureza y que tenía tratos con los aduaneros, esos prosélitos de los romanos, era el Mesías prometido, y que en
esta duda quería llegar a la certeza. Si este supuesto hubiera sido correcto, entonces Juan habría vuelto a dudar más tarde de lo que había llegado a inteligir en la venida del Espíritu sobre Jesús. Pero hay que preguntar con qué seriedad se tomó su palabra profética. El sentido de la pregunta de Juan es más bien otro: quería que Jesús pusiera fin a todas las dudas, y en primer lugar a las de sus discípulos, confesando abiertamente (paragrema) que él era el Mesías. Pero eso iba directamente contra las intenciones de Jesús, sin que Juan lo entendiera. Jesús quería que el Reino de Dios se revelara inmediata y directamente mediante sus apariciones, y no mediante una declaración pública del Mesías, que habría conducido de inmediato a que se lo declarara rey (cfr. Jn VI, 14-15). Precisamente por eso prohibió a aquellos a quienes había curado que lo proclamaran como Mesías.
Pero después de que los discípulos hubieran marchado para llevarle a Juan la respuesta de Jesús, Jesús toma postura directamente respecto del presupuesto de esta pregunta: „Os aseguro que, entre todos los hombres ninguno ha sido más grande que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él. Desde que vino Juan el Bautista hasta ahora, al reino de los cielos se le hace violencia, y los violentos pretenden acabar con él“ (Mt XI, 11-12) ¿Qué significa esto? Juan quería forzar „con violencia“ que Jesús se declarara Mesías, manifestando con ello que había venido el Reino de los Cielos. Quería, por así decirlo, „violentar esto“. Esto lo quería porque él era aún un „nacido de mujer“. Lo que Juan quería en última instancia, era correcto: la venida efectiva del Reino de los Cielos. Pero este hecho él quería forzarlo con violencia.
Volvámonos a la exigencia de Sara de que Isaac fuera el único heredero. También ella –ésta era su idea– quería para su único hijo (
monogenes) forzar con violencia la certeza de que él fuera el único heredero. Pero el medio vulnera aquí el fin. La divinidad y la voluntad de Dios tienen que revelarse por sí mismos, y no hacerse reales a través de una atribución arbitraria. Sara quiere la venida del Reino de Dios. Pero esto no puede causarlo una orden inapelable. Dios tiene que confirmarse a sí en una revelación divina desde sí mismo. Unicamente la veracitas Dei es la garantía de su verdad.


VI


Todo es distinto después de que Sara se presenta abruptamente con la exigencia de que esta esclava sea expulsada junto con su hijo para que sea Isaac el único heredero. Consideremos también ya que Dios mismo indicó a Abraham que obedeciera a la exigencia de Sara. Abraham tenía ya una conciencia madura de la
analempsis, y por tanto tenía todos los motivos para seguir el mandato de Dios, aun cuando no entendiera su sentido, sobre tod en vista de la situación surgida. El no podía entender de inmediato los caminos de Dios en el ascenso hacia la glorificación, pero sí que reconocía cuándo lo conducía Dios, y éste era aquí el caso.
Cuando la tienda se cerró detrás de Agar y de Ismael, no sólo la situación familiar había cambiado por completo, sino también la
situación eclesiástica.
Recapitulemos de nuevo: en la primera fase de la estancia de Abraham en Canaán, su propósito principal pasó a ser la salvación de Lot, que había marchado con el. Liberar a Lot de las manos del Rey de Elam y salvarlo de la catástrofe natural merced a una intensa intercesión, no habían podido impedir que Lot, al haberse juntado con los politeístas, se echara a perder para el camino posterior con Dios.
A partir de entonces, desde la aparición del Trinitario, que anunció al mismo tiempo el parto futuro de Sara y el castigo de la catástrofe natural, se trataba del nacimiento del hijo común con Sara y de su desarrollo posterior. Pero habiendo empleado un medio pagano, el parto sustitutorio, Sara se había juntado por su parte con los paganos, si bien con la intención de forzar de este modo el Reino de Dios.
Ahora consolaba a Sara la expulsión de Ismael y de Agar, aunque sabía que Dios mismo se había aparecido a Agar en su huida, que había dado a Ismael su nombre futuro y que había reconducido a Agar. Sara sabía desde entonces que Agar era una verdadera
hanifa, sabía que Dios había aceptado a Ismael en la circuncisión, y que le había dado un nombre nuevo y una promesa. Y sin embargo exigía la expulsión de la Iglesia de ella y de su hijo Ismael (el hijo también de ella). Su odio se había quedado en la alianza, es más, se había potenciado. Además, cuando Agar e Ismael fueron expulsados, como se exigió, fueron excluidos por Abraham –excluidos de la Iglesia–. Abraham fue reconducido a la situación que tenía cuando marchó de Harán a la tierra prometida. Pero ahora tenía cerca de 80 años („ciento diez años“).


VII


Se puede objetar: pero a Abraham le quedaba, además de Sara, un hijo, y concretamente su hijo en sentido pleno. Pero Abraham había tenido que volver a extirpar de su corazón a Ismael como el „hijo de la promesa“, y después de eso su relación con el hijo no podía ser ya una relación incólume. Además, Isaac era demasiado joven como para que en él se hubiera podido ver una decisión para toda la vida. En su conciencia, Abraham estaba solo con Sara. Abraham tendría que no haber sido Abraham si no hubiera advertido el odio de Sara, un odio intraeclesiástico que estaba en una oposición fundamental contra el mandamiento de Dios de caminar ante El en una justicia perfecta. Pero la sublevación de Sara no era una sublevación de palabra, sino de hecho (sin palabras), y
esta sublevación iba mucho más allá que una sublevación „de palabra“, pues, para ésta, la sublevación de facto es siempre la base, pero no al revés. Y sin embargo Dios le había indicado obedecer a la exigencia de Sara, es decir, que Sara se quedara en la Iglesia y sólo en la Iglesia (junto con Isaac): Sara con su odio clerical.
Jesús dirá más tarde: „Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo entre ellos.“ Pero aquí ni siquiera quedaban dos. ¿Dónde estaba la Iglesia, y dónde seguía habiendo Iglesia?


VIII


Volvamos a leer y a reflexionar sobre la parábola de los dos viñedos en la Sura XVIII. ¿Hemos corregido el texto demasiado precipitadamente? Cuando Isaac hubo nacido e Ismael y Agar vivían aún en las tiendas de Abraham, éste podría haberse acercado a la tentación de pensar que tampoco el viñedo en el cielo podía ser más hermoso que el suyo: pues Sara todavía no había mostrado su odio.
Pero la cruel exigencia de Sara asoló el viñedo, al menos una parte de él. Quien había cultivado el viñedo con Dios, estaba ahora totalmente solo. ¿Hemos corregido demasiado precipitadamente la parábola del Corán? ¿No podría aquí haber estado el segundo viñedo dentro del primero? „A uno de ellos le dimos dos jardines repletos de viña.“ ¿Se está pensando aquí en
una propiedad de dos viñedos, de modo que cada uno de ellos se encuentra en la misma propiedad: aquí, en nuestro caso, el viñedo conforme al deseo de Sara en la propiedad, en el viñedo global de Abraham? La „Iglesia“ de Sara en la Iglesia de Abraham o de Dios.
En vista del odio manifiesto de Sara, Abraham tenía que excluirse de aquella „Iglesia“ de la que se podía prever que se secaría o se empantanaría. No podía permitir que la Iglesia fuera en su conjunto una Iglesia del odio. Abraham, hay que decir concisamente, se excluyó a sí mismo de la Iglesia, si es que ella debía ser así, pero todavía de un modo distinto y más profundo que como Ismael y Agar habían sido excluidos y expulsados de la Iglesia. La autoexclusión de Abraham ya no representa un cisma, sino que es otra cosa. Abraham se excluyó de la „Iglesia“
para seguir siendo Iglesia.Se excluyó de la Iglesia, si es que ella debía ser una „Iglesia“ del odio, igual que, ciertamente, con esta exclusión la „Iglesia“ de Sara fue expulsada del viñedo restante de Abraham. ¡Qué terrible decisión le fue cargada a Abraham con esta exclusión interna!


IX


Volvamos a repetir de nuevo nuestro examen. Con la circuncisión, de la familia que estaba bajo la promesa se había hecho una familia santa: la
Ekklesia de Dios.
Sara, aparentemente sin combatir a Dios, exigió el dominio en la Iglesia. Quería disponer por cuenta propia sobre la parte de la herencia, y se comportó entonces como „dueña de la herencia [
kleros]“, por emplear las palabras de San Pedro. La „herencia“ es, en este sentido y en último término, la viña de Dios, que finalmente ocupan los trabajadores. Es precisamente este pensamiento de la posesión (definitiva) la que provocó el odio de Sara contra Ismael. Sara odiaba implícitamente a todos los que obraban en el viñedo sin su voluntad y mandato, es más, incluso a aquellos que hubieran podido tocar esta herencia en lo sucesivo.
Esta voluntad que Sara vivenciaba, condujo al cisma. Pues aquí no estamos ante una herejía o siquiera una apostasía. En su entrega a la voluntad de alianza de Dios, Agar no se había inculpado de nada. En esta medida, ella caminaba ante Dios innegablemente conforme a Su voluntad. El motivo de este cisma fatídico es la mala voluntad, aun cuando se haga pasar por completamente „eclesiástica“. Basta con pensar en las consecuencias de este cisma en la relación mutua entre los israelitas y los ismaelitas en el transcurso de la historia de la humanidad, para alcanzar a ver la inmensurabilidad de estos pecados. Es como si se hubiera lastimado lo más preciado de Dios.
En las consecuencias de este pecado máximamente sublime dentro de la Iglesia, se hizo necesaria la exclusión de Abraham.


X


Ante la situación provocada por Sara, Abraham estaba completamente solo. Primeramente, solo frente al mundo que le rodeaba por todas partes. „El Señor vio que era demasiada la maldad del hombre en la tierra, y que siempre estaba pensando en hacer lo malo.“ (Gn VI, 5) Con su marcha de Mesopotamia, Abraham se acababa de liberar del politeísmo brutal. Pero todavía no poseía ningún pedazo de tierra, y el infierno caldeo lo rodeaba por todas partes, es más, estaba bajo sus pies. Requería de un esfuerzo constante y heroico para hacerle frente. Después de que Sara hubo introducido el odio en la casa de Dios, también en ésta estaba Abraham solo, pues Isaac era todavía un niño espiritualmente indeciso. Junto con Agar, se había expulsado de la casa a la única entregada a Dios, a ella, la verdadera
hanifa, fuera de la Iglesia, quizá, junto con Ismael, en la más terrible aflicción.
Aquí nos hallamos ante una situación que en la historia se ha comprendido tan poco que ni siquiera hay una designación acertada para ella. El enemigo nunca está sólo fuera, al otro lado de los muros, sino en igual medida, es más, en mayor medida, dentro de la propia casa, sólo que de modo inadvertido y la mayoría de las veces desconocido. Se requiere de la máxima atención para no pasarlo por alto allí o desconocerlo. Y es incomparablemente más difícil terminar con el enemigo
intra muros que con el enemigo fuera. En el viñedo mismo había ahora un viñedo que ya no era un viñedo, cuyo suelo había comenzado a empantanarse o a secarse. El arroyo entre los dos terrenos había pasado a ser una frontera enemiga. Quizá no él, pues su fuente se había secado, sino su antiguo lecho. La tormenta del odio había destruido, junto con las empalizadas, también las vides.


XI


Qué amargo tiene que haberle sido a Abraham volver ahora la vista a Agar e Ismael, a sabiendas del odio intraeclesiástico de Sara: eran una parte de la verdadera Iglesia, y sin embargo, al mismo tiempo, habían desaparecido de la Iglesia, ya no se los podía encontrar en ella, expulsados por
su propia decisión (si bien por indicación de Dios mismo). El libro del Génesis resalta su estado diciendo que le resultó „duro“. Con este énfasis encontramos en el Evangelio de San Juan: cuando Jesús hubo dicho que aquellos que querían hacerse cristianos tendrían que comer su carne y beber su sangre, se dice que este discurso resultó „duro“ (skleros) a los oyentes, y que muchos lo abandonaron (Jn VI, 60). Aquí hay una dureza que conduce a la separación. Pero en nuestro caso, esta separación no se basaba en la reticencia o en la incredulidad de Agar. Ella era una verdadera creyente, y era inocente de lo que sucedía en la Iglesia. Si Abraham no hubiera sido Abraham, el hombre de la decisión incondicional por Dios, entonces habría tenido que dudar de Dios. Pero también porque no lo hizo quedó la amarga lamentación de esta expulsión.


XII


Las promesas e indicaciones dadas por Dios, tenían por resultado la situación global descrita. Piénsese por un momento en Jacob en el lugar de Abraham, y en cómo hubiera reaccionado aquél. Abraham se decidió
incondicionalmente a realizar la expulsión de Ismael y de Agar, es decir, a tolerar la escisión de la Iglesia, concretamente en vista del odio abierto de Sara dentro del espacio eclesiástico. Ismael e Isaac eran aún demasiado jóvenes para tomar una decisión para el resto de su vida. A Abraham le quedaban sólo sus siervos. Pero (con excepción de Eliézer) eran siervos en la circuncisión, y no hijos de la circuncisión.
Cuando Abraham, en la marcha de los ángeles hacia Sodoma, intercedió por esta ciudad ante el tercer „ángel“, es decir, ante Dios el Señor, entonces, cuando empezó a hacerlo, todavía no sabía qué terrible era su depravación. Sólo cuando, en su „negociación“, fue reduciendo el número de los justos que había que salvar, tuvo que resultarle claro para horror suyo que en Sodoma ni siquiera se podían hallar diez justos. De hecho, cuando se produjo la huida nocturna de la ciudad consagrada a la destrucción, sólo había tres y medio: Lot y sus dos hijas. Su mujer estaba tan apegada a Sodoma, incluso en vista de la catástrofe, que, lamentándola, miró atrás, y al volverse quedó petrificada.
Merced a esta amarga experiencia, Abraham estaba advertido y preparado para la soledad que le alcanzaría tras la exigencia de Sara y la expulsión de Agar y de Ismael. Aquí había quedado sólo uno en el viñedo que quisiera fundar el reino de la justicia, y era él. Aquí ya no estaba Dios „en medio de dos o tres“,
aquí ni siquiera estaba ya Dios en la Iglesia, sino sólo el propio Abraham, firme en su voluntad aere perennius: solo Iglesia por encima de la Iglesia.
Pensemos por un momento que Abraham hubiera pensado como Sara. Entonces habría sentido que todo estaba „en el mejor orden“: sólo habían quedado su mujer legítima y el hijo legítimo de él y de ella señalado por Dios: la „madre“ sustitutoria y el „hijo de la esclava“ estaban lejos. Mirándolo así, la Iglesia habría estado „completa“.
Pero si se presupone tal convencimiento en Abraham, entonces la exigencia repentina de Dios de sacrificarle a Isaac sólo podría ser una tentación para su obediencia. Entonces, en efecto, aquella explicación banal de la disposición de Abraham al sacrificio se „justifica“ por mera obediencia.


XIII


Hoy, cuatro mil años más tarde, con la esperanza de mirar quizá más profundamente en las intenciones de Dios, podemos preguntarnos por qué Dios indicó a Abraham obedecer la exigencia de su mujer.
Abram y Sarai habían partido de Harán
como matrimonio hacia la tierra prometida, es decir, según el orden de la creación, eran „dos en una sola carne“ (Gn II, 24). Por consiguiente, tenemos que considerar a Abram y a Sarai como un único individuo. „Como hombre y mujer creó El al hombre“, dice el relato de la creación.
Aquí tenemos que tener claro en qué desierto había puesto Dios su viñedo tras la caída en pecado. A causa de esta „caída en pecado“ y tras ella, la humanidad se había hundido en la sensualidad más degradada.
De ella había de levantarse el hombre con Abraham. Habría sido sólo un milagro ex machina si Abraham y Sara se hubieran vuelto justos de golpe. Pero en el caso de tal milagro, la conversión espiritual la habría realizado Dios, y no el hombre. Si éste mismo había de convertirse y liberarse de su enredo en los sentidos, si él mismo había de levantarse, entonces eso sólo podría suceder en la lucha más grave. Habiendo levantado Dios con Su alianza a Abraham y a Sara, junto con los primeros circuncidados, del salvajismo profundo, había que contar con toda la reacción del animal corrompido en ellos y fuera de ellos, extra et intra muros. El hombre debía liberarse, es decir, desprenderse de su corrupción con su propia libertad y esfuerzo: el hombre mismo bajo el presupuesto de su presencia ante Dios, ante la justicia. Este milagro, y no un milagro ex machina, era el que tenía que realizarse. En consecuencia, Dios no podía ahorrarle esta lucha a la humanidad llamada, la lucha no sólo fuera, sino también dentro de los muros. La gloria de los hijos de Dios había de ser la recompensa (la ganancia) de la intervención de ellos.
De todos modos, Abraham y su simiente todavía tenían ante sí la confrontación con el mundo. La cuestión decisiva en ello sería si y cuándo podría abrirse la Iglesia al mundo, y si entonces no prevalecerían las puertas del infierno.


XIV


Pero incomparablemente más terrible tenía que ser la situación dentro de los muros. Surgió el enemigo de la Iglesia
dentro de ella.
El caso más atenuado habría sido que la apostasía en la Iglesia se hubiera manifestado abiertamente como una negación de ella que resaltara: herejía, apostasía, traición. En este caso se podía localizar al enemigo y excluirlo legítimamente como adversario o enemigo de Dios. El viñedo se habría quedado más vacío, o sus límites se habrían estrechado más, pero el límite separador habría seguido siendo inconfundible.
Mucho más grave es el cisma: en él, una parte de la Iglesia justa excluya a la otra. Surge un límite en el viñedo, es decir, en la casa de Dios, pero por otra parte este límite es para ambas partes verdadero viñedo. Puesto que la Iglesia necesariamente tuvo que desarrollarse primero, eso vige también para la formación
histórica de una escisión tal, es decir, por ejemplo, para el caso de que una parte, aunque no quiera nada falso, sin embargo tampoco quiera (todavía) la justicia global (todavía no vista). Este fue el caso con Ismael y Agar. No es culpa de ellos el que no pudieran correalizar el desarrollo posterior de la analempsis. Lo terrible no fue la separación espacial, sino que estuvieran separados espiritualmente del desarrollo posterior del Reino de Dios. Dios quiso, con una intención muy pensada, un único viñedo. Tampoco pudo ser de otro modo, pues en caso contrario se hubiera eliminado la unidad de la voluntad. En lugar de eso, el viñedo único se fragmentó a causa del cisma en muchas partes, cuyos trabajadores ya no se comunican entre ellos. Se ha eliminado la unidad del desarrollo histórico. Y si, a pesar del cisma, en el desarrollo global de la Iglesia sigue habiendo una analempsis única, ésta no es en ningún caso una obra común en lo fragmentado.
Abraham tuvo que sufrir este destino en su simiente,
intra et extra muros. Desde hace cuatro mil años Ismael e Israel recorren caminos separados: Israel, desde la condena a muerte de Jesús, en una Nueva Alianza superior, pero sin embargo, en éste, separado de Ismael desde hace dos mil años.
Esta escisión podría llegar a ser más que un cisma si una parte vulnerara la verdad y la justicia de la otra. El mero desconocimiento de la otra parte respectiva de la Iglesia y su desarrollo no podía ni puede transformar el cisma en herejía. Esto vige también para la parte en la que una Iglesia ha sido superada por la otra en el desarrollo histórico. La Iglesia que ha quedado rezagada no conoce esta parte de la „glorificación“. Pero eso no significa que la rechace por ello. Unicamente el conocerla introduce la decisión. Pues una vez exhortada –y todo conocer a otro es
ipso facto una exhortación–, en la comprensión de esta exhortación no se puede de iure no corresponderla. Pero está en mano de Dios cuándo y dónde tuene lugar este encuentro viviente. El desarrollo de Ismael se realizó, al menos hasta Mahoma, en el desierto, separado del desarrollo del viejo y del nuevo Israel. Pero los temerosos de Dios de Ismael no han hecho recortes en la verdad que les ha llegado transmitida a ellos por Abraham, y que ellos hayan contravenido antes del sacrificio de Isaac no es su culpa, sino culpa de la madre de la estirpe de Israel: Sara.


XV


Pero, como se ha dicho, el cisma no es lo peor que podía suceder en el viñedo. Pero detrás del cisma se alza aún otra cosa, lo último y extremo para lo que hasta hoy no tenemos ningún nombre: la autoexclusión necesaria en la Iglesia. Designaré este fenómeno con la palabra griega
Ekkleisis, que literalmente significa exclusión , pero que aquí tomamos en el sentido específico que se ha indicado.
Con la manifestación del odio de Sara, se alzó el odio en la Iglesia. Sara pertenecía desde el principio a la Iglesia, y había sido recogida como una sola carne en la relación superior del Reino de Dios. Pero la Iglesia misma pecó contra sí misma en el odio de Sara. Pero según la providencia divina, bajo las relaciones en las que había sido llamada a la existencia, la Iglesia no podía vivir sin caída en pecado. En el caso de la
Ekkleisis, el pecado de hecho está obrando mucho más grave y profundamente que el pecado de palabra, al que, sin embargo, también subyace siempre. Si se alcanza a inteligir esto, se entiende que Santiago insistiera tan persistentemente contra Pablo en la prioridad de la obra frente a la fe. Santiago es en este punto hebreo, Pablo sólo israelita.
A esta Iglesia que en la praxis había caído en pecado, Abraham sólo podía decirle no: de otro modo habría afirmado una Iglesia el odio.
Pero si Abraham, si es que quería caminar imperturbablemente en justicia ante el rostro de Dios, no podía sino negar
esta Iglesia (de Sara), mientras que Sara, por otra parte, permanecía según la voluntad de Dios en la Iglesia, es decir, con Abraham (y eventualmente Isaac) como Iglesia, y Abraham no podía afirmar como Iglesia la „Iglesia“ que odiaba ni Sara tampoco estaba dispuesta a cambiar su actitud, entonces a Abraham sólo le restaba un último medio, como decimos, „desesperado“: la autoexclusión de esta Iglesia por mor de la propia Iglesia y de su pervivencia. Abraham se retiró de esta „Iglesia“ permaneciendo él mismo al mismo tiempo, sin embargo, Iglesia: realizó la Ekkleisis. El proceso trágico no fue que mediante este acto quedara excluido de la Iglesia, sino que él mismo se excluyó de la „Iglesia“ por mor de la permanencia de la Iglesia.
Lo que había sucedido con Agar e Ismael cuando fueron expulsados, la exclusión (pasiva) de la Iglesia, Abraham se ve obligado a hacerlo (activamente) en sí mismo ateniéndose a la voluntad de Dios: excluirse de la Iglesia. Esto es un modelo previo de la
Ekkleisis que Jesús realizará dos mil años después.
Porque se sabe de Jesús y de la fundamentación de Su Iglesia, la historia de Israel se ve casi sin excepción de modo falso. Por cuanto respecta a su aspecto oficial, ella fue en verdad una caída continua introducida por Jacob. A este propósito, hay que seguir leyendo de continuo esta historia en los libros de Samuel, de los Reyes y las Crónicas, luego en los libros de Esdras y de Nehemías, así como de los Macabeos, pero eliminando mentalmente por completo la historia de Jesús y de su Iglesia, para entender esto. Ya en el caso de Moisés hemos visto que su acto religioso queda por detrás del de Abraham. A partir de Josué, el gobierno en Israel pasa a manos de jueces, de reyes y a un sanedrín, que, salvo raras excepciones, por lo general
no hicieron de la voluntad de Dios la suya propia. Esto vale también para David y Salomón. A causa de su ambivalencia astuta y aplicada con cálculo, David sólo se hizo hombre de Dios por un lado. Aunque Salomón dio al templo de Jerusalén su lugar definitivo, sin embargo su auténtico fin era un gobierno en amplia medida en un sentido pagano, aun cuando formalmente representara el yahvismo.
La verdadera religión sólo seguía viviendo en el pueblo y en los profetas, en una confrontación constante con el „Israel“ oficial , en cierta manera en una
Ekkleisis incipiente. El verdadero propósito de este „Israel“ se perfila cada vez más: la posesión de la Iglesia como propiedad exclusiva y el gobierno sobre todos los pueblos mediante el triunfo de esta „Iglesia“. En el tiempo de la aparición de los profetas Sajarja, Juan y Jesús, la situación de Israel era justamente esta situación llevada a su vértice supremo. Las palabras del hacha en la raíz del árbol y de las piedras de las que Dios tendría que sacar hijos de Abraham, no eran exageradas. El Consejo supremo destruyó y estranguló el movimiento profético resurgido. En la realización de la justicia, Jesús se excluyó de Israel (de la Israel de Sara) cuando fue excluido por „Israel“, o mejor dicho, por Jacob. Y esta autoexclusión pasó a ser la hora de nacimiento de la Nueva Alianza. Pues excluyéndose de la „Iglesia“ (de la sinagoga) por mor de la Iglesia, El pasó a ser la cabeza de la nueva Iglesia engendrada desde arriba.
Lo que tuvo su preludio en los acontecimientos históricos de Israel, el que tras cada gravísimo pecado contra Dios sólo fuera salvado y pudiera ser salvado un „resto“, en los actos de Abraham y de Jesús se hace realidad
completa. ¡Unicamente en ellos! En Jesús, esta Ekkleisis había alcanzado su final consecuente. Jerusalén no lo advirtió en este día suyo en que Jesús entró en él, lo que debería haberle bastado para su salvación, y por eso a los judíos se les dejó su casa desolada. No sólo la ciudad y el templo se desmoronan, sino que el propio „Israel“-Jacob perece, no sólo físicamente, sino espiritualmente. No queda piedra sobre piedra que no se derrumbe.


XVI


Abraham no era Cristo: no podía
excluir fácticamente a Sara. La indicación de Dios se lo impedía. Sara era con él un sólo hombre, y el hombre entero no podía excluir a Sara sin suicidio, pero eso hubiera significado: sin la destrucción total de la Iglesia. Dios mismo lo había conducido a la situación de la Ekkleisis. Dios había plantado este viñedo como su viñedo más hermoso. Pero toda agua parecía filtrarse. Si Abraham y Sara no hubieran sido „dos en una sola carne“, entonces eso habría sucedido realmente. Pero tiene que verse que el viñedo sólo debía dar fruto en la simiente de Abraham, en Isaac. Isaac estaba apegado a su padre y a su madre. El relato del Génesis habla de que Ismael sólo halló consuelo por la pérdida de su amada madre cuando introdujo a Rebeca como esposa suya en la tienda de Sara, la madre muerta. (XXIV, 87)
En Ismael se encerraba más que en ellos mismos la esperanza y la vida. La esperanza de Sara era ciertamente la de la posesión (de la propiedad heredada); la esperanza de Abraham, la de una comunidad espiritual y perfecta ante Dios. Sin duda que ambas intenciones asediaron al niño. Pero si la Iglesia siguió siendo una
en su doble actitud, Isaac sólo podía seguir siendo justo en la contradicción más completa, y eso significa que no podía serlo en absoluto.
Parecía que Abraham sólo podía tener esperanza en la Iglesia en la conciencia de la contradicción completa en Ismael.


XVII


Pero esta situación afectaba no sólo a Isaac, sino
también a Ismael. En esta hora de su vida, Abraham estaba tan aislado en el desierto espiritual como Agar en el suyo tras su expulsión y el agotamiento del agua. Tal como Agar no abandonó al niño moribundo, sino que sólo se sentó un poco lejos de él para no tener que ver su muerte, tampoco Abraham abandonó a Isaac, aunque Sara lo había expulsado con su odio en la Iglesia. Pero igualmente tampoco olvidó a Ismael, por causa del cual Dios había intervenido dos veces. Si suponemos que Abraham estuviera desesperado (sin ayuda de Dios), entonces tampoco el destino de Agar y de Ismael se había sustraído a todo sentido: la alianza de Dios se habría desmoronado en sí. Pero la vida de Agar consistía en el estar presente de modo concreto ante Dios, pero entonces eso se habría vuelto definitivamente imposible. Y en tal caso, evidentemente, también Ismael estaría perdido con ella.


XVIII


Exactamente en esta situación se produce la doble llamada a Abraham: Dios lo „tienta“, El exige que sacrifique a su hijo Isaac, el portador de la promesa, es decir, de la futura comunidad espiritual, es decir, que sacrifique su destino. Igual que Jesús, al verse abandonado de Dios, exclama dos veces: „Eloí, Eloí“, aquí, a la inversa, Dios llama dos veces a Abraham por su nombre en esta hora suprema del abandono.
Igual que aquel Gregorio VII cuando le alcanzó la llamada de Dios, pero en una dimensión totalmente distinta, podría haber dicho: „He amado la justicia y odiado la injusticia, por eso muero en el exilio“, es decir, en la exclusión. En
esta hora Dios „tienta“ a Abraham, y Abraham se levantó aún en la noche para obedecer a la exigencia de Dios.
Cuando Jesús envió a los apóstoles por vez primera a predicar el Evangelio, les prescribió lo que tenían o no que llevarse. En la noche del Viernes Santo, cuando tras haber instaurado la eucaristía bajó con ellos al valle de Cedrón, regresó y dijo: „Ahora, en cambio, el que tenga bolsa, que la traiga, y también provisiones; y el que no tenga espada, que venda su abrigo y se compre una.“ (Lc XXII, 35-37) A esta lucha que hay que superar con la espada condujo Dios a Abraham.


XIX


En estos artículos he destacado ya cómo la entrega de Isaac voluntaria y sin resistencia, que en el Corán es tan profundamente destacada, fue el primer signo del giro en esta hora de la vida de Abraham donde todo se decide. Isaac, de quien previamente Abraham no sabía qué decisión vital tomaría, afirmó en este momento y desde este instante el propósito del padre, y en él la voluntad de Dios,
non loquens, sed moriens,con sus débiles fuerzas, pero con confianza en la asistencia de Dios en el momento de ser sacrificado. Esto fue el primer indicio tenue de lo que Dios haría luego en el momento de la espada lanzada a matar. En este momento, Isaac se hizo con toda su conciencia y voluntad el hijo de la circuncisión según la voluntad de Dios.
Cuando Abraham advirtió esto –y en esta necesidad extrema no pudo no advertirlo–, entonces resultó repentinamente para él una tentación suprema, que, sólo accesible por medio de la imaginación, era de un alcance ultimo: así pues, después de todo, había el verdadero viñedo de Dios, en la voluntad de Abraham y de Isaac. En este momento del cumplimiento, ¿equiparó Abraham el viñedo terrestre con el celestial? Pero con la aparición de esta pregunta, en ese mismo momento se consumó en lo más profundo del alma de Abraham la valoración:
¡no! Precisamente porque hubo visto la aniquilación que se perfilaba, Abraham consumó también su valoración como un sí exclusivo a la patria celestial: „Venga a nosotros Tu Reino.“ Aun cuando hubiera tenido que matar realmente a Isaac, esta valoración suprema era firme, se había vuelto imperturbable, y junto con ella, la voluntad de Dios en la voluntad de Abraham. Tanto merced a que Dios retuviera su mano, como también a través del consentimiento de Isaac de ser la víctima, Abraham experimentó que la Iglesia vivirá eternamente en la voluntad de Dios. „Y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella.“ (Mt XVI.)
„Puesto que has hecho esto y no me has negado a tu único hijo [...] te bendeciré mucho. Tu descendencia [...] siempre vencerá a sus enemigos [...] porque me has obedecido.“ (Gn XXII, 16-18) Gracias a la
Ekkleisis como rechazo de la tentación del idolatramiento de la Igleisa, puramente como Iglesia, la Iglesia no perecerá, sino que se mantendrá sin tiempo sobre este fundamento, y por tanto para todos los tiempos.


XX


Cuando el ángel de Dios retuvo la mano de Abraham impidiendo el sacrificio de Isaac y le dijo que en su acción había reconocido el autosacrificio completo, Abraham alzó sus ojos y vio un carnero que se había enredado con sus cuernos en las astas de un arbusto. Entonces lo tomó y lo ofreció a Dios como
holokarpôsis „en lugar de Isaac“. (XXII, 13)
¿Qué significa esto? Las Sagradas Escrituras no refieren nada irrelevante. Representémonos en concreto lo que hizo Abraham. Sólo en ese momento hubo ofrecido su sacrificio completo. Sólo en ese momento huyó de Isaac el horror de ser matado. ¿Qué podían pensar de ofrecer entonces a Dios un sacrificio animal, en cierto modo el sacrificio habitual y usual de aquella época, como más tarde también hizo Moisés como un deber constante para los israelitas? La „explicación“ más simple dice: fue un sacrificio sustitutorio, puesto que el altar ya esta erigido y había que ofrecer algo a Dios, según convenía en ese momento.
Quien comprende realmente el suceso meditándolo, ve que eso no puede ser así. El sacrificio animal es a su vez el sacrificio sustitutorio imperfecto en el que la culpa no es realmente pagada, ni Dios queda realmente satisfecho. En este momento en el que acaba de realizar el acto supremo del autosacrificio, ¿podía Abraham siquiera pensar en ofrecer de nuevo a Dios el viejo sustituto insuficiente del verdadero sacrificio? Después de todo, ¡se acababa de sacrificar a sí mismo y a Abraham! Pero, al fin y al cabo, no: justo en este momento no había sacrificado, porque Dios había retenido su mano.
El sacrificio del carnero no puede haber sido por tanto el usual sacrificio incompleto. En cuanto tal, habría sido una ofensa a Dios. Pero entonces, si es de este modo, el sacrificio del carnero tuvo que ser pese a todo el sacrificio completo: el fruto entero del autosacrificio, la
holokarpôsis de la que, al fin y al cabo, habla también la Septuaginta. Abraham e Isaac habían sacrificado su vida. Con ello, había sacrificado prefigurativamente la vida, es decir, en su vida, también la vida de todo lo real. Pues bien, de este modo pudo Abraham ofrecer también esta vida como un sacrificio total nuevo y renovado, y participar junto con Isaac de la carne y la sangre de este sacrificio. El sacrificio del carnero es el modelo previo (como siempre, imperfecto), de la Santa Cena.


XXI


La vida de Isaac tras el sacrificio está asumida del todo en la de Abraham. El relato del libro del Génesis contiene una tenue indicación de cómo tomó su ser en la Iglesia: cuando Eliézer trae a Rebeca a Bersabé a su señor, llegaron una tarde a casa. „Isaac había vuelto del pozo llamado „El que vive y el que ve“, pues vivía en la región del Négueb. Había salido a dar un paseo al anochecer. En esto vio que unos camellos se acercaban.“ (Gn XXIV, 62-63) El pozo de „El que vive y el que ve“ es precisamente aquel pozo en el que Dios se había aparecido a Agar la primera vez. Así pues, Isaac estaba meditando en el lugar donde Dios mismo se había aparecido a Agar en Su promesa a Abraham y donde la había asumida anticipatoriamente en la alianza de circuncisión. Cabe concluir que no se daba ninguna reticencia hacia la expulsada ni hacia su hermano: al contrario, el cavilante se vio atraído hacia ese lugar. Y una vez que, más tarde, su padre hubo muerto y fue enterrado, se dice: „Después que Abraham murió, Dios bendijo a Isaac, que había quedado a vivir junto al pozo „El que vive y el que ve“.“ (XXV, 11) Isaac estaba an paz con Ismael y Agar, la Iglesia expulsada, y así los vemos enterrando al padre unido con Ismael. (XXV, 9)


XXII


El autosacrificio de Abraham (y junto con él el de Isaac) pasó a ser el punto de partida de la vida de Abraham ante Dios.
Representémonos su situación en esta hora. Abraham tenía 80 años. Con su „no, no“, su padre Terá y él se habían sustraído al comienzo de
su camino del „infierno caldeo“. Pero Terá llegó hasta Harán y murió allí. De este modo, sólo Abraham, junto con Lot (y Sara), seguían llevando la voluntad de Dios en un mundo de orientación puramente sensual y pervertido en esta dirección. Lot ni siquiera llegó a ser circuncidado: el, a quien los dos ángeles de Dios pudieron salvar en último extremo del „hundimiento sensual“, quedó sólo como hijo de la promesa, como compañero, pero para el Reino de Dios en la tierra estaba perdido. La primera mitad de su época en Canaán transcurrió para Abraham en el empeño combatiente y solícito de preservar cuanto menos a Lot de regresar al paganismo.
Cuando esto todavía no había resultado del todo, Dios promete a Sara un hijo, pero esto en vista del hecho de que, por voluntad de Sara, Agar había dado ya a Abraham un descendiente carnal. Con ello se perfiló el círculo en el que habría de transcurrir la segunda mitad de la vía de Abraham en Canaán. La alianza de circuncisión estaba ya fundamentada: se trataba de su permanencia en la semilla de Abraham, de la
permanencia de la Iglesia.
En tanto que Sara planteó la exigencia de expulsar al hijo Ismael y a su madre, trajo el principio del odio a la recién surgida Iglesia. También ella se perdió como compañera para el Reino venidero de la justicia. Peor aún, pasó a ser enemiga de la Igleisa en la Igleisa. Abraham tuvo que expulsar a Ismael (y a Agar), a Ismael, que era hijo
suyo y miembro de la Iglesia, a él y a su madre, que había sido llamada por Dios mismo. Dios no sólo había devuelto a Abraham a la situación de la que había partido. Mucho peor, Abraham estaba ahora totalmente solo en su lucha contra el mundo, y al mismo tiempo la lucha contra el mundo había pasado a ser la lucha en la propia casa: la Iglesia y la familia estaban destrozadas, doblemente destrozadas, exterior e interiormente. La última esperanza que aún tenía Abraham se basaba en sus hijos. Pero Ismael había sido expulsado prematuramente. Isaac estaba bajo la doble influencia del padre y de la madre. El había de seguir llevando la Iglesia en los siglos venideros. ¿La Iglesia o la „Iglesia“?: ésta era la pregunta que estaba en el espacio. Y si realmente era la Iglesia, ¿no había sido enviada como cordero entre lobos devoradores, lobos que incluso merodeaban en el viñedo? ¡Y el enemigo con piel de cordero era el más peligroso! La „Iglesia“ de Sara tuvo que ser superada en la Iglesia por la Iglesia. Las puertas del infierno no podían ser las puertas de la ciudad.


XXIII


Abraham era un hombre. Era un hombre que, bajo la llamada de Dios, acababa de levantar la cabeza del mar de pecado del paganismo general. Ciertamente, Dios lo había conducido: adónde, acaba de perfilarse ahora. Después de todo esto, ¿podía tener todavía confianza en la analempsis de Dios, es más, persistir siquiera en la voluntad de la justicia de Dios? ¿No tenía que dudar de esta justicia? Podría parecer que ella no había ayudado en nada a la superación eficiente del mal. Por el contrario, obrar según ella como principio sólo había hecho más fuerte al mundo, que estaba contra esto: eso había conducido en último término al cisma y, en una consecuencia última, a la
Ekkleisis en la Iglesia. Pero los hijos todavía no eran capaces de decir hacia dónde debía dirigirse su via. El mal había penetrado hasta el límite de su persona. ¿No habría tenido que decir Abraham, como más tarde Gogol: „Una tristeza me sobrecoge el alma porque no soy capaz de ver lo bueno en el bien.“? (Anotación de Diario, 1845)
Abraham estaba en el estado de tales pensamientos cuando Dios lo „tentó“. Es la primera tentación de Dios que relatan las Sagradas Escrituras. La exigencia de sacrificar a Isaac cristalizó en la tentación que ya tuvo que haber obrado en Abraham. ¿Buscaba Abraham la justicia de Dios sin ninguna condición, de modo que ésta tenía prioridad sobre todo lo demás posible, o no? ¿Se probaría su voluntad como hecha una con la voluntad de Dios? ¿Había fijado Abraham su ancla –por emplear la soberbia imagen de la Epístola a los Hebreos– en el
Debir, en lo más sagrado de Dios? La confianza en la analempsis, que conforme a su esencia no puede anticiparse, sino a la que –si se ha hecho todo lo correcto– hay que seguir con esperanza, tal como se promulga, se basa en la formación de la voluntad sobre la valoración moral. Ella es, en última instancia, lo que importaba.
Abraham no vaciló. No dudó ni por un momento. Había fijado su voluntad, el último principio de su ser, de una vez para siempre en Dios, en Su sagrada voluntad.


Excursus


En mis diversas peregrinaciones al monte Athos (Hagios Oros), he tenido una vivencia que tal vez puede alumbrar desde otra parte lo que sucedió con Abraham en la
Ekkleisis. Yo iba siempre en Semana Santa al Monte Sagrado, y me hospedé varias veces en el monasterio Xeropotamou. Cuando regresé ahí por primera vez, Xeropotamou era un monasterio de la orden idiorrítmica, es decir, que los monjes vivían aislados con su propia subsistencia en una asociación monástica. En tales casos, el lugar de la oración común y de la liturgia es el Katholikon. Pero los idiorrítmicos tampoco están obligados a visitarlo regularmente (aunque casi siempre lo hace): por motivos de su praxis monacal, puede vivir también totalmente aislado.
En calidad de visitante en uno monasterio de este tipo, enseguida se advierte que uno se halla entre solitarios, cada uno de los cuales lleva su lucha según su propio convencimiento espiritual. Pero entre ellos hay también monjes que, con fines del adoctrinamiento y el perfeccionamiento espiritual, se someten a otros monjes como alumnos, y entonces se esfuerzan a menudo por el perfeccionamiento en una obediencia muy estricta.
Algunos años más tarde regresé al monasterio Xeropotamou, y nuevamente en Semana Santa. Y ya en en el recibimiento, cuando me pasaron el Glyko, advertí una curiosa modificación: todo se había mejorado conforme a un nuevo orden doméstico y se hacía de modo esencialmente más ordenado que la vez precedente. Pero sobre todo, los monjes con los que teníamos contacto estaban ostensiblemente sometidos a una rígida dirección del monasterio. Y, efectivamente, el monasterio había cambiado de la orden idiorrítmica a la orden cenobítica.
Esto sucedió así: el monasterio Andreou, anteriormente ruso, servía en el Athos como seminario para formación de sacerdotes para el Monte Sagrado. En el lapso de tiempo entre mi primera estancia y la segunda, había llegado a Xeropotamou desde Andreou una promoción de recién consagrados. Ellos cambiaron la situación de mayoría en la asociación monástica, y el resultado fue que se realizó un cambio a la orden cenobítica. Aquí hay que saber que, desde el surgimiento de la repúblico de monjes, los monasterios del monte Athos realizaron constantemente cambios tales en el curso de los siglos, de modo que el peso entre ambas tendencias se había desplazado al monte. (Por lo demás, al lado de los grandes monasterios vive también un número predominante de monjes como eremitas estrictos en los llamados
skits.) El monasterio más venerable del Athos, el Laura, fundado por San Atanasio de los padres monjes, había seguido siendo siempre en el monte el modelo iluminador de la tendencia idiorrítmica.)
Ya en la primera visita al Katholikon pudimos percibir todas las dimensiones de las innovaciones cenobíticas. A diferencia de la vez anterior, a nosotros (en tanto que católicos romanos) se nos negó asistir a la liturgia en la iglesia. Sólo pudimos estar en la puerta de entrada al Katholikon, mientras que antes habíamos participado de la liturgia como aislados entre los padres. Naturalmente que de esta situación modificada resultaron también debates con los monjes, empezando con la pregunta de por qué no nos dejaban entrar.
Y entonces se produjo algo que en un primer momento fue para mí totalmente sorprendente. Los jóvenes monjes sacerdotes estaban en una disciplina estricta bajo el nuevo abad. Evidentemente, se los había adoctrinado exactamente en su doctrina y comportamiento. Nos podían explicar exactamente su punto de vista, que habían aprendido ostensiblemente de modo dogmático. Peo al mismo tiempo se advertía pronto que uno topaba con fórmulas dogmáticas introducidas a la fuerza, tras las cuales no se podía reconocer ningún conocimiento autónomo de los contenidos doctrinales. También era manifiesto que estaban actuando en una obediencia disciplinaria, y no por iniciativa propia.
No me veo capaz de expresar suficientemente qué transformación había provocado en el ambiente este cambio del monasterio. La dogmática y la disciplina abstractas habían conseguido la prioridad frente a la intelección viva y el autodominio conquistados en el esfuerzo particular.
Y esto puede aclarar la postura eclesiástica de Abraham. Abraham es el típico idiorrítmico: vivía y obraba desde una intelección conquistada por sí mismo, pero que también era una intelección verdaderamente propia, una intelección de una naturaleza tan profunda que también fue capaz de vencer el ideal de la Iglesia tal como se había constituido desde la circuncisión, cuando el convencimiento viviente lo hizo necesario, y también y justamente allí donde resultaba duro. El idiorrítmico es como un partisano en comparación con un soldado de milicias: sus conocimientos y sus modos de vivir no los ha conquistado en la maqueta, sino en una la propia lucha pesada consigo mismo.
En contra del idiorritmo puede objetarse que jamás podrá actuar tan determinantemente como el cenobio. Aun cuando esta argumentación fuera correcta, entonces significaría sólo lo que se consigue cuando la ley mosaica se pone en lugar de la lucha particular abrahamita, y entonces ahí vale todo lo que se expuso en el artículo sobre Moisés. Pero en actual situación de inflexión histórica, la pregunta es qué modo de lucha es capaz de resistir mejor y de resistir en general, la cenobítica o la idiorrítmica.
El cenobita es un cristiano porque está en la Iglesia. El idiorrítmico está en la Iglesia (y quiere estar en ella) porque se ha hecho cristiano por convencimiento propio.