Ekkleisis
Abrahae
Lema: Mt XIX, 12
I
En la Sura XVIII del Corán se encuentra un pasaje
notable, una parábola del viñedo, que puede ayudarnos a
comprender el sacrificio de Isaac en su verdadero
significado. Leamos primero el texto:
„Ponles en parábola [dice Dios al profeta] dos
hombres. A uno de ellos le dimos dos jardines repletos de
viña, a los que rodeamos de palmerales, y entre ambos
pusimos sembradío.“
[Interrumpo aquí la reproducción del pasaje para anotar
que parece que el texto está contaminado en este lugar.
Originalmente tendría que haber dicho: „ A cada uno
de ellos le dimos un jardín“; pues sólo así parece
tener un sentido la parábola en su desarrollo. Leamos,
pues, otra vez:]
„Ponles en parábola [dice Dios al profeta] dos
hombres. A cada uno de ellos le dimos un jardín repleto
de viña, que rodeamos de palmerales, y entre ambos
pusimos sembradío.
Ambos jardines daban su cosecha, y el dueño no fue
perjudicado en nada.
E hicimos correr a su través un río,
y el dueño tenía los frutos. Este dijo a su compañero,
dirigiéndole la palabra: „Yo soy más rico que tú y
más poderoso en clan.“
Luego penetró en su jardín, y siendo injusto consigo
mismo, exclamó: „No creo que este jardín se arruine
jamás.
No creo que la Hora exista, pero si fuese conducido a mi
Señor, realmente, no encontraría mejor lugar de retorno
que este jardín.“
Su compañero, dirigiéndole la palabra, le dijo:
„¿Serás ingrato con Aquél que te ha creado del
polvo y luego te sacó de la esperma y te modeló como
hombre?
Yo digo: El es mi Señor. No asocio a nadie a mi Señor.
Si cuando entraste en tu jardín hubieses dicho:
„¡Venga lo que Dios quiera!“ ¡No hay fuerza
sino en tu Dios!“ Si tú ves que yo tengo menos
riquezas e hijos que tú,
es posible, en cambio, que mi Señor me dé algo mejor que
tu jardín y que me envíe contra éste rayos del cielo y
amanezca siendo suelo pelado,
o es posible que su agua se filtre en la tierra y no
puedas encontrarla.“
Todo eso ocurrió, y sus frutos fueron aniquilados. El
dueño empezó entonces a retorcerse las manos
arrepintiéndose de lo que había gastado en el viñedo. Las
emparradas, que protegían los sarmientos, estaban
destruidas., y empezó a decir: „¡Ojalá no hubiese
asociado a nadie a mi Señor!“
Fuera de Dios no hubo grupo alguno cuyos miembros le
defendiesen, y no fue defendido.
Allí, el día de la Resurrección, al verdadero Dios
pertenecerá la protección. El es el mejor en la
recompensa y el mejor como fin.“
(Sura XVIII, 31-42)
Evidentemente, esta parábola del viñedo, como también
entre los profetas israelitas, atañe al „Reino de
Dios“, y ha de enseñar que la comunidad religiosa
aquí en la tierra jamás ha de considerarse una posesión
propia, y que uno peca gravísimamente si la equipara con
el Reino de los Cielos.
II
Para entender el sacrificio de Isaac como el acto supremo
de Abraham, primeramente y antes que nada tenemos que
poner en claro que desde la introducción de la
circuncisión y desde el pacto vinculado con ésta no nos
hallamos ya ante una familia en una comprensión
interhumana, sino ante una comunidad
sobrenatural , que en lo sucesivo llamaré
„Iglesia“, aunque, naturalmente, no hay que
asociar esta palabra con la concepción específicamente
cristiana. La palabra „Iglesia“; en
griego kyriake,
si se la toma puramente como tal, es incluso muy certera.
Aquí la Iglesia es el conjunto de los llamados
(ekklesia),
es decir, de aquellos que pertenecen al Señor. Y todos
los sucesos, decisiones y acciones que tienen lugar en
ella, en tanto que suceden en la Iglesia, hay que
considerarlos correspondientes a lo religioso. Cierto que
queda también la familia natural, pero ella es desde
ahora una familia santa,
así como más tarde será un pueblo santo
(sacrata
plebs). En tanto que, en esta
familia, Sara odia a Ismael, nos hallamos desde ahora
ante un odio espiritual y religioso, y es éste el que
tenemos que considerar preferentemente. Sólo en segunda
instancia es también internamente un odio familiar.
Pues bien, desde el momento en que Sara exige la
expulsión de Agar y de Ismael, el relato del Génesis está
separado del sacrificio de Isaac, por así decirlo, por un
acto que falta. Falta ahí un miembro intermedio, que
nosotros tenemos que reemplazar mediante nuestra propia
reflexión.
III
A partir del momento en que nació Isaac, el estado de la
Iglesia podría y debería haber sido pacífico, y ello
esperaba también Abraham, puesto que no podía verse
ningún motivo legítimo para que Sara, que al fin y al
cabo había recibido al hijo suyo y de Abraham, y además
con una indicación por parte de Dios de que le iba a
asignar un papel especial en la realización del plan de
salvación, hubiera podido estar insatisfecha. Pero
alto sub
cinere...
Qué es lo que buscaba Sara cuando se dirigió abruptamente
a Abraham con la exigencia de que expulsara a „esta
criada“ y a „su hijo“, se expresa en la
palabra „heredero“ (heres).
Cuando Abraham se lamentaba de que le fuera a heredar su
criado, Dios le había dicho: „Tu heredero va a ser
tu propio hijo, y no un extraño.“ (XV, 4) Pero en
estas palabras de Dios se deja del todo abierto si se
está hablando de una herencia terrena o espiritual. Pero
si, como cabe suponer, Dios se había referido a ambas,
entonces, tras la alianza de circuncisión, ya no podía
ser incierto que la herencia mundana tenía que servir a
la espiritual.
IV
Pero cuando se presenta con su exigencia, Sara se refería
sin duda a la herencia mundana (riqueza, multiplicación
de la estirpe, posesión de tierra, dominio sobre otros
pueblos); pues si se hubiera referido a la herencia
espiritual, entonces ésta habría sido después de todo
la sedaka,
la justicia, y la justicia exigía precisamente que Ismael
y Agar permanecieran en
la Iglesia. Pero
precisamente Sara no quería esto. Agar había regresado de
su huida para servir a Abraham, de quien, desde que Dios
se le había aparecido, sabía que estaba llamado por Dios,
Pero esto significa precisamente que había regresado para
servir a la misión espiritual: servir a ella sirviendo a
Sara. No se volvió a sublevar: no podía volverse a
sublevar, después de haber visto en la „fuente del
Dios vivo y vidente“.
Es decir, Sara exigió que Ismael y Agar fueran expulsados
de la comunidad de los llamados, aunque desde el regreso
de Agar y su relato tenía que saber que Agar había sido
aceptada por Dios igual que Ismael, que El incluso le
había dado su (nuevo) nombre (antes
de la
circuncisión). Por consiguiente, Sara quería ser en su
hijo Isaac la dueña de la herencia entendida
terrenamente. Isaac debería –y esto significaba en
verdad: ella
quería– ser
el único dueño de la parte de la herencia.
En su primera epístola, exhorta Pedro: „No cuidéis
del rebaño como cuidan los dueños de la herencia, sino
como modelos del rebaño“, no
„kata kyrieuontes ton
kleron alla typoi ginomenoi tou
poimniou“ (V, 3). Como modelo
del rebaño, Sara tendría que haber sido una buena
pastora, y eso significa que tendría que haber protegido
a Ismael y a Agar en la „Iglesia“. Pero Sara
era orgullosa y colérica. Jesús dirá más tarde:
„Bienaventurados los humildes, porque
ellos
heredarán la
tierra.“
V
Sara se refería en verdad a la herencia mundana, pero al
mismo tiempo estaba convencida de que estaba pensando
sólo en la herencia eclesiástica. En el relato del
Génesis no se dice nada acerca de que ella hubiera
discutido la convicción de Abraham. Justamente porque
ella no diferenciaba su finalidad de la finalidad de la
justicia perfecta, podía pensar que su finalidad era
(aún) eclesiástica. En esta concrescencia tenía que ver
Abraham con la religiosidad de ella. Pero si Sara se
hubiera sublevado abierta y conscientemente contra la
finalidad eclesiástica, entonces la situación habría sido
distinta. Pero de este modo pretendía ella, sin ningún
tipo de escrúpulos, querer, decidir y actuar en sentido
eclesiástico.
Hay un pasaje en el Evangelio de San Mateo que los
teólogos consideran que no se puede explicar
unívocamente. Juan Bautista había mandado a sus
discípulos que fueran a Jesús a preguntarle „si él
era quien había de venir o si debían esperar a
otro“ (XI, 2). En su respuesta, Jesús se remite a
los efectos sanadores de su anuncio, pero tampoco dice
positivamente que él sea el Mesías. La pregunta de Juan
se ha interpretado generalmente en el sentido de que en
la prisión le habían venido dudas de si Jesús, de quien
había oído a través de sus discípulos que contravenía los
mandamientos del sábado y de la pureza y que tenía tratos
con los aduaneros, esos prosélitos de los romanos, era el
Mesías prometido, y que en esta
duda quería
llegar a la certeza. Si este supuesto hubiera sido
correcto, entonces Juan habría vuelto a dudar más tarde
de lo que había llegado a inteligir
en la venida del
Espíritu sobre Jesús. Pero hay que preguntar con qué
seriedad se tomó su palabra profética. El sentido de la
pregunta de Juan es más bien otro: quería que Jesús
pusiera fin a todas las dudas, y en primer lugar a las de
sus discípulos, confesando abiertamente
(paragrema)
que él era el Mesías. Pero eso iba directamente contra
las intenciones de Jesús, sin que Juan lo entendiera.
Jesús quería que el Reino de Dios se revelara inmediata y
directamente mediante sus apariciones, y no mediante una
declaración pública del Mesías, que habría conducido de
inmediato a que se lo declarara rey (cfr. Jn VI, 14-15).
Precisamente por eso prohibió a aquellos a quienes había
curado que lo proclamaran como Mesías.
Pero después de que los discípulos hubieran marchado para
llevarle a Juan la respuesta de Jesús, Jesús toma postura
directamente respecto del presupuesto de esta pregunta:
„Os aseguro que, entre todos los hombres ninguno ha
sido más grande que Juan el Bautista; sin embargo, el más
pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él.
Desde que vino Juan el Bautista hasta ahora, al reino de
los cielos se le hace violencia, y los violentos
pretenden acabar con él“ (Mt XI, 11-12) ¿Qué
significa esto? Juan quería forzar „con
violencia“ que Jesús se declarara Mesías,
manifestando con ello que había venido el Reino de los
Cielos. Quería, por así decirlo, „violentar
esto“. Esto lo quería porque él era aún un
„nacido de mujer“. Lo que Juan quería en
última instancia, era correcto: la venida efectiva del
Reino de los Cielos. Pero este hecho él quería forzarlo
con violencia.
Volvámonos a la exigencia de Sara de que Isaac fuera el
único heredero. También ella –ésta era su
idea– quería para su único hijo
(monogenes)
forzar con violencia la certeza de que él fuera el único
heredero. Pero el medio vulnera aquí el fin. La divinidad
y la voluntad de Dios tienen que revelarse por sí mismos,
y no hacerse reales a través de una atribución
arbitraria. Sara quiere la venida del Reino de Dios. Pero
esto no puede causarlo una orden inapelable. Dios tiene
que confirmarse a sí en una revelación divina desde sí
mismo. Unicamente la veracitas Dei
es la garantía de
su verdad.
VI
Todo es distinto después de que Sara se presenta
abruptamente con la exigencia de que esta esclava sea
expulsada junto con su hijo para que sea Isaac el único
heredero. Consideremos también ya que Dios mismo indicó a
Abraham que obedeciera a la exigencia de Sara. Abraham
tenía ya una conciencia madura de la analempsis,
y por tanto tenía todos los motivos para seguir el
mandato de Dios, aun cuando no entendiera su sentido,
sobre tod en vista de la situación surgida. El no podía
entender de inmediato los caminos de Dios en el ascenso
hacia la glorificación, pero sí que reconocía cuándo lo
conducía Dios, y éste era aquí el caso.
Cuando la tienda se cerró detrás de Agar y de Ismael, no
sólo la situación familiar había cambiado por completo,
sino también la situación
eclesiástica.
Recapitulemos de nuevo: en la primera fase de la estancia
de Abraham en Canaán, su propósito principal pasó a ser
la salvación de Lot, que había marchado con el. Liberar a
Lot de las manos del Rey de Elam y salvarlo de la
catástrofe natural merced a una intensa intercesión, no
habían podido impedir que Lot, al haberse juntado con los
politeístas, se echara a perder para el camino posterior
con Dios.
A partir de entonces, desde la aparición del Trinitario,
que anunció al mismo tiempo el parto futuro de Sara y el
castigo de la catástrofe natural, se trataba del
nacimiento del hijo común con Sara y de su desarrollo
posterior. Pero habiendo empleado un medio pagano, el
parto sustitutorio, Sara se había juntado por su parte
con los paganos, si bien con la intención de forzar de
este modo el Reino de Dios.
Ahora consolaba a Sara la expulsión de Ismael y de Agar,
aunque sabía que Dios mismo se había aparecido a Agar en
su huida, que había dado a Ismael su nombre futuro y que
había reconducido a Agar. Sara sabía desde entonces que
Agar era una verdadera hanifa,
sabía que Dios había aceptado a Ismael en la
circuncisión, y que le había dado un nombre nuevo y una
promesa. Y sin embargo exigía la expulsión de la Iglesia
de ella y de su hijo Ismael (el hijo también de ella). Su
odio se había quedado en la alianza, es más, se había
potenciado. Además, cuando Agar e Ismael fueron
expulsados, como se exigió, fueron excluidos
por
Abraham –excluidos de la
Iglesia–. Abraham fue reconducido a la situación
que tenía cuando marchó de Harán a la tierra prometida.
Pero ahora tenía cerca de 80 años („ciento diez
años“).
VII
Se puede objetar: pero a Abraham le quedaba, además de
Sara, un hijo, y concretamente su hijo en sentido pleno.
Pero Abraham había tenido que volver a extirpar de su
corazón a Ismael como el „hijo de la
promesa“, y después de eso su relación con el hijo
no podía ser ya una relación incólume. Además, Isaac era
demasiado joven como para que en él se hubiera podido ver
una decisión para toda la vida. En su conciencia, Abraham
estaba solo con Sara. Abraham tendría que no haber sido
Abraham si no hubiera advertido el odio de Sara, un odio
intraeclesiástico que estaba en una oposición fundamental
contra el mandamiento de Dios de caminar ante El en una
justicia perfecta. Pero la sublevación de Sara no era una
sublevación de palabra, sino de hecho (sin palabras),
y esta
sublevación iba
mucho más allá que una sublevación „de
palabra“, pues, para ésta, la sublevación
de
facto es siempre la base, pero no
al revés. Y sin embargo Dios le había indicado obedecer a
la exigencia de Sara, es decir, que Sara se quedara en la
Iglesia y sólo en la Iglesia (junto con Isaac): Sara con
su odio clerical.
Jesús dirá más tarde: „Donde dos o tres se reúnen
en mi nombre, ahí estoy yo entre ellos.“ Pero aquí
ni siquiera quedaban dos. ¿Dónde estaba la Iglesia, y
dónde seguía habiendo Iglesia?
VIII
Volvamos a leer y a reflexionar sobre la parábola de los
dos viñedos en la Sura XVIII. ¿Hemos corregido el texto
demasiado precipitadamente? Cuando Isaac hubo nacido e
Ismael y Agar vivían aún en las tiendas de Abraham, éste
podría haberse acercado a la tentación de pensar que
tampoco el viñedo en el cielo podía ser más hermoso que
el suyo: pues Sara todavía no había mostrado su odio.
Pero la cruel exigencia de Sara asoló el viñedo, al menos
una parte de él. Quien había cultivado el viñedo con
Dios, estaba ahora totalmente solo. ¿Hemos corregido
demasiado precipitadamente la parábola del Corán? ¿No
podría aquí haber estado el segundo viñedo dentro del
primero? „A uno de ellos le dimos dos jardines
repletos de viña.“ ¿Se está pensando aquí en
una
propiedad de dos
viñedos, de modo que cada uno de ellos se
encuentra en
la misma
propiedad: aquí, en nuestro caso, el viñedo conforme al
deseo de Sara en la propiedad, en el viñedo global de
Abraham? La „Iglesia“ de Sara en la Iglesia
de Abraham o de Dios.
En vista del odio manifiesto de Sara, Abraham tenía que
excluirse de aquella „Iglesia“ de la que se
podía prever que se secaría o se empantanaría. No podía
permitir que la Iglesia fuera en su conjunto una Iglesia
del odio. Abraham, hay que decir concisamente, se excluyó
a sí mismo de la Iglesia, si es que ella debía ser así,
pero todavía de un modo distinto y más profundo que como
Ismael y Agar habían sido excluidos y expulsados de la
Iglesia. La autoexclusión de Abraham ya no representa un
cisma, sino que es otra cosa. Abraham se excluyó de la
„Iglesia“ para seguir siendo
Iglesia.Se excluyó de la Iglesia, si
es que ella debía ser una „Iglesia“ del odio,
igual que, ciertamente, con esta exclusión la
„Iglesia“ de Sara fue expulsada del viñedo
restante de Abraham. ¡Qué terrible decisión le fue
cargada a Abraham con esta exclusión interna!
IX
Volvamos a repetir de nuevo nuestro examen. Con la
circuncisión, de la familia que estaba bajo la promesa se
había hecho una familia santa: la Ekklesia
de Dios.
Sara, aparentemente sin combatir a Dios, exigió el
dominio en la Iglesia. Quería disponer por cuenta propia
sobre la parte de la herencia, y se comportó entonces
como „dueña de la herencia [kleros]“,
por emplear las palabras de San Pedro. La
„herencia“ es, en este sentido y en último
término, la viña de Dios, que finalmente ocupan los
trabajadores. Es precisamente este pensamiento de la
posesión (definitiva) la que provocó el odio de Sara
contra Ismael. Sara odiaba implícitamente a todos los que
obraban en el viñedo sin su voluntad y mandato, es más,
incluso a aquellos que hubieran podido tocar esta
herencia en lo sucesivo.
Esta voluntad que Sara vivenciaba, condujo al cisma. Pues
aquí no estamos ante una herejía o siquiera una
apostasía. En su entrega a la voluntad de alianza de
Dios, Agar no se había inculpado de nada. En esta medida,
ella caminaba ante Dios innegablemente conforme a Su
voluntad. El motivo de este cisma fatídico es la mala
voluntad, aun cuando se haga pasar por completamente
„eclesiástica“. Basta con pensar en las
consecuencias de este cisma en la relación mutua entre
los israelitas y los ismaelitas en el transcurso de la
historia de la humanidad, para alcanzar a ver la
inmensurabilidad de estos pecados. Es como si se hubiera
lastimado lo más preciado de Dios.
En las consecuencias de este pecado máximamente sublime
dentro de la Iglesia, se hizo necesaria la exclusión de
Abraham.
X
Ante la situación provocada por Sara, Abraham estaba
completamente solo. Primeramente, solo frente al mundo
que le rodeaba por todas partes. „El Señor vio que
era demasiada la maldad del hombre en la tierra, y que
siempre estaba pensando en hacer lo malo.“ (Gn VI,
5) Con su marcha de Mesopotamia, Abraham se acababa de
liberar del politeísmo brutal. Pero todavía no poseía
ningún pedazo de tierra, y el infierno caldeo lo rodeaba
por todas partes, es más, estaba bajo sus pies. Requería
de un esfuerzo constante y heroico para hacerle frente.
Después de que Sara hubo introducido el odio en la casa
de Dios, también en ésta estaba Abraham solo, pues Isaac
era todavía un niño espiritualmente indeciso. Junto con
Agar, se había expulsado de la casa a la única entregada
a Dios, a ella, la verdadera hanifa,
fuera de la Iglesia, quizá, junto con Ismael, en la más
terrible aflicción.
Aquí nos hallamos ante una situación que en la historia
se ha comprendido tan poco que ni siquiera hay una
designación acertada para ella. El enemigo nunca está
sólo fuera, al otro lado de los muros, sino en igual
medida, es más, en mayor medida, dentro de la propia
casa, sólo que de modo inadvertido y la mayoría de las
veces desconocido. Se requiere de la máxima atención para
no pasarlo por alto allí o desconocerlo. Y es
incomparablemente más difícil terminar con el
enemigo intra muros
que con el
enemigo fuera. En el viñedo mismo había ahora un viñedo
que ya no era un viñedo, cuyo suelo había comenzado a
empantanarse o a secarse. El arroyo entre los dos
terrenos había pasado a ser una frontera enemiga. Quizá
no él, pues su fuente se había secado, sino su antiguo
lecho. La tormenta del odio había destruido, junto con
las empalizadas, también las vides.
XI
Qué amargo tiene que haberle sido a Abraham volver ahora
la vista a Agar e Ismael, a sabiendas del odio
intraeclesiástico de Sara: eran una parte de la verdadera
Iglesia, y sin embargo, al mismo tiempo, habían
desaparecido de la Iglesia, ya no se los podía encontrar
en ella, expulsados por su propia
decisión (si bien
por indicación de Dios mismo). El libro del Génesis
resalta su estado diciendo que le resultó
„duro“. Con este énfasis encontramos en el
Evangelio de San Juan: cuando Jesús hubo dicho que
aquellos que querían hacerse cristianos tendrían que
comer su carne y beber su sangre, se dice que este
discurso resultó „duro“ (skleros)
a los oyentes, y que muchos lo abandonaron (Jn VI, 60).
Aquí hay una dureza que conduce a la separación. Pero en
nuestro caso, esta separación no se basaba en la
reticencia o en la incredulidad de Agar.
Ella
era una verdadera
creyente, y era inocente de lo que sucedía en la Iglesia.
Si Abraham no hubiera sido Abraham, el hombre de la
decisión incondicional por Dios, entonces habría tenido
que dudar de Dios. Pero también porque no lo hizo quedó
la amarga lamentación de esta expulsión.
XII
Las promesas e indicaciones dadas por Dios, tenían por
resultado la situación global descrita. Piénsese por un
momento en Jacob en el lugar de Abraham, y en cómo
hubiera reaccionado aquél. Abraham se decidió
incondicionalmente
a realizar la
expulsión de Ismael y de Agar, es decir, a tolerar la
escisión de la Iglesia, concretamente en vista del odio
abierto de Sara dentro del
espacio
eclesiástico. Ismael e Isaac eran aún demasiado jóvenes
para tomar una decisión para el resto de su vida. A
Abraham le quedaban sólo sus siervos. Pero (con excepción
de Eliézer) eran siervos en la circuncisión, y no hijos
de la circuncisión.
Cuando Abraham, en la marcha de los ángeles hacia Sodoma,
intercedió por esta ciudad ante el tercer
„ángel“, es decir, ante Dios el Señor,
entonces, cuando empezó a hacerlo, todavía no sabía qué
terrible era su depravación. Sólo cuando, en su
„negociación“, fue reduciendo el número de
los justos que había que salvar, tuvo que resultarle
claro para horror suyo que en Sodoma ni siquiera se
podían hallar diez justos. De hecho, cuando se produjo la
huida nocturna de la ciudad consagrada a la destrucción,
sólo había tres y medio: Lot y sus dos hijas. Su mujer
estaba tan apegada a Sodoma, incluso en vista de la
catástrofe, que, lamentándola, miró atrás, y al volverse
quedó petrificada.
Merced a esta amarga experiencia, Abraham estaba
advertido y preparado para la soledad que le alcanzaría
tras la exigencia de Sara y la expulsión de Agar y de
Ismael. Aquí había quedado sólo uno en el viñedo que
quisiera fundar el reino de la justicia, y era él. Aquí
ya no estaba Dios „en medio de dos o
tres“, aquí ni siquiera estaba
ya Dios en la Iglesia, sino sólo el propio
Abraham, firme en su voluntad aere
perennius: solo Iglesia por encima de
la Iglesia.
Pensemos por un momento que Abraham hubiera pensado como
Sara. Entonces habría sentido que todo estaba „en
el mejor orden“: sólo habían quedado su mujer
legítima y el hijo legítimo de él y de ella señalado por
Dios: la „madre“ sustitutoria y el
„hijo de la esclava“ estaban lejos. Mirándolo
así, la Iglesia habría estado „completa“.
Pero si se presupone tal convencimiento en Abraham,
entonces la exigencia repentina de Dios de sacrificarle a
Isaac sólo podría ser una tentación para su obediencia.
Entonces, en efecto, aquella explicación banal de la
disposición de Abraham al sacrificio se
„justifica“ por mera obediencia.
XIII
Hoy, cuatro mil años más tarde, con la esperanza de mirar
quizá más profundamente en las intenciones de Dios,
podemos preguntarnos por qué Dios indicó a Abraham
obedecer la exigencia de su mujer.
Abram y Sarai habían partido de Harán como
matrimonio hacia la tierra prometida, es
decir, según el orden de la creación, eran
„dos en una
sola carne“ (Gn II, 24). Por
consiguiente, tenemos que considerar a Abram y a Sarai
como un único
individuo. „Como hombre y mujer
creó El al hombre“, dice el relato de la creación.
Aquí tenemos que tener claro en qué desierto había puesto
Dios su viñedo tras la caída en pecado. A causa de esta
„caída en pecado“ y tras ella, la humanidad
se había hundido en la sensualidad más degradada.
De
ella había de levantarse el hombre
con Abraham. Habría sido sólo un milagro
ex
machina si Abraham y Sara se hubieran
vuelto justos de golpe. Pero en el caso de tal milagro,
la conversión espiritual la habría realizado Dios, y no
el hombre. Si éste mismo
había de
convertirse y liberarse de su enredo en los sentidos,
si él
mismo había de levantarse, entonces
eso sólo podría suceder en la lucha más grave. Habiendo
levantado Dios con Su alianza a Abraham y a Sara, junto
con los primeros circuncidados, del salvajismo profundo,
había que contar con toda la reacción del animal
corrompido en ellos y fuera de ellos, extra et intra
muros. El hombre
debía liberarse,
es decir, desprenderse de su corrupción con su propia
libertad y esfuerzo: el hombre mismo bajo el presupuesto
de su presencia ante Dios, ante la justicia. Este
milagro, y no un milagro ex
machina, era el que tenía que
realizarse. En consecuencia, Dios no podía ahorrarle esta
lucha a la humanidad llamada, la lucha no sólo fuera,
sino también dentro de los muros. La gloria de los hijos
de Dios había de ser la recompensa (la ganancia) de la
intervención de
ellos.
De todos modos, Abraham y su simiente todavía tenían ante
sí la confrontación con el mundo. La cuestión decisiva en
ello sería si y cuándo podría abrirse la Iglesia al
mundo, y si entonces no prevalecerían las puertas del
infierno.
XIV
Pero incomparablemente más terrible tenía que ser la
situación dentro de los muros. Surgió el enemigo de la
Iglesia dentro de
ella.
El caso más atenuado habría sido que la apostasía en la
Iglesia se hubiera manifestado abiertamente como una
negación de ella que resaltara: herejía, apostasía,
traición. En este caso se podía localizar al enemigo y
excluirlo legítimamente como adversario o enemigo de
Dios. El viñedo se habría quedado más vacío, o sus
límites se habrían estrechado más, pero el límite
separador habría seguido siendo inconfundible.
Mucho más grave es el cisma: en él, una parte de la
Iglesia justa excluya a la otra. Surge un límite en el
viñedo, es decir, en la casa de Dios, pero por otra parte
este límite es para ambas partes verdadero viñedo. Puesto
que la Iglesia necesariamente tuvo que desarrollarse
primero, eso vige también para la formación
histórica
de una escisión
tal, es decir, por ejemplo, para el caso de que una
parte, aunque no quiera nada falso, sin embargo tampoco
quiera (todavía) la justicia global
(todavía no
vista). Este fue el caso con Ismael y Agar. No es
culpa de ellos
el que no
pudieran correalizar el desarrollo posterior de la
analempsis. Lo terrible no fue la separación espacial,
sino que estuvieran separados espiritualmente del
desarrollo posterior del Reino de Dios. Dios quiso, con
una intención muy pensada, un único viñedo. Tampoco pudo
ser de otro modo, pues en caso contrario se hubiera
eliminado la unidad de la voluntad. En lugar de eso, el
viñedo único se fragmentó a causa del cisma en muchas
partes, cuyos trabajadores ya no se comunican entre
ellos. Se ha eliminado la unidad del desarrollo
histórico. Y si, a pesar del cisma, en el desarrollo
global de la Iglesia sigue habiendo una analempsis única,
ésta no es en ningún caso una obra común
en lo
fragmentado.
Abraham tuvo que sufrir este destino en su
simiente, intra et extra
muros. Desde hace cuatro mil años
Ismael e Israel recorren caminos separados: Israel, desde
la condena a muerte de Jesús, en una Nueva Alianza
superior, pero sin embargo, en éste, separado de Ismael
desde hace dos mil años.
Esta escisión podría llegar a ser más que un cisma si una
parte vulnerara la verdad y la justicia de la otra. El
mero desconocimiento de la otra parte respectiva de la
Iglesia y su desarrollo no podía ni puede transformar el
cisma en herejía. Esto vige también para la parte en la
que una Iglesia ha sido superada por la otra en el
desarrollo histórico. La Iglesia que ha quedado rezagada
no conoce esta parte de la „glorificación“.
Pero eso no significa que la rechace por ello. Unicamente
el conocerla introduce la decisión. Pues una vez
exhortada –y todo conocer a otro es
ipso
facto una exhortación–, en
la comprensión
de esta
exhortación no se puede de iure
no
corresponderla. Pero está en mano de Dios cuándo y dónde
tuene lugar este encuentro viviente.
El desarrollo de Ismael se realizó, al menos hasta
Mahoma, en el desierto, separado del desarrollo del viejo
y del nuevo Israel. Pero los temerosos de Dios de Ismael
no han hecho recortes en la verdad que les ha llegado
transmitida a ellos
por Abraham, y
que ellos hayan contravenido antes del sacrificio de
Isaac no es su culpa, sino culpa de la madre de la
estirpe de Israel: Sara.
XV
Pero, como se ha dicho, el cisma no es lo peor que podía
suceder en el viñedo. Pero detrás del cisma se alza aún
otra cosa, lo último y extremo para lo que hasta hoy no
tenemos ningún nombre: la autoexclusión necesaria en la
Iglesia. Designaré este fenómeno con la palabra
griega Ekkleisis,
que literalmente significa exclusión , pero que aquí
tomamos en el sentido específico que se ha indicado.
Con la manifestación del odio de Sara, se alzó el odio en
la Iglesia. Sara pertenecía desde el principio a la
Iglesia, y había sido recogida como una sola carne en la
relación superior del Reino de Dios. Pero la Iglesia
misma pecó contra sí misma en el odio de Sara. Pero según
la providencia divina, bajo las relaciones en las que
había sido llamada a la existencia, la Iglesia no podía
vivir sin caída en pecado. En el caso de la
Ekkleisis,
el pecado de hecho
está obrando
mucho más grave y profundamente que el pecado de palabra,
al que, sin embargo, también subyace siempre. Si se
alcanza a inteligir esto, se entiende que Santiago
insistiera tan persistentemente contra Pablo en la
prioridad de la obra frente a la fe. Santiago es en este
punto hebreo, Pablo sólo israelita.
A esta Iglesia que en la praxis había caído en pecado,
Abraham sólo podía decirle no: de otro modo habría
afirmado una Iglesia el odio.
Pero si Abraham, si es que quería caminar
imperturbablemente en justicia ante el rostro de Dios, no
podía sino negar esta
Iglesia (de
Sara), mientras que Sara, por otra parte, permanecía
según la voluntad de Dios en
la Iglesia, es
decir, con Abraham (y eventualmente Isaac) como Iglesia,
y Abraham no podía afirmar como Iglesia la
„Iglesia“ que odiaba ni Sara tampoco estaba
dispuesta a cambiar su actitud, entonces a Abraham sólo
le restaba un último medio, como decimos,
„desesperado“: la autoexclusión de esta
Iglesia por mor de la propia Iglesia y de su pervivencia.
Abraham se retiró de esta „Iglesia“
permaneciendo él mismo
al mismo tiempo,
sin embargo, Iglesia: realizó la Ekkleisis.
El proceso trágico no fue que mediante este acto quedara
excluido de la Iglesia, sino que él mismo se excluyó de
la „Iglesia“ por mor de la permanencia de la
Iglesia.
Lo que había sucedido con Agar e Ismael cuando fueron
expulsados, la exclusión (pasiva) de la Iglesia, Abraham
se ve obligado a hacerlo (activamente) en sí mismo
ateniéndose a la voluntad de Dios: excluirse de la
Iglesia. Esto es un modelo previo de la
Ekkleisis
que Jesús
realizará dos mil años después.
Porque se sabe de Jesús y de la fundamentación de Su
Iglesia, la historia de Israel se ve casi sin excepción
de modo falso. Por cuanto respecta a su aspecto oficial,
ella fue en verdad una caída continua introducida por
Jacob. A este propósito, hay que seguir leyendo de
continuo esta historia en los libros de Samuel, de los
Reyes y las Crónicas, luego en los libros de Esdras y de
Nehemías, así como de los Macabeos, pero eliminando
mentalmente por completo la historia de Jesús y de su
Iglesia, para entender esto. Ya en el caso de Moisés
hemos visto que su acto religioso queda por detrás del de
Abraham. A partir de Josué, el gobierno en Israel pasa a
manos de jueces, de reyes y a un sanedrín, que, salvo
raras excepciones, por lo general no
hicieron de la
voluntad de Dios la suya propia. Esto vale también para
David y Salomón. A causa de su ambivalencia astuta y
aplicada con cálculo, David sólo se hizo hombre de
Dios por un
lado.
Aunque Salomón dio al templo de Jerusalén su lugar
definitivo, sin embargo su auténtico fin era un gobierno
en amplia medida en un sentido pagano, aun cuando
formalmente representara el yahvismo.
La verdadera religión sólo seguía viviendo en el pueblo y
en los profetas, en una confrontación constante con el
„Israel“ oficial , en cierta manera en
una Ekkleisis
incipiente. El
verdadero propósito de este „Israel“ se
perfila cada vez más: la posesión de la Iglesia como
propiedad exclusiva y el gobierno sobre todos los pueblos
mediante el triunfo de esta
„Iglesia“. En el
tiempo de la aparición de los profetas Sajarja, Juan y
Jesús, la situación de Israel era justamente esta
situación llevada a su vértice supremo. Las palabras del
hacha en la raíz del árbol y de las piedras de las que
Dios tendría que sacar hijos de Abraham, no eran
exageradas. El Consejo supremo destruyó y estranguló el
movimiento profético resurgido. En la realización de la
justicia, Jesús se excluyó de Israel (de la Israel de
Sara) cuando fue excluido por „Israel“, o
mejor dicho, por Jacob. Y esta autoexclusión pasó a ser
la hora de nacimiento de la Nueva Alianza. Pues
excluyéndose de la „Iglesia“ (de la sinagoga)
por mor de la Iglesia, El pasó a ser la cabeza de la
nueva Iglesia engendrada desde arriba.
Lo que tuvo su preludio en los acontecimientos históricos
de Israel, el que tras cada gravísimo pecado contra Dios
sólo fuera salvado y pudiera ser salvado un
„resto“, en los actos de Abraham y de Jesús
se hace realidad completa.
¡Unicamente
en ellos! En Jesús, esta
Ekkleisis
había alcanzado
su final consecuente. Jerusalén no lo advirtió en este
día suyo en que Jesús entró en
él,
lo que debería haberle bastado para su salvación, y por
eso a los judíos se les dejó su casa desolada. No sólo la
ciudad y el templo se desmoronan, sino que el propio
„Israel“-Jacob perece, no sólo físicamente,
sino espiritualmente. No queda piedra sobre piedra que no
se derrumbe.
XVI
Abraham no era Cristo: no podía excluir
fácticamente a Sara. La indicación de Dios
se lo impedía. Sara era con él un sólo hombre, y el
hombre entero
no podía excluir
a Sara sin suicidio, pero eso hubiera significado: sin la
destrucción total de la Iglesia. Dios mismo lo había
conducido a la situación de la Ekkleisis.
Dios había plantado este viñedo como su viñedo más
hermoso. Pero toda agua parecía filtrarse. Si Abraham y
Sara no hubieran sido „dos
en una sola
carne“, entonces eso habría sucedido realmente.
Pero tiene que verse que el viñedo sólo debía dar
fruto en la
simiente de Abraham, en Isaac. Isaac
estaba apegado a su padre y
a su madre. El
relato del Génesis habla de que Ismael sólo halló
consuelo por la pérdida de su amada madre cuando
introdujo a Rebeca como esposa suya en la tienda de Sara,
la madre muerta. (XXIV, 87)
En Ismael se encerraba más que en ellos mismos la
esperanza y la vida. La esperanza de Sara era ciertamente
la de la posesión (de la propiedad heredada); la
esperanza de Abraham, la de una comunidad espiritual y
perfecta ante Dios. Sin duda que ambas intenciones
asediaron al niño. Pero si la Iglesia siguió siendo
una en
su doble actitud, Isaac sólo podía seguir
siendo justo en la contradicción más completa, y eso
significa que no
podía serlo en
absoluto.
Parecía que Abraham sólo podía tener esperanza en la
Iglesia en la conciencia de la contradicción completa en
Ismael.
XVII
Pero esta situación afectaba no sólo a Isaac, sino
también a
Ismael. En esta hora de su vida,
Abraham estaba tan aislado en el desierto espiritual como
Agar en el suyo tras su expulsión y el agotamiento del
agua. Tal como Agar no abandonó al niño moribundo, sino
que sólo se sentó un poco lejos de él para no tener
que ver
su muerte,
tampoco Abraham abandonó a Isaac, aunque Sara lo había
expulsado con su odio en la
Iglesia. Pero igualmente tampoco
olvidó a Ismael, por causa del cual Dios había
intervenido dos veces. Si suponemos que Abraham estuviera
desesperado (sin ayuda de Dios), entonces tampoco el
destino de Agar y de Ismael se había sustraído a todo
sentido: la alianza de Dios se habría desmoronado en sí.
Pero la vida de Agar consistía en el estar presente de
modo concreto ante Dios, pero entonces eso se habría
vuelto definitivamente imposible. Y en tal caso,
evidentemente, también Ismael estaría perdido con ella.
XVIII
Exactamente en esta situación se produce la doble llamada
a Abraham: Dios lo „tienta“, El exige que
sacrifique a su hijo Isaac, el portador de la promesa, es
decir, de la futura comunidad espiritual, es decir, que
sacrifique su destino. Igual que Jesús, al verse
abandonado de Dios, exclama dos veces: „Eloí,
Eloí“, aquí, a la inversa, Dios llama dos veces a
Abraham por su nombre en esta hora suprema del abandono.
Igual que aquel Gregorio VII cuando le alcanzó la llamada
de Dios, pero en una dimensión totalmente distinta,
podría haber dicho: „He amado la justicia y odiado
la injusticia, por eso muero en el exilio“, es
decir, en la exclusión. En esta
hora Dios
„tienta“ a Abraham, y Abraham se levantó aún
en la noche para obedecer a la exigencia de Dios.
Cuando Jesús envió a los apóstoles por vez primera a
predicar el Evangelio, les prescribió lo que tenían o no
que llevarse. En la noche del Viernes Santo, cuando tras
haber instaurado la eucaristía bajó con ellos al valle de
Cedrón, regresó y dijo: „Ahora, en cambio, el que
tenga bolsa, que la traiga, y también provisiones; y el
que no tenga espada, que venda su abrigo y se compre
una.“ (Lc XXII, 35-37) A esta lucha que hay que
superar con la espada condujo Dios a Abraham.
XIX
En estos artículos he destacado ya cómo la entrega de
Isaac voluntaria y sin resistencia, que en el Corán es
tan profundamente destacada, fue el primer signo del giro
en esta hora de la vida de Abraham donde todo se decide.
Isaac, de quien previamente Abraham no sabía qué decisión
vital tomaría, afirmó en este momento y desde este
instante el propósito del padre, y en él la voluntad de
Dios, non loquens, sed
moriens,con sus débiles fuerzas,
pero con confianza en la asistencia de Dios en el momento
de ser sacrificado. Esto fue el primer indicio
tenue
de lo que Dios
haría luego en el momento de la espada lanzada a matar.
En este momento, Isaac se hizo con toda su conciencia y
voluntad el hijo de la circuncisión según la voluntad de
Dios.
Cuando Abraham advirtió esto –y en esta necesidad
extrema no pudo no advertirlo–, entonces resultó
repentinamente para él una tentación suprema, que, sólo
accesible por medio de la imaginación, era de un alcance
ultimo: así pues, después de todo, había el verdadero
viñedo de Dios, en la voluntad de Abraham y de Isaac. En
este momento del cumplimiento, ¿equiparó Abraham el
viñedo terrestre con el celestial? Pero con la aparición
de esta pregunta, en ese mismo momento se consumó en lo
más profundo del alma de Abraham la valoración:
¡no!
Precisamente
porque hubo visto la aniquilación que se perfilaba,
Abraham consumó también su valoración como un sí
exclusivo a la patria celestial:
„Venga a nosotros Tu
Reino.“ Aun
cuando hubiera tenido que matar realmente a Isaac, esta
valoración suprema era firme, se había vuelto
imperturbable, y junto con ella, la voluntad de Dios en
la voluntad de Abraham. Tanto merced a que Dios retuviera
su mano, como también a través del consentimiento de
Isaac de ser la víctima, Abraham experimentó que la
Iglesia vivirá eternamente en la voluntad de Dios.
„Y las puertas del infierno no prevalecerán sobre
ella.“ (Mt XVI.)
„Puesto que has hecho esto y no me has negado a tu
único hijo [...] te bendeciré mucho. Tu descendencia
[...] siempre vencerá a sus enemigos [...] porque me has
obedecido.“ (Gn XXII, 16-18) Gracias a la
Ekkleisis
como rechazo de
la tentación del idolatramiento de la Igleisa, puramente
como Iglesia, la Iglesia no perecerá, sino que se
mantendrá sin tiempo sobre este fundamento, y por tanto
para todos los tiempos.
XX
Cuando el ángel de Dios retuvo la mano de Abraham
impidiendo el sacrificio de Isaac y le dijo que en su
acción había reconocido el autosacrificio completo,
Abraham alzó sus ojos y vio un carnero que se había
enredado con sus cuernos en las astas de un arbusto.
Entonces lo tomó y lo ofreció a Dios como
holokarpôsis
„en lugar
de Isaac“. (XXII, 13)
¿Qué significa esto? Las Sagradas Escrituras no refieren
nada irrelevante. Representémonos en concreto lo que hizo
Abraham. Sólo en ese momento hubo ofrecido su sacrificio
completo. Sólo en ese momento huyó de Isaac el horror de
ser matado. ¿Qué podían pensar de ofrecer entonces a Dios
un sacrificio animal, en cierto modo el sacrificio
habitual y usual de aquella época, como más tarde también
hizo Moisés como un deber constante para los israelitas?
La „explicación“ más simple dice: fue un
sacrificio sustitutorio, puesto que el altar ya esta
erigido y había que ofrecer algo a Dios, según convenía
en ese momento.
Quien comprende realmente el suceso meditándolo, ve que
eso no puede ser así. El sacrificio animal es a su vez el
sacrificio sustitutorio imperfecto en el que la culpa no
es realmente pagada, ni Dios queda realmente satisfecho.
En este momento en el que acaba de realizar el acto
supremo del autosacrificio, ¿podía Abraham siquiera
pensar en ofrecer de nuevo a Dios el viejo sustituto
insuficiente del verdadero sacrificio? Después de todo,
¡se acababa de sacrificar a sí mismo y a Abraham! Pero,
al fin y al cabo, no: justo en este momento no había
sacrificado, porque Dios había retenido su mano.
El sacrificio del carnero no puede haber sido por tanto
el usual sacrificio incompleto. En cuanto tal, habría
sido una ofensa a Dios. Pero entonces, si es de este
modo, el sacrificio del carnero tuvo que ser pese a todo
el sacrificio completo: el fruto entero del
autosacrificio, la holokarpôsis
de la que, al fin
y al cabo, habla también la Septuaginta.
Abraham e Isaac habían sacrificado su vida. Con ello,
había sacrificado prefigurativamente la
vida, es decir,
en su vida, también la vida de todo lo real. Pues bien,
de este modo pudo Abraham ofrecer también esta vida como
un sacrificio total nuevo y renovado, y participar junto
con Isaac de la carne y la sangre de este sacrificio. El
sacrificio del carnero es el modelo previo (como siempre,
imperfecto), de la Santa Cena.
XXI
La vida de Isaac tras el sacrificio está asumida del todo
en la de Abraham. El relato del libro del Génesis
contiene una tenue indicación de cómo tomó su ser en la
Iglesia: cuando Eliézer trae a Rebeca a Bersabé a su
señor, llegaron una tarde a casa. „Isaac había
vuelto del pozo llamado „El que vive y el que
ve“, pues vivía en la región del Négueb. Había
salido a dar un paseo al anochecer. En esto vio que unos
camellos se acercaban.“ (Gn XXIV, 62-63) El pozo de
„El que vive y el que ve“ es precisamente
aquel pozo en el que Dios se había aparecido a Agar la
primera vez. Así pues, Isaac estaba meditando en el lugar
donde Dios mismo se había aparecido a Agar en Su promesa
a Abraham y donde la había asumida anticipatoriamente en
la alianza de circuncisión. Cabe concluir que no se daba
ninguna reticencia hacia la expulsada ni hacia su
hermano: al contrario, el cavilante se vio atraído hacia
ese lugar. Y una vez que, más tarde, su padre hubo muerto
y fue enterrado, se dice: „Después que Abraham
murió, Dios bendijo a Isaac, que había quedado a vivir
junto al pozo „El que vive y el que
ve“.“ (XXV, 11) Isaac estaba an paz con
Ismael y Agar, la Iglesia expulsada, y así los vemos
enterrando al padre unido con Ismael. (XXV, 9)
XXII
El autosacrificio de Abraham (y junto con él el de Isaac)
pasó a ser el punto de partida de la vida de Abraham ante
Dios.
Representémonos su situación en esta hora. Abraham tenía
80 años. Con su „no, no“, su padre Terá y él
se habían sustraído al comienzo de su
camino del
„infierno caldeo“. Pero Terá llegó hasta
Harán y murió allí. De este modo, sólo Abraham, junto con
Lot (y Sara), seguían llevando la voluntad de Dios en un
mundo de orientación puramente sensual y pervertido en
esta dirección. Lot ni siquiera llegó a ser circuncidado:
el, a quien los dos ángeles de Dios pudieron salvar en
último extremo del „hundimiento sensual“,
quedó sólo como hijo de la promesa, como compañero, pero
para el Reino de Dios en la tierra estaba perdido. La
primera mitad de su época en Canaán transcurrió para
Abraham en el empeño combatiente y solícito de preservar
cuanto menos a Lot de regresar al paganismo.
Cuando esto todavía no había resultado del todo, Dios
promete a Sara un hijo, pero esto en vista del hecho de
que, por voluntad de Sara, Agar había dado ya a Abraham
un descendiente carnal. Con ello se perfiló el círculo en
el que habría de transcurrir la segunda mitad de la vía
de Abraham en Canaán. La alianza de circuncisión estaba
ya fundamentada: se trataba de su permanencia en la
semilla de Abraham, de la permanencia de la
Iglesia.
En tanto que Sara planteó la exigencia de expulsar al
hijo Ismael y a su madre, trajo el principio del odio a
la recién surgida Iglesia. También ella se perdió como
compañera para el Reino venidero de la justicia. Peor
aún, pasó a ser enemiga de la Igleisa en la Igleisa.
Abraham tuvo que expulsar a Ismael (y a Agar), a Ismael,
que era hijo suyo
y miembro de la
Iglesia, a él y a su madre, que había sido llamada por
Dios mismo. Dios no sólo había devuelto a Abraham a la
situación de la que había partido. Mucho peor, Abraham
estaba ahora totalmente solo en su lucha contra el mundo,
y al mismo tiempo la lucha contra el mundo había pasado a
ser la lucha en la propia casa: la Iglesia y la familia
estaban destrozadas, doblemente destrozadas, exterior e
interiormente. La última esperanza que aún tenía Abraham
se basaba en sus hijos. Pero Ismael había sido expulsado
prematuramente. Isaac estaba bajo la doble influencia del
padre y
de la madre. El
había de seguir llevando la Iglesia en los siglos
venideros. ¿La Iglesia o la „Iglesia“?: ésta
era la pregunta que estaba en el espacio. Y si realmente
era la Iglesia, ¿no había sido enviada como cordero entre
lobos devoradores, lobos que incluso merodeaban en el
viñedo? ¡Y el enemigo con piel de cordero era el más
peligroso! La „Iglesia“ de Sara tuvo que ser
superada en la Iglesia por la Iglesia. Las puertas del
infierno no podían ser las puertas de la ciudad.
XXIII
Abraham era un hombre. Era un hombre que, bajo la llamada
de Dios, acababa de levantar la cabeza del mar de pecado
del paganismo general. Ciertamente, Dios lo había
conducido: adónde, acaba de perfilarse ahora. Después de
todo esto, ¿podía tener todavía confianza en la
analempsis de Dios, es más, persistir siquiera en la
voluntad de la justicia de Dios? ¿No tenía que dudar de
esta justicia? Podría parecer que ella no había ayudado
en nada a la superación eficiente del mal. Por el
contrario, obrar según ella como principio sólo había
hecho más fuerte al mundo, que estaba contra esto: eso
había conducido en último término al cisma y, en una
consecuencia última, a la Ekkleisis
en la Iglesia.
Pero los hijos todavía no eran capaces de decir hacia
dónde debía dirigirse su via. El mal había penetrado
hasta el límite de su persona. ¿No habría tenido que
decir Abraham, como más tarde Gogol: „Una tristeza
me sobrecoge el alma porque no soy capaz de ver lo bueno
en el bien.“? (Anotación de Diario, 1845)
Abraham estaba en el estado de tales pensamientos cuando
Dios lo „tentó“. Es la primera tentación de
Dios que relatan las Sagradas Escrituras. La exigencia de
sacrificar a Isaac cristalizó en la tentación que ya tuvo
que haber obrado en Abraham. ¿Buscaba Abraham la justicia
de Dios sin ninguna condición, de modo que ésta tenía
prioridad sobre todo lo demás posible, o no? ¿Se probaría
su voluntad como hecha una con la voluntad de Dios?
¿Había fijado Abraham su ancla –por emplear la
soberbia imagen de la Epístola a los Hebreos– en
el Debir,
en lo más sagrado de Dios? La confianza en la analempsis,
que conforme a su esencia no puede anticiparse, sino a la
que –si se ha hecho todo lo correcto– hay que
seguir con esperanza, tal como se promulga, se basa en la
formación de la voluntad sobre la valoración
moral. Ella
es, en última
instancia, lo que importaba.
Abraham no vaciló. No dudó ni por un momento. Había
fijado su voluntad, el último principio de su ser, de una
vez para siempre en Dios, en Su sagrada voluntad.
Excursus
En mis diversas peregrinaciones al monte Athos (Hagios
Oros), he tenido una vivencia que tal vez puede alumbrar
desde otra parte lo que sucedió con Abraham en la
Ekkleisis.
Yo iba siempre en Semana Santa al Monte Sagrado, y me
hospedé varias veces en el monasterio Xeropotamou. Cuando
regresé ahí por primera vez, Xeropotamou era un
monasterio de la orden idiorrítmica, es decir, que los
monjes vivían aislados con su propia subsistencia en una
asociación monástica. En tales casos, el lugar de la
oración común y de la liturgia es el Katholikon.
Pero los idiorrítmicos tampoco están obligados a
visitarlo regularmente (aunque casi siempre lo hace): por
motivos de su praxis monacal, puede vivir también
totalmente aislado.
En calidad de visitante en uno monasterio de este tipo,
enseguida se advierte que uno se halla entre solitarios,
cada uno de los cuales lleva su lucha según su propio
convencimiento espiritual. Pero entre ellos hay también
monjes que, con fines del adoctrinamiento y el
perfeccionamiento espiritual, se someten a otros monjes
como alumnos, y entonces se esfuerzan a menudo por el
perfeccionamiento en una obediencia muy estricta.
Algunos años más tarde regresé al monasterio Xeropotamou,
y nuevamente en Semana Santa. Y ya en en el recibimiento,
cuando me pasaron el Glyko, advertí una curiosa
modificación: todo se había mejorado conforme a un nuevo
orden doméstico y se hacía de modo esencialmente más
ordenado que la vez precedente. Pero sobre todo, los
monjes con los que teníamos contacto estaban
ostensiblemente sometidos a una rígida dirección del
monasterio. Y, efectivamente, el monasterio había
cambiado de la orden idiorrítmica a la orden cenobítica.
Esto sucedió así: el monasterio Andreou, anteriormente
ruso, servía en el Athos como seminario para formación de
sacerdotes para el Monte Sagrado. En el lapso de tiempo
entre mi primera estancia y la segunda, había llegado a
Xeropotamou desde Andreou una promoción de recién
consagrados. Ellos cambiaron la situación de mayoría en
la asociación monástica, y el resultado fue que se
realizó un cambio a la orden cenobítica. Aquí hay que
saber que, desde el surgimiento de la repúblico de
monjes, los monasterios del monte Athos realizaron
constantemente cambios tales en el curso de los siglos,
de modo que el peso entre ambas tendencias se había
desplazado al monte. (Por lo demás, al lado de los
grandes monasterios vive también un número predominante
de monjes como eremitas estrictos en los llamados
skits.)
El monasterio más venerable del Athos, el Laura, fundado
por San Atanasio de los padres monjes, había seguido
siendo siempre en el monte el modelo iluminador de la
tendencia idiorrítmica.)
Ya en la primera visita al Katholikon pudimos percibir
todas las dimensiones de las innovaciones cenobíticas. A
diferencia de la vez anterior, a nosotros (en tanto que
católicos romanos) se nos negó asistir a la liturgia en
la iglesia. Sólo pudimos estar en la puerta de entrada al
Katholikon, mientras que antes habíamos participado de la
liturgia como aislados entre los padres. Naturalmente que
de esta situación modificada resultaron también debates
con los monjes, empezando con la pregunta de por qué no
nos dejaban entrar.
Y entonces se produjo algo que en un primer momento fue
para mí totalmente sorprendente. Los jóvenes monjes
sacerdotes estaban en una disciplina estricta bajo el
nuevo abad. Evidentemente, se los había adoctrinado
exactamente en su doctrina y comportamiento. Nos podían
explicar exactamente su punto de vista, que habían
aprendido ostensiblemente de modo dogmático. Peo al mismo
tiempo se advertía pronto que uno topaba con fórmulas
dogmáticas introducidas a la fuerza, tras las cuales no
se podía reconocer ningún conocimiento autónomo de los
contenidos doctrinales. También era manifiesto que
estaban actuando en una obediencia disciplinaria, y no
por iniciativa propia.
No me veo capaz de expresar suficientemente qué
transformación había provocado en el ambiente este cambio
del monasterio. La dogmática y la disciplina abstractas
habían conseguido la prioridad frente a la intelección
viva y el autodominio conquistados en el esfuerzo
particular.
Y esto puede aclarar la postura eclesiástica de Abraham.
Abraham es el típico idiorrítmico: vivía y obraba desde
una intelección conquistada por sí mismo, pero que
también era una intelección verdaderamente propia, una
intelección de una naturaleza tan profunda que también
fue capaz de vencer el ideal de la Iglesia tal como se
había constituido desde la circuncisión, cuando el
convencimiento viviente lo hizo necesario, y también y
justamente allí donde resultaba duro. El idiorrítmico es
como un partisano en comparación con un soldado de
milicias: sus conocimientos y sus modos de vivir no los
ha conquistado en la maqueta, sino en una la propia lucha
pesada consigo mismo.
En contra del idiorritmo puede objetarse que jamás podrá
actuar tan determinantemente como el cenobio. Aun cuando
esta argumentación fuera correcta, entonces significaría
sólo lo que se consigue cuando la ley mosaica se pone en
lugar de la lucha particular abrahamita, y entonces ahí
vale todo lo que se expuso en el artículo sobre Moisés.
Pero en actual situación de inflexión histórica, la
pregunta es qué modo de lucha es capaz de resistir mejor
y de resistir en general, la cenobítica o la
idiorrítmica.
El cenobita es un cristiano porque está en la Iglesia. El
idiorrítmico está en la Iglesia (y quiere estar en ella)
porque se ha hecho cristiano por convencimiento propio.
