Eisagogê
eis Eisagogên
I
La intención de esta Eisagogê eis
Eiasgogên (es decir, introducción al
libro que es él mismo una introducción pneumática) es
explicar al lector del libro Abraham y sus
hijos el camino metódico por el que
puede llegar a una comprensión más profunda.
Acerca de la mencionada publicación, digamos por
anticipado que consta de dos partes desiguales: un
proemium, el primer capítulo (“La posición del
Islam en el mundo actual”), y todos los capítulos
restantes, cuyo carácter quiero caracterizar con el
concepto de “introducción pneumática”
(Eisagogê
pneumatika). Mi título de legitimidad
para esta Eisagogê
es que, en
calidad de cristiano católico bautizado (dicho más
estrictamente, en calidad de nazareo), me encuentro por
mi parte en la alianza que Dios selló con Abraham y que
Jesús renovó en sí (junto con los suyos), es decir, que
no he roto esta alianza, como tantos apóstatas hoy. En
tanto que estaba en esta alianza, fui conducido a
escribir esta Eisagogê,
y yo seguí la tarea sumamente apremiante que se me
imponía. En esta Eisagogê
pneumatika yo soy sólo la
“voz”, la palabra formulada.
Su contenido debe hablar por sí mismo.
II
Como ya dice el título, las explicaciones de esta
introducción pneumática se refieren a la relación mutua
de Abraham y de los suyos en su devenir histórico, que al
mismo tiempo abarca no sólo la relación de Abraham con
sus hijos Isaac e Ismael, sino también, a su vez, la de
éstos dos con sus hijos carnales o espirituales, y a su
vez la de éstos con aquéllos. Si en lo que sigue voy a
hablar más de los ismaelitas que de Israel, eso se debe a
que, a nivel mundial, su historia se ha investigado y se
ha entendido menos que la del viejo y el nuevo Israel.
Esta Eisagogê
apela en primer
término a cristianos, y luego, en su desarrollo, a
cristianos tanto como
a musulmanes, ya
que lo en ella importa cada vez más es su relación mutua.
Pero esto no debería llamar a engaño acerca del hecho de
que se trata por igual de todos
los hijos de
Abraham. En ello, cada uno puede percibir la posición
respectiva del otro: el musulmán a partir de lo que se
pone de relieve, y el cristiano a partir de lo que es
tratado.
III
Si se quiere concebir esta Eisagogê,
la primera tarea es la de un nomikos:
la determinación más precisa de la “ley”,
tomando aquí la palabra “ley” del Pentateuco,
con el que hemos de ocuparnos en especial en nuestras
explicaciones. El libro del Génesis,
en el que se relata la historia de Abraham y de sus
hijos, es el primer libro del Pentateuco, pero abarca
mucho más que sólo la historia de Abraham y de sus hijos,
e incluso más que sólo la de los hijos de Eber, es decir,
los hebreos. Comienza con la creación del mundo por Dios,
y trata de la historia anterior al tiempo de los
patriarcas, de la caída en pecado de los primeros padres,
del fratricidio de Caín, del diluvio, de la torre de
Babel, y esto, evidentemente, porque estos
acontecimientos constituyen la auténtica historia previa
a la vida de Abraham, y hay que tomar conciencia de ellos
como horizonte, para que aquélla misma pueda entenderse
lo suficiente. Después de la historia de Abraham y de sus
hijos, el libro del Génesis contiene además la historia
de Israel hasta su muerte en Egipto, la cual, a su vez,
ilumina ex post
la vida de
Abraham. Los libros siguientes del Pentateuco contienen
la historia de Moisés, de la liberación de Israel de la
esclavitud en Egipto, y su marcha de regreso a la tierra
prometida.
No es obvio que el libro del Génesis y los cuatro libros
siguientes constituyan una unidad. El libro del Génesis
se separa nítidamente de los libros II-V del
“Pentateuco”, tanto por su contenido y por el
modo de tratarlo como también por el clima que impera en
él. Es indispensable para la comprensión de los
Evangelios, y debería publicarse siempre junto con éstos,
ya que sin él no se puede entender el renovado sello de
la alianza en la sangre de Jesucristo. Los libros II-V
del “Pentateuco”, por el contrario, sólo
tienen una relevancia histórica más lejana. Por eso, en
la Eisagogê
pneumática se los
separará del libro del Génesis como un
“Tetrateuco”.
Al “Pentateuco”, como la “ley” en
sentido estricto, se le suman luego en el “Antiguo
Testamento” los libros históricos y los
sapienciales, así como la historia, las proclamaciones y
los hechos de los profetas, compilados bajo el título de
“los profetas”. No entro en la cuestión en
disputa de qué hay que incluir de esta parte del
“Antiguo Testamento” en la “ley”
y qué en los “profetas”, porque es
irrelevante para nuestra materia. Pero para el conjunto,
no hay que perder de vista que la historia de Abraham y
la de sus hijos se encuentra en esta
parte del
“Antiguo Testamento”, igual que, por otra
parte, la historia de Israel se tratará sólo en la parte
última del libro del Génesis, pero luego de modo
continuado en “la ley y los profetas”, que
son partes más alejadas, mientras que la historia de
Ismael y de sus descendientes halló su continuación en
una tradición (esencialmente) oral, hasta que en torno al
año 600 después de Cristo fue fijada por escrito en el
Corán. Ambas fuentes son para la Eisagogê
igual de
importantes.
La historia de Abraham
se encuentra en
el libro del Génesis, cap. XI, 27 – XXI, 11. Se
desarrolla a partir de una crónica de la estirpe de
Teras, el padre de Abraham, y tras la muerte de Abraham
encuentra su continuación en la historia de los dos
siguientes patriarcas, Isaac y Jacob, así como en la
cronología de los descendientes de Ismael. El Tetrateuco
que sigue a continuación sólo trae la prosecución de la
historia de Jacob-Israel. En él se puede incluir
legítimamente el libro de Josué, que trae la historia
conclusiva de la peregrinación de los israelitas a la
tierra prometida. También los relatos del “Libro de
los jueces” forman parte de ello.
IV
Ahora hablo como un gramático. El libro del Génesis se ha
transmitido en hebreo, en heleno-griego y en latín. Las
variantes lingüísticas de los códices en la parte que se
refiere a la historia de Abraham son insignificantes,
mientras que la concordancia es impresionante. Las
fuentes textuales tenemos que considerarlas como
aproximadamente igual de valiosas, ya que la Septuaginta
y más tarde el texto de Jerónimo tuvieron como base
versiones hebreas más antiguas que hoy nos faltan.
El lector del libro del Génesis tiene que tener siempre a
la vista como hechos fundamentales que en él se trata de
una declaración religiosa,
y que ésta pide que se la entienda y se la tome como tal.
La historia de Abraham es al mismo tiempo una declaración
específicamente histórica,
que sigue el desarrollo religiosamente relevante en un
fragmento determinado de la historia de la humanidad, así
como algunos extractos de ella. Como toda historia,
también ésta se desarrolla sobre una base determinada,
que en sus fundamentos sólo puede entenderse
filosóficamente, y que tiene que captarse simultáneamente
junto con los sucesos.
La historia de Abraham la redactó sólo un israelita de la
época postsalomónica, es decir, unos mil años más tarde.
Esto significa que fue escrita 1) desde el punto de vista
de los israelitas y 2) desde sus presupuestos
históricamente dados. El redactor está bajo la influencia
de Moisés, es un yahvista, que ve positivamente las
modificaciones que habían tenido lugar en su estirpe o en
su pueblo. Concibe la historia de Abraham y de sus
hijos ex post
y desde el punto
de vista de un descendiente de Jacob. (De modo
correspondiente, el Corán redacta esta historia desde el
punto de vista del ismaelita.)
Precisamente desde este punto de vista llama la atención
que el desarrollo y el clima en el libro del Génesis
difieren considerablemente de los del resto del
Pentateuco. Eso no puede atribuirse a una intención
consciente del redactor, sino al modo como en aquellos
tiempos antiguos (y todavía mucho tiempo después) se
relataban sucesos del pasado. La coerción del hecho
histórico y de su tradición (oral) era tan grande que el
redactor sólo a duras penas podía permitirse una
divergencia de lo transmitido. Además, sabía que la
historia también había sido transmitida por otros. Las
modificaciones se pueden explicar en la mayoría de los
casos por una comprensión historiográficamente
heterogénea y por un partidismo latente que se expresa
sobre todo en el acento de la valoración positiva o
negativa. Por lo que se refiere a los hechos, llama la
atención que el redactor se atenga a las circunstancias
naturales del tiempo de Abraham y que, efectivamente,
parta de ellas.
V
La historia de Abraham, tal como está relatada, es en
sentido estricto una historia,
y no sólo una mera narración. La historia transmite
decisiones libres, a las que, como consecuencia de la
retrorreferencialidad de la voluntad sobre sí, se regresa
en nuevas decisiones, y concretamente, de igual modo, en
una decisión libre,
de modo que el conjunto comprende un complejo de
decisiones que convierte esta historia en un
todo
orgánico. La narración, por el
contrario, se conforma con la enumeración de sucesos
simultáneos o sucesivos, sin indagar su forma específica
retrorreferente ni la relevancia interna de sus
decisiones. Los hechos que la historia
capta tienen
importancia porque en ellos se ilumina la aparición de
algo creadoramente nuevo en la resolución de los
problemas, que para los tiempos siguientes será de una
significación determinante.
VI
Por lo que se refiere en particular a la historia de
Abraham, salta a la vista que es la primera
biografía que se encuentra en las
Sagradas Escrituras, y que, en cuanto tal, es la historia
de una vida configurada orgánicamente. Añadamos que,
quien la concibió, la escribió como motivada
religiosamente. Con ello no me refiero sólo a la religión
en general, sino que apunto al punto de vista
específicamente
religioso que
subyace justamente a esta historia de Abraham. El autor
es todo menos un mero cronista indiferente. Trabaja con
una comprensión global que se deriva justamente de esta
historia determinada, cuya singularidad ve también del
todo.
VII
La historia de Abraham se desarrolla y se realiza como
un drama.
Primero está la unidad del
espacio. La historia de Abraham y de
los suyos discurre en la cadena montañosa de Palestina,
que se extiende desde Siria, a lo largo de Sijem, Betel,
Jerusalén y Ebrón, hasta Bersabé, para encontrar desde
ahí su continuación en Arabia, cuyo punto geográfico
final es el monte Sinaí. En su carácter, este espacio
está nítidamente delimitado frente a la llanura de
Filistea a lo largo del Mediterráneo y de la comarca en
aquella época todavía floreciente de los amorreos, en la
depresión de lo que luego se llamará el Mar Muerto.
Obsérvese que este espacio elevado tiene el
“clima” totalmente peculiar de las Sagradas
Escrituras. Uno camina, se prepara, acampa y vive en este
clima de alturas.
Esta historia tiene luego su unidad en el
tiempo. Es la época de las culturas
superiores de Mesopotamia y Egipto: aquí la religión del
sacrificio, ahí la religión del bienestar económico y
cultural. Entre ambas, la región de las transmigraciones
históricas entre las culturas ya firmemente configuradas
y su desarrollo peculiar.
En las unidades mencionadas del espacio y del tiempo,
topamos con una unidad de la
constelación: el camino de alturas como
marcha por la cresta entre las formas de vida acuñadas,
pero en último término insuficientes, de las dos
vertientes de ambas tierras fluviales. Esta constelación
es una especie de esbozo de la posibilidades físicas y
espirituales en el espacio y en el tiempo.
VIII
Uno de los más importantes presupuestos para la
comprensión es que se capte el estado espiritual
específico de la humanidad en la época
en cuestión. Sería falso suponer que los hombres en
aquellos tiempos antiguos vivían su existencia del mismo
modo que nosotros hoy. Así por ejemplo, en el tiempo de
Jesús, el elemento determinante de la vida en Galilea y
también en Judea era la esperanza mesiánica, una
esperanza que, por ejemplo, en la Europa del siglo XXI no
se puede hallar por ninguna parte. La actitud espiritual
en las culturas superiores de aquella época era muy
heterogénea. En Mesopotamia, por ejemplo, el sacrificio
como sacrificio expiatorio tiene un significado
totalmente distinto que en Egipto. Hay que introducirse
en el texto completo
del libro del
Génesis (y del Tetrateuco siguiente) para percibir la
situación histórica global específica. Toda historia
tiene para su espacio temporal unas ideas claves
que dominaban en
su época, ideas por cuya comprensión hay que esforzarse.
Ya que, en un mismo punto temporal general, la humanidad
se encuentra desarrollada de formas diferentes, según el
clan y el pueblo, en niveles de desarrollo muy
diversos, el estudio de pueblos de
–como se da en llamar– “mentalidad
primitiva” en la misma época puede proporcionar una
ayuda valiosa. Cada lenguaje distinto respira su espíritu
peculiar. En este contexto tiene por ejemplo la máxima
relevancia que los Evangelios, igual que la Septuaginta,
se escribieran en griego helénico, la coiné del mundo
antiguo. Con ello, a la Historia Sagrada se le ha
retirado la exclusividad específica del idioma materno
correspondiente, pero a cambio se le ha dado
universalidad. Pero ciertas palabras del hebreo, del
arameo (y en el Corán del árabe) son tan precisas, que
fueron asumidas sin cambiarlas en el nuevo idioma. A
partir de ahí se ve enseguida que los hombres que
siguieron utilizando estas palabras eran muy conscientes
de esta circunstancia.
Una dificultad propia resulta si se tratan de entender
las lenguas antiguas teniendo que diferenciar, a la
inversa, sus ideas fundamentales de las del idioma
moderno. Cuanto más penetrante sea nuestra lectura de los
escritos antiguos, tanto más claramente visible se hace
la diferencia e incluso la oposición. El estudiante se
convierte en un peregrinante entre ambos mundos: en el
caso afortunado, percibe al menos lo respectivamente
relativo de ambas lenguas. Eso exige a su vez que, si es
posible, juzgue de ambos conceptos desde el punto de
vista de la verdad pura. Cuanto más crítico sea el
estudiante con las épocas, tanto más crece la posibilidad
de juzgar desde fuera de la unilateralidad y a menudo del
extravío contemporáneo.
IX
Expliquemos con un ejemplo el significado de este tipo de
ideas fundamentalmente determinantes. La santa
transubstanciación es con toda seguridad la acción más
grave en el culto católico: mediante ella se conmemora
para los creyentes el sacrificio en la cruz de Jesús. Es
operada por las palabras y las acciones que el propio
Jesús determinó. (“Haced esto en conmemoración
mía.”) Si en el lugar de las palabras
consagratorias, que transforman el vino en sangre de
Jesús, en lugar de “derramada por vosotros y por
muchos para el perdón de los pecados”, se pone
“por vosotros y por todos”, como ha hecho la
Iglesia católico-romana desde Pablo VI, entonces resulta
exactamente lo que el Islam estigmatiza como asociación.
Con la modificación en “en perdón de sus pecados
por todos”, todos
los hombres se
cuentan en el cuerpo místico de Cristo. El
“más” que hay por encima del
“muchos” hasta el “todos”, asocia
a quienes no están incluidos en el cuerpo místico de
Cristo, a los enemigos mortales de Él y de los creyentes,
con el cuerpo, y esto significa, con la esencia de
Cristo, y esto supone por tanto la redención efectiva de
su culpa ante Dios (una redención sobre la que aquí,
simplemente, se dispone).
Pero con ello, los católicos
reformistas son, por emplear el
contundente término del Corán, mushrikun,
y por tanto, al mismo tiempo, blasfemos que se mofan del
segundo mandamiento y que, en consecuencia, no pueden ni
deben contarse entre la comunidad de los creyentes en
Cristo. Con esta asociación blasfema, estos católicos
“romanos” se apartan de Dios, cuyo nombre
deshonran con una mentira en el lugar sacratísimo. El
sacerdote que in persona
Christi emplea estas palabras como
causantes de la transformación, tiene que saber que ya no
está haciendo eso
que Jesús puso
como condición de la eficacia de su acción. (Y si no lo
sabe, entonces no puede ser sacerdote.) Emplea palabras
falsas e inválidas, vulnerando con ello el segundo y el
tercer mandamiento de Dios. Ni siquiera la Iglesia (como
institución) ha recibido de Dios ningún derecho para
apartarse de Su mandamiento con semejante asociación
arbitraria (la equiparación del “todos” con
el “muchos”). Con esta acción suya, los
reformistas se han excluido en verdad de la alianza con
Dios tanto a sí mismos como “asociadores”,
como a aquellos que según su deseo han sido asociados.
Quien entiende la palabra mushrikun,
ha entendido la negación efectivamente central del Islam,
la exclusión de todo aquello que “deshonra”
(con su intención) el nombre de Dios. El
mushrikun
profana el nombre
de Dios y miente cuando pronuncia como suya la primera
petición del Padrenuestro.
X
Aquí, como también en lo que se ha explicado antes, vige
el principio de que tiene haber un interés vital
en el suceso
histórico tratado, pues de otro modo no se llega a
ninguna comprensión adecuada del conjunto. Sólo se
obtiene una número cualquiera de datos objetivos
inconexos que siguen permaneciendo desconectados y que
apenas tocan la esencia del asunto. La arqueología puede
servir como ejemplo de ello. En la mera constatación de
los restos objetivos no se ilumina nada o muy poco el
espíritu que animó a los hombres que dejaron estos
restos. De estos datos inconexos, o de la falta de ellos,
sólo se pueden extraer conclusiones que nos conduzcan
hacia delante si, a partir de otros conocimientos, uno es
capaz de entender lo que estos restos documentan. En las
Nuragues de Cerdeña no se encuentra ningún altar, pero sí
en cada lugar una fuente sobre la que están construidas.
¿Pero qué significa esto para los hombres que las
construyeron y emplearon? Los hechos materiales no lo
dicen. Del mismo modo, ¿de qué sirve conocer cada una de
las palabras de una lengua si no se percibe su papel
específico en la función global?
Sólo bajo la condición de que la verdadera religión tenga
para el lector una relevancia vital, puede ser de interés
llegar en los casos dados, como en la historia de
Abraham, al conocimiento claro de ante qué tipo de
“religión” se halla uno en su caso. Sólo con
las delimitaciones en el ámbito de la
“religión” en general –y esto a su vez
sólo desde un conocimiento principial
superior–
puede el lector determinar la ubicación específica de
esta religión determinada. Es más, podría resultar
–como sucede aquí realmente– que la palabra
“religión” fuera un término con contenidos
conceptuales dispares.
XI
En el caso de la historia de Abraham y de los suyos, nos
hallamos ante una circunstancia en sumo grado
significativa: topamos con una historia (en el sentido
estricto del concepto de historia) que tiene una
organicidad enteramente peculiar y que es consciente de
ésta,
y eso por vez primera dentro de lo que nos ha llegado
históricamente transmitido por escrito. La historia de
Abraham es verdaderamente historia (y no sólo narración),
y sabe que es historia (en el sentido específico de la
palabra). Discurre como un drama,
lo que sólo es posible gracias a la mencionada
organicidad. Dostoievski dijo una vez de sus novelas:
“En mi caso, el todo se muestra siempre en la
figura de un héroe”, y concretamente de un héroe
que es el sol de un sistema planetario de figuras que
tienen en tal sistema su función totalmente determinada.
Exactamente éste es el caso en la historia de Abraham, y
eso –adviértase– 4000 años antes y por vez
primera en la historia.
XII
El entramado de personajes se relaciona a su vez
orgánicamente con las otras circunstancias del drama:
lugar, tiempo, clima, lenguaje y conceptos claves, todo
eso engarzado en el marco de la historia universal. Nos
hallamos en último término ante un suceso global,
comparable con una obra de arte, pero de modo que en este
caso no se trata de una ficción, sino de verdadera
historia.
XIII
Si se ha intuido y concebido en tal medida lo que se
encuentra como dado, entonces se evidencia como
premiosamente necesario distinguir conceptualmente
entre historia
y
narración.
La narración refiere hechos aislados, que guardan una
conexión extrínseca o sólo en detalles, bajo un punto de
vista conductor pero tomado desde fuera (por ejemplo
sucesión de generaciones, historia de una estirpe), o
narra la secuencia de períodos o épocas bajo un punto de
vista conductor. La historia (en sentido estricto), por
el contrario, descubre una multiplicidad de decisiones
que (en una problemática supraordenada) tienen una
referencia mutua –referencia a decisiones
anteriores así como a posteriores–, de modo que
resulta un entramado único de decisiones. Esto tiene como
consecuencia que una historia tal puede entenderse
ab
ante y ex
post,
y en realidad debería entenderse desde ambos. Las
decisiones tomadas con referencia a otras decisiones
anteriores, en el caso extremo podrían hacer surgir ideas
creadoramente nuevas así como hechos correspondientes, y
en concreto del mismo modo como determinan el conjunto de
las decisiones. Sólo en un contexto global tal es posible
(y tiene sentido) luego algo así como una analempsis.
Decisiones semejantes no se refieren sólo a la relación y
el destino de las personas envueltas en la historia, sino
también, como entramado de decisiones, a su lugar en el
proceso de la historia universal.
XIV
Tiene que provocar nuestro
asombro que la primera historia tal que aparece en el
tiempo, lo haga ya con una configuración tan terminada.
Es más, aquí encontramos una admirable unidad orgánica de
forma y contenido. En el desarrollo del acontecimiento
global único, parte y disposición global guardan una
relación recíproca perfecta, y la historia, tal como ha
sido transmitida, muestra en los sucesos y las
observaciones particulares que es consciente de su
organicidad. Esto último revela la homeotesis que se
realiza. Los seis personajes esenciales de nuestro drama
son intenciones fundamentales hechas persona, o mejor
dicho, intenciones fundamentales configuradas por
completo como persona, que a su vez son momentos de una
unidad orgánica suprema en el sentido antes descrito. La
historia global está articulada en una determinada serie
de actos, cuya unidad sustentante es la finalidad que
impera en todo el conjunto, y que por su parte
corresponde a una figura de sentido. Ésta, a su vez,
tiene su fuente
en un
principio
dóxico fundamental (la justicia ante Dios), que
determina todos los demás sentidos, objetivos,
finalidades y medios, siempre sobre el suelo de una
libertad que toma decisiones. Lo que de manera equívoca
se da en llamar cumplimiento “por el
destino”, no desvela ninguna determinación, sino
que es la consecuencia de aquel principio dóxico
fundamental en vista de la constelación dada y de las
dotaciones de sentido y finalidades correspondientes. En
el caso religioso positivo del proceso, se realiza lo que
en el libro Abraham y sus
hijos se designó como analempsis.
En la historia de Abraham y de los suyos, esta analempsis
representa un momento sustentante fundamental, y tiene
que asombrarnos en grado máximo que esta analepmsis no
sólo se haya visto tan claramente, sino que también se
asentara en cuanto tal
como pilar
principal del edificio.
XV
Aclaremos el pensamiento de la analempsis
con una
determinada referencia. Lessing consideró la historia
religiosa como educación del género humano. Pero los
fines que él le supone al obrar de Dios, para él son
siempre los fines que nosotros los hombres conocíamos ya
o que al menos podíamos pensarnos. Con esto, convierte a
Dios en ejecutor de nuestros fines, le hace actuar tal
como nosotros (en el caso dado) habríamos actuado
moralmente. Pero en el pensamiento de la
analempsis
sucede de otro
modo. En ella, las vías y las intenciones de Dios están
tan por encima de nosotros como las nubes sobre la
tierra. El hombre, incluso y justamente también el hombre
religioso, topa con predeterminaciones divinas, sin
entenderlas suficientemente en un primer momento. Pero en
el caso de la aceptación de tales disposiciones
providenciales divinas, (posteriormente) será iluminado
sobre su sentido superior, que para él en cuanto receptor
también será totalmente nuevo. Esta
“excedencia” por encima de todo sentido
captado hasta entonces, desvela gradualmente el
pensamiento divino: lo que antes podría haberse
entendido sólo como expresión de la omnipotencia divina,
pasa a ser manifestación del poder de su bondad. Pero
esto no elimina el principio dóxico fundamental que
determina al hombre religioso-moral, ni tampoco lo
relativiza: si fuera así, entonces la analempsis se
vendría abajo.
XVI
Pues bien, ahora paso al procedimiento peculiar del que
se sirven las Sagradas Escrituras, y esto ya de modo muy
acusado en la historia de Abraham del libro del Génesis:
la homeotesis,
el conocimiento de la semejanza o igualdad, la
desemejanza o la desigualdad mediante la
comparación, y en concreto siempre en
un sentido dóxico y práctico. Esta forma de conocimiento
se le ha vuelto tan ajena al concebir (en el sentido
estricto racional) que primero tiene que volver a
conquistarse.
XVII
El punto primero y más importante del planteamiento es
que tiene que tratarse siempre de una comparación de
valores. Y en concreto, depende de
que se parta de la asentamiento y el conocimiento supremo
y absoluto de un valor. Todo lo demás, las dotaciones de
sentido, los objetivos, incluso las circunstancias
fácticas, son determinados en su función por el
asentamiento absoluto del valor. La comparación es por
tanto siempre una comparación dóxico-moral. Puede suceder
de modo concreto o abstracto. Así pues, la parábola
(mashal) procede a menudo de modo abstracto: se declara
algo acerca del
rey,
del
administrador, y
semejantes. Pero también puede suceder un operar
concreto. Se juzga al hombre
determinado, el pueblo
determinado. Pero en cualquier caso, lo
que se compara, se está tomado en sentido
práctico-dóxico.
Así como en la dotación de sentido lo ideal y lo real
siempre son puestos o están ya en relación, así la
comparación homeotética llega hasta lo
real.
Incluso las cualidades sensibles (que en apariencia
son sólo
fácticas), a
causa de su dimensión dóxicamente relevante, desvelan una
valencia homeotética (por ejemplo el agua pura de la
fuente, la firmeza de la roca, la iluminación de la noche
estrellada, etc., etc.).
XVIII
Expliquemos esta homeotesis desde su primer principio. El
punto de comparación absoluto que abre todas las
posibilidades de la homeotesis, y el único
que las abre, es
el asentamiento absoluto de
un valor: en nuestra historia, la
sedaka, la “justicia viviente de Dios”. Ella
determina, a través del sentido, la finalidad y el medio
hasta el fáctum, también todo lo demás. Sin
este
asentamiento absoluto de un valor, no es posible ninguna
verdadera homeotesis.
Eso se advierte fácilmente si se compara el asentamiento
pagano de valores con la auténtica homeotesis. La
mitología parte siempre de un asentamiento finito de
valores, y desde su
valor
“supremo” sólo puede “explicar”
homeotéticamente lo que en verdad es superior concibiendo
esto superior como una forma de lo inferior. La mitología
de Schelling y la llamada “filosofía” de la
revelación es un ejemplo paradigmático de esto, y él
fracasó en ello.
Por eso, el mito es in adjecto
mentira
(лож),
una malinterpretación dóxico-práctica, y no puede ser
sino eso, porque le falta la medida absoluta
de comparación.
Pero justamente esto es lo que caracteriza a la historia
de Abraham, que –por vez primera en la historia de
la humanidad– lleva a cabo el asentamiento absoluto
de un valor. Es determinada por lo que puede defenderse
en justicia ante el rostro de Dios. De este modo, la
conducta de Abraham puede compararse adecuadamente
con la de Lot, y
la de Agar con la de Sara.
Indiquemos entre paréntesis que con esto guarda la
relación más estrecha la noción del mundo fáctico. En el
mundo astral babilónico, los “dioses” eran
ídolos entre ídolos. Desde ellos se llegaba hasta el
“dios supremo” (El Elyon) o bien subordinando
a los “dioses” a un dios superior de entre
ellos, o bien pensando un dios supremo que, sentado en un
trono sobre el cielo de los dioses, los determinara. El
paso decisivo se produjo con el pensamiento de la
“creación”. Dios es “el que creó el
cielo y la tierra”. También aquí hubo por tanto
grados en el camino hacia la concepción pura del creador.
Dios no es sólo el que separó el firmamento de la tierra,
sino el que la creó (aunque la creación divina se
entiende de modo análogo al acto creador del hombre). El
pensamiento de la creación alcanza su punto culminante y
su culminación con el pensamiento de la
creatio ex
nihilo. Este Dios que crea la cosa
de la nada, es el “omnipotente”, es más, si
en Dios no pueden escindirse a su vez la posibilidad y la
realidad, es el suprapoderoso (el Shaddai).
En Dios, a su vez, suprapoder y bondad sólo en apariencia
son dos aspectos diferentes. Más bien, su omnipotencia
actuante es
su bondad. Pues
ella tiene que abordarse por el lado del “poder del
bien”, y sólo se desvela al entendimiento humano
por vía de la analempsis. En este punto alcanzamos el
asentamiento absoluto de valor exigido.
Omnia per
ipsum facta sunt.
Justamente esta concepción de la relación de lo dóxico
con lo fáctico es la de la historia de Abraham.
XIX
Desde la altura de esta
comprensión se entiende la concentración de los
musulmanes en los nombres sagrados de Dios, que ellos
rememoran con su filactería. Todas las
determinaciones fuera
de este
ámbito dóxico
son blasfemia.
Es una falta de temor de Dios y un desprecio de Él
determinarlo desde el lado fáctico.
“No deshonrarás el nombre de Dios.” De aquí
se puede deducir cómo hay que juzgar a partir de ahí la
“teología” escolástica: es en amplia medida
el resultado de vana curiosidad (vana
curiositas), que ha perdido de vista el
único punto de orientación, es más, que de modo más
solapado o más claro es movida por la intención de la
nivelación.
XX
En el planteamiento fundamental desde el que operamos
espiritualmente, hay que evitar cuidadosamente toda
mezcla de los principios, así como de aquello que hay que
entender homeotéticamente. De lo contrario, sólo
representa otra manera de concebir al modo del mushrikun,
es decir, significa un politeísmo que formalmente se
muestra como perspectivismo, y en el caso extremo incluso
como un perspectivismo fragmentario.
XXI
El intento de comparar con Dios, saca a la luz la
deficiencia de todo lo demás o que es o que debe ser,
pero también la mayor o menor semejanza o desemejanza con
Dios, es más, la negatividad fundamental. A causa de la
esencia del “suprapoderoso”, toda diferencia
es primariamente
dóxica, la diferencia entre el bien
y el mal. En el ámbito de esta antitética, el poder
respectivamente fáctico es sólo un fenómeno límite. En
esta esfera global se compara lo espiritual con lo
espiritual, lo espiritual con lo sensible, lo sensible
con lo sensible, o diciéndolo en términos absolutos, lo
creatural con lo sobrenatural, la imagen formal y
material con la idea formal y material.
XXII
Por medio de la homeotesis, y justamente mediante ella,
lo sensible se percibe bajo el aspecto de la
encarnación
de la idea. Ello y lo espiritual se
ordenan jerárquicamente. Podemos penetrarlos
espiritualmente, pues ellos se penetran mutuamente en
cuanto tales. Para esta circunstancia, Dostoievski empleó
el término соприкосновение.
XXIII
Pues bien, quien estudia la
historia de Abraham y de los suyos, tiene que tener claro
de entrada que ella tiene una significación religiosa. En
ella no se trata simplemente de cómo el hombre asegura y
eleva su existencia, sino que se trata de la
determinación del hombre, que es un ser que asegura su
existencia y
que la eleva
cualitativamente (mediante un salto): se trata de su
determinación superior por encima del mero existir. La
pregunta planteada dice: ¿hay una determinación tal? ¿y
en qué consiste? Así pues, como lector hay que ponerse en
la situación de esta pregunta fundamental: ¿para qué
estoy en esta vida terrena aparte de para meramente
existir? Es decir, se trata de si hay una
determinación superior y
suprema tal, y de cuál es. Igual que
alguien sin ningún sentido musical se aplicará sin
resultados a analizar una composición musical, lo mismo
alguien que sin una intención religiosa fundamental trata
de entender la religión de Abraham.
XXIV
Pero una vez concedidos los presupuestos mencionados, el
lector tiene que aplicarse a la comprensión de
esta
concepción
determinada,
y eso exige introducirse en el acto específico de Abraham
y de los suyos.
El modo más seguro de proceder por esta vía es tratando
de entender en la medida de lo posible el modo natural de
comportamiento humano de la persona que se investiga.
(Aquí, como se explicó en los parágrafos anteriores, hay
que hacerse consciente y desembarazarse de las
unilateralidades específicas de nuestra conducta
moderna.) Pero al mismo tiempo habrá que tener claro que,
en todo caso, se tratará de algo más que del interés
natural, es decir, habrá que estar pendiente de en qué
punto se rebasa éste último. Es decir, cuando se capta el
aspecto natural, sólo se ha captado un único
aspecto de un
conjunto orgánico. En ningún caso se puede decir que con
ello se ha captado todo, pues justamente entonces es
seguro que a uno se le ha escapado lo que andaba
buscando. Tras un estudio celoso, será posible llegar al
resultado de que aquí no hay nada sobrenatural, pero eso
sólo podrá ser siempre el resultado de un estudio
minucioso que inicialmente se había abierto realmente a
la otra posibilidad.
En el caso presente de la historia de Abraham, quien se
preocupa por comprenderla se halla en una situación que
en comparación es propicia. Se trata de algo que afloró
hace cuatro mil años en la historia de la humanidad, y
que maduró en ella sus repercusiones históricas. Sin
embargo, justamente a causa de ello resulta otro peligro:
hay una gran probabilidad de encontrarse dentro de una
determinada tradición de la interpretación, cuya
influencia es imperceptible. También de esto hay que
liberarse críticamente, y el mejor modo de hacerlo es
comparando interpretaciones distintas, pero sólo después
de haber tratado de resolver por sí mismo la pregunta
pendiente, independientemente de la tradición o habiendo
puesto provisional y voluntariamente entre paréntesis sus
resultados.
De este modo, con un estudio intenso de los cuatro
Evangelios, considerando también las palabras
extrabíblicas de Jesús, se puede trabajar por lograr una
comprensión auténtica de la acción y de las palabras de
Jesús. Si, como se sugiere, uno se aplica a la
problemática desde la comprensión del lado humano de
Jesús, entonces hay que prestar mucha atención a dónde
aparece algo que no cabe explicar (suficientemente) de
modo puramente humano, y pensar en qué esencia es
necesario suponer tras un fenómeno tal. Aquí no me
refiero ni a los “milagros” ni a las
capacidades de tipo sobrenatural que se manifiestan
continuamente. Por esta vía se llega a lo que la Iglesia
definió como humanidad divina en el Concilio de
Calcedonia.
En el caso de la historia de Abraham, sucede lo mismo.
¿Cómo se pudo llegar en él finalmente a la resolución de
sacrificar su vida en Isaac? ¿Dónde apareció en él el
pensamiento de un orden sobrenatural que hay que
realizar? ¿Y se puede explicar eso únicamente desde la
esfera de la existencia natural?
XXV
Como aquí se trata de moralidad y de religión, hay que
adentrarse en el punto donde ambos ámbitos se tocan.
En este lugar, hay que tener una conciencia clara de que
se tiene que asumir algo que va más allá de la
comprensión meramente natural, para topar con algo
superior, cuya comprensión tiene primero que
nacer
para uno. Esto
significa que hay que ser consciente de que aquí
aparecerá algo que rebasa nuestra comprensión anterior.
XXVI
Se cometería un error fundamental si en este punto donde
ambos ámbitos se tocan uno dijera: lo sobrenatural es
sólo lo sobrenatural, es algo fundamentalmente
inaccesible a la comprensión natural; así pues, tengo que
registrarlo como algo ajeno que siempre seguirá siendo
ajeno, y creer a ciegas que entra en juego y que opera, y
en el modo como lo hace. A esto lo llamo el presupuesto
de un Deux ex
machina. Es la suposición de
un fideísmo
consecuente. Pero
entonces, el acontecimiento sobrenatural en cuanto tal es
y permanece totalmente incomprensible, su efecto se
entiende mecánicamente, y por tanto, justamente, no
espiritualmente.
En lugar de ello, en calidad de receptor, y partiendo de
la postura natural y humana comprendida, tengo que tratar
de abrirme a mí mismo su contrapartida, lo sobrenatural,
en su realidad específica. Por lo demás, lo que se acaba
de decir vale igualmente, en un nivel superior,
dentro
del ámbito
religioso. Si he percibido determinados factores
religiosos que entran en juego, dentro de esta
comprensión no puedo detenerme en un punto determinado y
aguardar a que el resto venga de un Deus ex
machina únicamente a partir de lo
sobrenatural anterior, porque entonces vuelvo a caer en
un fideísmo.
XXVII
En apariencia, es fácil y tentador juzgar lo que hay que
juzgar sólo según una concepción determinada que no se
pone en cuestión. Tales concepciones
“rígidas” se las encuentra aplicadas como
esquemas interpretativos en todo acontecimiento
sobrenatural. Pero entonces son el resultado de la
incapacidad propia o de una verdadera falta de voluntad
de entender adecuadamente.
Pero también donde está operando el esfuerzo por una
verdadera comprensión religiosa, existe el peligro muy
grande de anticiparse a la verdadera comprensión con
nociones con las que uno está familiarizado, sustituyendo
aquélla por éstas. La réplica será entonces preguntar si
lo relatado, tal como está relatado, también es con ello
suficientemente comprensible. Aquí ayuda la
Eisagogê
pneumatika, porque la persona actuante
descrita o su intérprete aduce expresamente motivos que
uno por sí mismo no fue capaz de descubrir. Pero aquí
vige también el principio de que el lector examine
posteriormente la interpretación de la
Eisagogê
en cuanto a si
ella explica suficientemente el caso dado gracias a las
intelecciones que ha posibilitado. Este examen lleva a la
claridad mediante la intelección de los presupuestos del
modelo primordial.
Es de una relevancia máxima que la interpretación se
apoye en dos presupuestos: por un lado, el marco
general principial
en el que el
acontecimiento respectivo tiene que
destacarse. Este
marco se conoce con la filosofía. Pero este saber de tal
manera filosófico, en cualquier caso no
basta para
entender el acontecimiento religioso. Pues aquí, lo
principial es real en lo concreto, ya sólo por el hecho
de que viene dado históricamente.
Que
esto es así, lo
muestra aún la filosofía. Pero lo que históricamente se
realiza una sola vez, precisamente porque sucede
libremente, sólo puede percibirse en su marcha junto con
la historia en cuanto
historia. Las dos partes principales
son que se vea la “ley natural espiritual”
que está en juego, y que, además de eso, la capacidad
creadora advierta, más allá de esta naturaleza
espiritual, lo que es más
que ella y que su
acción, y que lo advierta en su singularidad concreta.
Pero un conocimiento tal es específicamente un
conocimiento histórico, en el que ciertamente tiene que
entrar conjuntamente el conocimiento filosófico
–pues de lo contrario no habría dada ninguna esfera
específica– pero sin agotarlo, sino justamente
remitiendo a aquél como una realización específica que
hay que hacer. Naturalmente, la narración histórica sin
un subsuelo sistemático sería un relato absurdo, así
como, a la inversa, la subestructura general sólo se
capta mediante una abstracción, que para su plena
comprensión tiene que retraerse in secundo
en cuanto
abstracción. La vida espiritual real no es ni un
abstracto ni un concreto irracional. Et incarnatus
est…
